Para millones de personas en todo el mundo, los ángeles de Victoria’s Secret representaban el pináculo absoluto de la belleza, la elegancia y la perfección física. Verlas caminar por la pasarela con alas majestuosas y prendas incrustadas en diamantes era un evento cultural que paralizaba las pantallas. Sin embargo, detrás de los destellos, el brillo y las sonrisas ensayadas, se escondía una realidad profundamente oscura. El colapso de la marca de lencería más famosa del mundo no fue un accidente, sino la consecuencia de una combinación tóxica: estándares físicos inhumanos, líderes corporativos inamovibles ante el cambio social y, sobre todo, un vínculo siniestro con uno de los criminales más infames de nuestra era, Jeffrey Epstein.

La historia de este imperio comenzó de una manera mucho más inocente, aunque marcada por un fuerte contraste de destinos. En la década de los setenta, un hombre de California llamado Roy Raymond quiso comprarle lencería a su esposa. Al visitar las tiendas departamentales de la época, se encontró con pasillos desordenados y ropa interior básica que carecía de cualquier tipo de atractivo. Las opciones más atrevidas solo se encontraban en tiendas de dudosas reputaciones que rozaban la vulgaridad. Raymond vio una oportunidad dorada: crear una boutique de lencería que fuera elegante, íntima y con un aura de sofisticación europea. Así nació Victoria’s Secret, un nombre que evocaba la respetabilidad de la época victoriana combinada con la intimidad de un secreto.
El concepto fue revolucionario. Las tiendas parecían habitaciones de lujo, con alfombras finas y paredes adornadas. Sin embargo, mantener esa imagen de exclusividad era costoso. Raymond gastaba más de lo que ingresaba y, al borde de la quiebra, se cruzó con Leslie Wexner, un pionero del “fast fashion” que ya había amasado una fortuna copiando tendencias rápidamente y produciéndolas a bajo costo. Wexner compró Victoria’s Secret por apenas un millón de dólares. Su visión fue radical: reemplazó la lencería cara por piezas económicas fabricadas en Asia, pero mantuvo el empaque y la decoración lujosa. El éxito fue arrollador. Wexner multiplicó las tiendas y los ingresos por todo el país, transformándose en un titán de la industria. Lamentablemente, mientras Wexner nadaba en millones, el fundador original, Roy Raymond, enfrentó una serie de fracasos empresariales y deudas asfixiantes. Su desesperación fue tanta que terminó saltando del puente Golden Gate, un desenlace trágico que la marca prefirió mantener en la sombra.
Con Wexner al mando, Victoria’s Secret dejó de apelar al recato y, bajo la dirección de la ejecutiva Cindy Fedus Fields, el famoso catálogo de la marca dio un giro hacia la sensualidad explosiva. Tomaron notas de revistas masculinas como Playboy, pero las mezclaron con la estética aspiracional de marcas como Ralph Lauren. El resultado fue una fantasía envolvente que no solo compraban las mujeres para sentirse deseadas, sino que los hombres coleccionaban. Esta hipersexualización de la marca alcanzó su punto máximo cuando introdujeron su evento anual televisado y campañas millonarias, como aquel anuncio en el Super Bowl de 1999 que atrajo a más de dos millones de personas a su incipiente sitio web, colapsando los servidores.
Pero mientras Victoria’s Secret se consolidaba como la marca que definía la belleza mundial, Leslie Wexner introdujo en su círculo íntimo a un hombre que cambiaría la historia para siempre: Jeffrey Epstein. A pesar de su dudoso historial financiero, Epstein proyectaba una seguridad magnética que embrujó a Wexner. Le otorgó el control total de sus finanzas mediante un poder notarial, le compró la mansión más grande de Manhattan y le facilitó un avión privado. Wexner, en esencia, le entregó las llaves de su reino y lo introdujo a las élites mundiales.
El nombre de Victoria’s Secret se convirtió en el arma perfecta para Epstein. Operando bajo el falso título de “reclutador de modelos”, Epstein y sus cómplices atraían a jóvenes vulnerables que soñaban con aparecer en los catálogos de la marca. Se les prometía fama y contactos a cambio de asistir a supuestas entrevistas privadas en la mansión de Manhattan. La realidad era que esas reuniones eran trampas atroces donde las jóvenes eran presionadas y sometidas a abusos. Epstein incluso expandió esta red para ofrecer favores a otros hombres de poder. La gran pregunta siempre fue: ¿Cuánto sabía Leslie Wexner? Los registros muestran que en 1996, la pintora Maria Farmer denunció a Epstein por agresión en una propiedad en Ohio. Esa propiedad pertenecía a Wexner. El equipo de seguridad y el propio Wexner fueron notificados, pero la denuncia misteriosamente no prosperó, y la relación entre el magnate y Epstein continuó como si nada hubiera ocurrido.
Mientras la oscuridad crecía en las altas esferas corporativas, en la pasarela las cosas no eran menos perturbadoras. A las modelos, veneradas globalmente como “ángeles”, se les exigía un estándar físico brutal e insostenible. Las directrices internas estipulaban que las mujeres debían mantener un ínfimo 14% de grasa corporal, un porcentaje más propio de atletas de élite en competición que de un cuerpo femenino saludable.
Las historias que surgieron cuando se rompió el pacto de silencio son escalofriantes. Adriana Lima, una de las figuras más icónicas, admitió que semanas antes del desfile se alimentaba exclusivamente de batidos de proteína y pasaba las 12 horas previas al show sin tomar una sola gota de agua para que su piel se adhiriera más al músculo. Erin Heatherton relató cómo, a pesar de entrenar dos veces al día y comer a la perfección, los ejecutivos la presionaban para perder más peso, sugiriéndole que simplemente “dejara de comer”. Desesperada por mantener su trabajo, Heatherton recurrió a pastillas derivadas de anfetaminas e inyecciones hormonales, desarrollando anorexia y una severa depresión. Bridget Malcolm, otra exmodelo de la marca, contó que llegó a ayunar durante cinco días consecutivos, desmayándose por la debilidad extrema, y aun así fue despedida porque sus caderas habían aumentado media pulgada. Victoria’s Secret estaba vendiendo felicidad y perfección, pero sus protagonistas vivían en un estado constante de inanición, culpa y sufrimiento psicológico.
La burbuja de perfección inalcanzable tenía fecha de caducidad. Entrando en la década de los 2010, el mundo comenzó a cambiar. El movimiento de positividad corporal (Body Positive) tomó fuerza. Las mujeres comenzaron a exigir ver representados sus cuerpos reales, diferentes tonos de piel, celulitis y tallas que reflejaran la diversidad humana. Marcas como Savage X Fenty de Rihanna irrumpieron en el mercado celebrando la diversidad de formas descarada y exitosa. Sin embargo, Victoria’s Secret se atrincheró en el pasado.
Ed Razek, el ejecutivo de confianza de Wexner y principal arquitecto del desfile, se negó rotundamente a evolucionar. En una desastrosa entrevista, Razek declaró que las mujeres de tallas grandes o las modelos transgénero no tenían lugar en las pasarelas de Victoria’s Secret porque la marca “vendía una fantasía” y esas mujeres no encajaban en ella. El comentario desató la furia internacional. La desconexión con el público era total. A esto se sumaron testimonios inquietantes de empleadas y modelos que acusaron a Razek de conducta inapropiada, tocamientos no consensuados y comentarios denigrantes sobre sus cuerpos, incluyendo un infame incidente con Bella Hadid.
El golpe de gracia llegó con el arresto definitivo de Jeffrey Epstein y el escrutinio global sobre sus cómplices. Leslie Wexner se vio acorralado. Aunque intentó limpiar su nombre afirmando que él también había sido engañado, las pruebas de su contacto prolongado con Epstein demostraban lo contrario. Ante la presión mediática insostenible y ventas en caída libre, el legendario desfile fue cancelado. Wexner, a sus 82 años, tuvo que dar un paso al costado de la empresa que había construido.
Hoy, Victoria’s Secret intenta desesperadamente reinventarse. Han rediseñado su junta directiva para darle poder a las mujeres, han iluminado sus tiendas dejando atrás la estética de “boudoir” oscuro, y han lanzado el “VS Collective”, asociándose con atletas, activistas y figuras transgénero. Incluso intentaron revivir su desfile con un enfoque más diverso e inclusivo. Sin embargo, los números de audiencia están muy lejos de sus años de gloria. Para muchos consumidores, el cambio se siente forzado y llega demasiado tarde.

Al final del día, la verdadera lección que deja el declive de Victoria’s Secret no trata solo de ropa interior. Trata del peligro de lucrar con las inseguridades humanas. Durante décadas, la marca nos vendió una versión “mejorada” de nosotros mismos, convenciéndonos de que la belleza absoluta tenía medidas exactas y alas de utilería. Pero cuando descubrimos que esa misma belleza requería dejar de comer, y que ese paraíso estaba financiado por hombres que explotaban a los más vulnerables, la fantasía se rompió para siempre. Ningún rediseño corporativo puede borrar el hecho de que el estándar de perfección que el mundo admiró durante tanto tiempo, en realidad, nunca fue real.