A finales de los años ochenta y principios de los noventa, el panorama musical en español experimentó una sacudida visual y sonora sin precedentes. Desde las paradisíacas e irreverentes playas de Ibiza, un grupo de jóvenes revolucionó los escenarios no con voces prodigiosas, sino con un magnetismo desbordante, abanicos gigantescos, hombreras monumentales y trajes de satén que desafiaban cualquier norma de la época. Se hacían llamar Locomía. Su propuesta andrógina y futurista cautivó incluso al mismísimo Freddie Mercury y los catapultó a una fama delirante que llenó estadios enteros en América Latina. Sin embargo, detrás de la purpurina, los bailes perfectamente sincronizados y los gritos de miles de fanáticas se escondía una realidad desgarradora. Hoy, con el paso de las décadas, la historia de Locomía se lee como una crónica de terror de la vida real: una sucesión de tragedias, censura corporativa, batallas legales encarnizadas, caídas en la pobreza extrema y una inquietante cadena de muertes repentinas que ha dado forma a la leyenda de una supuesta maldición esotérica.
El mito sobre el origen oscuro de su éxito sitúa las raíces del grupo en un entorno de excesos y ambición desmedida. Según los relatos que circulan con fuerza en los pasillos del mundo del espectáculo, el fundador de la agrupación, Xavier Font, y sus primeros compañeros vivían una vida salvaje y promiscua en Ibiza. Coreografiaban por diversión y por el puro placer de la libertad, pero la necesidad de mantener un estilo de vida lujoso requería de grandes sumas de dinero. Desesperados por conquistar el éxito global, se dice que buscaron respuestas más allá de lo terrenal. La leyenda apunta a un pacto místico sellado en una misteriosa casa sin ventanas, al final de una calle solitaria donde ni los perros ladraban. Allí habitaba una poderosa mujer gitana conocida como “la madrina del humo”. La supuesta entidad del más allá les prometió adoración mundial, cámaras, contratos y escenarios a cambio de sus almas, veinte monedas de plata y diez botellas de vino costoso. Los jóvenes aceptaron el trato tomándolo inicialmente como una charlatanería. Recibieron un abanico dorado con la instrucción de agitarlo para alejar las sombras y actuar como el viento, incapaces de ser detenidos por nadie.

Al principio, el supuesto conjuro funcionó como un vendaval imparable. Su primer disco fue un éxito absoluto y las puertas del mercado internacional se abrieron de par en par. No obstante, en el mundo de los pactos esotéricos, las deudas no perdonan. Los integrantes de la banda jamás regresaron a entregar la ofrenda prometida de plata y vino, desatando lo que muchos denominan la maldición gitana. Enfurecida por el desplante, se cuenta que la mujer enterró botellas de licor con las fotografías de los músicos en un cementerio, con el fin de perderlos para siempre en los vicios y la decadencia. Fuese una consecuencia de este mito o de la cruda realidad de la industria musical, el imperio de Satén no tardó en comenzar a pudrirse desde adentro.
La verdadera fractura de Locomía no ocurrió únicamente por motivos artísticos, sino por una asfixiante prisión psicológica y una feroz batalla por el control del dinero. El proyecto que nació como una tribu de amigos libres en la noche de Ibiza cayó en las manos del productor José Luis Hill, quien vio en el grupo una mina de oro comercial. Para conquistar el mercado latinoamericano, de corte sumamente conservador en aquella época, la administración impuso un régimen de censura devastador: los integrantes tenían estrictamente prohibido revelar que eran homosexuales. En un giro humillante que les arrebató su verdadera esencia, se les obligó a fingir ser heterosexuales ante las cámaras, a declarar que buscaban a su mujer ideal y hasta a modificar su forma de caminar para lucir más masculinos. Tenían prohibido ser fotografiados de la mano con otros hombres o mostrar cualquier atisbo de su sexualidad. Esta tremenda presión psicológica creó un doble fondo asfixiante donde el éxito convivía con el miedo constante a ser descubiertos.
Paralelamente, estalló una guerra legal y económica entre José Luis Hill y Xavier Font. El productor buscaba profesionalizar la banda enfocándola decididamente hacia el público femenino, apartando a Font del liderazgo y relegándolo al diseño del vestuario debido a sus conductas y conflictos internos. Sintiéndose traicionado y borrado de su propia creación, Font habría buscado venganza en la oscuridad de adivinas y velas negras, sentenciando que si el grupo no era suyo, no sería de nadie. En 1992, Font convenció a los miembros de romper relaciones con la compañía que los manejaba, provocando demandas multimillonarias por incumplimiento de contratos y la pérdida del derecho a usar el nombre de Locomía. Cuando la productora FTI lanzó una segunda generación del grupo en 1993 para cumplir con los compromisos comerciales, el público reaccionó con una furia inusitada. Durante una icónica presentación en el célebre programa mexicano Siempre en Domingo, las fanáticas abuchearon e intentaron agredir físicamente a los nuevos integrantes en vivo, obligando al presentador Raúl Velasco a intervenir para calmar los disturbios en lo que parecía un juicio público romano.
A partir de ese colapso, el brillo de Locomía se apagó por completo y comenzó un goteo trágico de muertes y desgracias individuales que eriza la piel por su precisión quirúrgica. El primer golpe letal ocurrió el 13 de junio de 2018 con el fallecimiento de Santos Blanco a los 46 años. El recordado “querubín rubio” que desató pasiones en el Festival de Viña del Mar de 1992 se había alejado por completo del espectáculo para refugiarse en una organización católica mística. Santos terminó sus días en el anonimato absoluto en la localidad costera de Gijón, sumido en una situación crítica de pobreza extrema, demacrado y dependiendo de comedores sociales y de la caridad benéfica. Su cuerpo colapsó víctima de una trombosis pulmonar fulminante. Apenas un mes después, el 16 de julio de 2018, la muerte volvió a golpear a la banda con el deceso de Fran Romero, también a los 46 años, debido a una encefalitis bacteriana. Lo espeluznante del caso de Romero es que llevaba una vida rigurosamente saludable, no consumía alcohol ni tabaco y seguía una estricta dieta macrobiótica, lo que hizo que su repentina infección cerebral resultara incomprensible para su entorno.
El círculo de hierro continuó cerrándose. En noviembre de 2023, Francis Picas, el carismático “poeta de los ojos tristes” que intentó sin éxito una carrera como solista antes de retirarse a estudiar psicología y literatura, falleció en Barcelona a los 53 años. Su partida estuvo rodeada de un hermetismo absoluto por parte de su familia, que se negó a revelar las causas médicas exactas, alimentando las sospechas sobre el deterioro físico y la pérdida extrema de peso que testigos afirmaron ver en sus últimos meses. Finalmente, el pilar más constante del grupo, Manolo Arjona, quien dedicó 35 años de su vida a mantener vivo el concepto de Locomía hasta el año 2020, falleció de forma fulminante en su domicilio de Viladecans, Barcelona. Manolo, reconocido por su elegancia y su alma bondadosa, se fue a dormir tras pasar la tarde pintando y fue hallado sin vida en su cama debido a un infarto agudo de miocardio a los 58 años, sin agonía previa, como si una mano invisible hubiera reclamado la última gran deuda histórica de la agrupación.

Para los integrantes que quedaron vivos, el destino no ha sido más benévolo, convirtiéndose en una tortura psicológica o económica prolongada. Carlos Armas, quien hoy dirige una tienda de moda en Tenerife, confesó que arrastró durante tres décadas una pesadísima mochila psicológica, sufriendo severos cuadros de ansiedad al sentirse tratado como un “mono de feria” por el público y pasando décadas enteras sin ser capaz de tocar un abanico por el dolor que le causaba el pasado. Por su parte, Luis Font, hermano del fundador, cayó en una depresión profunda y adicciones que duraron treinta años tras ser expulsado del grupo debido a tensiones familiares. Luis terminó ganándose la vida cantando por unas monedas en el metro de Madrid hasta que una severa lesión de rodilla le impidió trabajar, cayendo en la indigencia total y durmiendo en parques y aeropuertos. Su vida cambió gracias al apoyo de una familia mexicana que lo ayudó a trasladarse a Morelia, Michoacán, donde hoy intenta reconstruirse vendiendo paellas y bailando como artista urbano en las zonas turísticas.
Más allá de las interpretaciones esotéricas y las leyendas de cementerio, la polémica en torno a Locomía también roza una cruda realidad médica e histórica. A finales de los ochenta, el VIH/Sida se encontraba en su punto más crítico y letal, ensañándose con fuerza en los ambientes nocturnos de Ibiza y la moda de donde surgió la banda. El secretismo absoluto impuesto por los managers, que prohibían terminantemente a los músicos enfermarse públicamente para no destruir su carrera comercial en mercados conservadores, sembró la semilla de la duda. Cualquier baja médica era catalogada de inmediato corporativamente como “anemia” o “agotamiento por las giras”. Décadas después, el extremo deterioro físico de Santos Blanco antes de morir o la fulminante infección cerebral de Fran Romero continúan alimentando las teorías de los fanáticos sobre patologías estigmatizadas que la industria intentó ocultar bajo la mesa. Al final, sea el resultado de un virus inclemente, de la explotación financiera de unos productores que se enriquecieron a costa de unos artistas que se quedaron sin nada, o de una auténtica cacería celestial por un pacto roto, la historia de Locomía demuestra que el aire que levantaban aquellos abanicos gigantes no era para refrescar los cuerpos, sino el viento helado de una tragedia que apagó para siempre las vidas de sus protagonistas.