¡IMPACTANTE SECRETO! de la APASIONANTE VIDA y el Falsete Descubre HOY de MIGUEL ACEVES MEJÍA
Piensa por un momento en un chorro de voz tan brutal y único que le valió un apodo que nadie en la vida le pudo quitar jamás. El mismísimo rey del falsete, vaya, un tono capaz de trepar hasta la nota más inalcanzable y de golpe bajar a la ternura más pura. ¿Saben? Con ese canto conquistó a tres continentes enteros, marcando a fuego toda una época dorada de la música y el cine mexicano.
Hablo de Miguel Acéz Mejía, ni más ni menos. tremenda leyenda de aquellos años de gloria. Un tipo cuyas canciones, fíjense bien, a pesar de tantas décadas encima, todavía nos ponen la piel de gallina y nos aguan los ojos. Ya sea en plena fiesta, metidos en una cantina o en la mesa familiar, su canto sigue retumbando como si los años no pasaran para él de verdad.
Claro que detrás de tanto destello y de semejante éxito arrollador se escondía un lado humano bastante más espeso, una vida de puro lomo, desamores duros, rencores que se tragó en silencio y un cierre que casi nadie vio venir, la verdad, pero hoy van a enterarse de todito eso. Bien desmenuzado y sin prisa.
¿Cuánta plata se habrá metido al bolsillo? alguien que grabó arriba de 16 canciones y clavó más de 60 películas. Y cómo era su día a día allá arriba en la cima del mundo, siendo el ídolo indiscutido de México, Cuba, Argentina y España. ¿Será tan cierto que uno de artistas más inmensos de nuestra tierra acabó sus días sintiéndose un cero a la izquierda, marginado por la misma industria que en su momento lo subió a un altar como su único rey? Imagínense qué se armó realmente en ese velorio que lo enemistó a muerte con la mujer que manejaba el cine en México.
¿Cuál fue el secreto que los suyos callaron a capa y espada en sus últimos y penosos días? Eh, no se despeguen ni un segundo, que la verdad detrás de este gigante del falsete es muchísimo más desgarradora, dramática y colosal de lo que se andan imaginando. Para captar bien la magnitud de este señor, primero hay que hurgar en sus raíces.
Y les aseguro que su cuna no tuvo ni una pisca de alfombra roja ni de luces de prensa. Miguel Acéz Mejía llegó al mundo allá por el año 1915 en el norte del país por los rumbos de Chihuahua, naciendo en un hogar humilde a más no poder. Eran épocas jodidas, de pura escasez, con un México golpeado que apenas salía de los destrozos de la revolución.
Por si fuera poco, la mala racha le pegó directo en la cara desde bien chiquito. Su viejo se les fue cuando Miguel apenas sumaba cuatro años de edad. Imagínense así, de la noche a la mañana, esa casa se quedó sin el sostén principal y la existencia se les volvió una pelea diaria y feroz para ganarle el tirón al hambre, siendo una criatura.
Mientras los demás de su edad andaban jugando en las calles de tierra, el pequeño Miguel ya andaba viendo cómo traer comida a la mesa. Fíjense, le tocó Chambear de limpiabotas, cargando su cajoncito de madera de arriba a abajo, ofreciendo brillar zapatos por unas cuantas monedas. Vendió periódicos gritando los titulares en las esquinas, corriendo bajo el sol y bajo el frío.
Hizo todo lo que estuvo a su alcance para llevar algo de dinero a casa y ayudar a su madre y a sus hermanos. No conoció los juguetes, no conoció los lujos, no conoció la comodidad, conoció, en cambio, el peso, el plomo de las obligaciones, cuando un chiquillo solo debería andar pensando en jugar, ¿no creen? Y miren, capaz que fue justo ahí, aguantando ese panorama tan rudo, donde se le templó ese temple de fierro que lo iba a marcar para siempre.
La verdad, ya más jovencito, Miguel se enganchó en una chamba que pintaba para llevarlo por un camino totalmente alejado del canto. Resulta que entró de ayudante de mecánico en la mismísima fábrica de Ford allá en Chihuahua, metido entre fierros, tuercas y grasa. Todo indicaba que ese muchacho de manos curtidas terminaría en el anonimato de los talleres sin hacer mucho ruido.
Pero justo aquí salta a la luz uno de los datos más locos y sorprendentes de toda su biografía. Oigan, una de esas cosas que agigantan el mito todavía más. El mismísimo tipo que años después sería aclamado por tener la garganta más bella del país, resulta que de pleve era tartamudo. Sí, le costaba a un mundo soltar las frases, se le atoraban las palabras y eso lógicamente lo volvía un muchacho retraído y lleno de pena ante la gente.
Pero un buen día dio con la clave que le daría un giro de 180 gr a su destino. se dio cuenta de que a la hora de cantar ese freno que traía en la lengua desaparecía por completo como por arte de magia. Fíjense, cuando entonaba, los versos le salían limpios, sueltos y con una fuerza bárbara.
La música lo soltaba de sus amarras, devolviéndole el habla que la naturaleza parecía haberle negado para el día a día. Así que, mientras le metía mano a los motores en el taller, Miguel se ponía a cantar. Los otros mecánicos se quedaban mudos al escucharlo, perplejos ante semejante potencia que brotaba de un chavo tan reservado. Imagínense.
Al final del día fueron esos mismos compañeros quienes apostaron por él antes que nadie. Ellos lo empujaron casi a la fuerza, quitándole la timidez a puros empujones para que se metiera a un concurso de canto de la misma empresa. Sabían perfectamente que esa voz no podía quedarse encerrada ahí. Y vaya que le atinaron.
Total que Miguel arrasó en ese certamen llevándose un premio que valía oro puro, mucho más que una simple medalla. Le dieron un contrato para cantar en una de las radios más pesadas de Monterrey allá en Nuevo León. Ese triunfo fue el cerillo que encendió una trayectoria artística descomunal. El muchacho tartamudo que arreglaba carros acababa de dar el gran salto hacia la eternidad.
Por aquellos días de arranque se topó con los músicos que armaría su primer grupo en serio, el trío Los porteños. Con ellos empezó a foguearse en los escenarios de verdad. Primero en su estado natal, luego en Monterrey y después en un viaje que los llevó directito a Los Ángeles, California, donde por fin grabaron su primer material de estudio.
El pegue fue inmediato y para cualquier otro chavo, eso ya habría sido tocar el cielo con las manos. Pero Miguel traía entre ceja y ceja una meta muchísimo más ambiciosa. La verdad, él se moría por regresar a la capital del país y ganarse un lugar en la mítica XCW, esa que se presentaba con orgullo como la voz de América Latina desde México.
La estación de radio con más peso, arrastre y prestigio de toda la nación. Miren, la meca de cualquier artista que aspirara a la gloria. Cuando sus compañeros del trío decidieron tomar caminos distintos y separarse, Miguel no se dejó vencer por el desánimo. Al contrario, se despidió de ellos y se fue solo, completamente solo, a la enorme Ciudad de México.
Decidido a conquistar aquel sueño, costara lo que costara. Llegó sin contactos, sin dinero de sobra, sin garantías de nada. solo llevaba consigo su voz, su terquedad y una fe inquebrantable en su propio destino. Su perseverancia durante esos meses fue verdaderamente admirable, casi heroica. Practicaba todas las mañanas sin falta desde las 7 en punto, puliendo su técnica, cuidando su voz, esperando pacientemente una oportunidad que parecía tardar en llegar.
Muchos en su lugar habrían tirado la toalla, pero él no. Y finalmente el destino tocó a su puerta. El reconocido artista Fernando Fernández lo recomendó para un programa cuando uno de los cantantes cayó enfermo de improviso y esa fue la puerta que Miguel llevaba tanto tiempo esperando abrir.
Su voz profunda, cálida y su asombroso rango vocal cautivaron de inmediato a los directores de la estación. No podían creer lo que estaban escuchando. Al principio lo presentaron ante el público como cantante de boleros románticos y triunfó. Pero su verdadera pasión, la que terminaría por inmortalizarlo, era otra bien distinta.
La música ranchera, la música del pueblo, la música que llevaba en la sangre desde su chihuahua natal. Aquel quiebre total hacia lo ranchero se dio de puro rebote, como suele pasar con los grandes giros de la vida. Un productor de peso en el negocio le soltó una sugerencia sencillita que terminaría dándolo vuelta a todo.
Miren, le propuso meterse al estudio acompañado por un buen mariachi. Curiosamente, por esos ayeres, esa música tradicional todavía no tenía el caché ni el arrastre que agarró después, ¿saben? Pero Miguel no se la pensó dos veces y se aventó de cabeza al estilo que sentía bien suyo en las venas. Su primer disco de rancheras fue un trancazo inmediato y brutal, la verdad.
Al poco tiempo, ese falsete tan particular suyo se convirtió en la marca registrada de todo el género musical. Es que ese truco con la garganta, ese agudo finito, limpito y brillante, que parecía mentira que saliera de un tipo con un bozarrón tan hondo y robusto, fue justo lo que le valió el título que lo consagró para la eternidad.
El rey del falsete o el falsete de oro, pues nadie modulaba como él. Nadie lograba ese toque casi divino en el micrófono. Nadie, por más que le ensayara, le llegaba a los talones. Desde ahí en adelante, su subida fue un tiro libre y directo hacia la cima del estrellato mundial. De veras, en todo su trayecto llegó a plasmar arriba de 16 canciones.
Un número que hoy en día cuesta hasta trabajo digerir, fíjense, repartidas en un montón de discos que volaron de las tiendas por millones. Échenle cabeza a esa cifra. Más de 16 piezas grabadas. Contados son los cantantes en todo el planeta con un catálogo así de pesado. Joyas que no mueren como la malagueña, el pastor, el jinete, la del reboso blanco. Vaya con Dios o esa icónica.
Yo tenía un chorro de voz. Pasaron a ser verdaderos himnos grabados a fuego en el alma del pueblo. Oigan, se convirtieron en verdaderos himnos, letras que la gente todavía canta a todo pulmón en cualquier fiesta, cantina o serenata a lo largo y ancho del mundo hispano. De verdad le entraba con la misma facilidad al guapango, a la ranchera más brava, a los temas románticos y a cuanto ritmo se le pusiera enfrente.
Más esa mancuerna histórica que armó con compositores de la talla del mismísimo José Alfredo Jiménez terminó por asegurarle un nicho sagrado en el cancionero popular de nuestro país. Vaya que hacían magia juntos, regalándonos piezas que se quedaron grabadas a fuego en el corazón de varias generaciones. Claro que el arrastre de Miguel Acéz Mejía no se iba a limitar a las estaciones de radio y a los discos de vinilo.
Eva, las pantallas de los cines también lo buscaron con insistencia y él se plantó ahí con las mismas ganas que le metía a los escenarios, justo en pleno auge del cine de oro mexicano. Esos años mágicos donde nuestras cintas la rompían en toda América Latina, él despuntó como una de las figuras más cotizadas y taquilleras de la industria.
El hombre participó en más de 60 largometrajes. Incluso hay registros que estiran la lista a más de 60 y cuatro películas, muchas de ellas compartiendo cartel con los rostros más intocables y sagrados del celuloide nacional. Le tocó filmar al lado de las divas más bellas y los galanes más recordados de esa gran época. Y claro, en casi todas esas tramas, sus personajes se prestaban para aventarse unos números musicales bárbaros con sus propios éxitos, amarrando el canto y la actuación en una sola fórmula que dejaba al público fascinado en sus butacas. Lo
más increíble del asunto es que esas historias no solo la rompieron dentro de las fronteras mexicanas, sino que cruzaron el charco y recorrieron continentes enteros. En Argentina, por ejemplo, Miguel filmó unas cuantas producciones donde su música y su porte pegaron tanto que la gente de allá lo arropó con un cariño tremendo, tratándolo casi como si fuera un pampero más.
Y en España se codeó con los artistas más pesados de la farándula de allá, plantando la bandera de la música ranchera del otro lado del Atlántico. Su fama pegó duro en el Caribe y en Sudamérica, volviéndolo un verdadero embajador del folklore mexicano ante el mundo entero. Fíjense, donde quiera que su abanico de agudos resonaba, la gente caía redondita ante su talento.
Justo por eso vale la pena hacer una pausa para despejar una de las grandes incógnitas que planteamos al inicio. ¿Qué tal vivía y cuántos billetes se metía al bolsillo Miguel Acéz Mejía cuando andaba en la cima? Miren, aunque nunca salieron a la luz cuentas oficiales de sus finanzas y él tampoco era de presumir lujos, se calcula que durante sus años de gloria fue de los intérpretes mejor cotizados y cotizados de su tiempo, lo cual tiene todo el sentido del mundo, con un catálogo de más de 16 canciones vendiéndose como pan
caliente, sumando más de 60 películas exitosas y con giras que no paraban por todo México, Estados Unidos, Cuba, Argentina y España, pues es obvio que sus ganancias fueron millonarias durante décadas. La verdad se la pasó rodeado de ovaciones, estadios llenos y esa comodidad económica que muy contados artistas lograban saborear en aquellos años dorados del espectáculo.
Vaya que saboreó la opulencia y el estatus codeándose con la crema inata del espectáculo de aquellos tiempos. No es que al señor lo recibían con alfombra roja y reverencias a donde quiera que separaba la verdad. Con solo ver su apellido impreso en una marquesina, el lleno total estaba más que cantado. Su voz, a través del radio hacía que las familias enteras soltaran sus quehaceres para amontonarse junto al aparato.
Fíjense. Y sin embargo, como les iré contando más adelante, el destino le tenía guardado un cierre que contrastaría de forma muy dolorosa con tanto brillo. Pero antes de brincar a ese trago amargo, hay que detenernos en la tremenda estampa que se cargaba. Porque Miguel no era solo una garganta privilegiada, el tipo era todo un personajazo, un verdadero símbolo visual del país.
Miguel Acéz Mejía se armó un look clavadito a la más pura esencia del charro mexicano. Oigan, ese porte que grita orgullo, valentía y la garra de la gente del campo. su infaltable sombrero de ala ancha, el traje de gala bordado con filigrana, la pistola al cinto bien fajada como marca de hombría y por encima de todo aquello ese y mechón blanco que le caía en la frente y que te permitía ubicarlo en un segundo en medio de un mar de gente.
Es que toda su planta proyectaba el típico ranchero entrón, gallardo, apasionado y orgulloso a más no poder de sus raíces norteñas. Ese mechón de canas prematuras se volvió su firma personal más fuerte. Vaya, un sello que nadie más tenía, que encajaba de perlas con su imponente voz y ese falsete celestial que erizaba la piel.
Semejante imán en el escenario, lo consagró como un verdadero estandarte de la identidad mexicana, un ídolo adorado con locura aquí y también en Cuba allá por los años 50. Imagínense, encarnaba la cara más limpia de nuestra cultura. Fuerte pero sin poses, tierno pero sin debilidades, puro canto tradicional.
Y miren, fiel a su palabra, grabó casi toda su existencia para un solo sello discográfico. Una lealtad rarísima de ver en un negocio donde hoy estás. Y mañana ya no. Jamás le dio la espalda a su gente, ni torció sus convicciones. Se vaciaba en cada nota y el público le respondía con pura devoción, de verdad. Pero como ocurre en las historias de carne y hueso, no todo fue aplauso limpio y miel sobre hojuelas.
Hubo también pasajes bastante oscuros, pleitos pesados y roces de pasillo. Y uno de los chismes más sonados de su trayectoria lo puso frente a frente con la mujer más imponente, temida y venerada de la industria del cine nacional, la mismísima y eterna María Félix, a la que todo el mundo llamaba con respeto la doña.
Según las anécdotas que el propio Miguel soltó en varias entrevistas con los años, esa enemistad que arrastraron de por vida brotó en diciembre de 1953, justo en medio de un luto que le partió el alma. Hablo del sepelio de su gran compadre y hermano de profesión, el enorme Jorge Negrete. Miren, Miguel y el Charro Cantor tenían una amistad de las de verdad, de esas que no se fingen por contratos.
Eran íntimos, cómplices de parrandas, compañeros de batallas artísticas y compartían cartelera tanto en la música como en los cines. Por eso, cuando Negrete estiró la pata, Miguel fue a darle el último adiós con el alma rota. ¿Saben? Quería honrar a su cuate y de paso darle el pésame de todo corazón a la viuda, que era ni más ni menos que María Félix, la mujer de Jorge, por esos ayeres.
Lo que pasó esa tarde, según lo que Miguel platicó durante décadas, se le quedó grabado a fuego y abrió una grieta entre los dos que nunca iba a cerrar. La verdad, en cuanto Miguel se arrimó con todo respeto para darle el pésame a María, buscando reconfortarla con un abrazo sincero ante semejante desgracia, ella, según sus palabras, le plantó la mano de golpe, tiesa y tajante y le soltó un no seco.
Así sin más, sin darle ninguna explicación, sin agregar ni media palabra. Fíjense ese desaire público frío y de la nada lo dejó helado, oigan, herido en lo más profundo de su orgullo y de su corazón. De veras, él iba buscando un poco de empatía, un gesto humano ante el dolor que ambos compartían por perder a ese gran amigo.
Y en su lugar, lo que recibió fue una bofetada de desprecio inexplicable, una humillación en las narices de todo el mundo. Miguel ventiló ese trago amargo a cada rato en el radio y con los periodistas toda su vida, porque jamás pudo tragarse el orgullo ni entender qué mosca le había picado a la señora. Ese encontronazo en pleno velorio fue el tiro de salida para una relación áspera y con pincitas que les duró años enteros.
Al año siguiente, las vueltas del destino. Con esa ironía que lo caracteriza, los puso a compartir créditos en una cinta. Pero según contaba Miguel, los desplantes y el hielo de la Félix fueron el pan de cada día durante las grabaciones. Notaba que ella le sacaba la vuelta a drede, que pintaba su raya a propósito, y le negaba cualquier trato de compañeros.
Miren, en cuanto terminaron de filmar, él agarró sus cosas y se largó en faena, sintiéndose inguniado y pisoteado otra vez por ese temperamento tan gélido. El ambiente tenso entre ese par se podía cortar con un cuchillo. Todos en el set se daban cuenta. Todavía les tocó cruzarse por chamba unos años después, ya entrada la siguiente década en otra producción.
Pero para ese entonces la cosa era de dientes para afuera, muy formales en la superficie, pero distantes en el fondo, ¿saben? sin rastro de la buena vibra que uno esperaría ver entre dos monstruos de semejante tamaño. Ese rencorcito que brotó en el entierro seguía ahí latente, callado, pero bien vivo. Miguel reconoció abiertamente que nunca le halló la lógica a ese primer rechazo.
Con los años llegó a pensar que tal vez todo se debía a ese carácter indomable, apasionado y soberano de María Félix, una mujer famosa por su genio de mil demonios y por no dejar que nadie se le acercara demasiado, menos si era alguien que no le cuadraba del todo. Fíjense, quizás, pensaba Miguel, pisó algún callo sin querer, aunque la verdad es que nunca lo supo a ciencia cierta.
Lo real es que al final del día ambos titanes de nuestra cultura se despidieron de este mundo dejando huellas colosales. María Félix, con su estampa imponente, su soberbia libertad y esos personajes de armas tomar en las joyas del cine de oro, se mantiene como un icono cultural eterno.
¿Y qué cosas tiene la vida? A pesar de sus pleitos personales y de esa espina que jamás se pudieron sacar, la huella de los dos terminó amarrada para siempre en la memoria y el orgullo de todo México. De veras, son dos gigantes que no cuajaron para nada en vida, pero a los que la historia asentó juntitos en el mismísimo altar de los mitos vivientes.
Y miren, luego de tantas décadas de gloria, de aventarse mil canciones y películas, nos topamos con el pasaje más triste y desgarrador de toda su biografía. Es secreto que los suyos guardaron bajo siete llaves durante sus últimos y penosos días. Tras quemar toda su existencia, entregado en cuerpo y alma al arte, Miguel Acéz Mejía colgó el traje de charro ya con más de 80 años encima y dio ese paso, según las malas lenguas, con una tremenda desilusión encima por cómo andaba el negocio, dolido en el alma por las migajas que le querían pagar por sus
shows en esos últimos tiempos. Fíjense, el mismísimo tipo que abarrotaba los teatros más imponentes, el que despachaba millones de copias de discos y mandaba como rey absoluto, miraba con amargura como ya entrados los años 2000, las nuevas caras de la ranchera le iban haciendo sombra. Los llamados para los grandes homenajes y las galas pesadas del género se fueron borrando poco a poco.
Ese teléfono que antes no paraba de sonar, de repente se quedó mudo. Se dice que su propia familia, buscando cobijarlo, le rogó que se la llevara más tranquila y se borrara de la mirada de la prensa. Pero el señor, allá en el fondo de su pecho, no podía apagar esa llama sagrada que lo había movido desde pleve.
A pesar de que los achaques le ganaban terreno y de su muy avanzada edad, Miguel se las ingeniaba para seguir parándose en los estudios de grabación. Oigan, le brillaban los ojos con una ilusión que partía el alma cada que le salía cualquier invitación. Por más sencillito que fuera el evento, él alimentaba en lo más privado el sueño de pisar otra vez un gran escenario, ¿saben? Quería saborear, aunque fuera por última ocasión, el rugido del público y los aplausos de pie.
Su gente, mientras tanto, tapaba con muchísimo recelo el verdadero calvario que vivía su salud. Esos síntomas feos que ya traía arrastrando desde hacía meses se los callaron, cuidándolo del chisme, del morbo de la gente y de la lástima de la calle. Se empeñaron en cuidar su dignidad a capa y espada, manteniendo firme la estampa del gran ídolo hasta el último suspiro.
Ese fue el verdadero misterio de su etapa final. Miren, nada de millones escondidos ni de trapos sucios familiares. ¿Qué va? Sino el silencio piadoso de los suyos que buscaban arropar a su gigante mientras se iba apagando poquito a poco, lejos del bullicio de ese mundo, que en sus años mozos lo adoró como a un dios. En octubre del año 2006, tras sufrir un desmayo repentino, a Miguel se lo llevaron de volada a un hospital allá en la Ciudad de México.
El parte médico dejó fríos a todos los suyos. Traía una desnutrición severa, la verdad, empeorada por el cóctel de pastillas que se tenía que embaular para contener los males propios de su edad. Su cuerpo, tras casi un siglo de jugarse la vida a fondo, empezaba a tirar la toalla. A los pocos días de haber ingresado, la famosa periodista Patti Chapoy fue a verlo a su habitación y en un momento que de verdad te parte el alma, reflejando la inmensa categoría y el señorío que cargaba este hombre, Miguel la recibió con una paz que daba escalofríos e incluso se dio el
lujo de aventarse un palomazo con su icónico falsete, dejando en claro que, aún rozando el desenlace y postrado en una camilla, sus ganas de vivir y su pasión por la música seguían firmes, indomables. Vaya. Todavía por esas horas, Miguel guardaba la esperanza de levantar la cabeza. Él se miraba cruzando esa puerta para pararse frente a sus fieles seguidores una noche más.
Pero su organismo, desgastado por tantos años de lomo en los escenarios, noás no reaccionaba a las medicinas. Con los días, el cuadro médico se le fue complicando de forma callada. perdió la capacidad de platicar bien, según contaron los pocos que se dieron una vuelta por ahí en esas fechas. Ya no le salían las palabras como antes y solo alcanzaba a apretarles las manos a los suyos, dándose a entender a puros ojos con señas, aferrado al hilito de comunicación que le quedaba, ese que antes manejaba como los dioses con su
canto. Al final, el 6 de noviembre del año 2006, a escasos días de soplar las 91 velitas, Miguel Acéz Mejía estiró la pata por una neumonía, cobijado por el cariño de sus familiares más allegados. Se nos iba de este modo una de las gargantas más excelsas del cancionero popular mexicano y justo ahí saltó un detalle que desnudó con una crudeza espantosa, la amarga realidad que pintó su despedida de este mundo.
Su féretro fue llevado con todos los honores al imponente Palacio de Bellas Artes, el templo cultural más pesado del país, reservado únicamente para los gigantes de la patria. A la mañana siguiente, un mar de personas, casi todos, gente de pueblo y abuelitos, se formaron bajo un sol que calaba hasta los huesos, aguantando horas de pie, con tal de darle el último adiós a su gran ídolo.
E o públicu, esa gente de a pie que lo idolatró sin pedirle nada a cambio, no le falló y fue a llorarle con el corazón en la mano. del medio artístico. Oigan, de esos colegas iluminarias con los que compartió reflectores y alfombras rojas por décadas, apenas asomó la nariz un puñado, menos de 10 famosos.
De acuerdo con las notas de la prensa de esos días, el aparato del gobierno apenas mandó al director del propio recinto para cubrir el expediente. Fuera de eso, un vacío sepulcral. Semejante desaire lo gritó todo sin necesidad de abrir la boca. El negocio que en sus buenos tiempos lo encumbró como un rey intocable y que se llenó los bolsillos a costa de su talento, le dio la espalda a uno de sus hijos más dignos, al último gran pilar que le quedaba vivo a la música ranchera de la época de oro.
Fue una bofetada que le escaló hondo a todos sus fanáticos. La verdad, la respetada primera actriz Lilia Aragón, de las poquísimas figuras que sí dieron la cara, lo resumió con una frase demoledora que quedó para el recuerdo. Acompañarlo en su último viaje era lo de menos que se merecía don Miguel Acéz Mejía, la verdad lo soltó pensando en cuánta felicidad le regalaron sus temas y cintas a todo México durante tantas décadas.
Miren, caminó hacia el más allá entre las sombras de una farándula que parecía haberle dado la espalda por completo. Eso sí, se marchó bien abrazado por el cariño de un pueblo entero que jamás, ni por un solo segundo, lo echó al olvido. Vaya. Y es que aunque dejó este mundo con la espina de verse relegado por unos cuantos malagradecidos, la pura verdad es que su obra caló mil veces más hondo y fuerte que cualquier desplante de momento.
Fíjense, al pasar de los años, esos reconocimientos que le pichicatearon en vida le empezaron a llover. Miren, justo al cumplirse una década de su partida, sus parientes camaradas y seguidores de Hueso Colorado se amontonaron muy conmovidos en el Campo Santo donde reposa su cuerpo para festejarlo con una ceremonia religiosa de lo más emotiva, acompañados por un buen mariachi y con varios intérpretes que se aventaron sus éxitos para recordarlo.
Sí, le refrescaron la memoria al público sobre el peso tan enorme que se cargó este señor al moldear las bases mismas de nuestro folklore nacional, sobre todo a la hora de cantarle al guapango, estilo donde manda solito, oigan. Y ya en el año 2024, al cumplirse 100 años de su nacimiento, tiraron la casa por la ventana para festejar a semejante leyenda.
A la 1 de la tarde en punto, resonaron las mañanitas frente a su sepulcro ese tema tan de nuestra tierra que se suelta en cada cumpleaños para aplaudir una existencia que sigue bien viva en el recuerdo. ¿Saben? Vaya que llovieron los homenajes, misas y eventos especiales armando ruido no solo aquí en el país, sino también allá en España y en la lejana Argentina, rincones que lo idolatraron con locura y donde dejó sembrada una marca imposible de borrar.
De veras, hasta lanzaron colecciones de tres discos compactos con las melodías o más pesadas de su catálogo, dándoles chance a los más chavos de toparse con semejante joya de voz. Su heredero, Miguel Acéz, hijo, se ha plantado al correr de los años como el principal guardián de todo ese legado familiar. Él le ha metido muchísima garra a armar.
Galerías con retratos guardados bajo llave que nadie conocía, sacados directo de los álbumes de la casa, postales valiosísimas donde se aprecia el cantante adueñándose por completo del micrófono. Fíjense, apapachando a su fanaticada y compartiendo mesa con otros monstruos sagrados de nuestras pantallas, tipo Pedro Infante, Jorge Negrete Claro, Lola Beltrán y su entrañable compadre José Alfredo Jiménez.
Y miren, también ha arrastrado el lápiz para publicar una biografía bien detallada sobre los pasos de su viejo, retacada de anécdotas sabrosas, recuerdos íntimos y retratos inéditos, buscando que su historia no se borre nunca. hasta se dio a la tarea de resucitar una etiqueta de tequila bautizada en honor de la leyenda, una botella que hoy por hoy goza de muy buen pegue en los comercios de fuera, si bien por puras mañas de los distribuidores y del negocio, el destilado se termina vendiendo casi todo del otro lado de las fronteras, pues semejante friega que se
anda arrimando la dinastía, hace vez persigue un único y muy digno fin. Lograr que los jóvenes de hoy en día conozcan de veras, capten y le den su justo valor a la música ranchera, que al final del día es el alma entera de nuestro país, ¿no creen? Es que, tal como le da pavor a su heredero, semejante tesoro de nuestra cultura, corre el peligro de borrarse del mapa si la muchachada no le mete interés ni aprende a agarrarle el gusto. Vaya.
Y miren, capaz que justo ahí, en esa frase tan llena de amor de su propio hijo, se esconda el broche de oro ideal para redondear toda esta aventura. Al final del día, para Miguel Acézes Junior, su viejo nunca tiró la toalla del todo, nunca se marchó de veras. Él juró festejarle el cumpleaños año con año, tal cual si anduviera por aquí todavía con toda la reverencia, el apego y el compromiso que un personaje de ese calibre se merece.
De verdad, y viéndolo bien, el tipo tiene toda la boca llena de razón. Miguel Acéz Mejía, ese plebe tartamudo y bolero que un día le dio por soñar despierto en los terregales de Chihuahua. Ese mismísimo señor que le dio la vuelta a un freno en la lengua para moldear la voz más limpia, bella y potente de toda la nación, nos heredó un catálogo que ni los desplantes de cuatro ingratos ni el correr de los años han podido marchitar jamás.
Oigan, sus temas se mantienen como puros estandartes de nuestro folklore musical. Su falsete de oro sigue siendo algo irrepetible, imposible de calcar, único en los anales del espectáculo, y su apellido sigue bien vivo, latiendo con todo en el pecho de millones de almas que se criaron con sus canciones y que le siguen dando play el día de hoy.
Su biografía nos deja, a fin de cuentas, una lección de esas que tocan las fibras sobre lo que cuesta el estrellato en serio con todos sus reflectores encandilantes y también sus rincones solitarios, sus victorias de campeonato y también sus desamores que se tragan sin hacer ruido, sus aplausos masivos y también sus penas bien guardadas bajo llave.
La trayectoria de un tipazo que se vació por completo en favor de su arte y de sus fieles seguidores y que, aún con la espina de verse relegado en sus fechas finales, jamás fue borrado por quienes adoraron su canto y su esencia. Y bueno, ya para cerrar, luego de este largo viaje tras las huellas del rey del falsete, nos daría un gustazo tremendo leerlos por aquí.
¿Ustedes qué opinan de la enorme huella que dejó Miguel Acéz Mejía? ¿Sienten? que se le valoró como Dios manda mientras andaba en este mundo por todo lo que le aportó a las pantallas y a la música. ¿Cuál de todas sus interpretaciones es la que más les mueve el tapete? Eh, esa que en cuanto empieza a sonar los hace viajar de golpe a otras épocas, a tiempos idosos o a las reuniones de la infancia.
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Una por una, las andanzas, más apasionantes de los grandes mitos que marcaron el rumbo de nuestra cultura y de nuestra historia. Mil gracias de todo corazón por aventarse todo el video con nosotros. Nos estamos viendo muy pronto para platicar la siguiente crónica. Abrazos. M.