Déjame empezar con una pregunta rara. ¿Qué pasa cuando tocas la mejor batería de tu vida y años después ni te acuerdas de haberlo hecho? Porque eso y no te estoy exagerando, es exactamente lo que le pasó a este hombre. Los Ángeles, 1977, un estudio. Adentro están Walter Becker y Donald Fagen, los cerebros de Steel Dan.
Y estos dos tenían fama de una cosa, eran imposibles. De verdad imposibles. Grababan la misma canción 40 50 veces, obsesionados con el lugar exacto de un solo golpe, perfeccionistas hasta el punto de volver loco a cualquier músico. Y llevaban semanas atorados con una sola canción. Ella no lograban que la batería sonara como ellos la querían.
Habían probado con otros bateristas. Nada, no cuadraba. Entonces alguien dijo un nombre y aquí viene lo que casi nadie te cuenta bien. El baterista que llamaron no llegó ahí en su mejor momento, al contrario, el productor de esa sesión, Gary Cats, que estaba ahí en la sala, lo dijo sin rodeos años después. En ese momento, este hombre ya tenía un problema serio con las drogas, serio.
Y aún así le pusieron enfrente una partitura de casi 8 minutos larga. tuvieron que armar un semicírculo de atriles para que cupiera completa una música compleja con cambios que la mayoría de bateristas necesita ensayar durante semanas. Él nunca la había visto. Pidió una sola cosa. Déjenme marcarla una vez.
Los músicos la corrieron una vez para que él anotara y luego dijo cuatro palabras. Okay, ya estoy listo. La tocó y lo que quedó grabado ese día es lo que millones de personas escuchan hasta hoy. Un solo al final que se estudia nota por nota en escuelas de música de todo el mundo. Ahora escúchame bien porque aquí está lo que me pone la piel de gallina.
Años después le preguntan a este baterista por un detalle famoso de esa grabación. Un golpe, un click de vaqueta que la gente lleva décadas debatiendo. ¿Fue error? ¿Fue a propósito? Y él responde, “¿Cuál click?” Como si no se acordara. Y la cosa es que seguramente de verdad no se acordaba, porque él mismo lo dijo con sus propias palabras mucho tiempo después.
Hubo una época en la que hizo cosas que ni recuerda haber hecho. Una época en la que, según él, dejó de tocar para vivir y empezó a vivir para consumir y ni siquiera se dio cuenta de cuándo cambió. Ese hombre es Steveg, probablemente el baterista de estudio más imitado de la historia y su momento más glorioso, el que lo puso en los libros, lo tocó mientras por dentro se estaba cayendo a pedazos.
¿Cómo se llega a eso? ¿Cómo alguien puede estar en el fondo y aún así tocar perfecto? Para entenderlo hay que regresar muy atrás a Rochester, Nueva York, a un niño de 3 años al que su tío le puso un par de vaquetas en las manos. El niño de la madera, Rochester, Nueva York, años 40. Ahí nace Steve G, un 9 de abril del 45.
Y la historia de cómo empezó con la batería. Mira, yo he escuchado muchas historias de cómo empezó fulano y casi siempre son las mismas, un tío, un regalo, bla, bla. Pero con Gad hay un detalle que a mí me pega. Tenía 3 años. Su tío Eddie, que había sido baterista en el ejército, le puso un par de vaquetas en las manos.
Pero fíjate que no había batería, no había ni un tambor, lo que había era un pedazo de madera, un bloque, un practice pad casero y los dos se sentaban juntos, ponían la radio y tocaban encima de lo que sonara, marchas de Sousa, lo que fuera. piénsalo un segundo. Un niño de 3 años sin tambor pegándole a un pedazo de madera al ritmo de la radio.

Ahí, en esa madera, sin que nadie lo supiera todavía, se estaba formando una de las manos más precisas que iba a conocer este instrumento. A los siete lo mandan a clases de verdad con un maestro, Elmer Frolig, en una tienda de música que quedaba. Ojo con esto. Justo enfrente de la Eman School of Music, una de las escuelas más serias del país.
El niño ni sabía todavía lo que eso significaba, pero ya estaba ahí orbitando ese mundo. Y aquí viene lo que a mí me cuesta creer. A los 11 años, 11, Steve God se sube a tocar con DC Guilespi. ¿Sabes quién era DC Guilespi? Uno de los gigantes del jazz. Una leyenda viva. Y este chamaco de 11 se tocar con él.
No me lo van a creer. Pero por esa misma época también gana un concurso nacional de talento de esos de Disney. Se va a California, conoce a Walt Disney en persona y sale en la tele en el Mickey Mouse Club tocando la batería y también bailando tap. Sí, tap, porque el cuate bailaba Tab con su hermano. Tenían hasta un dúo.
Y esto no es un dato curioso, no más para rellenar. Escúchame bien, porque esto sí importa. El T le enseñó algo que muy pocos bateristas entienden de verdad, que el ritmo también es un baile, que el pie tiene voz propia. Cuando tú escuchas a Gad años después haciendo esas cosas con el bombo y el high hat, esa independencia absurda entre manos y pies.
Una parte de eso viene de ahí, del niño que zapateaba. Su héroe, por cierto, era Jin Krupa, el baterista del swing, el showman. G lo estudiaba, quería sonar como él. Ahora déjame parar un momento y ser honesto contigo. Yo desconfío de las historias de niños prodigio. En serio, muchas veces se inflan, se adornan con los años y al final el tipo era bueno, pero no tanto. Pero con Gad no.
Los que lo vieron de niño cuentan lo mismo, todos. Chukman, el trompetista, que también era de Rochester, dijo que a los 8 años Steve ya era sólido en todas las áreas del instrumento. A los ocho no hablamos de un niño con talento, hablamos de alguien que a esa edad ya tenía fundamentos que muchos adultos no tienen nunca.
Y aquí es donde yo quiero que te quedes pensando algo. Todo ese control, esa precisión que parecía nacida con él, esa base tan sólida que aguantaba cualquier cosa, guárdala en la cabeza porque más adelante en esta historia esa misma base va a ser puesta a prueba de la peor manera posible. Van a haber una época en la que el hombre esté hecho pedazos por dentro y las manos, esas manos que empezaron en un pedazo de madera a los 3 años sigan funcionando perfecto, como si tuvieran memoria propia.
Pero todavía no llegamos ahí. Falta. Porque antes de Nueva York, antes de los estudios, antes de todo, había un uniforme esperándolo, el ejército. Y sin que él lo supiera, en esa banda militar iba a aprender un ritmo, uno solo, que años después iba a convertirse en una de las líneas de batería más famosas de la historia del pop.
Ya sabes cuál. Si crees que sabes, déjamelo abajo en los comentarios a ver si le atinas. El uniforme que escondía un groove. 1968. Steve God se gradúa de la Eman School of Music. Y ojo, que quede claro lo que eso significa. No es un tipo que aprendió a tocar en un garaje pegándole a unas latas.
Estudió en serio, ensemble de vientos, banda de concierto, lectura, teoría, todo. Este hombre sabía leer música como pocos y eso, guárdalo también es parte de por qué años después pudo sentarse frente a esa partitura de ella y leerla al vuelo. Pero justo cuando el mundo de la música le estaba abriendo la puerta, llega otra carta y esa no era de ningún estudio de grabación, era del ejército.
Lo reclutan. Servicio Militar. 3 años. Y aquí yo me pongo a pensar, ponte en su lugar un segundo, tienes veintitantos, acabas de salir de una de las mejores escuelas del país. Tienes un talento que la gente ya nota desde que eras niño y de repente uniforme, 3 años que en teoría te fren todo.
¿Tú qué hubieras sentido ahí? Yo, honestamente lo hubiera vivido como una condena. Pero mira lo que pasó. Y aquí viene lo interesante. En el ejército lo ponen a tocar en la banda militar. Y esas bandas, la gente no lo piensa, son escuelas brutales de una cosa muy específica, los rudimentos, redobles, para esas figuras de tambor que vienen directo de la tradición militar.
El control del palillo, la precisión pura, tocar exacto una y otra vez sin que se te mueva ni un milímetro. O sea, lejos de frenarlo, el ejército le afiló las manos. Y aquí está la joya. Escúchame bien, porque esto es de esas cosas que a mí me encantan de la historia de la música.
Años después, 1975, ya Gad está en un estudio grabando con Paul Simon. Están trabajando una canción y no acaba de arrancar. No encuentran el fill. Ya llevaban horas. Se dice que Paul Simon estaba a nada de tirar la canción a la basura. Y en una de esas pausas, Gad está ahí sentado en la batería, no más calentando, distraído, y le sale un ritmo, un ritmo que traía metido desde el ejército, un patrón medio marcial de esos que practicaba en la banda militar años atrás.
Nada que estuviera pensando, “Esto es para la canción”. No, puro reflejo, pura memoria en las manos y alguien lo escucha. Ese ritmo, el que le salió sin querer, el que venía del uniforme, se convirtió en la base de Secta Ways to Live Your Lover. Sí, esa, la que reconoces desde el primer compás.
Ese redoble tan característico del principio no es un invento de estudio. Es un soldado practicando en una banda militar 10 años antes, sin saber que estaba escribiendo uno de los groups más famosos de la historia del pop. Los que dijeron el nombre allá arriba en los comentarios le atinaron. Y ahora ya saben de dónde salió de verdad.
A mí esto me deja pensando en algo. Muchos bateristas jóvenes creen que la inspiración es cosa de un momento mágico, de sentarse a crear. Y no, Gató ese bit ese día. lo tenía guardado desde hacía años en el cuerpo de tanto repetirlo. La magia no fue inventarlo, fue tener las manos tan preparadas que cuando llegó el momento, el groove correcto salió solo.
Ese tipo de preparación no se improvisa, se construye golpe a golpe en un pedazo de madera a los 3 años, en una banda militar a los veintitantos. Y con esa base ya lista, terminado el ejército, Stevegad por fin pone rumbo al lugar donde todo iba a explotar. Nueva York. Pero la Nueva York de los 70 no era cualquier cosa, era una jungla.
Los mejores músicos del mundo peleando por el mismo trabajo. Y ahí, en esa ciudad, Gad iba a subir tan rápido y tan alto que ni él mismo se iba a dar cuenta de cuándo empezó a caer. Todos querían sonar como Gad. Nueva York, principios de los 70. G llega con un trío. Él Tony Levin en el bajo.
Sí, el mismo Tony Levin que años después toca con King Crimson y con Peter Gabriel y Mike Holmes llegan con todo, con ilusión, a comerse la ciudad y el trío se desarma. No funcionó, se acabó. Y ahí lo tienes en la ciudad más dura del mundo para un músico sin banda, empezando de cero. Escúchame bien, porque esto es algo que muchos no entienden.
Nueva York en esos años era una jungla. Los mejores bateristas del planeta estaban ahí. Todos peleando por el mismo trabajo de estudio. Llegar y destacar en ese ambiente no era cuestión de talento. No más había cientos de tipos con talento. Pero pasó algo. Un vibrafonista, Mike Mainieri, lo escucha y lo mete en un proyecto y de ahí, de ahí se abre la puerta.
Empiezan a llamarlo para grabar. Uno, otro, otro más. El sello CTI de jazz lo empieza a usar seguido. George Benson, Ched Baker, Hubert Laws, gente pesada. Y aquí viene algo que a mí me cuesta explicarle a los bateristas jóvenes. Gad venía del BBOP, del jazz. Era un baterista de jazz, de swing, pero cuando llegó a Nueva York se topó con otra cosa, el groove, el funk, el pocket.
Y al principio esto lo dijo el propio Maieri. Gad era el último tipo al que llamarías para una sesión de funk. El último. No lo tenía. ¿Y sabes qué hizo? En vez de decir, “Yo soy baterista de jazz”, esto no es lo mío. Lo estudió. Se puso a aprender. Escuchó a tipos como Rick Marota poner un groove tan sólido que lo dejó marcado y agarró todo ese control técnico que traía del jazz, de los rudimentos, del ejército y lo metió dentro de un pocket.
Ese fue el cruce. Ahí nació el G que conocemos, un tipo con la técnica de un baterista de jazz de conservatorio metida dentro del groove más profundo que te puedas imaginar. Nadie sonaba así. Nadie. Y a partir de ahí, ojo con esto, la cosa se vuelve una locura. En los 70, este hombre grabó Agárrate, más de 230 sesiones solo en esa década. 230.
Estaba en todos lados. Abrías un disco importante de esos años y ahí estaba Gad, Paul Simon, Steely Dan, Chick Corea, Ricky Le Jones. Formó Stuff, esa banda de F con Richard T. Y Cornel Dupri, donde el pocket era tan grasoso que daba risa. Y con Chic Corea, ahí G soltó una de sus firmas, esos trecillos de semicorcheas, esa figura rapidísima, redonda, que rueda por los tambores como si fuera una sola cosa líquida.
los tocó en discos como My Spanish Heart y Friends. Y te digo una cosa, eso no es fácil. Muchos bateristas lo intentan y suena atropellado, forzado. En las manos de Gad suena como si respirara, como si no le costara nada. ¿Y qué crees que pasó cuando el mundo escuchó todo esto? Se volvió el baterista más imitado del planeta.
Y no lo digo yo como frase bonita, te lo pruebo. En Japón, Japón, empezaron a vender transcripciones de sus solos, partituras, nota por nota, de lo que Gad tocaba. Y todos los bateristas japoneses de primer nivel empezaron a sonar como él. Todos querían ser Gad. Chic Corea, que no era cualquiera, lo dijo con estas palabras.
Todos los bateristas quieren tocar como G porque toca perfecto. Le trajo un pensamiento orquestal y compositivo a la batería y al mismo tiempo tiene una imaginación enorme y una capacidad brutal para hacer swing. Perfecto. Esa fue la palabra que usó. Perfecto. Y aquí es donde yo necesito que pares un segundo conmigo porque suena como el sueño, ¿no? El tipo más pedido del mundo, el más imitado.
Grabando sin parar con las leyendas más grandes de la música. un baterista de tre y tantos años en la cima absoluta de su profesión. Pero déjame contarte cómo se veía eso por dentro. Y esto no me lo estoy inventando. Es él quien lo cuenta con sus propias palabras, años después. G llamó a esa época los años de fiesta. Al principio dice, “Todo era diversión.
Nadie sabía que esas cosas te atrapaban. Y escucha bien cómo lo describe, porque esto es escalofriante en su honestidad.” dijo, “Cuando empecé a drogarme, era como que intentaba mantenerme despierto para poder tocar con toda esa gente con la que siempre había querido tocar, ¿entiendes? Al principio era para aguantar el ritmo, para estar en todas las sesiones, para no perderse ni una oportunidad.
” Y luego dijo la frase que a mí me da un escalofrío cada vez que la leo. En algún momento se puso oscuro. Pasé de consumir para poder trabajar, a trabajar para poder consumir y ni siquiera me di cuenta de cuándo cambió. Léelo otra vez en tu cabeza. No me di cuenta de cuándo cambió. El baterista más imitado del mundo, el que tocaba perfecto, el que todos querían ser.
Y por dentro, sin que nadie lo notara todavía en las grabaciones, la línea entre usar para tocar y tocar para usar ya se había borrado. Y fue justo en ese punto, en pleno descenso, con ese problema ya encima, que sonó el teléfono. Los Ángeles, un estudio, dos perfeccionistas atorados con una canción imposible.
Ella. Ahora ya sabes en qué estado llegó ahí y por eso lo que pasó esa tarde es todavía más difícil de creer. Una sola vez. Volvamos al estudio. Los Ángeles, 1977. Pero ahora ya sabes quién entró por esa puerta de verdad. No entró un semidios, entró un hombre en problemas que tocaba como un dios.
Déjame contarte cómo fue porque tengo el relato del propio productor Gary Cats, que estaba ahí sentado en la sala de control y es de esas historias que si no la contara alguien que estuvo presente dirías que es mentira. Primero, algo que casi nadie sabe. Becker y Fagen, los de Steel y Dan, habían hablado de llamar a Gad muchas veces antes, muchas.
Pero cada vez que estaban a punto, uno de los dos decía algo como, “No, es que no me acaba de encantar su backbit. Y no lo llamaban. ¿Lo puedes creer? El baterista más imitado del planeta. Y estos dos dudaban de su backbeit, pero para ella ya estaban desesperados, atorados, la canción no salía. Así que alguien dijo, “Quizás este es buen momento para probar con Gad.” Y llegó. Cats.
Lo cuenta así. G entró, vio esa partitura enorme, casi 8 minutos de música, y pidió los atriles. Armaron un semicírculo completo porque no cabía en un solo lugar. Y entonces dijo una cosa muy simple, ¿podemos correrla una vez para que yo la marque una vez? Los músicos y hablamos de Chuck Rainy en el bajo, Víctor Feldman en la percusión, gente enorme.
Corrieron la canción una sola vez. G, mientras tanto, iba marcando su partitura, anotando, escuchando, absorbiendo esa estructura complejísima en tiempo real y al final dijo, “Okay, ya estoy listo.” Fagen estaba afuera de espaldas grabando una voz guía. Becker y Cats en el control. Y Gad la tocó. Y según Cats, la tocó una sola vez.
Esa vez que escuchas en el disco. La única vez que la tocó. ahora. Y aquí tengo que ser honesto contigo, porque este canal no es de tragarse leyendas sin masticarlas. Esa parte se discute, se discute mucho. El bajista Chuck Rainy en otra versión dijo que fueron dos tomas y que usaron la primera.
El propio G durante años contó que la banda estaba tan bien ensayada que él solo tuvo que tocarla un par de veces. Ninguno miente. Lo que pasa y esto conecta con todo lo que te vengo contando, es que era hace casi 50 años con una cantidad de trabajo brutal encima y en una época que él mismo describe como borrosa, como algo que apenas recuerda.
Entonces, una toma dos. Mira, yo te voy a dar mi opinión de baterista sin adornos. No importa, en serio, porque aunque hayan sido dos, hablamos de un hombre leyendo a primera vista una partitura de 8 minutos con cambios endemoniados e improvisando encima un solo final que hoy, hoy, casi medio siglo después, se sigue transcribiendo y estudiando en escuelas de música de todo el mundo.
Una o dos tomas para eso es igual de imposible, es igual de sobrehumano. Y hablando de ese solo, déjame meterme un momento en lo técnico porque es lo que hago. En el break del medio y en el outro de la canción, G suelta esas figuras que son puro él. Trescillos que ruedan por los toms con una redondez que no es normal.
Esos golpes de mano mano pie que vienen directo de su escuela, de los rudimentos militares que te conté y su famoso gadamacue, esa frase que él mismo bautizó que es como un molino de manos y pie que suena imposible pero fluye. Todo eso improvisado sobre la marcha y ahí está el detalle que la gente lleva décadas debatiendo.
Hay un momento, como en el minuto 4 con50 y tantos donde se escucha un click, un golpe seco distinto, un click de vaqueta, un rimot raro que no parece ir ahí y los bateristas del mundo entero se han peleado por eso durante años. ¿Fue un error? ¿Se le fue la vaqueta y le pegó al aro sin querer? O fue a propósito uno de esos clics de palillo que los bateristas de formación militar meten en sus solos algo que él traía en la sangre desde la banda del ejército.
Hay quien jura que fue un accidente perfecto. Hay quien jura que fue puro instinto rudimental. ¿Y sabes qué dijo Gad cuando le preguntaron directo? ¿Cuál click? Y ahí, mano, ahí es donde toda esta historia se junta en un solo punto, porque cuando yo empecé este video te dije que había algo escalofriante en esa respuesta. Ahora ya lo entiendes.
No es que God se hiciera el misterioso, no es marketing, es que muy probablemente de verdad no se acuerda. Ese fue justo el corazón de los años de fiesta, la época que él describe como borrosa, donde hizo cosas que no recuerda haber hecho. Piénsalo, el momento más estudiado de su carrera, el solo que lo puso en la historia para siempre, la grabación que millones de personas conocen nota por nota.
Y él, el hombre que la tocó, no puede confirmarte con certeza si ese golpe famoso lo hizo a propósito o no. Tocó el momento más perfecto de su vida, en uno de los momentos más oscuros de su vida. Y las dos cosas pasaron en la misma silla, la misma tarde con las mismas manos. Esas manos que empezaron en un pedazo de madera a los 3 años.
Yo no sé tú, pero a mí eso me deja callado un rato. ¿Tú qué opinas? ¿El click fue error o fue genio? Déjamelo abajo, que este es de esos debates que no se acaban nunca y con razón. Pero la historia no termina aquí ni de cerca porque después de ella, después de la cima, eso oscuro que Gat llevaba adentro no se detuvo, al contrario, siguió creciendo y hubo un momento, uno de verdad en que el mejor baterista de estudio del mundo estuvo a punto de perderlo absolutamente todo.
El fondo. Aquí tengo que bajar la voz un poco porque esta parte de la historia no es de aplaudir, es de entender. Después de ella, Gat siguió arriba. Siguió siendo el más pedido, el más imitado, por fuera todo perfecto. Pero eso que él llamó ponerse oscuro se puso más oscuro.
Los años de fiesta dejaron de ser fiesta hace rato y nadie que lo veía tocar se imaginaba lo que estaba pasando en paralelo. Déjame contarte una escena. Y no es un chisme de foro. Ojo, es de Jan Sean, una cantautora enorme, gente que trabajó con él en esos años, que lo quería y lo respetaba. Ella lo contó de primera mano.
Dice que llegó a ver a Steveg desmayado en el suelo en el piso de la sala de control de un estudio tirado mientras peleaba con su adicción. para imagínatelo un segundo, el baterista más grande del mundo en el suelo de un estudio inconsciente. Pero, y aquí es donde la cosa se vuelve casi imposible de creer. La misma Yanis cuenta que ese mismo hombre en ese estado hecho pedazos, estaban grabando con una orquesta de más de 20 músicos y Gad abría un ojo apenas desde donde estaba, y decía, “Compá 79, alguien está tocando un fa
sostenido. Debería ser fa.” y tenía razón. Escúchame bien, porque esto es lo más perturbador de toda la historia. El talento seguía ahí intacto, las manos seguían funcionando, el oído seguía siendo sobrehumano hasta en el fondo del pozo. Y esa es justamente la trampa más cruel de la adicción.
Porque cuando sigue siendo brillante mientras te destruyes, nadie te frena, ni tú mismo. El talento se vuelve la excusa. Si todavía toco así, no debe estar tan mal. Pero sí estaba mal. Y aquí quiero ser muy claro con algo, sobre todo si me estás escuchando y esto te toca de cerca de alguna manera. Esto no es una historia romántica.
No hay nada genial en tocar drogado. La leyenda esa de que las drogas hacen al artista es mentira. G no tocaba perfecto por las drogas. Tocaba perfecto a pesar de las drogas. Y las drogas casi se lo llevan, casi nos quitan a uno de los músicos más importantes de la historia. Eso no tiene ni una pisca de romántico.
Él lo dijo mejor que nadie. contó que llegó un punto en que cuando por fin habló de esto, usó una palabra desconcertante que uno cruza la línea entre usar y abusar sin darse cuenta. Y cualquier persona que ha pasado por eso o que ha visto a alguien pasar por eso, asiente con la cabeza cuando lo escucha, porque es exactamente así.
Entonces, ¿qué pasó? ¿Cómo no termina esta historia como terminaron tantas otras en la música? Porque tú y yo sabemos cómo suelen terminar. Hemos hecho videos de esos bateristas increíbles que no llegaron a viejos. God sí llegó. En algún momento hacia el final de los años 80, Steve God hizo la cosa más difícil que puede hacer un ser humano.
Paró, buscó ayuda, entró en recuperación y no fue un fin de semana ni una cura milagrosa. Es un camino largo, durísimo, de todos los días. Él lleva décadas en ese camino. Décadas. Y aquí viene algo que a mí como baterista me parece de lo más hermoso de toda esta historia. Él mismo dice que su sobriedad se nota en cómo toca, no solo en cómo vive, en cómo toca.
Dice con estas palabras: “Antes hacía cosas que ni recuerdo haber hecho. Lo que hago ahora es más parte de mi vida porque siento que estoy presente para vivirlo.” ¿Sabes lo que significa eso viniendo de un baterista? Todo el instrumento entero. Se trata de estar presente, de estar en el momento exacto, ni un milisegundo antes ni después.
El pocket es presencia pura y este hombre estuvo años tocando perfecto sin estar del todo ahí y tuvo que salvarse la vida para por fin estar presente de verdad detrás de la batería. El group siempre estuvo. Lo que le faltaba era él. Y cuando por fin volvió, sobrio, entero, presente, el mundo no lo había olvidado para nada.
Lo estaba esperando y uno de los músicos más grandes del planeta iba a tocar la puerta. El regreso del más presente, los años 90. Y aquí la historia cambia de color. Eric Clapton. Sí, ese Clapton necesitaba baterista y no cualquiera. Alguien de confianza absoluta para giras mundiales, para discos, para todo.
¿A quién eligió? A Steve God. Lo hizo su baterista de cabecera, su primera llamada durante años. Y ojo con esto porque hay un detalle que a mí me parece de lo más humano de toda la historia. Clapton y Gad se hicieron cercanos por dos cosas. Los dos eran hombres de familia y los dos estaban en recuperación.
Los dos habían pasado por el mismo infierno y habían salido del otro lado. Piénsalo. No fue solo que el mejor guitarrista de blues del mundo llamara al mejor baterista de estudio. Fue un tipo que se salvó tendiéndole la mano a otro que también se había salvado. Se entendían sin hablar. Y párate a pensar en el peso de eso.
No estamos hablando del Gad de los 70, el fenómeno joven que grababa 200 sesiones y se estaba quemando por dentro. Estamos hablando del Gad que volvió sobrio, entero y el mundo, lejos de haberlo dado por perdido, lo puso al lado de una de las leyendas vivas más grandes del rock. James Taylor también lo quiso. Paul Simon siguió llamándolo.
Los más grandes, otra vez haciendo fila. Escúchame bien, porque esto es lo que quiero que te lleves de aquí. Mucha gente vuelve de una caída así y ya no es la misma. Vuelve disminuida. Toca bien, pero le falta algo. Con Gad pasó lo contrario. Volvió mejor, más profundo, porque ahora, como él mismo dijo, estaba presente.
Estaba ahí de verdad, detrás de la batería, viviendo cada golpe y no paró. Este es el detalle que a mí me deja con la boca abierta. En vez de descansar sobre la leyenda, sobre el Yo soy Steve God, ya toqué ella, ya no tengo nada que probar. Siguió trabajando duro. En 2013, con más de 60 años, armó por fin su propia banda como líder, el Steve God Band, su primer disco al frente de un proyecto propio en un cuarto de siglo, Gadyud.
Y después 70 Strong, que sacó para celebrar sus 70 años. 70 y grabando discos nuevos de música original. Y aquí viene algo que me parece precioso. En 2015 volvió a Rochester, a su ciudad, donde empezó todo con el pedazo de madera y el tío Eddie volvió a casa con su banda a grabar un disco en vivo.
Way Back Home se llama El camino de vuelta a casa. Y no es un nombre puesto al azar, ¿eh? El hombre que casi se pierde grabando en vivo justo donde había empezado a soñar de niño. Ese disco le valió una nominación al Gramy. No lo ganó. Ojo, aquí soy honesto contigo, pero la nominación por ese disco en ese lugar ya era una historia completa en sí misma y el Grammy sí llegó.
Poco después lo ganó con el disco de su propia banda, el Steve God Band, mejor álbum instrumental contemporáneo, su primer gramy como líder, después de décadas siendo el baterista que hacía ganar a todos los demás, décadas tocando en discos premiados de otros. Y por fin uno con su nombre al frente y no paró ahí tampoco.
Doctorado sonoris causa de Berkley y de la Isman, la misma escuela de la que se graduó de joven, ahora dándole un doctorado honorario. El salón de la fama de Modern Drummer desde el 84, el de la Percussive Arts Society y hasta hace muy poco seguía grabando. Tocó en un sencillo de David Gilmore, el de Pink Floyd, hace apenas un par de años con casi 80 años encima.
Y déjame cerrar la cuenta del legado, porque este es el punto donde yo como baterista me quito el sombrero de verdad. ¿Te acuerdas que en Japón vendían transcripciones de sus solos y todos querían sonar como él? Eso no se quedó en Japón ni en los 70. Vin Colayuta, uno de los bateristas más impresionantes que existen, lleva a Gad.
Dave Weckle, igual Carter Buford, el de Dave Matthews Band. Generaciones enteras de bateristas que ni siquiera lo saben tienen algo de Gad en las manos cada vez que tocan un groove. Piénsalo, hubo un tiempo en que casi lo perdemos. Un hombre en el suelo de una sala de control y de ese mismo hombre salió un río que todavía hoy corre por debajo de casi todo lo que escuchas.
Eso no es suerte, eso es una vida entera golpe a golpe. Déjame terminar esto contigo de una forma más personal. Apago un momento al narrador y te hablo de baterista a baterista. Yo llevo años detrás de una batería y acusado la historia de ella mil veces. Todos la contamos.
El one take, el click misterioso, el prodigio que leyó la partitura a primera vista. Y por mucho tiempo yo la conté igual que todos, como una hazaña, como un truco de magia. Pero después de armar todo esto, ya no la puedo contar así. ¿Por qué? ¿Te acuerdas de la pregunta con la que empecé este video? ¿Qué pasa cuando tocas la mejor batería de tu vida y no te acuerdas de haberlo hecho? Ahí está la respuesta. Y no es bonita.
El momento más grande de su carrera, el solo que millones estudian nota por nota. Steve God lo vivió sin estar del todo ahí. Ese es el verdadero precio de esos años. No fueron las tomas ni el famoso click. Fue que tocó perfecto en un momento que casi no recuerda. estuvo y a la vez no estuvo.
Y para un baterista eso es lo más triste que te puede pasar porque nosotros vivimos de estar presentes. Tú lo sabes. Cuando estás de verdad dentro de un groove, no hay nada más. Ni el celular, ni las cuentas, ni el ruido de la cabeza, solo el momento. Ese es el regalo del instrumento y Agat en su mejor noche le robaron justo eso.
Pero aquí está lo que a mí me da esperanza y por esto quise contarte la historia completa y no solo el truco de magia. Él lo recuperó. Tuvo que tocar fondo, tuvo que salvarse la vida, pero lo recuperó. Hoy a sus casi 80 años cuando se sienta detrás de esa batería, está ahí. completo, presente en cada golpe y por eso suena como suena, no por la técnica que siempre la tuvo.
Suena así porque por fin está. Y déjame decirte una cosa y con esto cierro. Tú no necesitas tocar fondo para aprender lo que a Gat le costó tantos años. No hace falta. Esa lección te la puedes llevar esta noche gratis. La próxima vez que te sientes a tocar, aunque sea 10 minutos, aunque sea solo para ti, estate ahí de verdad.
Sin el teléfono al lado, sin la cabeza en otra parte, presente, porque ese al final es el secreto que ninguna escuela te enseña. No es tocar rápido, no es tocar perfecto, es estar. Así que la próxima vez que pongas aja y ojalá la pongas hoy después de esto, no escuches solo él solo, escucha todo lo que hay detrás de esas manos.
La madera, el uniforme, la caída, el regreso. Ese es Steve God, el más imitado, el más respetado, un hombre que perdió el rumbo en la cima y encontró el camino de vuelta a casa. Yo soy Marcus Cron y si esta historia te movió algo por dentro, ya sabes qué hacer. Déjame abajo qué baterista quieres que investiguemos la próxima vez, que para eso estamos.
Nos vemos en la próxima crónica.