En el firmamento de las estrellas del cine mexicano, pocos nombres resuenan con tanta fuerza y elegancia como el de Jorge Rivero. Durante las décadas de 1970 y 1980, fue mucho más que un actor; fue un fenómeno cultural, un símbolo sexual que dominaba la pantalla grande con una presencia atlética y un carisma que pocos podían igualar. Sin embargo, el tiempo, ese juez implacable, ha seguido su curso, y hoy, a sus 86 años, la leyenda vive un retiro sereno en las colinas de Hollywood. Tras años de especulaciones sobre su alejamiento de los reflectores, Rivero ha decidido romper el silencio y hablar con total franqueza sobre su pasado, su presente y la dolorosa decepción que siente por la industria que una vez ayudó a construir.
De las albercas al estrellato cinematográfico
La vida de Jorge Rivero —nacido Jorge Pous Rosas— no comenzó en un set de filmación, sino en las albercas. Originario de Guadalajara, Jalisco, su disciplina y destreza física lo llevaron a representar a México en natación y waterpolo durante los Juegos Panamericanos de 1959. Pero su ambición iba más allá del deporte; con una formación académica como ingeniero químico, Rivero poseía un intelecto que equilibraba su imponente físico. Fue precisamente su dedicación al culturismo lo que capturó la mirada de los productores, marcando el inicio de una carrera que abarcaría más de 175 películas.
Desde sus inicios en el cine de luchadores en 1965, compartiendo escenario con el mítico Santo, hasta su consolidación como el rostro del cine de acción y aventura, Rivero fue una pieza fundamental de la época dorada. Películas como El pecado de Adán y Eva lo catapultaron al estatus de mito, no solo por sus dotes actorales, sino por su atrevida presencia física. Esta proyección no pasó desapercibida, y Hollywood pronto tocó a su puerta, permitiéndole colaborar con leyendas como John Wayne, Charlton Heston y James Coburn.
Un retiro marcado por la decepción
A pesar de una carrera envidiable, la realidad que vive el cine mexicano hoy es, para Rivero, una fuente de desencanto. En una entrevista reciente desde su hogar en Los Ángeles, el actor fue categórico: “El cine mexicano ya no existe”. Esta afirmación no es un capricho de la edad, sino una crítica profunda a la tendencia actual de las producciones que, según él, se han volcado casi exclusivamente hacia temáticas de crimen organizado. Para alguien que protagonizó dramas intensos, comedias icónicas y proyectos de gran calidad técnica, la falta de diversidad narrativa actual es un golpe a la identidad cinematográfica que él ayudó a forjar.
Sin embargo, su retiro no es absoluto. Rivero ha dejado una puerta entreabierta: si surgiera un proyecto que realmente rinda homenaje a la historia de México o que involucre a personajes que él admire profundamente, estaría dispuesto a regresar al set. Aclaró, eso sí, que no tiene interés en participar en una bioserie sobre su propia vida, aunque reconoce que, en la era del streaming y los documentales, su historia podría ser de gran interés para el público.
Secretos, leyendas y una amistad inquebrantable
La trayectoria de Rivero no ha estado exenta de sombras. Su participación en producciones internacionales, como la película con John Wayne en el desierto de Utah, estuvo marcada por la tragedia, vinculando a los miembros del elenco con enfermedades graves debido a la radioactividad del lugar. Asimismo, su carrera compartió momentos con figuras cuya vida terminó abruptamente, como el caso de la joven actriz Sandra Mozarowsky, cuya muerte en Madrid sigue siendo objeto de teorías de conspiración y misterio, un tema que, inevitablemente, quedó ligado a la filmografía de esa época.
Sobre sus relaciones personales, Rivero despeja los rumores de rivalidad con otro gigante de la época, Andrés García. Lejos de la competencia que la prensa sensacionalista intentaba vender, Jorge asegura que los unió una amistad genuina y un apoyo mutuo. “Nunca hubo envidia, ni por mi parte ni por la suya”, confiesa, recordando con cariño a su compañero de mil batallas.
La vida hoy: Dignidad y disciplina
Lejos de los escándalos, la vida de Jorge Rivero es hoy un ejemplo de dignidad. A sus 86 años, mantiene la disciplina de su juventud: escala las montañas de Hollywood todas las mañanas y entrena en el gimnasio con la misma constancia de antaño. Orgulloso, afirma que nunca ha recurrido a la cirugía estética, enfrentando el paso de los años con naturalidad. Junto a su esposa Betty, con quien comparte más de 30 años de matrimonio, ha encontrado una paz que el ajetreo del estrellato nunca pudo ofrecerle.
La historia de Jorge Rivero es, en esencia, la de un hombre que supo manejar la fama con humildad y que entiende que el legado de un actor no se mide solo por los premios, sino por la marca indeleble que deja en la cultura popular. Mientras disfruta de sus años dorados en California, rodeado de trofeos y fotografías que cuentan una vida de película, Jorge sigue siendo ese galán que, incluso en el retiro, no necesita de las cámaras para seguir brillando. Su mensaje final es claro: el verdadero talento es atemporal, y aunque el cine cambie, la pasión por contar grandes historias es algo que nunca muere.
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