LA MAFIA DE MÉXICO: DEL PRIMER GOMERO A LA GUERRA DEL FENTANILO

LA MAFIA DE MÉXICO: DEL PRIMER GOMERO A LA GUERRA DEL FENTANILO

Esta es la historia de las organizaciones criminales más poderosas que ha conocido el mundo moderno. Imperios construidos sobre toneladas de droga, ríos de dinero y montañas  de cadáveres. imperios que han desafiado a gobiernos enteros, que han corrompido a presidentes, jueces, policías y generales, y que hoy controlan rutas que se extienden desde las sierras de Sinaloa hasta las calles de Europa, Asia y el corazón de los Estados Unidos.

 Pero para entender el presente, hay que volver al principio, a un tiempo en el que no existían decenas de cárteles peleando entre sí, sino un solo hombre que lo controlaba absolutamente todo. Todo comenzó en el estado de Sinaloa, en el noroeste de México. Una tierra de montañas escarpadas, caminos imposibles y un clima perfecto para un cultivo prohibido. La amapola y la marihuana.

Aquella región, junto con partes de Durango y Chihuahua, formaría con los años lo que se conoció como el triángulo dorado, la cuna del narcotráfico mexicano. Desde principios del siglo XX, cuando inmigrantes chinos introdujeron el cultivo del opio en la zona, las familias de la sierra aprendieron a sembrar, cosechar y contrabandear hacia el norte.

Aquellos primeros traficantes se les llamó los gomeros por la goma de opio que extraían de la amapola. El negocio dio un primer gran salto durante la Segunda Guerra Mundial. Los Estados Unidos necesitaban morfina para sus soldados heridos y los campos de Amapola de Sinaloa se convirtieron en una fuente discreta, pero lucrativa.

Cuando terminó la guerra, la demanda no desapareció, simplemente se volvió ilegal. Era un negocio rural, casi artesanal, hecho de mulas, sobornos pequeños y rutas escondidas en la montaña. Nadie imaginaba aún en qué monstruo se convertiría. Fue en los años 60 cuando un hombre llamado Pedro Avilés Pérez transformó aquel oficio campesino en algo nuevo y mucho más ambicioso.

Avilés fue pionero en el uso de avionetas para mover la droga a gran escala y bajo su mando se formó toda una generación de jóvenes que más tarde dominarían  el planeta. Entre sus discípulos había nombres que la historia no olvidaría. Miguel Ángel Félix Gallardo, Rafael Caro Quintero, Ernesto Fonseca Carrillo y un muchacho bajito y astuto al que años después el mundo conocería como El Chapo.

A la muerte de Avilés, abatido en 1978, el camino quedó libre para que sus herederos construyeran algo nunca  visto. De todos ellos, fue Félix Gallardo quien llevó el negocio a otra dimensión. Antiguo agente de la policía judicial, frío, calculador y con contactos en todos los niveles del poder, comprendió algo que sus rivales no veían.

 La verdadera fortuna no estaba en la marihuana ni en el opio, sino en la cocaína colombiana. A finales de los años 70, los grandes capos de Colombia, los carteles de Medellín y de Calian una puerta segura hacia el mercado estadounidense y México era esa puerta. Félix Gallardo se convirtió en el gran intermediario, el hombre que cobraba por dejar pasar la droga de los colombianos hacia el norte, primero por un porcentaje en dinero y luego, astutamente, por un porcentaje en la propia cocaína, hacia 1980.

Félix Gallardo había logrado algo que jamás se repetiría. Unificó a casi todos los traficantes del país bajo una sola estructura. Nació así el cártel de Guadalajara, la organización madre de la que descenderían todos los cárteles modernos. No gobernaba solo. A su lado como socios principales estaban Rafael Caro Quintero, el hombre de los grandes plantíos, y Ernesto Fonseca Carrillo, apodado don Neto, veterano de la vieja escuela.

 Por encima de los tres, Félix Gallardo era la cabeza, el estratega, el cerebro político. Por eso se le conoció con un apodo que lo decía a todo, el padrino. La clave de su poder no estaba solo en la droga, sino en la protección. El cártel de Guadalajara operaba con la complicidad de agentes de la temida Dirección Federal de Seguridad, la policía política del régimen,  cuyas credenciales servían a los narcos como salvoconducto.

Comandantes, jefes policiales y funcionarios cobraban su parte. Durante unos años el imperio pareció verdaderamente intocable. mansiones, aviones, ranchos, pistas clandestinas y fiestas de lujo. El dinero corría como nunca en la historia del país, pero todo imperio comete un error fatal. El de Guadalajara se llamó Enrique Camarena.

Camarena era un agente encubierto de la DEA, la agencia antidrogas de los Estados Unidos, y había golpeado al cártel donde más dolía. Gracias a su trabajo, las autoridades destruyeron un gigantesco plantío de marihuana conocido como el búfalo en el estado de Chihuahua. Miles de toneladas de droga, una pérdida valorada en miles de millones de dólares.

 Para los capos, aquello fue una herida imperdonable y juraron venganza.  La represalia fue brutal. En febrero de 1985, Camarena fue secuestrado en plena calle de Guadalajara, llevado a una casa de seguridad y torturado durante días, mientras sus verdugos grababan el interrogatorio para sacarle todo lo que sabía.

 Su cuerpo apareció semanas después. Aquel crimen lo cambió todo. La muerte de su agente desató la furia total de los Estados Unidos que lanzaron una operación de cacería llamada Operación Leyenda, la mayor investigación de homicidio en la historia de la DEA hasta entonces. Washington presionó a México como nunca y la persecución contra el cártel de Guadalajara se volvió implacable.

 Uno a uno, los grandes capos fueron cayendo. Caro Quintero fue capturado en Costa Rica. Don Neto fue detenido poco después y en 1989 finalmente cayó el hombre que parecía imposible de tocar. Miguel Ángel Félix Gallardo, el padrino,  fue arrestado y encarcelado. El destino de aquellos hombres seguiría dando giros durante décadas.

 El propio Caro Quintero llegaría a ser liberado por un tecnicismo en 2013 y recapturado en 2022. Prueba de que en esta historia el pasado nunca termina de cerrarse. Y aquí ocurrió el momento que selló el destino de México para las décadas siguientes. Desde la prisión, todavía con enorme poder e influencia, Félix Gallardo tomó una decisión histórica.

En lugar dejar que su imperio se destruyera en una guerra sin control, decidió repartirlo. Según la versión que se ha vuelto leyenda, convocó a una reunión a sus hombres de mayor confianza en algún punto de la ciudad de Acapulco y les entregó las plazas, los territorios, las rutas, a cada quien su pedazo del reino.

El padrino creyó que así garantizaba el orden y la paz entre sus herederos. En realidad, sin saberlo, estaba plantando las semillas de todas las guerras que vendrían. Porque cuando un solo rey divide su trono entre varios señores, tarde o temprano esos señores se matarán por la corona.

 El cártel de Guadalajara había muerto. En su lugar nacían los cárteles modernos y con ellos el infierno. Con el padrino tras las rejas, el mapa del narcotráfico mexicano se rompió en pedazos y cada pedazo se convirtió en un cártel. La frontera de Tijuana, una de las puertas más valiosas hacia California, quedó en manos de los hermanos Arellano Félix, sobrinos de Félix Gallardo.

Crearon el cártel de Tijuana, una organización tan poderosa como sanguinaria. Su estructura tenía dos rostros. Benjamín Arellano Félix, el jefe frío y organizado que manejaba los negocios, y su hermano Ramón, el ejecutor, un hombre de violencia desbordada que sembró el terror en la frontera.

 El cártel se hizo famoso por reclutar como sicarios a jóvenes de familias adineradas de Tijuana,  los llamados Narc Juniors. La ruta de Ciudad Juárez, frente a Texas, pasó a la familia Carrillo Fuentes y el corredor del Pacífico y de Sinaloa quedó para los herederos directos de la vieja escuela Joaquín el Chapo Guzmán, Ismael el Mayo Zambada y Juan José Esparragoza, conocido como el azul, considerado el gran negociador, el diplomático capaz de sentar a la misma mesa a enemigos mortales.

Mientras tanto, en el otro extremo del país, sobre el Golfo de México, una organización que venía de lejos cobraba nueva fuerza. El cártel del Golfo, con base en el estado de Tamaulipas, había existido desde la época del contrabando de alcohol durante la prohibición en los Estados Unidos.

 Bajo el mando de Juan García Árego, se transformó en una potencia del tráfico de cocaína por la costa este. García Abrego llegó a ser tan importante que se convirtió en el primer narcotraficante mexicano, incluido en la lista de los más buscados del FBI. Hasta su captura en 1996, su sucesor, Osiel Cárdenas Guillén, llevaría al cártel a un nivel de violencia que cambiaría la historia del país.

 El primer gran símbolo de aquella nueva era de sangre llegó en 1993 en el aeropuerto de Guadalajara. En medio de un tiroteo entre sicarios del cártel de Tijuana y gente del Chapo Guzmán, fue acribillado el cardenal Juan Jesús Posadas Socampo, una de las máximas autoridades de la Iglesia Católica en México. Hasta hoy se discute si fue una confusión o un asesinato deliberado, pero el mensaje fue claro para todo el país.

 La guerra del narco ya no respetaba a nadie, ni siquiera un príncipe de la iglesia. Tras aquel escándalo, el Chapo fue capturado por primera vez ese mismo año y enviado a prisión. Pero su historia, lejos de terminar, apenas comenzaba. En aquellos años 90 brilló una figura casi mítica, Amado Carrillo Fuentes, líder del cártel de Juárez.

 Lo llamaban el señor de los cielos porque construyó una flota de aviones, incluso jets de pasajeros adaptados para transportar cocaína por toneladas desde Sudamérica. Su poder económico era tanto que se decía que movía más dinero que muchas empresas legales del país y que tenía socios y protectores en las más altas esferas. Pero su historia terminó de la manera más extraña.

 En 1997 murió en un quirófano de la Ciudad de México durante una cirugía plástica con la que intentaba cambiar su rostro para escapar de la persecución. La muerte del Señor de los cielos abrió un hueco enorme. Su hermano Vicente Carrillo Fuentes, apodado el Broy, tomó el control del cártel de Juárez, pero la organización ya nunca recuperaría su antiguo esplendor.

Años después, Juárez se convertiría en el escenario de una de las guerras más sangrientas de México. cuando el cártel de Sinaloa intentó arrebatarle la plaza, convirtiendo a Ciudad Juárez durante un tiempo en la ciudad más violenta del  mundo. Porque mientras los viejos imperios se debilitaban, dos hombres del Pacífico construían con paciencia la organización que terminaría dominándolo todo.

 Uno era Ismael Zambada García, el mayo, discreto, prudente, un capo de la vieja escuela que jamás buscó los reflectores y que entendía que la verdadera fuerza estaba en los acuerdos, los sobornos y la lealtad, no en el escándalo. El otro era Joaquín Guzmán, lo era, el Chapo, ambicioso, audaz, obsesionado con crecer, junto a El Azul y otros socios.

 dieron forma a una alianza que pronto sería conocida en el mundo entero como el cártel de Sinaloa o la Federación de Sinaloa. La estrategia de Sinaloa era distinta a la de sus rivales. En lugar de funcionar como una pirámide rígida, operaba como una federación de socios que compartían rutas, contactos y protección política.

Eso la hacía flexible, resistente y difícil de destruir, porque si caía un jefe, otros seguían en pie. Esa misma estructura, años más tarde sería también su mayor debilidad. Pero por ahora, mientras Tijuana y Juárez se desangraban con cada captura y cada traición, Sinaloa absorbía territorios, compraba voluntades y extendía sus tentáculos por todo el país.

 El verdadero terremoto, sin embargo, aún no llegaba y vendría del este. El capo del Golfo, o si el Cárdenas, tomó una decisión que cambiaría para siempre el nivel de violencia en México. Para protegerse de sus enemigos, reclutó a un grupo de desertores de las fuerzas especiales del ejército mexicano, soldados de élite entrenados para la guerra.

 El primero de ellos fue Arturo Guzmán de Cena, un militar que abandonó las filas del ejército para ponerse al servicio del narco y que adoptó la clave Z1. Guzmán de Cena reclutó a otros como él y así nació el brazo armado más temido del narcotráfico. A ese grupo de exmilitares se les dio un nombre que pronto sería sinónimo de terror absoluto.

Los Zas. Su entrenamiento militar les permitió usar tácticas de combate, emboscadas y armamento de guerra contra cárteles, rivales y contra las propias autoridades. Con ellos, el narcotráfico mexicano dejó de parecer una mafia tradicional y empezó a parecer un ejército. Y los ejércitos, tarde o temprano, dejan de obedecer a sus patrones  y quieren su propio territorio.

 En diciembre de 2006, un nuevo presidente llegó al poder en México, Felipe Calderón. Apenas días después de asumir el cargo, el 11 de diciembre lanzó el llamado operativo conjunto Michoacán, enviando miles de soldados a combatir al narco en su propio estado natal. Era el inicio de una guerra abierta.

 Por primera vez de forma masiva, el ejército salió a las calles para enfrentar a los cárteles. El gobierno prometía recuperar el país, lo que llegó, en cambio, fue una década de pesadilla. La estrategia recibió apoyo de los Estados Unidos a través de un programa de cooperación conocido como la iniciativa Mérida, que envió a México miles de millones de dólares en equipo, entrenamiento y tecnología.

Pero el costo humano fue devastador. Antes de 2006, México registraba alrededor de 10,000 homicidios al año. Con la militarización, la cifra se disparó por encima de los 30,000 anuales. Con el tiempo, el conflicto dejaría un saldo escalofriante. Más de 460,000 personas asesinadas desde el inicio de la guerra, además de decenas de miles de desaparecidos.

Una de las razones de aquel desastre fue la propia estrategia oficial, conocida como la estrategia del descabezamiento, capturar o abatir a los grandes capos, a los jefes máximos de cada organización. En teoría sonaba lógico. En la práctica, cada vez que caía un líder, su cártel estallaba en una guerra interna de sucesión y de cada pedazo nacían nuevas bandas, a menudo más jóvenes, más desesperadas y más sanguinarias.

 En vez de apagar el fuego, lo multiplicaban por todo el territorio y entonces ocurrió la ruptura que muchos temían. En 2010, los ZAS, el brazo armado del cártel del Golfo, se rebelaron contra sus antiguos jefes y se independizaron para formar su propio cártel. La guerra entre el Golfo y los ZAS convirtió al noreste de México en un campo de batalla.

 Pero los zas trajeron además un modelo de negocio nuevo y aterrador. No se conformaban con traficar droga. Extorsionaban a comerciantes, secuestraban migrantes, cobraban cuotas a pueblos enteros y controlaban territorios por puro terror. Su crueldad estableció un estándar que marcó al país  para siempre. En 2010, en el municipio de San Fernando, Tamaulipas, los CETAs masacraron a 72 migrantes que se negaron a trabajar para ellos.

 Meses después, en ese mismo lugar, se hallaron fosas clandestinas con casi 200 cuerpos. En 2011, un ataque incendiario contra el Casino Royal en la ciudad de Monterrey dejó decenas de muertos atrapados entre las llamas. Pueblos enteros como Allende en Coahuila fueron arrasados en venganzas brutales. El horror se había vuelto un lenguaje cotidiano.

 Sin embargo, ni siquiera los zetas eran invencibles. Su líder máximo, Heriberto Lazano, apodado en Lazca, fue abatido por la marina en 2012. Su sucesor, Miguel Ángel Treviño Morales, el temido Z40, fue capturado en 2013 y su hermano Omar, el Z42, en 2015. Con la caída de sus cabezas, el imperio de los ZAS se fracturó en bandas más pequeñas, aunque su semilla de violencia ya estaba sembrada en todo el oriente del país.

 Mientras tanto, dentro del propio cártel de Sinaloa también estallaban las grietas. La poderosa familia Beltrán Leiva, durante años aliada del Chapo y el Mayo y encargada de sus redes de corrupción y protección se separó y se convirtió en enemiga mortal. La ruptura se desató en 2008 cuando uno de los hermanos, Alfredo Beltrán Leiva, apodado el mochomo, fue detenido.

 Los Beltrán Leiva acusaron al Chapo de haberlo entregado. Su líder, Arturo Beltrán Leiva, apodado el Barbas o el jefe de jefes,  levantó su propia organización y desató una guerra interna feroz. En diciembre de 2009, Arturo Beltrán Leiva fue abatido por la Marina de México en un operativo espectacular en la ciudad de Cuernavaca.

Su muerte no trajo paz. Su brazo derecho, Edgar Valdez Villarreal, un estadounidense apodado la Barbie por su apariencia, fue capturado poco después y la organización se fragmentó en bandas sueltas que siguieron sembrando violencia por el centro y el sur del país. En el estado de Michoacán, por su parte, surgió un fenómeno distinto y perturbador.

Un cártel llamado La familia michoacana mezzló el narcotráfico con un discurso pseudoreligioso. Su líder, Nazario  Moreno, apodado el chayo o el más loco, se presentaba como una especie de profeta. Repartía una especie de Biblia propia entre sus seguidores y justificaba la violencia como una cruzada divina.

 El gobierno lo dio por muerto en 2010, pero el Chayo siguió vivo y escondido durante años, convertido casi en una figura de culto, hasta que finalmente fue abatido en 2014. Cuando la familia se desmoronó, de sus cenizas nació una organización todavía más extraña. Los caballeros templarios, que adoptaron rituales, túnicas y un código de caballería medieval para encubrir la extorsión, el tráfico y el dominio absoluto sobre la región.

 Su líder más conocido fue Servando Gómez, apodado La Tuta, un antiguo maestro de escuela convertido en capo, famoso por grabar videos y mensajes propagandísticos hasta su captura en 2015. La opresión de los templarios fue tan brutal  que provocó algo inédito. Pueblos enteros de Michoacán se levantaron en armas, formando grupos de autodefensa para expulsar al cártel por su propia cuenta.

Aquellos años fueron también los de la indignación nacional. En 2014, 43 estudiantes de una escuela rural en el estado de Guerrero desaparecieron tras ser atacados en un caso ligado a una banda local del narco llamada Guerreros Unidos, en complicidad con autoridades corruptas. El caso conmocionó al mundo y se convirtió en el símbolo de algo más profundo y más oscuro que el narcotráfico, la fusión entre el crimen organizado y el propio estado.

 México descubría con horror que la línea entre los criminales y quienes debían combatirlos se había vuelto casi invisible. En medio del caos de la guerra, una organización supo crecer mientras las demás se desangraban, el cártel de Sinaloa. Y en el centro de su leyenda estaba un solo hombre, el criminal más famoso del planeta en su época, Joaquín Guzmán, lo era el Chapo.

Su historia parecía sacada de una película y precisamente por eso el mundo entero quedó fascinado con ella. El mito del Chapo nació en una prisión. En 2001, cuando ya cumplía condena en el penal de máxima seguridad de Puente Grande, Guzmán protagonizó una fuga espectacular. Según la versión oficial, escapó escondido en un carrito de lavandería con la complicidad de decenas de guardias y funcionarios comprados que le habían convertido la cárcel durante años en su propio reino.

 A partir de ese momento se convirtió en el fugitivo más buscado de México y al mismo tiempo en una figura casi folclórica cantada en corridos, admirada por unos y temida por todos. Durante más de una década dirigió su imperio desde las montañas de Sinaloa y Durango, protegido por la geografía, por la lealtad de los pueblos y por una red de informantes y sobornos que llegaba hasta el ejército.

 En 2007 se casó con Emma Coronel, una joven que había sido reina de belleza local  en una boda que se volvió leyenda. Para muchos, el Chapo era una especie de héroe popular, un hombre que había salido de la pobreza extrema de la sierra. Para sus víctimas era un asesino implacable que ordenaba matanzas sin pestañear.

Bajo su mando y el del mayo Zambada, Sinaloa se transformó en una verdadera potencia global. Sus redes llegaban a los Estados Unidos, a toda América Latina, a Europa y hasta Asia, con operaciones en decenas de países. Construyeron túneles sofisticados bajo la frontera para mover droga. Usaron barcos pesqueros, submarinos artesanales, trenes, aviones y hasta latas de Chile para esconder cargamentos.

La revista Forbes llegó a incluir al Chapo en su lista de los hombres más ricos del mundo, algo nunca visto para un narcotraficante. El nombre Sinaloa se volvió sinónimo del cártel más poderoso de la Tierra, pero la presión internacional era cada vez más fuerte. En febrero de 2014, tras años de cacería, el Chapo fue finalmente recapturado en un hotel del puerto de Mazatlán, sin disparar un solo tiro.

 En un operativo de la Marina apoyado por inteligencia estadounidense, el gobierno lo presentó como un triunfo histórico. El triunfo duró poco. En julio de 2015 protagonizó la fuga más humillante para el Estado mexicano. escapó de su celda en el penal del altiplano, considerado el más seguro del país, por un túnel de más de 1,m y5 de longitud, excavado con precisión de ingeniería, con ventilación, iluminación y hasta una motocicleta adaptada sobre rieles para sacar la tierra.

 El túnel salía justo debajo de la regadera de su celda, el único punto ciego para las cámaras de vigilancia. El mundo no lo podía creer. El Chapo volvía a burlarse de todos y su leyenda creció hasta lo absurdo. Su libertad,  esta vez fue breve y en cierto modo fue su propia vanidad la que lo traicionó. Obsesionado con que se filmara una película sobre su vida, sostuvo encuentros secretos con figuras del espectáculo, incluida una reunión con la actriz Kate del Castillo y el actor estadounidense Sean Pen, que dio lugar a

una célebre entrevista. Aquellos contactos ayudaron a las autoridades a ubicarlo. En enero de 2016 fue capturado por última vez en la ciudad de los Mochis tras un violento enfrentamiento y un intento de fuga por los drenajes del alcantarillado. Al año siguiente, en enero de 2017, fue extraditado a los Estados Unidos.

 Y en 2019, tras un juicio en Nueva York que reveló al mundo los secretos más íntimos de su imperio, fue declarado culpable y condenado a cadena perpetua más 30 años, encerrado en una prisión de máxima seguridad, de la que es prácticamente imposible escapar. Durante aquel juicio, los testigos describieron sobornos a policías. militares y políticos de todos los niveles.

 Uno de ellos llegó incluso a Pen a afirmar que el cártel habría entregado un soborno millonario a un expresidente, una acusación que fue negada. El rey había caído para siempre y sin embargo, la caída del Chapo no fue la caída de Sinaloa, porque a la sombra del hombre más famoso siempre estuvo el más astuto, Ismael, el mayo Zambada. Mientras el Chapo coleccionaba portadas, fugas y enemigos, el mayo hacía exactamente lo contrario.

 Permaneció oculto durante más de cuatro décadas, sin pisar jamás una celda, manejando los hilos del negocio con discreción absoluta desde las montañas. En una rara entrevista concedidas a un periodista en 2010, confesó que vivía con un miedo permanente a ser capturado y que si lo atrapaban, prefería incluso quitarse la vida antes que la cárcel.

 Muchos lo consideraban el verdadero cerebro, el poder silencioso que sostenía todo el imperio. El Chapo era la leyenda, el mayo era la roca. Pero mientras Sinaloa lidiaba con la captura de su figura más visible, en el occidente de México crecía un monstruo nuevo, hambriento y sin miedo, una organización dispuesta a desafiar al cártel más poderoso del país y a disputarle el trono a sangre y fuego.

Venía del estado de Jalisco y muy pronto su nombre estaría en boca de todos. El cártel de Jalisco. Nueva generación. El origen del cártel de Jalisco. Nueva generación está ligado a la propia caída de un capo de Sinaloa. Durante años, una red de traficantes con raíces en el viejo cártel del milenio movía droga y manejaba finanzas para la Federación de Sinaloa, en los estados de Jalisco y Colima, bajo el mando de Ignacio Coronel, apodado Nacho.

Cuando Nacho Coronel fue abatido por el ejército en julio de 2010, se abrió un vacío de poder y dos facciones se lanzaron a disputarse el control. De ese choque surgió un grupo que se hizo llamar Los Torcidos y que con el tiempo  se convertiría en el CJNG NG. Al frente de esa organización estaba un hombre cuya vida resume el ascenso completo del narcotráfico mexicano.

 Nemesio o Seguera Cervantes, conocido en todo el mundo como el Mencho, nacido en una zona humilde de Michoacán, ligado en su juventud a los campos de aguacate y agabe, fue policía por un breve tiempo y luego emigró a los Estados Unidos, donde llegó a ser detenido y condenado por tráfico de heroína en California antes de ser deportado. De vuelta en México se integró a la red criminal de Jalisco.

 se casó dentro de la influyente familia Valencia y escaló peldaño a peldaño hasta la cima del crimen organizado. El CJNG nació con una marca de sangre. En sus primeros años se presentó paradójicamente como un grupo justiciero que combatía a los ZAS, autodenominándose los mata Zass. En 2011, en el estado de Veracruz, abandonó decenas de cuerpos de presuntos zetas en plena vía pública como una espeluznante carta de presentación.

Detrás de su poderío económico estaba su brazo financiero, una estructura conocida como los Quinies, encabezada por el cuñado del Mencho Abigael González Valencia, apodado el quini, considerado uno de los lavadores de dinero más importantes del país hasta su captura en 2015. El CJNG se distinguió por algo que aterrorizó incluso a sus rivales,  su capacidad militar.

No actuaba como una banda, sino como un ejército. En 2015 llegó a derribar un helicóptero del ejército mexicano con un lanzacohetes, matando a varios soldados, algo sin precedentes en la historia del país. Ese mismo año, en un solo día, paralizó el estado de Jalisco con decenas de bloqueos e incendios coordinados en una demostración de fuerza que dejó claro que el cártel no le temía a nadie, ni siquiera al estado.

Difundía además videos de propaganda mostrando a hombres armados hasta los dientes con uniformes, vehículos blindados y armamento de guerra. Para crecer fuera de sus bastiones de Jalisco, Nayarit y Colima, el CJNG usó un modelo de franquicia. Hacía alianzas con bandas locales más pequeñas que adoptaban su nombre y su bandera a cambio de respaldo y armas.

 Así se expandió a una velocidad asombrosa por casi todo el país. Hacia 2018, según las autoridades, llegó a operar más de 100 laboratorios de metanfetamina y a controlar puertos estratégicos, lo que le dio acceso directo a los precursores químicos llegados de Asia para fabricar drogas sintéticas a escala industrial.

Pero el CJNG no solo era violencia, era también ambición global. Mientras crecía dentro de México, extendió sus operaciones a más de 40 países, con presencia reportada en los Estados Unidos, en Europa, especialmente en España y en Asia y Australia. Su audacia llegó hasta el corazón del poder.

 En 2020, un comando del cártel intentó asesinar en plena Ciudad de México al entonces jefe de seguridad de la capital, Omar García Harfuch, hiriéndolo y matando a varias personas en un ataque a plena luz del día. El mensaje era de fuerza pura. El CJNG podía golpear donde quisiera. La crueldad del cártel quedó al descubierto de la forma más estremecedora en marzo de 2025,  cuando colectivos de búsqueda hallaron en un rancho del municipio de Teuchitlán, en Jalisco, lo que se describió como un campo de adiestramiento y exterminio.

En el lugar aparecieron restos humanos calcinados, hornos y cientos de pertenencias y prendas de personas desaparecidas, en lo que se interpretó como un sitio donde el CJNG reclutaba, entrenaba y en muchos casos asesinaba a jóvenes engañados con falsas ofertas de empleo. El hallazgo conmocionó a México y al mundo entero.

Hacia 2018, muchos analistas ya señalaban al CJNG como el cártel más poderoso de México, aunque otros seguían dándole ese título a Sinaloa. La verdad es que el país tenía ahora dos gigantes enfrentados y entre ellos se libraba una guerra que tenía de rojo todo el territorio. La fortuna del cártel era tan grande que el gobierno de los Estados Unidos llegó a describirlo como una de las cinco organizaciones criminales más peligrosas del mundo y ofreció una recompensa millonaria por la captura del Mencho, una de las más altas

de la historia. Mientras tanto, el viejo mapa de los cárteles seguía rompiéndose en fragmentos cada vez más pequeños y violentos. En el noreste, de las cenizas de los zetas, nació una organización heredera y temida. El cártel del noreste, con base en Tamaulipas, famoso por su extrema brutalidad, el cártel del Golfo, debilitado, pero todavía vivo, se aferraba a sus rutas históricas.

 En Guanajuato surgió el cártel de Santa Rosa de Lima, dedicado sobre todo al robo de combustible, el llamado huachicol, que protagonizó una guerra feroz contra el CJNG hasta la captura de su líder, apodado el Marro, en 2020. Y en Michoacán surgió una alianza de grupos locales conocida como Cárteles Unidos, que se enfrentó al CJNG, presentándose paradójicamente como una especie de autodefensa contra los invasores.

 A ellos se sumaban decenas de bandas más. Los Viagras, la nueva familia michoacana, la Unión Tepito en la Ciudad de México, el cártel de Nueva Plaza en Guadalajara. México se había convertido en un archipiélago de organizaciones criminales en guerra permanente. Aquella nueva generación de cárteles entendió algo que los viejos capos apenas vislumbraron.

 La droga ya no era el único negocio. Para llenar sus arcas  diversificaron el crimen hasta extremos asfixiantes. Extorsionaban a empresas, agricultores y transportistas. Robaban combustible de los ductos, secuestraban, controlaban el comercio de productos como el aguacate y el limón, cobraban derecho de piso en mercados y barrios y se metieron de lleno en el negocio más letal de todos, el fentanilo, el opioide sintético que desataría una crisis de muerte sin precedentes al norte de la frontera.

 El narcotráfico se había convertido en un sistema criminal incrustado en la economía cotidiana de regiones enteras y así México entró en una nueva fase. Ya no había un padrino que lo controlara todo, ni siquiera dos o tres grandes cárteles, sino decenas de organizaciones en guerra unas contra otras y contra el estado.

 Pero por encima de ese caos seguían destacando dos colosos, Sinaloa, herido pero resistente, y el CJNG del Mencho en plena expansión. La pregunta que se hacía todo el país era inevitable. ¿Cuál de los dos imperios terminaría imponiéndose? La respuesta en los años siguientes llegaría envuelta en traición, sangre y golpes que nadie vio venir.

 Con el Chapo encerrado para siempre en una prisión de los Estados Unidos, el cártel de Sinaloa quedó dividido en dos fuerzas internas. Por un lado, los hijos del Chapo, un grupo de jóvenes capos conocidos como los Chapitos, encabezados por figuras como Iván Archivaldo y Jesús Alfredo Guzmán. que heredaron parte del imperio de su padre y se convirtieron en piezas clave del tráfico de Fentanilo, la droga sintética que ha causado cientos de miles de muertes en Norteamérica.

Por el otro, la vieja guardia leal a Ismael el mayo Zambada. Durante un tiempo, ambas alas convivieron bajo la misma bandera, pero esa convivencia era una bomba  de tiempo. La primera gran sacudida llegó con Ovidio Guzmán, otro de los hijos del Chapo. En octubre de 2019, las fuerzas de seguridad lo capturaron en la ciudad de Culiacán.

Pero la reacción del cártel fue tan violenta con la ciudad entera sitiada por sicarios y las familias de los soldados amenazadas, que el gobierno optó por liberarlo para evitar una masacre. Aquel episodio conocido como el culiacanazo fue una humillación histórica para el Estado mexicano. 3 años después,  en enero de 2023, Ovidio fue finalmente recapturado en un segundo operativo que dejó decenas de muertos y volvió a paralizar la ciudad antes de ser extraditado a los Estados Unidos. Pero en julio de 2024

ocurrió lo impensable, el golpe que estremeció hasta los cimientos del crimen organizado mexicano. Ismael, el mayo Zambada, el capo que durante más de 40 años jamás había pisado una celda, el poder silencioso detrás de Sinaloa, fue detenido por las autoridades de los Estados Unidos tras aterrizar en una avioneta cerca de El Paso, Texas.

 Junto a él fue arrestado Joaquín Guzmán López, otro de los hijos del Chapo. Las circunstancias fueron turbias y explosivas. La versión más difundida sostiene que el propio Guzmán López engañó al mayo y lo entregó, llevándolo a una trampa a bordo de aquel avión. El intocable había caído y la forma en que cayó encendió la mecha de una guerra interna sin precedentes.

 El resultado no se hizo esperar. Hacia septiembre de 2024, el cártel de Sinaloa se partió en dos bandos enfrentados a muerte. Por un lado, los chapitos, los hijos del Chapo. Por el otro, la facción leal al mayo, conocida como la mayiza o los mayos, liderada por uno de los hijos del propio mayo, Ismael Zambadas y Cairos, apodado Mallito Flaco.

 La que había sido la organización criminal más estable y poderosa del mundo, entró en una guerra civil sangrienta. Uliacán, su capital histórica, se convirtió en escenario de tiroteos diarios, desapariciones, cuerpos en las calles y terror constante, mientras los dos bandos se disputaban el imperio que ambos creían suyo.

 Con el paso de los meses, los analistas señalaron que la facción del mayo iba ganando terreno, aunque a un costo humano altísimo. La presión externa también alcanzó un nivel nunca visto, marcada por el regreso de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos. En febrero de 2025, Washington dio un paso histórico y designó formalmente a varios de los grandes cárteles mexicanos como organizaciones terroristas extranjeras, entre ellos el cártel de Sinaloa, el CJNG, el cártel del Golfo y el cártel del noreste. La medida abrió la puerta a

sanciones más duras, a una guerra financiera contra sus redes de lavado de dinero, a un programa encubierto de drones para localizar laboratorios de fentanilo y a ataques militares contra embarcaciones sospechosas de traficar droga en el mar en operaciones que dejaron decenas de muertos. En marzo de 2026 se anunció incluso una coalición militar hemisférica contra los cárteles, aunque México, celoso de su soberanía, decidió no integrarse.

 En México, mientras tanto, había una nueva presidenta. Claudia Shainbaum, que asumió el cargo a finales de 2024, adoptó una estrategia que combinaba el uso de inteligencia, la tecnología de vigilancia y operativos dirigidos contra las cabezas de los cárteles en medio de una enorme presión por parte de su vecino del norte y fue bajo su gobierno cuando cayó el otro gigante.

 22 de febrero de 2026, en una operación de las fuerzas especiales del ejército en el municipio de Tapalpa, Jalisco, fue abatido Nemesio Oseguera Cervantes, el Mencho, el líder y fundador del CJNG, el hombre más buscado del país. La operación fue el resultado de años de trabajo de inteligencia  con apoyo de los Estados Unidos.

 Los militares rastrearon los movimientos de una persona cercana a una pareja sentimental del capo hasta ubicarlo en un fraccionamiento cerrado en la montaña. Seis helicópteros dieron cobertura mientras las tropas cerraban el cerco. Hubo dos feroces tiroteos, uno en la residencia y otro en el bosque, donde el mencho intentó huir.

 resultó gravemente herido y murió mientras era trasladado hacia la ciudad de México. Con él cayeron varias personas más de su escolta. Su muerte desató una ola de violencia inmediata y devastadora. Bajo el mando de uno de sus lugarenientes, apodado el Tuli, que llegó a ofrecer recompensas por cada soldado asesinado, el CJNY levantó cerca de 250 bloqueos en casi 20 estados del país.

 Camiones y autobuses secuestrados fueron incendiados para cerrar carreteras. Se atacaron comercios y gasolineras y el caos se apoderó de regiones enteras durante alrededor de 48 horas. Una intensa campaña de desinformación impulsada por redes ligadas al cártel llenó el internet de rumores falsos sobre supuestos secuestros de turistas y ataques inexistentes.

El propio Tuli fue abatido por las fuerzas de seguridad poco después. La violencia dejó decenas de  muertos, entre ellos integrantes de la Guardia Nacional, sicarios del cártel y civiles inocentes. Aún así, el CJNG demostró una fortaleza institucional que sorprendió a todos. En lugar de derrumbarse, la organización buscó rápidamente un nuevo liderazgo.

Los reflectores apuntaron a Juan Carlos Valencia González, apodado el 03 y jastro del Mencho, nacido en California, a quien diversos analistas señalaron como el heredero con mayor legitimidad interna para mantener unido al cártel. Pero la transición no fue pacífica. Otros mandos también ambicionaban el trono.

 En abril de 2026, las autoridades capturaron a un capo llamado Audias Flores Silva, a quien acusaron de estar movilizando hombres y armas para apoderarse de la organización. La sombra de una guerra de sucesión se cernía sobre el imperio que el Mencho había construido. Y así llegamos al presente. Los dos hombres que durante años encarnaron el poder absoluto del narcotráfico mexicano, el mayo Zambada y el Mencho, han salido de escena, uno en una prisión de los Estados Unidos, el otro en una tumba en Jalisco.

 Por un breve momento, algunos creyeron que el país podría respirar. De hecho, durante el último año, los índices de violencia mostraron una leve mejoría, pero los cárteles no han muerto, se han transformado. Hoy ya no son las viejas pirámides de un solo jefe, sino estructuras descentralizadas, flexibles, capaces de usar drones armados, explosivos y tácticas de guerra, profundamente incrustadas en la economía y la política locales y sometidas a la mayor presión internacional de su historia.

La debilidad simultánea de los dos grandes cárteles ha abierto un escenario incierto. Puede ser una oportunidad para la paz o el preludio de una nueva ronda de guerras por el control de las plazas y las rutas que quedaron sin dueño. Y queda al final de todo una sola pregunta, la misma que recorre esta historia desde el primer gomero de la sierra hasta el último capo abatido.

 Han caído padrinos, señores de los cielos, reyes y leyendas. Han caído imperios que parecían eternos y sin embargo, otros siempre ocupan su lugar. Porque mientras exista la demanda, mientras corra el dinero y mientras haya un mercado dispuesto a pagar cualquier precio, parece que estos imperios de sangre nunca terminan de morir.

 Solo cambian de nombre, de rostro y de bandera. Esta ha sido la historia de la mafia de México, la historia de un país que una y otra vez intenta despertar de la pesadilla y una y otra vez descubre que la pesadilla apenas comienza un nuevo capítulo. No.

 

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