Aquí surge una pregunta que acompañará toda esta parte y que en su momento no tenía respuesta evidente. ¿Cómo iba un niño enfermizo, criado entre algodones, hijo de una familia de propietarios, a convertirse en el revolucionario más implacable de su tiempo? Nada en aquella infancia protegida parecía anunciar semejante destino.
Y sin embargo, las claves ya estaban ahí ocultas a plena vista. La primera clave fue la propia enfermedad. Lejos de resignarse a una vida de reposo, Ernesto se empeñó en desafiar a su cuerpo. Contra todo pronóstico, se convirtió en un niño extraordinariamente activo. Nadaba, jugaba al fútbol, montaba en bicicleta, practicaba tiro y llegó a jugar al rugby en un club de Buenos Aires, cuyas iniciales, por un curioso azar, componían la palabra Cuba.
El asma no desapareció nunca. En plena partida a veces tenía que detenerse, ahogado, incapaz de continuar. pero se levantaba y volvía a intentarlo. Aquella terquedad, aquel negarse a aceptar los límites que la naturaleza le imponía, sería uno de los rasgos más constantes de su carácter.
La segunda clave fueron los libros. La casa de los Guevara albergaba una biblioteca inmensa con miles de volúmenes y allí el joven Ernesto pasaba buena parte de su tiempo. Leía de manera voraz y desordenada, saltando de un autor a otro con curiosidad insaciable. Devoraba a los grandes novelistas europeos. se sumergía en la poesía y aprendía francés hasta dominarlo con soltura.
Su madre lo había enseñado a leer y escribir en casa y muy pronto el niño mostró una inteligencia despierta y una memoria notable. Junto a la literatura, se aficionó también a la ciencia y llegó a montar en el laraje de la casa un pequeño laboratorio donde ensayaba experimentos químicos. Mientras el niño crecía entre libros y sierras, el continente seguía convulso.
Argentina atravesó dos golpes militares en aquellos años. Las familias como la suya vivían protegidas por su posición, pero no eran ajenas a lo que ocurría a su alrededor. El padre expuso pronto a sus hijos a la política de izquierdas y a las ideas del republicanismo español muy presentes en la casa.
Aquel ambiente dejó una huella temprana. Entre los autores que el joven Ernesto leía se mezclaban novelistas, poetas y pensadores sociales. Y ya en la adolescencia comenzó acercarse a las obras de los teóricos revolucionarios. Hubo también un rasgo que sus amigos de infancia recordarían siempre con una sonrisa, su absoluta indiferencia por la higiene y las apariencias.
tenía una camisa a la que llamaban la semanal, porque solo se la cambiaba una vez a la semana y sus compañeros le pusieron por ello un apodo poco halagador que él, lejos de molestarse, aceptó de buen grado. Aquel desapego por las convenciones sociales, por lo que se esperaba de un joven de buena familia, ya lo distinguía del resto. No discriminaba a nadie.
Se relacionaba por igual con los hijos de los privilegiados y con los hijos de los sirvientes, sin reparar en el origen de cada cual. Bajo aquella apariencia despreocupada, la tía, sin embargo, un temperamento introspectivo. Ernesto no era solo un muchacho travieso y desalineado. Era también un joven que se hacía preguntas, que buscaba un sentido a las cosas, más maduro en sus lecturas y en sus reflexiones que la mayoría de sus compañeros.
Leía autores serios, meditaba sobre lo que leía y anotaba sus poemas favoritos en un cuaderno. Aquel cuaderno lo acompañaría durante toda su vida y sería hallado en su mochila muchos años después, cuando ya nada de aquella infancia parecía guardar relación con el hombre en que se había convertido. Con el paso del tiempo, la pregunta que planeaba sobre estos primeros años empieza a encontrar respuesta.
El niño enfermo no se convirtió en revolucionario a pesar de su infancia, sino en buena medida gracias a ella. La enfermedad le enseñó a resistir el dolor y a forzar los límites de su propio cuerpo. Los libros le abrieron un mundo de ideas que iba mucho más allá de las sierras de Córdoba. El ejemplo de su padre le mostró que la justicia social no era una abstracción lejana, sino algo que podía practicarse incluso en el trato con los trabajadores de una plantación.
y la mezcla de sangres, culturas y lecturas forjó en él una mirada abierta capaz de sentirse concernida por realidades que no eran las suyas. En el año 1948, Ernesto ingresó en la Universidad de Buenos Aires para estudiar medicina. La educación superior era en la Argentina de entonces un privilegio reservado a unos pocos y él tuvo la fortuna de poder acceder a ella.

un estudiante brillante, lector incansable, que combinaba el rigor de la ciencia con la pasión por las letras. Todo parecía indicar que le esperaba una vida cómoda, una consulta médica, un lugar respetable en la sociedad de su tiempo. Nadie, y él mismo menos que nadie, imaginaba entonces que la verdadera educación de Ernesto de Vara no la recibiría en las aulas de la facultad, sino en los caminos polvorientos de un continente que aún no conocía.
La motocicleta se detuvo con un quejido metálico en mitad de la carretera desértica y los dos jóvenes que la montaban comprendieron que no volvería a arrancar. Estaban en el norte de Chile, rodeados de tierra árida y de un silencio inmenso. Habían salido de Argentina meses atrás sobre aquella vieja máquina a la que llamaban con afecto la poderosa, un nombre que sonaba a broma junto a su estado real.
Desde ese momento tendrían que continuar a pie, subirse a camiones, dormir al raso y depender de la caridad de los desconocidos. Lo que empezó como una aventura juvenil se estaba transformando, sin que ellos las virtieran del todo, en un viaje que cambiaría para siempre la mirada de uno de ellos. Conviene situar aquel viaje en su contexto.
A comienzos de los años 50 del siglo pasado, América Latina seguía siendo un continente de contrastes brutales. Las grandes empresas extranjeras, muchas de ellas norteamericanas, controlaban minas, plantaciones y ferrocarriles y extraían enormes riquezas de tierras cuyos habitantes vivían en la miseria. Los gobiernos, a menudo autoritarios, protegían esos intereses.
La pobreza rural, el desprecio hacia las poblaciones indígenas y la desigualdad extrema eran la norma en buena parte de la región. Ernesto Bebevara había leído sobre todo aquello en los libros de la biblioteca familiar. Ahora iba a verlo con sus propios ojos. El viaje había comenzado en diciembre de 1951. Su compañero era Alberto Granado, un amigo mayor que él, estudiante de bioquímica y especialista en lepra, que soñaba con recorrer el continente y conocer los leprosarios de distintos países.
Ermesto, que aún no había terminado la carrera de medicina, aceptó acompañarlo con una condición, regresar a tiempo para presentarse a sus exámenes finales. Con esa promesa a medias cargaron mantas, una tienda de campaña y algunas provisiones sobre la poderosa y partieron rumbo al sur, hacia la Patagonia. para luego girar hacia Chile.
Aquí surge un enigma que atraviesa toda esta etapa de su vida. Ernesto partió como un joven despreocupado, curioso, deseoso de conocer mundo, sin más ideología que una vaga sensibilidad social heredada de su padre. Regresó siendo otro. Algo ocurrió en esos caminos, algo que no fue un solo acontecimiento, sino la acumulación lenta de imágenes que se le fueron clavando en la memoria.
Comprender qué transformó al muchacho en el hombre exige recorrer con él aquellas escenas que lo marcaron. Una de las más intensas ocurrió cerca de la mina de cobre de Chuquikamata, en el desierto chileno. Aquella explotación, una de las mayores del mundo a cielo abierto, pertenecía a capitán norteamericano y se había convertido en un símbolo para muchos latinoamericanos.
Representaba la idea de una gran empresa extranjera que exprimía la riqueza del subsuelo y la mano de obra local. De camino hacia la mina, tumbados a la escasa sombra de dos postes junto a la carretera, los dos viajeros conocieron a un matrimonio de trabajadores chilenos, militantes comunistas. Era de noche, hacía un frío intenso y a la luz de una única vela compartieron pan, queso y mate.
El hombre, de figura encogida y aire trágico, les contó su historia. Había pasado tres meses en la cárcel por sus ideas. Su mujer lo había esperado con lealtad ejemplar mientras él buscaba trabajo sin encontrarlo. Algunos de sus compañeros habían desaparecido y se decía que sus cuerpos habían acabado en el fondo del mar. En aquel momento, el Partido Comunista estaba prohibido en Chile por una ley que, con nombre grandilocuente, presentaba la represión como defensa de la democracia.
Ernesto escribió más tarde que aquella pareja aterida de frío, abrazada en la noche del desierto, era una representación viviente del proletariado de cualquier parte del mundo. La escena se le quedó grabada como pocas. En su interior algo empezaba a moverse. No era todavía una doctrina política definida, sino una indignación creciente, una incomodidad que ya no lo abandonaría.
Veía a hombres pudrirse en vida en las minas por unos pocos centavos al día. Veía aldeas empobrecidas, campesinos a los que se despojaba de sus tierras, familias que no sabían si comerían al día siguiente y veía como junto a esa miseria unos pocos amasaban fortunas colosales. La distancia entre lo que había leído en los libros y lo que ahora tocaba con las manos lo estaba cambiando por dentro.
El viaje continuó hacia el norte, siguiendo lo que él mismo llamó la espina dorsal de Sudamérica. Atravesaron Chile, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela. En Perú se detuvieron ante las orbinas de Machuicchu y Ernesto quedó fascinado por el legado de los incas sobre el que leyó cuanto pudo.
Contemplar aquellos muros de piedra levantados por una civilización sometida siglos atrás le hizo pensar en la larga historia de dominación que pesaba sobre el continente. Una parte importante del viaje la dedicaron a los leprosarios, donde ambos trabajaron como voluntarios atendiendo a los enfermos. En uno de esos leprosarios se produjo un gesto revelador.
Los enfermos vivían separados de los sanos por un río en condiciones de aislamiento. Ernesto, en lugar de mantener la distancia que se esperaba de un médico, cruzó hasta el lado de los enfermos para convivir con ellos, para tratarlos como iguales. Aquel comportamiento decía mucho de su carácter. No concebía la medicina como una relación de superioridad, sino como un encuentro humano.
La enfermedad que él conocía bien en su propio cuerpo no debía convertir a nadie en un ser inferior o apartado. A lo largo del recorrido, los dos amigos vivieron mil peripecias. Trabajaron como mozos de carga y como lavaplatos. Atendieron animales enfermos en los pueblos. viajaron de polizones en trenes y camiones.
En Colombia, la policía detuvo a aquellos viajeros de aspecto sospechoso y andrajoso. Según recordaría después dranado, el jefe de policía, al saber que eran argentinos, los dejó marchar a cambio de una promesa insólita, que entrenaran al equipo de fútbol local. Anécdotas como esta contadas con humor muestran que el viaje no fue solo una sucesión de revelaciones sombrías, sino también una experiencia vital, alegre, llena de camaradería.
Ernesto llevaba un diario. En él anotaba con fecha y lugar lo que veía y lo que sentía. Aquellas páginas se convertirían más tarde en un libro conocido como Diarios de motocicleta, que alcanzaría gran difusión. En una de sus reflexiones más citadas, escribió que en la mirada agotada de los pobres, que no se atreven a pensar más allá del día siguiente, se escondía una tragedia profunda, común a los desposeídos de todos los países.
En aquellos ojos que se apagaban, decía, había una humilde petición de perdón y también, a menudo una petición desesperada de consuelo. A mediados de 1952, los caminos de los dos amigos se separaron. Granado recibió una oferta de trabajo en un leprosario de Caracas con un buen sueldo y decidió quedarse en Venezuela.
Ernesto, en cambio, tenía que regresar a Buenos Aires para terminar la carrera. Se despidieron con la promesa de reencontrarse y en efecto, volverían a verse, pero muchos años después y en circunstancias que ninguno de los dos podía imaginar. Entonces, al llegar a casa, el enigma quedaba resuelto. El joven que había partido ya no existía.
Él mismo lo dejó escrito con una lucidez sorprendente. La persona que había redactado aquellas notas afirmó, “Había muerto al pisar de nuevo solo argentino y quien las ordenaba y las pulía, ya no era el mismo de antes. Todo aquel vagar por la América mayúscula”, señaló lo había cambiado más de lo que creía.
El continente le había mostrado su rostro más doloroso y él ya no podría mirar hacia otro lado. Terminó la carrera, obtuvo el título de médico y de inmediato empezó a preparar un nuevo viaje. La aventura no había concluido, apenas comenzaba. Los aviones cruzaron el cielo de la capital y comenzaron a soltar su carga sobre la ciudad.
Abajo, entre el desconcierto y el miedo, un joven médico argentino ayudaba a transportar armas y se ofrecía para organizar la defensa. No disparaba en primera línea, pero se movía entre los que resistían, trasladaba material, atendía a los heridos. Guatemala estaba siendo aplastada y Ermesto Guevara lo estaba viendo todo con sus propios ojos.
Aquellos días dejarían en él una herida que no cicatrizaría jamás y que decidiría el rumbo de toda su vida. Para entender lo que ocurría, hay que retroceder un poco. Tras terminar la carrera de medicina, Ernesto había emprendido un segundo viaje por el continente. Esta vez, su itinerario lo llevó primero a Bolivia, donde acababa de triunfar una revolución.
El nuevo gobierno había nacionalizado las minas de estaño, comprándolas a las compañías extranjeras. Había organizado milicias de obreros y campesinos y había impulsado una reforma agraria. Ernesto quiso ver con sus propios ojos cómo se ponían en práctica aquellas ideas que tanto le interesaban. Pasó varios meses en el país, se reunió con mineros y con miembros del nuevo poder y observó con atención los aciertos y las contradicciones de aquel proceso.
Desde Bolivia continuó hacia Guatemala y allí lo esperaba de episodio que marcaría un antes y un después. El presidente de aquel país centroamericano era Jacobo Arvens, un hombre que intentaba corregir las profundas desigualdades de su sociedad mediante reformas sociales y económicas. La más audaz de todas era la reforma agraria, que preveía expropiar las tierras sin cultivar de las grandes compañías para repartirlas entre los campesinos sin tierra.
Y la mayor propietaria de aquellas tierras ociosas era una poderosa empresa frutera norteamericana, la United Fruit, que exportaba plátano y otros productos tropicales y que tenía fuertes conexiones con el gobierno de Estados Unidos. Aquí aparece la incógnita que recorre toda esta parte. Ernesto llegó a Guatemala siendo aún un joven inclinado hacia la izquierda, pero sin un compromiso firme ni una ideología cerrada.
Se ganaba la vida como podía, intentaba ejercer la medicina, buscaba su lugar. Nada garantizaba que aquel viajero curioso acabara convertido en un revolucionario dispuesto a jugarse la vida. La pregunta que queda flotando es qué fue exactamente lo que transformó su indignación difusa en una convicción de acero.
En Guatemala, Ernesto entró en contacto con un grupo de exiliados cubanos que habían huído del régimen de su país. Ellos le hablaron por primera vez de un joven abogado llamado Fidel Castro, que había encabezado un asalto a un cuartel militar en Cuba en un intento audaz de derrocar al dictador que gobernaba la isla.
Aquellos hombres admiraban a Castro y soñaban con volver a intentarlo. Ernesto los escuchaba con interés, aunque todavía desde cierta distancia. También conoció en aquellos días a Hilda Gadea, una mujer peruana de firmes convicciones políticas que se convertiría en su primera esposa y que influyó en su formación intelectual.
Mientras tanto, las presiones sobre el gobierno de Arvens aumentaban. La empresa frutera afectada por la reforma agraria contrató a expertos en relaciones públicas para difundir la idea de que Guatemala se estaba convirtiendo en un peligroso foco comunista. En el clima de la Guerra Fría, aquella acusación bastaba para justificar casi cualquier cosa.
Los servicios de inteligencia norteamericanos organizaron una operación destinada a derrocar a Arvens. Un ejército de mercenarios apoyado por medios aéreos entró en el país mientras la aviación bombardeaba las ciudades. La escena que abría esta parte pertenece a esos días. Ernesto, indignado, se ofreció a colaborar en la resistencia.
Ayudó a trasladar armas, participó en tareas de defensa, atendió a los heridos, pero la resistencia no llegó a organizarse de manera eficaz. El ejército guatemalteco, atemorizado, presionó al presidente para que dimitiera y Arvens, ante la falta de apoyo, terminó cediendo. En su lugar se instaló un gobierno afí a los intereses extranjeros, encabezado por un militar que muchos consideraron un instrumento de potencias ajenas.
Lo que vino después impresionó todavía más al joven médico. El nuevo poder, siguiendo una vieja costumbre en aquellas latitudes, empezó a elaborar listas de sospechosos. Se detenía a los partidarios del gobierno derrocado, se perseguía a los presuntos comunistas y algunos fueron ejecutados. Ernesto, cuyo nombre figuraba en aquellas listas por su participación en la defensa, tuvo que buscar refugio en la embajada de Argentina para salvar la vida.
Desde allí, mientras esperaba poder salir del país, meditó sobre lo que acababa de presenciar. En su interior, la transformación se completaba. Había visto como un gobierno que intentaba repartir tierra a los pobres era derribado por la fuerza. Había visto como las reformas pacíficas ilegales podían ser barridas en cuestión de días cuando amenazaban intereses poderosos y había extraído una conclusión que ya no lo abandonaría.
Llegó a la convicción de que Estados Unidos era, como diría más tarde, con una expresión célebre, el enemigo de la humanidad. La caída de Arvens, escribió, se había producido ante la agresión fría y premeditada de aquella potencia oculta tras una cortina de propaganda continental. Es importante entender lo que aquello significaba para él.
Hasta Guatemala, Ernesto había creído posible transformar la sociedad por vías pacíficas mediante reformas graduales dentro de la legalidad. El derrocamiento de Arvens le arrebató esa esperanza. Si un gobierno moderado, elegido y respetuoso de las formas, podía ser destruido con tanta facilidad, entonces pensó, “La única vía que quedaba abierta era otra.
” A partir de ese momento, se consideró a sí mismo un marxista y empezó a buscar una revolución en la que pudiera luchar de verdad con las armas en la mano. En septiembre de 1954, como tantos otros perseguidos, Ernesto puso rumbo a México. Aquel país tenía una larga tradición de acoger exiliados políticos y de haberse enfrentado en su historia a la influencia de su vecino del norte.
Llegaba con el ánimo de un hombre radicalizado, dolido por lo que había visto, pero también con una certeza nueva. Guatemala le había arrebatado unas ilusiones y le había entregado a cambio una dirección. Ya sabía contra qué luchaba. Solo le faltaba encontrar a los hombres con los que hacerlo.
Y en México, sin que él pudiera imaginarlo aún, ese encuentro estaba a punto de producirse. Dos desconocidos se encerraron en una habitación de la Ciudad de México y estuvieron hablando hasta el amanecer. Uno era un abogado cubano de figura imponente, palabra torrencial y ambición desmesurada. El otro, un médico argentino de gesto sereno, mirada penetrante y silencios cargados de intención, no se conocían de nada.
Cuando salieron de aquel cuarto, muchas horas después, el argentino había decidido unirse a una causa que no era la suya, dispuesto a jugarse la vida por la libertad de una isla que jamás había pisado. Aquella noche cambió a los dos hombres y con ellos el curso de la historia. El escenario de aquel encuentro era la ciudad de México a mediados de los años 50 del siglo pasado.
México se había convertido en refugio de exiliados de toda América Latina, un lugar donde los perseguidos podían rehacer sus vidas y conspirar contra los regímenes que los habían expulsado. Entre ellos se contaban numerosos cubanos que habían huído de la dictadura de Fulgencio Batista. Ernesto Guevara, recién llegado de Guatemala y marcado por aquella experiencia, se movía en esos círculos de expatriados donde la política lo era todo.
La situación en Cuba, de la que tanto oía hablar merece una explicación. La Isla vivía bajo el poder de Batista, un militar que había alcanzado el mando mediante un golpe de estado en marzo de 1952. Su régimen mantenía estrechos vínculos con intereses económicos extranjeros y con el crimen organizado que había hecho de La Habana.
un lugar de casinos y placeres para los visitantes adinerados. Mientras una minoría prosperaba, buena parte de la población cubana vivía en la pobreza. Contra aquel estado de cosas se había alzado un joven abogado que tras un intento fallido de rebelión había pasado por la cárcel y se había exiliado en México para preparar un nuevo asalto al poder.
En este punto surge la pregunta que da sentido a toda esta parte. Ernesto y Fidel eran dos hombres profundamente distintos. Fidel era extrovertido, carismático, un orador nato que arrastraba las multitudes y que en aquel momento se movía más por un nacionalismo apasionado que por una doctrina definida. Ernesto era reservado, reflexivo, un lector metódico ya convencido de sus ideas marxistas.
Lo que resulta difícil de explicar es qué vieron el uno en el otro para que en una sola noche de conversación sellaran una alianza tan estrecha y duradera. La respuesta empieza a dibujarse en los detalles de aquel primer encuentro que se produjo en el verano de 1955. Un conocido común, uno de los cubanos que Ernesto había tratado en Guatemala, los puso en contacto.
Hablaron durante horas de política, de revolución, del destino del continente. Ernesto quedó impresionado por la determinación de Fidel, por su seguridad absoluta y por su audacia. Fidel, a su vez reconoció en aquel médico argentino no solo a un compañero de ideas, sino a un hombre de una firmeza y una preparación intelectual poco comunes.
Al terminar la conversación, Ernesto ya se había comprometido a sumarse a la expedición como médico de la tropa. Fue en aquel ambiente donde Ernesto recibió el apodo que lo acompañaría para siempre. Los cubanos se sorprendían de que aquel argentino intercadara constantemente en su habla una muletilla característica de su tierra.
una expresión que se usa para dirigirse a alguien de manera familiar, algo así como amigo o compañero. De tanto oírsela, empezaron a llamarlo por ella. Así, Ernesto Guevara pasó a ser sencillamente el Che. El nombre de guerra terminaría por eclipsar al depila y con él lo conocería el mundo entero. La preparación de la expedición fue larga y clandestina.
En una finca a las afueras de la capital mexicana, el grupo de futuros revolucionarios recibió entrenamiento militar. Y aquí aparece un dato de especial interés para quienes miran esta historia desde España. El encargado de instruirlos fue Alberto Ballo, un veterano militar de origen español que había combatido en la guerra civil española del bando republicano y que atesoraba una notable experiencia en la guerra de guerrillas.
Bajo su dirección, aquellos hombres aprendieron tácticas, manejo de armas y disciplina. El veterano quedó especialmente impresionado por las aptitudes del médico argentino, a quien llegó a considerar el mejor de todos sus alumnos. En su interior, el Che vivía aquellos meses como una etapa decisiva. Había encontrado por fin lo que buscaba desde Guatemala, una causa concreta, un grupo de hombres decididos y un objetivo claro.
Se entrenaba con Aino, superando las limitaciones de su asma y se reveló como uno de los mejores tiradores del grupo. Durante aquel periodo se casó con Hilda Gadea, con quien tuvo una hija. La familia, sin embargo, ocupaba un lugar secundario frente a la magnitud del proyecto que lo consumía. La revolución, tal como él la entendía, exigía sacrificios y el primero de ellos era la renuncia a una vida personal tranquila.
Los preparativos no pasaron inadvertidos. Un informante infiltrado en el grupo alertó a la policía mexicana y en junio de 1956 se produjo una redada. Fidel, el Che y buena parte de los expedicionarios fueron detenidos. Al Che le pesó especialmente su historial guatemalteco. Permaneció encarcelado durante casi dos meses.
Solo la intervención de personalidades influyentes de la cultura y la política mexicanas logró su liberación y la de sus compañeros. Aquel contratiempo, lejos de detener el proyecto, lo aceleró. Fidel comprendió que no podía demorarse más, pues no sabía cuánto duraría la benevolencia de las autoridades. Al salir de prisión, la máquina de la conspiración volvió a ponerse en marcha.
Fidel reunió dinero, compró armas y adquiría una pequeña embarcación de recreo, un yate llamado Granma, concebido para transportar a una docena de personas. En sus bodegas y su cubierta se apretujarían más de 80 hombres. Antes de partir, El Che escribió una carta de despedida a su madre, previendo que quizá no regresara con vida.
En ella intentaba explicar por qué un médico argentino, con una vida cómoda a su alcance, se disponía a embarcarse en una empresa tan arriesgada por la libertad de un país extranjero y así la incógnita quedaba despejada. Lo que unió a aquellos dos hombres tan distintos no fue la semejanza, sino la complementariedad.
Fidel aportaba el carisma, el arrastre popular, la capacidad de encender a las masas. El Che aportaba la firmeza doctrinal, la disciplina, la coherencia entre las ideas y los actos. El uno necesitaba al otro para llegar donde ninguno habría llegado solo. En la madrugada del 25 de noviembre de 1956, con las luces apagadas para evitar ser vistos, 82 hombres embarcaron en el Granma y pusieron rumbo a Cuba.
El médico argentino, convertido ya en el Che, dejaba atrás una vida y se lanzaba hacia lo desconocido. El agua fría le llegaba hasta el pecho cuando descendieron del yate encallado y avanzaron a duras penas hacia una costa senagosa. No era una playa firme, sino un manglar traicionero de barro y raíces.
Llevaban dos días de retraso, habían perdido el rumbo durante la travesía y ahora desembarcaban a plena luz, expuestos a cualquier mirada. De los más de 80 hombres que habían partido de México, muy pocos sobrevivirían a las jornadas siguientes. Entre ellos, un médico argentino con el pecho oprimido por el asma, que en aquellas primeras horas en suelo cubano tomaría una decisión reveladora sobre la clase de hombre en que se estaba convirtiendo.
La travesía del granma había sido un desastre desde el principio. El yate diseñado para transportar a una docena de personas iba cargado con más de 80 hombres, armas y provisiones. El mar embravecido provocó mareos generalizados y solo unos pocos se libraron de la enfermedad. La embarcación hacía agua y para mantener la flote hubo que arrojar por la borda parte de los víveres.
El plan original preveía una travesía de 5 días coordinada con un levantamiento en la ciudad de Santiago que debía distraer a las fuerzas del gobierno. Pero el gran ma llegó tarde y cuando por fin tocó tierra, el levantamiento ya había sido sofocado. Los primeros días en Cuba fueron una sucesión de calamidades. Apenas desembarcados, las tropas de Batista los localizaron y los atacaron.
Los expedicionarios se dispersaron entre la vegetación, perseguidos por tierra y por aire. Cada hora perdían hombres, unos muertos, otros capturados. En medio de aquel caos se produjo el episodio que abre esta parte y que el propio Che describiría más tarde con una lucidez estremecedora. Herido en el cuello durante uno de los ataques, tuvo que elegir en una fracción de segundo entre dos cargas que no podía llevar a la vez, un cajón de municiones o un botiquín de primeros auxilios.
Aquí se abre la incógnita que atraviesa toda esta etapa. El Che era médico. Había estudiado durante años para curar, para aliviar el sufrimiento, para salvar vidas. Se había embarcado en la expedición con el cargo de médico de la tropa y sin embargo, en aquel instante decisivo, dejó el botiquín en el suelo y cargó con las municiones.
El gesto, mínimo en apariencia, encerraba una pregunta enorme sobre su destino. ¿Qué sería a partir de entonces aquel hombre? ¿Un médico que curaba heridas o un combatiente que las causaba? De los 82 que habían partido, solo un puñado logró reagruparse. La cifra farían según las fuentes, pero se habla de apenas una veintena de supervivientes.
Entre ellos estaban Fidel Castro, su hermano Raúl y el propio Che. El desastre había sido tan completo que los primeros informes daban por muertos a los principales dirigentes. Aquellos hombres exhaustos, hambrientos y diezmados, se internaron en la cordillera de Sierra Maestra, un macizo montañoso, agreste y difícil, refugio histórico de rebeldes y contrabandistas, habitado por una población campesina pobre y desconfiada.
La supervivencia dependía ahora de aquellos campesinos. Al principio los miraban con recelo. Eran forasteros barbudos y sucios, armados, que irrumpían en sus vidas apacibles. Fidel comprendió que sin el apoyo de la población local, la guerrilla estaba condenada. Empezó a ganarse su confianza con gestos concretos, como repartir entre los campesinos el ganado que arrebataba a los grandes propietarios y prometer una reforma agraria que devolviera la tierra a quienes la trabajaban.
Poco a poco la desconfianza fue dando paso a la colaboración y algunos jóvenes de la sierra se sumaron a la lucha. En aquellas montañas, el che empezó a revelar su temple. La guerra le exigía su cuerpo más de lo que este parecía capaz de dar. Los ataques de asma lo saltaban en los peores momentos, a veces en plena marcha o bajo el fuego enemigo.
Hubo ocasiones en que un compañero tuvo que cargarlo a la espalda para que el grupo no se detuviera. En otras, avanzaba apoyándose en el cañón de su fusil, negándose a quedar atrás. Cuando la crisis lo obligaba a detenerse, se refugiaba unos días en la casa de algún campesino, donde pasaba las horas leyendo y escribiendo, y luego regresaba a la lucha.
Aquella tenacidad forjada desde la infancia en su combate contra la enfermedad impresionaba a cuántos lo rodeaban. Fue también en la Sierra Maestra, donde el Che protagonizó un episodio que sigue siendo objeto de debate. Entre los primeros colaboradores del grupo se descubrió a un traidor, un hombre llamado Eutimio Guerra, que había pasado información al enemigo.
Aquella traición había tenido consecuencias graves, pues comprometió la posición de los rebeldes y provocó bombardeos. Existen distintas versiones sobre lo ocurrido, pero el propio Che dejó constancia del hecho en su diario personal y es el único caso documentado por su propia mano en el que ejecutó a alguien directamente. Las circunstancias de aquella muerte merecen ser expuestas con matices porque han sido interpretadas de maneras muy diversas.
Según lo que escribió el propio Che y lo que recogieron después sus biógrafos, el hombre fue sometido a un juicio improvisado en plena guerra. se le encontraron pruebas de su colaboración con el enemigo y él mismo, consciente de su suerte, pidió que se acabara pronto. La traición, en el contexto de una guerra de guerrillas, se castigaba con la muerte y así se lo había advertido a todos desde el principio.
El Che describió el hecho con la frialdad de un médico que anota los detalles clínicos. Para unos, aquello demuestra su dureza. Para otros, la aplicación de una justicia dura pero previsible en tiempos de guerra. Lo cierto es que aquel episodio marcó un punto de inflexión en su interior. El Che escribió que a partir de aquel momento algo cambió en él.
La guerra era cruel, señaló. Y en un tiempo en que el enemigo intensificaba su agresividad, no cabía tolerar ni siquiera la sospecha de traición. El médico que había estudiado para salvar vidas comprendía ahora que la revolución que había abrazado le exigiría también tomar decisiones terribles. No renegaba de su condición de médico, pero la subordinaba a lo que consideraba un deber superior.
Así se despeja la incógnita que abría esta parte. La elección del cajón de municiones sobre el botiquín no había sido un accidente, sino un símbolo. El che seguiría curando cuando pudiera, atendiendo a los heridos y a los campesinos enfermos. Pero ante todo sería un combatiente. Había resuelto la vieja tensión entre el sanador y el guerrero en favor del segundo, convencido de que solo con las armas podría cambiarse aquella realidad que tanto lo había indignado.
En las montañas de Cuba, el médico argentino se estaba transformando definitivamente en el revolucionario que el mundo conocería. En plena noche, un solo disparo rompió el silencio y estrelló su eco contra los muros de un cuartel gubernamental. No hubo asalto, no hubo tropa a la vista, solo aquel disparo aislado, seguido de una respuesta desproporcionada de fuego enemigo que se perdía en la oscuridad.
A la noche siguiente, a horas distintas, dos disparos más y a la tercera, la guarnición ya no dormía, agotada por una amenaza invisible que nunca llegaba a materializarse. Detrás de aquella táctica de desgaste había una mente que había comprendido que la guerra no se ganaba solo con balas, sino también con el miedo y la paciencia.
Aquella mente era la del Che. Para entender su ascenso, conviene recordar el estado de la contienda. Tras sobrevivir al desastre del desembarco, el pequeño grupo de rebeldes había ido creciendo lentamente la Sierra Maestra. La táctica era la guerra de guerrillas, golpes rápidos e inesperados contra las fuerzas del gobierno, retiradas veloces y un apoyo creciente de la población campesina.
El régimen de Batista contaba con un ejército numeroso, armado y financiado desde el exterior, con aviones y material moderno. Los rebeldes, en cambio, eran pocos y estaban mal equipados. Y, sin embargo, la balanza empezó a inclinarse a su favor. El Che destacó pronto entre los demás. Su valentía en el combate era notoria.
Mientras otros buscaban resguardo, él se lanzaba al frente, a menudo con el torso descubierto, exponiéndose al peligro. Aquella temeridad unida a su inteligencia y a su disciplina le granjeó el respeto y también el temor de sus hombres. En julio de 1957, Fidel lo ascendió a comandante y le entregó el mando de su propia columna.
El propio Che confesó que aquel nombramiento lo llenó de un orgullo que rara vez se permitía, pues la vanidad, dijo, lo hizo sentirse el hombre más orgulloso de la tierra aquel día. Aquí surge una paradoja que recorre toda esta parte. El Che era conocido por su dureza, por una disciplina implacable que podía llevarlo a castigar con severidad las faltas más pequeñas.
Se cuenta que dejaba a un hombre sin comer durante varios días por una infracción menor. Sus soldados lo temían y sin embargo, aquel mismo hombre inspiraba una lealtad y un afecto profundos, sobre todo entre los más jóvenes. La contradicción parece difícil de resolver, pues resulta arduo explicar cómo un jefe tan exigente y temido podía ser al mismo tiempo tan querido por quienes servían a sus órdenes.
La respuesta empieza a asomar en su manera de mandar. El che no exigía a los demás nada que no se exigiera a sí mismo. Compartía las penurias de sus hombres, dormía donde ellos dormían, comía lo que ellos comían, se exponía al fuego más que ninguno. Su autoridad no nacía del privilegio, sino del ejemplo.
Y a los más jóvenes de su columna, muchos de ellos adolescentes campesinos, algunos apenas unos niños que se habían unido a la lucha, les ofrecía algo más que un jefe militar. Era para ellos una figura paterna, un maestro. Les enseñaba a leer y a escribir. Les hablaba de política, los formaba. Aquellos muchachos lo seguían con devoción.
Su columna se convirtió en un pequeño territorio autónomo dentro de las montañas. Allí, el Chen no solo combatía, sino que organizaba. con una capacidad extraordinaria para crear algo de la nada, montó talleres donde se fabricaban armas rudimentarias, hornos de pan, una carnicería, una fábrica de calzado. Comprendió también el poder de la información, fundó un periódico para los combatientes y sobre todo puso en marcha una emisora de radio clandestina que transmitía desde la sierra.
Aquel medio rompía el monopolio informativo del régimen y permitía difundir el mensaje de la revolución más allá de las montañas. El Che intuía que quien controlaba la información controlaba una parte esencial de la guerra. En su interior, aquellos meses en la sierra fueron quizá los más plenos de su vida.
Vivía de acuerdo con sus ideales, sin las componendas y los compromisos que impone el ejercicio del poder en tiempos de paz. Escribió que en el bosque durante las largas noches tejían planes audaces y soñaban con grandes batallas y con la victoria. Fue allí donde aprendió a fumar puros, según contó, para ahuyentar a los mosquitos y donde sentía que la cabeza le daba vueltas, sin saber bien si por el tabaco fuerte o por la osadía de sus proyectos.
Aquella experiencia de coherencia absoluta entre las ideas y la vida se le grabaría como el ideal al que siempre querría regresar. La guerra fue cambiando de signo. Hacia el año 1958, el ejército de Batista lanzó una gran ofensiva contra los rebeldes, pero fracasó. Y aquel fracaso engrosó las filas guerrilleras con nuevos voluntarios.
Entonces fueron los propios rebeldes quienes pasaron a la ofensiva. Fidel encomendó al Che una misión decisiva. Llevar la guerra fuera de la sierra, avanzar hacia el occidente de la isla y abrir un nuevo frente. Al mando de su columna, El Cher recorrió cientos de kilómetros en condiciones penosas hasta alcanzar una provincia estratégica cercana a la ciudad de Santa Clara.
Fue precisamente en Santa Clara. donde el Chi alcanzó su mayor gloria militar. A finales de diciembre de 1958, con una fuerza reducida frente a un enemigo muy superior en número, dirigió el asalto a aquella ciudad clave, la cuarta más importante del país y puerta de entrada hacia la capital. El episodio decisivo fue la emboscada a un tren blindado que transportaba refuerzos y armamento para las tropas del gobierno.
Los rebeldes descarrilaron el convoy y capturaron a sus ocupantes junto con una gran cantidad de armas. La moral del ejército gubernamental, formado en buena parte por hombres pobres sin interés real en defender al dictador, se desmoronó. La caída de Santa Clara resolvió la incógnita de esta parte y decidió también la suerte de la guerra.
La contradicción entre el jefe temido y el jefe querido se explicaba por una misma cualidad, la coherencia. El Che era duro porque creía que la revolución exigía dureza, pero era el primero en aplicarse a sí mismo esa exigencia y esa autenticidad le ganaba el corazón de sus hombres. La noche del 31 de diciembre de 1958, incapaz de contener el avance rebelde, Batista huyó del país con su sequito.
Al día siguiente, la columna del Che entró en la capital. La guerra había terminado y aquel médico argentino se había convertido en uno de los grandes protagonistas de la victoria. Sobre la bahía de Habana se alza una vieja fortaleza colonial de piedra, la cabaña, y los primeros meses del año 1959 sus muros se convirtieron en el escenario de uno de los capítulos más discutidos de esta historia.
Allí, sentenciados por tribunales revolucionarios, hombres del régimen caído esperaban su suerte. Se dictaban condenas y algunas de ellas eran de muerte. Al frente de aquel lugar estaba el cheegueevara, y de aquellos días arrancaría un apodo que sus detractores repetirían durante décadas. La escena, sombría y cargada de significado, plantea uno de los interrogantes más difíciles de toda su vida.
Para juzgar con equilibrio lo que ocurrió, es imprescindible conocer el contexto. La dictadura de Batista había sido genuinamente brutal. Sus fuerzas de seguridad se habían hecho responsables de torturas, mutilaciones y ejecuciones extrajudiciales. Se calcula que la represión de aquellos años costó la vida a miles de personas y no era raro encontrar los cuerpos de jóvenes asesinados junto a las carreteras.
Al triunfar la revolución, buena parte de la sociedad cubana clamaba justicia contra los responsables de aquellos crímenes. El ambiente, según describieron los testigos, era de indignación extrema, casi de linchamiento. En aquel clima, el nuevo poder tuvo que decidir qué hacer con los hombres del antiguo régimen acusados de crímenes graves.
Muchos policías, militares y colaboradores eatista habían permanecido en la isla. La decisión fue someterlos a tribunales del mismo modo que otras naciones habían juzgado a los criminales de guerra tras grandes conflictos. Fidel Castro puso al Che al frente de la cabaña, la fortaleza que se utilizó como cuartel general y prisión militar y le encomendó supervisar aquellos procesos.
Los sospechosos de atrocidades, de torturas a campesinos, de abusos y asesinatos veían revisados sus casos. Aquí se abre el interrogante que domina esta parte y que sigue sin tener una respuesta unánime. ¿Quién fue realmente el Che en aquella fortaleza? Sus detractores lo llamaron el carnicero de la cabaña y lo describieron como un hombre implacable que enviaba a la muerte a cuantos le llevaban, culpables o inocentes, sin miramientos.
Sus defensores, en cambio, sostienen que actuó con rigor, pero también con escrúpulo, que se preocupó por la legalidad de los procesos y que las condenas recayeron sobre culpables de delitos graves. Ambas versiones han llegado hasta nuestros días y conviene exponerlas sin ocultar sus diferencias. Los testimonios favorables ofrecen un retrato matizado.
Uno de los hombres que trabajó junto a él en la administración de la fortaleza y en los tribunales afirmó que la preocupación fundamental era que prevaleciera la justicia revolucionaria y que nadie fue condenado a muerte por faltas menores, sino solo en casos de torturas extremas y asesinatos probados. Según este testimonio, cada caso se analizaba, se escuchaba a los testigos y se recibía a los familiares de las víctimas.

Se decía también que el Che moderaba a quienes pedían condenas con demasiada ligereza y que cuidaba de que los rebeldes maltratados por el antiguo régimen no fueran los encargados de juzgar a sus antiguos verdugos para evitar que la venganza personal contaminara la justicia. Los biógrafos que han estudiado el asunto con más detenimiento aportan una visión igualmente compleja.
Según sus investigaciones, los procesos tenían la forma de juicios con abogados defensores, testigos, fiscales y público asistente, aunque fueran sumarios y expeditivos por las circunstancias del momento. El Che, según estas fuentes, no asistía en persona a las vistas, ni se reunía con los acusados para no comprometer la imparcialidad del proceso y revisaba los casos junto a otros jueces sobre la base de las pruebas.
Uno de sus biógrafos más reconocidos declaró que tras años de investigación, que incluyó el testimonio de exiliados hostiles a la revolución, no había encontrado un solo caso creíble en el que el Che hubiera ejecutado a un inocente y que los condenados lo fueron por los delitos habitualmente castigados con la muerte en tiempos de guerra.
Frente a estos testimonios, la versión de los críticos insiste en el elevado número de ejecuciones y en el carácter sumario de los juicios. Se señala que los procesos fueron rápidos, que las garantías eran limitadas y que el propio espectáculo de las condenas, difundido incluso ante las cámaras, contribuyó a crear una imagen de justicia implacable.
Es un hecho que hubo ejecuciones y que su número, aunque discutido, fue considerable. También es cierto que algunos de aquellos juicios se celebraron en un clima de exaltación popular que difícilmente favorecía la serenidad. La cifra exacta de condenados a muerte y el grado de justicia de cada caso siguen siendo objeto de controversia entre los historiadores.
En su interior, el chino parecía albergar dudas sobre la necesidad de aquellos procesos. Los concebía como un acto de justicia revolucionaria imprescindible para consolidar el nuevo orden. Advertía, no obstante, a los jueces que debían ser escrupulosos al valorar las pruebas para no dar munición a los enemigos de la revolución.
entendía la justicia no como una venganza, sino como una condición para la supervivencia del proyecto que había abrazado. Para él, la moral revolucionaria exigía firmeza, pero también un cuidado que evitara los excesos arbitrarios. Esa combinación de dureza y de escrúpulo define la imagen que de él ofrecen quienes lo conocieron de cerca.
En medio de aquellos meses intensos, la vida personal del Che también dio un giro en la Cabaña contrajo matrimonio con Aleida March, una joven que había participado en la lucha de Rillera como colaboradora, transportando armas y mensajes, y que se había unido a su columna en los últimos combates de la guerra.
Aquel matrimonio celebrado en plena borágine revolucionaria marcaba el comienzo de una nueva etapa en su vida privada paralela a las enormes responsabilidades que nuevo poder empezaba a depositar sobre sus hombros. Así, el interrogante de esta parte no encuentra una respuesta única, sino un retrato de clarooscuros.
El che de la cabaña no fue el monstruo sandinario de la leyenda negra, ni el juez impecable de la leyenda dorada. Fue un hombre convencido de la necesidad de la justicia revolucionaria, riguroso en su aplicación, atento a ciertas garantías, pero también responsable de un periodo de ejecuciones cuyo alcance sigue debatiéndose.
Las distintas versiones conviven todavía y probablemente seguirán haciéndolo porque tocan el punto más sensible de una figura que despierta pasiones encontradas. Lo que resulta innegable es que aquellos meses forjaron una parte esencial de su imagen y que el hombre que salió de la cabaña ya cargaba para siempre con el peso de aquellas decisiones.
Un guerrillero que despreciaba el dinero se sentó ante un montón de billetes recién impresos y los firmó uno tras otro con un trazo breve y desafiante. Simplemente che. No estampó su nombre completo ni su título, solo aquel apodo de campaña que ahora aparecía en la moneda de todo un país.
El gesto tenía algo de provocación y algo de manifiesto. Aquel hombre que había combatido en las montañas y que sentía un profundo desprecio por la riqueza y por el afán de lucro, se había convertido, por decisión de la revolución en el máximo responsable de las finanzas de Cuba. La imagen encierra una de las paradojas más reveladoras de toda su trayectoria.
Para comprender aquel nombramiento, hay que situarse en los primeros tiempos del nuevo poder. Tras la caída de Batista, la revolución tenía que transformar no solo la política, sino también la economía de la isla. Cuba dependía en gran medida de intereses extranjeros, sobre todo norteamericanos, que controlaban buena parte de la industria, los servicios y el comercio.
El objetivo de los revolucionarios era invertir aquella situación, alcanzar la independencia económica y construir una sociedad nueva sobre bases distintas. Y para esa tarea colosal, Fidel Castro recurrió una y otra vez al Cheé, a quien confió responsabilidades cada vez mayores. El primer gran cargo que ocupó fue la presidencia del Banco Nacional de Cuba.
La elección resultaba cuando menos sorprendente. Un médico convertido en guerrillero, sin formación económica ni experiencia financiera, pasaba a dirigir la institución que tomaba las decisiones más importantes sobre la economía del país. El propio Che bromeaba sobre ello. Afirmó que se sentía más guerrillero que presidente de un banco y que actuaba como tal, atacando al enemigo golpe a golpe.
Aquel enemigo era, ante todo, la dependencia económica, el flujo de capitales, el control de los recursos de la isla. Aquí se abre el interrogante que recorre esta parte. ¿Cómo podía un hombre que odiaba el dinero, que veía en él un símbolo de todo lo que combatía, ponerse al frente de las finanzas de una nación entera? La contradicción parece flagrante y sin embargo para él no había contradicción alguna.
La respuesta se encuentra en su manera de entender el poder y la riqueza, muy distinta de la habitual. El Chen no aceptaba aquellos cargos para gestionar la economía tal como se había gestionado siempre, sino para desmontarla y reconstruirla desde otros principios. Su desprecio por el dinero no era una pose, se manifestaba en los detalles más pequeños de su vida cotidiana.
Ya como ministro se negaba a que su familia disfrutara de los privilegios de su posición. Su esposa, Aleida, no podía utilizar el automóvil oficial y debía desplazarse en autobús como cualquier ciudadana. Cuando algún dignatario extranjero le hacía un regalo, se veía obligada a devolverlo. El Che cobraba el salario modesto que le correspondía y rechazaba cualquier ventaja adicional.
Vivía con una austeridad que él consideraba coherente con sus ideas. y que a algunos les parecía casi excesiva. Del Banco Nacional pasó al Ministerio de Industrias y desde allí impulsó las transformaciones más profundas de la economía cubana. Se nacionalizaron las grandes empresas, muchas de ellas de capital extranjero, y se puso en marcha una ambiciosa reforma agraria que preveía el reparto de tierras.
El Che vigilaba personalmente la aplicación de aquellas medidas. Estableció incluso una norma que hoy sorprende por su exigencia, que todos los altos funcionarios del Estado dedicaran una parte de su tiempo, cada año, a realizar trabajos manuales en el campo o en las fábricas en puestos de base para no olvidar de dónde venían ni para quién trabajaban.
Entre todas sus iniciativas, una de las más celebradas fue la campaña de alfabetización. La lucha contra el analfabetismo se convirtió en una prioridad nacional. Miles de jóvenes voluntarios se desplegaron por todo el país, incluidas las zonas rurales más apartadas para enseñar a leer y a escribir a la población.
Los resultados fueron notables. En apenas unos meses, la tasa de alfabetización dio un salto extraordinario, situando a Cuba entre los países con menor analfabetismo de la región. Aquella campaña, más allá de las cifras, expresaba una convicción profunda del Che, que la revolución debía elevar culturalmente al pueblo, no solo mejorar sus condiciones materiales.
Detrás de todas estas medidas, la tía una idea que el Che consideraba el corazón de su proyecto, la creación de lo que llamó el hombre nuevo. Estaba convencido de que no bastaba con cambiar las estructuras económicas y políticas, sino que era preciso transformar también a las personas, su manera de pensar, sus motivaciones.
El hombre nuevo debía trabajar no por el interés personal ni por la ganancia, sino por el bien común, movido por lo que denominaba incentivos morales frente a los incentivos materiales, es decir, el reconocimiento, el sentido del deber cumplido y la satisfacción de contribuir a la sociedad.
debían pesar más que el dinero. Aquella concepción lo enfrentó a otros dirigentes en un célebre debate económico que ocupó la vida pública de la isla durante meses. Frente a quienes defendían aplicar los métodos de la economía soviética basados en estimular la producción mediante recompensas materiales, el Che sostenía que ese camino reintroducía la competencia y el egoísmo, y que creaba una capa de trabajadores privilegiados frente a otros.
Él proponía eliminar cuanto antes las viejas categorías heredadas del capitalismo, el mercado, el dinero, el interés material, para avanzar con rapidez hacia una sociedad realmente nueva. El debate fue intenso y se desarrolló, según los testigos, con respeto mutuo, aunque las diferencias eran profundas. Para el Che, aquellas ideas no eran teoría abstracta, sino algo que debía practicarse con el ejemplo.
En lugar de limitarse a proclamar sus principios, decidió encarnarlos. Instituyó el trabajo voluntario y él mismo, en su único día libre, acudía a cortar caña de azúcar, a descargar barcos en el puerto o a levantar muros. No lo hacía como un gesto simbólico de unos minutos ante las cámaras. Se cuenta que en una ocasión en el puerto de La Habana empezó a ayudar a descargar un buque y todos pensaron que colaboraría un rato y se marcharía.
Permaneció allí durante horas hasta que se descargó el último saco. Vivía de acuerdo con lo que predicaba y esa coherencia les daba autoridad moral para exigir a los demás. En su interior, el Che libraba una batalla entre el idealista y el gobernante. La gestión de una economía sometida al bloqueo y a la escasez le resultaba sin duda frustrante.
Las dificultades materiales, la burocracia, la lentitud de los cambios chocaban con su temperamento impaciente y con su sueño de transformación total. Él aspiraba algo más que a resolver una crisis pasajera. aspiraba a fundar un orden nuevo, hacer nacer aquel hombre distinto que justificaba todos los sacrificios.
Y esa aspiración, tan alta como difícil, empezaba a alejarlo poco a poco de la realidad cotidiana del poder. Así queda despejada la paradoja de esta parte. El hombre que firmaba los billetes con un simple heché no había traicionado sus ideas al aceptar dirigir las finanzas de un país. Al contrario, veía en aquellos cargos una herramienta para destruir el mundo del dinero tal como lo conocía y para construir otro sobre bases morales.
Su desprecio por la riqueza y su gestión de la economía no eran contradictorios, sino las dos caras de un mismo proyecto. Pero aquel proyecto, tan puro en la teoría, tropezaba una y otra vez con la resistencia de la realidad. Y en aquella distancia entre el ideal y los hechos empezaban a gestarse las tensiones que acabarían por cambiar el rumbo de su vida.
En una tribuna de Argel, ante los representantes de decenas de países, un ministro cubano pronunció unas palabras que dejaron helada a media sala. acusó a la Unión Soviética, ariada principal de su propio país, de comportarse ante los pueblos pobres del mundo con una actitud que rozaba la del imperialismo que decía combatir. Nadie esperaba semejante desafío.
Con aquella declaración, el Che escupía en sentido figurado en el rostro del Gran Hermano Soviético y firmaba, sin saberlo del todo, el principio de su propio caso político. La escena marca el comienzo de una ruptura que lo llevaría de los despachos del poder a las selvas más remotas. Para entender aquel gesto, hay que recordar el marco de la Guerra Fría.
El mundo estaba dividido en dos grandes bloques, encabezados por Estados Unidos y por la Unión Soviética. Cuba, tras romper con su vecino del norte, se había aproximado cada vez más al bloque soviético del que dependía en lo económico y en lo militar. Los soviéticos compraban su azúcar, le suministraban petróleo y armas y garantizaban su supervivencia frente a bloqueo.
En aquel contexto, criticar abiertamente a Moscú no era solo una audacia intelectual, sino un riesgo político de primera magnitud. Antes de llegar a Argel, El Che había vivido acontecimientos que marcaron su distanciamiento de los soviéticos. Uno de ellos fue la crisis de los misiles cuando la instalación de armamento soviético en la isla estuvo a punto de desencadenar una guerra de proporciones catastróficas.
La crisis se resolvió mediante un acuerdo entre las dos superpotencias por el cual los misiles fueron retirados a cambio del compromiso de no invadir Cuba. Pero aquel pacto se cerró sin consultar a los cubanos que se sintieron tratados como una simple pieza en el tablero de los poderosos. Para el Che, aquello fue una traición difícil de perdonar.
Aquí surge la incógnita que domina esta parte. El Che había alcanzado la cima del poder. Era ministro, figura internacional, uno de los rostros más reconocibles de la revolución. Tenía asegurada una vida de influencia y de comodidad, y, sin embargo, lo abandonó todo. Renunció a sus cargos, a su rango, incluso a su ciudadanía cubana, y desapareció del mapa.
La pregunta que queda flotando es qué empujó a un hombre en la cúspide a renunciar a cuanto había conquistado para lanzarse de nuevo a la incertidumbre y al peligro. La respuesta, un de sus raíces en su desencanto creciente. El Che había llegado a la conclusión de que la Unión Soviética se había apartado del camino revolucionario auténtico.
Consideraba que Moscú, al mantener el mercado, el dinero y los incentivos materiales, estaba reintroduciendo poco a poco los mecanismos del capitalismo que decía combatir. llegó a predecir que aquel rumbo conduciría con el tiempo, a la restauración del capitalismo en la propia Unión Soviética.
Sus críticas lo enfrentaron no solo a los soviéticos, sino también a algunos de sus compañeros cubanos, que preferían no tensar la relación con el aliado del que dependía la supervivencia de la isla. Existía también una dimensión personal en aquel distanciamiento. El Che era ante todo un revolucionario, no un administrador.
La gestión burocrática del Estado, con sus compromisos y sus componendas lo asfixiaba. Añoraba la coherencia absoluta que había vivido en la Sierra Maestra, aquella etapa en la que cada día encarnaba el ideal sin concesiones. Fuera del campo de batalla había que pactar, ceder, transigir con quienes no pensaban igual. Y él sentía que su lugar no estaba en un despacho, sino en la primera línea de la lucha, allí donde la revolución se jugaba con las armas en la mano.
Su horizonte se había ampliado, además mucho más allá de Cuba. El Che soñaba con extender la revolución a otros continentes, con crear, según su célebre expresión, dos, tres, muchos Vietnams, es decir, múltiples focos de lucha que dispersaran las fuerzas del enemigo y transformaran el mundo entero. Cuba para él no era un fin, sino un punto de partida.
Aspiraba a llevar la revolución allí donde hubiera pueblos oprimidos dispuestos a luchar y consideraba que su deber como revolucionario le impedía acomodarse en el poder mientras otros seguían sometidos. En la primavera del año 1965, el Che tomó su decisión. Escribió una carta de despedida a Fidel Castro, un documento sereno y emotivo en el que resumía su postura.
En ella afirmaba que sentía haber cumplido la parte de su deber que lo ligaba a la revolución cubana en su territorio y que se despedía de los compañeros y del pueblo, que ahora también era suyo. Renunciaba formalmente a sus cargos en la dirección del partido, a su puesto de ministro, a su grado de comandante y a su ciudadanía cubana.
Declaraba que nada legal lo ataba ya a Cuba y que solo lo unían a ella lazos de otra naturaleza que no podían romperse como los nombramientos. La carta fue leída en público por Fidel Castro tiempo después y su lectura como vio a quienes lo apreciaban. Muchos se enteraron entonces del alejamiento del Che.
Existen distintas interpretaciones sobre las circunstancias exactas de aquella partida. Algunos hablaron de un enfrentamiento con Fidel, de una larga y tensa conversación tras la cual el Che se habría visto obligado a marcharse. Otros sostienen que la decisión fue enteramente suya, fruto de su vocación revolucionaria y de su deseo de continuar la lucha en otras tierras.
Lo más probable es que confluyeran ambos factores, la voluntad personal del Che y la conveniencia política de su marcha en un momento de tensiones con los soviéticos. Su primer destino fue el Congo, en el corazón de África. Allí, en aquel continente convulso, donde numerosos países acababan de liberarse del dominio colonial, el Che vio un terreno propicio para la revolución.
Se propuso ayudar a organizar y entrenar a los rebeldes que combatían contra fuerzas apoyadas por Occidente. Para no ser reconocido, tuvo que ocultar su identidad y mantenerse alejado del frente. Pero la misión resultó un fracaso. La falta de preparación de los combatientes locales, las divisiones entre sus dirigentes y la retirada del apoyo exterior condenaron la empresa.
El propio Che lo reconoció con crudeza y llegó a describir aquella experiencia como la historia de un fracaso. Así se despeja la incógnita de esta parte. El Che no renunció al poder por despecho ni por cansancio, sino por fidelidad a una idea de sí mismo. No concebía la revolución como una meta que se alcanza y se administra, sino como una lucha permanente que exige entrega total.
renunció a los cargos, al rango y a la ciudadanía, porque para él aquellos títulos eran menos importantes que la coherencia con sus convicciones. Prefería el riesgo y la incertidumbre de la selva al confort de un despacho. Y aunque el Congo se saldó con un fracaso amargo, no renunció a su sueño. Otra tierra, más al sur del continente americano, lo esperaba para el último y definitivo capítulo de su vida.
En el aeropuerto de La Paz, un hombre de mediana edad, casi calvo, con gafas gruesas y aspecto anodino, presentó un pasaporte a nombre de un comerciante uruguayo y cruzó el control sin levantar sospechas. Nadie en aquella sala habría podido reconocer, bajo aquel disfraz meticuloso, al revolucionario más buscado del mundo.
Se había arrancado el cabello mecha a mecha, había alterado la forma de su mandíbula, había envejecido su rostro con esmero. El hombre cuya imagen empezaba a poblar las paredes de medio planeta, había tenido que borrar su propia cara para poder seguir luchando. Aquella paradoja resume el trágico desenlace de su historia.
Para entender por qué acabó en Bolivia, hay que recordar su situación tras el fracaso del Congo. El Chen no quiso regresar a Cuba, pues había dado su palabra de partir a luchar a otras tierras y consideraba que volver sería una forma de rendición. Pasó un tiempo oculto entre África y Europa, planeando su siguiente movimiento. Finalmente, Fidel Castro le facilitó el contacto con los comunistas bolivianos y el Che fijó allí su nuevo objetivo.
Bolivia, un país pobre situado en el centro del continente sudamericano, le parecía un punto ideal desde el cual encender la revolución en toda la región. La elección, sin embargo, encerraba un error de raíz que él mismo había advertido en sus escritos. En sus obras sobre la guerra de guerrillas, el Che había insistido en que una insurrección armada necesitaba como condición previa el apoyo de las masas populares, un terreno preparado por años de trabajo político.
Sin ese respaldo, había escrito, la guerrilla se encaminaba a un desastre inevitable. Y sin embargo, en Bolivia se lanzó a la acción sin que existieran aquellas condiciones. Aquí se abre el interrogante que domina esta parte. ¿Por qué un estratega tan lúcido que conocía perfectamente las claves del éxito se lanzó a una empresa que sus propios principios condenaban al fracaso? Las dificultades se acumularon desde el principio.
En noviembre del año 1966, el Che llegó a Bolivia bajo su falsa identidad y se dirigió a una zona apartada del sudeste, una región de vegetación escasa, sin agua, sin agricultura, casi deshabitada. esperaba reunir a un centenar y medio de combatientes, pero apenas encontró medio centenar. El terreno no se había explorado, no existían contactos políticos sólidos, nadie conocía bien la región.
La preparación de una zona de guerrilla no se improvisa en unas semanas y aquella había sido elegida con precipitación. El apoyo con el que contaba se desvaneció pronto. El Che confiaba en la colaboración del Partido Comunista Boliviano, que debía organizar el suministro de víveres y armas y reclutar nuevos combatientes. Pero aquella ayuda nunca llegó de forma efectiva. Las razones eran complejas.
La línea oficial de Moscú en aquellos años se oponía a la lucha armada en el continente en favor de una vía más pacífica y esa orientación pesaba sobre los comunistas locales. Además, existían recelos hacia el Che, considerado por algunos un revolucionario demasiado radical e independiente. El resultado fue que la guerrilla quedó aislada con un puñado de hombres perdidos en una selva hostil.
A la falta de apoyo se sumaron las traiciones y las delaciones. Dos desertores revelaron la presencia de extranjeros armados en la región y poco después la captura de dos colaboradores permitió a las autoridades confirmar que quien dirigía la guerrilla no era otro que el propio Cheegevara. Su identidad cuidadosamente ocultada quedó al descubierto.
A partir de ese momento, la persecución se intensificó. El gobierno boliviano, asesorado por agentes extranjeros, expertos en contrainsurgencia y respaldado por Estados Unidos, entrenó a un cuerpo de soldados especialmente preparado para dar casa a los guerrilleros. Los meses siguientes fueron un calvario. El grupo del Che vagó por las montañas en condiciones espantosas, sin rumbo fijo, cercado por un enemigo cada vez más numeroso.
Pasaban días enteros sin comer. Los campesinos, lejos de acogerlos, los miraban con miedo y desconfianza, y a menudo informaban al ejército de sus movimientos. Uno tras otro, los combatientes fueron cayendo en emboscadas. El propio Che, agotado, enfermo, atormentado por los ataques de asma y sin medicinas, se veía a veces en tal estado de debilidad que sus hombres tenían que cargarlo.
La aventura se acercaba a su final. En su interior, el che afrontaba aquella agonía con una entereza que impresionaba quienes lo rodeaban. Se negaba a descansar cuando el peligro acechaba, convencido de que debía ser el motor de la guerrilla, el ejemplo que arrastrara los demás. sabía con toda probabilidad que las condiciones para el éxito no existían y que se adentraba en una empresa casi suicida.
El expresidente argentino Juan Perón, exiliado entonces, le había advertido que su plan era un suicidio y, sin embargo, siguió adelante. Aquí empieza a resolverse el interrogante de esta parte. El Ch no ignoraba los riesgos, me había olvidado sus propios principios. los conocía perfectamente, pero para él la coherencia con su vocación revolucionaria pesaba más que el cálculo de las probabilidades.
El desenlace llegó en octubre del año 1967. El 8 de octubre, tras ser delatados por un campesino, los guerrilleros fueron sorprendidos en una quebrada. En el combate, el che resultó herido. Su fusil quedó inutilizado y fue finalmente capturado con vida. Lo trasladaron a la pequeña aldea de la higuera y lo encerraron en la escuela del pueblo.
Herido en una pierna, exhausto, aquejado por el asma, pasó allí sus últimas horas. Distintos testigos, incluida una maestra local que se acercó a verlo, recordaron su serenidad ante la muerte y la impresión que causaba su figura. Al día siguiente, el 9 de octubre, llegó desde el alto mando la orden de ejecutarlo. Existen versiones sobre la responsabilidad última de aquella decisión.
Pero lo cierto es que se optó por eliminarlo en lugar de someterlo a un juicio que habría tenido enormes repercusiones internacionales. Un suboficial se ofreció como ejecutor. Antes de morir, según recogieron los testimonios, el Che pronunció unas palabras dirigidas a su verdugo. Le dijo que disparada, que no fuera cobarde, que solo iba a matar a un hombre.
Con aquellas palabras finales, afirmaba que podían acabar con su vida, pero no con sus ideas. Instantes después, Ernesto Guevara de la Cerna dejaba de existir a la edad de 39 años. Lo que vino después convirtió al hombre en leyenda. Su cuerpo fue trasladado a una localidad cercana y expuesto ante la multitud en la lavandería de un hospital.
Muchos de quienes lo vieron quedaron sobrecogidos y no faltó quien comparó aquella figura demacrada con imágenes de la iconografía cristiana. Le amputaron las manos para poder identificarlo mediante las huellas dactilares y su cuerpo fue enterrado en secreto junto a otros compañeros cerca de una pista de aterrizaje. Las autoridades querían impedir que su tumba se convirtiera en lugar de peregrinación.
El secreto se mantuvo durante casi 30 años hasta que sus restos fueron hallados y trasladados a Cuba, donde reposan en un mausoleo. Y aquí se cierra el interrogante que abría esta parte. El cheese lanzó a una empresa condenada porque para él la fidelidad a su propia idea de la revolución estaba por encima de la prudencia y de la supervivencia.
Aquella imagen suya, la fotografía tomada atrás por un reportero cubano, con la mirada fija en el horizonte, se difundió por el mundo entero tras su muerte y se convirtió en uno de los símbolos más reproducidos del siglo XX. Con el tiempo, esa imagen fue explotada comercialmente hasta el agotamiento, estampada en toda clase de objetos, a menudo por las mismas fuerzas del mercado que él había combatido.
Una paradoja final para un hombre que consagró su vida a luchar contra aquel mundo y que sigue despertando todavía hoy admiración en unos y rechazo en otros. Hasta aquí el recorrido por la vida de Ernesto Cheegevara, una figura compleja que se resiste a las definiciones simples y que continúa provocando debate más de medio siglo después de su muerte.
Espero de corazón que este viaje os haya resultado tan apasionante de ver como lo ha sido para mí prepararlo. Si ha sido así, os agradeceré muchísimo que dejéis vuestro me gusta y os suscribáis al canal para que podamos seguir compartiendo juntos muchas más historias.