A lo largo de la historia criminal existen homicidas que pasan a la memoria colectiva por la brutalidad de sus actos, la cantidad de víctimas o las circunstancias extraordinarias en las que cometieron sus delitos. Sin embargo, pocos casos resultan tan insólitos como el de Gabriel Roberto Herrera, conocido con el apodo de “Chirete”, un recluso argentino que asesinó a dos de sus parejas sentimentales dentro de establecimientos penitenciarios con once años de diferencia.
Sus crímenes no solo destruyeron dos familias, sino que también dejaron al descubierto graves fallos en el sistema penitenciario de la provincia de Salta, donde numerosas irregularidades permitieron que un hombre considerado extremadamente peligroso volviera a matar mientras cumplía una condena de prisión perpetua.
Los primeros antecedentes
Gabriel Roberto Herrera nació el 25 de noviembre de 1978 en la ciudad de Salta, Argentina.
Desde joven acumuló diversos antecedentes policiales por delitos contra la propiedad. En 2003, con 25 años, fue condenado por estafa y robo calificado e ingresó en la Unidad Carcelaria de Villa Las Rosas.
Su hermano también se encontraba preso por homicidio y ambos protagonizaban constantes conflictos dentro del penal.
Debido a los reiterados incidentes disciplinarios, las autoridades decidieron trasladar a Gabriel a la cárcel de Metán, situada a unos 160 kilómetros de la capital provincial.
En aquella época estaba casado con Verónica Soledad Castro, de 26 años, con quien tenía dos hijos pequeños: Gabriel Armando, de nueve años, y César, de cuatro.
Aunque la relación estaba marcada por episodios de violencia, Verónica continuaba visitándolo junto a los niños.
La visita que terminó en tragedia
El 23 de marzo de 2006, Verónica emprendió un largo viaje hasta la prisión acompañada por sus dos hijos y por su madre, Angélica Jorge.
Había preparado comida para compartir con Gabriel durante la visita y esperaba pasar unas horas en familia.
Al principio todo transcurrió con aparente normalidad.
Sin embargo, Gabriel comentó que se sentía mal y dijo que debía regresar a su celda para buscar unas pastillas.
Verónica decidió acompañarlo.
Los minutos comenzaron a pasar.
Mientras Angélica esperaba con sus nietos en el área de visitas, la pareja no regresaba.
Preocupada, la mujer se acercó hasta la zona de celdas y comenzó a llamar a su hija.
Gabriel apareció brevemente y respondió que Verónica saldría enseguida.
Pero cuando Angélica insistió nuevamente, recibió una respuesta imposible de olvidar.
Con absoluta frialdad, Gabriel le dijo:
—“Ya está… ya maté a su hija.”
A través de la puerta entreabierta de la celda, Angélica y el pequeño Gabriel Armando alcanzaron a ver el cuerpo de Verónica tendido en el suelo, con una prenda alrededor del cuello.
La mujer había sido estrangulada.
El niño, de apenas nueve años, comenzó a gritar desesperadamente.
En lugar de mostrar arrepentimiento, Gabriel señaló el cadáver de su esposa y le dijo a su propio hijo:
—“Ahí está tu mamá. Ya la maté.”
Aquella escena marcaría para siempre la vida del menor.
La primera condena
La investigación fue sencilla.
El homicidio había ocurrido dentro de la prisión y no existían dudas sobre la responsabilidad de Gabriel.
Fue condenado a prisión perpetua por homicidio calificado.
Nunca pudo determinarse quién era el funcionario penitenciario al que, según testigos, Gabriel habría entregado dinero poco antes del crimen ni por qué nadie intervino para evitar el asesinato.
Mientras tanto, los dos hijos de la pareja quedaron bajo el cuidado de sus abuelos maternos.
Las secuelas psicológicas fueron devastadoras.
Gabriel Armando sufrió graves episodios traumáticos e incluso intentó quitarse la vida durante su adolescencia.
Jamás volvió a reconocer a Gabriel Herrera como su padre.
Para él era únicamente el hombre que había asesinado a su madre delante de sus ojos.
Una nueva relación en prisión
Con el paso de los años, Gabriel continuó cumpliendo su condena en la cárcel de Villa Las Rosas.
Lejos de mantenerse aislado, comenzó una nueva relación sentimental.
La protagonista era Andrea Edith Neri, una joven que inicialmente acudía al penal para visitar a dos primos encarcelados.
Durante aquellas visitas conoció a Gabriel.
A pesar de que todavía era menor de edad cuando comenzaron a tratarse, la relación se fortaleció rápidamente.
Tanto sus familiares como los propios primos presos intentaron convencerla de que se alejara.
Le recordaban constantemente que aquel hombre había asesinado a su esposa dentro de una cárcel y que representaba un enorme peligro.
Incluso las autoridades penitenciarias llegaron a prohibir temporalmente sus visitas.
Sin embargo, Gabriel presionó para que la medida fuera revocada.
Finalmente volvió a recibir autorización para verla.
Poco después, Andrea quedó embarazada.
Las advertencias ignoradas
La noticia llegó hasta Gabriel Armando, el hijo mayor de Gabriel Herrera.
Al descubrir la nueva relación a través de redes sociales, decidió escribirle directamente a Andrea.
Le explicó quién era realmente Gabriel y le contó cómo había asesinado a su madre.
También Angélica, la madre de Verónica, buscó personalmente a Andrea cuando la vio entrando a la prisión.
Le rogó que abandonara esa relación antes de que fuera demasiado tarde.
Andrea, que ya tenía un embarazo avanzado, respondió que Gabriel la amaba y que con ella era completamente diferente.
Nadie consiguió convencerla.
El segundo asesinato
El 5 de enero de 2017, Andrea regresó a Villa Las Rosas con su bebé de apenas dos meses para que Gabriel pudiera conocerlo.
Después de atravesar los controles de seguridad, ambos se reunieron.
Poco después se dirigieron al baño del pabellón.
Allí comenzó una fuerte discusión.
Gabriel había visto en Facebook una fotografía donde Andrea aparecía abrazando a otro hombre.
Convencido de que le era infiel, comenzó a acusarla de traición.
Un preso que se encontraba en uno de los baños escuchó la discusión.
Declaró posteriormente que oyó repetidas negativas por parte de Andrea y que incluso alertó a un guardia sobre una posible agresión.
El funcionario no intervino.
Minutos después, Gabriel obligó a Andrea a entrar en su celda.
La joven intentó resistirse, pero terminó siendo introducida por la fuerza.
Dentro de la celda continuó la discusión.
Según la versión del propio Gabriel, ella terminó confesándole que mantenía otra relación y que el bebé no era suyo.
Acto seguido, colocó al niño sobre la cama.
Después comenzó una brutal agresión.
Golpeó violentamente a Andrea y posteriormente utilizó una gubia —una herramienta utilizada en carpintería— para atacarla repetidamente.
La autopsia reveló que recibió treinta y seis heridas concentradas en el cuello.
“Entren… la maté”
Tras el asesinato, Gabriel tomó al bebé en brazos.
Salió tranquilamente de la celda y llamó a los funcionarios penitenciarios.
Cuando estos llegaron, pronunció unas palabras que quedaron registradas en la investigación:
—“Entren… la maté. Se acabó la traición.”
Los guardias encontraron a Andrea tendida en el suelo, rodeada de sangre.
Murió pocos minutos después.
El bebé fue entregado inmediatamente a personal penitenciario y posteriormente quedó bajo el cuidado de su familia materna.
Una investigación que expuso graves irregularidades
El crimen provocó un enorme escándalo en Argentina.
La investigación descubrió que Gabriel disfrutaba de numerosos privilegios impropios para un condenado por homicidio.
Disponía de teléfono móvil con acceso a internet.
Recibía visitas en condiciones excepcionales.
Tenía acceso a objetos que jamás debieron encontrarse dentro de una prisión de máxima seguridad.
Además, varios internos declararon que existía un trato preferencial hacia él por parte de algunos funcionarios.
Cinco empleados penitenciarios terminaron siendo procesados por distintas irregularidades relacionadas con la seguridad del establecimiento.
El juicio
El proceso judicial comenzó en marzo de 2018.
Durante las audiencias se proyectaron las grabaciones de las cámaras de seguridad que mostraban los últimos minutos de vida de Andrea.
En ellas podía observarse claramente cómo intentaba impedir su ingreso a la celda colocando un pie contra la puerta mientras Gabriel la obligaba a entrar.
Las imágenes provocaron una profunda conmoción.
Durante su declaración, Gabriel reconoció plenamente el crimen.
Afirmó haber actuado por celos y aseguró que era el único responsable.
Los peritos psiquiátricos describieron a Herrera como una persona extremadamente agresiva, impulsiva, manipuladora, con rasgos psicopáticos y escasa capacidad para controlar sus impulsos.
También señalaron que rechazaba cualquier tratamiento psicológico.
La segunda cadena perpetua
El 6 de abril de 2018, el Tribunal de Salta declaró nuevamente culpable a Gabriel Herrera por el asesinato de Andrea Neri.
Fue condenado por homicidio doblemente calificado, tanto por la relación de pareja como por tratarse de un femicidio.
La sentencia volvió a ser prisión perpetua.
Además, uno de los guardias fue condenado por abandono de persona con resultado de muerte, mientras otros funcionarios penitenciarios recibieron sanciones administrativas y económicas por las graves negligencias detectadas durante la investigación.
Las consecuencias para dos generaciones
Los daños provocados por Gabriel Herrera fueron mucho más allá de sus dos víctimas mortales.
Sus hijos crecieron marcados por el trauma.
Años después, Gabriel Armando declaró públicamente que el asesinato de Andrea le hizo revivir exactamente el mismo horror que había experimentado siendo niño al presenciar la muerte de su madre.
Pocas semanas después de esas declaraciones ocurrió un hecho especialmente doloroso.
Gabriel Armando fue detenido tras atacar con un arma de fuego a su expareja, quien sobrevivió al atentado.
Posteriormente fue condenado por amenazas, lesiones e intento de homicidio.
Para los abuelos maternos de Verónica, aquello representó una segunda tragedia.
Consideraban que la violencia ejercida por Gabriel Herrera había dejado profundas secuelas psicológicas que terminaron afectando también a la siguiente generación.
Un caso sin precedentes
El caso de Gabriel “Chirete” Herrera continúa siendo considerado uno de los episodios más insólitos de la historia criminal argentina.
No solo porque un mismo recluso asesinó a dos de sus parejas mientras permanecía encarcelado, sino porque ambos crímenes ocurrieron dentro de establecimientos penitenciarios bajo la custodia del Estado.
Las investigaciones posteriores evidenciaron graves fallos en los controles internos, negligencias de funcionarios y privilegios indebidos concedidos a un interno que ya había demostrado ser extremadamente peligroso.
Las consecuencias fueron devastadoras: dos mujeres asesinadas, varios niños que crecieron sin sus madres y dos familias marcadas para siempre por decisiones que, según muchos especialistas, podrían haberse evitado con un sistema penitenciario más riguroso y eficaz.