Grecia Colmenares: Su CONFESIÓN Más Cruel – El Hombre que la Marcó y La “VERDAD” que Guardó por Años
Hay una frase que Grecia Colmenares dijo en una entrevista y que nadie esperaba escuchar. Una frase que resume ¿Quién es esta mujer mejor que cualquier telenovela que haya protagonizado? Y cuando la escuches, vas a entender por qué a los 61 años sigue siendo exactamente la misma persona que entró a un estudio de televisión siendo una niña y lo conquistó todo.
Pero antes de llegar ahí, necesito que conozcas la historia completa. Porque lo que esta mujer vivió, lo que construyó, lo que perdió y lo que eligió soltar es una historia que ningún guionista habría podido escribir mejor. ¿Qué pasó con Grecia Colmenares después de que el mundo entero la conoció? ¿Por qué en el momento de mayor éxito eligió alejarse? ¿Qué hay detrás de esa imagen de perfección que millones de personas adoraron durante décadas? ¿Y qué es lo que finalmente a los 61 años decidió confesar? Quédate porque hay un momento
en esta historia, un momento que ocurrió en un espejo que te va a dejar sin palabras. Grecia Dolores Colmenares nació el 7 de diciembre de 1962 en Valencia, Venezuela. Una ciudad industrial del centro del país, lejos del glamur de Caracas, lejos de los estudios de televisión, lejos de todo lo que ella terminaría conquistando.
Su origen era un cruce de culturas. Su madre, Grecia Miens, era de ascendencia francesa. Su padre, Lisandro Ernesto Colmenares, era venezolano de pura cepa. Esa combinación le dio algo que las cámaras capturaban, pero que era difícil de explicar, una presencia que no necesitaba presentación. Cuando Grecia entraba a un lugar, se notaba así desde niña, y desde niña también tenía claro lo que quería.
No era un juego, no era el sueño vago de una chiquilla que veía televisión y pensaba que sería bonito salir en ella. Era algo más profundo, más urgente, una certeza que la consumía y que no daba señales de irse. Asistió a la escuela Lisandro Ramírez y después al Liceo Malpica. Cumplía con la escuela, sí, pero su formación real estaba en otro lado.
Estudió teatro de la mano del director y dramaturgo Miguel Torrense, a quien siempre llamó con afecto mi maestro. The Torrence aprendió algo que no se enseña en ningún manual, que actuar no consiste en fingir emociones, sino en encontrarlas de verdad delante de una cámara o de un público cada vez que se necesite. Eso sonaba sencillo.
No lo era. Igrecia lo sabía. Nunca vi la actuación como un juego, diría años después. Quería ser actriz y sabía la responsabilidad que eso implicaba. Estudiaba mis guiones y al mismo tiempo sabía que tenía que estudiar en la escuela. Con 9 años convenció a su madre de llevarla a Radio Caracas Televisión, la legendaria RCTV, sin invitación, sin contactos, sin ningún padrino que abriera una puerta.
llegó con su madre de la mano a una audición abierta donde competía contra otros 30 niños y ganó. El papel era el de Angélica, la protagonista infantil de una telenovela que llevaba ese mismo nombre y que coprotagonizaba nada menos que José Luis Rodríguez, el Puma, junto a Mayira Alejandra, una producción seria con una estrella de primer nivel y ahí estaba Grecia con 9 años sosteniendo su espacio en pantalla como si hubiera nacido exactamente para eso, porque quizás sí había nacido para eso.
El debut fue tan contundente que los productores no la soltaron. Vinieron más papeles. La hija de Giancarlos y Manca, la hija de Lila Murillo. Siempre alguien la quería de vuelta. Iglesia seguía perfeccionando su oficio con esa seriedad que a su edad resultaba casi desconcertante. Más adelante, ya con la carrera en marcha, continuó su formación con Amalia Pérez Díaz, reconocida por la prensa del entretenimiento como la dama de la actuación, una de las formadoras de talento más respetadas del medio venezolano. Grecia nunca dejó de
estudiar, nunca asumió que lo que tenía era suficiente. Eso también es parte de la confesión, pero todavía no llegamos ahí. En 1978, con 15 años, protagonizó su primera miniserie como figura central, Drama de Amor en el bloque 6, una versión moderna de Romeo y Julieta. Ahí conoció a Henry Saka, su compañero de reparto.
La ficción y la vida real se mezclaron, como suele pasar en los sets, cuando dos personas jóvenes pasan horas interpretando un amor y a los 17 años Grecia se casó con él. El matrimonio duró poco más de un año. Grecia nunca habló demasiado de ese capítulo, solo que fue breve y que terminó. Quizás fue demasiado pronto, demasiado joven, demasiado rápido para saber qué quería realmente, pero esa experiencia la marcó de una manera que solo se entiende años después, cuando ya tienes la perspectiva suficiente para ver que los errores
tempranos también enseñan y que a veces los finales rápidos evitan daños más largos. Lo que sí está claro es que ese primer tropiezo no la frenó, si algo hizo fue enfocarla. En 1981 llegó Rosalinda, su primera telenovela completa como protagonista adulta, junto a Carlos Olivier. El público venezolano respondió con una fuerza que nadie había anticipado.
Las clasificaciones se fueron al tope. Los premios empezaron a llegar. Venezuela tenía a su nueva gran figura, aunque el resto del mundo todavía no lo sabía. En 1983 vino Días de Infamia junto a Javier Vidal. La química entre los dos era de las que no se fabrican. El televidente lo sentía aunque no supiera nombrarlo. Al año siguiente, otra telenovela con Vidal con el mismo resultado, un público que no quería soltar la pantalla.
Y entonces llegó 1984 y con ese año llegó todo. Radio Caracas Televisión le ofreció el papel protagónico en la adaptación de Esmeralda, un rol que en 1971 había hecho famoso a Lupita Ferrer. Era una señal de hasta dónde había llegado Grecia. Le estaban ofreciendo reinterpretar un clásico, pero fue otro proyecto el que cambiaría no solo su carrera, sino la historia entera de las telenovelas latinoamericanas.
Ese proyecto se llamaba Topacio. Y aquí conviene detenerse porque lo que ocurrió con Topacio no tiene comparación. La telenovela se transmitió a partir de 1984 y en cuestión de semanas cruzó todas las fronteras posibles: Argentina, Puerto Rico, Colombia, Ecuador, Perú, Chile, Nicaragua, Costa Rica.
Rompió récords históricos en Univisión, la cadena en español más importante de Estados Unidos. Llegó a gran parte de Europa y entonces ocurrió algo que nunca antes había pasado en la historia del género. Topacio fue la primera telenovela latinoamericana traducida al inglés. La primera, lo que comenzó en un estudio de Caracas, terminó siendo visto por millones de personas que ni siquiera hablaban español.
Ese dato que hoy puede sonar como una curiosidad, en ese momento fue algo sin precedentes. Significaba que una actriz venezolana con su cara y su voz doblada llegaba a públicos que no consumían telenovelas, que no conocían el género, que no tenían ninguna razón para quedarse frente a la pantalla y se quedaban. La producción demandó 18 meses de grabación continua, un año y medio con la presión de una transmisión que en muchos países iba al aire casi en tiempo real, sin red de seguridad.
Cada escena tenía que funcionar a la primera porque no había tiempo para rehacer lo que ya había salido al aire. Cuando terminó, Grecia Colmenares no era solo la estrella más importante de Venezuela. Era, sin exageración, la actriz de telenovelas más reconocida del mundo. Su compañero en topacio fue Víctor Cámara. Y años después, Cámara hizo una confesión que confirmó lo que el público ya intuía desde que los veía juntos en pantalla.
“Me enamoré de ella durante la grabación”, dijo. Se lo dije en la última escena. Igrecia, con esa elegancia que es su sello, respondió sin drama y sin negación. Me lo dijo en la última escena. Pero juro que nunca pasó nada. Los dos nos quedamos con ganas. Esa frase sola dice más sobre Grecia Colmenares que cualquier entrevista de una hora.
La capacidad de reconocer lo que existía sin convertirlo en escándalo. La ligereza con la que manejaba situaciones que en otras manos habrían generado semanas de cobertura en los medios. Y hablando de límites, hablando de lo que Grecia estaba y no estaba dispuesta a hacer, llegamos a la parte que da nombre a este video. Porque hay algo que Grecia dijo de manera pública, repetida, firme a lo largo de toda su carrera.
Algo que en su momento fue controversial, algo que algunos productores cuestionaron y que algunos colegas creyeron que le cerraría puertas y que ella dijo de todas formas, sin titubiar, cada vez que le preguntaron. Escúchalo en sus propias palabras. Nunca me voy a desnudar, ni siquiera por el mayor dinero del mundo.
Son mis partes, es mi privacidad, son principios y eso no me hace menos actriz. sin matices, sin la puerta entreabierta de un tal vez o un depende del proyecto. Number en una industria donde la presión por mostrar más era constante, donde los límites se movían con cada producción nueva, donde la idea de que una actriz seria tenía que estar dispuesta a todo era un argumento que muchos usaban con total naturalidad.
Grecia respondió con esa frase y no se movió nunca de ahí. No una vez, no en el momento de mayor presión económica, no cuando le ofrecieron proyectos que habrían triplicado sus honorarios. Siempre la misma respuesta, con la misma calma, sin necesidad de levantar la voz. Hubo proyectos que se alejaron por esa razón. Hubo conversaciones que no prosperaron, pero también hubo algo más importante.
Hubo un público que la respetó más por eso, un público que veía en esa postura algo escaso en el mundo del entretenimiento, coherencia, la misma persona dentro y fuera de la pantalla. Eso es lo que todos sospechaban y que ella finalmente confirmó a lo largo de los años, que detrás de esa imagen luminosa había una mujer que sabía exactamente quién era y que no estaba dispuesta a negociarlo.
Pero la historia no termina ahí porque en 1985 ocurrió algo que ningún guionista habría podido anticipar. Un productor independiente le propuso mudarse a Argentina para protagonizar una nueva telenovela junto a Jorge Martínez. El proyecto se llamaba María de Nadie, la historia de una mucama sufrida que a lo largo de la trama se enamora y se transforma.
Un papel que exigía vulnerabilidad, fuerza y esa capacidad de Grecia para hacer que el sufrimiento en pantalla se sintiera completamente real. Grecia lo aceptó, hizo las maletas, cruzó el continente y en ese set, entre guiones y cámaras y el ritmo particular de una producción argentina, conoció a un joven empresario llamado Marcelo Pellegr.
Lo que vino después suena exactamente a una de sus telenovelas y, sin embargo, fue completamente real. Nos enamoramos a primera vista, recordó Grecia años después. ni siquiera sabía quién era. Al principio. Nos casamos en una ceremonia civil porque estábamos trabajando en la telenovela y no había tiempo para más. 6 meses entre el primer encuentro y el altar, 23 años, un país que no era el suyo y una certeza que aparentemente no admitía dudas.
Hay algo en esa velocidad que habla de cómo era Grecia cuando algo la convencía de verdad. No esperaba, no calculaba, no pedía tiempo para pensarlo mejor. se lanzaba con la misma determinación con la que a los 9 años había convencido a su madre de llevarla a una audición sin invitación. De esa unión nació Jean Franco Pellegr, el hijo al que Grecia describió siempre como su amor más grande, sin adornos, sin comparaciones, con esa simpleza que tiene la verdad cuando no necesita explicación.
Argentina se convirtió en su segundo hogar, obtuvo la ciudadanía argentina, echó raíces en un país que también la adoptó con el mismo entusiasmo con que la habían recibido en Venezuela, en Italia, en España, en México. Y en ese país, entre finales de los 80 y principios de los 90, vivió quizás la etapa más productiva de su carrera.
En 1988 llegó Grecia, una serie que llevaba su nombre y que compartió con Gustavo Bermúdez. En 1988 vino Piones, donde interpretó a una campesina enamorada de su patrón junto a Raúl Taibo. Después rebelde, Romanso, Manuela, una racha que no cedía, alimentada por un público que no se cansaba de verla y por una actriz que no se cansaba de dar.
Pero mientras los éxitos profesionales se acumulaban, su vida personal tomaba un rumbo que pocos conocieron en su momento. El matrimonio con Marcelo Pelegri llegó a su fin, sin escándalos, sin declaraciones cruzadas en los medios, sin la guerra pública que tan frecuentemente acompaña a las separaciones de figuras del espectáculo.
Grecia nunca habló mal de él, nunca usó una entrevista como tribuna para ajustar cuentas, solo reconoció, con esa economía de palabras que la caracterizaba, que lo que había sido real tuvo también un final y siguió adelante con Jan Franco con su carrera con esa capacidad de levantarse que parecía no tener fondo.
En 9th83, la cadena española Tele5 la llamó para protagonizar primer amor junto a Gabriel Corrado. Europa la recibió con los brazos abiertos como si llevara años esperándola. Y en cierto modo así era, porque Topacio ya la había presentado al continente casi una década antes. Al mismo tiempo, Italia la convocaba para más allá del horizonte, un gran drama de época junto a Osvaldo Laport y Luisa Culioc, una producción ambiciosa de las que requieren entrega total y Grecia la entregó.
El resultado fueron dos premios Martín Fierro en 1995. Dos, en un país que no era el suyo, en una industria que le era relativamente nueva. Ese detalle dice todo sobre el nivel al que operaba. En 1994, Televisa, la cadena más poderosa de México, la invitó a participar en el día que me quieras. México se sumaba así a la lista: Venezuela, Argentina, España, Italia, México, cinco países, cinco industrias distintas.
cinco públicos diferentes que habían dado exactamente el mismo veredicto. Para 1996, con amor sagrado junto a Jorge Martínez, Cecilia Sensi y Miguel Abud, Grecia marcaba su regreso después de un breve descanso. Y el público respondió como si nunca se hubiera ido. Pero algo estaba cambiando. No en la calidad de su trabajo, no en la respuesta del público.
Algo estaba cambiando en ella. El ritmo de una telenovela tras otra, de un país a otro, de un set a otro, es implacable para quien lo vive desde adentro. Las semanas sin ver a tu familia, los meses fuera de casa, la imposibilidad de decir que estás cansada porque siempre hay una escena más, un capítulo más, una producción más que te está esperando.
No sé qué es el miedo declaró Grecia en esa época. El miedo paraliza y yo nunca he sido paralizada. La audiencia determina la validez y me han demostrado que nunca me han olvidado. Mis telenovelas siguen siendo transmitidas por todo el mundo. Amo mi profesión. Eran palabras de alguien que todavía creía en lo que hacía, pero también eran, aunque nadie lo leyera así en ese momento, las palabras de alguien que estaba comenzando a preguntarse qué había más allá de todo eso.
En Noin 199 ocurrió algo que pocos esperaban. Grecia Colmenares, la heroína por excelencia del melodrama latinoamericano, se unió al elenco de Chiquititas, la serie infantil producida por Cris Morena. interpretó a Ana Pizarro, un personaje completamente alejado de todo lo que había hecho antes. No era una decisión menor, era una señal clara, una señal de que Grecia estaba buscando algo diferente, algo más cercano a quien era fuera de las cámaras, algo que le permitiera respirar sin el peso de ser la heroína que el mundo entero esperaba
ver cada noche en pantalla. Cuando terminó la filmación, se retiró de los reflectores, esta vez de manera más deliberada. se instaló en Miami, lejos del ruido de los sets, cerca del mar, con la posibilidad de estar presente para Jian Franco, de una manera que los años anteriores no siempre le habían permitido.
El mundo del entretenimiento la extrañaba, pero ella al parecer no lo extrañaba a él, o al menos no con la misma urgencia de antes. Y entonces, en 2010 llegó desde Italia un reconocimiento que formalizó lo que el público ya sabía desde hacía años. Un honor que la acreditaba oficialmente como la reina mundial de las telenovelas, no un título simbólico, el reconocimiento de una industria entera que había visto su trabajo de cerca, que la había premiado y que ahora ponía por escrito lo que resultaba evidente.
Gracia lo recibió con la misma calma con la que había recibido todo lo demás, sin aspavientos, sin discursos largos, porque para ella la validación siempre había venido del público, no de los títulos. En 2012, algo la llevó de vuelta a Argentina. Al teatro, su primer amor, el formato más puro que existe, porque no admite cortes ni segundas tomas.
Protagonizó una obra llamada 14 millones en Carlos Paz durante la temporada de verano y en esa estadía ocurrió uno de los capítulos más inesperados y más reveladores de toda su vida. Surgieron rumores de un romance con Matías Alé, un actor argentino considerablemente más joven que ella. Los dos coincidían en los mismos espacios, aunque trabajaban en producciones distintas.
La diferencia de edad era notable. Los medios no tardaron en construir una historia. Greetia respondió como siempre, con honestidad parcial, con esa habilidad suya para decir lo suficiente sin decir demasiado. Soy muy natural. No oculto lo que está a la luz, pero protejo mi privacidad. Muestro lo que sé que puedo mostrar.
Es una decisión consciente porque tengo un hijo y quiero que él sepa todo sobre su madre antes que nadie. Y sobre Matías agregó, “Nos estamos conociendo. Hay que ver cómo es la otra persona.” Y eso lleva tiempo. Me divierte cuando los medios nos retratan como pareja o hablan de matrimonio.
Estamos en la etapa de conocernos y tenemos todo el verano para eso. Estoy muy feliz. Dios dirá, “La vida te sorprende.” Nunca imaginé que nos conoceríamos de la manera en que lo hicimos. Yo salía del canal, él entraba, le estreché la mano para saludarlo y así comenzó todo. Matías Alé, años después habló de esa historia con una emoción que era difícil de fingir.
Lo que sucedió con Grecia fue real, fue un gran amor que tuve. Nos llevábamos muy bien. Es un encanto. Nos conocimos cuando yo salía del set de animales sueltos. Nos miramos y fue algo inmediato. Su productor tenía que irse y yo ofrecí llevarla porque iba en moto. Fuimos a comer, hablamos y nos volvimos a conectar en Carlos Paz.
Pero hay un detalle en el relato de Matías que nadie que lo haya escuchado puede olvidar. un detalle pequeño, concreto, absolutamente cinematográfico. A los pocos días de conocernos, ella habló de matrimonio y tenía esta cosa de querer que yo tuviera las llaves de su departamento. Recuerdo que un día, poco después de conocernos, escribió, “Te quiero en un espejo de la habitación con un marcador permanente.
” Me sorprendió y ella dijo que era un regalo que quería darme. Detonte un momento ahí. un marcador permanente en un espejo a los pocos días de conocerse. Piensa en lo que eso significa. Esta es la misma mujer que en las entrevistas medía cada palabra, que protegía su privacidad con una disciplina que pocos artistas de su nivel logran mantener, que durante décadas construyó una imagen de elegancia y control que el mundo entero consumía con admiración.
Y en privado, a los pocos días de conocer a alguien, escribía te quiero en un espejo con marcador permanente porque sentía que era el regalo correcto. Esa imagen lo dice todo. No hay guionista que lo escriba mejor. Debajo de toda esa elegancia, debajo de toda esa disciplina, había una mujer capaz de entregarse con una intensidad que no calculaba ni medía cuando llegaba el momento de sentir de verdad.
La relación con Matías tuvo su tiempo y su final. Él lo reconoció sin amargura. Todavía charlamos de vez en cuando. Una historia hermosa que fue real y que terminó. Como terminan muchas historias hermosas, no porque algo saliera mal, sino porque a veces dos personas que se encuentran en el momento exacto no siempre coinciden en el camino que sigue después.
Pero quedó esa imagen del espejo y esa imagen cuenta más sobre Grecia Colmenares que cualquier telenovela que haya protagonizado. En 2019, Grecia apareció de nuevo ante el público masivo participando en la isla de los famosos, el reality show. Para muchos fue una sorpresa. Para quienes la conocían de verdad, fue simplemente Grecia siendo Grecia, moviéndose por intuición, sin miedo a lo nuevo, probando formatos que nadie habría asociado con ella, con la misma curiosidad desenfadada que tenía a los 9 años cuando entró a RS TV sin que
nadie la hubiera invitado. Hoy Grecia Colmenares vive en Italia, en el país que la premió con los Martín Fierro, que la recibió con afecto genuino cuando llegó a trabajar en los 90, encontró algo que quizás no esperaba encontrar. Estabilidad, un lugar en el que quedarse, una comunidad de fans que décadas después siguen recordándola con una fidelidad que pocas figuras del entretenimiento logran mantener.
En Italia no es una nostalgia del pasado, es una presencia activa, reconocida, querida por personas que crecieron viéndola y que nunca la borraron de su memoria afectiva. se ha asociado con Slip Shoes, una marca italiana de calzado femenino, de reina de las telenovelas a empresaria de moda. Un giro que nadie habría predicho y que al mismo tiempo tiene una lógica perfecta.
Grecia siempre hizo exactamente lo que quiso en sus propios términos sin pedir permiso. En Instagram, donde mantiene más de 134,000 seguidores, comparte retazos de esa vida cotidiana que construyó lejos de los sets, el cabello largo, rubio platino, exactamente como siempre lo llevó. La figura estilizada y tonificada, fruto de rutinas de spinning y de una disciplina con el cuerpo que lleva décadas.
En cada fotografía que sube parece como si el tiempo hubiera decidido, en su caso, tomarse las cosas con calma. Pero lo que más llama la atención de quienes la siguen no es la apariencia física, aunque esa también sorprende, es la energía, esa chispa, ese espíritu contagioso, esa sensación de que esta mujer está genuinamente bien, no actuando que está bien, no proyectando la imagen de alguien que está bien, estando bien de verdad.
Sus seguidores lo notan y lo dicen en cada publicación. Se nota la diferencia entre alguien que posa para la cámara y alguien que vive. Grecia siempre perteneció al segundo grupo y en el centro de todo, como siempre, está Jean Franco Pelegri, su hijo, el amor más grande de su vida, como ella lo llama, sin ningún adorno. En Instagram nunca pierde la oportunidad de decirlo.
Ese mismo amor que la hizo alejarse de los sets cuando él era pequeño. El mismo que la llevó a proteger su privacidad a lo largo de los años. El mismo que hoy, cuando Gian Franco ya es un adulto, sigue siendo el eje alrededor del cual gira todo lo demás. En una industria donde muchos artistas sacrifican la vida personal en el altar de la fama, Grecia eligió diferente, eligió estar presente, eligió priorizar sin disculparse por ello.
Y el resultado visto desde hoy es que tiene las dos cosas: el legado de una carrera que pocas actrices de cualquier país pueden igualar y la paz de quien vivió sus prioridades sin traicionarlas. Eso es la confesión de Grecia Colmenares. No un secreto oscuro, no un escándalo guardado durante años, sino algo mucho más difícil de sostener en el mundo del espectáculo.
La coherencia, ser la misma persona en el escenario y fuera de él. Decir no cuando todos esperaban que dijeras sí, soltar cuando el mundo te pedía que te quedaras, entregarse con marcador permanente en un espejo cuando nadie la estaba mirando. Aquela niña de 9 años que llegó sola con su madre a RCTV y ganó la audición contra 30 competidores, aquella joven que se casó en una ceremonia civil entre grabaciones porque no había tiempo para más.
Aquella actriz que dijo, “Nunca me voy a desnudar” y lo mantuvo durante décadas. Aquella mujer que escribió, “Te quiero en un espejo”, porque sentía que era el regalo correcto. Esa misma mujer está hoy en Italia a los 61 años viviendo exactamente la vida que eligió. Y eso en este mundo es mucho más raro de lo que parece. ¿Qué es lo que más admiras de Grecia Colmenares? su talento, su valentía, la manera en que el tiempo parece no tocarla o esa forma suya de ser absolutamente ella misma, pase lo que pase.
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