¿El Intocable de La Guajira? El Ascenso de Alias Naín, el ‘Influencer’ del Terror que Desafía al Estado, Doblega a sus Enemigos y Gobierna el Caribe Colombiano

La dinámica del crimen organizado en Colombia ha mutado. Lejos han quedado los tiempos en los que los grandes capos del narcotráfico y los comandantes paramilitares operaban exclusivamente desde las sombras de la espesura selvática, comunicándose a través de radios encriptadas y evitando a toda costa la exposición pública. Hoy, una nueva generación de actores armados ha irrumpido en el tablero del conflicto colombiano, trayendo consigo las lógicas de la era digital, la inmediatez de las redes sociales y un perturbador afán de protagonismo. En el epicentro de esta metamorfosis criminal se encuentra el departamento de La Guajira, un territorio históricamente marcado por el abandono estatal, la riqueza de sus recursos naturales y su posición geoestratégica invaluable para las economías ilícitas. Allí, un nombre resuena con una mezcla de temor, respeto y asombro: Naín Andrés Pérez Toncel, más conocido en el bajo mundo como alias Naín o “El bendito menor”.

Alias Naín no es un criminal convencional. Erigido como uno de los comandantes más visibles y poderosos de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN), este joven ha logrado lo que parecía imposible: consolidar un control hegemónico en una región disputada, diezmar a las facciones enemigas creadas específicamente para aniquilarlo y, lo que resulta aún más desconcertante, ganarse el favor y la obediencia de una parte significativa de la población civil. Su figura representa el surgimiento del “influencer del terror”, un perfil delictivo que combina la brutalidad militar con estrategias de relaciones públicas dignas de un político en campaña.

Para comprender la magnitud del desafío que alias Naín representa para el Estado colombiano, es necesario diseccionar los pilares sobre los que ha construido su imperio: el fracaso de sus enemigos, la inacción gubernamental, la instrumentalización de las necesidades sociales y una crueldad calculada que no conoce límites.

La Caída de “Los JJ”: Una Guerra de Traiciones y Fracasos

La ascensión de Naín no ha estado exenta de sangre y fuego. Su creciente influencia en La Guajira y las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta encendió las alarmas de diversos sectores criminales y políticos que veían amenazados sus propios intereses en la región. Sociológicamente, el guajiro es descrito a menudo como una persona orgullosa y celosa de su territorio. Naín, haciendo gala de una audacia temeraria, reprimió cualquier atisbo de sumisión, se montó por encima de las viejas guardias del crimen y comenzó a patrullar abiertamente, exigiendo lealtad absoluta. “Llegó la hora, ustedes tienen que trabajar conmigo, y si no lo hacen, los vamos a aniquilar militarmente”, fue el ultimátum que, según relatan investigadores en la zona, lanzó a las redes locales de narcotráfico y contrabando.

Esta postura desafiante y hegemónica provocó una herida profunda en el ego y en los bolsillos de otros actores ilegales. De esa fractura nacieron “Los JJ”, un grupo armado de corte paramilitar financiado y estructurado por una amalgama de políticos activos, narcotraficantes de la vieja escuela, expolicías y exmilitares. El propósito fundamental, casi exclusivo, de Los JJ era operar como un escuadrón de la muerte, un bloque de búsqueda clandestino diseñado para cazar y asesinar a alias Naín y desmantelar su frente urbano.

Sin embargo, la maquinaria de Los JJ, pese a contar inicialmente con un supuesto músculo financiero y operativo, se gripó estrepitosamente. Expertos en el conflicto señalan que esta facción cometió un error de cálculo fatal: subestimaron la capacidad de resiliencia y el poder de arraigo de Naín. Mientras Los JJ intentaban operar desde las sombras, las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada respondieron con una presión militar y territorial asfixiante. Poco a poco, los patrocinadores económicos de Los JJ, temerosos de represalias o simplemente desencantados por la falta de resultados, cortaron el grifo de la financiación.

Hoy, Los JJ son descritos por los propios actores del conflicto no como una organización estructurada, sino como un remanente en decadencia, un conjunto de “ruedas sueltas” que vagan sin rumbo ni recursos. La estructura creada para ser el verdugo de Naín terminó siendo su víctima, dejando a sus sicarios expuestos y obligados a recurrir al pillaje desorganizado para sobrevivir.

El Caso Danielito: La Crueldad como Herramienta de Doblegamiento

El colapso de Los JJ dejó a muchos de sus jóvenes combatientes a la deriva, enfrentándose a la furia de un Naín victorioso. Uno de los casos más emblemáticos y desgarradores de esta dinámica es el de alias “Danielito”. Se trata de un joven de apenas 22 o 23 años que, en sus inicios, formó parte de las filas de sicarios leales a Naín. No obstante, en el fragor de la disputa, los cabecillas de Los JJ lograron convencer a Danielito de cambiar de bando, prometiéndole “el cielo y la tierra”, ascensos rápidos y una remuneración cuantiosa.

La promesa resultó ser una trampa mortal. Cuando Los JJ se quedaron sin financiación y sus comandantes desaparecieron del mapa, Danielito fue abandonado a su suerte, convertido en un objetivo de alto valor para las Autodefensas Conquistadoras. Sin el respaldo de una estructura sólida, este joven sicario se vio obligado a buscar dinero de forma improvisada y violenta en La Guajira, recurriendo a la extorsión a pequeña escala, el robo y el sicariato por encargo.

Pero alias Naín no es un enemigo que perdone la traición. Lejos de enfrascarse en un largo y costoso operativo militar para cazar a Danielito en las polvorientas calles de Riohacha o Uribia, Naín optó por una táctica de guerra psicológica y emocional de una crueldad extrema: ordenó el secuestro exprés de la madre de Danielito. La mujer fue retenida durante horas, tiempo suficiente para que el mensaje quedara grabado a fuego en la mente del joven desertor. Ante la amenaza inminente sobre la vida de su progenitora, Danielito no tuvo más opción que agachar la cabeza, rendirse y someterse nuevamente a la voluntad del hombre al que había traicionado.

Este episodio subraya una realidad escalofriante: en esta nueva fase del conflicto, las líneas rojas morales han desaparecido. Los combatientes son jóvenes, a menudo desprovistos de cualquier formación ideológica, para quienes el respeto por la vida humana es nulo. Se enfrentan en una guerra fratricida donde las familias enteras se convierten en daños colaterales o, como en el caso de la madre de Danielito, en fichas de cambio táctico.

El Complejo de Robin Hood: ¿Cómo se Gana el Corazón de un Pueblo?

Una de las preguntas más apremiantes que surgen al analizar el fenómeno de alias Naín es: ¿cómo es posible que un criminal con un largo prontuario se pasee libremente por Riohacha en motocicleta, sin ostentar ejércitos de escoltas ni caravanas de vehículos blindados? ¿Por qué nadie lo delata si saben los hoteles que frecuenta, los casinos en los que apuesta y las parrandas vallenatas a las que asiste?

La respuesta es tan compleja como dolorosa y radica en el abandono crónico del Estado. En territorios donde las autoridades legalmente constituidas son percibidas como ausentes, ineficientes o corruptas, la población local tiende a buscar amparo bajo el manto del actor armado que detente el monopolio de la violencia. Naín ha comprendido a la perfección esta dinámica sociológica y ha adoptado el papel de un “Robin Hood” moderno.

Para las comunidades vulnerables de La Guajira, la autoridad no es el policía de turno ni el alcalde local; la autoridad es el “bendito menor”. Los testimonios recogidos en la región pintan un cuadro surrealista. Se puede ver a alias Naín organizando y distribuyendo mercados y ayudas humanitarias para paliar tragedias o ayudar a migrantes venezolanos en situación de extrema pobreza. Cuando a una fundación cultural local le robaron sus clarinetes y otros instrumentos musicales, no fue la Fiscalía quien resolvió el caso, sino Naín, quien ofreció una recompensa, recuperó los objetos y se los devolvió a los niños.

Su injerencia llega incluso a la regulación de la vida civil. Naín impone órdenes de tránsito estrictas en Riohacha, prohibiendo la circulación de motocicletas sin placas, exigiendo el uso del casco y sancionando a quienes se saltan los semáforos a altas horas de la noche. “Las cosas van a ser a otro nivel”, amenaza a través de mensajes de texto y videos, y sorprendentemente, la gente obedece. La paradoja es evidente: un criminal buscado por las autoridades impone el orden cívico con más eficacia que las instituciones del Estado.

Este comportamiento, sumado a su origen guajiro, sus rasgos afro y el supuesto respaldo o tolerancia de ciertas comunidades indígenas Wayúu, lo ha convertido en un símbolo intocable para muchos. Su figura se percibe como una barrera de contención frente a otros males peores. Las autoridades temen que un intento de captura en público, en medio del jolgorio de una fiesta o en las calles de Riohacha, pueda desatar una revuelta popular, una asonada de dimensiones incalculables. Guardando las proporciones, los analistas trazan un paralelismo inquietante con el “Culiacanazo” en México, cuando la detención de Ovidio Guzmán, hijo del Chapo, provocó que el Cártel de Sinaloa tomara la ciudad y obligara al gobierno a liberarlo. En La Guajira, el tejido social está tan entrelazado con la estructura de Naín, que su caída abrupta podría sumir a la región en el caos absoluto.

El Ultimatúm del Estado y la Guerra Horizontal

Sin embargo, la impunidad de la que goza alias Naín podría tener los días contados. La espectacularización de sus crímenes y su actitud de “influencer”, quemando banderas del Ejército de Liberación Nacional (ELN) en redes sociales y exhibiendo su poder adquisitivo, ha comenzado a incomodar en las altas esferas del poder en Bogotá.

El presidente electo ha recibido presiones significativas para abordar la crisis de seguridad en el norte del país. Figuras mediáticas y polémicas, como el abogado Abelardo de la Espriella, han lanzado amenazas públicas directas contra el líder paramilitar: “Aprovecho tus micrófonos para decirle a Naín que vea a ver para dónde coge el 7 de agosto, porque voy por él. Para que tengan claro que esto no se va a quedar así”. Estas declaraciones presagian un giro en la política de seguridad, insinuando que la luna de miel de los criminales mediáticos en el Caribe podría terminar abruptamente con bombardeos y operativos de saturación militar.

El gran problema operativo del Estado colombiano radica en la priorización de las zonas de conflicto. Históricamente, las miradas y los recursos se han centrado en focos de violencia tradicionales como el Catatumbo, el Cauca, Tumaco o el Bajo Cauca antioqueño. La Sierra Nevada de Santa Marta y el departamento de La Guajira han sido considerados, erróneamente, como teatros de operaciones secundarios. Esta falta de foco ha permitido que grupos como las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada crezcan de manera exponencial, consolidando economías ilícitas que van desde el contrabando tradicional y el narcotráfico a gran escala hasta la minería ilegal y el cobro de extorsiones.

Además, el escenario criminal es profundamente inestable. La Guajira no es solo el terreno de juego de alias Naín. La región sufre lo que los analistas denominan una “guerra horizontal”, un enfrentamiento armado brutal por el control del portafolio criminal y las rutas de exportación hacia el Caribe y Venezuela. El enemigo principal de las ACSN a nivel estructural no son Los JJ, sino el temible Ejército Gaitanista de Colombia (EGC), antes conocido como el Clan del Golfo. Ambas organizaciones, con capacidades militares formidables, libran una guerra fratricida que amenaza con desangrar el macizo montañoso y las zonas costeras.

¿Un Futuro entre la Justicia y la Muerte?

El fenómeno de alias Naín es un síntoma de una enfermedad mucho más profunda que aqueja a Colombia. Nos muestra que el crimen organizado se adapta, muta y utiliza las herramientas del siglo XXI para consolidar su poder. Estos nuevos comandantes son jóvenes que entienden el poder de la imagen, que cambian el camuflado por ropa de marca, que utilizan las redes sociales para infundir terror y que, al mismo tiempo, manipulan las carencias del Estado para comprar la lealtad del pueblo llano.

La advertencia de los sicarios adolescentes es escalofriante: “Pórtense bien, que estamos por todos los rincones de La Guajira”. Es una declaración de soberanía, un reto directo a la Constitución colombiana. El próximo gobierno se enfrenta a una encrucijada crítica. Desmantelar la estructura de alias Naín requerirá mucho más que un operativo militar o de inteligencia artificial satelital; requerirá una transformación territorial genuina.

Se necesita llevar educación, salud, oportunidades económicas y justicia real a una Guajira que se siente olvidada. Si el Estado no ocupa los vacíos que actualmente llena el “bendito menor” con bolsas de comida y castigos sumarios, la captura o muerte de Naín solo servirá para que otro joven ambicioso y sanguinario ocupe su lugar, perpetuando el ciclo de violencia y consolidando aún más la dictadura de estos siniestros influencers del terror. La historia nos ha enseñado que las balas pueden abatir a un hombre, pero no pueden matar a un mito. La única forma de vencer al Robin Hood de La Guajira es asegurándose de que la población no necesite nunca más mendigar justicia y bienestar a un verdugo armado.

 

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *