La caída del hombre de acero: A sus 65 años, Jean-Claude Van Damme confirma los rumores y revela el infierno detrás de su personaje

A los 65 años, Jean-Claude Van Damme ya no necesita ejecutar una patada giratoria en el aire para que el mundo entero vuelva a girar la cabeza hacia él. Ya no le hace falta realizar su icónica apertura de piernas entre dos sillas, ni derribar una puerta de madera de un solo impacto, ni sostener esa mirada fija frente a la cámara con los ojos de un héroe herido. Durante décadas, esos mismos ojos vendieron fuerza indomable, disciplina militar y una atractiva sensación de peligro. Hoy en día, a su edad actual, al mítico actor belga le ha bastado con una simple confesión en voz alta. Le alcanzó con pronunciar una sola frase con esa extraña mezcla de orgullo cansado y profunda vulnerabilidad que siempre lo ha caracterizado para sacudir los cimientos de su propia leyenda.

Verlo sentado frente a los micrófonos, con el rostro profundamente surcado por las marcas evidentes del tiempo, con un cuerpo que sigue siendo reconocible pero que dista mucho de ser aquella máquina biológica perfecta que deslumbró en los años 80 y 90, permite comprender una realidad ineludible. El rumor más grande que rodeó la figura de Jean-Claude Van Damme nunca tuvo que ver con un escándalo aislado de las revistas del corazón. La verdad era otra mucho más íntima y dolorosa: detrás del hombre que ante los ojos de millones de espectadores parecía completamente invencible, habitaba un ser humano que se encontraba profundamente roto.

Durante años, las voces del entorno de la industria cinematográfica lo susurraban con insistencia, aunque la maquinaria publicitaria prefiriera hacer la vista gorda. Muchos señalaban que Jean-Claude no era simplemente una estrella de cine de acción bendecida por la genética y el entrenamiento. Detrás de ese imponente desarrollo muscular se escondían severos cuadros de ansiedad; detrás de su sonrisa magnética habitaba una soledad sobrecogedora; y detrás de sus llamativas declaraciones públicas —a menudo tachadas de extravagantes, filosóficas o incomprendidas— operaba una mente en constante conflicto consigo misma. Mientras el gran aparato de Hollywood vendía al público global la fantasía de una infalible máquina belga de lanzar patadas y exhibir abdominales, el hombre real peleaba en privado una batalla considerablemente más peligrosa y destructiva que cualquier coreografía filmada para la gran pantalla.

El propio Van Damme intentó esquivar y negar esta dualidad durante la mayor parte de su trayectoria. En el Hollywood de los “hombres duros”, en esa época dorada donde los héroes debían ser pilares inmutables de testosterona y determinación, nadie quería sentarse a escuchar las fragilidades de un ídolo. Los estudios cinematográficos no concebían que el rostro de un artista promocionado como si fuera puro acero pudiera humedecerse con lágrimas verdaderas. Nadie deseaba procesar que el mismísimo protagonista de clásicos imperecederos como Contacto sangriento (Bloodsport), Kickboxer, Doble impacto o Soldado universal pudiera experimentar cotidianamente sentimientos de vacío, derrota y desorientación absoluta. Sin embargo, los rumores no se disiparon con el éxito de las taquillas. Al contrario, cobraron una fuerza descomunal cuando su carrera profesional empezó a tambalearse a finales de la década de los noventa.

Los comentarios del público y de la crítica se volvieron mucho más crueles en el instante en que sus producciones cinematográficas dejaron de considerarse grandes eventos para las salas de cine y pasaron a distribuirse directamente en el mercado del formato de video doméstico. Los titulares se tornaron oscuros al hacerse públicos sus problemas de adicciones severas, sus excesos nocturnos, sus reiterados matrimonios fallidos, sus agudas crisis emocionales y la pérdida consecutiva de contratos millonarios. Cada tropezón en la vida personal del actor alimentaba una interrogante que pocos periodistas se atrevían a formular directamente frente a él: ¿qué fue lo que le ocurrió verdaderamente a Jean-Claude Van Damme? Por mucho tiempo, la respuesta colectiva pareció reducirse a un cliché de la industria: “Hollywood lo devoró”. No obstante, la realidad histórica es notablemente más compleja. La meca del cine no lo consumió en solitario; fue el propio actor quien se perdió irremediablemente dentro del personaje de acción que él mismo había diseñado para sobrevivir.

Antes de transformarse en el fenómeno global de masas, antes de ostentar el apodo de “Los Músculos de Bruselas” y antes de que su fotografía colgara en las paredes de las habitaciones de millones de adolescentes que intentaban replicar sus movimientos frente al espejo, existió un niño llamado Jean-Claude Camille François Van Varenberg. Nacido en el seno de una familia humilde en Bélgica, el pequeño se encontraba a una distancia sideral de los focos de Los Ángeles, de los flashes de las alfombras rojas y del ensordecedor ruido de la fama estadounidense. Su camino inicial no estuvo pavimentado con facilidades. Comenzó en un entorno marcado por el frío invernal de Europa, por una profunda timidez y por una marcada inseguridad personal dentro de un cuerpo que, en su niñez, no parecía manifestar ninguna aptitud para convertirse en un símbolo universal de potencia física.

Fue su propio padre quien, al percibir la extrema sensibilidad del niño, intuyó la urgencia de proporcionarle una actividad que le brindara estructura, confianza y herramientas de defensa personal. De esta forma, lo introdujo en la práctica rigurosa del karate a una edad muy temprana. Allí dio inicio una mutación que trascendió lo netamente físico para modificar su estructura emocional. Cada golpe lanzado, cada caída sobre el tatami, cada extenuante repetición y cada postura ensayada meticulosamente frente al espejo del gimnasio fue moldeando una convicción psicológica fundamental que Jean-Claude requeriría para el resto de sus días: la certeza de que era capaz de gobernar y someter su propio cuerpo, incluso en los momentos en que sentía que no tenía el control absoluto sobre los rumbos de su mente.

Cuando se examina detalladamente la infancia de las grandes figuras del cine de acción, se descubre que sus inicios distan mucho de ser heroicos. Van Damme no vino al mundo dotado de invulnerabilidad. Tuvo que fabricarse a sí mismo a base de pura fuerza de voluntad. Se vio obligado a construir capas de tejido muscular sobre sus profundas inseguridades, a cimentar una férrea disciplina donde originalmente habitaba el miedo al rechazo, y a estructurar una fachada pública de rudeza extrema para resguardar una sensibilidad que la sociedad de su tiempo no le habría perdonado con facilidad. Si el karate le proporcionó un rumbo claro, las clases de ballet le otorgaron una elegancia inusual para los peleadores de la época, el físicoculturismo le proveyó una armadura impenetrable y su desmedida ambición terminó por otorgarle una obsesión absoluta. Desde su juventud, Jean-Claude se convirtió en un hombre obsesionado no solo con el concepto abstracto del triunfo, sino con la imperiosa necesidad de probarle a su entorno que podía transformarse en alguien infinitamente más grande y trascendente que sus propios orígenes geográficos.

Anhelaba cruzar las fronteras de su país natal, salir definitivamente de los límites de Bélgica, irrumpir en la competitiva industria del cine norteamericano y lograr que el planeta entero coreara su nombre. Sabía perfectamente que su identidad de nacimiento, Jean-Claude Van Varenberg, resultaba excesivamente larga, marcadamente europea y sumamente compleja de pronunciar para las estrategias de mercadotecnia de los ejecutivos de Hollywood. De esa imperiosa necesidad publicitaria nació artísticamente Jean-Claude Van Damme: una denominación más breve, un físico esculpido con precisión milimétrica y un sueño que traería consigo enormes peligros.

A su llegada a los Estados Unidos, el joven inmigrante no fue recibido con contratos preferenciales. Arribó a una tierra extraña como lo hacían miles de personas anónimas cada año: con escasos recursos económicos en los bolsillos, un marcado acento extranjero que dificultaba su comunicación y una confianza personal tan desbordante que en múltiples ocasiones era interpretada por los directores de reparto como una muestra de soberbia o arrogancia. Poseía una fe en sus propias capacidades que rozaba lo absurdo. Mientras que para los ojos de los agentes de la industria él representaba únicamente a un extranjero más que intentaba llamar desesperadamente la atención en los castings informales, para su fuero interno Hollywood constituía una inmensa puerta blindada que él estaba destinado a derribar, incluso si en el intento se destrozaba los huesos de las manos.

La mitología construida alrededor de sus primeros años en California detalla que el joven estuvo dispuesto a realizar cualquier tipo de labor con tal de mantenerse cerca de los entornos cinematográficos. Trabajó en oficios precarios, tocó infinidad de puertas de productoras independientes, insistió de manera casi asfixiante ante los ejecutivos, entrenó al límite de sus capacidades físicas y esperó pacientemente su oportunidad en la sombra. Incluso cuando el panorama parecía sugerir que nadie en la industria del entretenimiento estaba interesado en escuchar su propuesta, él se aferró a una única verdad inquebrantable: su propio cuerpo poseía la facultad de hablar y expresarse con mayor elocuencia que las palabras. En una industria saturada de actores apuestos y de facciones simétricas, el belga aportaba un elemento radicalmente diferenciador. No se limitaba a lucir un desarrollo muscular estático; se desplazaba por el espacio de una manera asombrosamente peculiar. Sus patadas no eran toscas ni puramente violentas; exhibían una elasticidad, una precisión milimétrica y un sentido del espectáculo nunca antes vistos en el cine occidental. Su estilo conjugaba de manera armónica la agresividad del combate y la delicadeza de la danza. Era capaz de permanecer inmóvil como una estatua griega para, un milisegundo después, quebrar la resistencia del aire con una extensión de pierna tan veloz que parecía cortar el tejido mismo del destino.

Con todo, ningún artista logra encumbrarse en el firmamento de la fama global apoyado exclusivamente en sus talentos naturales. Resulta indispensable la confluencia de factores externos: hallarse en el sitio preciso, en el momento cronológico idóneo y frente a una audiencia masiva que manifieste una necesidad emocional específica. La década de los ochenta se caracterizó por una demanda insaciable de héroes netamente físicos por parte del público cinematográfico. Arnold Schwarzenegger representaba la majestuosidad de una montaña de músculos inamovible; Sylvester Stallone encarnaba la resiliencia y la resistencia obrera ante el castigo físico; Chuck Norris personificaba la severa disciplina patriótica americana y, poco tiempo después, Steven Seagal irrumpiría con su misticismo impenetrable basado en el Aikido. En medio de ese panorama de titanes, Jean-Claude Van Damme introdujo una propuesta completamente refrescante: una indudable belleza estética, una flexibilidad corporal asombrosa, la frescura de la juventud, el exotismo de su procedencia europea y una soterrada vulnerabilidad que las audiencias de la época aún no lograban descifrar en su totalidad.

El estreno comercial de la película Contacto sangriento (Bloodsport) transformó radicalmente su existencia de la noche a la mañana. Aquel muchacho belga que pocos meses antes deambulaba por las calles de Los Ángeles mendigando una oportunidad de audición ya no requería rogar por la atención de nadie. Se encontraba proyectado en las pantallas gigantes de los cines de todo el mundo, sudando copiosamente, combatiendo con fiereza, gritando con rabia y exhibiendo una musculatura trabajada al milímetro que operaba ante los espectadores como una auténtica declaración de guerra artística. Bloodsport no significó únicamente un éxito de taquilla para una producción de bajo presupuesto; constituyó la carta de presentación oficial de un nuevo ícono pop. Fue el instante preciso en el que el público mundial descubrió la existencia de un héroe de acción cuyas características físicas y expresivas rompían el molde de sus predecesores inmediatos. La audiencia no acudió a las salas únicamente a presenciar secuencias de golpes y combates marciales; atestiguó el despliegue de un hambre voraz de triunfo y de una ambición desmedida. Era evidente que ese joven había aguardado la totalidad de su vida consciente para ocupar ese lugar exacto en el mundo, y el propio Jean-Claude era plenamente consciente de la magnitud del fenómeno.

Cuando el éxito masivo y la fama internacional llamaron a su puerta, no lo hicieron de manera paulatina; irrumpieron en su rutina con la violencia de una patada directa al esternón. De forma repentina, su nombre se convirtió en el reclamo principal para producciones de gran envergadura, extensas sesiones de entrevistas televisivas, portadas de las revistas de mayor circulación del planeta, presencia obligatoria en eventos de gala y constantes apariciones en programas de máxima audiencia. La misma industria cinematográfica que lo había ignorado sistemáticamente durante sus primeros años en el país comenzó a tratarlo y comercializarlo como un producto de consumo de alta rentabilidad. Su fisonomía corporal adquirió la categoría de mercancía de cambio; su característico acento extranjero se promovió como una parte esencial de su encanto exótico; su flexibilidad extrema pasó a ser un truco publicitario que debía repetirse hasta el cansancio en cada aparición pública y su mirada fija en la pantalla se consolidó como una promesa implícita de peligro inminente.

El lanzamiento posterior de Kickboxer no hizo más que ratificar el mito popular. Las audiencias globales demandaban una fórmula muy específica en sus largometrajes: deseaban contemplar al héroe sufriendo el rigor del entrenamiento más despiadado, querían verlo buscar venganza por las afrentas sufridas, querían presenciar cómo se levantaba de la lona y, sobre todo, necesitaban verlo sangrar y ser severamente castigado antes de experimentar el éxtasis del triunfo definitivo. El público se enamoró de esa narrativa donde el protagonista cae al abismo, sufre heridas de gravedad, aprende una lección vital de humildad y regresa al combate dotado de una fuerza superior. Jean-Claude parecía el lienzo perfecto para encarnar dicha narrativa cinematográfica, debido a que su trayectoria biológica real estaba compuesta precisamente por severas caídas, periodos de hambre física y una obsesión psicológica inquebrantable. Sin embargo, en ese preciso punto de inflexión comenzó a gestarse su mayor problemática personal. En el instante en que la maquinaria mediática de Hollywood transforma a un ser humano en un símbolo cultural inmutable, ese individuo corre el riesgo latente de comenzar a olvidar su verdadera identidad antes de la creación de la marca. Jean-Claude ya no tenía permitido ser simplemente Jean-Claude; estaba obligado a ser Van Damme las veinticuatro horas del día. Debía encarnar el cuerpo perfecto, la patada espectacular, la apertura de piernas inverosímil, la sonrisa cargada de picardía y el rol del héroe de acción que se mantiene permanentemente en óptima forma física, siempre dispuesto a la acción, siempre rebosante de carisma magnético, siempre encuadrado en los cánones de la masculinidad hegemónica y siempre blindado ante cualquier atisbo de invulnerabilidad. Vivir bajo semejante nivel de exigencia pública sin quebrarse emocionalmente resulta una tarea humanamente imposible.

Los años de esplendor económico y reconocimiento profesional se sucedieron a un ritmo vertiginoso. Títulos taquilleros como Doble impacto, Soldado universal, Blanco humano (Hard Target) y Timecop se encadenaron uno tras otro en las carteleras de los cines. Cada largometraje exitoso venía a cimentar la dimensión mítica del personaje; cada gigantesco cartel publicitario ubicado en las avenidas principales incrementaba de forma insostenible la presión psicológica sobre sus hombros; y cada triunfo financiero lo distanciaba un paso más de los parámetros de una existencia normal y equilibrada. Si bien es cierto que la celebridad extrema le franqueó el acceso a círculos de poder y riqueza antes inimaginables, también le clausuró de forma definitiva otras dimensiones vitales fundamentales: la serenidad del espíritu, el disfrute del anonimato cotidiano y la posibilidad de estructurar una estabilidad afectiva duradera.

Mientras los espectadores acudían en masa a las salas de cine y contemplaban en la pantalla grande a un Van Damme que proyectaba una sensación de control corporal y situacional absoluto, fuera de los sets de rodaje ese supuesto control había comenzado a desintegrarse a gran velocidad. El dinero en abundancia colmó sus cuentas bancarias, la atención mediática se tornó obsesiva, las dinámicas de socialización se llenaron de lujos, las festividades interminables se volvieron rutinarias y las oportunidades profesionales se multiplicaron sin freno. No obstante, de la mano de ese torbellino de opulencia hicieron su aparición los excesos químicos, las determinaciones impulsivas en el plano financiero y creativo, las agudas fricciones en el ámbito familiar y un tipo de aislamiento sumamente específico y doloroso: la profunda soledad de aquel individuo que habita rodeado permanentemente de una multitud de personas que aplauden sus excentricidades pero que carecen de la menor intención de escuchar sus verdaderos sufrimientos.

Mucho tiempo después, cuando los medios de comunicación comenzaron a ventilar abiertamente sus adicciones a diversas sustancias psicotrópicas y sus severas crisis psiquiátricas, un sector considerable de la opinión pública procesó aquellas informaciones bajo la etiqueta del escándalo mediático y la decadencia artística. Sin embargo, al analizar dicho proceso con la perspectiva histórica que otorgan los años, aquella situación se revela como la consecuencia lógica e implacable de una existencia sometida durante más de una década a niveles de tensión mental absolutamente desmedidos. Jean-Claude Van Damme había cimentado su prestigio internacional sobre la base de su capacidad para gobernar cada fibra de su anatomía; irónicamente, su mundo interior constituía un territorio infinitamente más caótico, oscuro y complejo de gobernar. La celebridad y el aplauso constante poseen la facultad de operar en el cerebro humano como una droga sumamente adictiva, incluso mucho antes de que las sustancias químicas hagan su aparición en el organismo. La fama acostumbra al individuo a recibir una dosis diaria de admiración incondicional, le inocula la creencia de que es merecedor de privilegios excepcionales y termina por convencerlo de que es un ser intocable, diferente al resto de los mortales. Por lo tanto, en el momento en que esa misma industria del entretenimiento que se encargó de elevarte a los altares de la cultura pop decide que ha llegado la hora de renovar su catálogo y empieza a buscar rostros más jóvenes, te abandona a tu suerte frente al espejo del camerino. Te deja a solas con una interrogante insoportable: ¿quién se supone que soy yo si ya no represento al héroe que el mundo entero desea consumir?

Para Van Damme, el enfrentamiento directo con esa pregunta llegó mucho más temprano de lo previsto. En la medianía de los años noventa, en una época en la que su nombre todavía conservaba un peso tipográfico considerable en los créditos cinematográficos, los síntomas del desgaste personal y profesional resultaban inocultables para los observadores del sector. En los pasillos de las grandes productoras se multiplicaban los reportes que daban cuenta de sus comportamientos erráticos durante las filmaciones, de rodajes sumamente conflictivos y costosos debido a sus ausencias, de una vida afectiva marcadamente inestable, de recurrentes faltas de disciplina en los sets, de gastos financieros descontrolados y de un ego hipertrofiado que crecía al mismo ritmo que saboteaba sus propias oportunidades de negocio. A pesar de ello, el público general no mostraba el menor interés en recibir explicaciones detalladas sobre la salud mental del artista; únicamente demandaba su dosis habitual de entretenimiento físico. Por su parte, la prensa sensacionalista, fiel a su naturaleza comercial, salió a la caza de detalles escabrosos. Cada titular de prensa de la época parecía ensañarse con la imagen del ídolo caído, presentando al atleta belga que había conquistado la meca del cine desde la absoluta nada como un hombre patético atrapado en el laberinto de sus propios desmanes. Para una parte de la audiencia, su historia se convirtió en una moraleja moralista sobre los peligros del éxito rápido; para otros, en un objeto recurrente de burla y parodia; y para su núcleo de seguidores más leales, en una profunda fuente de tristeza.

Contemplar el declive de una figura de la talla de Van Damme no se asemejaba a presenciar la decadencia de cualquier actor de la industria dramática tradicional. Él había encarnado una fantasía social sumamente específica e inspiradora: la premisa de que mediante el empleo de una disciplina espartana, la fuerza de los puños y una voluntad inquebrantable, un ser humano se encontraba capacitado para derrotar cualquier adversidad que el destino le pusiera enfrente. Sin embargo, la crudeza de la vida real se encargó de demostrarle de la forma más amarga posible que existen enemigos íntimos que no pueden ser vencidos mediante una coreografía de artes marciales. No es factible noquear una adicción severa con una elaborada escena de entrenamiento físico; no existe la posibilidad de sanar un cuadro de depresión clínica a base de series de abdominales; no hay manera de solucionar una crisis de salud mental acumulando más portadas de revistas y no se llena el vacío de la soledad firmando nuevos contratos con productoras de serie B.

La debacle de Jean-Claude Van Damme resultó particularmente dolorosa debido a que se desarrolló bajo el escrutinio público total. El actor no contó con el beneficio de poder retirarse a transitar su deterioro en el ámbito de la privacidad. Su paulatino declive físico y profesional se transformó en un tema recurrente de conversación en los medios de comunicación y en las incipientes plataformas digitales. Su nombre continuaba en circulación dentro de la industria, pero ya no asociado a los proyectos de prestigio que él habría deseado protagonizar. El mismo ecosistema corporativo de Hollywood que años atrás lo había encumbrado como su gallina de los huevos de oro procedió a encasillarlo en producciones de bajo presupuesto y calidad cuestionable. Los grandes estudios dejaron de comunicarse con su agente, los guiones de calidad escaseaban en su bandeja de entrada y las escasas ofertas que recibía carecían de la dignidad profesional correspondiente a una estrella de alcance ecuménico. De este modo, se inauguró para él la etapa más despiadada a la que puede enfrentarse cualquier ídolo de masas: la experiencia de continuar con vida mientras los estamentos de poder de su profesión actúan como si el individuo ya formase parte del pasado remoto. Van Damme no había fallecido físicamente, pero para los despachos de los grandes ejecutivos de Los Ángeles era exactamente como si hubiese dejado de existir. Semejante vacío, para un hombre cuya psique se estructuró en torno a la necesidad imperiosa de ser visto y validado por los demás, debió de suponer una experiencia devastadora.

Los comentarios malintencionados en el sector crecieron de manera exponencial. Se afirmaba con rotundidad que el actor estaba completamente acabado en términos creativos, que resultaba impracticable coordinar una jornada de trabajo con él en un set de filmación, que sus años de esplendor físico habían concluido de forma definitiva, que se había destruido a sí mismo por propia mano y que no existía posibilidad alguna de que regresara al primer plano de la cultura popular. Durante un largo periodo de tiempo, Jean-Claude intentó plantar cara a esos comentarios destructivos apelando a su orgullo personal, concediendo una serie de entrevistas televisivas sumamente extrañas y erráticas, involucrándose en largometrajes de escasa repercusión y ensayando diversas fórmulas para demostrarle al entorno que su vigencia permanecía intacta. No obstante, existía una distancia abismal entre el simple hecho de mantenerse biológicamente vivo y el estar verdaderamente presente en el plano artístico; entre continuar acumulando créditos de actuación en películas destinadas al mercado doméstico y lograr reencontrarse con su propia esencia humana. Los espectadores contemplaban sus apariciones en películas de presupuestos ínfimos y no podían evitar interrogarse acerca del destino de aquel atleta que parecía llamado a competir en igualdad de condiciones con las leyendas históricas del cine de acción. La respuesta a esa interrogante, por más dolorosa que resultara, presentaba múltiples aristas: sobre su vida había pasado el tiempo inexorable, se había producido la transformación de los gustos de la industria de Hollywood, había sufrido los estragos de un ego desmedido, se habían manifestado patologías de salud mental, habían pasado facturas los excesos químicos y se había evidenciado una absoluta carencia de control sobre sus dinámicas personales. En definitiva, a Van Damme le aconteció lo que suele sepultar a infinidad de ídolos de masas: confundió el estruendo de los aplausos del público con el sentimiento del amor verdadero, y en el instante en que la intensidad de esos aplausos disminuyó, el silencio resultante le pareció absolutamente insoportable.

A pesar de todo, la biografía de Jean-Claude Van Damme no concluyó en ese punto de oscuridad, y es precisamente esa circunstancia la que vuelve su figura un objeto de fascinación contemporánea. Si su trayectoria se hubiese reducido a la clásica parábola de un rápido ascenso a la gloria seguido de un desplome absoluto en la miseria, su nombre engrosaría simplemente la extensísima lista de juguetes rotos que Hollywood desecha cada temporada tras exprimir su rentabilidad. Sin embargo, el intérprete belga optó por ejecutar un movimiento completamente imprevisto: asumió la condición de convertirse en el fantasma de su propia gloria y tomó la firme determinación de plantarle cara a ese espectro.

El estreno en el año 2008 de la película independiente J.C.V.D. marcó un verdadero punto de inflexión en su devenir profesional y personal. El valor de este largometraje no radicó en que le devolviera de forma automática el estatus de estrella comercial de las superproducciones cinematográficas, sino en que puso de manifiesto una faceta que la inmensa mayoría de los críticos cinematográficos y del público general no sospechaban en absoluto: Jean-Claude Van Damme poseía auténticas capacidades actorales dramáticas en el momento en que se atrevía a despojarse de la máscara de hombre invencible. En dicho film, interpretando una versión hiperbólica, descarnada y brutalmente vulnerable de sí mismo, le permitió a la audiencia contemplar el retrato de un hombre exhausto, profundamente lastimado por las vicisitudes de la vida y plenamente consciente de la enorme cantidad de equívocos que había cometido a lo largo de su existencia. En esa producción ya no veíamos al héroe que golpeaba con mayor contundencia a los villanos de turno; presenciábamos a un ídolo en el ocaso de su carrera que clavaba su mirada en el lente de la cámara y parecía transmitirle al espectador un mensaje directo: “Sí, ese de los titulares fui yo. Sí, me perdí por completo en el camino. Sí, a pesar de todo el daño, todavía permanezco aquí”. Para una parte sustancial de la crítica especializada, ese largometraje representó el instante en que la figura de Van Damme adquirió un interés artístico infinitamente superior al de sus años de mayor esplendor comercial. El hombre que había alcanzado la notoriedad planetaria gracias al volumen y flexibilidad de sus músculos descubría que su herramienta de poder más efectiva residía en la exhibición pública de su propia fragilidad.

A partir de ese momento, comenzaron a validarse ante los ojos del público los rumores más humanos y crudos sobre su persona. Se confirmó que, efectivamente, había padecido sufrimientos espantosos en su privacidad; que sus caídas al abismo habían sido reales y desastrosas; que sus adicciones habían mellado su salud física; que el torbellino de la celebridad desmedida había nublado por completo su capacidad de juicio; que el personaje de acción de las pantallas terminó por devorar por completo la identidad del ser humano real; y que la existencia cotidiana detrás de los afiches promocionales no poseía la pulcritud ni la gloria idílica que los departamentos de publicidad de los estudios le prometían a las masas. Sin embargo, junto a esa constatación de debilidad emergió otra verdad de proporciones monumentales: el actor no se encontraba completamente destruido ni derrotado.

Esa es la dimensión analítica que multitud de personas omiten por completo en la actualidad al abordar la trayectoria de Jean-Claude Van Damme. Tienden a focalizar sus discursos de forma exclusiva en los episodios de consumo de sustancias, en sus declaraciones públicas extravagantes, en sus múltiples divorcios mediáticos, en los fracasos en taquilla de sus producciones tardías y en su evidente descenso desde la cumbre de la industria del entretenimiento. No obstante, pasan por alto un factor fundamental: lograr sobrevivir a semejante cantidad de desastres personales y profesionales demanda el despliegue de una forma de fortaleza sumamente singular. No se trata de la fuerza coreografiada y ensayada para una secuencia de combate cinematográfico; tampoco de la potencia estética asociada a un abdomen de definición perfecta; ni mucho menos de esa masculinidad impostada que promueven las campañas publicitarias de la meca del cine. Es una fortaleza mucho más incómoda, áspera y real: la capacidad de continuar viviendo el día a día tras haberte transformado, ante los ojos del planeta, en una auténtica caricatura de ti mismo.

Van Damme se vio obligado a cargar sobre sus espaldas con el peso de su propia parodia durante más de dos décadas. Un sector inmenso del público contemporáneo dejó de percibirlo en su condición de actor profesional para empezar a consumirlo en la categoría de meme digital. Mucho antes de que las plataformas de redes sociales estructuraran el lenguaje moderno de la cultura de los memes, sus recurrentes aperturas de piernas en la ficción, sus discursos de corte espiritual y new age expresados en un inglés imperfecto, su marcado acento de origen flamenco y sus particulares gesticulaciones corporales se convirtieron en material habitual para la burla colectiva y los programas de comedia. A pesar del dolor psicológico que semejante situación puede infligir en el amor propio de una antigua estrella de cine mundial, Jean-Claude demostró una notable capacidad para aprender a convivir con esa distorsión de su imagen pública. En determinadas circunstancias optó por abrazar la parodia con sentido del humor; en otras oportunidades ensayó mecanismos para combatirla y, en momentos específicos, aprendió a instrumentalizarla en su propio beneficio financiero y promocional. Esa capacidad de adaptación constituyó una verdadera reinvención personal. El actor comprendió, quizás de manera tardía pero certera, que le resultaba biológicamente imposible volver a transformarse en el joven atleta que protagonizó Bloodsport. Nadie posee la facultad mística de retornar a los 28 años de edad; ningún ser humano puede irrumpir por segunda ocasión en la industria del cine dotado del mismo halo de misterio y novedad y nadie puede pretender replicar de forma eterna las fórmulas de su juventud sin terminar convertido en un prisionero de su propia nostalgia. Por ende, optó por una alternativa más realista y valiente: asumió el desafío de transformarse en el hombre que logró sobrevivir a la leyenda de Van Damme.

Ahí radica el verdadero e inesperado giro de tuerca de su biografía. Jean-Claude no se limitó a sobrevivir a las dinámicas devoradoras de la industria de Hollywood; logró sobrevivir al personaje público que él mismo había procreado. Aquel niño de origen belga que se inscribió en una academia de karate con el humilde propósito de hallar un espacio de seguridad y confianza personal frente al acoso escolar terminó transmutado en una marca registrada de alcance ecuménico. Dicha marca comercial le proveyó de una inmensa riqueza material, le otorgó una notoriedad histórica indiscutible y, de manera simultánea, destruyó una parte considerable de su estabilidad psicológica. A pesar de los daños estructurales sufridos por la persona, el individuo real debajo del andamiaje corporativo nunca dejó de respirar. Continuó en la búsqueda constante de un sentido para su existencia, perseveró en su intento de comunicarse con sus semejantes —a menudo mediante discursos extraños, es verdad, pero que en el fondo albergaban una honestidad brutal— y evidenció una necesidad desesperada de recibir comprensión por sus valores internos más allá del volumen de su masa muscular.

En la actualidad, al alcanzar la barrera de los 65 años de edad, a Van Damme ya no le resulta viable continuar vendiendo a las audiencias la ilusión de una juventud eterna, y esa imposibilidad biológica ha terminado por operar en él como una profunda fuerza liberadora. En el momento en que una estrella del cine de acción experimenta el proceso natural de envejecimiento, se ve forzada a encarar una forma de vulnerabilidad pública que los intérpretes del cine de corte dramático convencional no experimentan de la misma manera. Para un actor físico, su herramienta primordial de trabajo y comunicación artística ha sido su propio cuerpo, y el organismo biológico cambia de manera implacable con el paso del tiempo. Las articulaciones comienzan a emitir señales de dolor crónico, la velocidad de ejecución de los movimientos disminuye de forma notoria, los procesos de recuperación tras el esfuerzo físico se tornan lentos, la piel empieza a narrar visualmente las historias del tiempo transcurrido y las antiguas cicatrices de los rodajes dejan de operar como meros elementos decorativos del mito para transformarse en testimonios vivos de la memoria física. Mientras que para un actor especializado en el drama el envejecimiento cronológico suele abrirle las puertas a una gama inédita de personajes de gran profundidad psicológica, para un héroe del cine de artes marciales envejecer puede ser experimentado como la pérdida absoluta del único lenguaje con el cual se comunicó con sus seguidores a lo largo de toda su carrera profesional.

No obstante, Van Damme halló una vía alternativa para expresarse. Empezó a comunicarse desde la tribuna que le otorgan sus vivencias acumuladas, desde la singularidad de sus reflexiones personales, desde un ejercicio de autocrítica descarnado, desde la aceptación pública de su vulnerabilidad y desde el reconocimiento explícito de que la celebridad masiva posee la capacidad de erigir un majestuoso castillo que, al cabo del tiempo, se transforma en una prisión psicológica asfixiante. Por este motivo, cuando en los círculos informativos se asevera que a los 65 años el actor ha dejado de negar las evidencias y ha procedido a confirmar los rumores sobre su vida, no se está haciendo uso de una frase publicitaria vacía de contenido. Se está haciendo referencia al proceso de una existencia entera que alcanza el punto de una confesión honesta y tardía. El hombre que se promocionaba como el epítome de la fortaleza también estuvo destrozado en su intimidad; el héroe que rescataba a los desvalidos en la ficción experimentó pánico real en su cotidianidad; la anatomía de proporciones perfectas albergaba una mente en estado de guerra interna y la celebridad que aparentaba poseer todos los elementos para alcanzar la felicidad eterna también atravesó periodos donde se sintió enteramente desahuciada y desorientada.

Lo verdaderamente impactante de este proceso es que, al asumir públicamente estas realidades, Jean-Claude Van Damme no redujo su estatura ante los ojos del público; al contrario, adquirió una dimensión profundamente humana. Los espectadores que acudían en su juventud a los videoclubes a rentar sus películas en formato VHS han experimentado, de igual manera, el proceso natural de envejecimiento. Muchos de aquellos niños y adolescentes que en las décadas pasadas pataleaban frente al espejo intentando emular sus movimientos marciales en la intimidad de sus habitaciones hoy en día deben lidiar con las responsabilidades de la vida adulta: deudas financieras, procesos de divorcio, fatiga crónica, dolores físicos y el peso acumulado de las vivencias. Por consiguiente, ya no observan a Van Damme únicamente bajo la óptica de la estrella de acción inverosímil; lo perciben como un fragmento vivo de sus propias juventudes y como el símbolo cultural de una era dorada en la que el cine comercial poseía un carácter marcadamente más físico, artesanal, exagerado e inocente en sus planteamientos narrativos.

Observar la figura del actor belga a los 65 años constituye, en gran medida, un ejercicio de espejo para el propio espectador que constata el paso de los años en su propia existencia. Esa es la razón fundamental por la cual su imagen contemporánea despierta una intensa carga de nostalgia colectiva. Su presencia no se limita a evocar su biografía personal; representa la totalidad de un ecosistema cultural desaparecido: la época de los videoclubes de barrio, las llamativas carátulas ilustradas de las cintas de video, las tardes familiares de fin de semana frente al televisor de tubo, los héroes de musculatura imponente que dominaban la taquilla, las tramas clásicas de venganzas familiares, los torneos clandestinos de artes marciales en locaciones exóticas, las secuencias de entrenamiento en parajes aislados guiadas por maestros orientales, los antagonistas de dimensiones colosales y las bandas sonoras compuestas con sintetizadores intensos. Evoca la reconfortante e ingenua premisa de que un hombre íntegro se encontraba capacitado para reordenar el caos del mundo apelando exclusivamente a su sentido del honor, su disciplina física y la ejecución de una patada perfecta. Sin embargo, la crudeza de la realidad nunca se rigió por parámetros tan simplistas.

Jean-Claude Van Damme no dispuso de la facilidad de resolver sus demonios internos en un metraje cinematográfico de noventa minutos de duración. No se escucharon acordes de música triunfal en el instante en que logró superar las fases más agudas de sus crisis de adicción; no hizo acto de presencia ningún maestro oriental sabio que le indicara con precisión milimétrica la senda a seguir para sanar su mente y no existió un combate final en una arena iluminada donde todos sus conflictos existenciales quedaran resueltos para siempre de un solo golpe. Su proceso real demandó años de estancamiento en la sombra, dolorosas recaídas en los consumos químicos, fracasos estrepitosos en proyectos independientes en los que había invertido su capital, rupturas dolorosas con sus seres queridos, comparecencias mediáticas sumamente complejas donde se evidenciaba su inestabilidad, la burla recurrente de los medios de comunicación y prolongados periodos de silencio y olvido profesional. Precisamente esa accidentada supervivencia es la que otorga a su figura un valor de verdad infinitamente superior al de cualquiera de los guiones que protagonizó en su época de gloria en Hollywood.

En la actualidad, el actor continúa constituyendo una contradicción viviente. Posee la particularidad de manifestar rasgos de un egocentrismo propio de las viejas estrellas de cine y, un segundo después, exhibir una humildad y una lucidez pasmosas en el marco de la misma conversación. Es plenamente capaz de proferir una declaración carente de sentido lógico para, de inmediato, articular una verdad existencial de enorme calado filosófico. Puede reírse con absoluta ironía de sus propios tropiezos del pasado y, al instante siguiente, expresarse con la vehemencia de quien se siente en la obligación de salvaguardar la dignidad de su leyenda frente a los nuevos tiempos. Se muestra ante el entrevistador como un individuo que ha logrado reconciliarse con los fantasmas de su trayectoria y, simultáneamente, como alguien que todavía arrastra heridas emocionales que no han cerrado del todo. A pesar de ello, esa misma naturaleza contradictoria es la que lo convierte en un sujeto fascinante para el análisis cultural contemporáneo. Los ídolos que proyectan una imagen de perfección inmaculada terminan por aburrir a las nuevas generaciones; son las figuras rotas y reconstruidas las que logran permanecer fijadas en la memoria colectiva del público. Jean-Claude Van Damme, con la totalidad de sus equívocos, sus caídas y sus excesos, pertenece por derecho propio a esa estirpe de personajes públicos que se resisten a desaparecer del imaginario social debido a que su narrativa no se presenta de forma pulcra, sino manchada por el barro de la realidad, golpeada por los avatares del destino, exagerada por los medios, teñida de ribetes trágicos y cómicos y, fundamentalmente, preñada de una inmensa humanidad.

Hubo un periodo histórico en el que la prensa de entretenimiento internacional limitaba la totalidad de sus cuestionamientos a preguntarle por la efectividad de sus rutinas de estiramiento, el volumen de sus bíceps, las particularidades de sus combates coreográficos, sus romances con modelos de pasarela o los detalles morbosos de sus fiestas en las mansiones de Los Ángeles. A pesar de esa insistencia mediática en reducirlo a un objeto de consumo estético, el ser humano que habitaba detrás de esa fachada de bronce manifestaba una urgencia sorda por expresarse sobre tópicos de una naturaleza completamente distinta. Deseaba discurrir sobre el flujo de la energía vital, sobre los misterios del alma humana, sobre el dolor inherente a la existencia, sobre su profundo amor por los animales, sobre la búsqueda de la paz interior y sobre la necesidad de aprender de los errores del pasado. En multitud de ocasiones no halló las estructuras lingüísticas adecuadas para canalizar esas inquietudes en un idioma que no era el suyo; en otras tantas, sus reflexiones brotaron de su boca de forma desorganizada o confusa, provocando la hilaridad y la mofa del público general. Sin embargo, incluso en medio de sus alocuciones más incomprendidas y catalogadas de absurdas, subyacía un reclamo de una claridad meridiana: el hombre que había sido encasillado por el mercado mundial en la condición de un mero muñeco de acción articulado demandaba ser percibido, respetado y tratado en su condición de ser humano. Ese anhelo constituyó el verdadero rumor que lo persiguió de forma implacable a lo largo de su carrera: la certeza de que debajo de la coraza del héroe indestructible habitaba un individuo desesperado por hallar empatía y ser comprendido más allá de sus capacidades atléticas.

A sus 65 años de edad, carece por completo de sentido lógico pretender negar el avance implacable del reloj biológico. Resulta inútil fingir que las heridas emocionales de la trayectoria no acontecieron y constituye un ejercicio estéril actuar ante los demás como si cada una de las determinaciones del pasado hubiese sido la correcta. El proceso de envejecimiento puede manifestarse con una enorme crueldad en el plano físico, pero de manera simultánea porta consigo una particular dimensión de libertad espiritual. Otorga la libertad de cesar de una vez por todas en el empeño de proteger una fachada pública y una imagen de perfección que, en realidad, se había fracturado en mil pedazos muchas décadas atrás. Y es precisamente en medio de esa imagen resquebrajada donde emerge un valor infinitamente más valioso que la simetría de los músculos: emerge la verdad.

Aparece la verdad histórica de aquel niño de los suburbios de Bélgica que albergaba el sueño de convertirse en alguien relevante en el mundo; la verdad del joven inmigrante que desembarcó en el continente americano provisto de mayores dosis de ambición que de seguridades materiales; la verdad de la estrella rutilante que cometió el equívoco de equiparar el éxito comercial con la invulnerabilidad ante el sufrimiento; la verdad del ser humano que sucumbió ante el peso de los excesos químicos en el preciso instante en que la audiencia global le exigía mantenerse en la condición de un héroe inmaculado; la verdad del actor profesional que contempló la pérdida de su prestigio en la industria y se vio en la necesidad de iniciar un complejo proceso de reconstrucción desde los márgenes del circuito comercial y, fundamentalmente, la verdad de un símbolo de la cultura de masas que alcanzó sus momentos de mayor dignidad y emotividad no cuando ejecutaba sus famosas acrobacias marciales, sino en el instante en que se sentó frente a sus semejantes a exponer con crudeza el tamaño de su dolor íntimo.

Por todas estas razones, su periplo vital no puede ser abordado exclusivamente bajo los parámetros de la biografía estandarizada de una estrella del cine de entretenimiento. Su recorrido constituye la crónica profunda de una máscara y de las consecuencias psicológicas que se desencadenan cuando dicha máscara adquiere un peso excesivo para el individuo que la porta. Durante un prolongado tramo de su existencia, Jean-Claude Van Damme se vio en la obligación de cohabitar con dos versiones diametralmente opuestas de sí mismo que se encontraban en permanente disputa. Por un lado, el personaje del héroe invencible y letal que los productores y los espectadores devotos deseaban contemplar de forma imperecedera en las pantallas; por el otro, el hombre frágil, asustado y fatigado que requería con urgencia un espacio de tregua, descanso y anonimato. La confrontación interna entre esas dos dimensiones de su personalidad resultó ostensiblemente más encarnizada, dolorosa y destructiva que cualquiera de los combates cinematográficos que filmó bajo las órdenes de los directores de Hollywood. El personaje corporativo demandaba de forma insaciable mayores dosis de ovaciones, portadas de prensa y validación externa; el ser humano real clamaba en silencio por una dosis mínima de paz mental. El personaje se empecinaba en perseguir el mito de la juventud eterna; el ser humano se veía en la ineludible obligación de asimilar el declive de sus capacidades físicas y el avance de la edad.

A los 65 años, por primera ocasión en su trayectoria, se percibe que el ser humano real empieza a prevalecer en esa disputa interna. Y este triunfo no se debe a que haya logrado borrar mágicamente los errores de su pasado, ni a que sus adicciones y desatinos hayan desaparecido de las hemerotecas, ni mucho menos a que los grandes estudios de Hollywood hayan tomado la determinación de restituirlo en el trono comercial que supo ocupar durante la época dorada de los años noventa. Su victoria contemporánea radica en un factor de naturaleza espiritual: ya no manifiesta la urgencia de obtener esa misma validación externa que lo encadenó en su juventud. Ha dejado de experimentar la necesidad de que el planeta entero lo catalogue como el individuo más fuerte, el más ágil o el más apto del mercado del entretenimiento. Ha roto las cadenas que lo ataban a la ilusión de aparentar una juventud perpetua. Su triunfo actual consiste, lisa y llanamente, en continuar presente en este mundo. Seguir en pie tras haber transitado por los procesos de la glorificación desmedida, la ridiculización pública, la explotación comercial por parte de las corporaciones, el cuestionamiento severo de su salud mental y el olvido paulatino del gran público no representa en absoluto una hazaña menor.

Jean-Claude Van Damme encarnó durante una época al espécimen humano que millones de jóvenes anhelaban emular en sus vidas; con posterioridad, se transformó en el blanco predilecto de las burlas de los sectores más cínicos de la cultura popular; y en la actualidad, se ha convertido en una figura a la que amplios sectores de la sociedad comienzan a observar con profundo respeto y genuina comprensión. El devenir de la existencia suele operar de esa manera particular con los grandes ídolos de la cultura de masas: en un primer estadio, la sociedad se encarga de mitificarlos y transformarlos en deidades de consumo; en un segundo momento, se ensaña en derribarlos de sus pedestales para constatar sus debilidades; y finalmente, si esos individuos demuestran la resiliencia necesaria para sobrevivir al escarnio y al tiempo, la comunidad se permite la oportunidad de observarlos en su verdadera dimensión de seres humanos de carne y hueso. Van Damme consiguió la proeza de sobrevivir a la dimensión mítica de su propio personaje, un desafío que entraña una dificultad considerablemente mayor que salir victorioso de una confrontación contra cualquier villano de la ficción cinematográfica.

Al contemplar su devenir histórico en su totalidad, la aseveración que da inicio a estas reflexiones pierde cualquier atisbo de sensacionalismo mediático de corte barato. Al arribar a sus 65 años de edad, Jean-Claude Van Damme procedió a deponer las armas del orgullo y a ratificar lo que los rumores siempre habían señalado como una verdad oculta. Confirmó que la experiencia de la fama planetaria no albergaba los tintes idílicos ni la felicidad absoluta que las pantallas de cine le proyectaban al espectador; admitió que la posesión de una potencia física extraordinaria no le sirvió en absoluto como escudo protector para resguardar su mente de las sombras de la depresión y la inestabilidad emocional; ratificó que atravesó periodos de una oscuridad existencial pavorosa y aceptó que el individuo real detrás del mito se encontraba plagado de agudas contradicciones conductuales. Confirmó, en definitiva, que la maquinaria de Hollywood posee la facultad de entregarte las llaves del mundo material para, acto seguido, abandonarte a tu suerte en el más absoluto aislamiento frente a las consecuencias de tus propios equívocos.

Sin embargo, su testimonio contemporáneo también se encargó de validar una premisa de enorme potencia esperanzadora para el público masivo: la certeza de que es perfectamente viable caer en los abismos más profundos de la existencia sin necesidad de desaparecer de forma definitiva del mundo; la constatación de que un ser humano se encuentra capacitado para transitar por los periodos de la burla colectiva y, a pesar de ello, recuperar la dignidad personal ante los ojos de sus semejantes; la confirmación de que se puede haber sido el ícono representativo de una era cultural determinada y, aun así, hallar un espacio de pertinencia y respeto en una época completamente distinta; y, fundamentalmente, que un individuo bajo ninguna circunstancia queda definido de forma perpetua por los pasajes más oscuros o erráticos de su andadura vital.

El Jean-Claude Van Damme de la actualidad no guarda relación de identidad con el joven impetuoso que protagonizó Bloodsport en su juventud, y esa distancia es precisamente la que otorga valor a su presente. Aquel muchacho del pasado era la encarnación viva del fuego interno, del hambre de gloria, de la vanidad juvenil, de la disciplina física extrema y del deseo irrefrenable de conquista social. El hombre maduro de 65 años representa una dimensión existencial radicalmente distinta: es la encarnación de la memoria histórica, de las cicatrices visibles, de la ironía frente al éxito, del arrepentimiento honesto por los daños infligidos y de una resiliencia serena ante los embates de la vejez. En medio de esa profunda metamorfosis personal se manifiesta una belleza estética y filosófica del todo inesperada. Las audiencias contemporáneas ya no experimentan la necesidad de que Van Damme ejecute proezas atléticas imposibles ni que simule una lozanía artificial; lo que el público verdaderamente requiere de su figura en esta etapa de la historia es su honestidad brutal. Necesita constatar que incluso aquellos héroes que en las pantallas grandes de los cines comerciales aparentaban ser inmunes al deterioro y al dolor también cargan en sus vidas con profundas grietas estructurales. Requiere comprender que esa noción de masculinidad granítica e imperturbable que la industria del cine vendió de forma masiva durante décadas constituía, en una inmensa cantidad de ocasiones, una auténtica celda emocional para los individuos que se veían obligados a encarnarla. Jean-Claude fue un engranaje fundamental en la difusión de esa prisión cultural y, al mismo tiempo, se convirtió en una de sus víctimas más notorias. No obstante, al romper el pacto de silencio sobre sus caídas, al atreverse a exhibir sus fragilidades sin ambages y al permitir que la sociedad civil contemple al ser humano desprovisto de los músculos del personaje, ha logrado transformarse en un auténtico sobreviviente de su propia leyenda.

Existe una estampida visual de carácter imaginario que posee la facultad de resumir los vectores esenciales de su trayectoria con mayor precisión que cualquiera de las secuencias de combate grabadas en los platós de filmación. No se desarrolla en el interior de un cuadrilátero de boxeo, ni en una arena de combate clandestino, ni en la penumbra de una calle peligrosa de alguna metrópolis de la ficción. Se escenifica en el espacio confinado de un camerino de filmación completamente vacío, una vez que las luces del rodaje se han apagado definitivamente y el equipo técnico se ha retirado de las instalaciones. En ese espacio destaca un espejo de tocador rodeado de bombillas encendidas, frente al cual se halla sentado un hombre exhausto, con el cuerpo empapado en sudor y los rasgos del rostro todavía cubiertos por las capas de maquillaje diseñadas para proyectar la imagen del héroe de acción de turno. Fuera de las instalaciones del estudio, una multitud de fanáticos aguarda con impaciencia la salida de la estrella de cine para conseguir un autógrafo o una fotografía; dentro del habitáculo, Jean-Claude observa fijamente su propio reflejo en el cristal, experimentando una profunda dificultad para dilucidar si la imagen que le devuelve el espejo corresponde a su verdadera identidad humana o al personaje de ficción que ha creado para el consumo de las masas.

Ese enfrentamiento específico constituyó, sin lugar a dudas, el combate de mayor duración y complejidad de toda su existencia. No fue una disputa librada contra un letal campeón de boxeo soviético, ni contra un temible monje guerrero de los templos orientales, ni contra una versión malvada y clonada de sí mismo surgida de un guion de ciencia ficción. Fue una guerra de desgaste absoluto librada contra su propio reflejo en el espejo de la realidad. Durante décadas, el reflejo comercial resultó el vencedor indiscutible de la contienda, exigiéndole de forma diaria mayores niveles de musculatura, mayores cuotas de popularidad mediática, una inmersión más profunda en los excesos de la noche, una atención obsesiva por parte de los informativos y una alimentación constante de su ego artístico. Sin embargo, las leyes de la biología y el transcurrir inexorable del tiempo ejecutaron una labor que ninguno de sus oponentes cinematográficos logró concretar en la ficción: forzaron a Jean-Claude Van Damme a bajar la guardia de forma definitiva.

Y en el preciso instante en que el atleta se vio en la necesidad de deponer su postura defensiva y abandonar la rigidez de su armadura, hizo su aparición el ser humano. Surgió ante la mirada del mundo un hombre marcadamente imperfecto, un individuo que experimentó el amor, que cometió equivocaciones severas en sus decisiones afectivas y profesionales, que cayó en los abismos más oscuros de la experiencia humana, que ensayó mecanismos para ponerse en pie, que volvió a tropezar de forma estrepitosa en las sombras del camino y que, a pesar de los pesares, nunca interrumpió la búsqueda activa de un sentido profundo para su transitar por este mundo. Se reveló un hombre que quizás nunca consiga experimentar un estado de paz interior absoluto y definitivo, pero que ha desarrollado las herramientas psicológicas indispensables para coexistir de forma armónica con sus propias zonas de sombra. Un ser humano que ha dejado de percibir la necesidad de ocultar o negar ante los demás que en diversas etapas de su andadura estuvo complementariamente extraviado, debido a que ha comprendido que el haber estado perdido constituyó una estación indispensable del itinerario vital que lo condujo hasta el momento presente.

En la actualidad, al situarse en el umbral de los 65 años de edad, Jean-Claude Van Damme no representa únicamente a una antigua gloria del cine de artes marciales que apela a la nostalgia para mantenerse en el recuerdo colectivo; constituye una advertencia viva y, de forma simultánea, una profunda lección existencial para las generaciones contemporáneas. Se erige en una advertencia severa acerca de las consecuencias psicológicas y espirituales que se desencadenan en la salud de un individuo cuando las estructuras del mercado y la sociedad de consumo toman la determinación de despojarlo de su condición humana para transformarlo en una mera mercancía de alta rentabilidad. E, indiscutiblemente, se consolida como una lección magistral sobre la viabilidad de acometer un proceso de reconstrucción personal integral en el instante en que el producto comercial deja de registrar los niveles de venta de sus épocas doradas. Su fisonomía anatómica fue el factor que le otorgó la celebridad internacional; las caídas y desaciertos de su vida privada lo convirtieron en el centro de atención de los noticieros; la honestidad de sus declaraciones tardías lo dotó de una inmensa dimensión humana ante sus seguidores; y su inquebrantable capacidad de resistencia ante los embates del destino es el elemento que lo ha transformado en una figura absolutamente inolvidable para la historia de la cultura pop.

Tal vez por todas estas razones, por más que la industria del cine comercial de Hollywood haya experimentado transformaciones radicales en sus formatos de producción, por más que los cánones que rigen a los héroes de acción de las nuevas generaciones apelen a los efectos especiales por computadora y a estéticas marcadamente distintas, y por más que los jóvenes de las nuevas eras digitales manifiesten dificultades para mensurar a cabalidad el impacto cultural que conllevaba el estreno de un largometraje de Van Damme en el tejido social de la década de los noventa, su nombre de pila continúa conservando un peso específico innegable en las conversaciones de la cultura popular. Su figura no solo opera como el testimonio vivo de una época histórica del cine que no volverá; funciona sobre todo como el reflejo de una batalla existencial cuyas fronteras trascienden por completo los límites de los sets de filmación. Representa la paradoja universal de ser aclamado y vitoreado por millones de personas desconocidas mientras se experimenta una ausencia total de afecto real en el plano íntimo; la contradicción de proyectar una fachada de invulnerabilidad extrema ante la comunidad mientras las estructuras internas del individuo se están resquebrajando en la privacidad; el peligro latente de diluir la identidad propia en los pliegues de una imagen publicitaria diseñada por terceros; el desafío de transitar el proceso del envejecimiento biológico sin permitir que este opaque la dignidad del ser; y la aceptación madura de que el adversario más formidable y complejo de derrotar no se halla posicionado en el frente exterior, sino en los pasillos de nuestro propio mundo interno.

Al alcanzar la madurez de sus 65 años de edad, Jean-Claude Van Damme tomó la firme determinación de cesar en su empeño de negar aquello que las marcas del tiempo y los avatares de su biografía ya habían expuesto con total claridad ante la mirada pública. Admitió que, efectivamente, detrás del andamiaje del mito marcial existió un torrente de dolor psicológico constante; ratificó que en la trastienda de la severa disciplina física habitó un caos conductual de proporciones alarmantes; confirmó que bajo la superficie de una anatomía considerada perfecta por los cánones estéticos se libró una contienda mental de carácter devastador; y aceptó que detrás de la máscara del héroe invencible habitó perpetuamente un ser humano que requería de forma urgente auxilio terapéutico, afecto sincero y una dosis inmensa de comprensión por parte de su entorno.

Sin embargo, de forma paralela a esa dolorosa rendición ante las evidencias de la realidad, sus recientes comparecencias públicas sirvieron para convalidar un hecho de enorme trascendencia que un sector considerable de observadores no vislumbraba en el horizonte: el actor continúa de pie y presente en el escenario del mundo. Y esa constatación, analizada en su justa dimensión histórica, representa probablemente su última y más trascendental victoria en el plano de la existencia. No se trata de la consecución de una acrobacia física perfecta sobre un set de rodaje, ni de la filmación de una elaborada secuencia de combate marcial destinada a las antologías del cine, ni del registro de una recaudación de taquilla multimillonaria en las salas de cine internacionales, ni mucho menos de la obtención de una nueva portada en las revistas de mayor tiraje comercial del sector. Su triunfo definitivo se encarna en la imagen serena de un hombre maduro que, tras haber tenido las llaves del mundo material en sus manos y haber experimentado la pérdida de una parte sustancial de sus afectos y su prestigio en los abismos de la vida, conserva la entereza necesaria para clavar su mirada en el entorno social y transmitir, sin la menor necesidad de apelar a estridencias verbales ni a gritos de guerra, un mensaje contundente: “A pesar de todo el daño y de todas las caídas, he logrado sobrevivir”. Para Jean-Claude Van Damme, el individuo que durante más de la mitad de su existencia consciente se vio en la obligación profesional de fingir ante el planeta entero que poseía una naturaleza inmune al sufrimiento, la asunción pública de su capacidad para sobrevivir a sus propias ruinas constituye, indiscutiblemente, la declaración más transparente, digna y honesta de toda su trayectoria histórica.

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