La Martina: El Corrido De Una Traición Que Nadie Olvidó

Su padre la entregó, no el marido, su padre abrió la puerta en camisón, la miró a los ojos y le dijo al hombre que iba a matarla. Llévatela. Llévatela tú, mi yerno. La iglesia te la entregó y si ella te ha traicionado, la culpa no tengo yo. Y cerró ese golpe seco de madera contra madera. ¿Por qué un padre hace eso? Eso es lo que el corrido nunca explicó.

Y eso es lo que vamos a contar hoy. Quédese. Lo que viene duele más que los seis tiros. Cada vez que alguien pone la Martina, Martina vuelve a arrodillarse. El corrido que la inmortalizó es el mismo que la ejecuta cada vez que suena. Antonio Aguilar lo grabó y ya no paró. En las cantinas del norte había hombres que bajaban el vaso cuando sonaba.

Se quedaban callados. Quizás le recordaba a alguien, quizás a una mujer de su propia familia, una abuela, una tía, alguien que se casó sin que nadie le preguntara y que cargó eso toda la vida sin decir nada. El corrido arranca así. 15 años tenía Martina cuando su amor me entregó. A los 16 cumplidos una traición me jugó.

15 años. Y el corrido lo canta como si a los 15 años una muchacha de ese tiempo pudiera elegir. Lo que el corrido no dice es porque Martina terminó arrodillada en ese campo. ¿Qué pasó antes? ¿Qué vio en esa casa que no debía ver? ¿Y por qué su padre esa noche cerró la puerta? Eso nunca se cantó. Si estas historias le llegan adentro, suscríbase.

Esto es para los que quieren saber de verdad. Vamos adentro. Martina tenía 15 años cuando su padre la sentó en la cocina y le dijo que se iba a casar. No le preguntó. Le dijo, “¿Conoce usted a alguien así? una mujer de su familia, de su pueblo, de su tierra, que se casó porque su padre lo decidió y que se fue a una casa que no eligió con un hombre al que apenas conocía.

En el México de los años 20 eso no era la excepción, era la regla. Y Martina no fue la excepción. Al hombre le decían el capitán, no porque hubiera peleado ninguna guerra, sino porque cuando el capitán hablaba, nadie le llevaba la contraria. tenía tierras, animales, casa de Teja y una manera de mirar a la gente que hacía que la gente bajara los ojos primero.

La semana antes de que fuera a ver al padre de Martina, un hombre del pueblo fue a pedirle tiempo para pagar una deuda. El capitán lo escuchó. Cuando el hombre terminó, el capitán pidió otro café y siguió con su conversación, como si ese hombre no existiera. Dos días después se llevaron su mula. Con esa mula trabajaba.

Sin esa mula no comían sus hijos. Eso lo vio medio pueblo. La otra mitad se enteró antes de que oscureciera y nadie dijo nada. Ese era el hombre que llegó un domingo a la sala de don Eliodoro. Se sentó sin que nadie lo invitara, puso el sombrero sobre la rodilla y esperó a que le trajeran café. Don Eliodoro tenía deudas, una mujer enferma del pecho y cinco hijos.

Cuando vio al capitán en su sala, entendió antes de que abriera la boca lo que venía y dio gracias a Dios. Martina estaba en el cuarto de atrás, oyó esa voz. Salió a asomarse por la endija de la puerta. El capitán sentado frente a su padre, el sombrero sobre la rodilla, la calma de quien ya sabe cómo va a terminar todo.

Volvió a su cuarto sin hacer ruido. Apretó la medalla de la Virgen que cargaba al cuello y le pidió un milagro. No hubo milagro. Tres semanas después, don Eliodoro la llamó a la cocina. Se sentó, la miró, le dijo que el capitán había pedido su mano. Martina no respondió. Su padre le habló de las deudas, de su madre enferma, de sus hermanos chicos, de que con ese matrimonio iban a poder respirar.

Martina siguió sin decir nada y don Eliodoro interpretó ese silencio como un sí. Quizás era eso, quizás era todo lo contrario, pero nadie le preguntó. Isidro Vargas se enteró por boca de un vecino. Esa tarde fue al lavadero, se paró a distancia, la miró. Martina levantó los ojos un segundo, solo un segundo, y los volvió a bajar. Isidro se fue sin decir nada, pero no se fue del pueblo.

El día de la boda agarró un asadón en el rancho donde trabajaba y se puso a picar tierra, aunque no había nada que picar. Picó todo el día con las manos, con la espalda, con todo lo que tenía. Se le levantaron ampollas. Siguió igual hasta que se le acabó la luz. Y cuando se le acabó la luz, se sentó en el suelo, miró sus manos y después entró a dormir.

La boda fue en noviembre. La madre cosió el vestido blanco tosi porque el pecho ya no le daba para mucho. Tardó tres semanas, cada puntada con las manos que ya no eran firmes. El capitán al frente del altar, bien vestido, sin mirar a Martina mientras esperaban, el cura preguntó. “Silencio.” Volvió a preguntar.

“Sí, casi sin aire. Antes de salir de la sacristía, la madre le prendió una medalla de la Virgen de Guadalupe en el vestido por dentro donde no se viera, para que la cuide mi hija. Martina le apretó la mano y no dijo nada. La madre tosió, se llevó el pañuelo a la boca y cuando bajó el pañuelo tenía los ojos cerrados.

Esa medalla fue lo único propio que tuvo Martina en esa casa. La primera noche en esa casa, Martina se sentó en el borde de la cama y miró por la ventana. El pueblo dormía. Afuera solo el ruido del viento. Apretó la medalla y pensó en su madre, en el pañuelo bajado con los ojos cerrados. Después se acostó y no lloró porque había aprendido muy rápido que en esa casa no se lloraba.

En esa casa había reglas que nadie escribió. Las contraventanas se bajaban antes de que oscureciera. La cena lista cuando el capitán llegara, silencio cuando llegaba con la cara cerrada y nunca preguntarle por su trabajo. Una noche, Martina hizo una pregunta. Pequeña sin importancia. El capitán levantó la vista del plato, la miró un segundo, tomó su plato, se fue al cuarto, giró la llave en la cerradura.

Martina se quedó sola en la mesa con el ruido del viento afuera y ese silencio adentro que pesaba más que cualquier golpe. Le rezó a la Virgen esa noche. Le pidió resignación, lo que se le pide cuando ya no queda más que pedir. Cuántas noches así nadie las contó. Pero hay cosas para las que la resignación no alcanza.

Una noche escuchó al capitán en el patio hablar con dos hombres en voz baja, nombres, números, una deuda que alguien iba a pagar. El capitán cerró la puerta del patio sin saber que ella había escuchado. Se metió a la cama y Martina fingió que dormía. ¿Qué hace una mujer con lo que sabe? Y no puede decirle a nadie, lo carga.

6 meses cargando. Todo eso lo va a entender mejor cuando llegue a la parte que el corrido nunca cantó. 6 meses así hasta que llegó marzo. Y con marzo llegó Isidro. Isidro empezó a trabajar en el rancho de un vecino del capitán. No la buscó, pero en un pueblo de ese tamaño, tarde o temprano, los caminos se cruzan.

Un martes en la plaza, Martina iba al mercado y Cidro cruzaba de regreso al rancho. Se vieron 5 años desde aquella tarde junto al pozo. 5 años. y los dos seguían cargando lo mismo. Él se quitó el sombrero, ella inclinó la cabeza y siguieron caminando. Pero esa noche Martina no pudo dormir. La semana siguiente se encontraron junto al río.

Al atardecer, cuando las lavanderas ya se habían ido, solo hablaron del pueblo, de cosas sin peso. Isidro no le preguntó cómo estaba con el capitán. Se veía sin preguntar antes de que se fuera la luz. Y sidro dijo algo. Usted merece más que esto, Martina. Ella no respondió. Se vieron tres veces más junto al río. Lo que pasó entre ellos. El corrido lo llama traición.

Pero hay algo que el corrido no cuenta, de esas tardes junto al río. Y eso lo va a entender usted cuando sepa cómo terminó todo. Un martes, el capitán llegó antes de lo esperado. El caballo de Isidro estaba en el corral. Eso fue todo lo que necesitó. Entró a la casa. Martina estaba sentada, no en el comal.

Las manos quietas en el regazo. El capitán se paró en el centro del cuarto. ¿De quién es esa pistola? ¿De quién es ese reloj? ¿De quién es ese caballo que en mi corral relinchó? Ese caballo es muy tuyo. Tu papá te lo mandó para que fueras a la boda de tu hermana. La menor mintió. Los dos lo sabían. El capitán no levantó la voz.

caminó por el cuarto despacio. Tú sabes lo que pasa en este pueblo cuando una mujer hace lo que tú hiciste. Martina lo miró. Si me tienes desconfianza, no te separes de mí. El capitán se detuvo frente a ella. Esa boca que tienes te va a costar caro. Y sin decir más, agarró el sombrero y salió. Martina se quedó sentada.

Escuchó los pasos alejarse, escuchó el portón cerrarse y supo que lo que venía no iba a hacer una discusión. le rezó a la medalla, con los ojos cerrados, con las manos juntas, con todo lo que le quedaba de fe. Virgencita, ayúdame. Esa noche el capitán no llegó a dormir. Llegó al día siguiente sin decir nada del día anterior.

Comió, se fue al cuarto, Martina puso el plato, se retiró como siempre. Pero esa noche, cuando pensaba que ya dormía, el capitán se sentó en el borde de la cama, en el filo, sin acostarse, en la oscuridad. Martina respiraba despacio, fingiendo que dormía. Pensó en la medalla cocida en el vestido. Pensó en su madre tosiendo en ese cuarto a tres calles.

Pensó en Isidro. El capitán no se movió en mucho rato. Un hombre que se sienta así en la oscuridad no está dudando. Ya resolvió. Martina lo sabía, por eso no se movió. Por eso siguió fingiendo. Cuánto rato así. Martina no supo. Cuando amaneció, el capitán se levantó sin decir nada. Se preparó, salió.

Martina se quedó en la cama un momento mirando el techo. Era decisión y eso era peor que todo lo demás. Ese día el capitán salió temprano. No dijo a dónde. Martina no preguntó. Hizo todo como siempre. barrió, preparó la comida, bajó las contraventanas antes de que oscureciera y esperó. Dos días más así, el capitán llegaba, comía, se iba al cuarto sin mirarla.

El silencio había cambiado. Martina lo notó y rezó lo que iba a pasar después. Nadie en ese pueblo lo vio venir. Nadie salvo Martina. y ella ya no podía hacer nada. Al tercer día, el capitán llegó a mediodía, la tomó del brazo, sin violencia, con la frialdad de quien cumple un trámite. Nos vamos a ver a tus papás.

Caminaron por el pueblo de día con el sol encima. No fue de noche, fue de día, para que todo el mundo los viera, para que nadie pudiera decir que no sabía. La gente se asomaba desde las puertas. Algunas mujeres se persignaron. Los hombres bajaron la vista. En una ventana había una mujer mirando. Martina la vio.

La mujer bajó la cortina. Así son los pueblos. Ven todo y no salen. Martina caminó sin resistirse, mirando al frente, sin darle a nadie el gusto de verla doblar. El capitán no respondió. El capitán, “Lo que pasó no va a volver a pasar. Te lo juro por la Virgen.” Él siguió caminando. Martina lo intentó una vez más.

por mis hermanos, por mi mamá que está enferma, por lo que quieras. El capitán no dijo nada, no apuró el paso, no aflojó el brazo y en ese silencio Martina entendió que no había nada que decir, que cambiara lo que ya estaba decidido. La puerta de la casa de su padre, don Elodoro, la abrió cara de mediodía interrumpido, convertida en cara de alarma.

El capitán habló desde el umbral sin elevar la voz. Suegro, aquí está Martina. Me jugó una traición. Que la reciban. Don Eliodoro miró a su hija detrás de él. La madre asomó desde el cuarto con la mano en el pecho, tosiendo la mano que le había prendido la medalla en el vestido, la que le dijo para que la cuide mi hija.

Don Eliodoro miró al capitán, miró a su hija, miró al capitán otra vez y dio un paso atrás. Llévatela tú, mi yerno. La iglesia te la entregó. Y si ella te ha traicionado, la culpa no tengo yo. La culpa no tengo yo. No lo dice el asesino, lo dice el padre. El hombre que tr meses deuda en la tienda de raya y una mujer enferma del pecho, habían dejado sin recursos para defender a su hija.

O quizás simplemente no quiso defenderla. Solo él sabe la diferencia y él se la llevó. La madre de Martina estaba a tres pasos de la puerta. Oyó todo y no salió. Nunca supimos si no pudo o no quiso. Esa diferencia nadie la conoce, solo ella. Y se la llevó también. Y la puerta se cerró. ese golpe seco de madera contra madera. Del otro lado quedó la cama de toda su vida, el comal de su madre, sus hermanos chicos, el olor a tierra mojada que conocía desde que nació.

Todo eso quedó del otro lado. El capitán la tomó del brazo, no con fuerza, con dirección, como quien lleva una cosa de un lugar a otro. y echaron a andar hacia las afueras del pueblo. Las últimas casas quedaron atrás. La tierra se volvió más oscura, más suelta bajo los pies. Ya no era olor de pueblo, era olor de campo abierto, de noche sin paredes, aunque era de día todavía.

Martina levantó los ojos al cielo una vez, solo una. le rezó a la medalla cocida en el vestido. Virgencita. Solo eso, porque a veces no quedan más palabras. El corrido lo dice en dos versos, solo dos. Hincadita de rodillas, no más seis tiros le dio y el amigo del caballo ni por la silla volvió. Isidro se enteró esa misma tarde.

Se quedó parado en medio del rancho sin moverse. Después siguió con lo que estaba haciendo porque no había nada más que pudiera hacer. El capitán volvió al pueblo esa tarde. Los vecinos lo saludaron como siempre. Nadie preguntó nada. En ese pueblo con ese hombre no se preguntaba. Esa noche el capitán cenó solo, puso su plato en la mesa, comió, recogió todo como siempre, como si no hubiera pasado nada, porque para él no había pasado nada, solo una deuda cobrada.

Don Eliodoro no salió de su casa en tres días. Cuando salió al cuarto día, caminó derecho a la tienda de raya. Pagó lo que debía. volvió a su casa y no mencionó el nombre de su hija nunca más. La madre se vistió de negro, tosiendo sin quitárselo. Algunos vecinos le preguntaron por Martín las primeras semanas. Ella respondía lo mismo.

Se fue. Y cambiaba el tema. En el campo santo hay un rincón donde las cruces son más viejas. más juntas, algunas sin nombre. Ahí se entierran las historias que el pueblo prefiere no recordar. La de Martina quedó ahí sin lápida, sin fecha, pero alguien ponía flores de Cempasuchil en ese lugar cada noviembre sin falta, sin dejar nombre.

Nadie supo quién era. Algunos decían que era la madre, que salía de noche para que nadie la viera, que dejaba las flores y se persignaba tres veces, y que lloraba sin hacer ruido, porque así había aprendido a llorar. Y había quien decía que era Isidro, que cada año en noviembre cruzaba el pueblo de noche, dejaba las flores y se iba.

antes de que amaneciera. Nunca se confirmó, solo se decía. El capitán siguió siendo el capitán. Su techo de teja roja seguía viéndose desde el camino real. La voz no le cambió. Seguía sin pedir. Mandaba. Unos años después se casó de nuevo con una muchacha joven de otro pueblo. Nadie preguntó nada.

¿Quién compuso el corrido de la Martina? Nadie lo sabe. Así pasa con los corridos que de verdad duelen. No tienen autor porque los hizo el pueblo. Tal vez fue la madre la que no salió esa tarde, la que se vistió de negro y salía de noche a dejar flores, la que cargó ese peso el resto de su vida y que lo único que le quedó fue hacer que el nombre de su hija no se borrara del todo.

quizás una vecina que vio pasar a Martina por la calle con el capitán agarrándole el brazo y que esa noche, sin poder dormir, empezó a cantar en voz baja en su cocina para no enloquecer de impotencia, de cocina en cocina, de madre a hija, con miedo al principio y con menos miedo después, hasta que un día sonaba en la plaza. Y el capitán no podía hacer nada para callarlo.

Así es como sobreviven las historias que el poder quiere enterrar, no en los libros, en las bocas. Porque ese corrido no habla de una mujer infiel, habla de una muchacha de 15 años a la que nadie le preguntó nada y que pagó con la vida por querer algo propio. Cada vez que alguien pone la Martina, Martina vuelve a ese campo, vuelve a arrodillarse.

El corrido que la salvó del olvido es el mismo que no la deja descansar. Eso es lo más pesado de todo. ¿De quién era la culpa? Del capitán que mató. Eso es lo más fácil de decir, de don Eliodoro, que abrió la puerta en camisón y dio un paso atrás. El mismo hombre que la trajo al mundo, le dijo al asesino, “Llévatela.

” de la madre que estaba a tres pasos de esa puerta, que oyó todo y no salió del pueblo que vio pasar a Martina por la calle con el capitán agarrándole el brazo y bajó la cortina de Isidro, que estaba picando tierra en un rancho mientras todo pasaba, o de todos un poco. Porque en las historias como la de Martina no hay un solo culpable.

Hay una cadena de silencios. Cada quien mantuvo el suyo, pensando que la culpa era del de junto, hasta que ya no había nadie junto, solo ella, hincadita de rodillas. ¿Ha conocido usted a alguien que se quedó callado cuando no debía? ¿Un padre que tomó un paso atrás? ¿Una madre que oyó desde adentro y no salió? ¿Un pueblo entero que bajó la cortina? No tiene que ser una historia de hace 100 años, puede ser de su rancho, de su familia, de algo que usted mismo vio y que lleva cargando desde entonces.

Si conoce esa historia, déjela en los comentarios para que no se quede sin nombre. Como la cruz de Martina. El honor quedó intacto. Martina desapareció. El pueblo siguió cantando y en ese rincón del campo santo, sin nombre, sin fecha, sin lápida, alguien seguía dejando flores de Cempasuchil cada noviembre sin falta, como si hubiera algo que recordar, aunque no hubiera nombre que leer.

En pantalla hay otra historia que el pueblo tampoco soltó. El corrido de Chitocano, el hombre que le dispararon por la espalda y que 39 años no dijo el nombre de quien lo mandó matar. Ahí los espero.

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