FAUSTINO ASPRILLA: CONFESÓ QUIÉN LE DESTROZÓ LA VIDA
Tres títulos con el Parma, dos veces campeón con Newcastle en la memoria de los ingleses. Uno de los goleadores que humilló a la Argentina de Batistute y Simeone en su propia cancha. Ese hombre, el más veloz de Sudamérica, en los años 90, una tarde de 2009, se sentó frente a un juez en Medellín y escuchó una sentencia que ningún titular deportivo de su época había anunciado jamás.
Culpable, no de un delito de sangre, no de una estafa millonaria. culpable de abandonar económicamente al único hijo que tuvo en su vida. Quédate hasta el final porque vas a saber exactamente qué pasó en esa audiencia, quien lo denunció y por qué ese hombre que tuvo el mundo entero a sus pies terminó pidiéndole explicaciones a un juez por una cifra que él gastaba en una sola noche de fiesta en Italia.
Pero para entender esa sala de audiencias, hay que volver 20 años atrás a una casa de Tuluá, Valle del Cauca, donde un niño flaco y descalso corría detrás de una pelota como si en eso se le fuera la vida entera. Tulua, Colombia. 10 de noviembre de 1969. Nace Faustino Hernán Prilla y Nestrosa, uno de los muchos hijos de una familia trabajadora del Valle del Cauca.
Desde chico tenía algo que los demás niños del barrio no tenían, una velocidad que parecía sobrenatural. Corría más rápido que los mayores, corría más rápido que el miedo. Los vecinos lo recuerdan como un muchacho alegre, hablador, siempre con una sonrisa que después el mundo entero iba a conocer en las portadas de medio planeta.
A los 17 años debutó como profesional en Cúcuta Deportivo. A los 20 ya vestía la camiseta de Atlético Nacional, el club más grande de Colombia. Y ahí, en medio del ascenso meteórico de un pibe de Tuloa que empezaba a hacer noticia, apareció una mujer que iba a marcar el resto de su historia. Se llamaba Catalina Cortés Lopera.
Tenía 17 años, era de Medellín. Faustino tenía apenas 22. Se conocieron en 1989 y lo que empezó como un romance de juventud se convirtió 3 años después en algo que nadie en la familia de ella esperaba. Aquí es donde todo cambia. Julio de 1992. Catalina está embarazada. Los padres de ella se oponen al matrimonio.
No quieren para su hija a un futbolista de vida nocturna cuestionada. Pero Faustino y Catalina deciden algo que va a definir el resto de la historia. Se casan a escondidas en una notaría de Medellín sin avisarle a nadie de la familia. Meses después nace un varón. le ponen Santiago y ese va a ser el único hijo que Faustino Asprilla va a tener en toda su vida.
Ese mismo año, apenas semanas después del nacimiento de Santiago, Faustino recibe la llamada que cambia todo. El Parma de Italia lo quiere. La serie A, el fútbol más exigente y más glamoroso del planeta, le abre las puertas a un muchacho de Tuluáa que hasta hace poco jugaba en potreros de tierra. Faustino agarra una maleta, agarra a su esposa recién casada, agarra a un hijo de meses y se va a vivir al otro lado del océano.
Lo que él no sabe todavía es que esa maleta también se está llevando sin que nadie lo note, el matrimonio que acaba de empezar. Parma, Italia. 1992. Faustino Asprilla llega a un vestuario donde comparte camiseta con Gianfranco Sola, con Risto Stoikov, con jugadores que ya eran leyendas de Europa.
Y ahí en la serie más difícil del mundo, el muchacho de Tuluán no solo se adapta, explota, marca goles imposibles, gambetea rivales enteros, se convierte en uno de los extranjeros más queridos de la liga italiana. gana cinco títulos con el Parma. Se convierte, según sus propios compañeros, en una estrella mundial antes de cumplir los 25 años.
Pero la fama en Italia de los años 90 no llegaba sola. Llegaba con cámaras, con modelos, con vida nocturna, con un país entero que idolatraba a los futbolistas como si fueran dioses. Y Catalina, la esposa de 20 años recién cumplidos, se quedaba en la casa con un bebé mientras su marido se convertía en el jugador más comentado de Parma. Ella misma lo va a contar años después con la voz quebrada.
Cuando Faustino se volvió famoso con modelos y actrices detrás, fue que ella lo perdió porque él ni llegaba a la casa. Aquí es donde todo cambia. En 1993 pasa algo que Colombia entera todavía recuerda con la piel erizada. Las eliminatorias para el mundial de Estados Unidos. 94. Colombia visita a Argentina en el estadio Monumental de Buenos Aires con Diego Simeone, con Gabriel Batistuta, con Sergio Goicochea bajo los tres palos.
Nadie le daba a Colombia ninguna chance. Y esa noche Faustino Asprilla, el muchacho de Tuluá, le marca dos goles al arquero argentino en una goleada histórica de 5 a0. Esa noche, Asprilla deja de ser un jugador prometedor. Esa noche se convierte en ídolo nacional. Y esa fama, la misma que lo hace inmortal en la memoria de un país entero, es la que empieza a devorarlo por dentro.
Porque mientras Colombia festejaba en las calles, en Italia, el matrimonio de Faustino y Catalina ya hacía agua. Los rumores de infidelidad empezaban a llenar las páginas de las revistas de espectáculos. En 1993, un incidente de tránsito en Italia terminó en los diarios. Su vida nocturna era cuestionada abiertamente por la prensa italiana y Catalina en Colombia empezaba a acumular una soledad que ningún gol podía compensar.
En 1994 llega el mundial de Estados Unidos. Faustino Asprilla es titular indiscutido de la selección más ilusionada de la historia colombiana, pero el mundial termina en tragedia deportiva y en una tragedia mucho más grande. El asesinato de Andrés Escobar a la vuelta del torneo. Colombia entera queda herida y en medio de ese luto colectivo, la vida privada de Faustino sigue por un camino que nadie de afuera puede ver todavía.
1995, Faustino ya es una superestrella global. Fichado ahora por el Newcastle United de Inglaterra, se convierte en uno de los extranjeros más queridos en la historia de la Premier League. Los hinchas del Newcastle todavía cantan su nombre, pero en la casa, en Colombia, Catalina cría a Santiago prácticamente sola.
El niño ve a su padre en la televisión, en los goles, en las tapas de las revistas, pero no en el día a día. El mismo patrón que después el mismo va a lamentar sin saber que lo está viviendo desde el otro lado. Aquí es donde todo cambia otra vez, porque en 1996 en San Andrés pasa un episodio que va a quedar marcado en la memoria pública para siempre.
Faustino viaja disfrazado a la isla con lentes oscuros enormes para no ser reconocido. Ahí coincide con una reina de belleza colombiana. Las cámaras de un noticiero lo captan besándola en la mejilla mientras estaban en el mar. Las imágenes se difunden esa misma noche en los noticieros de las 6 de la tarde de todo el país.
Catalina en Medellín recibe una llamada furiosa de una amiga antes de ver las imágenes ella misma en la televisión. Y esa fue una de las primeras veces en que la infidelidad de su marido dejó de ser un rumor de revista para convertirse en evidencia frente a millones de colombianos. Faustino, confrontado esa misma noche por su hermana y por una llamada de Catalina, dio una explicación.
dijo que en realidad había viajado a San Andrés a gestionar la compra de un apartamento. Nadie en su casa le creyó del todo. Y esa noche, mientras el país comentaba las imágenes en los noticieros, Faustino Asprilla, sentado solo en un cuarto de hotel de la isla, sintió por primera vez algo que después iba a repetir en una entrevista años más tarde, cargo de conciencia, pensando que tenía a Catalina, tenía a su hijo Santiago y que no se lo merecía.
Pero el cargo de conciencia nunca fue suficiente para cambiar el rumbo. La velocidad que lo hacía imparable en la cancha era la misma que lo hacía inalcanzable en su propia casa. 1997, Faustino Asprilla está en la cima de su carrera. Fichado por el Parma nuevamente tras su paso por Newcastle, sigue siendo una de las figuras más cotizadas del fútbol mundial.
Pero en Colombia el matrimonio con Catalina ya no tiene retorno. Los años de ausencias, de rumores, de infidelidades confirmadas y negadas a medias habían desgastado algo que ni la fama ni el dinero podían reparar. Aquí es donde todo cambia. Enero de 1995, un año antes del episodio de San Andrés, Catalina y Faustino ya vivían separados. Ella se había ido con Santiago, que entonces tenía apenas 3 años y medio, a vivir a Medellín junto a su familia.
El 18 de agosto de ese mismo año, Faustino presenta la demanda de divorcio. No fue ella quien pidió terminar el matrimonio en los papeles, fue él. Y en esa demanda, según quedó registrado, Asprilla sostuvo que había existido en cumplimiento del deber conyugal por parte de su esposa, alegando que ella convivía con otro hombre, un jugador de Atlético Nacional.
La noticia explotó en los medios colombianos. El ídolo que humillaba elecciones enteras en la cancha ahora protagonizaba titulares por una demanda de divorcio cargada de acusaciones cruzadas. Catalina, que apenas tenía 22 años en ese momento, tuvo que presentarse ante el juzgado sexto de familia de Cali, acompañada de su propio padre, Gustavo Cortés Castaño.
El mismo hombre que años atrás se había opuesto al matrimonio. La audiencia de conciliación duró menos de 2 horas. Ambas partes estaban de acuerdo en terminar. Se definió que Santiago, el hijo de ambos, quedaría viviendo con su madre en Medellín. Faustino, ya inmerso en su vida en Inglaterra con el Newcastle, anunció que regresaría a Europa apenas terminara el trámite.
El matrimonio que había empezado a escondidas en una notaría en 1992 terminaba 5 años después, de la misma forma discreta y silenciosa. Pero lo que parecía el cierre de una etapa dolorosa era apenas el comienzo de un conflicto mucho más largo y mucho más público, porque después del divorcio venía la parte que ningún romance de juventud prepara a nadie para enfrentar la manutención de un hijo criado a la distancia entre dos países, entre un padre que vivía de gira permanente y una madre que sostenía sola el día a día.
Los años siguientes, Faustino continuó su carrera brillando en las canchas de media Europa y Sudamérica. Jugó en Parma, en Palmeiras de Brasil, en Universidad de Chile, en Newcastle otra vez, en Estudiantes de La Plata. Ganó reconocimiento, ganó dinero, ganó fama de galán internacional con romances que la prensa del corazón colombiana perseguía con obsesión.
Se le relacionó con la actriz Lady Noriega, con la exreina de belleza Paola Turbay, con decenas de mujeres cuyos nombres ocupaban páginas enteras de revistas de espectáculos. Y mientras Faustino acumulaba titulares de farándula, Santiago crecía en Medellín viendo a su padre más en la televisión que en su propia casa. El mismo patrón que después, ya adulto, el propio Faustino reconocería sin poder explicarlo del todo.
La fama que tanto lo había beneficiado en la cancha era la misma que le había costado la presencia de un hijo que necesitaba algo mucho más simple que un padre famoso. Aquí es donde todo cambia otra vez, porque en el año 2002, con el contrato de Faustino en el mundo del fútbol profesional llegando a su fin, algo empezó a torcerse todavía más.
Los pagos comprometidos para la manutención de Santiago, que Faustino había asumido desde 1996, comenzaron a espaciarse, después a atrasarse, después, según la denuncia que vendría después a desaparecer directamente. Gustavo Cortés, el abuelo materno de Santiago, el mismo hombre que había llevado a su hija hasta el altar del divorcio años atrás, fue quien decidió que ya no iba a quedarse callado.
Julio de 2004. Gustavo Cortés Castaño, abogado de profesión y abuelo de Santiago, presenta una demanda formal contra Faustino Asprilla por inasistencia alimentaria. El argumento era simple y demoledor. El compromiso económico que Faustino había asumido desde 1996 para sostener a su único hijo se había dejado de cumplir desde mayo de ese mismo año. 2004.
La noticia cayó como una bomba en los medios colombianos. El mismo hombre que había sido ovasionado en el monumental de Buenos Aires, el mismo que las marcas seguían contratando para comerciales, el mismo que aparecía sonriente en programas de entretenimiento. Ahora enfrentaba una denuncia judicial por no pasarle la manutención a su propio hijo, que para entonces ya era un adolescente.
Aquí es donde todo cambia. El proceso judicial se extendió varios años arrastrando audiencias, apelaciones, declaraciones cruzadas entre Faustino y su familia política. Y a comienzos de 2009, el juzgado 26 penal de Medellín dictó sentencia Faustino Asprilla fue condenado por inasistencia alimentaria. La pena fue una multa que en ese momento equivalía a $28,400 más el compromiso de pagar mensualmente el equivalente a poco más de $2,000 hacia delante.
Para cualquier trabajador colombiano promedio, esa cifra hubiera representado una fortuna irrecuperable. Para Faustino Asprilla, que había ganado millones jugando en Italia y en Inglaterra, la cifra era en teoría insignificante. Pero el golpe no era económico, el golpe era simbólico. Un juez de la República de Colombia había puesto en un papel oficial lo que la prensa rosa llevaba años insinuando entre líneas, que el ídolo que hacía delirar estadios enteros no había sido capaz de sostener a su propio hijo.
Faustino, apenas conocida la sentencia, salió a dar explicaciones públicas. y lo que dijo terminó de encender la polémica. Aseguró que Catalina y su suegro vivían pendientes de buscarle problemas que no entendían que ya no era futbolista activo, que ya no jugaba en el Parma, ni en el Newcastle, ni en el Palmeiras. Contó que en ese momento dependía de sus cultivos de caña de azúcar en su finca de Tuluá y que tenía un conflicto serio con el ingenio que le compraba la caña que llevaba meses sin pagarle.
dijo que le exigían girar mensualmente ,000 a Estados Unidos para que Catalina comprara ropa todos los días y que la vida real no funcionaba así. Del otro lado, la respuesta no se hizo esperar. Voceros de la familia de Catalina señalaron que Faustino debería explicar de dónde había sacado ella los dos apartamentos que tenía en Medellín y recordaron que al momento de la separación a ella le habían correspondido más de $200,000 en el reparto de bienes.
Lo que había empezado como una discusión privada entre dos exesposos se convirtió en un espectáculo mediático de acusaciones cruzadas sobre quién le debía que a quién, mientras Santiago, el verdadero centro de todo el conflicto, crecía en medio de esa guerra de declaraciones a la prensa. Aquí es donde todo cambia otra vez, porque mientras la Colombia futbolera discutía la sentencia en programas de radio y televisión, muy pocos se detuvieron a pensar en lo que significaba para un adolescente ver a su padre. ídolo nacional, siendo noticia
judicial por no pasarle el sustento. Santiago Asplilla Cortés, el hijo que había nacido en medio de una boda escondidas en 1992, crecía entendiendo casi en tiempo real y frente a las cámaras de todo un país, que la fama de su padre tenía un costo que él mismo estaba pagando en silencio. Y mientras esa condena judicial quedaba registrada para siempre en los archivos de un juzgado de Medellín, algo mucho más profundo se estaba gestando en la relación entre Santiago y su padre.
Algo que ni Faustino, ni Catalina, ni la prensa de espectáculos de la época alcanzaban todavía a imaginar. Los años que siguieron a la sentencia fueron años de silencio incómodo entre padre e hijo. Santiago, que para entonces tenía apenas 12 años cuando se dictó la condena, siguió creciendo en Medellín bajo el cuidado de Catalina, mientras Faustino, ya retirado del fútbol profesional, comenzaba una nueva vida como comentarista deportivo y comenzaba también a reconstruir de a poco su imagen pública. Aquí es donde todo
cambia. Faustino empezó a aparecer en televisión, primero en espacios deportivos, después en programas de entretenimiento y telerealidad. En 2015 participó en un programa de telerealidad en la India. Se convirtió en panelista habitual de análisis futbolístico para cadenas internacionales. La misma personalidad extrovertida que en su juventud lo había metido en escándalos ahora lo convertía en un comentarista carismático y querido por el público.
Faustino Asprilla se reinventaba frente a las cámaras. Pero lejos de los estudios de televisión en Medellín, un adolescente crecía preguntándose qué lugar ocupaba realmente en la vida de ese hombre que todos en Colombia reconocían por la calle Santiago. A diferencia de lo que muchos hubieran esperado del hijo de una leyenda del fútbol, tomó un camino completamente distinto.
No quiso perseguir la sombra de su padre en una cancha. Eligió estudiar medicina. Se fue a formar a la Universidad Leno y Rineé en Carolina del Norte, Estados Unidos, lejos de Colombia, lejos de las cámaras, lejos del apellido que en su país pesaba como una condena y como una bendición al mismo tiempo.
Aquí es donde todo cambia otra vez, porque en el año 2015, mientras Faustino aparecía en la pantalla como panelista deportivo, Santiago, ya viviendo en Estados Unidos, se convirtió en padre. Tuvo una niña, Juanita, y Faustino Asprilla, el hombre que había sido condenado por no sostener a su propio hijo, se convirtió de golpe en abuelo. La noticia lo transformó.
El día que nació Juanita, Faustino publicó un mensaje que sorprendió a muchos de sus seguidores por la ternura inusual en un hombre que hasta entonces era conocido en la esfera pública por sus escándalos, sus polémicas y sus frases directas sin filtro. Escribió que se renovaba la vida en la familia Asprilla, que le daba la bienvenida a su nieta Juanita y que ella era la nueva inspiración de su vida.
Ese nacimiento marcó un antes y un después silencioso en la relación entre padre e hijo. Santiago, ya adulto, ya médico, ya padre el mismo, empezó a entender su propia historia desde otro lugar. Ya no era el niño que veía a su padre por televisión esperando una llamada que a veces llegaba tarde. Ahora era el quien tenía que decidir qué tipo de padre quería ser para Juanita y eso lo obligó, quizás sin buscarlo, a mirar con otros ojos lo que había vivido con Faustino.
Con el paso de los años, la relación entre padre e hijo, lejos de romperse para siempre, como parecía inevitable después del escándalo judicial de 2009, empezó a reconstruirse de una manera que nadie en los medios colombianos había anticipado. Faustino en distintas entrevistas ya en la década de 2020 comenzó a hablar con una honestidad que antes no había mostrado.
reconoció públicamente que cuando le llegó la fama con el Parma y con el Newcastle, eso trajo consigo problemas serios para su matrimonio. Admitió que su vida social en Italia había llegado a un punto que no pudo controlar y que ese descontrol terminó costándole la familia que había formado apenas unos meses antes de partir hacia Europa.
En 2023, en una entrevista pública que sorprendió a muchos por su nivel de detalle, Faustino habló abiertamente sobre las razones de su separación con Catalina. Contó la historia del incidente de San Andrés. Contó el peso que había sentido esa noche al pensar en su esposa y en su hijo. Contó que fue un momento del que no se sentía orgulloso y por primera vez, en lugar de defenderse con evasivas como había hecho durante años, aceptó una parte de responsabilidad que antes nunca había reconocido frente a las cámaras.
Aquí aparece uno de los giros más importantes de esta historia, porque esa misma honestidad pública terminó llegando de manera indirecta hasta Catalina y hasta el propio Santiago. Catalina, ya instalada en Estados Unidos junto a su hijo y su nieta, también accedió a contar su versión en un documental producido por un canal de televisión colombiano.
Y en ese documental ella misma reconoció que a pesar del dolor de los años e infidelidades y ausencias recordaba su matrimonio con Faustino con mucho cariño, aunque también con mucho dolor. El documental de Catalina y Faustino, transmitido bajo el título Tino Asprilla, no nací para perder, se convirtió en un fenómeno inesperado.
Por primera vez, el público colombiano no veía al ídolo futbolístico defendiéndose de acusaciones, ni al galán de farándula esquivando preguntas incómodas. veía a un hombre de más de 50 años sentado frente a una cámara, reconociendo en voz alta los errores que durante décadas había minimizado o negado. Aquí es donde todo cambia.
En una de las escenas más comentadas del documental, Catalina relata con una honestidad que parte el corazón como fue perdiendo a Faustino, no de golpe, sino de a poco, casi sin darse cuenta. Cuenta que todo al principio era muy lindo, como en muchos romances de juventud, pero que llegó la fama y la fama fue muy buena para él, pero no para ella.
Cuenta que cuando Faustino se volvió famoso con modelos y actrices detrás, fue el momento exacto en que lo perdió, porque él ni siquiera llegaba a la casa. Esa frase dicha por una mujer que había esperado décadas para contarla en público, resonó en miles de hogares colombianos que habían crecido viendo a Faustino Asprilla como sinónimo de éxito, de gambete imparable, de gol histórico contra Argentina.
Detrás de esa imagen de ídolo intocable había una joven de 22 años criando sola a un hijo mientras su esposo brillaba del otro lado del océano. Pero lo que verdaderamente marcó un quiebre emocional en la historia fue lo que se reveló sobre el propio Santiago. En el documental, Catalina cuenta que el día que nació su hijo fue tanto para ella como para Faustino el día más importante de sus vidas.
Y Faustino, en su propia declaración reconoció algo que sorprendió incluso a quienes lo conocían de cerca. dijo que se sentía muy feliz con el nacimiento de Santiago, pero que al mismo tiempo sentía miedo. Porque en ese momento, siendo apenas un veañero recién explotando en el fútbol europeo, no se le pasaba por la cabeza la idea de ser padre.
Ese miedo, nunca antes confesado públicamente, explicaba de alguna manera el patrón que se repitió durante años. Un hombre que amaba a su hijo desde la distancia, pero que no sabía o no podía sostener esa presencia en el día a día. La misma velocidad que lo hacía inatajable en una cancha de fútbol lo hacía Widizo en su propia casa.
Aquí es donde todo cambia otra vez, porque el documental no se quedó solamente en el pasado. Mostró también el presente a un Faustino Asprilla ya mayor viajando a Estados Unidos para visitar a Santiago, a su nuera y a su nieta Juanita. mostró escenas que dos décadas atrás hubieran sido impensables al ídolo que una vez fue condenado por no sostener económicamente a su hijo, ahora jugando en el patio de una casa en Carolina del Norte con una niña que lo llamaba abuelo con total naturalidad.
Faustino en una de las escenas finales del documental habla directamente a cámara sobre la relación actual con su exesposa. Dice que a pesar de todo lo vivido, la relación con Catalina hoy es excelente, que lograron una convivencia positiva y que compartieron cada uno a su manera, la crianza de Santiago.
y en un gesto que sorprendió a muchos espectadores, aprovechó la entrevista para cuestionar públicamente separaciones de otras parejas famosas que se desgastaban en conflictos eternos, sugiriendo que deberían esforzarse, como él y Catalina finalmente lograron por mantener una relación amigable en beneficio de sus hijos.
Fue una declaración cargada de ironía involuntaria. El mismo hombre que había sido demandado por inasistencia alimentaria, el mismo que había protagonizado titulares por infidelidades y escándalos. terminaba dando lecciones de crianza compartida después de haber recorrido el camino más largo y más doloroso posible para llegar a esa reconciliación.
Santiago, por su parte, mantuvo durante años un perfil bajo respecto a su padre. Nunca dio entrevistas explosivas, nunca buscó protagonismo mediático a costa del apellido Asprilla. Se dedicó a su carrera de medicina, a su hija, a construir una vida lejos del ruido que había rodeado su infancia.
Pero quienes lo conocen de cerca aseguran que con el paso de los años encontró una manera propia de hacer las paces con su historia, convirtiéndose en el padre presente que él necesitó y que durante mucho tiempo no tuvo. Hoy, mirando en retrospectiva los más de 30 años que separan aquella boda escondidas en una notaría de Medellín del abuelo que juega en un patio de Carolina del Norte con su nieta Juanita, es imposible no preguntarse qué hubiera pasado si Faustino Asplilla hubiera tenido a los 22 años la madurez emocional que solo
consiguió después de perderlo casi todo. Aquí es donde todo cambia una vez más, porque hay un detalle de esta historia que pocas veces se cuenta completo y que explica mejor que cualquier otro episodio la dimensión real de lo que estaba en juego. Faustino en distintas entrevistas a lo largo de los años reconoció que durante su época dorada en Italia y en Inglaterra la fama se le subió a la cabeza de una manera que él mismo no supo controlar.
No fue un solo escándalo, ni una sola infidelidad, ni un solo malentendido con la prensa. Fue una acumulación silenciosa de ausencias, de noches que se convertían en titulares de una vida social que devoraba el tiempo que debería haber sido para su esposa y para su hijo recién nacido. Y esa acumulación tiene un costo que no se mide únicamente en dólares de manutención atrasada ni en sentencias judiciales.
Se mide los años que Santiago pasó viendo a su padre en la televisión en lugar de tenerlo sentado en la mesa. Se miden en los cumpleaños que Faustino se perdió mientras jugaba en canchas de media Europa. Se mide en la distancia que un niño construye, casi sin darse cuenta cuando su referente masculino es una figura pública antes que una presencia cotidiana.
Faustino mismo lo entendió tarde. En una de sus declaraciones más honestas, reconoció que fue él quien pidió el divorcio en 1995, no porque hubiera dejado de querer a su familia, sino porque su propio estilo de vida había hecho insostenible el matrimonio que había construido apenas unos años antes. Fue una confesión incómoda porque en el imaginario público durante años la narrativa había sido la de un hombre perseguido injustamente por su suegro y por una exesposa interesada en su dinero.
La realidad contada por el mismo ya con la madurez de los años era mucho más compleja y mucho menos favorecedora para su propia imagen. Aquí aparece uno de los giros más dolorosos de esta historia. Porque mientras Faustino brillaba en las canchas de la serie italiana y de la Premier League Inglesa, ganando títulos, rompiendo récords, siendo aplaudido por hinchadas enteras que coreaban su nombre.
En Medellín un niño crecía preguntándose por qu su padre nunca estaba en las fechas importantes y cuando ese niño se convirtió en adolescente, tuvo que enfrentar además la humillación pública de ver a su propio padre siendo noticia judicial por no cumplir con la manutención que le correspondía. Pocos hijos de figuras públicas han tenido que atravesar un proceso tan expuesto como el que vivió Santiago Asplilla Cortés entre 2004 y 2009.
Mientras otros adolescentes de su edad discutían con sus padres temas cotidianos, él tuvo que ver como la prensa colombiana debatía en programas de radio y televisión si su padre debía o no pasarle dinero para su sustento. Tuvo que escuchar a su abuelo materno, un abogado respetado, litigar públicamente contra el hombre que le había dado la vida.
tuvo que crecer entendiendo que su historia familiar era para el resto del país un tema de entretenimiento y de chisme. Y sin embargo, contra todo pronóstico, esa historia no terminó en resentimiento eterno. Terminó en una reconstrucción lenta, incómoda, llena de silencios largos, pero real. Faustino, ya retirado, ya reinventado como comentarista deportivo, empezó a viajar a Estados Unidos para visitar a su hijo.
Empezó a construir tarde, pero de forma genuina. el vínculo que no había podido sostener cuando Santiago era niño. Y Santiago, por su parte, decidió no replicar la distancia que había heredado. Decidió que su hija Juanita sí iba a tener desde el primer día al padre presente que él mismo tardó años en encontrar.
Aquí es donde todo cambia definitivamente, porque el verdadero punto de quiebre de esta historia no fue la sentencia judicial de 2009, ni el escándalo de San Andrés en 1996, ni siquiera el divorcio de 1995. El verdadero punto de quiebre fue el nacimiento de Juanita en 2015, porque fue ese nacimiento el que transformó a Faustino Asprilla de una figura pública polémica en un abuelo que por primera vez en su vida entendía lo que significaba estar presente sin que nadie se lo exigiera por contrato ni por sentencia judicial. Faustino Asprilla,
hoy panelista deportivo reconocido en distintas cadenas internacionales, sigue siendo una de las voces más escuchadas cuando se habla del fútbol colombiano de los años 90. Sigue apareciendo en televisión con la misma sonrisa carismática que lo hizo célebre en las canchas de Italia e Inglaterra.
Sigue siendo para millones de colombianos el hombre que le marcó dos goles a la Argentina de Batistuta en el Monumental de Buenos Aires. Pero quienes conocen su historia completa, la que no aparece en los resúmenes deportivos ni en los homenajes televisivos. ¿Saben que detrás de esa sonrisa hay una vida marcada por una pregunta que probablemente nunca terminó de responderse del todo? Si hubiera tenido la oportunidad de vivir de nuevo esos años de gloria en Europa, ¿habría elegido de otra manera? ¿Habría priorizado las noches de fiesta en
Italia o las llamadas telefónicas a Medellín para preguntarle a su hijo cómo le había ido en el colegio. Aquí es donde todo cambia por última vez en esta historia, porque la respuesta que Faustino terminó dando ya en la madurez no fue una declaración grandilocuente ni una disculpa pública ensayada para las cámaras.
Fue algo mucho más simple y mucho más humano. La decisión de estar presente ahora, aunque no hubiera podido estarlo antes. La decisión de viajar a Estados Unidos cada vez que podía, de aparecer en el patio de la casa de su hijo, de sostener en brazos a una nieta que no tenía ninguna culpa de los errores que él había cometido 30 años atrás.
Santiago, por su parte, construyó una vida que es, en cierto sentido, la respuesta silenciosa a todo lo que vivió de niño. Se convirtió en médico, en un profesional respetado, en un padre presente que decidió romper con el patrón que había marcado su propia infancia. No lo hizo con discursos, ni con reclamos públicos, ni con entrevistas cargadas de resentimiento.
Lo hizo simplemente viviendo distinto, eligiendo cada día estar donde su padre durante años no pudo o no supo estar. Y ahí radica quizás la verdadera lección de esta historia. Faustina Asprilla tuvo todo lo que un joven de Tuloa podía soñar: fama mundial, títulos, dinero, portadas de revistas, el cariño de hinchadas enteras en tres continentes distintos.
Pero durante años no tuvo o no supo sostener lo más simple y lo más valioso, la presencia constante junto a la familia que había formado antes de que la fama lo alcanzara. La condena judicial de 2009 quedó registrada para siempre en los archivos de un juzgado de Medellín. Los titulares de la época todavía se pueden encontrar en cualquier búsqueda sobre su nombre, pero esa condena, que en su momento pareció el capítulo más oscuro de su historia personal, terminó siendo con el paso de los años.
El punto de partida de una reflexión mucho más profunda sobre lo que realmente significa ser padre. Hoy cuando Faustino Asprilla aparece en televisión hablando de fútbol, de tácticas, de la selección Colombia rumbo a un nuevo mundial, pocos espectadores recuerdan la sentencia de inasistencia alimentaria de 2009.
Pero para quienes siguieron de cerca su historia completa, esa condena representa algo mucho más grande que un simple escándalo judicial. Representa el momento exacto en que un país entero tuvo que enfrentar la diferencia entre admirar a un ídolo deportivo y conocer al hombre real que hay detrás del apellido. Hay un detalle de esta historia que casi nunca se cuenta en los resúmenes deportivos y que explica mejor que cualquier otro momento el tamaño real del quiebre entre Faustino y su hijo.
En 2004, el mismo año en que Gustavo Cortés presentó la demanda por inasistencia alimentaria, Santiago tenía apenas 12 años y cursaba sexto grado en un colegio de Medellín. Sus compañeros de clase, hijos de familias que seguían el fútbol colombiano con devoción religiosa, sabían perfectamente quién era su padre. Y durante meses, mientras el proceso judicial avanzaba en los tribunales, Santiago tuvo que sentarse en un salón de clase sabiendo que cualquier compañero podía repetir sin filtro lo que había escuchado la noche anterior en
un noticiero de farándula sobre la demanda contra su papá. Esa exposición silenciosa pero constante es un tipo de daño que no aparece en ninguna sentencia judicial. No se mide en dólares de manutención atrasada. Se mide en la cantidad de veces que un niño de 12 años tiene que bajar la cabeza en un pasillo escolar.
Se mida en la costumbre que Santiago desarrolló, según contó Catalina años después en el documental de RCN, de evitar hablar de fútbol en cualquier reunión social, aunque fuera evidente para todos quién era su apellido. Aquí aparece otro dato que pocas veces se conecta con el resto de la historia. En 2007 salió publicado un libro colombiano de una autora que usaba el pseudónimo de Madame Rouschi, donde se señalaban presuntas citas del pasado de Faustino con varias modelos colombianas, incluyendo nombres puntuales que la
prensa retomó durante semanas. El libro terminó censurado un año después, pero mientras circuló alimentó todavía más la imagen pública de Faustino como el ídolo mujeriego. Justo en el momento en que la demanda por manutención empezaba a moverse en los juzgados de Medellín. Dos frentes distintos, la farándula y la justicia, golpeando al mismo tiempo la misma reputación y un adolescente en el medio de los dos.
Faustino, mientras tanto, seguía viviendo entre Colombia e Italia, alternando su vida como escampeón retirado con negocios en su finca de Tulua, la misma finca donde un año antes había protagonizado el episodio de los disparos con el fusil. Fue justamente en esa etapa, entre 2007 y 2009, cuando Faustino se encontraba en el momento más bajo de su imagen pública desde el retiro, acusado penalmente por el episodio de las armas, condenado por inasistencia alimentaria y señalado en la prensa rosa por escándalos sentimentales que se acumulaban uno
detrás de otro. Y sin embargo, en medio de ese descenso, hubo un gesto que casi nadie registró en su momento. En una entrevista radial de esos años, cuando le preguntaron directamente por la situación con su hijo, Faustino respondió algo que después, con el tiempo, tomaría otro significado. Dijo que todo lo que él tenía algún día le quedaría a Santiago, que era su único hijo. No fue una disculpa.
No fue una promesa de cambio inmediato, fue apenas una frase suelta en medio de una entrevista tensa. Pero fue la primera vez que Faustino públicamente reconoció que detrás de la disputa legal había algo más que dinero. Había un vínculo que, a pesar de todo, seguía existiendo. Los años entre 2010 y 2015 fueron para Faustino Asprilla, años de reconstrucción silenciosa.
Alejado ya del ruido mediático más intenso, se consolidó como comentarista deportivo. Primero en espacios locales colombianos y después en cadenas internacionales como ESPN. La misma verborrea que de joven no metía en problemas con la prensa ahora se convertía en su herramienta de trabajo, análisis directos, frases polémicas medidas, un carisma televisivo que el público disfrutaba sin la carga judicial de años anteriores.
Mientras tanto, a miles de kilómetros, Santiago terminaba el colegio y tomaba una decisión que sorprendió a quienes esperaban que el hijo de una leyenda del fútbol intentara, aunque fuera de lejos, seguir ese camino. se fue a Estados Unidos a estudiar medicina en la Universidad Leno Rineé en Carolina del Norte.
No hubo comunicado de prensa, no hubo entrevista, no hubo ninguna nota que conectara ese logro académico con el apellido Asplilla. Santiago construyó su identidad lejos de la sombra que durante toda su infancia había sido al mismo tiempo un privilegio y una condena. El nacimiento de Juanita en 2015 fue el verdadero punto de inflexión.
Faustino, que hasta entonces mantenía con su hijo una relación cordial, pero distante, empezó a viajar con más frecuencia a Estados Unidos, no como una visita protocolar de abuelo famoso, sino como una presencia que, según quienes lo acompañaron en esos viajes, buscaba activamente recuperar el tiempo perdido. publicaba fotos con su nieta en redes sociales, algo que nunca había hecho de forma tan explícita ni siquiera cuando Santiago era niño, porque en esa época las redes sociales todavía no existían y la costumbre de mostrar la vida familiar
tampoco. En 2023, ya con la relación reconstruida, Faustino aceptó hablar del tema con un nivel de honestidad que sorprendió a la prensa colombiana. En el programa de Laura Acuña, reconoció que su matrimonio con Catalina enfrentó desafíos serios por escándalos que él mismo protagonizó. Aunque intentó matizar algunos episodios atribuyéndolos a mujeres que buscaban fama a costa de su nombre.
Fue una defensa parcial, contradictoria en algunos puntos, pero fue en definitiva la primera vez que habló del tema sin esconderse completamente detrás del humor que solía usar para desviar preguntas incómodas. Hoy Santiago Asprilla es médico, es padre y mantiene con su padre una relación que, según ambas partes, han dejado entrever en distintas apariciones públicas es funcional y cercana.
aunque construida sobre cicatrices que nunca desaparecen del todo. Faustino, por su parte, sigue apareciendo en televisión, sigue siendo aplaudido por generaciones que lo vieron jugar y sigue cargando en algún lugar detrás de esa sonrisa carismática. La memoria de los años en que la fama le costó estar presente en la vida de su único hijo.
La historia de Faustino Asplilla termina entonces no con una condena ni con un escándalo, sino con la imagen de un abuelo jugando en un patio de Carolina del Norte. 30 años después de haber firmado un matrimonio a escondidas en una notaría de Medellín. Un final que no borra el pasado, pero que demuestra que incluso los vínculos más rotos pueden encontrar tarde un camino de regreso.
Si esta historia te hizo pensar en algún padre ausente, en algún hijo que esperar recuperar, en alguna relación familiar que quedó rota por la distancia o por el orgullo, quizás sea momento de hacer lo que Faustino tardó 30 años en hacer, elegir estar presente hoy, antes de que sea demasiado tarde. Sí.