La oscura coincidencia entre Martín Elías, Patricia y Cet, lo que nunca te contaron. Coveñas, Sucre, 4 de la mañana, viernes santo. Martín Elías tiene 26 años y está en el escenario con una camisa de palmeras estampadas y un pantalón blanco. Lleva horas cantando, la multitud no se quiere ir y en ese momento, con el sol todavía escondido y el Caribe ahí cerca, toma el micrófono, cierra los ojos y le habla a su papá muerto.
canta que pronto se van a encontrar, que no se preocupa, que ya viene. El público llora. Nadie entiende que eso no es una canción, es una despedida. Dos horas después, Martín Elías está tirado en una carretera oscura, con las costillas rotas, con la cabeza apoyada en las rodillas de un amigo que le habla para que no se duerma. No se va a despertar.
Ahora retrocede 22 años. 19 de enero de 1995. 3 de la tarde. Patricia Teerán tiene 25 años y va en el asiento del copiloto de un Mazda que corre por la carretera al mar. Tiene un hijo de 3 meses esperándola en casa. Tiene firmada una gira por los Estados Unidos. Tiene todo. La llanta trasera estalla. El carro da vueltas.
Cuando se detiene, Patricia todavía está viva, apoyada sobre el timón con la cara llena de sangre. La suben a una camioneta porque no hay ambulancia y en ese trayecto sintiéndose apagar, dice las últimas palabras que pronunciará en su vida. Siete palabras, siete palabras que el vallenato lleva 30 años sin poder olvidar. Ahora ve a Bogotá.
20 de agosto de 2005, estadio El Campín, 40,000 personas. C Morales tiene 20 años y acaba de terminar el mejor concierto de su carrera. Baja del escenario eufórico, sudado, todavía con la adrenalina encima, busca entre bastidores a uno de sus músicos más cercanos y le da dos abrazos, no uno, dos seguidos, con una intensidad que ese músico nunca había sentido en años de trabajo juntos.
No dice nada, solo abraza. Tres días después, ese músico está en un velorio y ahí, parado frente al ataú de CED, entiende por fin lo que significaban esos dos abrazos. tres personas, tres décadas, tres carreteras del Caribe colombiano, un mismo patrón que ningún periodista, ningún medio, ningún documental ha logrado explicar del todo.
Y hay algo más, algo que la mayoría no sabe. Uno de estos tres artistas publicó en sus redes sociales, un año antes de morir la crónica de su propia muerte. Sin saberlo, existe un nombre que aparece dos veces en esta historia con 38 años de diferencia, dos accidentes idénticos, la misma edad y el mismo resultado.
Existe una carta escrita antes del último viaje que termina con las palabras me voy y existe un compositor que conecta dos de estas tres muertes de una manera que nadie había puesto sobre la mesa hasta hoy. Todo eso lo vas a descubrir en este video. Si eres nuevo en este canal, suscríbete ahora y activa la campana, porque aquí contamos las historias que el vallenato no siempre quiere recordar.

Y si ya eres parte de esta familia, dale like, que nos ayuda a seguir. Ahora sí, vamos a empezar. Para entender la coincidencia más oscura de toda esta historia, hay que ir a un lugar que la mayoría de la gente no conoce. No hay que ir al año 2017 cuando Martín Elías murió. Hay que ir al primero de agosto de 1979 a una carretera entre La Junta, la Guajira y Valleupar.
Ahí empieza todo. Esa noche un grupo de hombres venía saliendo de una parranda en patillal y carrizal. Iban en una camioneta Ford. Al volante iba un joven que en ese momento ya empezaba a ser conocido como el cacique de la junta, pero que todavía no era la leyenda en la que se convertiría. Ese joven era Diomedes Díaz y entre los pasajeros de esa camioneta iba el hombre que más lo había marcado en su vida musical, su tío, su maestro, el acordeonero que le había enseñado desde niño que el vallenato no era solo un género, era una
forma de vivir. Ese hombre se llamaba Martín Elías, maestre y nojosa. Tenía 26 años. Después de la glorieta del pedazo de acordeón en Valle Dupar, había una pila de asfalto en la vía sin ninguna señalización. Diomedes no la vio, se montó sobre ella. Con el impacto, dos personas salieron disparadas de la camioneta.
El huacharaquero Cacique Pillayo, que se salvó, y Martín Elías, maestre, que cayó contra el pavimento y no sobrevivió. Tenía 26 años. Diomedes Díaz salió con heridas, pero vivo. Y cuentan quienes lo conocieron que ese accidente lo marcó para siempre, tan profundamente que nunca más volvió a manejar un carro en el resto de su vida. La culpa de haber sobrevivido cuando el hombre que lo formó musicalmente no sobrevivió.
En homenaje a ese tío, Diomedes Díaz le puso su nombre a uno de sus hijos, Martín Elías Díaz Acosta, el mismo nombre, la misma vena musical, el mismo amor por el vallenato. Y 38 años después, ese hijo, Martín Elías Díaz Acosta murió en un accidente de carretera con 26 años. Dos personas salieron del vehículo, el asistente Rafael Rico, conocido como Pichón, que sobrevivió, y Martín Elías, que no sobrevivió, exactamente igual que en 1979.
El mismo nombre, la misma edad, el mismo tipo de accidente. Dos personas expulsadas del vehículo, una vive, la otra no. Pero lo que más impresiona, lo que verdaderamente heriza la piel, es lo que el propio Martín Elías hizo el 16 de abril de 2015, 2 años antes de morir. Ese día los colombianos estaban viendo la telenovela sobre la vida de Diomedes Díaz en RCN y en ese capítulo se mostraba la muerte del tío Martín Maestre.
Las redes sociales explotaron con preguntas sobre si la historia era real, si Diomedes realmente manejaba, qué tan fiel era la versión de la novela. Y entonces Martín Elías, el hijo, entró a su Instagram y publicó una foto del recorte de periódico del primero de agosto de 1979, el periódico que informaba la muerte de su tío homónimo y escribió, este fue el periódico que salió el día que fallece el tío Martín Elías Maestre.
Por este tío es que llevo mi nombre. Es la vena artística de la familia quien inculcó a mi papá esto de la música. Mi papá nunca se olvidó de eso. Quedó marcado para toda la vida. Él sabía la historia, la conocía, la publicó y dos años después el destino la repitió con él. El número 26 aparece tres veces en esta familia.
Es la edad a la que murió el primer Martín Elías. Es la edad a la que murió el segundo Martín Elías. Y es el día del mes en que nació Diomedes Díaz el 26 de mayo, como si el mismo número hubiera decidido ser el hilo invisible que conecta la alegría y la tragedia de los días.
Pero esta historia no empieza en 1979, empieza antes. Porque 22 años antes de que Martín Elías muriera en esa carretera, el vallenato ya había perdido a otra voz en circunstancias tan similares que parece imposible que sea casualidad. Y esa voz le había demostrado al mundo que el vallenato también podía tener cara de mujer.
Cartagena de Indias, 10 de junio de 1969. En el barrio Nuevo Bosque nace Patricia Teerán Romero, hija de Carlos Teerán, un hombre que amaba el vallenato con la misma intensidad con la que amaba a su familia. Desde pequeña, Patricia creció escuchando acordeones, cajas y guacharacas en las parrandas que se armaban en su casa.
Y desde pequeña todos notaban que esa niña tenía algo especial en la garganta, una voz que no pedía permiso para entrar a un cuarto, una voz que se quedaba. A los 19 años, Patricia fue invitada a ser parte de un proyecto musical que en ese momento era casi una provocación. Un grupo de vallenato formado solo por mujeres se llamaba Las musas del vallenato.
Y en un género donde se asumía que la mujer era la musa de la canción, pero nunca quien la cantaba, ese grupo fue un golpe en la mesa. Patricia grabó tres producciones con las musas. Aprendió a manejar los escenarios. Aprendió que su voz no necesitaba que nadie le diera permiso para sonar.
Pero el verdadero punto de quiebre llegó cuando Patricia decidió ir más lejos y formó su propio grupo, Las Diosas del Vallenato, con la acordeonera Maribel Cortina y un repertorio que mezclaba la raíz del vallenato con la modernidad que el género necesitaba para llegar a las nuevas generaciones. Y entonces llegó la canción que lo cambió todo. Tarde lo conocí.
escrita por Omar Gé se convirtió en la primera canción interpretada por una voz femenina en imponerse masivamente en la radio nacional colombiana. Era un vallenato, sí, pero era el vallenato de una mujer que no pedía disculpas por ocupar ese espacio. Patricia tenía 25 años en enero de 1995. tenía firmados los contratos más importantes de su carrera, una gira por los Estados Unidos y actuaciones estelares en el carnaval de Barranquilla.
Y tenía un hijo de apenas 3 meses en casa, un bebé que se llamaba Yuri Alexander y que todavía no podía entender lo que su mamá representaba para el vallenato colombiano. El futuro de Patricia Teerán era inmenso. El 19 de enero de ese año, Patricia viajaba de Barranquilla hacia Cartagena junto a su novio Víctor Sierra y su manager Billy Pertus.
El carro era un Mazda 626 de placas PB6054. Un detalle que la mayoría desconoce es que dos días antes ese mismo carro ya había tenido un pequeño accidente. Nadie lo cambió, nadie lo revisó a fondo. Y ese viernes santo, en el sector de Lomita de Arena, en la carretera al mar, la llanta trasera izquierda estalló a alta velocidad.
Billy Pertus recordó décadas después las palabras exactas de lo que pasó. Patricia venía dormida. Yo me acerco a Víctor y le digo, “Parabolas, las llantas están lisas y nos vamos a estrellar.” Terminando la frase, estalla la llanta. Víctor frenó en seco y el carro comenzó a dar vueltas. El carro dio muchas vueltas. Cuando se detuvo, Billy logró salir golpeando la puerta y encontró a Patricia sobre el timón. Aún con vida.
La montaron en una camioneta particular porque no había ambulancia, porque los centros de salud del camino estaban cerrados, porque así es Colombia en sus carreteras. Y Patricia, todavía consciente, le dijo a Billy que estaba bien, pero minutos después sintió que algo se apagaba dentro de ella y pronunció las palabras que el vallenato nunca ha podido olvidar.
La diosa no canta más. Cuídenme a mi hijo. Murió antes de llegar al hospital. Su novio Víctor Sierra murió en el acto. El bebé Yuri Alexander tenía 3 meses. 30 años después. Ese hijo que tenía 3 meses cuando su mamá murió publicó en sus redes sociales “Haces mucha falta”. Tres palabras que resumen lo que el vallenato siente cada vez que suena tarde lo conocí y nadie puede dejar de imaginarse esa voz.
con 20 años más, con 30, con 40, cantando en escenarios que nunca llegó a pisar. ¿Tú conocías la historia de Patricia Teerán? Escríbenos en los comentarios porque queremos saber hasta dónde llega el alcance de esta historia. Y si ya la conocías, cuéntanos cuándo fue la primera vez que escuchaste su voz. El vallenato tardó 10 años en empezar a recuperarse de esa pérdida.
10 años hasta que apareció un muchacho que volvió a demostrar que el género podía renovarse sin perder el alma. Un muchacho de 20 años que en 2 años se convirtió en el artista más importante de su generación y que en su último concierto ante 40,000 personas hizo algo que nadie que estuvo ahí entendió en ese momento, pero que ninguno olvidó jamás.
Miguel Morales es una de las leyendas del vallenato colombiano, fundador de los Diablitos, uno de los grupos más influyentes del género, un músico que construyó su carrera con décadas de trabajo y talento. Y cuando su hijo Ket empezó a mostrar desde niño que había heredado ese don para la música, Miguel tomó una decisión que hoy parece irónica.
intentó convencerlo de que estudiara medicina, que tuviera un título, que no dependiera de los escenarios para vivir. Cet Morales obedeció a medias, se matriculó en medicina y al mismo tiempo casi en secreto, construyó una carrera musical que en menos de 2 años lo convirtió en el artista más relevante de su generación.
No el más conocido, el más relevante, porque Cedbaato, lo reinventaba, le ponía las emociones de los jóvenes, le ponía la vulnerabilidad que el género a veces escondía detrás de la fiesta. Canciones como Vivo en el limbo, ella es mi todo. Siete palabras y de millón a cero hicieron algo que pocos artistas logran, hacer que personas que nunca habían escuchado vallenato se enamoraran del género a través de él.
Era el rey de la nueva ola y todos en el mundo vallenato sabían que lo mejor de Ceborales todavía estaba por llegar. En algún momento de su carrera, en un concierto que quedó grabado en video, Ced habló a su público de una manera que hoy resulta imposible escuchar sin que se te ponga la piel de gallina. dijo exactamente esto.
Y si algún día me pase lo que me pase o siempre me encuentre presente, quiero que me recuerden con esta canción y digan, “Esta es la canción que le gusta a Cebet Morales. La canción de la que hablaba era A blanco y negro, compuesta por Omar Géz e interpretada por Silvestre Dangond, una canción con versos que hablan de tocar las nubes y de arrancarse los años para ser siempre joven.
Nadie en ese momento entendió esas palabras como lo que resultaron ser. Todos pensaron que era el entusiasmo de un artista joven hablando de su canción favorita. La vida se encargó de darle a esas palabras un significado diferente. El 20 de agosto de 2005, CED se presentó en los premios Nuestra Tierra en Bogotá, 40.000 personas.
Una noche que debería haber sido solo el escalón siguiente en una carrera ascendente sin límite visible. Y entonces ocurrió algo que uno de sus músicos más cercanos no olvidó jamás. Antes de bajar del escenario, Ket lo buscó entre bastidores y le dio dos abrazos seguidos, no uno, dos, con una intensidad que ese músico nunca había sentido en todos los años que llevaban trabajando juntos.
Un gesto que no tenía explicación en ese momento, que parecía solo el exceso de emoción de una noche grande. Ese músico no le preguntó nada. Nadie preguntó nada. Y tres días después, parado frente al ataú de Ced, ese abrazo doble cobró el único significado que podía tener. Una despedida que Ceb dio sin decir que se despedía, como si una parte de él supiera lo que la otra parte todavía no podía imaginar.
El 23 de agosto de 2005, Calet viajaba entre Ariuaní y Plato en el departamento del Magdalena. Su hermano Keiner manejaba. En algún punto de la vía el carro golpeó un hueco y perdió el control. Cet sufrió un trauma cráneoencefálico severo. Entró en coma, fue trasladado a Cartagena y el 24 de agosto de 2005 Cet Morales murió. Tenía 20 años.
El vallenato perdió en 24 horas al artista que iba a definir la siguiente década del género. Lo que vino después es una de esas historias que la vida escribe con una crueldad que parece calculada. Años más tarde, en mayo de 2024, el mundo vallenato perdió a Omar Gées, el compositor de A blanco y negro, la canción con la que Ced había pedido ser recordado.
Y en su último concierto, tres días antes de morir, Kelles dijo ante el público exactamente lo mismo que Ced había dicho años antes, que si algo le pasaba, quería que lo recordaran con esa canción. Murió tres días después. Silvestre Dangond en el velorio de Geles se cantó a blanco y negro y luego le pidió públicamente a los artistas vallenatos que nadie más pidiera ser recordado con esa canción.
Primero fue Calet y ahora Omar Geles dijo, como si la canción misma se hubiera convertido en algo que nadie se atreve a reclamar como suyo. Suscríbete a este canal si todavía no lo has hecho y activa la campana para no perderte ninguna historia como esta. Lo que viene a continuación es la parte de esta historia que más escalofríos genera, porque vamos a hablar del hombre que cargaba en su propio nombre el peso de una tragedia que ya había ocurrido una vez y que a pesar de saberlo no pudo escapar de ella. Valledupar, 18 de junio
de 1990. Nace Martín Elías Díaz Acosta, hijo de Diomedes Díaz, el cacique de la junta, el hombre que muchos consideran el artista más importante en la historia del vallenato colombiano. Cargar ese apellido podría haberlo aplastado, podría haberlo convertido en alguien que pasa la vida intentando demostrar que merece el nombre que lleva.
Pero Martín Elías eligió otro camino. Desde los 11 años ya cantaba con la familia de Diomedes Díaz, el grupo de su padre. Pero en 2004 tomó la decisión de salirse y construir algo propio. Buscó al acordeonero Rolando Ochoa, hijo de la también leyenda Calixto Ochoa, y juntos grabaron en 2007 su primera producción completa como dúo.
Una nueva historia se llamaba ese primer álbum y el título no era casual, era una declaración. Martín Elías no quería ser la sombra de Diomedes, quería ser su continuación, pero con voz propia. En 10 años de carrera grabó 10 álbumes. Acumuló apodos que él mismo celebraba, El gran Martín Elías, el terremoto. Canciones como Ábrete, 10 razones para amarte y cancelada de mi vida llenaron estadios y se convirtieron en el soundtrack de miles de historias de amor y desamor en Colombia y en toda la región Caribe.
era el heredero del trono. Y lo que hacía diferente a Martín Elías era que cuando estaba en el escenario, la gente no pensaba en Diomedes, pensaba en él. Su vida personal era tan intensa como su carrera. Dayana Jaimes, su esposa, describía una relación construida sobre cartas escritas a mano, porque Martín Elías era tímido para decir en voz alta lo que sentía más fácilmente con un bolígrafo.
En una de esas cartas, una carta de Navidad que Dayana reveló tiempo después de su muerte, Martín Elías escribió algo que hoy hiel. Mi mona hermosa, te amo con todo mi corazón. Me voy, pero siempre vas a estar en mi mente y mi corazón. Una carta de amor, una carta de Navidad que leída después del 14 de abril de 2017 suena a otra cosa completamente diferente.
Y hay un último detalle de esa semana que muy poca gente conoce. Su mamá, Patricia Acosta contó después de su muerte que esa Semana Santa, antes de que Martín saliera para Coveñas, le había dicho, “Mi hijo, pídele mucho a mi Dios. Ten mucho cuidado, cuídate mucho. No olvides ponerte el cinturón de seguridad.
” Martín Elías la invitó a que lo acompañara al concierto. Ella no quiso porque no le gustaba salir de casa en los días santos. Esa decisión de quedarse, de decir que no es uno de esos detalles que la vida te pone enfente y que durante años te dejan pensando en qué hubiera pasado si hubiera dicho que sí. ¿Tú crees que Martín Elías tenía algún tipo de presentimiento o crees que la carta y los versos son solo coincidencias del azar? Déjanos tu opinión en los comentarios porque esta es una conversación que vale la pena tener. Ahora vamos a reconstruir
minuto a minuto lo que pasó en esa madrugada del viernes santo, porque los detalles de esa noche son los que terminan de armar el rompecabezas más oscuro de toda esta historia. Jueves 13 de abril de 2017. Coveñas, Sucre. El show es uno de esos que se arman para toda la noche, donde varios artistas se turnan el escenario y el amanecer llega antes de que la fiesta termine.
Martín Elías lleva puesto un suéter playero con palmeras estampadas en tonos pastel y un pantalón blanco. Está eufórico, está en su elemento. Y en algún momento de esa madrugada, cuando el show ya lleva horas y el sol empieza a asomarse sobre el horizonte del Caribe, Martín Elías toma el micrófono y hace algo que hace en cada presentación.
Le habla a su papá, le dedica unos versos y esos versos esa noche suenan diferente a todas las otras veces. A mí me duele papá porque se fue de mi lado. A mí me duele papá porque se fue de mi lado. No me voy a preocupar porque allá nos encontramos. La gente grita, la gente llora. Nadie sabe que esas palabras son las últimas que Martín Elías le va a decir a Diomedes desde este lado, porque en pocas horas lo que era una promesa poética se convierte en realidad.
Alrededor de las 6 de la mañana del 14 de abril, el concierto termina. Unos minutos antes, un fanático logra abrirse paso entre la seguridad, abraza a Martín Elías y grita, “¡Es mi hermano!” El momento queda grabado en video. Es el último registro de Martín Elías con vida.
A las 7 de la mañana y 40 minutos, la camioneta Toyota TXL de color negro sale de Lorica con rumbo a Cartagena. En el vehículo van Martín Elías, el conductor Armando León Quintero Ponce y otros miembros del equipo. La familia espera en Cartagena para unos días de playa en Semana Santa. El acordeonero Rolando Ochoa viaja en otro vehículo. El bus con el resto de la agrupación también va aparte.
Es un viaje de rutina. Es el final de un show más. En el sector conocido como Aguas Negras, en la transversal del Caribe, entre Sanonofre y Tolú Viejo, el conductor pierde el control del vehículo. La pericia técnica realizada después del accidente estableció que las marcas de frenada en el pavimento comenzaron antes de llegar a un hueco en la vía, lo que contradice la versión del conductor, quien afirmó que había desviado para no golpear una moto.
Lo que sí quedó establecido, sin ninguna duda, es la velocidad a la que iba el vehículo, 157 km porh en una vía donde el límite es mucho menor. La camioneta volcó varias veces y dos personas salieron despedidas del vehículo. Rafael Rico Pichón, el asistente de Martín, que sobrevivió, y Martín Elías, que no sobrevivió. El acordeonero Edilson Ochoa llegó al lugar del accidente.
Cargó a Martín Elías en sus brazos. y lo puso sobre sus rodillas mientras esperaban ayuda. Habló con él todo el camino. Yo le hablaba y él respondía quejándose. Recordó después. Lo llevaron al hospital de San Honofre. El hospital no tenía las condiciones para atender las lesiones que Martín presentaba. Trauma cráneo encefálico, tórax, abdomen, extremidades, varias costillas y el esternón fracturados.
Lo transfirieron a la clínica Santa María de Sincelejo. Hubo varios paros respiratorios en la UEI. La familia hizo un llamado nacional pidiendo donantes de sangre tipo o negativo. Y a las 12:45 de la tarde del 14 de abril de 2017, un viernes santo, Martín Elías Díaz Acosta murió. Tenía 26 años.
El conductor fue condenado por el Tribunal Superior de Sincelejo a 32 meses de prisión por manejar a 157 km porh, 32 meses por una vida, 32 meses por el terremoto del vallenato. El vallenato colombiano volvió a vestirse de negro. Ahora vamos a hacer algo que los medios no hicieron. Vamos a poner sobre la mesa las conexiones que nadie juntó de esta forma, no las que ya conoces de este video, las que van más allá.
La primera conexión que pocos notaron es la de Omar Gées, porque Omar Gées no es solo el compositor de a Blanco y Negro, la canción con la que Cet pidió ser recordado. Omar Gé también es el compositor de Tarde Lo conocí. La canción que lanzó a Patricia Teerán a la fama nacional y que se convirtió en el himno de las diosas del vallenato.
El mismo hombre escribió la canción que definió la carrera de Patricia y la canción que definió la despedida de Cet. Y décadas después, ese mismo hombre murió repitiendo las palabras de Cet en su último concierto. Omar Gées está en el centro de dos de las tres historias de este video y nadie lo había puesto así sobre la mesa.
La segunda conexión es geográfica y es más precisa de lo que parece. Patricia murió en la carretera al mar entre Barranquilla y Cartagena. Calet murió en la carretera entre Ariguaní y Plato en el Magdalena. Martín Elías murió en la transversal del Caribe, entre Sanonofre y Tolú Viejo. Tres carreteras distintas, pero todas en el mismo corredor del Caribe colombiano, el mismo cinturón de vías que conecta las ciudades donde el vallenato vive, se presenta y se celebra.
Como si ese corredor geográfico fuera el escenario permanente de una tragedia que se repite. La tercera conexión es la del momento. Los cuatro, Patricia, Cet, Martín, Elías y el primer Martín Elías, maestre, murieron saliendo de un momento de música. Patricia venía de firmar los contratos para sus presentaciones más grandes.
Calet salía de los premios más importantes de su carrera. Martín Elías venía de un concierto que terminó al amanecer y Martín Maestre venía de una parranda. Ninguno murió en un día cualquiera. Todos murieron en tránsito entre la música y el descanso, como si el precio se cobrara exactamente en ese umbral. La cuarta conexión es la del número que aparece una y otra vez en la familia Díaz. 26.
La edad del primer Martín Elías cuando murió. La edad del segundo Martín Elías cuando murió y el día del mes en que nació Diomedes Díaz el 26 de mayo. Tres veces el mismo número en la misma historia, la alegría y el luto de los días marcados por el mismo dígito. Y la quinta conexión, la que cierra todo, es la más simple y la más brutal.
En todos estos años, el vallenato colombiano ha enterrado a sus más grandes voces en las carreteras, no en los escenarios, no de enfermedades, en las carreteras. Como si el mismo género que nació de pueblo en pueblo, de parranda en parranda, de viaje en viaje, cobrara con sus carreteras lo que da con su música.
El vallenato siempre estuvo en las vías y las vías siempre le han devuelto silencio. ¿Cómo llamas a eso? coincidencia, sino trágico, algo más que ninguna palabra alcanza a describir. Escribenos en los comentarios lo que piensas, porque esta pregunta no tiene una sola respuesta y queremos leer la tuya. El hijo de Patricia, Yuri Alexander Teerán, creció sin conocer la voz de su madre en vivo.
Creció con grabaciones, con fotos, con lo que otros le contaron. 30 años después de esa carretera entre Barranquilla y Cartagena, él sigue escribiendo en sus redes sociales: “Haces mucha falta”, tres palabras que cuentan una historia de ausencia que no se cierra con el tiempo, que solo se aprende a cargar. El hijo de Ced, Samuel Morales, se convirtió en músico.
No podría haber elegido otra cosa, porque la música de su padre es lo más cercano que tiene a conocerlo. Y en los homenajes que se hacen cada aniversario de la muerte de Ch, Samuel sube al escenario y canta las canciones de su padre con una voz que empieza a parecerse demasiado a la que el mundo perdió cuando él tenía meses de vida.
Y el hijo de Martín Elías, Martín Elías Díaz varón, en una Semana Santa que cayó 7 años después de la muerte de su padre, fue al mismo escenario de Coveñas, al mismo palco donde su papá había cantado los últimos versos de su vida y se paró ahí con la misma camisa que Martín usaba, la misma.
Dayana Jaimes vio las fotos y escribió, “Casi me da algo cuando la vi, porque en esas fotos, por un segundo, el tiempo no existe y la historia no terminó como terminó. Tres artistas, cuatro décadas de vallenato, un patrón que se repite con una consistencia que ningún análisis racional ha podido explicar de manera satisfactoria.
El vallenato colombiano nació en las carreteras, en las caronas de pueblo en pueblo, en los madrugones después de las parrandas, en los viajes interminables entre Valledupar y Barranquilla, entre Santa Marta y Cartagena. El vallenato siempre estuvo en las carreteras y quizás por eso las carreteras siempre han cobrado su precio más alto con los que lo cantan.
No hay manera de saber si Patricia, Cet y Martín Elías presentían algo. No hay manera de saber si las palabras que dejaron antes de morir eran avisos o simplemente coincidencias que la memoria convierte en patrones cuando el dolor es demasiado grande para aceptar que no los hay. Lo que sí sabemos es que los tres vivieron de una manera que justificó cada segundo de atención que el mundo les prestó, que los tres dejaron música que sigue sonando como si hubiera sido grabada ayer y que los tres se convirtieron, sin quererlo, en parte de
la historia más oscura y más apasionante que el vallenato colombiano tiene para contar. ¿Cuál de estas tres historias te tocó más? La de Patricia, que se despidió con el nombre de su hijo en la boca. La de Ced, que pidió su propia canción de despedida sin saber que lo era, o la de Martín Elías, que llevaba en el nombre la historia de una tragedia que se repitió con él.
Cuéntanos en los comentarios y si esta historia te impactó, compártela con alguien que ame el vallenato, porque Patricia, Cález y Martín Elías merecen que su historia no quede enterrada en el olvido. Ellos cantaron para que los recordáramos. Lo menos que podemos hacer es recordarlos