El Tigre de Televisa: Hizo Algo Imperdonable y Destruyó a Su Propia Familia

El Tigre de Televisa: Hizo Algo Imperdonable y Destruyó a Su Propia Familia

No eres Dios. Esas dos palabras supuestamente  las escribió una chica de 19 años en una nota antes de morir. La nota iba dirigida a su padre. Su padre era Emilio Azcárraga Milmo, el tigre, el dueño de Televisa, el hombre que durante 60 años decidió lo que México entero veía en televisión. El hombre que cenaba con presidentes destruía carreras con una llamada telefónica  y acumuló miles de millones de dólares.

 Y cuando su hija murió, hizo lo que mejor sabía hacer, controlar la narrativa. Le dijo al mundo que fue un ataque de asma. No fue asma. Y eso fue solo el principio, porque después de Paulina vino algo peor y después de eso algo peor todavía. un nieto de 11 años muerto por las hélices de un yate, mientras su padre  estaba ebrio al timón, un heredero que perdió el trono por millones de dólares en sobornos a la FIFA y una hermana que se negó a despedirlo mientras agonizaba de cáncer, 17 años sin perdonarlo.

Se llevó el rencor a la tumba. Todo eso le pasó a una sola familia, los Azcárraga. Y ninguna de estas tragedias fue  un accidente. Hay un patrón, una maldición que pasa de padre a hijo, de generación en generación. Hoy te voy a  contar esa maldición completa. Te voy a mostrar las cuatro tragedias que la familia intentó esconder y te voy a avisar cuando  llegue cada una.

Pero para entender la maldición, necesitas conocer a la mujer que la desató. Se llamaba Gina. María  Regina Sondube, Almada. Gina, para todos los que la conocieron, era 1952. Emilio Azcárraga. Milmo, tenía 22 años. Era el heredero del imperio mediático más grande de Latinoamérica o tenía dinero, poder y un padre que lo llamaba el príncipe idiota  frente a todos los empleados de la empresa.

 Pero cuando conoció a Gina, nada de eso importó. Se casaron ese mismo año.  La boda íntima, elegante, llena de esperanza. Salieron de luna de miel, un viaje largo por Estados Unidos y Europa. Todo parecía perfecto hasta que dejó de serlo. Durante el viaje, Gina empezó a sufrir fuertes dolores de cabeza. Dolores que no cedían, dolores que empeoraban cada día.

 Le descubrieron un tumor cerebral. A los pocos meses  de casada, Gina quedó embarazada, pero su cuerpo ya no resistía. El tumor le estaba ganando. Dio a luz de forma prematura. La bebé murió a las pocas horas de nacer y Gina fue trasladada en avión a un hospital en Nueva York. No se recuperó. Gina murió a los pocos meses de haberse casado.

 Recién casada, recién mamá, recién empezando una vida que nunca pudo vivir. En cuestión de meses había perdido a su esposa y a su hija recién nacida. ¿Te imaginas lo que eso le hace? Perder a la mujer que amas y  a tu primera hija antes de cumplir un año de casado. Ese fue el primer golpe. El golpe que definió todo lo que vino después.

 Porque según las personas más cercanas a la familia,  Emilio nunca se recuperó de la muerte de Gina. Fue el amor de su vida, el único amor que no pudo controlar, ni destruir, ni reemplazar. Y en su lecho de muerte, 45 años después, sus últimos pensamientos fueron para ella. Recuerda eso. Volveremos a Gina al final. Después de la muerte de Gina, el viejo Azcárraga, el fundador  del imperio, tomó una decisión.

iba a elegir con quién se casaba su hijo. 1959, París, Iglesia de Santo  Noré de Ilau. Emilio Azcárraga. Milmo, el heredero de Televisa,  se casa con una mujer a la que apenas conoce. Se llama Pamela de Surmont. es francesa, es de familia aristocrática y fue elegida  por su padre, no por amor, por conveniencia.

El viejo Azcárraga había decidido que su hijo no se casaría con  Silvia Pinal, la actriz, la mujer de la que Emilio estaba perdidamente enamorado. Silvia  Pinal era la estrella más grande del cine mexicano. Hermosa, talentosa, independiente.  Había trabajado con Luis Buñuel, había conquistado al público de todo un país.

Pero para el viejo Azcárraga, Silvia tenía tres defectos imperdonables. Era actriz, era divorciada y tenía  una hija, Silvia Pasquel, en el mundo de los Azcárraga, donde el apellido era sagrado y las apariencias lo eran todo, una actriz divorciada con una hija  no era digna del heredero del imperio más grande de la televisión.

El  padre de Emilio no la soportaba. La propia Silvia lo contó  años después. Don Emilio no me volteaba a ver cuando me lo  encontraba en los pasillos de Televicentro. Ni siquiera la miraba como si no existiera. El romance entre Emilio y Silvia duró poco más de 4 años. 4 años de amor prohibido, de encuentros a escondidas, de canciones cantadas juntos en fiestas privadas donde solo estaban sus amigos más cercanos.

Silvia siempre dijo que el tigre fue el amor de su vida, el primer hombre que creyó en ella como algo más que un símbolo, el primero que la trató con respeto. Pero el padre cortó la relación de raíz. En 1958, el viejo Azcárraga le dio un ultimátum a su hijo. O dejaba a Silvia o perdía todo.

 El imperio, la herencia, el apellido. ¿Qué habrías elegido tú? ¿El amor o el poder? ¿La mujer que te hace sentir vivo o el apellido que te da todo lo demás? Emilio eligió el apellido y el padre hizo lo que siempre hacía. decidió por todos, organizó el encuentro, arregló la boda y Emilio obedeció. Se casó en el hotel Rich de París con una recepción para pocos invitados, con una mujer que no amaba y con el corazón roto por otra.

1952,  un joven enamorado llorando sobre el ataúd de Gina. 1959. Ese mismo  hombre con los ojos vacíos firmando un acta de matrimonio con una desconocida en París. 7 años de un amor  real a un contrato. Quizá tú también conoces esa sensación. Hacer lo que otros esperan de ti, aunque  por dentro estés gritando que no.

callar lo que sientes porque alguien decidió que no era correcto. Emilio cayó y de ese silencio nacieron tres hijas, Paulina, Alexandra, Ariane, tres niñas francesas criadas entre dos mundos, el  de su madre aristocrática en Europa y el de su padre ausente en México. Porque el matrimonio no duró, las infidelidades de Emilio lo destruyeron.

 Pamela descubrió que su esposo ya tenía otra mujer antes de que el matrimonio terminara oficialmente. Nadine Jan, otra francesa, otra rubia, se divorciaron y las niñas se quedaron con su madre en Europa, lejos de México, lejos de Televisa,  lejos de su padre, pero cerca de algo mucho más peligroso, la soledad.

 Paulina Azcárraga de Surmont, la hija del tigre, la chica de la nota, creció en Francia. Era la mayor de las tres hermanas, una joven sensible, intensa, con una necesidad desesperada de ser amada. Su padre la llamaba Paola, pero no la  llamaba seguido, de Emilio Azcárraga. Milmo estaba demasiado ocupado construyendo su imperio.

  En los años 60 y 70, Televisa se estaba convirtiendo  en el monopolio televisivo más grande de América Latina. El tigre estaba en guerra constante contra la competencia, contra los sindicatos, contra cualquiera que cuestionara su poder. En medio de esa guerra había tres niñas en Francia esperando una llamada que casi nunca llegaba.

 Paulina era la mayor, la que más sentía la ausencia, la que más necesitaba al padre que no estaba. Cuando Emilio visitaba Europa, las niñas lo veían por unos días. Restaurantes caros, regalos, sonrisas forzadas y después silencio otra vez, meses sin una llamada, porque para el tigre la familia era Televisa, los empleados eran sus hijos, los ratings eran su amor y las tres niñas en Francia eran un  recordatorio de un matrimonio que no funcionó.

Paulina creció con eso, con la sensación  de no ser suficiente para el hombre más poderoso de México. Y entonces, a principios de 1980, algo cambió. Paulina se enamoró de un joven italiano, un amor profundo, viceral, de esos que a los 19 años se sienten como si fueran el último, como si nada más  importara, como si por primera vez en tu vida alguien te eligiera a ti, no a tu apellido, no a tu fortuna, a ti.

 Para Paulina, ese italiano debió sentirse como todo lo que su padre nunca le dio. Pero su madre, Pamela, prohibió la relación. No sabemos exactamente por qué. Quizá el italiano no era de la clase social correcta, quizá no tenía el apellido adecuado, o quizá Pamela veía en él lo que ella misma había vivido con Emilio, un hombre encantador que terminaría destruyendo a su hija.

 O quizá Pamela después de años de amargura por su propio matrimonio fallido, no podía soportar que su hija encontrara  el amor que ella nunca tuvo. Lo que sí sabemos es que la prohibición fue absoluta.  Paulina no podía ver al italiano y Paulina obedeció al principio. Pero el amor a los 19 años no entiende de prohibiciones.

 Tú habrías obedecido a los 19 años con el corazón en llamas, ¿habrías aceptado que alguien te dijera a quién puedes y a quién no puedes amar? Y aquí es donde la historia se vuelve devastadora. Aquí llega la primera tragedia y te aviso, lo que viene es fuerte. La versión oficial de la muerte de Paulina siempre fue un ataque de asma y eso es lo que se dijo públicamente.

Eso es lo que Televisa permitió que se supiera, pero la verdad era otra. Paulina y el italiano, desesperados por una prohibición que no podían romper, tomaron una decisión que ningún padre debería imaginar, lo que pareció un pacto, una sobredosis compartida, un acto de desesperación absoluta. El italiano sobrevivió.

Paulina, 19 años, heredera de una de las familias más ricas de Latinoamérica, con acceso a los mejores médicos, las mejores  escuelas, los mejores viajes del mundo y murió en Francia sola por un amor que le  prohibieron vivir. ¿De qué sirve ser la hija del hombre más poderoso de México si no puedes  amar a quien quieres? El italiano fue quien relató lo que había ocurrido y cuando la noticia llegó a México, el tigre hizo lo que todo Azcárraga hace cuando la verdad es incómoda. La enterró, no dijo nada a sus

ejecutivos,  no dio declaraciones, no permitió que nadie supiera lo que había pasado. Solo tiempo  después reveló la verdad a unos pocos confidentes. El abat de la Basílica  de Guadalupe fue uno de ellos. Miguel Alemán fue otro. El resto de México nunca supo, pero las versiones siempre se filtran.

 Y en  los pasillos de Televisa los rumores corrieron como fuego. Algunos estaban equivocados. Decían que Paulina se  había quitado la vida en una oficina de Televisa San Ángel, no en Francia. Pero había  un detalle que todos repetían, un detalle que nadie podía confirmar. pero que nadie podía olvidar, que había dejado una nota  dirigida a su padre.

 Y aquí es donde vuelve la frase que te dije al principio, don no eres Dios. Eso supuestamente decía la nota. Dos palabras de una hija de 19 años al hombre que controlaba lo que 90 millones de personas veían en sus televisores. Nadie ha podido confirmar si esa  nota existió. Pero ahora que conoces la historia completa,  esas dos palabras pesan diferente.

 Porque Paulina no le estaba diciendo, “No eres Dios al azar.” Le estaba diciendo, “No puedes decidir a quién amo. No puedes controlar mi vida. No puedes borrarme como borraste a Silvia Pinal.” Y el tigre hizo exactamente lo que Paulina le dijo que no hiciera. Intentó ser Dios. Controló la versión de su muerte. borró la verdad, reescribió la historia, pero la frase sobrevivió, se convirtió en leyenda dentro  de la empresa y ahora tú la conoces.

 Y hay algo que hace esta tragedia aún más dolorosa. Emilio sabía perfectamente lo que era que te prohibieran  amar. A él le prohibieron estar con Silvia Pinal. Su propio padre lo obligó a casarse con otra mujer. Le arrancaron el amor de las manos. Él vivió ese dolor. Y cuando Pamela le prohibió a Paulina ver al italiano,  Emilio pudo haber intervenido, pudo haber llamado, pudo haber dicho algo, pudo haber roto el patrón que su padre usó con él. No lo hizo.

 Se quedó callado. El mismo silencio que lo destruyó a él. terminó destruyendo a su hija y lo peor fue lo que pasó en el funeral. Paula Cusi, la tercera esposa de Emilio, la mujer que había reemplazado a Pamela, se presentó al velorio de Paulina, vestida con  un elegante abrigo de visón blanco.

 Era un funeral, no una fiesta. La familia nunca olvidó ese detalle. A lo mejor tú también has vivido algo así. a alguien que llega a un momento de dolor y lo convierte en un espectáculo. Alguien que te recuerda que para ciertas personas las apariencias importan más que el sufrimiento. Ese fue el primer golpe de la maldición. Pero no fue el último ni de lejos, porque lo que le pasó al siguiente miembro de esta familia es aún más oscuro.

 Y sucedió en un lugar que ya conoces, en un yate. Carmela Azcárraga Milmo, la hermana del Tigre, la conciliadora, la que siempre  intentaba unir a todos. Carmela se casó con Alejandro Burillo Pérez. Tuvieron seis hijos. El menor se llamaba Javier. Javier Burillo Azcárraga. Recuerda ese nombre. Javier era nieto directo del viejo Azcárraga, el fundador de Televisa, sobrino del Tigre.

 Y su familia no era cualquier rama secundaria. Sus hermanos manejaban emporios propios, fútbol, telecomunicaciones,  a cadenas de televisión. Estaban casados con hijas de exgobnadores y nietas de expresidentes. Los Burillo Azcárraga eran parte del núcleo duro de la dinastía, conectados con el poder real de México. Y Javier el Menor decidió hacer las cosas diferente.

No quiso Televisa, no quiso la política, no quiso México. fue a California. Se convirtió en desarrollador inmobiliario, construyó hoteles de lujo, restaurantes exclusivos. Fue el principal constructor de las ventanas al paraíso, uno de los resorts más exclusivos de Los Cabos. El tipo de lugar donde una noche cuesta lo que una familia promedio gana en un mes.

También heredó el hotel Ritz de Acapulco. Compró una mansión en Belveder, una de las comunidades más exclusivas del norte de la bahía de San Francisco. La pagó 10.2 millones de dólares en 2004 o tenía ingresos mensuales de 176,000. Eso es más de 2 millones al año, solo de ingreso mensual. Javier parecía haber escapado, parecía haber roto el ciclo.

 Estaba lejos del drama de Televisa, lejos de las guerras familiares por acciones, lejos de los escándalos políticos. Tenía su propia fortuna, su propia vida, su propio mundo. Pero la maldición no entiende de distancias. No importa que tan lejos corras, el eco te alcanza. Se casó por primera vez con Alejandra Alemán, nieta del expresidente Miguel Alemán.

 Los Azcárraga casándose con los alemán, como en la realeza, como en las telenovelas que ellos mismos producían. Con Alejandra tuvo tres hijos, pero ese matrimonio también terminó. Después llegó Rose, la segunda esposa, y luego, como todo en esta familia, las cosas empezaron a romperse. En abril  de 2019, Rose presentó una demanda de divorcio.

En los documentos  escribió algo que define a toda la dinastía. Javier es miembro de una familia mexicana extraordinariamente  poderosa en la política. pedía manutención para ella y para su hijo. Ese hijo tenía 11 años, un niño que vivía en una mansión de 10 millones de dólares en una de las comunidades más exclusivas de California.

Un niño que tenía acceso a yates, hoteles de lujo y restaurantes  de cinco estrellas. Un niño que lo tenía todo, excepto a sus padres juntos. Porque 5 meses después de que Rose presentara esa demanda, su hijo estaba muerto y la forma en que murió es algo que ninguna cantidad de dinero puede explicar ni justificar.

Aquí viene la segunda tragedia y necesito que prestes mucha atención porque lo que pasó esa noche  cambió a esta familia para siempre. 15 de septiembre de 2019,  bahía de San Francisco, aguas abiertas cerca de Angel  Island, al norte de la bahía. El sol ya estaba bajando, las aguas estaban agitadas.

 Era un domingo por la tarde. La temperatura del agua en la bahía  de San Francisco en septiembre ronda los 15 gr. fría, oscura, con corrientes traicioneras que han cobrado vidas desde que existe la navegación en esa zona. Javier Burillo Azcárraga está al timón de su embarcación. Un targa protector de 33 pies, 10 met de eslora, un barco  rápido, potente, diseñado para aguas abiertas.

Con él van sus dos hijos, el mayor de 27 años y el menor el de 11. El mismo niño que aparecía en los documentos del divorcio, lo que debió ser una tarde de padre e hijos  en el mar, se convirtió en la peor noche de sus vidas. Según el reporte policial,  una ola grande golpeó la embarcación.

 Los dos hijos cayeron por la borda al mar abierto en aguas frías de la bahía de San Francisco. Y lo que pasó  después es lo que convierte esto en una pesadilla que no tiene nombre. El niño de 11 años fue golpeado por el barco por las hélices de la embarcación que manejaba su padre. Un niño de 11 años golpeado por las hélices del barco de su padre.

Javier logró subir a ambos hijos de vuelta a la embarcación. El mayor tenía cortes severos en una pierna,  el menor estaba inconsciente. Javier condujo el barco hasta el Corinthian  Yat Club en Tiburón, California. una marina exclusiva u un lugar donde los millonarios guardan sus embarcaciones  y toman cócteles los domingos por la tarde.

Ahí, en ese club de yates, el menor de 11 años fue declarado muerto. El hijo mayor fue trasladado al hospital  con heridas graves en las piernas. Javier llamó a la policía alrededor de las 7 de la noche y cuando los oficiales llegaron descubrieron algo que transformó esta tragedia en algo mucho peor. Javier Burillo Azcárraga estaba bajo la influencia del alcohol y  posiblemente otras sustancias.

Le practicaron un examen  toxicológico. Dio positivo. Su nivel de alcohol estaba por encima del punto08 permitido para operar una embarcación en California.  Ebrio, al timón con sus hijos a bordo. Y hay otro detalle que las autoridades  nunca pudieron aclarar. Si los dos hijos llevaban puestos salvavidas al  momento del impacto.

Puedes imaginar eso. Un hombre con ingresos de 176,000  al mes, dueño de hoteles de lujo, constructor de resorts, cinco estrellas con una  mansión de 10 millones de dólares y posiblemente sus hijos no llevaban salvavidas. El jefe de policía de tiburón, Michael Cronin, dijo algo que resume toda esta tragedia en una frase: “Es la peor pesadilla de todos los padres.

” Y añadió, “Este caballero está pasando por un dolor inimaginable. No queremos contribuir a eso, pero necesitamos aplicar la ley.” Horas después, Javier fue arrestado en su mansión  de Belbeder. Los cargos, homicidio culposo con una embarcación, daño intencional o lesión a un menor y operar un navío bajo la influencia de sustancias.

Al día siguiente,  la policía ejecutó una orden de allanamiento en la mansión. registraron la casa del empresario. La fianza se fijó en millón de dólares. Javier la pagó esa misma tarde. Un millón de dólares. Lo que para cualquier persona sería una cantidad  imposible. Para un azcárraga era una transacción más y después  algo que debería indignarte.

 Su abogado declaró públicamente que Javier Burillo Azcárraga no enfrenta cargos. Escuchaste bien. Mató a su hijo de 11 años. Estaba ebrio. Dio positivo en el examen toxicológico. Posiblemente sus hijos no llevaban salvavidas. Lo arrestaron. Le hicieron un allanamiento y según su abogado, no enfrenta cargos, un millón de dólares de fianza. Y listo.

 ¿Cuántas madres en México han perdido hijos por negligencia de alguien poderoso y nunca vieron justicia? ¿Cuántos padres han ido a la cárcel por mucho menos? El dinero no pudo salvar al niño o pero aparentemente sí pudo salvar al padre. Ninguna cantidad de dinero podía comprar lo que acababa de perder. La policía se negó a confirmar la relación de Javier con la familia Azcárraga durante la conferencia de prensa.

Yo lo conozco como Javier Burillo”, dijo el jefe Kroning, como si el apellido no importara. Pero  importaba porque cuando los registros de propiedad revelaron su nombre completo, Javier Burillo Azcárraga, el mundo entendió que esta no era solo una tragedia, era el capítulo más reciente de una maldición.

  Piensa en esto. Un yate mató al nieto del tigre. El tigre murió en un yate. Su yate se llamaba eco, como si la fortuna tuviera un eco propio, uno que repite las tragedias de generación en generación. El tigre construyó su yate eco como símbolo de su poder. Era uno de los yates más  grandes y lujosos del mundo.

 Lo usaba para cerrar negocios, para impresionar a políticos,  para vivir la vida que solo los hombres más ricos del planeta podían vivir. Se casó con Paul Acusi en ese yate. Celebraba fiestas épicas en ese yate. recibía a presidentes y embajadores en ese yate y murió en ese  yate. Y 22 años después, su sobrino nieto Javier subió a otro yate, en otra bahía, en otro país, con sus hijos, bajo la influencia del alcohol y el mar cobró otra vida.

 Coincidencia, mala suerte o algo más profundo que nadie en esta familia quiso ver. Un yate no es solo un barco para los azcárraga. Es el escenario donde el poder presume y donde la tragedia cobra. Es el  símbolo perfecto de esta familia. Hermoso por fuera, peligroso por dentro, capaz de llevarte  a cualquier lugar del mundo, e, pero incapaz de llevarte al único lugar que importa, a casa.

 Porque lo que une estas tragedias no es la mala suerte, es un patrón.  Un patrón que empieza con el fundador. El viejo Azcárraga obligó a su hijo a casarse con quien no amaba. Le arrancó a Silvia Pinal, lo humilló llamándolo el príncipe  idiota frente a todos. Le enseñó que el amor se controla, que los hijos obedecen, que el poder está por encima de todo.

 El tigre  aprendió la lección y la aplicó con su propia familia. Controló a sus esposas. Las cambió cuando le aburrían. Les dijo aquella frase que nunca olvidaron. Cuando cumplas  40, te cambio por dos de 20. Controló la narrativa de la muerte de su hija. Ocultó la verdad. Inventó una versión de asma para que nadie supiera lo que realmente  había pasado.

Y su hermana Laura nunca lo perdonó. No por una pelea cualquiera, no por un desacuerdo menor. Laura Azcárraga.  Milmo fue la primera hija del fundador, la hermana mayor del tigre, la que lo vio crecer, la que lo conoció antes de que se convirtiera en el monstruo que el poder fabricó. En los primeros años su relación era cercana.

 eran hermanos que habían crecido juntos en la sombra de un  padre dominante. Compartían esa experiencia, ese peso. Laura se casó primero con Fernando Barroso, el hombre que el viejo Azcárraga siempre prefirió sobre su propio hijo, el sobrino favorito, el que el patriarca quería que heredara el imperio en lugar de el tigre. Imagina lo que eso significaba para Emilio.

 Su padre prefería a su cuñado sobre él. Lo que fracturó la relación entre Laura y Emilio fue una deuda de dinero. Los detalles exactos nunca se hicieron públicos. Pero lo que se sabe es que esa deuda provocó una ruptura que nunca se cerró. Con los Azcárraga todo empieza y termina con dinero. El amor se compra.

  La lealtad se compra y cuando el dinero falla, todo lo demás se derrumba. Cuando el tigre estaba muriendo de cáncer  en su yate eco en Miami en abril de 1997, Carmela, la hermana conciliadora, le rogó a Laura que fuera a despedirse. Emilio se está muriendo, ve a verlo. Laura dijo que no. Una sola palabra, sin explicaciones largas, sin drama, solo no.

 ¿Qué tiene que pasar entre dos hermanos para que uno se niegue a despedir al otro en su lecho de muerte? ¿Qué herida es tan profunda que ni la cercanía de la muerte la puede cerrar? Carmela insistió, le rogó, le suplicó. Laura no cambió de opinión y hay algo en esa negativa que es más devastador que cualquier grito, que cualquier pelea, que cualquier insulto.

El silencio de Laura fue el mismo silencio que Emilio usó cuando Paulina lo necesitó. El mismo silencio que el padre  usó cuando Emilio sufría. La familia que aprendió a callar cayó hasta el final. Laura Azcárraga. Milmo murió el 30 de diciembre de  2014 a los 88 años sin haber perdonado a su hermano.

17 años después de la muerte de Emilio, seguía sin perdonarlo. Se llevó ese rencor a la tumba. Eso es lo que el dinero hace cuando reemplaza al amor. Crea heridas  que ni el tiempo puede cerrar, ni la muerte puede borrar. Tal vez tú también  sabes lo que es eso. Un familiar que se fue sin que pudieras arreglar las cosas.

Una conversación que nunca tuviste, un perdón que nunca llegó. Los Azcárraga  tuvieron todo el dinero del mundo, pero no tuvieron esa conversación. Y ahora sí,  la tercera tragedia. Esta es quizás la más sorprendente de todas, porque no involucra  muerte, involucra algo que para esta familia puede ser peor.

La pérdida del poder. Emilio Azcarragán, el hijo del tigre,  el heredero, el que creció sin padre porque Televisa era la verdadera familia de Emilio. Televisa me quitó a mi padre y Televisa me lo devolvió”, dijo una vez. Esa frase lo dice todo. Emilio  Azcarragán nació en 1968, hijo de Nadin Yang, la tercera esposa, la única que le dio un varón  al tigre, la única que cumplió la misión que el patriarca consideraba más importante que cualquier otra.

 asegurar un heredero masculino. Pero ser el heredero del tigre no fue un regalo, fue una condena. Azcarragan creció enfrentando las ausencias de su padre. El tigre estaba dedicado a Televisa y no compartía tiempo con su familia. El tigre estaba en Televisa a las 6 de la mañana, volvía a las 11 de la noche, si es que volvía.

A veces se quedaba durmiendo en su oficina, otras veces  estaba en su yate, otras veces estaba con la amante de turno. Azcarragán fue criado por su madre, por las nanas, por los empleados de la mansión, no por su padre. Y cuando el  padre aparecía, no era para abrazar a su hijo, era para evaluarlo, para prepararlo, para moldearlo como futuro líder del imperio.

 No había  te quiero, había esto es lo que esperan de ti. ¿Conoces a alguien así? Un  padre que confundió la exigencia con el amor, que creía que prepararte para el mundo era lo mismo que quererte. Tal vez tú misma creciste así. con un padre que trabajaba todo el día, que volvía cansado, que estaba ahí físicamente, pero ausente en todo lo demás, que te daba todo lo material, pero nunca lo que realmente necesitabas.

Si es así, entonces entiendes  a Azcarragín mejor de lo que crees, porque ese niño creció con un vacío que ningún  imperio del mundo podía llenar. El mismo patrón que el viejo Azcárraga usó con el tigre. El mismo frío, la misma exigencia, la misma ausencia emocional disfrazada de disciplina.

 El tigre  ni siquiera se casó con la madre de su heredero por amor. Se casó con Nadin Jin porque necesitaba un hijo varón. Y cuando ya lo tuvo, siguió adelante. Otra amante, otra mujer. Otro capítulo. Nadín le pidió el divorcio durante años. Emilio se negó, quizá por orgullo, quizá por costumbre, quizá porque para él las esposas eran como los contratos.

Se firmaban cuando convenía  y se rompían cuando él decidía. en cuando el tigre murió en 1997, dejó un imperio de 5,000 millones de dólares, pero también dejó 400 millones en deudas y una familia que se peleaba por cada centavo. Azcarragán tenía solo el 10% de las acciones. Sus tías, Laura y Carmela, y sus hermanas tenían  el resto.

 Lo que siguió fue una guerra, no una guerra de palabras, una guerra de abogados, de maniobras financieras, de amenazas veladas y alianzas rotas. Una guerra en la que Azcarragán, paso a paso, maniobra a maniobra, logró pasar del 10 al 50.3% de las acciones. Algunas de esas operaciones fueron cuestionables, otras las llamaron genialidad.

Lo que nadie cuestionó fue el resultado. Azcarragán tomó el control de Televisa, pagó las deudas, modernizó la empresa, convirtió a Televisa en una corporación global o creó alianzas con Univisión. Expandió el imperio a mercados que su padre nunca imaginó. se convirtió en uno de los hombres más ricos de México y durante más de 20 años mantuvo el apellido Azcárraga en lo más alto del imperio mediático.

El hijo que creció sin padre había heredado el trono, pero la maldición no había terminado con él. Solo estaba esperando. Prepárate para lo que viene. Porque si la muerte de Paulina fue la tragedia del corazón y la muerte del niño de Burillo fue la tragedia del mar, lo que le pasó a Azcarragayán fue la tragedia del poder y es la que conecta todo hasta el 24 de octubre de 2024.

 Ese día, Emilio Azcarragán pidió licencia como presidente ejecutivo de Grupo Televisa con efecto inmediato, sin aviso previo, sin preparación, sin discurso de despedida, un comunicado frío corporativo o como si estuviera anunciando un cambio de horario en la programación. Pero no era un cambio de horario, era el fin de una era, la razón, una investigación del Departamento de Justicia de Estados Unidos relacionada con sobornos a la FIFA, el famoso FIFA Gate.

 Y aquí necesito que entiendas  la dimensión de lo que pasó, porque no fue un escándalo menor, fue el escándalo más grande en la historia del fútbol mundial. En mayo de 2015,  el Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo algo que nadie creía posible. Arrestó a funcionarios de la FIFA en Zurich, Suiza, en el hotel donde se hospedaban para el congreso anual.

Entraron al amanecer, los sacaron esposados. 14 funcionarios y empresarios acusados en la primera ronda. Corrupción, sobornos, lavado de dinero, fraude durante más de 20  años. Pero la investigación no terminó con esos 14, apenas estaba empezando. En noviembre de  2017, un argentino llamado Alejandro Burzaco testificó en un tribunal de Nueva York.

Burzaco era uno de los acusados en el escándalo. Había aceptado cooperar con las autoridades a cambio de una sentencia menor y lo que dijo en ese tribunal  sacudió los cimientos de la televisión latinoamericana. Burzaco declaró que Televisa y la empresa brasileña Globo habían pagado al menos 15 millones de dólares en sobornos  a Julio Grondona, vicepresidente de la FIFA.

 y presidente de la Asociación del Fútbol  Argentino para obtener los derechos de transmisión de los mundiales de 2018, 2022, 2026 y 2030. 15 millones de dólares a un solo funcionario por los derechos de cuatro mundiales. Según la investigación, o Televisa usó una empresa fantasma en Suiza para  canalizar los pagos.

A través de esa empresa compraron los derechos de transmisión de cuatro mundiales por casi  200 millones de dólares. Todo a través de intermediarios, todo en la sombra. El patrón del tigre conseguir lo que quiere sin importar el costo. Comprar lo que no se puede comprar, usar el dinero como herramienta de control.

Solo que esta vez el Departamento de Justicia de Estados Unidos estaba mirando. Televisa negó todo, pero la investigación continuó. En 2018, inversionistas demandaron a Televisa en Nueva York. Acusaron a la empresa de inflar acciones  ocultando los sobornos. En 2023, un juez desestimó la demanda, pero Televisa tuvo que pagar 95 millones de dólares para que se retiraran las reclamaciones, 95 millones de dólares, solo para que se retiraran las demandas.

Y eso  no fue el final. En agosto de 2024, Televisa informó a sus inversores que la investigación  del Departamento de Justicia podría tener un impacto material  en la situación financiera de la compañía. Esas palabras, en lenguaje corporativo,  significan una cosa, estamos en problemas serios.

¿Sabes cuándo fue la última vez que un azcárraga tuvo que rendir cuentas ante alguien? Nunca. En casi 100 años de historia, ningún azcárraga tuvo que agachar la cabeza ante una autoridad hasta ahora. Y dos meses después, Azcárraga Gayin se fue, pidió licencia, dejó el cargo que su familia había ocupado durante casi un siglo, por primera vez desde 1930, desde que el viejo Azcárraga fundó  la XW, una azcárraga no estaba al frente del imperio.

 Bernardo Gómez y Alfonso de Angoitia tomaron el control. Dos hombres sin el apellido mágico. Las acciones de Televisa  se desplomaron casi un 9% y la maldición cobró otra víctima. No con sangre esta vez con algo que para los Azcárraga siempre fue más importante que  la sangre, el poder. Y ahora llegamos a la cuarta y última revelación.

 Si has llegado hasta aquí, esto es  para ti. Ya conoces las tres primeras tragedias. Paulina, el niño de Burillo,  el FIFA Gate. Ahora prepárate para la cuarta, porque es la que lo explica todo. Porque la verdadera maldición no es la mala suerte, no es el destino, no es una fuerza sobrenatural. La maldición de los Azcárraga  tiene un nombre muy simple, repetición.

Y para que lo veas claro, necesito que hagas algo conmigo. Necesito que mires esta familia como si fuera un espejo. Un espejo que refleja la misma imagen  una y otra vez. Generación tras generación, primera generación. El viejo Azcárraga, el fundador, el patriarca. un hombre que construyó un imperio de la nada, que empezó vendiendo autos Ford en Tampico  y terminó controlando la radio y la televisión de todo un país.

 Pero también fue un hombre que trató a su hijo como una inversión, no como un ser humano. Lo llamó el príncipe idiota frente a los empleados. Lo comparó con su sobrino favorito, Fernando X Barroso. Durante años. Le prohibió casarse con la mujer que amaba. Le arregló un matrimonio con una desconocida. Le enseñó que el amor no importa, que el apellido importa, que el  poder importa, que los sentimientos son debilidad. Esa fue la semilla.

 Segunda generación, el tigre. Emilio Azcárraga Milmo, el hijo que pasó toda su vida tratando de demostrar que no era idiota. Y lo demostró. Multiplicó el imperio, acumuló 5000 millones de dólares, se convirtió en el hombre más poderoso de México después del presidente. Pero en el camino destruyó todo lo que tocó, cuatro esposas.

 La primera murió. La segunda fue reemplazada por orden de su padre. La tercera fue reemplazada por la cuarta. La cuarta fue reemplazada por una amante 40  años menor. Cuando cumplas 40, te cambio por  dos de 20. Esa frase no era un chiste, era una declaración de principios.  Era la filosofía de un hombre que aprendió de su padre que las personas son desechables.

Tres hijas en Francia que crecieron sin él. Una de ellas muerta por un amor prohibido, otra hermana que nunca lo perdonó, un hijo varón que creció sin padre porque Televisa era más importante y una muerte en soledad en un yate en Miami con cáncer  de páncreas pensando en una mujer que llevaba 45 años muerta, tercera generación, los primos, los herederos, los que se suponía que iban  a romper el ciclo.

 Azcárraga Yang heredó el trono y la forma de hacer negocios, los sobornos, los intermediarios, las subsidiarias en Suiza, el patrón  de conseguir lo que quieres sin importar el costo y ahora enfrenta una investigación del Departamento  de Justicia de Estados Unidos que lo obligó a dejar el cargo que su familia ocupó durante casi 100 años.

Javier Burillo heredó la fortuna y la arrogancia. Se fue a California. Construyó mansiones y hoteles de lujo. Se subió a un yate con sus hijos. Estaba ebrio y su hijo de 11 años murió. Pero ninguno de los herederos recibió lo único que habría roto la maldición. La capacidad de poner a la familia primero, de amar sin condiciones, de estar presente.

Mira la línea otra vez. El abuelo le arrancó el amor a su hijo. Le prohibió a Silvia Pinal. El hijo se quedó callado cuando su hija necesitaba que la defendieran. Le permitió a Pamela prohibir el amor de Paulina. El resultado,  Paulina muerta. A los 19 años. El tigre trató a las mujeres como objetos, las reemplazaba, las descartab.

 Les prometía  que las cambiaría por modelos más jóvenes. El resultado, una hermana que se negó a despedirlo en su lecho de muerte. 17  años sin perdón. Laura murió con ese rencor intacto. El tigre estuvo ausente para su hijo. Televisa fue su verdadera familia. o el resultado, un heredero que aprendió que el poder se obtiene a cualquier costo.

Sobornos a la FIFA, una investigación  criminal, el fin de la dinastía en Televisa y el primo que intentó escapar, que se fue a California, que construyó su propia vida lejos del drama. Subió a un yate ebrio con sus hijos y el mar cobró otra víctima. Siempre un yate, siempre el mar. El tigre murió en el yate eco.

  Eco, como si el nombre del barco fuera una profecía. Porque eso es lo que hacen las maldiciones familiares. Hacen eco, se repiten, se amplifican con cada generación. Cada padre cree que está haciendo algo diferente, pero está repitiendo exactamente lo mismo, solo que con más dinero, con más poder y consecuencias cada vez más devastadoras.

¿Alguna vez has visto eso en tu propia familia? Un patrón que se repite o un error que pasa de padre a hijo, una herida que nadie sana porque nadie la reconoce. Un abuelo que le enseñó al padre a gritar y ahora el padre le grita a sus hijos. Una madre que nunca recibió cariño y ahora no sabe cómo darlo.

 Los Azcárraga nunca la reconocieron y por eso la maldición sigue viva. Y mientras la maldición sigue cobrando, la fortuna sigue apareciendo en los lugares más oscuros. Paula Cusi, la del abrigo blanco en el funeral de Paulina, apareció en los Pandora  Papers. 580 millones de dólares en fideicomisos offshore, lingotes de oro, piezas prehispánicas, todo escondido en paraísos fiscales.

La exesposa del  hombre que dijo que México era un país de jodidos con lingotes de oro en cuentas secretas. Esa frase, “México es un país de jodidos”, la dijo en 1993 en una cena privada que se filtró. Esta fue la declaración más honesta y más devastadora que un empresario mexicano haya hecho jamás.

 y revela exactamente lo que el tigre pensaba, que había dos tipos de personas, los que tenían poder y los que no, los que mandaban y los que obedecían, los que contaban y los que eran un número más. Su familia  estaba del lado del poder, pero el poder no los protegió de nada. Adriana Abascal, la última  amante, también apareció en los Pandora Papers.

 Cuadros de Picasso, millones en arte. Se casó con otro magnate 4 años después  de que el tigre muriera de un imperio al siguiente. Las mujeres de  los Azcárraga aprendieron la lección. Si el amor no existe en esta familia, al menos que exista la fortuna. Y ni siquiera muertos los dejan en paz. Carmela,  la hermana conciliadora, la que siempre intentó unir a la familia y murió en febrero de  2020 a los 91 años, nunca lo logró y después de muerta, su herencia generó una devolución de impuestos de más de 1000 millones de

pesos. El presidente López Obrador dijo que le  dolía en el alma que se pagara esa cantidad con dinero del pueblo. Hasta muertos los Azcárraga siguen generando controversia. Hasta muertos siguen siendo noticia. Hasta muertos el dinero sigue hablando más fuerte que cualquier oración o cualquier lágrima.

¿Cuánto dinero necesitas para comprar  el perdón de una hermana? para devolver la vida a un niño de 11 años, para borrar una nota que dice, “No eres Dios.” La respuesta es, “No existe esa cantidad.” Y hoy,  en 2025, el apellido Azcárraga ya no está en el directorio de la empresa que su abuelo fundó, por  primera vez en casi 100 años.

Azcárraga sigue fuera y la investigación del FBI sigue abierta. Televisa ya no es lo que era. El streaming la ha golpeado. El imperio se encoge. ¿De qué te protege el poder si no te protege de ti mismo? No protegió a Paulina, no protegió al nieto de 11 años. No protegió a Azcarra Gallin, no protegió a Laura de morir sin perdonar.

 El poder solo les dio más altura desde la cual caer. Y ahora sí, necesito llevarte al lugar donde todo termina. El lugar donde la maldición cobra su precio final. Un yate en Miami, abril de 1997. El yate Eco está anclado en la marina.  Es un yate enorme, lujoso, el tipo de barco que cuesta más que una colonia entera en cualquier Ciudad de México.

 Dentro,  Emilio Azcárraga Milmo está muriendo, cáncer de páncreas. Lo había mantenido en secreto durante meses,  porque el tigre no mostraba debilidad nunca y ni siquiera cuando su cuerpo se estaba apagando. El hombre que una vez pesaba 90 kg de puro músculo y presencia, ahora estaba consumido. Los ojos hundidos, la piel gris, las manos que firmaron contratos de miles de millones de dólares temblaban sobre las sábanas de seda.

¿Sabes en qué piensa un hombre que lo tuvo todo cuando sabe que le quedan horas? Adriana Abascal  estaba con él, la última mujer, la Miss México, 1989, que lo acompañó  en sus últimos años, 40 años menor que él, hermosa, leal hasta el final. Su hermana Laura no estaba. Carmela le rogó que fuera.

 Laura dijo que no y no cambió de opinión. Paula Cusi, la tercera esposa,  la del abrigo blanco en el funeral de Paulina, tampoco estaba. De sus hijos, algunos viajaron a Miami, otros no pudieron, otros no quisieron. A la familia que él mismo había destrozado, estaba dispersa hasta el final. El 16 de abril de 1997, horas antes  de perder la consciencia, Emilio Azcárraga Milmo habló por teléfono con Silvia Pinal.

Silvia, la mujer que su padre le prohibió, la mujer que nunca pudo olvidar, la que siempre dijo que el tigre fue el gran amor de su vida. Silvia le recordó cuánto lo quiso, le prometió que nunca lo olvidaría y entonces, según las fuentes más cercanas, en sus últimos momentos de lucidez, el tigre no pensó en Televisa, no pensó  en los miles de millones de dólares, no pensó en los ratings, no pensó en los presidentes que controló,  pensó en Gina, la primera esposa, la que murió de un tumor cerebral a los meses de casarse.

La que le dio una hija que solo vivió horas, la que se fue antes de que él pudiera destruirla. Gina, la única mujer que amó sin condiciones, la única que no tuvo tiempo de decepcionar, la única que se llevó consigo la versión de Emilio que todavía sabía amar. Y ahí, en ese yate en Miami, rodeado de lujo, pero vaciado de todo lo que importa, el tigre cerró los ojos pensando en una mujer que llevaba 45 años muerta.

 Un hombre que lo tuvo todo, que controló todo, que compró todo. Murió extrañando a alguien que nunca pudo comprar, ni controlar ni reemplazar. Ese es el verdadero precio de la maldición. No es la muerte, no es la cárcel, no es la pérdida del poder, es morir sabiendo que lo único real que tuviste se fue primero y que todo lo demás fue un eco.

 Su funeral fue en la Basílica de Guadalupe. Más de 3,000 personas, políticos, empresarios, artistas. El presidente Ernesto Cedillo envió una corona o Jacobo Zabludowski, el hombre que leyó las noticias que el tigre quería que México escuchara durante 27 años, dio el discurso principal. Lo llamó Un hombre de visión extraordinaria.

No mencionó a Paulina, no mencionó a Laura, no mencionó a Gina. En muerte como en vida,  Televisa controló la narrativa, pero la verdad tiene su propio eco y tarde o temprano siempre se escucha. Eso es lo que queda del hombre más poderoso de la televisión mexicana. Un yate vacío en una marina de Miami, una familia rota y dispersa, un apellido que ya no aparece en el directorio de la empresa que creó y un eco que no para de repetirse.

 Generación tras generación, padre tras padre, hijo tras hijo, la misma  herida, el mismo silencio, la misma incapacidad de decir te quiero sin que suene a debilidad. O si esta historia te hizo pensar en tu propia familia, en esos patrones que se repiten sin que nadie los detenga, en esas  heridas que pasan de padres a hijos como si fueran parte de la herencia.

No estás sola. Todas las familias  tienen su maldición. La diferencia es que los Azcárraga tenían miles de millones de dólares para esconderla, pero ya no porque alguien contó la verdad y ahora tú la conoces. ¿Qué vas a hacer con ella? ¿La vas a compartir o la vas a guardar como hizo el tigre con la muerte de Paulina? Si quieres que más personas conozcan esta historia, suscríbete al canal para que la verdad sobre las familias más poderosas  no se quede enterrada.

 La próxima semana, otra dinastía, otro imperio, otra maldición. Nos vemos ahí. Ah.

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