El Jeffrey Dahmer Mexicano | El Perturbador Caso Caníbal de Atizapán

Un hombre desesperado entra a la casa de un anciano de 72 años buscando a su esposa desaparecida. Lo que encuentra en el sótano no solo destroza su vida para siempre, sino que revela uno de los secretos más oscuros de todo México. Estamos sigue jefe. Sigue. Sigue esfera. Afirma. Es una humana. Es ella. Es mi mujer.

Vámonos para Aquí está su bolso. Es mi espos. Es mi espos. Aquí está. Aquí están sus pásame suotros. El desgarrador fragmento que acabas de escuchar es el de un hombre llamado Bruno y lo que presenció esta tarde de mayo lo haría vivir uno de los mayores infiernos de su vida. Allar el cadá brutalmente descuado de su esposa en un domicilio ubicado en Atizapán de Zaragoza y al igual que ella se encontraron otros 18 cadáveres de mujeres que habían sido reportadas como desaparecidas.

Esta es la verdad detrás de la carne de jabalí. Nadie imaginaría que detrás de una puerta común se escondía uno de los horrores más perturbadores de México. El 14 de mayo de 2021, el sol caía sobre Atizapán de Zaragoza como cualquier otro viernes. Nadie en la colonia Lomas de San Miguel sospechaba que tras la fachada desgastada de la casa número 22 en la calle Margaritas se estaba cerrando el capítulo más oscuro de la criminalística mexicana.

Andrés Mendoza Celis. Un hombre que entonces tenía 72 años caminaba con la calma de quien ha engañado al destino por casi tres décadas. Para sus vecinos era el chino, el gestor social, el hombre que conocía a todos y a quien todos confiaban sus problemas. Pero esa tarde la realidad se fragmentó. Este no es solo el relato de una es el expediente de un hombre que convirtió la carnicería en un arte que registró cada gramo de sus atrocidades en cuadernos escolares y que bajo los pies de sus propios invitados ocultaba un cementerio

clandestino que la ciencia tardaría meses en cuantificar. Las desapariciones de mujeres nunca han sido algo nuevo en México, un país donde se registran cerca de 11 feministos al año, es decir, casi tres al día. Pero como ocurre muchas veces, los casos se acumulaban sin respuestas claras. Mujeres que un día simplemente dejaron de volver a casa, historias que se repetían sin conexión aparente hasta que todo comenzó a cambiar.

Mendoza Celis nació en un pueblo rural en el estado de Oaxaca. Allí, desde joven, aprendió el oficio que definiría tanto su sustento como su método de exterminio. La tauromaquia y la carnicería, el manejo de los cuchillos, la comprensión de la anatomía animal, la resistencia al olor de la sangre y, sobre todo, la capacidad de desar un cuerpo para su aprovechamiento fueron habilidades que integró en su ADN mucho antes de mudarse al Estado de México.

Al llegar a Atizapán, Mendoza Celis construyó una identidad impenetrable. No era el lobo solitario que la televisión suele retratar. Era un animal político. Se involucró en las juntas vecinales, se afilió a partidos políticos para repartir despensas y gestionaba luminarias para las calles. Esta hipersocialización fue su mejor escondite.

Porque seamos sinceros, ¿quién sospecharía del abuelo que te ayuda con un trámite municipal? La psicología de Mendoza Celis se basaba en el control total. Su casa no era solo una vivienda. Era una  extensión de su mente. Construyó un sótano debajo de su cocina, un espacio estrecho, mal iluminado, donde el tiempo se detenía.

Para él, ese lugar representaba el único sitio en el mundo donde él era el soberano absoluto. Allí, las mujeres dejaban de ser  personas para convertirse en producto. En 2019, una joven originaria de Monterrey que trabajaba como repartidora desapareció. Su familia la buscó sin descanso. En el sótano de Andrés se encontró su credencial de elector y sus restos.

Mendoza Celis  confesó haberla abordado en un restaurante antes de llevarla a su fin. Mendoza Celis no cazaba al azar. Sus víctimas solían ser mujeres que conocía en bares, mercados o a través de su labor social. Buscaba perfiles específicos, mujeres que atravesaran crisis económicas o emocionales a quienes pudiera ayudar.

Esta ayuda era el anzuelo. Las invitaba a su casa para entregarles dinero, mercancía o simplemente para charlar. Una vez en el domicilio, la hospitalidad se transformaba en emboscada. Utilizaba su fuerza física y el factor sorpresa para someterlas. El preferida era el cuchillo de carnicero. La precisión era su firma.

Cortes limpios directos a órganos vitales. Lo que diferencia a Mendoza Celis de otros cereales es el uso que daba a los cuos. Aplicaba técnicas de desoyecto profesional, retiraba la piel con un cuidado obsesivo, separaba los músculos de los huesos y, según sus propias declaraciones tras la captura, consumía partes de los cuerpos, a veces cocinándolas con especias y compartiéndolas incluso con vecinos desprevenidos bajo la mentira de que era carne de cerdo o jabalí.

En su domicilio encontraron libretas escolares donde anotaba nombres, fechas y el peso de las partes del Esta necesidad de registro demuestra una personalidad obsesivacompulsiva y una falta total de empatía. Para él cadao era un inventario. El nombre de una mujer sería la clave para destapar todo.

Reina González fue una de las mujeres que, según las investigaciones,  tuvo contacto con Mendoza Celis, el cual durante años pasó desapercibido. Reina tenía 34 años. Era madre de dos hijas y administraba un local de celulares. Mendoza Celis era cliente frecuente y se había ganado la confianza de la familia. El 14 de mayo, ella fue a su casa para ayudarlo a comprar mercancía.

No salió viva. Su parte fue la que finalmente rompió el ciclo de impunidad de 27 años. El trabajo de la Fiscalía General de Justicia del Estado de México fue titánico. En una casa de apenas unos metros cuadrados se hallaron más de 4600 restos óseos. A medida que las excavaciones avanzaban, surgieron nombres de mujeres desaparecidas hace una década o más.

Los peritajes de ADN confirmaron que Mendoza Celis había estado activo desde mediados de los años 90. Esto significa que mientras México cambiaba de siglo, él seguía excavando su sótano para dar cabida a más restos. Bruno Ángel Portillo, esposo de reina y comandante de policía, es el héroe trágico de esta historia. Al ver que su esposa no regresaba y que su última ubicación era la casa de Andrés, no esperó los tiempos burocráticos.

confrontó a Mendoza Celis, quien inicialmente fingió demencia. Bruno no era un civil cualquiera. Como jefe de policía sabía que las primeras horas son la diferencia entre una ficha de búsqueda y una tragedia. Pero esa noche no actuó como oficial, sino como un hombre desesperado. Revisó las últimas conversaciones de su esposa y un nombre saltó a la vista.

El vecino de 72 años al que la familia ayudaba frecuentemente y con quien Reina había quedado de ir al centro para surtir mercancía de su local. Bruno fue a buscarlo. Mendoza Celis, con su habitual calma de anciano frágil, le aseguró que Reina nunca llegó a la cita. Le dijo con esa voz pausada que durante décadas engañó a todo un vecindario.

Pero había algo que no cuadraba. Las cámaras de seguridad de la zona mostraban a Reina entrando a la calle Margaritas, pero nunca saliendo. Al día siguiente, el 15 de mayo, Bruno regresó a la casa número 22. No iba a esperar una orden judicial que tardaría días. Entró por la fuerza. Andrés intentó detenerlo, pero la adrenalina de un esposo buscando a su mujer fue más fuerte.

Bruno recorrió la sala, la cocina y entonces notó algo extraño en el suelo, un acceso a un sótano oculto. Al bajar los escalones, el olor a hierro y humedad lo golpeó de frente. En el centro de una habitación precaria, sobre una mesa de madera que parecía sacada de una pesadilla, estaba lo que quedaba de reina. Andrés Mendoza Celis, el carnicero retirado, no solo la había la había trabajado con la precisión que solo dan décadas de oficio.

En ese sótano, el tiempo se detuvo. Bruno, el policía, tuvo que contener el impulso de justicia por mano propia para esposar al hombre que consideraba un amigo. Pero mientras los refuerzos llegaban y las luces azules y rojas bañaban la fachada de la calle Margaritas, los peritos descubrieron que reina no estaba sola.

Debajo de las tablas del piso, entre las paredes de Adobe y bajo capas de tierra fresca, empezaron a aparecer restos ósecios, cabelleras, identificaciones de mujeres desaparecidas años atrás y algo que heló la sangre de los investigadores. Una colección de videos caseros. Andrés Mendoza Celis no era un asesino de ocasión, era un coleccionista de vidas.

Y el caso de Reina, su último trabajo fue la llave que abrió una fosa común que el Estado de México se negaba a ver. En ese momento, el abuelo de Atizapán se desvaneció y emergió el criminal más prolífico de la era moderna en México. Cuando los peritos de la fiscalía entraron en la recámara de Andrés Mendoza Celis, no encontraron el caos que se esperaría de una mente desquiciada.

Encontraron orden, un orden administrativo que heló la sangre de los investigadores más experimentados. Sobre un mueble, apiladas como si fueran tareas escolares, descansaban varias libretas. Eran cuadernos comunes, de esos que cualquier niño usaría para sus clases de matemáticas.

Pero en su interior, Andrés no guardaba ecuaciones, guardaba inventarios. 14 de mayo. Peso de la pierna derecha 4  kg. Torso 12 kg. Limpieza del área concluida. Andrés Mendoza no solo mataba, él gestionaba la muerte en estas bitácoras. El de Atizapán registraba con caligrafía clara la fecha de cada asesino, el nombre de la vi, si es que se había molestado en preguntarlo, y el peso detallado de cada extremidad y órgano que retiraba.

Para Andrés, el cuerpo humano era producto. Esta deshumanización total es lo que los psiquiatras forenses llaman cosificación, la transición de una persona viva a un simple objeto de estudio y consumo. Pero las libretas eran solo el principio. En un rincón ocultas bajo ropa vieja aparecieron más de 20 cintas de video, formatos VHS y DVD que contenían la prueba definitiva de sus Andrés no se conformaba con el acto físico, necesitaba la inmortalidad del registro.

Al reproducir esas cintas, los investigadores se enfrentaron a escenas que superan cualquier película de horror. Mendoza Celis montaba su propia producción, colocaba la cámara en un trípode y filmaba el proceso de desmo trabajando, explicando sus cortes. Era el director y el verdugo de su propia tragedia. Pero, ¿por qué alguien guardaría pruebas tan incriminatorias durante décadas? La respuesta es el trofeo.

Para un pata con el perfil de Andrés, la gratificación del asesinato no termina cuando el corazón de la víctima deja de latir. El placer se extiende cada vez que vuelve a leer sus notas o vuelve a ver sus videos. Es una forma de revivir el control absoluto que sintió en ese sótano. Además de las grabaciones, se hallaron más de 25 pares de zapatos de mujer, maquillaje, carteras y una colección de identificaciones oficiales.

Cada objeto era una pieza de un rompecabezas que abarcaba casi 30 años. Cada zapato tenía una dueña que alguien en algún lugar de México seguía esperando. La bitácora de Andrés Mendoza Celis fue la hoja de ruta que permitió a la fiscalía entender que no buscaban a una sino a un depredador histórico.

Sin embargo, entre esos nombres y fechas surgió una duda aterradora. ¿Cuántas de esas mujeres fueron servidas en la mesa de sus propios vecinos bajo el engaño de ser carne de monte en la colonia Lomas de San Miguel? Andrés Mendoza Celis era conocido por su generosidad culinaria. No era extraño verlo llegar a las reuniones vecinales o tocar a la puerta de un conocido con un recipiente en la mano decía con una sonrisa, “Es un poco de jabalí que me trajeron de Oaxaca.

” Los vecinos, confiados en la figura del abuelo servicial y en su pasado como carnicero profesional, aceptaban el regalo. Hoy muchos de esos vecinos no pueden cerrar los ojos sin que esa imagen los persiga, porque la confesión que Andrés hizo ante el juez no solo hablaba de muerte, sino de consumo. El canibalismo, en el caso de Atizapán no fue un acto de supervivencia ni un ritual místico.

Fue, según los peritos, la forma definitiva de asimilación. Mendoza Celis confesó haber consumido partes específicas de sus víctimas. seleccionaba los cortes con la frialdad de quien despacha en una carnicería de mercado. Pero el horror escaló cuando admitió que no siempre comía solo. Se sabe que ofrecía carne enchilada o guizos a las personas de su entorno.

Las autoridades investigaron durante semanas la posibilidad de que las hubiera alimentado a toda una comunidad con los restos de las mujeres que él mismo había casado. La duda quedó sembrada como un veneno. En Atizapán la confianza tenía un sabor metálico. La reacción de la comunidad fue un choque de incredulidad y apto. Aquellos que compartieron el pan con él, los que le permitieron cargar a sus hijos o los que lo apoyaron en sus campañas políticas se enfrentaron a una realidad insoportable.

Ese es el poder del cicop de grado, la capacidad de esconder la monstruosidad bajo la banalidad de lo cotidiano. Andrés no vivía en una mansión gótica ni en un bosque alejado. Vivía en una casa con fachada descuidada, rodeado de gente que lo consideraba un pilar de la colonia. El vecindario se convirtió en un sitio de duelo colectivo, pero también de sospecha.

La respuesta estaba en el sótano. Andrés había sellado su centro de operaciones con capas de concreto y cal para neutralizar los olores. Mientras los vecinos cenaban a pocos metros de distancia, bajo sus pies se acumulaban décadas de una historia que México aún no termina de procesar. La fiscalía no solo buscaba huesos, buscaba entender hasta dónde llegó la percusión de la y lo que encontraron en la cocina entre especias y refrigeradores.

Confirmó que para este hombre el ciclo del solo terminaba cuando la desaparecía por completo, incluso en el sentido más literal y biológico de la palabra. Las 19 mujeres. Ya se ha dicho todo sobre eso. La prensa, la policía, los peritos, todos tienen una versión. La mía no va a cambiar nada. La gente quiere respuestas simples para cosas que no las tienen.

Al final, cada quien se queda con la explicación que más le convence. Andrés Mendoza Celis no fue un acusado difícil en términos de confesión. Con una frialdad que elaba la sangre de los presentes, detalló cómo elegía a sus víctimas y por qué lo hacía. La justicia mexicana, ante la imposibilidad de juzgar todos los casos al mismo tiempo, fue dictando sentencias en bloques.

Prisión vitalicia por el de Reina González. 92 años de prisión por otro caso plenamente identificado. Más de ocho sentencias adicionales de 55 años cada una. Matemáticamente, Mendoza Celis nunca saldrá vivo de prisión. No busquen culpa en mis ojos, solo hallarán registro. 30 años bajo sus pies, cortando, pesando y archivando lo que me pertenecía.

Comieron de mi mano y me llamaron vecinos. No me arrepiento. Ellas no han muerto. Son parte de mi casa, de mi mesa y de mi propia carne. Actualmente, Andrés se encuentra en el penal de Tenango del Valle. Es un reo de alta peligrosidad, no por su capacidad de fuga, sino por su perfil. Vive en un área segregada.

Otros internos representan una amenaza para él, ya que en el código no escrito de las prisiones, los agresores de mujeres y niños ocupan el escalafón más bajo y suelen ser blanco de ataques. A sus 75 años, su salud es estable, pero vigilada. Pasa sus días en una celda, lejos de los cuchillos que alguna vez fueron su extensión, pero rodeado de los fantasmas que él mismo creó en el sótano de Atizapán.

El caso de Andrés Mendoza Celis es una advertencia dolorosa. Nos obliga a preguntarnos cuántas más han quedado invisibles en un sistema que no siempre las escucha. Este video no solo es un recuento del horror, es un llamado a no normalizar la violencia, a no dejar que el mal se esconda detrás de la rutina o de las apariencias.

Que la memoria de las víctimas como reina no se diluya en el olvido, sino que nos empuje a construir una sociedad donde la justicia y la dignidad no se queden atrapadas en un sótano, sino que salgan a la luz.

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