¡IMPACTANTE SECRETO! de la LUJOSA VIDA y la Traición Descubre HOY de JORGE HERNÁNDEZ

Don Eduardo le daba al acordeón con un sentimiento que sus hijos nunca olvidaron. Y justamente esa música, esas notas que alegraban la casa cuando el estómago rugía de hambre, fue la que plantó la semilla de todo este imperio. Pero un buen día, la mala suerte les tocó a la puerta de sopetón. Don Eduardo cayó en cama muy enfermo, tan amolado que ya no pudo levantarse para ganarse el pan.

Y justo ahí, en la espalda de un huerco que apenas andaba en los 11 años de edad, cayó de golpe la responsabilidad de mantener a toda la familia o 11 años. piénsalo bien por un momento. Mientras los otros niños andaban jugando afuera o pensando no más en qué travesura hacer, a Jorge le tocó hacerse hombre de un día para otro.

Imagínate no más la escena. Un morrito de 11 años que ni manos tenía para abarcar ese acordeón tan grande, amarrándose el aparato al pecho y saliendo a ganarse el pan a la calle para llevar unos pesos a la casa. Ese acordeón era lo único que tenían de valor y para colmo ni era suyo del todo, porque don Eduardo se lo había pedido prestado a un camarada que se largó del pueblo.

Junto con sus hermanos Hernán, Eduardo y Luis, además de su primo Óscar Lara. El pequeño Jorge armó una bandita. Eran cinco chamacos que apenas le hallaban a la afinada tocando por las esquinas, metiéndose a los mercados o parándose afuera de las cantinas, donde los borrachos a veces les tiraban una moneda y otras tantas los corrían a puro grito.

Y a que no sabes cómo estuvo lo del nombre de los Tigres del Norte. Esta es una historia de esas que parecen puro cuento, pero pasó tal cual. Cuando por fin juntaron el coraje y las monedas para aventarse a cruzar la frontera hacia Estados Unidos, siendo todavía unos muchachos todos asustados, llegaron a la línea cargando con esos instrumentos pesadísimos que casi los doblaban.

El agente de migración que los revisó se les quedó viendo de arriba a abajo, casi riéndose de ver a esos morritos tan flacos, y le soltó algo como, “¡Pásenle, tigritos!” A Jorge se le quedó bien grabada esa frase en la cabeza. Le gustó cómo sonaba. con fuerza, con garra, los tigres del norte. Y desde ese día se les quedó el nombre para siempre.

Pero antes de los aplausos y de la fama de verdad, les tocó morder el polvo, pasar hambre en serio y aguantar la soledad de andar en tierra extraña, sin masticar el idioma, sin un alma que los apoyara y sin un techo seguro donde pasar la noche. Corría el año de 1968. Cuando esos muchachos se jugaron la carta más brava de sus vidas, se cruzaron la frontera con rumbo a San José, California, amparados por una visa temporal de escasos tres días que les dieron nomás para tocar en un saloncito de baile. Tres días.

Ese era todo el tiempo que tenían permitido pisar el suelo americano. Tres días. y directito de vuelta al polvo de mocorito. Pero Jorge, con esa terquedad tan suya que lo ha distinguido siempre, volteó a ver a sus hermanos y le soltó la frase que les cambiaría el destino para siempre: “De aquí no nos movemos, no vamos a regresar.” Y así lo hicieron.

Se quedaron, se la rifaron viviendo entre las sombras, en un país que no los quería y que nás los buscaba como mano de obra barata. Durmieron arrumbados en un carro. Se metieron en cuartitos miados compartidos con otros 10 migrantes. Le entraron a los frijoles de lata fríos cuando había y cuando no, pues a aguantarse el rugido de tripas.

Tocaron en cantinas de mala muerte repletas de humo, donde cualquier borrachera terminaba a puros balazos. Tocaron en quinceañeras donde les pagaban con un plato de comida. Tocaron en bares, donde la gente ni siquiera volteaba a verlos. Y mientras sus amigos de la infancia allá en Sinaloa ya tenían casa, esposa e hijos, Jorge seguía persiguiendo un sueño que a todos les parecía una locura de pueblerino ignorante, pero él tenía algo que no se compra con dinero, una fe ciega, casi terca en su propia música y su momento

llegó, pero de la manera más inesperada que te puedas imaginar. Fue a principios de los años 70 cuando un hombre se acercó a los Tigres del Norte con una propuesta que nadie más se había atrevido a hacerles. Traía consigo una canción escrita en un papelito arrugado, una canción que hablaba de contrabando, de mujeres bravas, de traición y de muerte.

Un mundo oscuro que existía en las sombras, pero del que nadie se atrevía a cantar en voz alta. La canción se llamaba Contrabando y traición y contaba la historia de una mujer llamada Camelia la tejana. Cuando Jorge leyó la letra, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sintió que esa canción tenía algo magnético, algo peligroso, algo que la gente iba a querer escuchar una y otra y otra vez.

Muchos le advirtieron que estaba cometiendo un error gravísimo, que esa canción le iba a cerrar todas las puertas, que ninguna estación de radio la iba a tocar, que el gobierno los iba a perseguir. Pero Jorge Hernández nunca le ha tenido miedo a nada. Y si algo lo define como artista es justamente eso, la valentía de cantar lo que los demás no se atreven ni a susurrar.

Grabaron con bando y traición y la lanzaron al mundo. Y lo que pasó después no tiene comparación en la historia de la música mexicana. La canción explotó como una bomba. Sonaba en todas las rocolas de todas las cantinas de México. Sonaba en los radios de los camiones que cruzaban la frontera. Se escuchaba en las pachangas de los barrios latinos en Los Ángeles, en Chicago o en Houston.

El público se la grabó de memoria. La traían en la boca los taxistas, los albañiles y hasta las marchantas del mercado. De la noche a la mañana, esos morritos que dormían arrumbados en un carro vieron como la gente se amontonaba haciendo filas de dos cuadras para alcanzarlos a ver. Los mismos salones que antes les hacían el feo, ahora les suplicaban de rodillas que se presentaran.

Sin buscarlo, terminaron inventando un estilo propio, el corrido de la era moderna. se convirtieron en el megáfono de millones de almas que la sociedad prefería ignorar. Y en este punto quiero que veas la madera de líder que se cargaba Jorge, porque mientras el resto de la banda andaba encandilado con las luces de la fama y la fiesta, él se quedaba despierto hasta las 3 de la mañana revisando las letras chiquitas de los contratos.

Él era quien le peleaba cada peso a los empresarios de los eventos. Él decidía qué temas se grababan en el estudio y cuáles iban directito a la basura. Él manejaba el vestuario de la agrupación, coordinaba los viajes y armaba planes a futuro cuando los demás apenas veían lo que tenían enfrente. Por algo le decían el jefe de jefes y miren que ese mote no les quedaba grande para nada.

Jorge captó desde chamaco una verdad que a muchos músicos se les va vivos y es que si tienes chispa pero te falta colmillo para los negocios te vas a secar más rápido que un charco en pleno desierto de Sinaloa. Ya en los 70 y 80 los tigres del norte se volvieron una aplanadora que nadie podía parar. Sacaban un álbum tras otro y todos pegaban con tubo.

Temazos como la banda del carro rojo, jaula de oro, la puerta negra. Vivan los mojados. o el otro México. Rolita que lanzaban, rolita que se volvía un trancazo total y ponía a vibrar a la raza en ambos lados de la frontera. Y miren bien este detalle que es una chulada, porque ahí se nota lo visionario que fue Jorge.

Él captó antes que cualquiera quiénes eran sus verdaderos fieles. No se trataba nomás de la gente que amaba los corridos. Su público de hueso colorado eran los migrantes. Hablo de esos millones de hombres y mujeres que, igualito que él se habían ido de su país con el alma hecha a pedazos. Los mismos que se partían en lomo 12 horas al día piscando fresa en los campos de California.

Las señoras que limpiaban casas ajenas mientras añoraban tener el techo propio. Los cocineros, los jardineros, los peones, los albañiles. Toda esa gente a la que nadie volteaba a ver. Jorge les cantó directo al corazón y los hizo visibles ante el mundo. Yaula de oro es, sin duda, la rola que mejor retrata esa realidad.

Te habla de un paisano que ya tiene su casa, su troca y sus dólares en Estados Unidos, pero se siente atrapado, tal cual un pajarillo dentro de una jaula de puro oro porque no tiene papeles para volver y sus propios hijos ya ni quieren hablar en español. Cuando tocaban ese tema en los bailes, los hombres más bragados lloraban sin pena alguna porque se estaban viendo en ese espejo. Y Jorge lo sabía perfectamente.

La hizo pensando en ellos. Por eso, cuando los tigres del norte pisaban una tarima, la cosa no era un simple show. Se convertía en un ritual sagrado. Haz de cuenta una misa donde toda la raza comulgaba con la misma nostalgia, el mismo dolor y la misma esperanza. Gente que ni se conocía. se terminaba abrazando.

Los matrimonios bailaban bien agarraditos, acordándose de cuando eran novios allá en sus pueblos. Los viejos cerraban los ojos y se transportaban de golpe a la tierra que habían dejado 30 años atrás. Eso es tener arrastre de verdad. Y eso no se compra ni con todos los millones del planeta. Con semejante pegada, pues obvio llegó el dinero a manos llenas.

Pero espérenme tantito con los números. Aguanten un poco porque antes de soltarles el dato de la millonada que tiene Jorge Hernández, tienen que saber el costo tan perro que pagó y la traición que por poco le tumba el cantón, porque ningún imperio se levanta sin sudor ni lágrimas. Y al jefe le costó sangre mantener el barco a flote.

Mientras los tigres del norte andaban de arriba a abajo dando hasta 250 conciertos al año, Jorge casi ni olía a su familia. Vivía trepado en un autobús de gira. metido en aeropuertos, rolando por hoteles y despertando en ciudades que al día siguiente ya ni se acordaba cómo se llamaban. Su mujer se la pasaba sola en la casa y sus hijos crecieron escuchando su voz no más por el teléfono.

Las Navidades llegaban y a él le tocaba pasárselas trabajando en un escenario. Los cumpleaños de los niños se celebraban sin el papá. Jorge pagó con pura ausencia cada billete verde que le entró y justo ahí se armó uno de los rollos más amargos y callados de toda su vida. Ese rollo de mantener bien amarrada a una banda donde tocan tus propios hermanos, tu primo y pura gente de tu misma sangre.

De plano está bien, perro. Ponte en sus zapatos. Ser el patrón de tus hermanos y tener que cantárselas directo a alguien con quien compartiste la cuna. Imagínate aventarte movidas de negocios que salvan el pellejo del grupo, pero que terminan dándole en la torre a un ser querido. Claro que hubo broncas, gritos y rachas de meses donde los hermanos ni se masticaban abajo del escenario.

Más de uno sintió que Jorge andaba acaparando todo el pastel, mangoneando al grupo como si fuera su juguete propio. Y Jorge, por su lado, sentía que nadie le aplaudía la que se acomodaba tras bambalinas. Pero la sangre jala y por más gacho que se pusiera el aguacero, siempre le hallaban el modo a la reconciliación.

Eso sí, el trancazo más  de todos. El que de verdad anduvo raspando la idea de borrar del mapa décadas enteras de puro éxito, no vino de adentro de la casa, sino de afuera. Se los acomodó un tipo en el que confiaban a ojos cerrados. Y aquí sí quiero que me peles bien los ojos, porque te voy a contar la campana que casi tumba a los Tigres del Norte y de la que casi nadie se enteró.

En los primeros años de su carrera, los Tigres del Norte grababan para una disquera que manejaba un empresario italiano afincado en Estados Unidos. Este sujeto se les arrimó cuando todavía estaban muy verdes, cuando ni por aquí les pasaba cómo se movían los hilos y las tranzas en el negocio de la música y firmaban cualquier papel que les pusieran enfrente sin respingar ni tantito.

Les pintó un panorama que en ese entonces les pareció caído del cielo, armar sus discos, moverlos por todos lados y volverlos unas estrellotas. Ellos, bien agradecidos y con un hambre perra de salir adelante, hablando su español de rancho y sin un solo abogado que les parara las antenas, firmaron. Lo que jamás se olieron fue que en las letras chiquitas de ese contrato les estaban armando la cama.

Los derechos de absolutamente todas sus grabaciones, cada rola grabada y cada nota que saliera de sus instrumentos pasaban a ser de la empresa, no de ellos. Todo era del empresario. Corrieron los años y las décadas. Y los Tigres del Norte se coronaron como la agrupación más cabrona en la historia del regional mexicano. Llegaron a vender más de 40 millones de copias por todo el planeta. 40 millones.

Y un buen día. Cuando Jorge Hernández por fin agarró colmillo y buscó asesoría de la buena para entender el panorama, topó con una pared que le revolvió las tripas y le quitó el sueño por muchísimos años. su propia música, los temas que salieron de su mismísimo pecho, las melodías cargadas de su sudor y su alma, resulta que ya no eran de él.

Todo su catálogo, cientos y cientos de canciones nacidas de más de 30 años de puros sacrificios, estaba en manos de otro, de un ejecutivo que se metía millones de dólares en regalías por un jale que jamás sudó, haciéndose asquerosamente rico a costa del talento ajeno, mientras a los meros creadores no más les aventaban las puras morusas.

Imagínate ese trago amargo, romperte el lomo la vida entera, dejar en el camino tu juventud, a tu familia y hasta tu propia salud, no más para darle vida a algo bien chingón y de buenas a primeras toparte con que ese logro tiene dueño. Y resulta que ese dueño no eres tú. Imagínate el coraje, la impotencia, las ganas de mandar todo al  y desaparecer del mapa.

Pero Jorge Hernández no es de los que doblan las manos así como así. El jefe de jefes amarró bien los pantalones, reclutó al bufete de abogados más pesado que pudo pagar y les cantó el tiro directo. Se armó un pleito legal de puros millones, una guerra perra de juzgados, demandas y audiencias que no tenían fin, con cuentas de honorarios que subían mes con mes como una bola de nieve incontrolable.

Una bronca que se tragó una millonada tremenda de dólares y que se extendió por años. Fueron años de puro desvelo, de noches completas sin pegar el ojo pensando en si la libraban o si de plano se quedaban en la calle. Y ahí vino la época más perra de todas, porque el pleito se puso tan color de hormiga, tan desgastante y costoso, que la banda completita anduvo tambaleándose.

Se armaron unas tensiones internas horribles. No faltó quien dijera que mejor tiraran la toalla, que agarraran lo que les daban y se quedaran calladitos. Incluso los abogados contrarios soltaban chequezotes con tal de que Jorge ya le parara a sus desmadres. Hubo gente muy cercana que le terminó jugando chueco y se vendió con el mejor postor.

Las cosas se pusieron insoportables. Por primera vez en toda su trayectoria, los Tigres del Norte estuvieron a un pelito de mandar todo a la goma. La agrupación más unida de la música mexicana. Anduvo Anadita de hacerse 1000 pedazos por culpa de la ambición y la puñalada trapera de un solo tipo. Pero Jorge no se rajó, porque para él la cosa iba más allá del dinero.

Se trataba de puro orgullo, del patrimonio que les iba a heredar a sus hijos y a sus nietos. Era cuestión de justicia y de mantener en lo alto el proyecto que su padre enfermo tanto añoró allá en Mocorito. ¿Y qué creen? ¿Que ganó o que perdió ese round? Aguanten tantito, ya voy para allá. Pero antes, déjenme platicarles lo que pasaba mientras ese pleito se manejaba por debajo del agua, porque mientras Jorge se agarraba del chongo con los licenciados en oficinas climatizadas, arriba del escenario seguía aportando la

corona de jefe de jefes y el mundo entero se le postraba a los pies. A lo largo de más de 50 años de jale, los Tigres del Norte se embolsaron galardones que la mayoría de los músicos ni en sueños se imaginan alcanzar. Se llevaron a casa seis premios Grammy, de los meros buenos que da la Academia Americana a lo más pesado de la música global, seis de esos.

Y por si no fuera suficiente, le sumaron 12 gramis latinos, dos, una cantidad que de plano los pone en el Olimpo de la música de todo el continente. Pero el hambre de triunfo de Jorge jamás se calmó con simples trofeos. El viejo quería más. Buscaba que sus canciones rompieran cualquier frontera. Se aventaron duetos con roqueros, con poperos y con raza de otros mundos totalmente distintos al suyo.

Se aventaron un salto de estilo que nadie creía que fuera a pegar. Atascaron el estadio azteca con más de 100,000 almas coreando sus rolas a todo pulmón. Llenaron arenas en Los Ángeles, en Chicago, en Houston y en Dallas una y otra vez durante décadas. Y allá por el año 2019 hicieron una locura que los puso en la mira de todo el planeta.

Se armaron un concierto especial tras los muros de una prisión de máxima seguridad, un álbum en vivo que se lanzó en una plataforma gigante de streaming y los puso en el radar de toda una generación nueva. Chavos de 20 años que en su vida habían oído un corrido, de pronto toparon con los Tigres del Norte a través de la pantalla de su celular.

Jorge Hernández se renovó completito una vez más. Se negó a quedarse estancado en el ayer. Le halló el modo al nuevo mundo sin perder ni una rayita de su propio estilo. La revista Forbes de plano los metió en la lista de los músicos latinos más influyentes y mejor pagados de la historia.

Y mientras todo eso pasaba, la gran duda seguía flotando como una nube cargada de agua. ¿A cuánto asciende de verdad la fortuna del jefe de jefes? ¿Cómo es la vida de Jorge Hernández cuando se baja del escenario y guarda el sombrero? Pues bien, llegó el momento que tanto estabas esperando. Prepárate porque los números que vas a oír están fuera de serie.

Vamos dándole una vuelta a sus propiedades. Jorge Hernández, el mismito que hace años dormía arrumbado en un carro destartalado en un estacionamiento de San José, hoy por hoy es el mero dueño de una mansión espectacular metida en las colinas más caras del área de la bahía de San Francisco, una de las zonas con el suelo más cotizado de todo el planeta Tierra.

Es una residencia imponente, rodeada de árboles viejísimos, resguardada por bardas altísimas y portones de puro hierro forjado, que, al decir de los expertos en bienes raíces, pasa con facilidad los 0. Una casa con más de 10 recámaras, cada una con su baño de mármol italiano traído pieza por pieza desde Europa.

Una cocina del tamaño de la de un restaurante, su propia sala de cine privada, una caba de vinos digna de un coleccionista millonario, jardines diseñados por los paisajistas más cotizados de California, una alberca infinita que parece perderse con el horizonte y un piquete de guardias de seguridad que vigilan cada rincón las 24 horas del día.

Pero esa mansión es no más una parte de su patrimonio, porque se rumora que Jorge tiene por lo menos siete propiedades repartidas entre California, Guadalajara y Sinaloa, un penthouse de lujo en una torre exclusiva, una casota cerca de su rancho natal y sobre todo sus tierras, porque si hay algo que verdaderamente le mueve el tapete a Jorge Hernández, casi tanto como la música, son los caballos.

Jorge es dueño de un rancho gigantesco con caballerizas impecables pintadas de blanco de arriba a abajo y con pisos especiales para cuidar las patas de sus animales. Presume caballos pura sangre de exhibición, ejemplares finísimos con papeles en regla cuidados por entrenadores que cobran un dineral por sus servicios.

C calcula que su colección de caballos supera los 5 millones de dólares y tiene ejemplares por los que soltó más de 300 por cabeza. Ahora hablemos de las naves porque ahí el jefe de jefes de plano no se mide para nada. En la cochera de su residencia, un garaje con espacio de sobra para más de 15 vehículos, descansan camionetas de gran lujo blindadas nivel doble CO, de esas que manejan los empresarios pesados y los políticos de alto rango.

Trocas que te andan costando más de $300 por cabeza ya con todo y el blindaje puesto. Siempre de modelo reciente, siempre de color negro y bien lavaditas, pero no crean que noás tiene trocas. Jorge se da el lujo de traer en su colección un BMW Series 7, ese sedá alemán que pasa del millón de dólares. Se carga también un Mercedes-Benz que desborda clase por todos lados y como le encanta lo clásico, tiene guardados en su rancho varios carros antiguos bien restaurados, unas verdaderas joyas sobre ruedas que ningún coleccionista de cepa soltaría

por nada del mundo. Y los relojes, ay papá, los relojes. Ahí es donde Jorge saca a flote su gusto más fino y extravagante. El jefe de jefe se carga un muestrario impresionante de alta relojería. Cuentan las malas lenguas que tiene varios Rolex presidenciales de oro de 18 kilates con la carátula tapizada de puros diamantes, cada uno con un valor que supera los $80,000.

Se habla incluso de piezas suizas de edición limitada que valen muchísimo más que una casa entera. Por eso, cuando Jorge pisa el escenario con su tejana impecable, su traje hecho a la medida y ese reloj de oro brillando a todo lo que da, no es por presumir no más, es el reflejo vivo de un hombre que salió de la nada más absoluta para coronarse en lo más alto del mundo.

Pero a ver, ¿de cuánto es la cuenta total de toda esa fortuna? Agárrate bien. Las cuentas más serias calculan que el patrimonio que Jorge Hernández ha levantado y maneja con puño de hierro, como el general de la música que es, pasa de los 80 millones de dólares. 80 millones. Y hay gente pesada en el negocio que jura que si le sumas los terrenos, las canciones que recuperó, las regalías y los negocios secretos del jefe de jefes, la cifra real le anda pegando facilito a los 100 millones de dólares.

¿Y se acuerdan de aquel pleito legal? La bronca que casi deshace a la banda. Pues ahí les va el desenlace, que es lo más chingón de toda esta historia. Después de años de estarse dando de sombrerazos, de gastar millones en licenciados y pasar noches en vela aguantando traiciones y tragos amargos donde parecía que todo se iba al caño, Jorge Hernández logró lo que todos veían imposible.

Ganó la demanda y recuperó el control de casi todo su catálogo musical. Esas canciones que ya daba por perdidas volvieron a sus manos. regresaron con su verdadero dueño. Y eso, mi estimado, eso sí que no tiene precio, porque hoy en día con las plataformas donde cada reproducción suma billete, ser el dueño de tus temas es como tener un pozo petrolero que nunca deja de brotar.

Cada que alguien en cualquier rincón del mundo le da play a una rola de los Tigres del Norte, cae otra moneda directo a las cajas del jefe de jefes. Aquel morrito que estiraba la mano por unas monedas en las calles de Mocorito hoy se vuelve más rico mientras duerme. Pero dejen les digo algo que de verdad llega al corazón.

A pesar de tener ese dineral de las mansiones, los ranchos, las trocas blindadas y los relojes tapizados de diamantes, Jorge Hernández sigue teniendo la misma esencia humilde del Sinaloa de su infancia. La gente que le conoce de cerca cuenta que le siguen encantar los frijoles con tortilla y que trata a todo su equipo de trabajo y al staff con un respeto y un cariño de primera.

Y es que jamás se le ha borrado de la mente de dónde salió ni todo el lomo que tuvo que partirse. Jorge captó una verdad que no se compra con billetes. Él sabe bien que su verdadero tesoro no está guardado en las bóvedas de un banco, sino en la piel de esos millones de personas que se quiebran cuando lo oyen cantar.

Su fortuna real son todos esos paisanos que traen sus canciones bien clavadas en el alma mientras se parten la madre lejos de su patria. Esos son sus puros diamantes. Ese es su verdadero orgullo. Hoy por hoy, cargando más de 70 años a cuestas y 50 de trayectoria, Jorge Hernández bien podría tirar la toalla. podría quedarse bien a gusto en el balcón de su mansión, viendo cómo se oculta el sol allá en California, sin mover un solo dedo el resto de sus días, pero ni de chiste lo hace.

Sigue trepándose a la tarima, sigue dándole música a su raza, porque para él esto nunca se trató de puros negocios. ha sido y será siempre su manera de cobrarle al mundo todo lo que el mundo le arrebató cuando era noás un morrito con el estómago vacío y un acordeón ajeno al pecho. Y justo así, mi estimado, es como se la pasa hoy el mero jefe de jefes.

Con una lana que parece de cuento, claro que sí, con unos caserones de película también, pero ante todo con el cariño y el respeto de un pueblo que jamás, pero es que jamás lo va a dejar en el olvido. Ahora suéltame una verdad y quiero que me hables con el corazón en la mano. ¿Te sabías de veras toda la cruzada que se aventó este compa para levantar semejante imperio? ¿Te imaginabas que detrás de esos temazos que tantas veces pusiste en la troca había tanto sudor, tanta perra vida, traiciones y tantas ganas de no dejarse vencer? A ver, platícame, ¿cuál es esa

rola de los Tigres del Norte que te caló hondo y te marcó para siempre? déjamelo saber aquí abajo en la caja de comentarios que me cuadra un buen leer cada una de sus vivencias. Y si esta crónica te movió el tapete, o si sentiste tantito lo pesado de este camino, desde andar arrastrando la cobija hasta coronarse en lo más alto del planeta, hazme un parón enorme.

Revienta ese botón de me gusta en el video, roláselo a ese camarada tuyo que también le entra machina la música de verdad y dale a seguir al canal si todavía no estás suscrito. Pícale a la campanita esa que tienes ahí abajo para que no te me pierdas ninguno de los relatos pesados que te estamos preparando, porque en este espacio le seguimos rascando a las verdades de los grandes personajes que nos dejaron huella.

Nos estamos viendo en la siguiente entrega. Pásatela chido y acuérdate siempre de que las metas, por más inalcanzables que se pinten, a veces sí se cumplen. M. Yeah.

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