Edith Windsor: La mujer que convirtió una injusticia personal en un cambio histórico para millones de personas

Edith Windsor: La mujer que convirtió una injusticia personal en un cambio histórico para millones de personas

Cuando Edith Windsor perdió a la persona con la que había compartido gran parte de su vida, imaginó que tendría que aprender a convivir con la ausencia. Sin embargo, pocos días después del funeral descubrió que el duelo no sería la última prueba que tendría que afrontar. Una carta del Gobierno federal de Estados Unidos le comunicó que, a efectos de la legislación vigente, su matrimonio no tenía validez. La consecuencia fue inmediata: debía pagar 363.053 dólares en impuestos sucesorios que un cónyuge reconocido legalmente jamás habría tenido que abonar.

Edith escribió el cheque, cumplió con la obligación fiscal y, en lugar de resignarse, tomó una decisión que terminaría modificando la historia jurídica del país.

Nacida el 20 de junio de 1929 en Filadelfia, Edith “Edie” Windsor creció en una familia de inmigrantes judíos procedentes de Rusia que intentaba salir adelante durante los años de la Gran Depresión. Desde muy joven destacó por su facilidad para las matemáticas, una habilidad que la llevó a estudiar en la Universidad de Nueva York, donde obtuvo un máster en Matemáticas en 1957.

Su talento llamó la atención de IBM, una empresa que comenzaba a desempeñar un papel decisivo en el desarrollo de la informática moderna. Incorporarse a una compañía tecnológica siendo mujer en aquella época ya suponía un desafío. Aun así, Edith fue consolidando una brillante trayectoria profesional hasta convertirse, en 1968, en programadora sénior de sistemas, uno de los cargos técnicos más importantes dentro de la empresa.

Mientras construía una reputación impecable en el ámbito profesional, mantenía en secreto la relación más importante de su vida. El ambiente social de aquellos años estaba marcado por la discriminación hacia las personas homosexuales, y revelar su orientación podía tener consecuencias tanto personales como laborales. Para evitar preguntas incómodas, incluso inventó la existencia de un supuesto novio llamado “Willy”, una explicación que utilizaba cuando algún compañero preguntaba por las llamadas telefónicas que recibía con frecuencia.

La realidad era muy distinta. Aquellas llamadas provenían de Thea Spyer, psicóloga clínica y la mujer con la que compartiría más de cuatro décadas de vida.

Se conocieron en Nueva York en 1963. Desde el principio descubrieron afinidades que fueron mucho más allá de una simple atracción. Ambas compartían inquietudes intelectuales, disfrutaban de la vida cultural de la ciudad y deseaban construir un futuro juntas, aunque sabían que la sociedad de la época apenas ofrecía espacio para relaciones como la suya.

En 1967, Thea decidió pedirle matrimonio. No podía hacerlo con un anillo tradicional porque dos mujeres comprometidas podían convertirse fácilmente en objetivo de prejuicios o discriminación. En su lugar eligió un discreto broche circular con un diamante, una joya que simbolizaba un compromiso que ambas entendían perfectamente y que, décadas más tarde, adquiriría un profundo significado histórico.

Los años siguientes transcurrieron entre el trabajo, los viajes, los amigos y una vida doméstica construida con paciencia. Compartieron un apartamento en Greenwich Village, uno de los barrios más emblemáticos de Nueva York, y una casa de vacaciones en Long Island, donde disfrutaron de cuarenta veranos. Su historia estuvo formada por miles de pequeños momentos cotidianos: cenas en casa, reuniones familiares, celebraciones con amigos y proyectos compartidos. No buscaban protagonismo; simplemente querían vivir como cualquier otra pareja.

Cuando Nueva York permitió registrar oficialmente las parejas de hecho en 1993, Edith y Thea aprovecharon esa posibilidad. Aun así, sabían que ese reconocimiento estaba muy lejos de otorgarles los mismos derechos que disfrutaban los matrimonios heterosexuales.

Su vida cambió profundamente en 1977, cuando Thea fue diagnosticada con esclerosis múltiple progresiva. La enfermedad avanzó lentamente, reduciendo cada año un poco más su movilidad hasta obligarla a utilizar una silla de ruedas eléctrica. Edith reorganizó completamente su rutina para convertirse en su principal apoyo. Más que una cuidadora, fue la persona que permaneció a su lado durante cada consulta médica, cada tratamiento y cada nueva dificultad que imponía la enfermedad.

Con el paso del tiempo comprendieron que el reloj avanzaba mucho más rápido de lo que deseaban.

En 2007 los médicos comunicaron que la esperanza de vida de Thea era limitada. En aquel momento el matrimonio entre personas del mismo sexo seguía sin estar permitido en el estado de Nueva York. Después de cuarenta años de compromiso, ambas decidieron viajar a Toronto, Canadá, donde la legislación sí les permitía casarse legalmente.

El 22 de mayo de 2007 pronunciaron por fin el “sí, quiero”. Aquella ceremonia representó mucho más que un trámite administrativo. Era el reconocimiento legal de una relación que llevaba décadas existiendo y que había superado obstáculos sociales, personales y médicos.

Menos de dos años después, el 5 de febrero de 2009, Thea Spyer falleció.

En medio del duelo, Edith recibió una comunicación del Servicio de Impuestos Internos de Estados Unidos. La Defense of Marriage Act (DOMA), aprobada en 1996, establecía que, para el Gobierno federal, el matrimonio solo podía entenderse como la unión entre un hombre y una mujer. Aunque Nueva York reconocía su matrimonio celebrado en Canadá, la administración federal no lo hacía.

Como consecuencia, Edith fue considerada legalmente una persona ajena a la herencia de su esposa y tuvo que pagar 363.053 dólares en impuestos sucesorios.

El dinero no era el centro del problema.

Lo que realmente le resultaba insoportable era que, después de cuarenta y cuatro años compartiendo la vida con Thea, el Estado afirmara que nunca habían sido un matrimonio.

Tras pagar la cantidad exigida, decidió acudir a los tribunales. Con el respaldo de la abogada Roberta Kaplan presentó una demanda contra el Gobierno federal, sosteniendo que DOMA vulneraba el principio constitucional de igualdad al negar reconocimiento a matrimonios válidamente celebrados conforme a la legislación estatal.

El litigio fue adquiriendo relevancia nacional conforme avanzaba por las diferentes instancias judiciales. Organizaciones dedicadas a la defensa de los derechos civiles comenzaron a seguir el caso muy de cerca, conscientes de que el resultado podía afectar a miles de familias en circunstancias similares.

En marzo de 2013 Edith Windsor, con ochenta y tres años, entró en el edificio del Tribunal Supremo de Estados Unidos llevando en la solapa el mismo broche de diamantes que Thea le había regalado décadas antes. Aquella joya, elegida originalmente para protegerlas de la discriminación, se había convertido en un símbolo visible de una historia de amor que llegaba hasta la máxima instancia judicial del país.

El 26 de junio de 2013 llegó la resolución.

Por mayoría, el Tribunal Supremo declaró inconstitucional la disposición principal de la Defense of Marriage Act que impedía al Gobierno federal reconocer los matrimonios entre personas del mismo sexo válidamente celebrados conforme a las leyes estatales.

La decisión obligó al Gobierno a devolver a Edith Windsor los 363.053 dólares abonados en concepto de impuestos, junto con los intereses correspondientes. Pero el verdadero alcance de la sentencia iba mucho más allá de aquel reembolso.

A partir de ese momento, miles de matrimonios comenzaron a acceder a beneficios federales relacionados con impuestos, pensiones, Seguridad Social, inmigración y numerosas prestaciones que hasta entonces les habían sido negadas. El caso United States v. Windsor se convirtió en uno de los precedentes jurídicos más importantes en la evolución de los derechos civiles en Estados Unidos y abrió el camino para posteriores decisiones judiciales, entre ellas la histórica sentencia Obergefell v. Hodges de 2015, que reconoció el matrimonio igualitario en todo el país.

Lejos de retirarse de la vida pública, Edith continuó participando en conferencias y actos relacionados con la igualdad de derechos. Siempre insistía en que la demanda nunca había tenido como objetivo hacerse rica ni obtener un privilegio especial. Lo único que pretendía era que el Estado reconociera oficialmente la relación que ella y Thea habían construido durante toda una vida.

En 2016 volvió a casarse, esta vez con Judith Kasen, iniciando una nueva etapa sin dejar de recordar a la mujer que había inspirado su batalla judicial.

Edith Windsor falleció el 12 de septiembre de 2017, a los 88 años.

Su nombre quedó unido para siempre a uno de los cambios legales más significativos de la historia reciente de Estados Unidos. Lo que comenzó con una factura de impuestos terminó convirtiéndose en una decisión del Tribunal Supremo que transformó la vida de innumerables familias.

El cheque que Edith escribió tras la muerte de Thea fue solo el inicio de una lucha mucho mayor. Con su determinación consiguió que el Gobierno reconociera aquello que ella había sabido durante más de cuarenta años: que Thea Spyer no era una desconocida ante la ley, sino la mujer con la que había compartido su vida y, desde el primer día, su esposa.

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