Juan la oyó desde el otro cuarto y entendió algo que llevaría con él para siempre, que las mujeres pobres lloran sin hacer ruido para no asustar a los hijos. Esa misma noche, Juan agarró el sombrero del clavo, el sombrero viejo de su padre, de palma seca, con la copa hundida por los años de uso. Se lo puso y no se lo quitó nunca más.
Juan se hizo hombre trabajando la tierra, igual que su padre, igual que su abuelo, pero algo dentro de él no se acomodaba. Cuando veía al asendado quedarse con el grano que no le tocaba, le subía un calor a la garganta. Cuando un campesino llegaba al pueblo diciendo que le habían quitado el pedazo de tierra que había sembrado toda su vida, Juan apretaba los puños hasta que las uñas se le clavaban, pero callaba todavía hasta que pasó lo de don Felipe.
Don Felipe era un viejo del rancho. Tenía un pedacito de tierra heredado de sus abuelos. Cuatro. hectáreas, nada más, pero suyas. Una mañana llegaron tres hombres a su casa. Le dijeron que el acendado había comprado esa tierra, que había papeles firmados, que tenía que salirse. Don Felipe les pidió ver los papeles.
No los traían, los iban a traer después. Don Felipe se rió. Era un viejo flaco sin un diente arriba, que llevaba 60 años trabajando esa tierra. Les dijo que volvieran cuando los tuvieran. Esa misma noche prendieron fuego a su casa con don Felipe adentro. Cuando se apagó el fuego, no quedaba nada, ni la casa, ni el viejo, y de los papeles tampoco la ceniza.
Y al día siguiente, el ascendado mandó a sus peones a sembrar la tierra como si nada. Juan tenía 22 años cuando lo vio. Esa noche llegó a su casa y se sentó en el escalón de la puerta, en el mismo escalón donde su padre se sentaba a mirar el cielo sin decir nada. Pero Juan no miró el cielo, miró sus manos y entendió una cosa que lo cambió para siempre, que esperar la justicia de los ricos era esperar la muerte de los pobres.
Cuántos como don Felipe había en su pueblo, cuántas familias enteras trabajando una tierra que cualquier día les iban a quitar, con un papel falso o con un incendio. Esa noche Juan no durmió y al amanecer ya era otro hombre. Juan empezó callado. Como empiezan las cosas que después no se pueden parar. hablaba con uno y con otro en el establo, en el campo al mediodía, bajo el árbol grande del rancho, después de la jornada les decía lo que él pensaba, que las tierras tenían que repartirse antes de que se las quedaran todas, que los hijos
de los peones aprendieran a leer y que un pueblo sin escuelas es un pueblo de rodillas. Al principio la gente lo oía con miedo, mirando hacia los lados por si alguien los oía, porque en ese rancho los que hablaban de más amanecían colgados de un mesquite. Pero Juan no se cansó. Un día, otro día, un peón, otro peón, hasta que una tarde ya no eran tres ni cuatro, eran 20.
Y luego 50 y luego el rancho entero. Juan reunió a los campesinos del pueblo y les explicó cómo iban a defenderse. Organizó un partido para presentarse a las elecciones locales. Les enseñó a leer los papeles para que nunca más los engañaran con una firma que no entendían. y empezó a repartir tierras, las que el ascendado había acaparado, con papeles dudosos, las que llevaban años sin trabajar, las que de derecho eran del pueblo.
Juan no se las repartió a él, se las dio a los que las trabajaban. Y eso en aquel México no se perdonaba. abrió una escuela en un cuarto del rancho sin maestro, sin pizarrón. Los libros eran los viejos del cura. Juan mismo enseñaba a leer los domingos por la tarde a los niños primero y luego a los padres que querían aprender. Una yunta a los que no tenían animales para harar.
Una palabra a los que tenían miedo de hablar. Algo de luz. a los que llevaban toda la vida agachando la cabeza. Juan era ese hombre y por eso los asendados de la región empezaron a juntarse de noche en las casas grandes, a hablar de él, [carraspeo] a decidir qué hacer con él. Juan tenía mujer. El corrido no le pone nombre. Nosotros tampoco se lo vamos a poner.
Era la mujer de Juan. Con eso basta. Vivían en una choa humilde. Lejos de la casa grande del rancho, lejos del ruido. Una chosa de palos y barro con el techo de palma y un fogón de tres piedras en una esquina. Ahí tenían un niño chiquito, apenas caminando. Cuando Juan llegaba en las tardes, el niño le corría y se le abrazaba a las piernas.
Juan se quitaba el sombrero, el sombrero de su padre, lo colgaba en un clavo de la pared, siempre en el mismo clavo. Después cargaba al niño con un brazo y se sentaba a comer lo que había. con la mujer de pie junto al fogón. Mirándolos, ella sabía lo que Juan estaba haciendo y le tenía miedo. Una noche, después de acostar al niño, se sentó frente a Juan con las manos en el regazo.
Le habló bajito para que el niño no oyera. Juan, no te metas más. A los pobres no nos toca cambiar el mundo, a nosotros nos toca aguantarlo. Juan no contestó enseguida. Se quedó mirando al niño dormido, que respiraba con la boquita abierta. Después la miró a ella. Si yo no me meto, nuestro niño va a ser peón igual que mi padre.
Va a doblar el lomo en una tierra que no es suya. va a comer lo que sobre y va a morir igual. Eso no lo voy a permitir. Ella no contestó. Se dio la vuelta al fogón para que él no la viera llorar. Pero esa noche, mientras Juan dormía, ella se hincó frente a una estampita de la Virgen que tenía en la pared. La misma virgen que su suegra le había heredado.
Le habló bajito como su suegra le había enseñado. Le pidió una sola cosa. Madrecita, no me lo dejes solo. Devuélvemelo, aunque sea derrotado. Pero devuélvemelo. Esa oración no se la respondió la Virgen. Llegaron las elecciones del pueblo. Juan se presentó con su partido, con su gente. Losados pusieron a su hombre, un licenciado de la capital, bien vestido, que nadie en el pueblo conocía, pero que prometía orden y respeto a las propiedades.
La campaña fue corta y fue brava. A Juan lo amenazaron tres veces. La primera en la plaza a plena luz. Un capataz del ascendado se le paró enfrente y le dijo que se bajara o no iba a llegar al día de la votación. [carraspeo] Juan se le quedó viendo. Si yo no llego, otro va a llegar por mí. Lo que ustedes empezaron ya no lo paran.
y siguió caminando. La segunda fue una carta sin firma, sin sobre. Llegó debajo de la puerta de la chosa una madrugada. Tres palabras nada más. Acuérdate de don Felipe. Juan la quemó en el fogón sin decir nada a su mujer. La tercera amenaza fue contra ella. Pasaron tres jinetes por la choa una noche tirando tiros al aire.
El niño se despertó llorando. La mujer agarró al niño y se metió debajo de la mesa con la espalda contra la pared y la mano tapándole la boca al niño para que no gritara. Juan no estaba esa noche, andaba en otro rancho hablando con campesinos del otro lado. Cuando volvió al amanecer, la encontró todavía debajo de la mesa, sin haber dormido, con el niño dormido sobre el pecho y los ojos secos, porque ya no le quedaban lágrimas para llorar.
Juan se quitó el sombrero, lo colgó en el clavo de siempre y se quedó parado un rato mirándola sin decir nada. Ella lo miró desde abajo de la mesa. Bájate, Juan, por favor, por el niño. Juan se hincó en el suelo, le pasó la mano por la cabeza al niño dormido y le contestó, “Falta una semana. y salió. Una semana después, Juan ganó las elecciones por una diferencia tan grande que ni los ascendados pudieron disimular el coraje.
Hubo cohetes en la plaza, música de banda, mujeres llorando de alegría con el reboso sobre la cara, porque por primera vez en la memoria del pueblo, uno de los suyos había ganado algo. Y esa misma tarde los ascendados se reunieron en la casa grande y decidieron lo que iban a hacer. Era domingo. El pueblo seguía celebrando la victoria.
Había puestos de comida en la plaza, mujeres vendiendo dulces de leche, envueltos en papel de china, niños corriendo entre las patas de los caballos. Las campanas de la iglesia. No tocaban a misa. Tocaban a pura fiesta. Juan caminaba por la calle real saludando, recibiendo abrazos, estrechando manos callosas de hombres que no recordaban la última vez que habían tenido motivo de fiesta.
Llegó a la cantina del gallo de oro, amarró el caballo afuera, entró y pidió un tequila. Adentro había pocos. Unos parroquianos al fondo jugando a las cartas sin hablar. El cantinero limpiando vasos sin levantar la vista. Juan se sentó en la barra, se quitó el sombrero, lo puso en el banco de al lado y se puso a beber. Una, dos, tres copas.
Se le fue subiendo el calor de la victoria y se le fue soltando la lengua. Le hablaba al cantinero de las escuelas que iba a abrir, de los caminos y los pozos que faltaban en los ranchos, de cómo este pueblo ya no iba a ser el mismo. El cantinero asentía limpiando un vaso que ya estaba limpio, sin levantar la vista.
Lo que el cantinero no le dijo a Juan es que dos horas antes los ascendados le habían pagado por dejar la puerta abierta, por eso no levantaba la vista. De pronto se abrió la puerta de golpe. Era un chamaco descalso con la respiración cortada de tanto correr. Le gritó a Juan desde la puerta. Cuídate, Juan. Te andan buscando.
Son muchos hombres. Vienen armados. No te vayan a matar. Juan se quedó parado un segundo. Volteó a ver su sombrero en el banco. Volteó a ver al cantinero que seguía limpiando el mismo vaso y entendió. no le iba a dar tiempo de llegar al caballo. Esa pelea estaba perdida desde el día que ganó las elecciones. Agarró el sombrero, se lo puso y se paró en medio de la cantina mirando a la puerta.
Entraron cinco hombres con las pistolas en la mano, con la cara cubierta hasta los ojos, sin decir buenas tardes. Juan no se movió. Los vio entrar uno por uno sin bajar la barbilla y les gritó, “Cobardes, ando borracho, pero soy buen gallo.” Los cinco dispararon al mismo tiempo. Juan cayó hacia atrás con los brazos abiertos, formando una cruz en el piso de la cantina del gallo de oro.
El sombrero rodó por el suelo. Se quedó parado junto a su mano derecha como esperándolo. Los parroquianos del fondo salieron corriendo por la puerta de atrás. El cantinero se metió debajo de la barra sin respirar. Los cinco hombres se montaron en sus caballos y se fueron. Nadie los siguió. Nadie supo nunca sus nombres, ni los buscó, ni los pidió, porque todo el pueblo sabía quién había pagado y nadie le quería pedir cuentas.
Esa misma tarde, las campanas del santuario empezaron a doblar. No tocaban a fiesta. La gente del pueblo salió de sus casas en silencio. Las mujeres cubriéndose la cabeza con el reboso, los hombres quitándose el sombrero antes de salir. Caminaban hacia la iglesia sin preguntar a quién estaban enterrando. Ya lo sabían.
Por el cerro, unos rancheros bajaban a un hombre muerto en una camilla improvisada, cubierto con una manta, con los pies descalzos asomando por debajo. Mientras tanto, en la chosa, nadie había llegado todavía a avisar. El niño jugaba en el suelo de tierra con una piedra que se había encontrado esa mañana. Le hablaba a la piedra, cómo hablan los niños con todo lo que se mueve.
La mujer molía maíz en el metate, de rodillas, como llevaba años haciéndolo, como su madre antes que ella. Cuando oyó el ruido de los caballos afuera, levantó la cabeza. vio entrar al cura del pueblo, a su comadre y a dos vecinos del rancho, con la cara que tienen los que vienen a decir lo que no se quiere oír.
Ella se quedó quieta con las manos llenas de masa, sin levantarse del metate. El cura abrió la boca para hablar, pero ella habló primero. No me lo diga, padre, por favor, no me lo diga. El cura cerró la boca y bajó la cabeza. Ella se levantó despacio, se limpió las manos en el mandil, caminó hasta la pared y descolgó el sombrero.
El sombrero de Juan, el que su padre le había heredado a los 14 años. llevaba colgado en ese clavo todas las noches desde que se habían juntado. Lo apretó contra el pecho y olió el cuero por dentro. Olía a Juan, a sudor, a sol, a los caminos que había andado. Olía a la única vida que esa chosa había conocido. El niño había dejado de jugar con la piedra sin saber por qué.
Los niños no entienden, pero saben. Miró a su madre con el sombrero del padre apretado contra el pecho y empezó a llorar, no con llanto de niño, con llanto de hombre, de los que ya no van a tener a quien agarrarse. Ella se hincó en el suelo de tierra, lo apretó contra su pecho y lloró ya sin esconderse frente a la Virgen de la pared, que esa noche le había dicho que no.
A Juan lo enterraron al día siguiente en el cementerio del pueblo con su sombrero encima de la caja de pino. Fue la gente del rancho, la de los ranchos vecinos, campesinos que ni siquiera lo conocían, pero que habían oído hablar de él. Los ascendados no fueron ninguno. El que tomó el puesto del gobierno del pueblo fue el licenciado de la capital.
El que había perdido las elecciones. Tomó posesión esa misma semana sin que nadie preguntara cómo había sido posible. Las tierras que Juan había repartido empezaron a quitárselas a los campesinos con los mismos papeles de siempre. La escuela del rancho cerró como si Juan no hubiera pasado nunca. Pero algo quedó, algo que los ascendados no enterraron con Juan en la caja.
La gente había visto, visto que se podía ganar, que se podía leer, que las tierras robadas se podían devolver y eso no se les iba a olvidar nunca más. Pasaron los años. En los caminos del rancho empezó a oírse un corrido. Lo cantaban los arrieros, los borrachos en las cantinas, las madres meciendo a sus niños.
Y el corrido decía que Juan había sido borracho, parrandero y jugador. Eso decía. Pero la gente del pueblo sabía la verdad. Lo sabían las viejas que habían visto a don Felipe arder y los campesinos que habían recibido un pedazo de tierra y los hijos que aprendieron a leer en aquel cuarto del rancho. Y la sabía aquel niño, el de la chosa, que creció oyendo en cantinas y en bodas, que su padre había sido un borracho, un parrandero, un sinvergüenza.
Y nadie le decía la otra parte, crecer oyendo cantar la mentira de tu padre es una manera de matar al hombre dos veces. El corrido lo escribió Víctor Cordero, un compositor del DF del barrio de Peralbillo. Escribió más de 700 corridos en su vida, pero ninguno como este. Él mismo contaba que una noche de 1942 oyó a un voceador en la calle gritando la noticia de un golpe de estado fracasado.
Cuando volvía a su casa, se cruzó con un conocido, Juan Silvetti, que tenía una herida grande en la cara. En la jerga mexicana de aquel tiempo, a los hombres con cicatriz de navaja les decían charrasqueados. A cordero se le juntaron las tres cosas: el golpe de estado, la cara cortada, la historia de un caudillo del campo que había oído contar de muchacho.
Esa misma noche escribió el corrido. Algunos juran que el caudillo era de Tecamac, Estado de México, de la hacienda del Ojo de Agua. Otros juran que era de San Miguel el Alto, Jalisco, que se llamaba Juan de la Torre, y que en aquellos ranchos todavía hay parientes suyos, sembrando la misma tierra que él peleó con la vida.
El corrido se grabó por primera vez en 1945 por Jorge Negrete y de ahí se le metió a México en la sangre. 3 años después hicieron la primera película con Pedro Armendaris y siguieron filmando otras hasta el año 2002. La última fue sobre el hijo de Juan Charrasqueado, sobre aquel niño que se quedó llorando en la choza.
Hoy nadie sabe dónde está enterrado Juan exactamente. Algunos lo señalan en una tumba sin nombre, en el panteón viejo de Tecamac. Otros dicen que en una loma de San Miguel el Alto hay una cruz de madera que los viejos cuidan en silencio. ¿Quién sabe? Lo que sí está claro que cada vez que se canta el corrido en una boda de rancho, en una cantina del norte o en la cocina de una madre que mece a su hijo, hay un hombre sin nombre volviendo a entrar a la cantina del gallo de oro, volviendo a caer con los brazos abiertos y una mujer descolgando un sombrero de
un clavo, oliendo el cuero por dentro Y un niño que empieza a llorar y nunca termina. El corrido los dejó así, sin tumba, sin justicia, pero con su canción. Aquí termina el corrido, dice la letra. Aquí termino de cantar este corrido de Juan Ranchero, charrasqueado y burlador, que se creyó de las mujeres con sentido y fue borracho, parrandero y jugador.

Dice, “Eso ha cantado México durante 80 años, pero usted ya sabe qué pasó de verdad y la próxima vez que oiga el corrido en una fiesta o en una radio vieja, sabrá que detrás de ese borracho, parrandero y jugador hubo un hombre que repartió tierras, que abrió escuelas y que ganó unas elecciones que los ricos no le perdonaron.
y que en una choosa humilde, una mujer le rezaba a la Virgen mientras un niño crecía con su sombrero viejo y una verdad que nadie le quiso contar. Si en su rancho o en su pueblo o en su familia hubo alguna vez un hombre así, uno de los que se atrevió y los poderosos no se lo perdonaron. Cuéntenlo abajo en los comentarios.
Aquí esos hombres tienen lugar. En pantalla le dejo otra historia de las que no caben en 3 minutos de corrido. Un hombre que podía huir y prefirió volver. Ahí lo espero.