Hay una canción que un hombre escribió llorando y que millones de personas terminarían llorando medio siglo después, cada una convencida de que hablaba de su propia vida. Es la misma tonada que suena en las ferias de Oaxaca, entre los globos y el olor a elote asado, la que parece nada más un bals bonito para que bailen los abuelos.
Esa la canción mixteca. Y ahí empieza el engaño, porque esa canción se nos metió en la sangre como adorno de fiesta, mientras por dentro cargaba un secreto que la mayoría nunca escuchó completo. Un secreto que arranca con un soldado, una guerra y un deseo de morir que no tenía nada de metáfora. Lo que se cuenta de esta canción casi siempre es lo bonito que es de Oaxaca, que es triste que hasta un actor gringo la cantó en una película famosa.
Todo cierto, pero falta la otra mitad. Falta la parte más importante, porque esta canción hizo algo que casi ninguna canción en la historia ha hecho. Describió con precisión el dolor de un pueblo entero 50 años antes de que ese pueblo lo viviera. Escribió la herida antes de que existiera la herida. Y cuando uno alcanza a entender cómo pasó eso, esta tonada deja de sonar a bals de feria.
empieza a sonar como lo que de verdad es una carta lanzada al futuro, escrita por un hombre que nunca supo a quién le iba a llegar. Conviene guardar desde ahora una sola idea porque al final lo explica todo. Esta canción tiene una costumbre rarísima. siempre llega antes, antes que las palabras, antes que el dolor, antes incluso que la muerte de su propio autor.
Empecemos por la Tierra, porque sin la tierra esta canción no se entiende. La mixteca oaxaqueña. A esos cerros les dicen desde siempre la tierra del sol. Y no es un decir de turista, es un sol que cae parejo, que dora los lomeríos en la tarde, que reseca la boca y calienta el adobe. Oajoapan de León, un pueblo de esos donde a la gente se le conoce por el apellido y por el santo.
El olor a leña en las cocinas, el maíz tostándose en el comal de barro, las campanas de la parroquia marcando la hora sin que nadie tenga reloj. Ese mundo, ese exacto mundo, es el que va a caber entero dentro de una canción. En ese pueblo, en 1889, nació un niño con un oído que no era normal.
A los 10 años ya andaba con instrumentos prestados y en la banda del pueblo el maestro se dio cuenta de algo que a la larga se volvería una condena. Ese don en Huajahuapan no cabía. Un talento así en un rancho de la mixteca era una semilla que se iba a secar si no la transplantaban lejos. Y aquí está el primer golpe.
A ese niño lo tuvieron que arrancar de su tierra del sol para salvarle el talento. Lo mandaron a la capital siendo casi un chiquillo. El hombre que iba a escribir la canción más grande sobre la nostalgia del que se va, conoció esa nostalgia en carne propia antes de cumplir la mayoría de edad. La cargó primero, después la escribió. Ahora bien, en la Ciudad de México a ese muchacho le fue de maravilla y ese fue justo el problema.
Ganó premios, tocó frente a lo más alto del país, pero mientras los aplausos le llovían en la capital, allá dentro se le apretaba algo que ningún premio calmaba. Y una noche, encerrado en su cuarto de estudiante, sin querer, empezó a silvar. Guardemos ese silvido porque va a recorrer toda esta historia. Un hombre solo en un cuarto que no era su casa, silvando una tonadita que le daba vueltas, sin letra, sin nombre, sin saber lo que traía entre las manos.

Corría el año de 1912 y ese silvido en un cuarto vacío era ya la canción mixteca, todavía muda, todavía esperando. Y aquí viene la primera cosa que casi nadie sabe. Esa melodía se quedó muda durante 3 años. La música nació en 1912, pero las palabras no llegaron sino hasta 1915. 3 años cargando una canción a medias, como quien carga una herida que todavía no encuentra su nombre.
La pregunta es, ¿qué tuvo que pasar para que por fin le brotaran las palabras? Y la respuesta es de las que ponen la piel chinita. Porque no fue el amor, fue la guerra. Porque en 1914 ese músico de conservatorio, ese muchacho de premio y de frac, hizo algo que hoy suena a locura. Colgó la comodidad de la capital y se metió a lo más crudo de la revolución.
se enroló con su instrumento en la banda de música de la división del norte, las tropas de Pancho Villa, el hombre de la canción más tierna que tenemos, se fue a la bola cargando su clarinete entre la pólvora y los muertos. Y con cada kilómetro que avanzaba esa tropa, ese hombre se alejaba más de su tierra, más lejos que en la capital, más lejos que nunca, la tierra del sol iba quedando atrás.
convertida en un recuerdo que dolía cada noche de campaña. Ya no era la nostalgia tibia del que estudia lejos de casa. Era la de un hombre en una guerra que a lo mejor no iba a sobrevivir, mirando un país incendiado, sabiendo que su pueblo podía estar a 1000 km o podía estar del otro lado de la muerte.
Y así llegamos a la escena, la escena que lo cambia todo y que casi nadie ubica bien, porque la mayoría cree que esta canción nació en Oaxaca, no nació en Oaxaca, nació en un lugar que sorprende, Querétaro, 1915. Las fuerzas de villa tenían tomada la ciudad y en el centro hay una arboleda vieja con sombra buena que se llama la Alameda Hidalgo.
Ahí, entre la tropa acampada se sentó un soldado con la melodía de hace 3 años dándole vueltas en la cabeza. Traía el uniforme sucio de campaña, traía el cansancio de la guerra y traía sobre todo un hueco en el pecho del tamaño de la sierra que ya no podía ver. Piénsese en ese hombre por un momento. Alrededor el ruido de una ciudad ocupada por un ejército, los caballos, las órdenes, el olor a pólvora seca y a humo de fogata.
Y él, sentado aparte, con la mirada perdida hacia el sur, hacia donde quedaba Oaxaca, tan lejos que ni el pensamiento alcanzaba a llegar de un tirón, el calor de Querétaro le recordaba el de su tierra, parecido y ajeno al mismo tiempo, y esa semejanza a medias dolía más que si no se pareciera en nada. En un descanso de la campaña con la muerte rondando cada día, a ese soldado no le salió una canción de guerra, le salió una canción de regreso a casa.
Bajo esa sombra, ese día, las palabras que llevaban 3 años atoradas salieron solas. Salieron como sale el agua cuando por fin se rompe la presa. Qué lejos estoy del suelo donde he nacido. Y aquí está la verdad más dura de toda esta historia, la que le quita para siempre lo de Vals inocente. Esa frase que sigue la de quisiera morir de sentimiento.
Medio México la canta como si fuera un adorno bonito. Una exageración de canción. Se equivoca medio México. Para el hombre que la escribió, un soldado de 26 años sentado en una banca de Querétaro con una guerra encima y su madre a cientos de kilómetros, esas palabras eran exactas. Eran las ganas reales de dejar de existir de pura tristeza.
La canción más querida del pueblo mexicano nació de un deseo verdadero de morir. Y esa herida está ahí escondida a plena vista. Cada vez que alguien la canta en una fiesta sin saber lo que dice. Los primeros que la oyeron completa fueron soldados, hombres armados, curtidos, lejos también de sus casas, y cuentan que a más de uno se lebró la voz, porque ese soldado había puesto en palabras lo que toda la tropa traía atorado en el pecho y no sabía decir, “Guardemos también ese árbol, esa sombra de la Alameda Hidalgo.
a volver a él al final y va a doler distinto. Terminó la guerra y una tonada nacida entre soldados dio el primer salto hacia la eternidad. En 1918, el periódico El Universal convocó al primer gran concurso de la canción mexicana. Llegaron cerca de 200 composiciones de todo el país, peleando por un premio de 100 pesos.
En el jurado había maestros del tamaño de Manuel M. Ponce, el padre de la canción mexicana moderna. Y de entre esas 200, ¿cuál se llevó el primer lugar? La tonada del soldado, la canción mixteca. Y aquí un dato que casi nadie conoce y que dice mucho del hombre. El segundo lugar de ese mismo concurso también fue de él con otra canción suya, un solo compositor barriendo con el primero y el segundo puesto del país entero.
Poco después, en un festival al aire libre en plena Alameda central de la Ciudad de México, lo presentaron ante el público como el gran triunfador, un muchacho de Hahuapan, al que de niño habían tenido que sacar de su pueblo, parado frente a la capital entera. reconocido como el autor de la mejor canción mexicana.
Ese día, por un instante, su nombre sonó fuerte. Recordemos ese instante de gloria, porque va a ser el más alto que ese hombre vea en toda su vida. Lo que viene después es una lenta desaparición, porque a partir de ese momento pasó algo curioso. La canción empezó a crecer y el hombre empezó a encogerse. La tonada se volvió más grande que su autor y luego mucho más grande, hasta que un día la canción era conocida en el mundo entero y el nombre del hombre no lo recordaba ni su propio país.
Pero antes de llegar a esa injusticia, hay que resolver un misterio que está en el mismo título de la canción. Y es un misterio que a muchos les va a sacudir una creencia. ¿Por qué se llama canción mixteca? Parece pregunta tonta. Y no lo es, porque esta canción no la escribió un campesino mixteco en su lengua. Bajo un techo de palma la escribió un músico de conservatorio, formado en armonía y contrapunto europeo en el estilo del bals y la canción romántica que se usaba en los salones de aquella época.
Musicalmente, esta pieza tiene más de Europa que de la sierra oaxaqueña. Y esa tierra del sol que llora la letra no era, en la cabeza de su autor un pueblo indígena entero. Era su guajuapan, su cocina, sus campanas, su recuerdo personal y de nadie más. Entonces, como una canción tan personal, tan de un solo hombre, terminó convertida en el himno sagrado de todo un pueblo.
Ahí está lo que casi nadie cuenta. No nació siendo himno. La hicieron himno mucho después. Tan después que el hombre ya llevaba años muerto. Fue hasta 1998, 83 años después de que se escribió la letra, cuando un cabildo la elevó por decreto a himno oficial de la mixteca. La canción no bajó del cielo siendo un símbolo.
El pueblo la fue haciendo suya, verso por verso, generación por generación, hasta que dejó de pertenecerle al soldado y les perteneció a todos. se la adoptó, se la ganó y esa adopción es una historia más honda que la del propio autor, porque aquí llegamos al corazón de todo, al secreto que le da la vuelta completa a la canción. Y hay que decirlo despacio porque cuesta creerlo.
Cuando ese soldado escribió, “Qué lejos estoy del suelo donde he nacido.” En 1915, casi nadie de la mixteca se había ido a ninguna parte. No había caravanas rumbo al norte, no había paisanos piscando fresa en California. No había cocinas en Chicago con la foto del pueblo pegada en el refrigerador.
Ese éxodo, el que hoy asociamos con esta canción, todavía no existía ni había empezado. La gran migración de la mixteca y de Oaxaca hacia los Estados Unidos es una cosa muy posterior. Los primeros mixtecos empezaron a salir como jornaleros apenas por los años 60. Primero a los campos del noroeste de México, a Sinaloa, a San Quintín.
El flujo grande hacia California se disparó en los años 70 y 80. Los estudios serios que documentan a los mixtecos en los campos californianos son de los años 80. Las organizaciones de paisanos allá se fundaron hasta los años 90. Saca la cuenta porque es de las que dejan callado. Entre el día en que ese soldado escribió su tristeza bajo un árbol en Querétaro y el día en que millones de sus paisanos empezaron a vivir esa misma tristeza en el otro lado, pasaron 50, 60, 70 años, casi un siglo.
Lo que significa que este hombre escribió con exactitud de visturí el dolor de un pueblo que todavía no se había ido. Puso en palabras la nostalgia del migrante mixteco medio siglo antes de que existiera el migrante mixteco. Los hombres y mujeres que harían de esta canción su rezo más íntimo, los que la cantarían tomados y llorando en una fiesta de Fresno o de los Ángeles, ni siquiera habían nacido cuando la canción ya los estaba esperando.
La canción llegó primero, El dolor, después. Ahí está la costumbre rara que pedimos guardar al principio. Esta canción siempre llega antes. Fue melodía tres años antes de tener palabras y fue el llanto de una diáspora entera medio siglo antes de que esa diáspora saliera de sus pueblos. Como si el soldado, sin saberlo, hubiera escrito una carta y la hubiera echado al tiempo para que la abrieran generaciones que él nunca vería, en tierras que él nunca pisaría.
Y hay que imaginarse cómo les llegó esa carta. Un jornalero mixteco en los años 80 doblado sobre un surco de fresa en un valle de California con la espalda quemada por un sol que no era el sol de su tierra. De niño en su pueblo había oído esa canción en la banda municipal, en las fiestas, sin ponerle mucha atención, como se oye algo que siempre estuvo ahí.
Y de pronto, a miles de kilómetros de su casa, en un radio prendido a la orilla del campo o en un cassette rallado dentro de una troca vieja, volvía a sonar esa tonada. Qué lejos estoy del suelo donde he nacido. Y ese hombre, que de niño la había oído sin sentirla, ahora la entendía con el cuerpo entero, porque ahora sí estaba lejos. Ahora sí sabía lo que era.
La canción lo había estado esperando toda la vida para decirle exacta lo que él no tenía palabras para decir. Y volvamos por un momento a aquel silvido del cuarto vacío de 1912, porque aquí cierra su vuelta. Ese mismo silvido, sin letra, puro sentimiento, es el que a lo mejor soltaba un paisano solo en una casa rentada de Chicago un domingo por la tarde, sin darse cuenta mientras pensaba en su madre.
El mismo sonido, la misma nostalgia sin palabras. Un silvido que empezó en un músico solo en la capital y que 70 años después seguía saliendo, idéntico de la boca de cualquiera que cargara un pueblo por dentro. Esa es la clase de puente que tendió esta canción sin proponérselo. Un puente de sonido entre un soldado muerto y millones de vivos que ni sabían su nombre.
Y aquí entra la parte más dolorosa de todo esto, la que le duele al que peina canas viendo este video. Esa canción que los abuelos cantaban sabiéndola en el hueso se está apagando entre los que vienen atrás. Muchos de los nietos, los que nacieron ya del otro lado, la oyen de lejos, en una fiesta, en un video que reenvía a la tía por el teléfono y ni saben qué dice ni de dónde viene.
La memoria se va yendo así, callada. de una generación a la siguiente, hasta que un día alguien tararea la tonada sin tener idea de que carga adentro el llanto de todos sus muertos. Cada año en la fiesta grande de la Huelaguetza en Oaxaca, la canción vuelve a sonar y la plaza entera se pone de pie y a los viejos se les rasa el ojo, mientras los muchachos apenas empiezan a entender lo que están oyendo.
Por eso hay que contarla completa para que no se pierda, para que cuando suene ya no sea no más una canción vieja, sino la historia entera, la de verdad. la que estaba a punto de olvidarse porque y esto es lo que termina de romper todo, ese hombre jamás cruzó una frontera, nunca fue migrante, nunca piscó en California ni lavó platos en Chicago.
Murió en la Ciudad de México, en su propio país. El himno más grande de los mexicanos que se fueron lo escribió un mexicano que nunca se fue. Su destierro fue de otra clase. fue el del muchacho al que arrancaron de su tierra del sol y ya nunca pudo volver a vivir en ella. El destierro del que está lejos, no en el mapa, sino en el tiempo, de un lugar que ya solo existe en la memoria.
Y por eso tal vez le salió tan universal, porque no cantó una frontera, cantó la pérdida y de esa no se salva nadie. Ahora bien, si la canción se escribió en 1915 y el éxodo llegó medio siglo después, falta explicar cómo se juntaron los dos, cómo esa carta lanzada al tiempo por fin encontró a sus destinatarios. Y la respuesta tiene un giro que a muchos les va a arder, porque no fueron los mexicanos quienes le dieron la canción al mundo, fue un alemán.
1984, un director alemán llamado Wim Venders hizo una película que ganó el premio más grande del cine allá en Kans en Francia. La película se llama París, Texas y trata justo de eso, de un hombre roto, desarraigado, que perdió su hogar y su familia y ya no sabe a dónde pertenece. Y en el momento más doloroso de esa película, cuando el protagonista mira unas viejas cintas caseras de la familia que perdió, suena de fondo la canción mixteca. Y aquí el detalle que pica.
En esa película canción no la canta un mexicano, la canta un actor estadounidense en español con la guitarra de un músico gringo. Un alemán la puso, un gringo la cantó y de pronto medio mundo que jamás había pisado Oaxaca estaba llorando con la tonada de un soldado de Villa, sin saber su nombre, sin saber de dónde venía.
Justo en esos años 80, cuando los paisanos mixtecos empezaban a llenar los campos de California, la canción que los estaba esperando desde hacía 70 años cruzó la frontera al mismo tiempo que ellos, por una puerta que nadie hubiera imaginado, la del cine del mundo. La carta al fin llegó a su destinatario y el destinatario resultó ser un pueblo entero y no paró ahí.
Esa tonada de banca de guerra terminó en las gargantas más grandes que ha dado este continente. La cantó Lola Beltrán con esa voz que rajaba el alma. La cantó Lila Downs, hija de la propia tierra oaqueña, devolviéndosela a su gente. La cantó hasta un tenor de fama mundial, de esos que llenan teatros de ópera en Europa. Cada voz nueva la subía un escalón más, la volvía más grande, más de todos.
Y con cada versión, la tonada del soldado se alejaba un poco más de aquel cuarto de estudiante donde había nacido como un simple silvido. La canción ya volaba sola, altísimo. Su autor, mientras tanto, se hundía en el olvido allá abajo, en el suelo, donde nadie miraba, y todavía viajó más lejos. Se cuenta que en 1985, cuando el primer astronauta mexicano salió al espacio a bordo del transbordador Atlantis, llevó consigo música de su tierra para no sentirse solo allá arriba.
Y entre esa música iba la canción mixteca. Imagínese eso por un segundo. Un mexicano flotando en el espacio, dando vueltas al planeta entero, mirando por la ventanilla a ese punto azul donde está todo lo que ama con esa tonada en los oídos. Nunca la frase, “Qué lejos estoy del suelo donde he nacido”, fue tan literal. Nunca un ser humano estuvo tan lejos de su suelo.
La canción del destierro sonando desde el lugar más alto al que un mexicano había llegado en toda la historia, del cuarto de un estudiante a una banca de guerra en Querétaro, al cine de Cans, al espacio. Esa fue la ruta de una tonada que empezó como un silvido triste. Y sin embargo, mientras la canción subía cada vez más alto, ¿qué pasaba con el hombre que la parió? Aquí es donde la historia se pone injusta, injusta de doler.
Porque mientras la canción mixteca conquistaba el mundo, su autor se apagaba en el olvido. En aquella película que la llevó a todos lados, la canción aparece acreditada muchas veces como tema tradicional. tradicional, como si no tuviera padre, como si la hubiera hecho el viento o el pueblo entero. El nombre del soldado borrado de su propia obra más grande.
Y no fue solo una canción. Ese hombre compuso a lo largo de su vida cerca de 300 obras, preludios, himnos, un ave maría, música para el cine mudo de aquella época. Y de todas esas, casi ninguna se conoce hoy. La mayoría se apolilló en cajones, se perdió, se quedó en papeles amarillos que nadie volvió a tocar. Hasta el año 2007, más de 30 años después de su muerte, no hubo un esfuerzo serio por rescatar una parte de su obra.
El hombre que le puso voz al dolor de un pueblo entero se volvió él mismo un desconocido. Y cuentan una cosa de sus últimos años que resume toda esta tristeza. Se dice que alguien le preguntó, “Ya, viejo, ¿qué era lo que esperaba de la vida?” Y él, que había compuesto sin parar, que recordaba a su pueblo en cada nota, contestó algo que a uno se le queda clavado.
Dijo que esperaba que algún día se acordaran de él. Eso pedía, nada más eso. El hombre que hizo la canción que hace que el mundo entero recuerde su tierra perdida, murió pidiendo apenas que alguien lo recordara a él. Y ahí por fin se cierra todo, porque ahora se entiende la costumbre rara de esta canción, la que pedimos guardar desde el principio.
Esta tonada siempre llega antes y siempre deja atrás a su dueño. Llegó como melodía antes que las palabras, llegó como llanto de una diáspora antes que la diáspora y fue al final el epitafio de su autor antes de que su autor muriera. Porque esa canción cumplió a medias su último deseo de la manera más cruel posible.
El mundo se aprendió la canción de memoria y se olvidó del hombre. La obra que cura el olvido de millones se tragó el nombre de quien la escribió. Por eso, la próxima vez que suene la canción mixteca, ya no va a poder oírse igual. Ya no va a ser un bals bonito de feria. Va a ser un niño arrancado de su tierra del sol. Va a ser un soldado de 26 años con ganas de morir bajo un árbol en Querétaro.
Va a ser una carta escrita hace más de 100 años que le llegó, puntual a cada paisano que cruzó sin saber si iba a volver. Iba a ser un viejo en la Ciudad de México pidiendo lo único que la canción no supo darle, que se acordaran de su nombre. Su nombre era José López Alaz. era de Guajuapan de León, de la tierra del Sol.
Escribió esa canción porque él, como tantos, sabía lo que es cargar un pueblo entero por dentro y no poder volver a él. Y ahora que su historia está contada completa, esa canción ya nunca va a ser anónima para quien la escuchó hoy. Cuéntenmelo aquí abajo en los comentarios. ¿Desde dónde nos estás viendo hoy? ¿De qué tierra te sacaron a ti o a los tuyos? ¿Cuál es tu tierra del sol? Ese lugar al que ya no puedes volver como lo dejaste, porque cada quien carga la suya.
Y esta canción, la que un soldado, escribió llorando hace más de 100 años, las nombra todas. Escribe el nombre de tu pueblo, que se sepa, que se recuerde, que no se nos olvide como casi se nos olvidó él. Y quédate porque hay otra canción que crees conocer de memoria y que esconde una verdad todavía más torcida.
Una que has cantado a gritos toda la vida en las fiestas con una sonrisa, sin saber que por debajo lleva una tristeza que te va a helar la sangre cuando te la cuente completa. La cantaste al revés desde niño. La próxima vez te espero para contarte la verdad que se oculta detrás de Cielito Lindo. Ahí nos vemos. No faltes.