El sol apenas comenzaba a despuntar sobre el accidentado y montañoso paisaje del estado de Guerrero cuando una vibrante comunidad ya se encontraba congregada en torno a un anhelo común. Eran las siete de la mañana, una hora inusual para eventos de tal envergadura, pero ideal para mitigar el intenso calor que suele azotar la región conforme avanza el día. El motivo no era menor: se llevaba a cabo el acto solemne y emotivo de la bendición de la primera piedra del nuevo complejo parroquial y santuario diocesano de Zumpango. Un evento que contó con la destacada y reconfortante presencia del Obispo José de Jesús, cariñosamente llamado “Don Chuy” por los feligreses, y el Vicario General de la diócesis, el Padre Pablo.
El Padre Arturo Cornejo, cuya personalidad enérgica, humilde y decidida guio el emotivo encuentro, inició la jornada expresando su más profundo agradecimiento a las autoridades eclesiásticas por acudir a la cita a pesar de sus exigentes y saturadas agendas pastorales. Explicó a los presentes, con palabras sumamente sencillas pero cargadas de significado teológico y eclesial, la enorme relevancia de contar con la mano derecha del obispo. El vicario general tiene la misión de orientar, animar, corregir y acompañar a los presbíteros en las complejas cargas del gobierno diocesano. De esta forma, el ambiente matutino se impregnó rápidamente de un profundo espíritu de comunión, obediencia y respeto filial.
El momento culminante de la liturgia dio inicio cuando el Obispo José de Jesús tomó la palabra para explicar el verdadero sentido de la palabra “bendecir”, que no es otra cosa que “decir bien” de las obras del Señor, de los esfuerzos del pueblo y de los frutos del trabajo honesto. Con un tono de voz que transmitía una paz inquebrantable, el prelado recordó que, aunque Dios no habita de manera exclusiva en templos fabricados por manos humanas sino en el corazón de cada uno de sus hijos —quienes constituyen las verdaderas “piedras vivas” de la Iglesia—, es fundamental edificar un espacio consagrado. Un templo físico representa esa “casita de Dios” indispensable para el encuentro comunitario, la oración ferviente y la renovación de los lazos de fraternidad. Tras invocar la gracia divina sobre los arquitectos, ingenieros, albañiles y cada uno de los benefactores que aportan su “granito de arena”, procedió a la proclamación del Santo Evangelio según San Mateo, haciendo eco de aquellas palabras eternas donde Cristo funda su Iglesia sobre la roca firme de la fe de Pedro.
Concluida la oración litúrgica y la aspersión del agua bendita sobre los presentes y el terreno, el Padre Arturo tomó nuevamente la palabra para desglosar con admirable transparencia y absoluto detalle los pormenores del ambicioso proyecto constructivo. El predio, que consta de una extensión de una hectárea y media, fue generosamente donado gracias a las gestiones iniciales del Padre Marchán en estrecha coordinación con los ejidatarios de Zumpango. A pesar de las dificultades obvias que presenta la accidentada e inclinada geografía local, típica del relieve de Guerrero, el sacerdote defendió la ubicación estratégica del lugar como el epicentro geográfico perfecto de la diócesis, conectado de manera óptima a las vías terrestres principales que enlazan con Chilpancingo e Iguala, y caracterizado por ser una zona libre de bloqueos viales recurrentes.

Sin ocultar la colosal magnitud del reto financiero que esto representa, el Padre Arturo compartió que la prioridad máxima dictada por la obediencia al Obispo es el levantamiento inmediato de la robusta barda perimetral. Aunque prefirió omitir la cifra exacta para evitar el alarmismo en las redes sociales, reconoció que los costos mensuales a los que debe hacer frente son sumamente elevados. No obstante, lejos de desanimarse, el presbítero manifestó su total confianza en la Providencia Divina y en la activa cooperación de su feligresía. El dinero para el pago de materiales y mano de obra proviene directamente del incansable esfuerzo de la propia comunidad: la venta de deliciosos platillos tradicionales como menudo y barbacoa los fines de semana de misa, los viajes religiosos y culturales que él mismo organiza metódicamente, y la distribución comunitaria de boletos de rifas parroquiales.
El proyecto no se limita exclusivamente a la edificación de una gran iglesia central. El plano maestro contempla la construcción inmediata de una capilla pequeña provisional que, a largo plazo, se transformará en la capilla del Santísimo Sacramento, situada justo arriba de una futura e impresionante capilla subterránea. Además, el plan responde a una sentida y urgente necesidad humana y pastoral que conmovió los corazones de la feligresía: la edificación de viviendas dignas, amplias y cómodas destinadas a sacerdotes ancianos o enfermos que ya no cuentan con familiares que puedan brindarles los cuidados médicos y afectivos necesarios en la etapa final de sus vidas. Asimismo, el Padre Arturo detalló su gran sueño de dotar a la diócesis de una magno centro de retiros y asambleas capaz de albergar cómodamente a más de tres mil personas en congresos diocesanos.
El evento también sirvió como un espacio propicio para la gratitud civil, destacando el apoyo constante de la presidenta municipal, Sara, quien colabora semanalmente mediante el envío gratuito de pipas de agua potable, un insumo crítico debido a que el predio carece actualmente de redes formales de agua y drenaje. En ese sentido, el sacerdote lanzó una respetuosa pero firme invitación pública a la gobernadora del estado para sumar voluntades y dotar prontamente a la zona de los servicios públicos esenciales, asegurando que la comunidad está plenamente dispuesta a cofinanciar los materiales necesarios con tal de ver cristalizado el progreso del sector.
Hacia el cierre de la jornada, se vivió un momento cargado de simbolismo y complicidad alegre cuando el Obispo José de Jesús, el Padre Pablo y los ingenieros constructores se dispusieron a colocar físicamente los pesados bloques de concreto que forman una cruz fundacional en el suelo. Entre bromas afectuosas sobre la plenitud del sacerdocio y las manos consagradas de los prelados, se procedió a estampar las firmas conmemorativas sobre las piedras recién bendecidas, un gesto que el Padre Arturo catalogó con humor como el “visto bueno del obispo ante mis deudas, sabiendo que con la ayuda de todos vamos a pagar”. La jornada concluyó en un ambiente festivo y solidario con la bendición final de los alimentos y un desayuno gratuito ofrecido a toda la comunidad asistente, sellando así el inicio de una travesía de fe que promete transformar el panorama espiritual y social de Zumpango.