¡El padre rompió el silencio y afirmó que la muerte de sus hijos fue por venganza! a
El crimen que colmocionó a Grecia hasta sus cimientos no tardó en convertirse en el asesinato del siglo. Si no hubiera sido por una cadena de coincidencias tan trágicas como improbables, quizás nunca se habría resuelto. Esta es la historia de Rouis Pirigu. Nacida en 1989 en la ciudad de Patras, cuya vida aparentemente ordinaria ocultaba un abismo de oscuridad.
Raula creció junto a su hermana menor Dimitra, quien le llevaba 8 años y durante gran parte de su infancia y adolescencia ambas estuvieron al cuidado de sus abuelos. Quienes la conocían la describían como una niña rebelde de temperamento fuerte y difícil de domar. Con el tiempo, Raula decidió estudiar enfermería, completando su formación académica, aunque curiosamente jamás ejerció la profesión.
En cambio, prefirió saltar de un empleo a otro explorando distintos oficios sin encontrar nunca su verdadera vocación. Sin embargo, había una pasión que sí la definía. El fútbol fue precisamente en ese ámbito, mientras trabajaba como árbitro, donde conoció a quién sería su futuro esposo, Manos Dascalaquis.
En ese entonces él era portero y ella quedó inmediatamente cautivada por su presencia. Manos tenía apenas 19 años, mientras que Raula ya había cumplido 22. La relación avanzó rápido y pronto ella quedó embarazada, lo que los llevó a tomar la decisión de casarse. No obstante, la familia de manos no veía con buenos ojos esa unión.
Les inquietaba no solo la conducta errática de Raula, sino también a diferencia de edad. Ella era 3 años mayor que su hijo, pero Manos no se dio ante la presión familiar y en 2012 celebraron la boda. Ese mismo año nació su primera hija, a quien llamaron Georgina. La niña heredó el amor de su madre por el deporte y Roula llevaba con frecuencia a los entrenamientos.
La llegada de una segunda bebé, Malena, en 2015 pareció completar la postal de una familia feliz, pero tras las puertas cerradas del hogar, la realidad era muy distinta. Las discusiones se volvieron constantes y Roua, sumida en una profunda depresión, intentó quitarse la vida en dos ocasiones, aunque ambas veces sin éxito.
La calma tensa que precedía a la tormenta estalló el 13 de abril de 2019, cuando Malena, de solo 3 años y medio, falleció de manera inesperada. La niña había sido hospitalizada con síntomas de una rara enfermedad que, según los médicos, era una forma tratable de leucemia. Malena parecía haber superado la peor parte y los especialistas eran optimistas. pronto recibiría el alta.
Ese sábado, Raúla permanecía con su hija en la habitación del hospital. La pequeña se encontraba de buen ánimo, incluso había comido carne asada que sus padres le llevaron. Todo transcurría con normalidad hasta que Manos abandonó la sala. A partir de ese momento, la escena cambió drásticamente. Según el testimonio de Roua, ella y Malena se quedaron dormidas después de que él se fuera.
Una enfermera las despertó una hora más tarde para administrarle un medicamento estomacal a la niña, pero apenas 10 minutos después, a las 4:40 de la tarde, la pequeña comenzó a temblar, a emitir sonidos extraños y a sufrir lo que parecía una convulsión. Roula intentó auxiliarla llamando su nombre una y otra vez, pero al no ver resultados salió corriendo en busca del personal médico.
El equipo intentó reanimarla, pero ya era demasiado tarde. El dictamen forense estableció que la causa del deceso fue una insuficiencia hepática aguda acompañada de edema pulmonar. La pérdida de Malena golpeó con dureza a la pareja, pero paradójicamente el dolor los unió. Su matrimonio se fortaleció, al menos en apariencia, y en 2021 llegó al mundo una tercera hija, a quien bautizaron como iris.
La alegría, sin embargo, fue efímera. Apenas se meses después, en marzo de ese mismo año, la bebé fue hallada sin vida en su cuna, en la misma habitación que compartía con su hermana Georgina. El informe médico apuntó a una causa poco común en niños, a genesia del nódulo sinusal, una degeneración de las células cardíacas que provoca un paro repentino, una afección más habitual en personas de la tercera edad.
Los galenos sospecharon entonces que se trataba de una patología congénita. Esa noche, la hermana de Roua, Dimitra, se había quedado a dormir en la casa. Según el relato de la madre, la pequeña se despertó alrededor de las 7:30 de la mañana, recibió su chupeta y volvió a dormirse. No fue sino hasta las 11 de la mañana cuando Roula entró a la habitación para despertarla y se encontró con la peor escena imaginable.
Iris no respondía. En medio del pánico, llamó a manos pidiéndole que acudiera de inmediato. Mientras tanto, intentó reanimarla con respiración boca a boca, pero tras varios intentos fallidos, finalmente contactó a los servicios de emergencia. Cuando los paramédicos llegaron una hora más tarde, el cuerpo de la bebé ya estaba frío y rígido.
La demora en pedir auxilio comenzó a generar interrogantes. ¿Por qué una madre no llama a una ambulancia de inmediato? Roula justificó su actuar argumentando que el pánico la desbordó y que no fue sino hasta pasado un largo rato que reaccionó. La familia quedó entonces con una sola hija, Georgina, la mayor.
Pero el vínculo entre los esposos, ya deteriorado por la muerte de Iris, se quebró definitivamente. El ambiente en el hogar era cada vez más hostil y el divorcio comenzaba a asomarse en el horizonte. Georgina, por su parte, arrastraba sus propios problemas de salud. 15 días después del fallecimiento de su hermana menor, la niña fue ingresada de urgencia tras sufrir convulsiones.
Los médicos lograron estabilizarla después de 40 minutos de intensas maniobras de reanimación. El diagnóstico fue insuficiencia cardíaca, lo que derivó en la implantación de un desfibrilador y un marcapasos. A partir de entonces, Georgina fue sometida a constantes revisiones médicas e ingresó al hospital en varias ocasiones más por episodios de encefalopatía de origen desconocido.
Las crisis epilépticas continuaban sin que los especialistas pudieran determinar su causa exacta. Se realizaron estudios neurológicos profundos y se tomó la decisión de trasladarla a otro centro médico para una evaluación más exhaustiva, pero ese traslado nunca se concretó. El 29 de enero de 2022, Georgina, de 9 años falleció.
Su muerte fue la más desconcertante de todas, ya que la menor no presentaba ningún síntoma grave que hiciera presagiar un desenlace fatal mientras el equipo médico luchaba por salvar su vida. La madre Raou Pispirigu pronunció una frase que heló la sangre de los presentes. Ya se fue. Déjenla. No tiene sentido seguir. Yoina no va a regresar.
Ha sufrido bastante. Es mejor que descanse. Lo más perturbador fue su actitud. No había lágrimas, no había desesperación. Su aparente frialdad dejó perplejos a todos los que estaban en la sala. Horas después publicó en sus redes sociales un mensaje que decía, “Te di la vida, pero estoy enojada contigo porque dejaste mis brazos vacíos.
Eras mi razón para sonreír, mi razón para seguir adelante. Luchaste hasta el final, reías, nos mirabas sin poder hablar y en nuestros ojos encontrabas apoyo. Adiós, mi pequeña. Que tengas un buen reencuentro con tus hermanas. Para mí nunca te fuiste y jamás te irás. Las quiero a las tres.” Además de sus publicaciones, Raula se había tatuado en nombre de sus hijas.
El primero lo hizo tras el nacimiento de la mayor, pero los otros dos los llevó en su piel después de que las niñas murieran. Tres muertes en menos de tres años. Tres niñas que, según los dictámenes iniciales, no tenían por qué haber fallecido. Y en todos los casos, los médicos se mostraron optimistas sobre su evolución antes del fatídico desenlace.
La coincidencia era demasiado abrumadora como para ignorarla. Comenzaron a circular todo tipo de especulaciones. Algunos vecinos y conocidos susurraban que la familia Pispiriu estaba [ __ ] que fuerzas sobrenaturales estaban detrás de esas tragedias, pero los profesionales de la salud no podían aceptar una explicación tan vaga.
Algo no encajaba y la inquietud los llevó a elevar sus sospechas a las autoridades judiciales. La policía decidió abrir una investigación exhaustiva. Los investigadores se centraron en el caso de Georgina, ya que contaban con la evidencia necesaria y el cuerpo aún podía ser sometido a pruebas más profundas.
Interrogaron a unos 20 médicos que habían tratado a la niña en cinco hospitales distintos ubicados en Atenas y Patras. Y entonces surgieron las primeras contradicciones. Los galenos afirmaban que la niña presentaba síntomas extraños. Aunque en un primer momento se pensó en un problema cardíaco, los estudios descartaron esa posibilidad.
Sin embargo, la madre insistía en que Georgina sufría convulsiones y trastornos neurológicos, pero las pruebas no arrojaban ninguna hallazgua anormal. En ese sentido, los diagnósticos oficiales apuntaban a un cuadro de gastroenteritis y a problemas emocionales derivados del trauma por la muerte de sus hermanas. La niña fue dada de alta en varias ocasiones, pero siempre regresaba con nuevos episodios.
La comunidad médica estaba desconcertada y planeaban trasladarla a una institución con mayores recursos para realizar un estudio más detallado. Nunca llegaron a hacerlo. Las enfermeras que la atendían también declararon. Coincidieron en que la niña parecía estable y que no había señales de alarma.
Sin embargo, poco antes de morir, Georgina les dijo que sentía como si tuviera una bomba en el estómago a punto de explotar. La menor vivía atormentada por la muerte de sus hermanas y temía que a ella también le ocurriera lo mismo. Mientras tanto, Ra y Manos aparecían en entrevistas televisivas, mostrando una fachada de unidad y negando cualquier responsabilidad.
En sus declaraciones, ambos repetían la misma palabra como un mantra. Repentinamente. Sus hijas habían muerto de forma repentina, inexplicable, sin aviso. De repente, mientras dormía, intentó respirar y no pudo. Dijo Roula sobre Malena. Los análisis toxicológicos no mostraron nada, afirmó mano sobre Iris.
Los médicos dijeron que no tenía problemas del corazón, declaró él refiriéndose a Georgina. Pero la investigación seguía su curso y los investigadores notaron un patrón inquietante. Roula estaba presente en el momento exacto de la muerte de cada una de sus tres hijas. Cuando se le confrontó, ella se defendió con dureza. Soy su madre.
¿Qué esperan? Siempre estoy con ellas. No digan tonterías. Por su parte, Manos cargaba toda la culpa contra el sistema de salud, preguntándose cómo era posible que una niña con todos los análisis en regla pudiera fallecer sin motivo aparente. Los primeros exámenes toxicológicos no encontraron sustancias tóxicas, pero estos se limitaban a los compuestos más comunes, así que se ordenaron pruebas especializadas mucho más minuciosas.
Estas nuevas pruebas revelaron la primera pieza clave del rompecabezas. En el organismo de georgina se encontró una concentración de ketamina seis veces superior a la dosis empleada en anestesia. Se trata de un fármaco de uso restringido, imposible de adquirir en una farmacia convencional y difícil de administrar por accidente.
Los médicos aseguraron que no se lo habían resetado ni inyectado durante su estancia hospitalaria. Lo más alarmante era que la sustancia había sido suministrada aproximadamente 20 minutos antes de su muerte. ¿Quién pudo haberlo hecho? El personal sanitario había visitado a Yorgina por última vez una hora antes de su colapso.
Solo una persona estaba en la habitación en el momento crítico, su madre. El 20 de junio de 2022, los cuerpos de Malena e Iris fueron exhumados. Aunque no se encontró que en ellas, los forenses determinaron que ambas habían muerto por asfixia, es decir, fueron asesinadas. Además, en la escena de la muerte de Iris se había hallado un pañuelo manchado de sangre que fue incautado por la policía.
Rula rogó insistentemente que se lo devolvieran, pero su solicitud fue denegada. El 30 de marzo de 2022, una comitiva policial llegó a la casa de Roula en Patras, donde se encontraba con su hermana. La detuvieron en el acto. Contaba con conocimientos médicos para acceder a la quetamina y sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
Además, los investigadores descubrieron que años atrás había asistido a seminarios de criminología. Dimitra, su hermana, se negaba a aceptar la verdad. declaró que no podía creer que Raoua fuera capaz de dañar a sus propias hijas y pidió que si existía un responsable este pagara por su crimen. También aseguró que durante la noche en que murió Iris no escuchó ni vio nada sospechoso.
Sin embargo, otras personas que conocían a Roula describían como una mujer fría, distante y carente de empatía, alguien que perfectamente podría haber cometido semejante atrocidad. En la libreta de Georgina, los investigadores encontraron una anotación escalofiante que decía, “Mamá, eres mala.” Incluso los vecinos declararon que habían visto a Roula golpear brutalmente a su hija mayor cuando era un bebé y habían reportado los hechos a las autoridades.
Los servicios sociales mantenían un seguimiento de la familia y realizaban visitas periódicas. En el teléfono de Roula se halló un mensaje enviado la víspera de la muerte de Georgina que decía: “Verán lo que pasa mañana.” Esa fue una de las pruebas más contundentes en su contra. Cuando Manu supo todas las evidencias, quedó devastado.
No le quedó duda de que su esposa era la asesina y solicitó el divorcio. No podía comprender su motivación. Manos reveló que Raula estaba embarazada en el momento de la muerte de Georgina, pero él sospechaba que el hijo no era suyo, ya que hacía tiempo que no mantenían relaciones. Tras el fallecimiento de la niña, Raúla interrumpió el embarazo de inmediato.
Manos creía que ella había tenido una aventura con otro hombre para hacerlo sentir celos. Incluso dudaba de que Malena e Iris fueran hijas biológicas suyas. Al conocer la petición de divorcio, Raúl perdió el control. Le escribió a una amiga diciéndole que quería hacer un hechizo para que su marido no la abandonara. Estaba desesperada y fuera de sí.
Dos semanas antes de la muerte de Georgina, Manos ya le había planteado la separación y Roula había acudido a videntes para intentar retenerlo, pero todo fue en vano. En un principio, los peritos barajaron la posibilidad de que Raúla sufriera el síndrome de Munchausen por poderes, una condición en la que los cuidadores provocan enfermedades en sus hijos para llamar la atención médica, pero la hipótesis no prosperó.
Luego se supo que Manos tenía una amante. Rou la sabía de la infidelidad y de sus intenciones de divorcio. Su obsesión por retenerlo a toda costa podría haberla llevado a cometer los crímenes. Tal vez buscaba que el dolor las uniera, como ocurrió tras la muerte de Malena, o quizás quería vengarse. Su hermana, sin embargo, insiste en que Raula no era así y que fue ella quien le aconsejó divorciarse de manos por la situación insostenible, pero Roula se negaba por el bien de los niños.
Un psiquiatra que evaluó a Roula concluyó que toda su vida giraba en torno a su marido. Estaba obsesionada con él. Era extremadamente celosa y veía a sus hijas como una extensión de sí misma, sin comprender sus necesidades como individuos. La indignación popular fue inmediata. Una multitud de unas 500 personas se congregó frente a la casa de Raula tras su arresto, clamando por su muerte.
En el interior se encontraban su madre, su hermana y otros parientes. Las paredes del edificio aparecieron llenas de grafitis con insultos y amenazas. Incluso apareció un mensaje críptico escrito en una gaza. Debí dejarte morir. Perdonen, almas afines. No sabía que había salvado a una asesina. Lo siento, lo siento, no puedo creerlo.
Hasta el día de hoy no se ha logrado identificar al autor de esa nota, aunque se cree que la letra es de una mujer. El proceso judicial sigue abierto. Roua Pispirú permanece en prisión preventiva, recluida en una celda VIP individual con todas las comodidades y bajo estricta vigilancia para evitar que intente atentar contra su propia vida.
Las autoridades temen que pueda quitarse la vida. Se le imputan tres cargos de asesinato. Ella mantiene su inocencia y se presenta como una víctima que ha perdido a sus hijas, a su esposo y su libertad. Está convencida de que se trata de un error y de que será absuelta y que al salir podrá reconciliarse con manos con quien todavía no acepta la ruptura.
Su expareja, en cambio, ha cortado todo lazo con ella. Actualmente tiene una nueva relación y planea casarse y formar una nueva familia. Este caso continúa desarrollándose y promete seguir dando de qué hablar. La verdad detrás de estas muertes sigue siendo motivo de debate, pero las evidencias apuntan en una dirección terrible. Sin duda, este es uno de esos crímenes que permanecerán en la memoria colectiva de Grecia por mucho tiempo.
La historia de una madre que, según la acusación, orquestó la muerte de sus tres hijas es un recordatorio escalofriante de que el mal puede esconderse en los lugares más insospechados.