Durante casi 60 años fue dueño de las risas en los hogares mexicanos. Con sus icónicos trabajos y creaciones de personajes como el Dr. Cándido Pérez, levantó cero en conducta y le dio vida a Plácido López en una familia de 10, siendo además uno de los productores más poderosos que tuvo Televisa.
Pero hoy, a sus 78 años, el hombre que le enseñó a reír a un país entero pelea cada mañana por algo que tú y yo hacemos sin pensarlo, respirar. Y lo que su cuerpo lleva años cargando en silencio es más duro de lo que cualquiera de sus personajes habría imaginado. Este es el duro presente de Jorge Ortiz de Pinedo. Para entender el peso de lo que vive hoy, hay que volver al principio.
A una casa donde el espectáculo no era un sueño lejano, sino el aire que se respiraba todos los días. Jorge Ortiz de Pinedo nació el 26 de marzo de 1948 en la ciudad de México, hijo de los actores Óscar Ortiz de Pinedo y Lupita Payas, dos profesionales del teatro y del cine que criaron a su hijo entre ensayos, funciones de noche y camerinos que olían a maquillaje y a madera de escenario.
Mientras otros niños de su generación crecían jugando en la calle, el pequeño Jorge pasaba las tardes viendo a sus padres transformarse en otras personas y recibir al final de cada función ese sonido que después perseguiría toda su vida, que es el de una sala entera aplaudiendo. Ese México de finales de los 40 y de los 50 vivía el momento más luminoso de su cine, con estudios que producían decenas de películas al año y teatros de revista que se llenaban noche tras noche, justo antes de que la televisión llegara a cambiarlo todo.
Crecer dentro de ese mundo le dio una educación artística que ninguna escuela habría podido ofrecerle. Y esa educación empezó a rendir frutos increíblemente temprano porque debutó como actor cuando apenas tenía 8 años. No como una gracia de niño, sino como el arranque real de una carrera que se extendería casi sin interrupciones durante cerca de seis décadas.
Desde entonces mostró una comprensión casi instintiva del tiempo cómico. Esa cosa tan difícil de tener que consiste en saber no solo que decir, sino exactamente cuando decirlo, como pausar antes del remate y cuando dejar que sea el silencio el que haga reír. Y entendió algo más, algo que muchos actores tardan una vida entera en descubrir.
Y es que el poder de verdad no estaba frente a la cámara, sino detrás de ella, en producir, en crear, en ser dueño de lo que se hace. Con esa idea metida en la cabeza desde joven, Jorge fue subiendo peldaño por peldaño, acumulando teatro, cine y la televisión que apenas nacía, siempre observando la maquinaria completa del negocio y preguntándose quién ganaba dinero y como una curiosidad de empresario que lo separaba de sus colegas conformados con hacer su parte y cobrar.
Cuando esa combinación de talento y visión por fin cuajó, el resultado fue una carrera que cuesta resumir sin que suene exageración, porque participó en más de 35 telenovelas, en más de 30 películas y en más de 100 obras de teatro, de manera que sumando todo lo suyo entre cine, teatro y televisión, la cifra rebasa las 180 producciones.
El retrato de un hombre que casi nunca se detuvo y que pasaba de un proyecto al siguiente sin darse permiso de descansar. Pero fue en la comedia televisiva donde encontró su verdadero reino. El doctor Cándido Pérez fue uno de sus mayores golpes con ese ginecólogo cuyos enredos cotidianos conectaron de inmediato y terminaron instalándose en la cultura popular de tal forma que el nombre mismo se volvió una referencia que la gente repetía sin acordarse ya de donde había salido.
Tero en conducta fue otro clásico absoluto ambientado en un salón de clases donde los alumnos eran interpretados por adultos, explotando el humor de la nostalgia escolar en un formato que funcionó durante años y que todavía se recuerda con enorme cariño. y una familia de 10 es probablemente su legado más perdurable porque ahí dio vida a Plácido López, el patriarca de una familia numerosísima apretujada en un departamento demasiado chico, un personaje tan entrañable que la serie encontró público nuevo décadas después
con jóvenes que ni siquiera había nacido cuando se estrenó descubriéndola en las plataformas y haciendo la suya. Sin embargo, reducir a Jorge Ortiz de Pinedo al hombre que salía en la pantalla a hacer reír sería no entender su verdadera dimensión, porque el peso real de su nombre estaba en lo que hacía cuando la cámara se apagaba.
Como productor se convirtió en una de las figuras más influyentes de Televisa durante los años 90 y los 2000 en el momento de mayor poder de la empresa, decidiendo con el peso de la palabra final qué proyectos salían al aire y cuáles se quedaban en el cajón. Tenía además un ojo especial para descubrir talento y le abrió las puertas a nombres que después brillarían por derecho propio, como Galilea Montijo, Sabine Mausier y Lucelena González.
Porque para una persona joven que empezaba en el medio, ser elegida por él podía significar la diferencia entre quedarse en el intento y arrancar una carrera de verdad. Esa doble condición de dueño y protagonista de sus propios éxitos, con varios programas funcionando en paralelo y las regalías de las retransmisiones cayendo durante años, fue la que le construyó una fortuna sólida, la de un hombre que entendió temprano que su nombre era una marca y que la administró como tal.
Y sin embargo, mientras firmaba contratos y llenaba teatros, ya cargaba desde hacía años, sin saberlo, la semilla de lo que un día iba a derrumbarlo todo, el enemigo silencioso que lo perseguía. Porque detrás de los aplausos y de los foros llenos se estaba gestando desde hacía décadas una batalla que no se libraba en ningún escenario, sino dentro de su propio cuerpo.
Y esa batalla tenía un nombre que el mismo terminaría señalando sin rodeos, el cigarro. Durante casi medio siglo, Jorge fue fumador. Como tantos hombres de su generación, para quienes fumar era simplemente parte de la vida, del ambiente de trabajo y de las largas jornadas en los sets, donde el humo estaba en todas partes y nadie lo veía como una amenaza.
El mismo lo puso inúmeros años después con esa franqueza que siempre lo caracterizó cuando le confesó a la periodista Matilde Obregón que por haber fumado 47 años de su vida hoy padece Epoc, casi medio siglo de un hábito que parecía inofensivo, casi decorativo y que fue acumulando en silencio un daño que cuando por fin se manifestó lo cambió todo para siempre.
El primer aviso no llegó como un dolor ni como una tos, sino como una frase que sonó a broma. Fue su esposa Gabi, quien encendió la primera alarma al verlo con una camisa que de pronto le quedaba enorme y soltarle que seguro no era suya, que debía ser de alguno de sus hijos.
Esa pérdida de peso inexplicable que él ni siquiera había notado fue la primera señal de algo que se movía por dentro. Y cuando los médicos investigaron en 2010 le dieron el diagnóstico que nadie quiere escuchar, cáncer de pulmón. Fue el primer gran golpe y llegó justo cuando era un hombre de energía aparentemente inagotable que saltaba de un proyecto al siguiente sin frenar nunca.
El tratamiento fue agresivo y requirió cirugía con los médicos removiéndole el óbvulo superior de uno de sus pulmones para extraer el tumor, una intervención mayor de esas que dejan una huella permanente en el cuerpo y en la vida. Jorge superó ese primer episodio y y fiel a lo que era, volvió al trabajo porque para el parar del todo nunca fue una opción real.
Pero el cáncer de pulmón no siempre se retira con una sola batalla y 6 años después, en 2016, la pesadilla se repitió con un nuevo tumor. Este segundo diagnóstico fue todavía más cruel que el primero porque ya no tenía la cuartada de la sorpresa. Era la confirmación de que su cuerpo seguía siendo vulnerable y de que el daño acumulado durante tantos años seguía cobrando su precio con intereses.
Nuevamente hubo que operar y removerle tejido pulmonar. Y aquí es fundamental entender algo que la gente no siempre dimensiona y es que los pulmones no se regeneran, de modo que cada parte que se remueve es una pérdida permanente. Una persona a la que le han quitado tejido de ambos pulmones vive con una fracción de la capacidad respiratoria que tendría normalmente.
Y cada esfuerzo, cada escalera, cada caminata que para el resto de nosotros es automática, para ella se convierte en un trabajo consciente y agotador. Jorge venció a los dos cánceres en el sentido de que sigue vivo, pero esas victorias tuvieron un costo altísimo porque cada batalla ganada lo dejó con menos con que enfrentar lo que venía después.
Y lo que venía no era otro tumor, sino algo peor en un sentido muy particular, porque era una enfermedad que no se cura, que no se opera, que no se vence. La enfermedad pulmonar obstructiva crónica, ese EPOC que hoy es el centro de su vida. El epoc es progresivo e irreversible y con el tiempo va cerrando cada vez más la capacidad de los pulmones para ser su única función esencial, que es llevar oxígeno al cuerpo hasta que el simple acto de respirar deja de ser automático y se convierte en un esfuerzo que agota. Y
aquí su propia franqueza se vuelve estremecedora, porque cuando le preguntaron por su condición, no la suavizó ni se escondió, sino que la describió como una sentencia dictada de antemano, diciendo con todas sus letras que está condenado a morir un día asfixiado porque no va a poder respirar, que eso es una condena y que lo asume como algo natural.
Es difícil imaginar una frase más brutal dicha con más calma, la del hombre que se pasó la vida buscando la risa de los demás nombrando, sin dramatismo la forma exacta en que teme que va a terminar. Llegó entonces el momento en que necesitó empezar a usar oxígeno con esa cánula en la nariz, que primero fue una compañía ocasional y después una presencia constante hasta volverse inseparable.
Ese tanque que hoy lo acompaña a cualquier aparición y que dejó de ser un accesorio para ser literalmente lo que lo mantiene funcionando. A esa carga se le sumaron otros diagnósticos que fueron apareciendo, la diabetes, que según el mismo contó se desarrolló por el estrés de los propios diagnósticos de cáncer, la hipertensión y hasta el reemplazo de ambas rodillas por prótesis de titanio, al punto de que Jorge llegó a describirse con humor como medio biónico.
Los médicos le dieron además una recomendación que terminaría reorganizando su vida entera y es que tenía que vivir al nivel del mar porque en una ciudad de gran altitud como la capital, el aire tiene menos oxígeno y vuelve la respiración mucho más difícil para alguien con su capacidad pulmonar. Fue así como el hombre que durante décadas organizó su vida en torno a donde estaban los mejores proyectos, empezó a organizarla en torno a algo mucho más elemental, que era simplemente donde podía respirar mejor, y por eso mudó buena parte de su vida a
Acapulco. La decisión más dura. Sin embargo, no fue de domicilio, sino de identidad, porque los propios doctores le dijeron que ya se tenía que retirar del escenario como actor, que no podía seguir trabajando con oxígeno y para él, que había nacido entre camerinos, eso era como renunciar a la parte más profunda de quién era.
Pero lo peor no era ni el retiro, ni la mudanza, ni el oxígeno permanente, porque en medio de todo ese deterioro había aparecido una esperanza real, un doble trasplante de pulmón. Jorge se convirtió en candidato para recibir dos pulmones nuevos, un procedimiento complejísimo que para alguien en su situación representaba la posibilidad de volver a respirar sin depender de un tanque y de regresar incluso a los escenarios que tanto extrañaba.
Se preparó para eso con una disciplina conmovedora, sometiéndose a una dieta rigurosísima con la que llegó a bajar 15 17 kg, no por vanidad, sino por necesidad médica, para crear en su cavidad torácica el espacio que hacía falta para recibir los órganos nuevos. Durante años vivió sostenido en esa esperanza y entonces en 2024 llegó el momento.
Le avisaron que había pulmones y lo llevaron al quirófano en Miami. Estaba a punto de recibir el trasplante que iba a devolverle el aliento cuando los médicos descubrieron el problema que nadie había visto venir y detuvieron todo. En los estudios apareció una alteración en su sangre, una mielodisplasia, un trastorno de la médula ósea que lo cambiaba todo, porque un trasplante exige medicamentos que suprimen las defensas para que el cuerpo no rechace los órganos.
Y esa supresión en alguien con su cuadro podía desencadenar una anemia severa capaz de derivar en una leucemia, es decir, en otro cáncer que par en las máquinas, dijeron los especialistas, si le hacemos el trasplante se podría morir. Y ahí, a un paso de recuperar sus pulmones, Jorge escuchó como la única salida que le quedaba se cerraba delante de sus ojos, no por falta de donante, ni de dinero, ni de ganas, sino porque su propio cuerpo, castigado por dentro, ya no estaba en condiciones de recibir lo único que podía salvarlo, el duro
presente a los 78 años. Hoy a sus 78 años, Jorge Ortiz de Pinedo vive una realidad que no se parece nada a la del hombre poderoso que durante décadas mandó en la comedia de la televisión mexicana. Su cuadro de salud es complejo y pesado. Convive con una epoca en etapa avanzada, con diabetes, con hipertensión, con las secuelas permanentes de los dos cánceres que enfrentó y con una capacidad pulmonar tan reducida que lo obliga a depender del oxígeno de manera prácticamente constante. Su día a día ya no lo marcan
los horarios de grabación y los ensayos. sino los cuidados que su cuerpo le exige, las revisiones médicas frecuentes, los controles, la medicación permanente y la vigilancia estricta de su nivel de oxígeno. Sale muy poco, prioriza el descanso, evita cualquier esfuerzo físico que pueda comprometer esa respiración que tanto le cuesta y vive en buena medida pendiente de un cuerpo que ya libró demasiadas batallas y que necesita ser cuidado como quien cuida algo frágil que puede quebrarse en cualquier momento.
Es la rutina de un hombre que aprendió por la fuerza a medir cada movimiento en función del aire que tiene. Pero incluso en ese cuadro tan duro, lo que Jorge Ortiz de Pinedo enfrenta no es solo la enfermedad, sino algo más difícil de nombrar, que es la manera en que le toca envejecer y enfermar bajo la mirada de todo un país.
Para la mayoría de las personas, el deterioro de la salud es un asunto privado que se vive en la intimidad del hogar. Pero para una figura que pasó 70 años frente a las cámaras, la vejez y la enfermedad se viven a la vista de todos. Y eso quedó dolorosamente claro en mayo de 2026, cuando un fin de semana el país entero llegó a creer que había muerto.
Todo empezó cuando Jorge publicó en sus redes un mensaje de despedida cargado de dolor, dedicado a su amigo, el abogado Javier Coello Trejo, integrante como el del patronato de la Casa del Actor. Esa institución a la que Jorge ha estado tan ligado. Muchos leyeron el mensaje a la carrera sin fijarse bien en quién era el destinatario del pésame y en cuestión de horas se desató una avalancha de desinformación que puso su nombre entre las tendencias con la peor de las noticias, la de su supuesto fallecimiento. Y ahí ocurrió una de las
escenas más tristes y más reveladoras de su presente, porque para desmentir su propia muerte, para demostrarle al mundo que seguía vivo, Jorge tuvo que reaparecer el mismo y salir a aclararlo. Hola, queridos amigos, familia querida. Muchísimas gracias por sus muestras de cariño y por la preocupación que han mostrado ante tanta mentira que surgen por ahí, ¿verdad? El TikTok, el por WhatsApp, etcétera.
No les hagan caso. La verdad es que estoy bien todavía. Sigo aquí en el plano terrenal. Eh, estoy aquí son rumores, son rumores, no hagan caso. O sea, por favor, no me manden flores, estoy bien, no me he muerto. Aquí sigo. Explicó que la noticia era falsa, que había surgido del mensaje que subió lamentando la partida de su amigo y compañero del patronato y agradeció de corazón las muestras de cariño y de preocupación que recibió de la gente y de los medios.
Pero fueron sus propias palabras al describir su ánimo las que dejaron ver el fondo real de lo que está viviendo. Porque cuando le preguntaron cómo estaba, respondió que se encontraba bien de salud dentro de lo que cabe, pero triste. Bien, pero triste. Esta frase tan sencilla, tan honesta, tan sin adornos, dice más sobre el presente de Jorge Ortiz de Pinedo que cualquier parte médico, porque retrata a un hombre que a estas alturas de su vida está viendo partir uno tras otro, a los amigos de toda su vida, a los compañeros de gremio con los que compartió los
mejores años mientras él resiste, aferrado a su tanque de oxígeno, despidiendo a los demás y desmintiendo su propia muerte al mismo tiempo. Y por si todo lo anterior no fuera ya suficientemente pesado, apenas unas semanas después, en junio de 2026, su cuerpo volvió a asustar a todos los que lo quieren.
Se encontraba en Monterrey visitando a uno de sus hijos cuando sufrió un mareo fuerte y en una persona con su historial, cualquier síntoma de ese tipo enciende de inmediato todas las alarmas, así que fue trasladado sin perder tiempo al hospital. Una vez ahí, los médicos empezaron una serie de estudios para entender qué estaba pasando.
Primero un electrocardiograma, luego un ecocardiograma y finalmente un cateterismo. Ese procedimiento que permite examinar directamente el estado de las arterias que alimentan el corazón. Y lo que encontraron reveló un peligro que Jorge ni siquiera sabía que estaba corriendo, porque una de sus arterias coronarias estaba a punto de taparse por completo, de manera que de no haberse atendido a tiempo, la situación podía haber terminado en un infarto.
Los médicos actuaron rápido, le practicaron una angioplastía para desbloquear la arteria y restaurar el flujo de sangre y con esa intervención oportuna lograron evitar un infarto que, dado su estado general, podía haber tenido consecuencias fatales. De aquella experiencia, Jorge salió con reflexiones que después compartió. Y son las reflexiones de un hombre que ha aprendido a mirar la muerte de cerca perder ni el humor ni la gratitud.
Habló del valor de los médicos, de esos profesionales que están para cuidarnos e insistió una y otra vez en la importancia de atenderse a tiempo, de no ignorar los síntomas, de hacerse los controles, convertido casi en un predicador de la prevención después de haber vivido en carne propia, lo que significa detectar un problema en el último instante posible.
Y en ese mismo espíritu, cuando habla de su lucha diaria, se niega a instalarse en la queja, porque suele repetir que mientras Dios le dé licencia y pueda seguir trabajando, él es un hombre muy feliz. Esa capacidad de encontrar motivos de agradecimiento en medio de un cuerpo que se le desmorona es tal vez lo más admirable y a la vez lo más desgarrador de su presente, porque es fácil ser positivo cuando todo va bien, pero lo verdaderamente difícil, lo que casi nadie logra, es sostener el ánimo cuando cada respiración cuesta trabajo y cuando
cada mes trae una preocupación nueva. Sobre el trasplante, que fue la gran esperanza que se detuvo en aquel quirófano de Miami, Jorge no ha tirado la toalla del todo y su postura hoy es la de un hombre que camina por una cuerda muy fina entre la esperanza y la resignación. Explica que sigue dentro de un protocolo médico, que va y viene con los doctores para que le repitan todos los exámenes y que si algún día vuelve a estar en condiciones, su nombre volverá a la lista de espera hasta que aparezcan unos pulmones que sean de su talla,
coincidiendo en tamaño, en tipo de sangre y en un montón de factores que rara vez se alinean. reconoce, con una serenidad que impresiona que no hay ninguna certeza sobre cuándo podría darse esa oportunidad, ni siquiera si podrá darse, pero se mantiene dispuesto a asumir todos los riesgos de una cirugía, así con tal de, en sus propias palabras, alargar un poco más su estancia en el planeta.
Mientras tanto, sigue haciendo su rehabilitación, sigue cuidando cada kilo, sigue preparándose para una llamada que quizás nunca llegue. Y en esa espera hay algo profundamente humano, la imagen de un hombre que se prepara día tras día para una salvación que no depende de él y que puede tardar años o no llegar jamás. Y sin embargo, con todo eso encima, hay algo que la enfermedad no ha logrado arrancarle y es su vínculo con el espectáculo y esa terquedad hermosa de no querer desaparecer.
Porque incluso en estas condiciones, Jorge sigue vinculado a la producción teatral cuando su salud se lo permite. Sigue pendiente de las necesidades de la casa del actor. Sigue haciendo apariciones públicas de vez en cuando, aunque cada una de ellas signifique mostrarse tal como está ahora, con su cánula, con el cuerpo visiblemente marcado por todas las batallas que ha librado.
Y hay una valentía enorme en esa decisión de no esconderse, porque muchas figuras del espectáculo, cuando la edad o la enfermedad empiezan a cobrar su precio, eligen retirarse de la vista de todos para que el público las recuerde como eran en su mejor momento. Y es una decisión comprensible e respetable. Jorge eligió lo contrario.
Eligió seguir apareciendo, aunque eso significara mostrarse vulnerable, y al hacerlo, convirtió su propia fragilidad en una forma de mensaje. Porque cada vez que aparece con su tanque de oxígeno está diciendo sin necesidad de una sola palabra, que aquí sigue, que no se ha rendido, que la vida continúa a pesar de todo.
En una cultura obsesionada con la juventud y con la imagen perfecta, ver a una figura tan querida enfrentar la adversidad con la cara descubierta es en sí mismo un acto de honestidad poderoso. Al final, cuando uno mira la vida completa de Jorge Ortiz de Pinedo, se da cuenta de que su historia es al mismo tiempo un triunfo enorme y una advertencia silenciosa y que ambas cosas conviven sin cancelarse.
Es un triunfo porque hablamos de un hombre que le dedicó casi 60 años a hacer reír a México, que construyó un imperio del humor desde cero, que descubrió talentos y creó personajes que siguen vivos, desde aquel niño de 8 años que debutó entre bambalinas hasta el productor poderoso al que el público le confiaba su tiempo.
Pero es también una advertencia y el mismo se ha encargado de que lo sea porque nunca escondió el origen de su calvario ni se presentó solo como una víctima de la mala suerte, sino que reconoció, frente a quien quisiera oírlo, que fueron esas décadas de cigarro las que le destruyeron los pulmones. Al hacerlo, convirtió su propio sufrimiento en una lección, de manera que cada aparición suya con la cánula de oxígeno es un recordatorio callado, pero contundente, de que hay hábitos que parecen inofensivos durante años y que un día presentan una factura
que ya no se puede pagar de vuelta. Cuéntame en los comentarios cuál fue tu personaje favorito de Jorge y qué significó su humor para ti y para tu familia. Y si te gustan estas historias donde las grandes figuras del espectáculo nos muestran su lado más humano, quédate porque en este canal todavía hay muchas más por contar.
Y si esta historia te movió por dentro, tienes que conocerla de otra grande del espectáculo mexicano que vive su propia tragedia. Mientras Jorge Ortiz de Pinedo carga con lo que el cigarro le hizo a sus pulmones, la reina del rock de México vive hoy con la columna reconstruida con titanio, el cuerpo lleno de metal y más de 50 cirugías encima.
Todo por una sola decisión que tomó en una clínica en 2009 y que 16 años después todavía la tormenta. Su nombre es Alejandra Guzmán. Da clic en el video que aparece en pantalla y descubre la tragedia que vive en 2026. M.