Cielito Lindo: El Secreto ROBADO Que la Convirtió en el Himno de México

La canción más mexicana de todas  no nació en México. Y cuando descubras por qué ese origen extranjero es  justo lo que la volvió la canción más mexicana que existe, vas a poder contársela a tus hijos y a tus nietos tal como es, con nombres y con  verdad, para que no se pierda. Si creciste con esta canción, ya sabes de cuál te hablo antes de que la nombre.

La llevas tan adentro que la cantas sin pensar. La cantaste de niño en el rancho, la cantaste en una boda,  la cantaste a lo mejor con los ojos cerrados en un carro, lejos  de casa. Pero hoy te voy a dejar sembrada una sola pregunta. ¿Cómo es posible que la canción que México grita como la más suya de todas, la que cantamos para reconocernos en cualquier parte del mundo, no haya nacido en México y todavía más hondo? ¿Cómo es que ese origen de  fuera, que cualquiera diría que le quita lo mexicano sea justo

lo que la convirtió en la canción más mexicana que existe? Esa es la pregunta.  Guárdala, porque todo lo que viene es el camino hacia su respuesta y la respuesta está en los cancioneros viejos, en los archivos, en libros que muy poca gente abre. Porque hay quien dice con papeles en la mano que cielito lindo es prestada, que los versos más nuestros,  los que cantamos a voz en cuello cuando estamos lejos y queremos sentirnos de aquí, vinieron de otro continente.

Y si eso fuera del todo cierto, fíjate lo que estaría en juego.  El orgullo de millones de mexicanos que a kilómetros de su tierra no tienen otra forma de decir sigo siendo de aquí. más que abrir la garganta y cantarla. Y aquí está lo primero que tienes que saber.  Ese origen prestado, mezclado, recogido de medio mundo, terminó siendo lo que volvió a esta canción nuestra para siempre.

¿Cómo pasó eso? Es lo que vamos a desarmar pieza por pieza y cuando lo entiendas, no la vas a volver a escuchar igual. El camino tiene tres partes y te las digo en orden para que no te pierdas. Primero, ¿de dónde vienen de verdad estos versos? Y te adelanto que el viaje arranca en una sierra de bandidos al sur de España. Segundo, cómo un país entero en plena guerra agarró esa canción que venía de fuera y la convirtió en su valor.

Y tercero, porque hoy, justo en  estos días, esa canción prestada es el grito de un pueblo que se tuvo que ir y que aún así no se quiebra. Empecemos por la primera pregunta del camino. ¿De dónde salieron estos versos? Vámonos a la sierra. Imagínate el sur de España hace más de 200 años. La Sierra Morena, esa cadena de montañas oscuras que corre entre Andalucía y Extremadura, tierra de pasos estrechos, de caminos  malos, de noche sin luna.

Durante siglos esa sierra tuvo fama de una sola cosa, los bandoleros. Los que bajaban de los cerros a asaltar al que cruzara. El que entraba a la Sierra Morena sabía que a lo mejor no salía con lo que traía, a lo mejor no salía.  Y de ese miedo, como pasa tantas veces, la gente hizo canción.

Hicieron coplas, versos que se cantaban de boca en boca, en las ventas del camino,  en las plazas de los pueblos, en las cocinas. Y en esas coplas, una mujer de ojos negros era tan peligrosa como esos asaltantes. Los ojos de la muchacha bajaban de la sierra morena,  igual que bajaban los ladrones, a robar, pero a robar corazones.

Ahí tienes la primera respuesta clara.  Los versos de la Sierra Morena nacieron en Andalucía de coplas de bandidos.  Un investigador mexicano, Arturo Ortega Morán, siguió el rastro y los encontró negro sobre blanco en un libro de 1882, donde un sevillano, Francisco Rodríguez Marín, recogió los cantos populares de España.

Pero eso todavía no es lo más sorprendente, porque enseguida me hice la siguiente pregunta: ¿Qué tan viejos son de verdad esos versos?  Y la respuesta me dejó frío. Vámonos hasta el año 1702, más de un siglo antes de que México fuera siquiera un país independiente, cuando todavía esto era la Nueva España. Un hombre llamado Fernando de Castro escribió unos versos para dar el pésame por un muerto, un tal  Medrano.

Y entre esos versos escritos en plena Andalucía hace más de 300 años,  está esta línea. Por la Andalucía vienen bajando unos ojuelos negros de contrabando. Vienen bajando ojos negros de contrabando. Ahí está la respuesta a qué tan viejo es el verso. 300 años. y del otro lado del mar ya andaba dando vueltas por España mucho antes de que lo gritáramos en un estadio.

Y eso abre de inmediato otra pregunta, una que pega más cerca del corazón, porque hay un verso de la canción que todos sentimos como el más tierno, el más íntimo. También ese vino de fuera. Me refiero al del lunar. Ese lunar que tienes, cielito lindo, junto a la boca no se lo des a nadie, cielito lindo, que a mí me  toca.

La historia bonita cuenta que un compositor mexicano lo escribió para su novia porque ella tenía un lunar cerquita de la boca. Y aquí está la respuesta y duele un poco. Ese verso aparece palabra por palabra en un cancionero español de 1865.  una colección de coplas que armó un hombre llamado Emilio de la Fuente y Alcántara, 17 años antes de que nuestro compositor lo registrara como suyo.

Y hasta el verso de la flecha de  Cupido, ese que dice, “Una flecha en el aire, cielito lindo, tiró Cupido.”  tiene su gemelo en una seguidilla que escribió nada menos que Lóe de Vega, el gran poeta español hace 400 años. La investigadora Margit Frank,  una de las que más ha sabido de poesía popular en este país, lo dejó documentado.

Y aquí salta una pregunta. Si esos versos eran de allá, ¿cómo demonios cruzaron el mar y llegaron hasta los ranchos de México? La respuesta es más sencilla de lo que parece y más bonita. Los trajo la gente. Durante todo el siglo XIX, miles de españoles, muchos andaluces, se vinieron a México a buscar vida y trajeron en la garganta lo único que no pesa en el equipaje, sus canciones.

Esas coplas desembarcaron en Veracruz, en Tampico,  en los puertos y de ahí subieron tierra adentro, de feria en feria. de cantina en cantina, mezclándose con lo que ya se cantaba aquí. Para cuando llegan al centro del país, ya nadie sabía de quién  eran. Andaban sueltas, libres, esperando a que alguien las juntara y las firmara, y alguien lo hizo.

¿Quién fue ese mexicano al que le atribuimos la canción y qué fue exactamente lo que hizo? Su nombre fue Quirino Mendoza y Cortés y este hombre  existió. De eso no hay ninguna duda. Nació el 10 de mayo de 1862 en Santiago Tulleehualco, en Sochimilco, que hoy es parte de la Ciudad de México, hijo de un organista de iglesia.

Desde niño  su padre le enseñó el piano, la flauta, el violín, la guitarra y el órgano. Tocó el órgano en las iglesias de Milpaal Alta y de Sochimilco, siendo un muchacho. Fue maestro de música más de 60 años y por esa entrega le dieron la medalla Ignacio Manuel Altamirano. Y para que veas la clase de hombre del que hablamos, déjame adelantarte cómo terminó su vida, aunque eso pasó muchos años después.

Por esta canción lo condecoraron gobiernos de medio mundo. El presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, le hizo una mención de honor. El emperador de Japón, Giriojito, lo reconoció. También los gobiernos de Chile, de Honduras, de Venezuela y de Cuba. Un maestro de música de Sochimilco, hijo de un organista de pueblo condecorado por emperadores y presidentes.

Vivió hasta los 95 años y murió el 9 de noviembre de 1957.  Y aquí está el detalle que a mí me parte el alma. Este hombre compuso su propia marcha  fúnebre, una pieza que tituló Juanita, y dejó dispuesto que se tocara en su velorio. Así  fue el que le dio a México la canción de sus alegrías compuso  con sus propias manos la música con la que lo despidieron.

Pero volvamos a la pregunta, ¿qué hizo exactamente con Cielito Lindo? La respuesta está documentada. Tomó versos que ya andaban sueltos, coplas de dominio público que venían de Andalucía y que la migración española había sembrado por medio México. Los arregló, los unió, les puso su música y fue muy probablemente el primero en registrarla con su nombre.

Ya ha entrado el siglo XX. Por eso la cobra su familia hasta hoy. Por eso lo conocemos a él. Y aquí aparece el verdadero asunto, el que cambia cómo vas a ver todo lo demás. Porque la pregunta que cualquiera se hace al oír esto es, ¿entonces fue un robo? Y la respuesta es que no. Y entender por qué es la llave de esta historia.

Agarrar versos que andaban en el aire y hacer con ellos algo nuevo era en esa época lo más normal del mundo entre los músicos. Los versos populares eran de todos y de nadie. Lo que Kirino hizo fue lo que México llevaba siglos haciendo con todo lo que le llegaba de fuera. Lo recogió, lo mezcló con sus propios sones y lo volvió suyo.

Y le salió tan bien que su versión se comió a todas las demás,  lo cual abre otra pregunta. ¿Hubo otras versiones? Sí, y  muchas. Durante todo el siglo XIX y el XX registraron en México un montón de canciones que se llamaban Cielito lindo. Hubo un cielito lindo huasteco que en la sierra cantan todavía los tríos  con su violín, atribuido al viejo el Pidio Ramírez.

Hubo un cielito lindo costeño y hubo un son jarocho, el butaquito,  que ya se cantaba en Veracruz en los siglos X y XVI  y que ya traía dentro al cielito lindo, a la Sierra Morena y al lunar junto a la boca. El investigador Gabriel Perellón dice que todo esto se arraigó en el norte de Veracruz y el sur de Tamaulipas desde los siglos X y X llegado de Andalucía en los barcos.

Guárdate este detalle porque vamos a volver a él al final y ahí va a pesar de verdad la parte que tú sientes más mexicana de toda la canción, ese Canta y no llores. Es justamente la parte que Kirino no inventó.  Viene de las coplas andaluzas. Es lo más prestado de todo.

A estas alturas a lo mejor te estás preguntando algo que es justo preguntarse. Entonces, Catalina, la del lunar junto a la boca nunca existió.  ¿Todo era cuento prestado? Y la respuesta es que no.  Y ahí está lo hermoso. Catalina Martínez existió de verdad. Fue la novia de Quirino y después su esposa y estuvieron juntos toda la vida.

Lo que el hombre hizo fue tomar un verso viejo, uno que hablaba de un lunar junto a una boca, y ponérselo a una mujer de carne y hueso a la que de verdad amaba. Le dio cuerpo a la copla,  le puso nombre, volvió suyo y de Catalina un verso que llevaba siglos sin dueño. Y eso, precisamente eso, es lo que vamos a ver que hace un pueblo entero.

Ahora  bien, antes de cerrar la primera parte, te debo una honestidad,  porque en este canal los datos se cuidan más que nada. ¿Esa Sierra Morena es de verdad la española? Porque no todos están de acuerdo. La nieta de Quirino, Gloria Mendoza, decía que su abuelo nunca habló de ninguna sierra española, que los versos iban dirigidos a Catalina, su esposa y nada más.

Y dos de los hombres que más supieron de cultura popular mexicana, Carlos Moncibis  y Pabel Granados, contaban algo que a mí me dejó pensando. Decían que a la canción se le había perdido una coma,  que el verso no decía de la Sierra Morena, sino de la Sierra Morena. Es decir, que el compositor le hablaba a una mujer morena que bajaba de la sierra.

Cambia una coma de lugar  y cambia la historia entera. Así que la respuesta honesta es esta. Hay dos versiones  y conviven, pero esa duda, lejos de debilitar la canción te empuja hacia algo más grande.  Porque el mismo Granados, que sabía perfectamente todo lo que la canción le debía a España, lo dijo claro, aún con todas sus referencias andaluzas.

Cielito lindo es una canción mexicana. Lo que un pueblo hace suyo, le pertenece.  Y para que veas que esto no es la rareza de una sola canción, fíjate en algo. Cielito lindo no viajó sola desde España, vino acompañada. ¿Conoces la malagueña? Vino del mismo camino. Y la petenera que cantan los tríos huastecos como si hubiera nacido en el río Pánuco.

Tiene su raíz en Andalucía. Y aquí se volvió tan nuestra que hoy no hay grupo de songuasteco que no la toque. Y las mañanitas, las que le cantamos a la madre el 10 de mayo, las que has cantado mil veces, también traen sangre española en la melodía. Ese es el patrón, esa es la costumbre de un pueblo entero.

Y eso me lleva a la segunda parte y a una pregunta nueva, porque hasta aquí solo tenemos una canción bonita con versos viejos. Lo que la convirtió en el corazón de un país no pasó en un salón de música. ¿Dónde pasó entonces? Pasó en la guerra. Vámonos al México de principios del siglo XX.

Un país que olía a pólvora y a caballo sudado, a humo de tren y a tierra mojada después de la  lluvia. La revolución estaba encendida de un extremo a otro. Por los caminos  del norte iban columnas de hombres, muchos campesinos que en su vida habían salido de su rancho marchando hacia batallas de las que muchos no iban a volver.

Llevaban el sombrero calado, la carrillera cruzada al pecho y a veces a la mujer caminando al lado, la soldadera que cargaba la comida, las balas y a  los hijos. Y esos hombres cantaban, cantaban para no pensar. Cantaban para aguantar el frío de la madrugada antes de un combate. La Adelita,  la Valentina, la Marieta y entre esas canciones de marcha una que les levantaba el ánimo como ninguna.

Cielito lindo. Ahí tienes la respuesta a dónde se volvió de todos. En las trincheras, en  los caminos, en las marchas al amanecer. Imagínate la escena.  Una tropa avanzando con el primer sol. El polvo levantándose bajo las botas  y de pronto una voz que arranca, ay, ay, ay, ay, canta y no llores.

Y luego 20 voces y luego  100 rebotando entre los cerros. Hombres que tal vez esa misma tarde iban a caer en un tiroteo cantándole a la vida con un verso que ni siquiera sabían que venía de una sierra de bandidos del otro lado del mar. A ellos no les importaba de dónde venía. La sentían suya  y al sentirla suya la hicieron suya.

¿Y por qué cantar? Justo en el momento de jugarse la vida. Porque cantar era lo único que esos hombres tenían para no quebrarse. Un soldado lejos de su rancho, sin saber si iba a volver a ver a su madre, agarraba esa canción como quien agarra una mano en la oscuridad. La canción le decía lo que él no podía decirse a sí mismo.

Aguanta, sigue, canta y no llores. La misma frase de siempre, haciendo el mismo trabajo de siempre, sostener a alguien que se está cayendo. Acuérdate de esto porque ese trabajo lo va a volver a hacer mucho después, en una ciudad cubierta de escombros. Y aquí hay un dato que casi nadie conoce y que abre la siguiente pregunta.

¿Quién  llevó esta canción más lejos que nadie? La respuesta tiene nombre. Hubo un general, Luis Caballero, de los ejércitos constitucionalistas, al que esta canción le tocaba algo muy hondo. ¿Por qué? Porque de niño, allá a finales del siglo XIX, su madre se la cantaba y un hombre nunca olvida la canción que le cantaba su madre.

Así que cuando Caballero fue hombre de armas con tropa a su mando, convirtió Cielito Lindo en canción de marcha de sus soldados al nivel de la Adelita o la Valentina. Y ojo con  esto, porque el propio Quirino vivió esa guerra desde dentro. No se quedó en su salón tocando el órgano. Durante la revolución  llegó a ser teniente coronel y dirigió una orquesta de guerra, la música y la pólvora en la misma vida.

Pero lo que vino después con esta canción lo cambió todo, porque la siguiente pregunta es, ¿hasta  dónde llegó esa devoción del general? Y la respuesta te va a sonar enorme.  En 1918 esta canción dejó de ser solo una canción. El gobernador de Tamaulipas, Emiliano Nafarrete, queriendo quedar bien con el general Caballero,  que era su superior, llevó el asunto al Congreso del Estado y por decreto oficial, con sello y confirma, publicado en el periódico del gobierno,  Cielito Lindo, fue declarada el primer himno del estado de Tamaulipas.

Míralo  completo. Una copla que venía de las coplas andaluzas que  un maestro de Sochimilco arregló, que los soldados cantaban en la guerra, se convirtió en himno oficial de un estado mexicano entero. Lo prestado se volvió ley. Esto no es leyenda, lo documentó el historiador Francisco Ramos Aguirre de Tamaulipas  en su libro La Petenera, de Andalucía a la Aguasteca.

Y según él, ese decreto en el puro papel sigue vigente hasta hoy. Lo cual abre enseguida otra pregunta. Si fue himno oficial, ¿por qué hoy no lo es? La respuesta es que le duró poco el trono. Hacia 1926, otro gobernador, Emilio Portes Hill, decidió cambiar el himno por otra canción, una que en realidad unos músicos yucatecos habían escrito para la ciudad de Matamoros y a la que solo le cambiaron el nombre del lugar.

Así que Cielito Lindo fue himno de estado apenas unos años y luego la quitaron. Pero, ¿sabes qué? ya no lo necesitaba. Y esto nos lleva a la siguiente pregunta, que es la más impresionante de esta parte. ¿Hasta dónde llegó la canción sin que ningún decreto la empujara? La respuesta es que llegó a todas partes, salió de Tamaulipas  y se metió por debajo de la piel de todo un pueblo.

Llegó a las orquestas típicas, a los fonógrafos, a las sinfonolas de las cantinas, donde los hombres la cantaban con la copa en alto.  Llegó al cine de oro, hubo hasta dos películas llamadas Canta y no llores. Pedro Infante la cantó en los Tres García y para esa película hasta le cambiaron parte de la letra.

La cantó Tito Guizar, la cantó Ana Gabriel. Y lo que pasó después de eso es lo que de verdad no te esperas, porque la canción salió de México por completo. La cantó Luciano Pavarotti, la cantó Plácido Domingo, la cantó José Carreras. Tres de las voces más grandes que ha dado la ópera en el mundo entero.

Parados frente a públicos de smoking y vestido largo, cantando una copla de bandidos andaluces que un pueblo del otro lado del océano  había hecho suya. Y hasta llegó a los videojuegos que juegan tus nietos. En uno de los más famosos de los últimos años, un personaje mexicano la canta junto a una fogata  y muchachos de 20 años en Japón o en Alemania.

La oyeron ahí por primera vez. Así que ya tenemos respondida la segunda parte. La guerra la volvió de todos y de ahí saltó al mundo entero. Y míralo completo un segundo.  Una copla que nació del miedo de una sierra española que cruzó el mar, que se mezcló en la costa, que arregló un maestro de Sochimilco,  que marcharon los soldados, que fue himno de un estado, que cantaron los tenores más grandes del planeta, de cuántas bocas pasó esa canción para llegar a ti  y aún así, cuando tú la cantas, la sientes tan tuya

como tu propio nombre. Lo que nos deja frente a la pregunta más importante de todas, la que sembré al principio y que ahora sí vamos a empezar a responder de verdad. ¿Por qué esta canción y no  otra se volvió el alma de un pueblo? ¿Y por qué su origen prestado, en lugar de descalificarla, es justo lo que la hace tan nuestra? Aquí está la primera mitad de la respuesta.

México es un pueblo mestizo desde su raíz. Sangre española y sangre indígena, las dos a la fuerza, las dos sin pedir permiso, mezcladas hasta que ya no se pueden separar. Un pueblo hecho de pedazos de otros, de lo que llegó y de lo que ya estaba. Y ese pueblo, ¿qué hizo con una canción que le llegó de fuera? La agarró.

Le sumó sus propios sones, su propio modo de sentir la pena y la alegría, y la volvió lo más tierno que tiene. Tomó lo ajeno y lo convirtió en hogar. Ese gesto, agarrarlo de afuera y hacerlo casa, es palabra por palabra la definición de lo mexicano.  Pero esa todavía no es la respuesta completa.

La parte que de verdad pesa apenas viene ahora, porque ese gesto, agarrarlo ajeno y volverlo casa, es exactamente lo que hace el que se va al norte. Míralo.  Sobre todo si te tocó a ti o a alguien de tu sangre. El que cruza toma una tierra que no era suya,  un idioma que no era el suyo, unas calles frías que no lo esperaban, un trabajo que nadie más quería hacer y a fuerza de años y de levantarse a las 5 de la mañana las hace suyas.

Construye una casa, levanta una familia, echa raíces en concreto ajeno sin dejar de ser de aquí. hace con California, con Texas, con Chicago, lo mismo que México hizo con esa copla andaluza,  la toma prestada y la vuelve hogar sin renunciar a quién es. Por eso esta canción terminó siendo el himno del que está lejos.

Más que la canción de estar en casa, se volvió la canción de seguir siendo de aquí cuando te encuentras allá. Y ahora deja que te lleve al momento que me hizo entender esto del todo, porque hay una pregunta escondida en él que tienes que responderte tú mismo.  19 de septiembre, Ciudad de México.

La tierra se mueve. Los edificios bajan al suelo  como si fueran de arena mojada. Hay gente atrapada bajo toneladas de concreto.  Hay gente buscando entre los escombros con las manos peladas y sangrando. Hay madres gritando nombres y de pronto, en medio de todo ese ruido, un silencio.  que los rescatistas levantan el puño cerrado al aire y esa es la señal,  que nadie hable, que nadie respire fuerte, porque están escuchando si alguien sigue vivo allá abajo, si alguien araña una losa, si alguien

todavía respira. Eso pasó en 1985 y volvió a pasar el mismo día del calendario, el 19 de septiembre, 32 años  después, en 2017, la misma fecha exacta. Y en medio de esa tragedia, ¿sabes qué se empezó a oír en las calles entre la gente que hacía cadenas humanas para pasar piedras de mano en mano durante días? Esta canción, Cielito Lindo, brotó sola sin  que nadie la organizara, como brota lo que un pueblo lleva en lo más hondo cuando ya no le queda otra cosa a la que agarrarse. Hay una imagen que se me

quedó grabada y que no se me va. Años atrás, en un homenaje a las víctimas de aquel temblor del 85 en la plaza de las tres culturas de Tlatelolco, estaba Plácido Domingo. Y tienes que saber una cosa de este hombre. Él perdió a varios seres queridos en aquel terremoto. No cantaba desde fuera, cantaba desde la herida.

Esa noche el  público le pidió a gritos que cantara cielito lindo. Le pusieron un sombrero charro y ese hombre, con el dolor de sus muertos encima de los hombros, abrió la garganta y cantó. Y la plaza entera, miles de personas, cantó con él. Y aquí está la pregunta escondida,  la que detona la respuesta principal. Ese hay que es en realidad, detente conmigo en él.

No es una palabra, no significa nada en el diccionario,  es un quejido, es lo más parecido a un llanto que cabe en una canción. Es el sonido que se te sale del cuerpo cuando te duele algo muy adentro. Y sin embargo, el verso que va pegado a ese quejido dice, “Canta  y no llores.” Ahí está la respuesta completa, hermano. Ahí está todo.

Un pueblo que toma su propio llanto. Ese hay que se le sale del pecho sin permiso y en lugar de quebrarse lo convierte en canto. Toma el dolor que viene de fuera y le cae encima sin que lo pida y lo hace suyo. Lo vuelve fuerza. lo vuelve coraje para seguir, lo mismo que hizo con la canción, lo mismo que hace cada día el que se fue.

Y fíjate hasta dónde llegó eso.  Después del temblor de 2017, en un partido de fútbol,  la afición de un equipo, Los Del Santos, se organizó para cantar todos juntos, Cielito Lindo, en el minuto 16. Todos abrazados. La consigna decía una sola cosa,  todos abrazados, canta y no llores. Ya no era nada más una canción que salía sola del dolor.

Era un  pueblo que escogía, a propósito, cantarla para demostrarse a sí mismo que estaba entero, que seguía de pie. Escogió el canto sobre el llanto, como dice el verso desde hace siglos. Y ahora acuérdate de lo que te pedí que guardaras allá en la primera parte. Ese canta y no llores es la parte más prestada de toda la canción,  la que viene de las coplas viejas de Andalucía, la que Quirino no inventó.

La parte más ajena resultó ser la más nuestra. Y aquí está por fin la respuesta completa a la pregunta del principio. Por eso lo es, porque ser mexicano nunca dependió de tener la sangre pura ni el verso original. Ser mexicano siempre fue esto, tomar lo que la vida te presta, lo que te llega de fuera, hasta el dolor más hondo y hacerlo tan tuyo que ya nadie en el mundo te lo puede quitar.

Esa frase canta y no llores, que ni siquiera era de Quirino, que venía de los cancioneros españoles de hace siglos, es el credo exacto del migrante. Gana o pierda, llueva o truene, esté donde esté y por más lejos que lo haya aventado la vida, canta  y no llores. Justo lo que se grita un pueblo que ha tenido que irse de su tierra, dejar a su madre, dejar su rancho y que aún así contra todo, no se rompe.

Y hay una injusticia que late por debajo de todo esto  y duele nombrarla. Al que se fue muchas veces le dicen que ya no es de aquí, que se agringó y del otro lado le dicen que tampoco es de allá.  le toca cargar con no pertenecer a ningún lado cuando la verdad es que pertenece a los dos.

Esa mujer, ese hombre que mandó dólares cada quincena durante 30 años para que en el rancho hubiera escuela,  merecía que se le reconociera lo que es. Mexicano completo, de cuerpo entero, aunque lleve media vida lejos. Y esta canción cada vez que la canta se lo devuelve. le dice al oído, “Lo que tú haces con esa tierra ajena es lo más mexicano que existe.

¿Y dónde se ve eso hoy? En carne y hueso, sin estadios ni terremotos de por medio. Se ve en una cocina pequeña  un sábado en la tarde, en una ciudad fría del norte. Un hombre que cruzó hace veintitantos años  pone la canción en el teléfono mientras se hace de comer. Empieza a tararearla y sin darse cuenta se le quiebra un poquito la voz porque de golpe está otra vez en el rancho con su madre cantando lo mismo frente al comal.

Entonces agarra el teléfono, le manda la canción por mensaje a un hermano que sigue allá o a un sobrino que ya nació de aquel lado y que apenas habla español y le escribe, “Escucha esto, así cantaba tu abuela. Así viaja esta canción de verdad, de teléfono en teléfono, de una cocina lejana a un rancho cosciendo a una familia que el mapa partió en dos.

” Esa es la respuesta más pequeña y más grande de todas. La canción es el hilo con el que el que se fue sigue amarrado a los suyos. Por eso esta canción explotó otra vez, justo ahora. Y esta es la última pieza, la que ata el final con el estadio del principio, porque en estos días se está jugando un mundial y por primera vez en muchísimo tiempo México es anfitrión.

El balón rueda en parte en el mismo país al que se fueron tantos de los nuestros. En estadios donde la grada se llena de camisetas verdes, de banderas, de familias que cruzaron hace 20, 30 años y que ahora ven a su selección jugar a unas cuadras de donde lavaron platos, de donde levantaron paredes. Y cada vez que México juega, baja de las gradas una y otra vez ese mismo grito.

80,000 voces cantando Cielito Lindo  sonó en el debut cuando México le ganó a Sudáfrica en el estadio Azteca. La cantaron en el Ángel de la Independencia, Cientos de miles bajo la lluvia.  La cantó hasta la presidenta del país. La cantaron aficionados de otras naciones  contagiados, porque cuando arranca en una tribuna se le mete a cualquiera en el cuerpo.

Y ya había sonado igual 4 años antes del otro lado del mundo en Qatar, donde los mexicanos la cantaban entre el gentío para decir, “En tierra completamente ajena, a miles de kilómetros  de casa, aquí estamos y somos de México. Esa es la prueba viva de todo lo que te conté y ya tienes la respuesta entera a la pregunta que sembré al principio.

Cielito lindo se volvió la canción más mexicana de todas. Precisamente porque nació prestada, mezclada y hecha propia. Igual que México mismo, igual que el migrante, lo que parecía descalificarla como mexicana es exactamente lo que la convirtió en la más nuestra. La próxima vez que la oigas en  un estadio, en una fiesta, en la cocina de tu madre, en un bar a 2000 km de tu pueblo, la noche que el tri gana y se te salga sin que lo pienses siquiera, acuérdate de lo que de verdad estás haciendo.

No estás solo cantando una canción bonita. Estás haciendo con la pura boca lo mismo que hizo México con esa copla y lo mismo que hiciste tú.  y te tocó irte. Estás tomando algo que venía de muy lejos, prestado, mezclado y lo estás volviendo tuyo. Estás gritando  en tierra ajena o en la propia, “Sigo siendo de aquí y nadie me lo quita.

” Y por eso, hermanos, te quiero preguntar una cosa y de verdad me importa la respuesta. ¿Desde dónde la cantas tú? ¿Desde un rancho de Jalisco, desde  una cocina en California? Desde un taller en Texas, desde un bar en Chicago, la noche que el tri gana, lejos de tu madre. Escríbelo aquí abajo. Dime desde qué rincón del mundo se te sale ese ay, porque cantarla allá lejos es la forma más mexicana que existe de no olvidar de dónde eres.

Pero antes de que te vayas, déjame contarte qué sigue, porque si esta historia te movió algo, la que viene te va a llegar todavía más hondo. La próxima vez te voy a contar caminos de Guanajuato. que todos hemos cantado, la del verso más triste sobre la propia tierra de uno. Y detrás de esa frase hay un nombre, hay una pérdida real en la familia de José Alfredo Jiménez.

Y cuando sepas a quién perdió y cómo, no la vas a volver a cantar igual. Si Cielito Lindo te puso la piel de gallina, esta historia te va a quebrar. Suscríbete y dale a la campana para que te llegue antes que a nadie. Ahí. En esos caminos de Guanajuato. Nos vemos.

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