En el complejo panorama político y económico que atraviesa Colombia, pocas voces resuenan con la autoridad y la franqueza de Mario Hernández. A sus 84 años, este emblemático empresario no ha perdido ni un ápice de su energía, ni tampoco su capacidad para señalar lo que considera errores críticos en la conducción del Estado. En un contexto marcado por la incertidumbre y la preocupación de diversos gremios, sus recientes declaraciones no solo han encendido las redes sociales, sino que han puesto sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿por qué el sector privado parece haberse sumido en un silencio cauteloso?
Para Hernández, la respuesta es clara y directa, aunque dolorosa para muchos: el miedo. Según el empresario, una parte significativa del empresariado colombiano ha optado por el silencio, temeroso de represalias, inspecciones o de convertirse en blanco de una narrativa política que, a menudo, los estigmatiza como parte del problema en lugar de verlos como los motores del desarrollo nacional. “Los empresarios están cagados del miedo”, sentenció sin tapujos, haciendo referencia al ambiente de confrontación política que ha permeado las relaciones entre el Gobierno Nacional y quienes generan empleo.
El empresario, cuya marca se ha convertido en un referente de la industria colombiana compitiendo en estándares internacionales, argumenta que este miedo es el camino más rápido hacia la parálisis. Para él, descuidar la defensa de la democracia y la libertad por priorizar la comodidad momentánea es un error estratégico que el país no puede permitirse. A lo largo de su intervención, Hernández enfatizó que el empresariado tiene una responsabilidad mayor: no solo con sus negocios, sino con el país que les ha permitido crecer.
Uno de los puntos centrales de su crítica se enfoca en el manejo económico actual y la avalancha de reformas. Hernández sostiene que las constantes modificaciones tributarias y los cambios en la normativa laboral no son ajenos al bolsillo de los ciudadanos. Explicó, con la sencillez de quien entiende el día a día del comercio, que cualquier aumento en los costos operativos —ya sea por impuestos o por nuevas cargas laborales— termina siendo absorbido inevitablemente por el consumidor final. Es una cadena de consecuencias donde la falta de una visión clara de estabilidad termina, a la larga, afectando a los más vulnerables y frenando la inversión necesaria para el crecimiento.
A pesar de su visión crítica hacia la gestión de Gustavo Petro, Hernández no se muestra pesimista respecto al futuro, siempre y cuando exista una reacción contundente de la sociedad civil y el sector productivo. Su filosofía de vida, forjada en el trabajo duro desde la juventud, lo lleva a rechazar cualquier idea de abandonar el país o “tirar la toalla”. Para él, el empresario es, ante todo, un constructor de país. En sus palabras, no se trata de una lucha de ricos contra pobres, sino de defender la institucionalidad frente a lo que califica como un riesgo de populismo e improvisación que podría hacer retroceder a Colombia décadas de progreso.
El empresario recordó episodios pasados de la historia nacional para ilustrar que los momentos difíciles son, a menudo, oportunidades para fortalecer el tejido empresarial. Rememoró la época del Palacio de Justicia en los años 80, cuando, como dirigente gremial, instó a sus colegas a seguir adelante, convencido de que la parálisis ante el caos solo beneficia a quienes buscan desestabilizar el orden. Esa misma convicción es la que hoy quiere transmitir a las nuevas generaciones de emprendedores: el miedo no puede ser una opción cuando el futuro de una nación está en juego.
Hernández también dedicó tiempo a reflexionar sobre la importancia de la educación y el carácter. Al contrastar las dinámicas de protección excesiva que a veces se observa en las familias acomodadas con la realidad de quienes deben forjar su propio destino, lanzó una advertencia sobre la importancia de preparar a los jóvenes para la realidad del mundo. Él, quien comenzó desde muy abajo, entiende que la resiliencia se construye enfrentando los problemas, no evitándolos. Su propia historia de vida, marcada por el esfuerzo y el crecimiento sostenido, es el testimonio de que, a pesar de las adversidades, es posible construir marcas sólidas que representen al país en el exterior.
La advertencia de Mario Hernández no es solo un llamado a la unidad de los empresarios; es un llamado a la sensatez. Al exhortar a que se deje de lado el temor, está pidiendo que se retome el diálogo, que se defiendan las reglas de juego claras y que se entienda que, sin empresa privada, no hay nación capaz de sostener el desarrollo social. Sus palabras invitan a una reflexión profunda sobre el papel que cada actor de la sociedad debe jugar en la coyuntura actual.
Mientras Colombia se prepara para nuevos procesos electorales, la voz de figuras como Hernández cobra una relevancia especial. Su negativa a participar de la política tradicional, prefiriendo enfocarse en la generación de empleo y en el apoyo a sus trabajadores —incluyendo políticas de vivienda y educación—, le otorga una independencia moral que resuena con fuerza en un público cansado de las polarizaciones.
El mensaje final es un recordatorio de que la libertad y la democracia requieren un mantenimiento constante, y que el silencio, en tiempos de crisis, puede ser más costoso que cualquier reforma. Para quienes ven con preocupación el rumbo del país, el empresario ofrece un camino basado en el trabajo, la firmeza y, sobre todo, en no perder la fe en lo que, con tanto esfuerzo, los colombianos han construido a lo largo de décadas. En un momento donde el futuro parece incierto, la invitación de Mario Hernández es a pararse, enfrentar la realidad y, más que nunca, construir patria.
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