LA HORMIGA GONZÁLEZ :CONFESÓ QUE CHIVAS LO HUMILLÓ · HOY ES EL ÍDOLO DE MÉXICO

LA HORMIGA GONZÁLEZ :CONFESÓ QUE CHIVAS LO HUMILLÓ · HOY ES EL ÍDOLO DE MÉXICO

El entrenador de Chivas lo miró de arriba a abajo y le dijo, “Estás muy chaparrito. Vete a tu casa. Tenía 12 años.” Al año siguiente lo volvió a humillar y hoy ese mismo niño es bicampeón goleador de la Liga MX. Le destroza el récord al Chicharito y el Estadio Azteca grita su nombre. Se llama Armando González, le dicen la hormiga.

 Y para entender por qué 80,000 personas gritan hoy ese apodo, hay que volver a un patio de tierra en Aguascalientes, a un niño que apenas hablaba y a una humillación rojiblanca que le quedó marcada para toda la vida. 20 de abril del año 2003. Celaya, Guanajuato. Nace un niño. Su papá se llama Luis Armando González Bejarano, ex futbolista.

delantero del Guadalajara, un hombre que sabe lo que cuesta llegar y lo que duele no llegar. La familia se muda a Aguascalientes. Ahí crecen los tres hermanos, Mariana, la mayor, Emilio, [música] el de en medio, y Armando, el más chico, el que apenas empieza a hablar y ya tiene un apodo pegado a la piel.

 Una tarde, Mariana y Emilio se pararon sin querer sobre un hormiguero. Empezaron a gritar, a llorar, a dar de manotazos. En medio del escándalo había un niño chiquito que los miraba sin entender. Era Armando. Tenía 2 años. [música] Cuando llegó su mamá con los vecinos, el chamaco señaló la tierra con el dedito y dijo una palabra que nadie entendió al principio. Jijigas. Yigas, repetía.

Yigas. No sabía decir hormigas. Lo intentaba [música] con toda su alma. Un amigo cercano al que en la familia le decían tío, agarró al niño en brazos y le dijo [música] unas palabras que iban a quedar tatuadas en la historia del fútbol mexicano. Tú eres el hormiga. Y así, sin ceremonia, en un patio de tierra en Aguascalientes, nació un apodo que 20 años después se coreó en el estadio [música] Azteca.

 Armando lo adoptó de inmediato. Desde el kinder decía, “Yo soy la hormiga.” En su mochila lo pedía. La hormiga era. Él empezó a jugar a los 5 años en el centro de formación que su propio papá había fundado, Fúbol Base Mandin. [música] Y su papá lo recuerda con una sonrisa. Muchos niños quieren ser portero. Con Armando no fue la excepción, pero esas ganas se le fueron quitando después de unos cuantos balonazos.

 Después de tragarse varias pelotas en la cara, se le acabaron las ganas de la portería. Le empezaron a crecer del otro lado, al frente, pegado al área, con el olfato del que mete goles porque nació para meterlos. Su papá lo veía sin presionarlo. Tenía una regla. El fútbol, si iba a ser cosa de su hijo, tenía que ser cosa del hijo, no suya.

 Cumplió 12 años y con 12 años llegó la llamada que todo niño mexicano quiere recibir. Su hermano mayor, Emilio ya estaba en las fuerzas básicas de Chivas y a Armando lo invitaron a probarse en la sub 13. Ese niño flaco chaparrito, [música] con la mochila colgada del hombro, entró a una cancha donde todo era rojo y blanco.

 Le pusieron un peto, le dieron el balón, corrió, se desmarcó, metió goles, días completos dándolo todo, metió muchos goles y entonces llegó el último día. Un entrenador de Chivas se le acercó. Un adulto vestido de roj y blanco con el escudo del rebaño en el pecho, sin rodeos lo miró de arriba a abajo, como se mira una mercancía, como se mira algo que [música] no sirve.

 Y le dijo palabras textuales que Armando ha contado en decenas de entrevistas. [música] Estás muy chaparrito, no puedes ser delantero con esa estatura y ese peso. 12 años, un niño y un adulto diciéndole que su cuerpo no servía. Armando bajó la cabeza, no dijo nada, [música] agarró su mochila y salió de esa cancha caminando despacio, mordiéndose el labio para no llorar delante de los otros niños.

 En el auto de regreso a Aguas Calientes, iba en el asiento del copiloto, callado, [música] mirando por la ventana. Su papá conducía sin decir palabra, porque cualquier padre que ha vivido ese momento sabe que no hay nada que se [música] pueda decir. Y Armando, con los ojos hinchados, apretando los puños contra las rodillas, se aferraba a una sola idea, la misma que él contaría años después, ante los micrófonos, que había metido muchos [música] goles, que qué importaba la altura, que aquello no era justo. idea tallada en la cabeza de un

niño de 12 años en un auto rumbo a Aguas Calientes, [música] la tarde en que Chivas lo desechó. Fue el motor de todo lo que vino después. Un rechazo de Chivas a los 12 años. Es una losa [música] que aplasta a cualquiera, pero Armando no era cualquiera. Un año después, con 13 cumplidos, sonó otra vez el teléfono.

 Chivas lo llamaba de vuelta. La prueba fue en el complejo de Chivas San Rafael. Una semana entera, Armando entrenó como fiera, metió [música] goles, pero al final de la semana pasó lo mismo. Otro entrenador, otra mirada de arriba a abajo, prácticamente las mismas palabras. No sirves, estás muy [música] chico, no es lo que buscamos.

 Segunda vez, segundo golpe. Un rechazo se puede [música] tragar. Dos son un mensaje. Dos son la vida diciéndote a la cara. Aquí no es tu lugar, búscate otra cosa. Esa noche Armando entró directo a su cuarto sin cenar. [música] se quedó boca arriba mirando el techo y en el silencio de esa noche, un niño de 13 años tomó una decisión que iba a volver a Chivas y que iba a volver por la puerta grande.

 Se fue a jugar a la tercera división, [música] al Real Aguascalientes, un equipo que hoy ya ni existe, [música] pero en su momento le dio a un chamaco de 13 años lo único que necesitaba. [música] Una cancha, un balón, 11 contra 11. Sin la presión de Chivas encima, sin la comparación con su papá, solo él, la pelota, [música] el arco rival, metió goles muchos.

 Y los visores de Chivas empezaron a oír su nombre otra vez. Y aquí es donde el destino le da la vuelta. En una nueva avisoría de Chivas, en la que Armando había vuelto a probarse, ocurrió algo que él siempre recordaría. [música] Un huracán se acercaba a las costas mexicanas, de los grandes, de los que dejan carreteras cortadas y pueblos incomunicados.

 Los papás empezaron a llamar al hotel donde estaban los chamacos. Todos decían lo mismo. Empaca la maleta. Vamos por ti. No te quedes ahí. La mayoría [música] se fueron todos, menos uno, Armando, con dos rechazos ya encima, con otra oportunidad en juego, habló con su papá por teléfono y le dijo cinco palabras que en su casa se recuerdan hasta [música] hoy.

 De ninguna manera. Yo me quedo sus papás insistieron. El huracán venía [música] fuerte, pero él no se dio. Aquí me resguardo. Aquí me cuidan. y colgó. Los visores de Chivas, los mismos que años atrás lo habían mandado a su casa por chaparrito, lo vieron esa semana con otros ojos, ya no [música] por su altura, por su carácter, por esa cosa rara que tenía y que los otros chamacos con sus papás yendo a buscarlos [música] no habían mostrado.

 Un huracán barrió las costas del Pacífico esa semana y ese mismo huracán, sin que nadie lo dijera en voz alta, le abrió la puerta que dos veces le habían cerrado. Chivas lo firmó. A los 15 años, Armando dejó aguas calientes. Se mudó solo a Guadalajara, a los dormitorios de las fuerzas básicas. Acababa de cumplir 15 años cuando llegué a Chivas. Te cambia totalmente la vida.

Tuve que cambiar mi chip [música] por completo, incluso en mi forma de ser como persona. Contaría después. Cuidó cada gramo de su peso. Se acostaba temprano, no salía, no iba a [música] fiestas, no tenía novia. “Todo lo que hago, lo hago por [música] el fútbol”, decía. y lo decía en serio, pero la humillación no [música] había terminado.

En su primer torneo con la sub 15 del rebaño, Armando entró a la cancha una [música] sola vez, un minuto 60 segundos y ni siquiera tocó [música] el balón como un extra en su propia película. Y luego lo sacaron. Cualquier chamaco de 15 años se hubiera roto. Armando no. Al día siguiente [música] entrenó como si nada y siguió metiendo goles en las cascaritas internas hasta que llegaron los goles que ya no se pudieron ignorar.

[música] A. Guardianes 2021, sub 17, seis goles. Máximo goleador de Chivas en la categoría Apertura 2023, sub 23, 13 goles, campeón de [música] goleo. En los dos torneos, Chivas levantó el título de liga en esas categorías, con él adelante. Y aún así, nadie en México hablaba de él. En las conferencias de prensa, los directivos hablaban de los grandes fichajes de los delanteros extranjeros. De Armando, no.

 Su papá lo veía en silencio. Sabía que su hijo estaba trabajando en las sombras, [música] metiendo goles cuando nadie miraba, preparándose para el momento en que la [música] puerta se abriera, esa puerta iba a abrirse. Muy pronto, [música] un entrenador argentino llamado Fernando Gago tomó las riendas del primer equipo y una tarde de enero de 2024 [música] en el estadio Corona de Torreón, Gago miró a su banca.

 vio a un chamaco de 20 años que había sido desechado dos veces, que se había quedado solo con un huracán encima, [música] que había jugado un minuto sin tocar el balón, que había metido goles en las sombras durante [música] toda su adolescencia y le dijo tres palabras: “Calienta, vas a entrar.” 13 de enero de [música] 2024, Estadio Corona, Torreón, Chivas contra Santos Laguna. Minuto 85.

Armando entra a la cancha. 5 minutos. No metió gol esa noche. El partido terminó empatado 1 a un y él en el vestidor, en lugar de festejar el debut, agarró el balón y dijo una frase que Fernando Gago recordaría después. Yo podía meter el gol [música] del Gane. Un chamaco de 20 años que acababa de debutar en primera división ya estaba enojado consigo mismo por no haber ganado.

 Ese chip, ese que a los niños normales no se les enciende, ese es el que iba a separarlo de todos los demás. 12 de julio de 2024, [música] 6 meses después del debut, Chivas contra Tijuana, el balón le cayó dentro del área, un rebote y el chamaco, que años atrás había [música] sido desechado por Chaparrito, empujó la pelota al fondo de la red. Primer gol en primera división.

corrió, abrió los brazos y ahí, delante de todo [música] el estadio hizo algo que iba a marcar su estilo. Un festejo raro, una imitación de un personaje de anime japonés. Los comentaristas no entendieron. La afición se quedó extrañada, pero el chamaco no le explicaba nada a nadie. [música] Ese era él, la hormiga que crecía en Aguascalientes viendo caricaturas japonesas.

 Los festejos de anime se volvieron su marca, su forma de decir, “Aquí estoy, este soy y no voy a cambiar por nadie.” Empezó el Apertura 2025, la temporada que iba a partir en dos, la historia del fútbol mexicano. Nadie apostaba por él. Los expertos hablaban de otros nombres. Los rankings de goleadores del arranque de torneo lo tenían en el fondo de la lista, pero adentro del vestidor de Chivas ya se sabía algo.

 El chamaco de Aguascalientes estaba en llamas. En los entrenamientos [música] no fallaba una y Fernando Gago tomó una decisión que iba a cambiarlo todo. Titular, no todos los partidos. Nueve fijo del rebaño. Y ahí empezó el aluvión. Gol contra Pachuca. ¡Gol contra Querétaro! [música] Gol contra América, gol contra Cruz Azul, gol contra Rayados, gol contra Tigres.

 Jornada tras jornada, el chamaco chaparrito se paraba dentro del área rival y no fallaba. Los defensas centrales de la Liga MX, esos que medían 190, no lo podían parar. Armando había aprendido algo que los grandes no saben, que el tamaño se compensa con posicionamiento, la fuerza con anticipación, la altura con el olfato del gol y él tenía olfato del bueno.

 La afición de Chivas, que llevaba años sin encontrar un canterano de verdad, empezó a ver en ese chamaco lo que llevaba años esperando. Nueve. Un nueve rojiblanco, uno de casa, uno que se rompía por la camiseta. Y entonces pasó lo impensable. En octubre de 2025, Armando anotó un gol más y con ese gol rompió una marca que llevaba años sin caer en Chivas.

 Se convirtió en el jugador sub 23 con más goles en un torneo corto en la historia del club. Superó los registros de Javier Chicharito Hernández. El Chicharito, [música] el ídolo del rebaño, el campeón con el Manchester United, el que había vestido la playera del Real Madrid. Ese Chicharito ahora tenía un récord menos y quien se lo había arrebatado era un chamaco al que Chivas años atrás había mandado a su casa por chaparrito.

 Y lo mejor no fue el récord, lo mejor vino después. En lugar de molestarse, el propio Chicharito se acercó a Armando en los entrenamientos, le habló, le dio consejos, le enseñó cosas del oficio. Armando lo diría después con sus propias palabras. El Chicharito se había convertido en su mentor. Del ídolo al alumno, del alumno al heredero, sin envidias, con la generosidad de los que ya no tienen nada que demostrar.

Diciembre de 2025, última jornada. Armando entra a la cancha con la posibilidad real de ser campeón de goleo de la Liga MX. Un chamaco que a los 12 años había sido desechado por Chaparrito, que a los 13 había sido humillado por segunda vez, que a los 15 había jugado un minuto sin tocar el balón, ahora a los 22 estaba a un gol de ser el goleador del fútbol mexicano [música] y metió el gol.

 12 anotaciones al final del torneo. Compartió el título con Paulinho y con Joao Pedro, pero el nombre [música] que se llevaba las portadas era el suyo, porque los otros dos eran extranjeros y él era el mexicano. Campeón de goleo de la Liga MX, [música] la hormiga González. Ese título llegó a la casa en Aguas Calientes, a la sala donde su papá, [música] aquel hombre que había apretado el volante en silencio dos veces mientras su hijo lloraba por dentro.

Ahora lo veía entrar con el trofeo bajo el brazo. Cualquier papá en su lugar habría llorado. Muchos habrán llorado por menos. Pero cualquiera puede tener una buena temporada. Los grandes se miden en la segunda. Empezó el Clausura 2026. La prensa quería ver si el chamaco chaparrito era flor de un torneo. En cada estadio, la afición local gritaba desde la tribuna, Chaparrito, chaparrito le gritaban lo mismo que aquel entrenador de Chivas le había dicho a los 12 años, pero ahora ya no era humillación, ahora era miedo, porque

cada vez que Armando pisaba el área, el marcador podía [música] cambiar. anotó contra Rayados, contra Pumas, contra el América. En la jornada 12 llegó a 22 goles en el año y con esa cifra se convirtió en el máximo goleador. Sub 23 a nivel mundial en la temporada por encima de la mine Yamal, la estrella del Barcelona que estaba en 21.

 [música] Un chamaco de Aguascalientes tenía más goles que las promesas más caras de Europa. Al final del Clausura 2026, Armando había vuelto a anotar 12 goles, como en el Apertura, 24 por año. Con esa cifra logró algo que ningún jugador de Chivas había hecho en la historia. bicampeonato de goleo, dos torneos seguidos como máximo anotador del fútbol mexicano.

 De siete campeones de goleo que Chivas había tenido en toda su historia, ninguno había repetido, [música] solo La Hormiga. Y fue el jugador sub 23 con más goles en una campaña [música] completa en la historia del Guadalajara. record que le sacó otra vez al mismísimo Chicharito. [música] Terminado el torneo, la Liga MX abrió las votaciones para elegir al mejor jugador del Clausura, Votación popular.

Y en la papeleta estaban los nombres pesados, Jignnac, Rotondi, Brian Rodríguez, Keaylor Navas, Joao Pedro y estaba Armando. Ganó por amplio margen, mejor jugador del torneo del Clausura 2026. Dos. Fue el primer jugador de Chivas en recibir ese premio por votación popular desde hace muchísimas temporadas.

 No ganó porque un directivo lo empujó. Ganó porque la gente votó por él, por el chamaco chaparrito, por el de Aguas Calientes, por el hijo del exjugador, por la hormiga. Y en toda esta historia hay un personaje que ha estado en cada escena sin hablar mucho. Su papá, Luis Armando González Bejarano, el hombre que [música] había apretado el volante en silencio dos veces.

 En una entrevista con Claro Sports, el papá trató de explicar lo que sentía. Sobre los rechazos de la infancia, dijo textualmente. Le hicieron algunos comentarios de que no tenía esa capacidad. Hubo momentos donde vio muy oscuro su andar en fuerzas básicas, pero con base en su tenacidad, su disciplina y el profesionalismo que él tiene, salió [música] adelante un padre, exjador profesional, hablando de su hijo, porque él nunca fue campeón [música] de goleo, nunca rompió récord del Chicharito, nunca fue nueve titular de México.

[música] Su hijo, sí, en dos años había hecho lo que él en toda una carrera profesional no había [música] podido hacer. Terminado el bicampeonato, sonó el teléfono. Del otro lado estaba Javier [música] Vasco Aguirre, entrenador de la selección mexicana. La llamada duró poco. Armando González, te llamo [música] al tri.

 El chamaco escuchó, colgó, miró a su papá y ninguno de los dos supo qué decir, porque llegar a la selección mexicana [música] para el hijo de un exjador es cerrar un círculo que empieza en el patio de una casa y termina en un estadio con 80,000 personas. Debutó contra Islandia a 100 días del mundial y no debutó con nervios, debutó como se debuta cuando ya has aguantado todo lo que había que aguantar.

 ¡Gol y asistencia! un gol en su debut con la playera de México. La afición se puso de pie. Tuca Ferreti, Luis García, todos los analistas del país dijeron lo mismo esa noche. Este muchacho [música] tiene que ir al mundial. Y el Vasco Aguirre lo escuchó. Armando González apareció en la lista final de la selección [música] mexicana para el mundial 2026.

 El mundial en casa, el mundial que México llevaba 40 años esperando volver a organizar. Pero eso todavía no era todo, porque mientras el Vasco Aguirre lo llamaba a México, otros teléfonos empezaron a sonar. [música] Teléfonos con prefijo internacional, voces con acentos extraños, [música] ofertas con muchos ceros, el Bolonia de Italia, el [música] Wolfesburgo alemán, el Wesham inglés, el Marsella francés, [música] el Benfica portugués y después el que hizo que a los directivos [música] de Chivas se les cortara la respiración. El Barcelona, sí, ese

[música] Barcelona. El del Camp no, el de las estatuas de Messi y CF. [música] El Barcelona preguntó por Armando González. Los ojeadores de los clubes más grandes de Europa empezaron a viajar a Guadalajara con la mirada fija en el número 19 del rebaño [música] y a cada partido se convencían más.

 Este muchacho no es una moda, [música] es un delantero de verdad, de los que hay pocos en el mundo, pero la más grande vino de donde nadie esperaba. Rusia. El CSKA de Moscú, una oferta que puso al fútbol mexicano de rodillas, [música] 20 millones de dólares. Exactamente la cifra de la cláusula de resisión de Armando.

 El CSKA no estaba negociando, estaba diciendo con un cheque en la mesa, aquí está la cifra completa, nos lo llevamos. Número co 20 millones de dólares por un chamaco de [música] 23 años que 2 años atrás jugaba en tercera división de Aguas Calientes. En cualquier vestidor del mundo, [música] ante una oferta así, hay una sola respuesta.

 Que empaque la maleta y se [música] vaya. Pero en Chivas pasó algo raro. Armando dijo que no y Chivas dijo que no. [música] No es el momento. Cuando la noticia se supo, México se dividió. Los aficionados más viejos aplaudieron. Bien hecho, muchacho. [música] Primero México, primero la playera verde, primero el Mundial de casa.

 Los más jóvenes no lo entendieron. Se le está yendo la carrera. Está perdiendo la oportunidad de su vida. Y él tranquilo en Guadalajara dio la respuesta. Yo quiero jugar un mundial en casa con la playera de México. Después ya veremos. Un chamaco de 23 años diciendo lo que llevaba en el [música] corazón. Un mundial en casa con la playera verde antes que 20 millones [música] de Y para que no hubiera duda, Armando firmó una renovación con Chivas hasta el [música] año 2030, 4 años más con el club que lo había desechado dos veces, con el club

de su papá, con [música] el club de sus rechazos y sus goles y sus récords. En un mundo donde los jugadores firman por el mejor postor, donde los contratos [música] se rompen cada 6 meses. Un chamaco de 23 años estaba diciendo, “Yo aquí me quedo. Aquí me abrieron la puerta cuando otros la cerraron y aquí me voy a ir [música] cuando sea el momento, no antes.

” Y entonces pasó algo que solo se puede describir como una escena de película. Javier Chicharito Hernández, el ídolo, anunció que se retiraba del tri. 40 años. Ya no había más. y su número, ese número 14 que había cargado durante tantos años que había visto goles en Sudáfrica, [música] en Brasil, en Rusia, tenía que pasar a alguien.

 El Chicharito eligió, se lo pasó a Armando. En el amistoso de la selección contra [música] Gana, la hormiga salió a la cancha con el número 14 en la espalda. Estafeta pasada del ídolo al heredero, [música] sin conferencia de prensa, un número en la espalda y una promesa silenciosa. Cuando pisó la cancha, [música] hubo un rugido que retumbó en todo el estadio, el Mundial 2026 en México, el torneo más grande del planeta.

 México inauguró el torneo en el Estadio [música] Azteca y en la lista final del Vasco Aguirre, en la posición del nueve titular con el número 14 en [música] la espalda estaba La Hormiga, el chamaco al que Chivas había mandado a su casa dos veces, el niño del minuto sin tocar el balón, el jugador de tercera división de Aguascalientes, el adolescente que se había quedado solo con un huracán acercándose.

 Todos esos personajes eran [música] el mismo y ahora estaban a punto de pisar el pasto del Estadio Azteca [música] como titular en un mundial. Esa noche, cuando el himno nacional empezó a sonar, 80,000 gargantas lo cantaron a coro y en el centro de la cancha, con las manos en el pecho, un chamaco de 23 años cantaba la letra que había aprendido de niño en Aguas Calientes.

 Su papá [música] estaba en las tribunas, miraba a su hijo desde arriba. 40 años atrás, [música] cuando él vestía la playera del Guadalajara, había soñado con estar donde su hijo [música] estaba ahora. No lo logró, pero su hijo sí. Su hijo estaba cerrando el círculo que él no pudo cerrar. Y en la sala de una casa en Aguascalientes, la mamá, los hermanos, los vecinos veían al chamaco en la televisión, La Hormiga, el nueve de México en el Azteca.

 Y esta historia apenas empieza porque el chamaco [música] tiene 23 años, todavía le queda por probarse en Europa. Todavía le quedan mundiales por delante, todavía le queda ser el ídolo mayor del fútbol [música] mexicano de esta década. No le crean a nadie que les diga que están muy [música] chaparritos para llegar donde quieren llegar.

 

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