CESAR MONTES: La HISTORIA OCULTA detras de su ELECCION como CAPITAN del TRI
César Montes fue uno de los estandartes del tri en el mundial. Capitán del equipo, se [resoplido] convirtió en un muro de la defensa que consiguió el récord histórico de los cuatro partidos ganados sin recibir un solo gol. Pero detrás de todos esos logros se esconde una historia muy dura, la de un niño que tuvo que vender tamales para perseguir el sueño de llegar a primera división y que estuvo a punto de abandonar el fútbol cuando en Pachuca le hicieron algo que hasta el día de hoy no perdona.
Esta es la historia de superación de César Montes y la razón por la que su futuro en el tride Rafa Márquez ilusiona tanto a todo un país. El niño de los tamales. Para entender a César Montes, hay que empezar por un detalle que rara vez aparece en las notas deportivas. El niño que hoy mide casi 2 met y comanda defensas en el extranjero, de pequeño ni siquiera quería jugar fútbol, quería jugar béisbol.
Creció bajo el calor seco y aplastante de Hermosillo, Sonora, en una familia humilde donde el deporte no era un lujo, sino una forma de mantener a los hijos ocupados y disciplinados. Alto, espigado, distinto a los demás niños de su edad, César pasaba la semana repartido entre dos deportes, lunes, miércoles y viernes, fútbol, martes, jueves y sábados de béisbol.
Su llegada al balón fue casi un accidente conoces cesar en una entrevista alguna vez. Una tarde, mientras sus padres veían jugar a su hermano mayor, el pequeño César se alejó, se acercó a un grupo que entrenaba fútbol y preguntó si podía meterse. Llegó vestido de beisbolista. Un entrenador lo vio, midió su estatura y su facilidad para el juego y de inmediato quiso llevárselo.
El problema era el de siempre en esa casa, la distancia, la gasolina, el tiempo. La familia no podía trasladar a todos los hijos a todas partes. Así que llegó la hora de una decisión que marcaría el resto de su vida. Le pidieron que eligiera. César eligió el fútbol. Lo que vino después fue una infancia feliz y traviesa que él todavía recuerda con una sonrisa.
Jugaba a la pelota con sus primos alrededor de la casa de su abuela materna, doña Ofelia, a quien todos los nietos llamaban de cariño la madina. Entre pelotazos destrozaron plantas, tumbaron el cerco y en una ocasión épica hasta terminaron tirando la televisión. Pero detrás de esas risas empezaba a asomarse una verdad incómoda que la familia tardaría poco en descubrir.
El talento no bastaba. Para seguir en el fútbol también hacía falta dinero y dinero era justo lo que no sobraba. Y aquí es donde la historia deja de ser la de un niño con un balón y se convierte en la de una familia entera empujando en la misma dirección. Porque los torneos exigían viajes y los viajes exigían gasolina, hoteles, transporte, comida, sumas imposibles para el bolsillo de la casa.
Entonces su madre se transformó en una emprendedora incansable. vendía prácticamente de todo con tal de reunir para el siguiente traslado: productos por catálogo, labiales, regalos, recipientes de plástico y, sobre todo tamales de el lote que cargaba en una hielera dentro del coche. Los ofrecía en los propios entrenamientos y partidos y muchas veces eran las otras madres de futbolistas quienes le compraban mientras esperaban a sus hijos.
Cada peso que entraba tenía un destino claro, pagar el camino de César. Si aparecía un viaje lejano a Colima, a Tamaulipas, no había pretexto que valiera. Arrancaban las rifas, se preparaban más tamales y se conseguía como fuera. Ella asegura que jamás, ni en los momentos más apretados, le dijo a su hijo que no podía ir a un torneo por falta de dinero.
El día que casi abandona todo, la primera gran oportunidad tocó la puerta cuando César tenía apenas 11 años. Pachuca, uno de los clubes con mejor cantera del país, andaba buscando talento por el norte de México en una de aquellas visorias masivas donde cientos de niños sueñan con lo mismo. Pero irse a Hidalgo significaba algo tremendo para un niño de esa edad.

Abandonar su casa, su familia, su Sonora, para vivir a cientos [carraspeo] de kilómetros persiguiendo un sueño que todavía no sabía si era suyo o de los adultos que lo rodeaban. La rutina en la fuerza básica era de futbolista profesional, aunque el cuerpo aún fuera el de un niño. Arriba a las 7 de la mañana, escuela con convenio del club, comida al mediodía, entrenamiento por la tarde, cena y a dormir para repetirlo todo al día siguiente, semana tras semana, con los padres a un país de distancia, podían pasar largos periodos sin verlos.
Al principio funcionó. César llegó incluso a ser capitán de su equipo, un chico callado que hablaba lo justo, pero que mandaba dentro de la cancha. Sin embargo, algo se torció en su tercer año. Aparentemente no terminaba de convencer a su entrenador y llegó el momento que lo rompió por dentro. Pese a portar el gafete, no fue convocado a una olimpiada nacional, uno de los torneos más importantes para un joven de fuerzas básicas.
Lo que pasó después cambiaría el rumbo de su historia. César tomó el teléfono, llamó a su casa llorando y les dijo a sus padres que no quería seguir en Pachuca, que ya no podía más. Su papá no lo pensó dos veces, fue por él y lo trajo de regreso a Hermosillo. Y al llegar, el niño soltó la frase que ningún padre futbolero quiere escuchar.
Dijo que no quería saber nada más del fútbol, que se acababa ahí y lo cumplió. Durante más de un año, el futuro capitán de la selección mexicana no tocó un balón de manera formal. colgó los botinés siendo apenas un adolescente, cargando el peso de una desilusión demasiado grande para su edad. La familia, que había vendido tamales y rifado lo que fuera para sostener su sueño, ahora veía como ese sueño se apagaba en silencio.
Y aquí es donde la historia toma un giro inesperado, porque lo que rescató a César Montes no fue una academia ni un casatalentos, fueron sus amigos. Poco a poco, los cuates del barrio empezaron a jalarlo otra vez a las cascaritas. canchas de tierra, gradas de aluminio, portería sin red, el fútbol más humilde y más puro que existe. Y funcionó.
El niño que había dicho adiós volvió a enamorarse. Con el amor recuperado llegó una nueva oportunidad, esta vez y la presión que tanto daño le había hecho. Se sumó a un modesto equipo de tercera división, Los Rayos del poblado Miguel Alemán, donde volvió a brillar gracias a su estatura y a su lectura como central. En una semifinal, aquel humilde equipo de tercera se midió nada menos que a las fuerzas básicas de Rayados de Monterrey y lo eliminó.
En ese partido, Monterrey se fijó en un central alto, seguro, distinto. Empezaron a buscarlo. La operación para sacarlo de la tercera rondó los 150,000 pesos y la familia aceptó casi cualquier condición porque su prioridad nunca fue el dinero, sino que César siguiera creciendo. Como parte del trato hubo hasta una anécdota de novela.
entregaron una camiseta de rayados firmada por Humberto Suazo, una petición del presidente del club sonorense llevada personalmente en una maleta. El gol que encendió al gigante. César se quedó en Monterrey. El niño que no quería volver a alejarse de su familia se subió a un proyecto que terminaría convirtiéndolo en futbolista de verdad.
fue campeón con la categoría sub-17, empezó a asomarse a la sub20 y ahí, en un partido de fuerzas básicas contra Chivas, el entrenador argentino recién llegado al primer equipo, el turco Mohamed, se fijó en aquel central espigado que despejaba todo lo que volaba. César comenzó a entrenar con los grandes siendo casi un niño, con brackets todavía en los dientes, midiéndose contra hombres hechos.
Y entonces llegó la noche que ninguna familia sonorense olvidaría. El 2 de agosto de 2015, Monterrey inauguraba su nuevo estadio, ese coloso que bautizarían como el gigante de acero en un partido de gala frente al Benfica de Portugal. Varias lesiones en la defensa abrieron una rendija y Mohamed decidió meter al chico.
César alcanzó a avisarle a sus papás que iba a jugar la inauguración. Nadie podía sospechar lo que venía. En el primer balón que tocó, subió a rematar un centro y conectó de cabeza. ¡Gol! El primer gol de la historia de Rayados en su nuevo estadio lo marcaba un adolescente formado en su propia cantera. César salió corriendo a festejar y señaló hacia el punto exacto de las gradas donde estaba sentada su familia.
Su padre no pudo con la emoción y rompió en llanto. Su madre contó después que casi se desmaya, que sintió que le faltaba el aire. La familia de los tamales, de las rifas, de los kilómetros de carretera veía a su hijo estrenar un estadio entero con un gol. En ese instante, todos los sacrificios cobraron sentido de golpe. A partir de ahí, la carrera del cachorro despegó y ya no se detuvo.
Mohamed le dio continuidad y aquel muchacho se transformó en uno de los centrales más confiables de la Liga MX. Siendo todavía joven, tuvo que aprender a marcar a monstruos como André Jiñac en los clásicos regios, esos duelos que forjan o destruyen a un defensor. Se volvió pieza fija, líder de saga, bandera de una de las mejores etapas modernas de Monterrey y los títulos empezaron a llegar en cascada.
Levantó la Copa MX en el Apertura 2017 y volvió a hacerlo tiempo después. fue campeón de liga en el Apertura 2019 con Rayados venciendo al América y conquistó dos veces la Liga de Campeones de la CONCACAF en 2019 y 2021, lo que además le abrió las puertas de un mundial de clubes. En apenas unos años, el niño que había colgado los botinés por una desilusión se había convertido en un ganador serial en uno de los clubes más poderosos de México, llamado al tri y salto a Europa.
Antes de cruzar el océano, César vivió su primer gran golpe con la mayor. Fue convocado al Mundial de Qatar en 2022, su debut absoluto en una Copa del Mundo. Pero aquel torneo terminó en una de las páginas más amargas de la historia reciente del tri. México quedó eliminado en la fase de grupos por primera vez desde 1978, casi medio siglo sin fracasar así de temprano y a César le tocó vivirlo desde dentro.
Un dolor que, como veremos, buscaría lavar 4 años después en su propia casa. Con esa espina clavada dio el salto que tanto había soñado. Dejó Monterrey después de casi 8 años y se fue a España, al español de Barcelona y ahí descubrió que Europa no perdona. Los entrenamientos eran más cortos, pero mucho más intensos, con controles constantes de peso y alimentación, con la obligación de estudiar al detalle a cada extremo rival para anticipar centros y desmarques.
Un mundo de exigencia milimétrica. Enfrentó al Real Madrid, al Barcelona, al Atlético. Pero el fútbol, que rara vez regala finales felices de inmediato, le puso el camino cuesta arriba. Del español pasó a la Almería, donde llegó a ser en su momento el fichaje más caro en la historia del club.
Y ahí, lejos de brillar en lo alto de la tabla, le tocó pelear abajo contra el descenso. César vivió dos descensos en su etapa española y llegó a disputar partidos en la segunda división. El defensa que en México lo ganaba todo. En Europa aprendió a perder, a sufrir, a lavar sus propios botinés después de entrenar porque allá nadie lo hacía por él.
llegó a preguntarse, según ha contado, por qué estaba sufriendo tan lejos de casa cuando Monterrey lo tenía todo, pero nunca dio marcha atrás y entonces tomó la decisión que hasta hoy más se le cuestiona. En 2024 fichó por el Locomotive de Moscú en Rusia, firmó a largo plazo, tomó el dorsal 23 y se marchó a un fútbol que para el aficionado promedio quedaba literalmente en el fin del mundo.
Su familia se preocupó por lo evidente. guerra, el idioma, el clima. Quien lo empujó a dar el paso fue Luis Chávez, un amigo al que considera un hermano desde que coincidieron de niños en Pachuca y que ya jugaba allá. En el Locomotive, César calcula que cerca del 95% de sus compañeros son rusos. Apenas hay un francés, un brasileño y él, un mexicano solo, a miles de kilómetros de todo lo suyo.
Los números, [carraspeo] sin embargo, hablaban por él. Para cuando arrancó el Mundial, César acumulaba alrededor de 69 partidos con México desde su debut, una cifra que no se construye por casualidad. En el Locomotive sumó cerca de 50 encuentros con seis goles y dos asistencias con más de 4,000 minutos de rodaje en las piernas.
No era un jugador oxidado ni de vacaciones. Era un central con ritmo, con jerarquía internacional y con una constante que ningún seleccionador mexicano moderno se atrevió a ignorar. Desde Osorio hasta Martino, desde el proceso olímpico hasta el mismísimo Vasco Aguirre. Todos, sin excepción, lo llamaron. Así que la pregunta seguía sin respuesta cuando el mundial tocó a la puerta.
¿Era César Montes un central de élite injustamente cuestionado por el prejuicio de jugar lejos? o era un defensor cómodo al que la costumbre mantenía en la selección. Aguirre estaba a punto de responder de la manera más contundente y más arriesgada posible y esa respuesta encendería una polémica que nadie olvidaría.
Mundial 2026, la noche que dividió al país. El 11 de junio de 2026, México abría su mundial en el coloso de la Ciudad de México, frente a Sudáfrica. Y cuando se dieron a conocer las alineaciones, estalló la sorpresa. El capitán no era Guillermo Ochoa, que se quedó en la banca. Tampoco era Edson Álvarez, referente de la era Aguirre, ni Raúl Jiménez, ni Julián Quiñones.
El brazalete se lo puso César Montes. La decisión tenía un peso histórico enorme. El cachorro se convertía en el primer canterano de Rayados en portar el gafete de la selección en un mundial y en el primer sonorense en liderar al tri en la máxima cita. Apenas el jugador número 16 en la historia de México en ser capitán en una Copa del Mundo y uno de los pocos defensas en lograrlo.
Aguirre, en una alineación cargada de juventud había elegido como líder al hombre que jugaba en el fin del mundo. Durante casi todo el partido, la apuesta le salió redonda. México ganaba 2 a0 sólido con Montes mandando en la saga junto a [carraspeo] Johan Vázquez, pero el fútbol tenía guardado un giro cruel para el final. Corría el minuto 92 cuando el capitán salió a cortar un mano a mano, derribó al sudafricano Culiso Mudau y el árbitro brasileño Wilton Sampayo no lo dudó.
Roja directa. México se quedaba con 10 en el cierre de la inauguración de su propio mundial y el líder que Aguirre había ungido se marchaba expulsado porque lo más doloroso apenas empezaba. Esa expulsión significaba castigo y el castigo significaba perderse el siguiente partido contra Corea del Sur. Según trascendió de su entorno familiar, cuando los suyos lo visitaron tras el juego, César les manifestó su frustración por quedarse fuera justo del duelo que él consideraba el más importante de esa fase, convencido de
que la jugada apenas merecía una amonestación y de que le habían aplicado un criterio demasiado severo. Y la paradoja era que en una sola noche César Montes había tocado el cielo y el infierno, capitán histórico de un mundial en casa y minutos después el villano señalado por medio país. rara vez un futbolista mexicano había concentrado tanto orgullo y tanta polémica en 92 minutos.
Y lo más increíble es que su historia en ese torneo apenas comenzaba, porque lo que ese hombre estaba a punto de cargar sobre los hombros era un peso que muy pocos han soportado. Volvió a ser figura de la defensa. Cumplido el castigo, César volvió y volvió para demostrar por qué Aguirre había confiado en él. regresó a la titularidad en el duelo ante la República Checa y luego recuperó el gafete de capitán en los 16avos de final contra Ecuador, donde México se impuso 2 a0 y firmó una de sus mejores actuaciones del torneo. En ese partido,
Montes fue de lo más destacado de la cancha. Las valoraciones especializadas lo colocaron entre los mejores del equipo con una nota que rozó la excelencia. El villano de la inauguración se estaba transformando otra vez en el líder que sostenía la defensa de todo un país. El sueño avanzó hasta los octavos de final, la instancia soñada con un rival de temer, Inglaterra.
Y ahí el destino le tenía preparada una última jugada cruel. Al momento de anunciar el 11, César aparecía como titular y capitán, pero durante el calentamiento previo sintió una molestia. Por unos minutos todo quedó en el aire. Al final apretó los dientes y salió a jugar, porque un capitán no se baja de un partido así, pero el cuerpo tiene su propia verdad.
Al descanso, con el partido cuesta arriba, Aguirre tomó la decisión más difícil, sacó a su capitán y metió a Edson Álvarez. César se sentó a ver desde la banca cómo se decidía el mundial de su vida. Inglaterra terminó imponiéndose por tres goles a dos y México quedó eliminado. El sueño del Mundial en casa se apagaba en octavos y el capitán que había abierto el torneo con el brazalete lo cerraba en la orilla del campo con la molestia en la pierna y la impotencia en la mirada.
Así se cerró un círculo tan hermoso como doloroso. César Montes había querido usar este mundial para lavar la herida de Qatar para demostrar que aquel fracaso no lo definía y en muchos sentidos lo logró. Fue capitán histórico, fue de los mejores de México en varios partidos. Lideró una defensa que compitió de tu aú, pero el fútbol volvió a negarle el final soñado.
Disputó cuatro de los cinco partidos del tri, cargó el brazalete en los momentos más grandes y aún así se quedó a las puertas de lo que tanto buscaba. Y cuando el silvatazo final confirmó la eliminación, cuando el Azteca se vació y las luces se apagaron, quedó una certeza incómoda flotando en el aire. La carrera de selección de César Montes probablemente había llegado a su cima justo ahí, en ese mundial en casa que se le escapó entre los dedos.
Pero mientras un capítulo se cerraba con lágrimas, otro, muy distinto empezaba a escribirse a miles de kilómetros de distancia y ese nuevo capítulo lo pondría de nuevo en el centro de todas las conversaciones. Su próximo paso, apenas terminó el mundial, el nombre de César Montes cambió de sección.
Pasó de las crónicas deportivas a las notas de mercado, porque el fútbol no espera a que se sequen las lágrimas. Diversos reportes lo colocaron de inmediato en la órbita de la Liga MX con un club por encima de todos empujando con fuerza para repatriarlo. El Cruz Azul nada menos que el vigente campeón del fútbol mexicano. La operación tiene todos los ingredientes de una gran novela de verano.
Según lo reportado, el defensor ya habría dado el sí para volver a México, atraído por la idea de estar cerca de su familia después de tantos años lejos y su decisión se habría reforzado por un detalle emotivo. Su hermano Alan Montes, ya fue anunciado como refuerzo celeste. La ilusión de juntar a los dos hermanos en la misma saga se volvió un argumento poderoso.
Lo que faltaba por destrabar hasta ahora era el acuerdo con el Locomotive, que no quiere soltarlo fácil y que puso sobre la mesa una cifra alta reportada en torno a los 7,illones y medio de euros, conversiones que incluso la elevan por encima de los ,000es. Y detrás de ese movimiento late otra vez el gran debate de su carrera. Ahora al revés.
Durante años se le cuestionó por irse tan lejos, por elegir Rusia sobre la comodidad de casa. Ahora, un regreso triunfal a la Liga MX como capitán de la selección, sin ocupar plaza de extranjero, lo convertiría en un líder de época para el equipo que quiere ir por el bicampeonato. El mismo aislamiento que le criticaron sería de golpe la jerarquía internacional que todos querrían tener en su vestidor.
Así de rápido cambia la narrativa en el fútbol. Pero más allá del club, lo que está en juego es su legado. Si César Montes regresa y lidera a un grande de México hacia títulos, su historia se leerá como la del canterano, que se fue a conquistar el mundo y volvió convertido en referente. Si en cambio el nivel se le escapa o las lesiones lo alcanzan, quedará la sombra de un capitán al que un mundial en casa se le negó en el peor momento.
El mismo hombre, según como termine la película, puede ser recordado como leyenda o como una gran carrera a la que le faltó el golpe final. Y hay un horizonte todavía más lejano que asoma tímido en el fondo. Con Rafael Márquez perfilado para comandar el próximo proyecto de México y con César apenas rozando la treintena, [resoplido] no es descabellado imaginar que su historia con la selección aún tenga páginas por escribir. Pero eso es futuro.
Lo cierto, lo que hoy nadie puede quitarle, es que el niño que un día colgó los botinés jurando no volver terminó cargando el brazalete de toda una nación en el mundial de su propia tierra. Pocos guiones tienen un giro tan improbable. Al final de todo, la historia de César Montes no es la de un defensor, es la de una distancia.
La distancia entre un niño que vendía su sueño a plazos, financiado con tamales y rifas, y un hombre que abrió un mundial como capitán de México. La distancia entre un chico que llamó llorando para decir que se rendía y un líder al que un país entero le exigió no rendirse jamás. La distancia entre la desilusión que casi lo aleja para siempre del fútbol y el orgullo de escuchar el himno con el brazalete en el brazo.
En el camino quedaron los kilómetros de carretera, los botinés lavados a mano en la soledad de Europa, los dos descensos en España, el frío de Moscú, la fase de grupos de Qatar y aquella roja en el minuto 92 que dividió a un país. Y del otro lado quedó todo lo que construyó, los títulos con Monterrey, el gol que encendió un estadio, los años en el extranjero, la capitanía histórica de la selección.
Un hombre que se cayó siendo niño y se levantó tantas veces que terminó siendo literalmente el que manda. Por eso, después de recorrer toda su historia, te toca a ti responder la pregunta que partió al país aquella noche en el Azteca y que sigue viva hoy. ¿Crees que César Montes fue el mejor defensor del tri en el mundial? Y si esta historia de superación te movió algo por dentro, hay otra que no te puedes perder.
La de un niño que creció en una de las zonas más peligrosas de Colombia, dominada por el narcotráfico y la violencia. donde la vida y la muerte se deciden todos los días. Un niño que jugaba descalso y que encontró en el fútbol su única salida para escapar de un destino trágico. Hoy es campeón en México, goleador temido en el extranjero por encima de figuras mundiales y hasta cambió de nacionalidad para cumplir el sueño de vestir la camiseta del tri en un mundial.
Su nombre es Julián Quiñones y lo que sobrevivió para llegar hasta aquí te va a dejar sin palabras. Dale click al video que aparece en pantalla. Te aseguramos que no te vas a arrepentir.