Tengo 54 años y no tengo amigas. Bueno, eso no es del todo cierto. Tengo una, una sola después de media vida. Y durante años pensé que había algo roto en mí, que había nacido con una pieza de menos. Esa pieza que hace que las demás mujeres formen grupos, se llamen todos los días, organicen almuerzos, tengan a alguien con quien hablar cuando el mundo se les cae encima.
Yo no tengo eso, nunca lo tuve. Y si me estás escuchando ahora mismo y sentís que esto te describe, quiero que sepas algo antes de seguir. No vine a decirte que estás enferma. Vine a decirte lo que a mí nadie me dijo hasta los 50 años que no está rota, que somos así, que hay una explicación y que esa explicación tiene nombre y apellido.
Se llama autenticidad, se llama integridad y también se llama miedo. Un miedo que yo cargué durante 30 años sin saber que tenía delante mío una herida sin cerrar. Mi nombre es Adriana. Viví en tres ciudades distintas. Trabajé en cinco empresas, crié dos hijos, enterré a mi madre y en cada una de esas etapas de mi vida hubo mujeres a mi alrededor, compañeras, vecinas, madres de amigos de mis hijos, pero de todas esas mujeres, de todos esos años, solo una se quedó. Solo una.
Y hoy, si me acompañas, te voy a contar por qué. Te voy a contar las cinco cosas que descubrí sobre mí misma. tarde, demasiado tarde tal vez, pero a tiempo todavía para dejar de sentirme culpable por ser como soy, porque esto no es una queja, esto es una confesión y quiero que la escuches hasta el final porque en algún punto de esta historia vas a escucharte a vos misma.
Empecé a notar que algo era distinto en mí cuando tenía apenas 20 años. estaba en la facultad rodeada de compañeras que se juntaban todos los viernes, que armaban grupos de estudio, que terminaban siendo grupos de chismes, que se contaban absolutamente todo sobre sus novios, su familia, sus cuerpos. Y yo estaba ahí físicamente presente, pero nunca del todo adentro.
Escuchaba las conversaciones y sentía que faltaba algo, que todo era demasiado liviano, demasiado repetido. Hablaban del mismo tema durante horas y yo pensaba, ¿de qué otra cosa podemos hablar? Pero no me animaba a decirlo porque decirlo me hacía la rara del grupo, así que me quedaba callada, sonreía cuando correspondía, asentía cuando correspondía y volví a mi casa agotada, no de no de estar con gente, sino de fingir que disfrutaba estar con esa gente. con los años eso no cambió.
Cambió de forma en en el trabajo, en el barrio, en la escuela de mis hijos siempre aparecía el mismo patrón. Grupos de mujeres que se formaban rápido, que se reían fuerte, que hacían planes constantes y yo mirando desde afuera preguntándome qué tenían ellas que yo no tenía o qué tenía yo que ellas no tenían.
Durante mucho tiempo elegí la primera pregunta porque era más fácil culparme a mí misma que entender que tal vez solo, tal vez yo estaba buscando algo distinto, algo que no todas buscan. Y esa búsqueda con los años tuvo un costo que no imaginé. E la primera cosa que entendí de mí misma es que no tolero lo superficial. Y esto suena fácil de decir, pero viví décadas sin saber nombrarlo.
Recuerdo un almuerzo hace unos 15 años con un grupo de vecinas. Llevábamos 40 minutos hablando de la reforma de la cocina de una de ellas, el color de las baldosas, la marca de la mesada, si convenía o no cambiar los muebles y yo sentada ahí sentía que me faltaba el aire. No porque me pareciera mal hablar de eso, sino porque yo necesitaba en algún momento de esa charla hablar de algo real, preguntar cómo estaban de verdad, qué las mantenía despiertas de noche, qué las asustaba del futuro.
Intenté una sola vez llevar la conversación para ese lado. Pregunté si alguna vez sentía miedo de envejecer solas. Se hizo un silencio incómodo. Alguien cambió de tema enseguida y yo entendí el mensaje sin que nadie me lo dijera. Acá no se habla de eso. Volví a casa esa tarde y lloré. No por tristeza, sino por cansancio.
Cansancio de fingir que el color de una baldosa me importaba tanto como a ellas. Y ahí empecé a alejarme de a poco de esos almuerzos, no por soberbia como algunas pensaron. Simplemente no podía seguir gastando mi energía en conversaciones que me vaciaban en lugar de llenarme. Y las pocas veces que encontré a alguien dispuesta a ir más profundo, eh sentí algo que no sentía hacía años.
Sentí que estaba realmente acompañada, aunque fuera por 20 minutos. Esa vecina, la del almuerzo de las baldosas, dejó de invitarme después de un tiempo y no me lo dijo directamente, simplemente empezaron a organizarse los planes sin contarme. Me enteraba por otro lado, por comentarios sueltos, por fotos que veía después.
Y ahí aprendí algo que después se repitió muchas veces en mi vida. Cuando no podés fingir interés en lo superficial, el grupo te va soltando la mano despacio sin escándalo, pero con la misma efectividad que si te hubieran cerrado la puerta en la cara. Durante años me pregunté si el problema era yo, si era demasiado exigente, demasiado intensa, demasiado densa, como me dijo una vez mi cuñada, esa palabra se me clavó densa, como si necesitar profundidad fuera un defecto de carácter y no una forma legítima de estar en el mundo. Pero con el tiempo
entendí algo que quiero que vos también entiendas y te sentiste identificada hasta acá. No es que yo pida demasiado, es que pido algo distinto. Y lo distinto en los grupos grandes incomoda. La gente que está cómoda en lo liviano no sabe qué hacer con alguien que siempre quiere ir más profundo y y termina alejándose, no porque yo esté mal, sino porque mi forma de conectar no encaja en su molde.
Y aceptar eso, aceptar que que mi forma de conectar es distinta y no defectuosa me llevó años, pero cuando lo acepté dejé de perseguir grupos que nunca me iban a entender. La segunda cosa que entendí de mí es que no puedo participar del chisme y eso en los grupos de mujeres tiene un costo altísimo.
Voy a contarte algo que todavía me duele recordar. Formé parte durante casi 4 años de un grupo de mamás de del colegio de mis hijos. nos juntábamos, organizábamos actos escolares, eh compartíamos rifas, cumpleaños y en algún momento, sin que yo lo buscara, el grupo empezó a a girar alrededor de de hablar mal de una madre que no participaba mucho, que llegaba tarde a buscar a su hija, que según ella se creía superior.
Yo la conocía apenas, pero cada vez que el grupo empezaba a despedazarla, sentía una incomodidad física, como si me apretaran el estómago. Un día no aguanté más y dije, “Che, no la conocemos tanto como para hablar así de ella. Capaz está pasando algo que no sabemos. El silencio que se generó fue helado.” Alguien dijo entre risas incómodas, “Uy, Adriana, la abogada defensora.
” Y a partir de ese día algo cambió. Empezaron a cuidarse cuando yo estaba cerca, a bajar la voz, a cambiar de tema. Apenas yo me acercaba, me habían puesto una etiqueta sin decírmelo. La que juzga, la guafiestas, la que no se puede hablar libremente delante de ella. Y de a poco las invitaciones empezaron a espaciarse hasta que directamente dejaron de llegar.
Perdí ese grupo entero por negarme hablar mal de una mujer a la que ni siquiera conocía bien. Durante mucho tiempo me arrepentí de haber abierto la boca ese día. pensaba, “Si me hubiera quedado callada, todavía tendría ese grupo, todavía tendría con quien tomar un café los martes, todavía formaría parte de algo, pero después entendí algo más importante.
Si me hubiera quedado callada esa vez, me habría quedado callada la próxima y la próxima hasta convertirme en una versión de mí misma que ya no reconocería. El chisme funciona como pegamento social, lo escuché decir una vez y es verdad. Mantiene unidos a los grupos, les da tema de conversación. les da un enemigo común que los hace sentir aliados entre sí.
Y cuando alguien se niega a ser parte de eso, rompe algo que sostiene el grupo entero y el grupo, sin decirlo abiertamente, expulsa a esa persona. Yo no soy mejor que esas mujeres. No me creo superior, nunca me creí. Simplemente tengo una regla que aprendí de mi abuela. Si vas a hablar de alguien, háccelo con esa persona delante, no a sus espaldas.
Y esa regla tan simple, tan básica, me costó amistades, me costó pertenencia. Me costó sentirme parte de algo durante años, pero también me dejó dormir tranquila cada noche, sabiendo que nunca fui yo la que destrozó a alguien que no estaba ahí para defenderse. Y eh eso con los años empecé a valorarlo más que cualquier grupo de café de los martes.
La tercera cosa que entendí es que soy selectiva hasta el punto de parecer fría y durante años esa palabra fría me la dijeron tantas veces que empecé a creérmela. Una compañera de trabajo, Marta, se acercó a mí durante meses, me invitaba a tomar mates, me contaba detalles de su vida, esperaba que yo hiciera lo mismo.
Y yo en cambio, e mantenía cierta distancia cordial, amable, pero distancia al fin. No porque Marta me cayera mal, sino porque todavía no sabía si podía confiar en ella, si compartíamos algo más profundo que el trabajo, si esta era una amistad que iba a durar o una simpatía pasajera de oficina. Marta se cansó de esperar. Un día me dijo medio en broma, medio en serio, “Sos como un banco con la puerta blindada, Adriana, cuesta mucho entrar ahí adentro.
Me reí en el momento, pero esa frase se me quedó grabada durante años porque tenía razón en parte. Yo no abro mi vida a cualquiera. Necesito tiempo. Necesito ver cómo actúa una persona en distintas situaciones. Necesito confirmar que hay valores compartidos antes de bajar esa guardia. Y y eso para la mayoría de la gente que hace amigos con facilidad, que confía rápido, que abre su vida sin pedir garantías, resulta extraño, resulta lento, resulta hasta ofensivo.
Marta dejó de insistir después de unos meses y yo me quedé otra vez preguntándome si el problema era mi forma de cuidar mis vínculos o simplemente mi incapacidad de dejar entrar a alguien. Perdí contacto con Marta un tiempo después cuando ella cambió de trabajo, y durante meses pensé en esa frase, banco con la puerta blindada.
Me dolía, pero también sabía que no podía cambiar de la noche a la mañana algo tan arraigado en mí. Con el tiempo entendí que mi selectividad no nace de la desconfianza gratuita ni de sentirme mejor que nadie. nace de haber invertido en el pasado tiempo y cariño en relaciones que resultaron completamente vacías, relaciones donde yo daba mucho más de lo que recibía, donde al final del día no había nada real sosteniendo esa amistad.
Después de eso, aprendí tal vez de forma exagerada a cuidar en quién invertía mi energía. Y sí, eso significó rechazar, sin decirlo en voz alta, a mucha gente que quizás merecía una oportunidad. significó que muchas martas pasaran por mi vida sin que yo les abriera del todo la puerta. Y el precio de eso fue quedarme muchas veces sin nadie del otro lado esperando.
Pero también aprendí que las pocas veces que sí abría esa puerta, cuando encontré a alguien que pasó ese filtro tan estricto, esa relación resultó ser de las más sólidas de mi vida y empecé a preguntarme si prefería tener 20 martas pasajeras o una sola amiga real. Y cada vez, sin dudarlo, elegía la segunda opción, aunque eso significara pasar más tiempo sola de lo que hubiera querido.
La cuarta cosa que entendí de mí es que tengo una vida interna que no necesita compañía constante para sentirse llena. Y esto durante mucho tiempo la gente lo interpretó como tristeza, como aislamiento, como un problema que había que resolver. Mi hermana, por ejemplo, cada domingo me llamaba preocupada, Adriana, ¿estás bien? ¿Por qué no salís más? ¿Por qué no te juntas con alguien? Y yo del otro lado del teléfono estaba perfectamente bien, leyendo un libro, escribiendo en un cuaderno que nadie más iba a leer,
cuidando mis plantas, escuchando música durante horas sin hablar con nadie. Para mí ese tiempo no era vacío, era de los momentos más plenos de mi semana. Pero explicarle eso a alguien que mide el bienestar en cantidad de gente alrededor era casi imposible. Ella insistía en organizarme salidas, en invitarme a reuniones familiares extendidas, en meterme en grupos de mujeres de su barrio pensando que me estaba salvando de algo. Y yo agradecía, pero firme.
Decía que no, que estaba bien así. Y eso con el tiempo generó distancia también con mi propia familia porque interpretaba mi tranquilidad como sufrimiento disfrazado y mi negativa socializar como una señal de alarma que había que atender a toda costa en lugar de simplemente respetar que mi forma de estar bien era distinta a la de ellas.
Hubo una Navidad en particular donde esto llegó a un punto crítico. Toda la familia se había reunido y yo después de 2 horas sentí la necesidad de retirarme a un cuarto silencioso sola, unos minutos. Mi cuñado me siguió preocupado, pensando que me pasaba algo grave. Le costó entender que simplemente necesitaba ese silencio para poder volver a la reunión con energía, que no estaba huyendo de nadie, que no estaba deprimida, que solo necesitaba recargarme de una forma distinta a la de ellos. Esa escena se repitió con
variaciones durante años y aprendí que tener una vida interna rica en una cultura que mide la felicidad en fotos grupales y agendas llenas es motivo constante de sospecha. La gente asume que si estás sola es porque algo anda mal, porque nadie te quiere, porque no logras encajar. Y rara vez consideran que tal vez para algunas de nosotras la soledad elegida es simplemente otra forma de plenitud.
Con el tiempo dejé de justificarme tanto. Dejé de dar explicaciones largas sobre por qué prefería quedarme en casa un sábado leyendo antes que ir a una reunión social agotadora. Simplemente decía, “Estoy bien así.” Y aprendí a sostener esa frase, aunque incomodara a los demás, aunque me mirasen raro, aunque interpretaran mi paz como un problema que resolver.
Y llego a la a la quinta cosa, la que más me costó admitir en voz alta. No siempre fui así de cautelosa. Hubo una época cuando era más joven en que me entregaba por completo mis amistades, contaba todo, confiaba sin filtro, me abría sin medir el riesgo y tuve una amiga Beatriz con quien compartí casi 10 años de mi vida.
Le conté mis miedos más profundos, mis problemas de pareja, mis inseguridades como madre. Y un día descubrí por otra persona que todo lo que yo le había contado en confianza circulaba entre otro grupo de conocidas comunes, distorsionado, exagerado, usado en mi contra en más de una conversación. Cuando lo enfrenté ni siquiera lo negó del todo, solo dijo que a veces se le escapaban cosas.
10 años de confianza destruidos en una sola frase. Y eso me cambió, no de un día para el otro, pero sí de forma profunda y permanente. Empecé a medir cada palabra que compartía, a preguntarme antes de contar algo íntimo, si esa persona realmente merecía esa información a construir sin darme cuenta un muro cada vez más alto entre mi vida privada y cualquier vínculo nuevo que apareciera.
Y ese muro que me protegió de nuevas traiciones, también me alejó de posibles amistades genuinas que quizás nunca me habrían hecho lo que Beatriz me hizo. Durante años viví con ese muro en pie y la verdad es que funcionó en el sentido de que nadie más volvió a traicionarme de esa forma, pero también funcionó para mantenerme sola, porque la única forma de construir una amistad real es en algún momento bajar la guardia y yo ya no sabía cómo hacerlo.
Cada vez que alguien se acercaba con intención de conocerme más, yo sin darme cuenta ponía distancia, cambiaba de tema cuando la conversación se volvía íntima, evitaba compartir información que pudiera usarse en mi contra otra vez y eso aunque me protegía también me condenaba a relaciones superficiales porque nadie puede construir intimidad real con alguien que nunca se abre del todo.
Fue mi hija hace unos años la que me hizo ver esto con una sola frase. Me dijo, “Mamá, no todas son Beatriz.” Y esa frase me quebró porque tenía razón. Había generalizado una traición puntual a toda la humanidad femenina y en el proceso me había robado a mí misma la posibilidad de volver a confiar. Entendí tarde que la protección excesiva no es sabiduría, es miedo disfrazado de prudencia y que sanaría no significaba volver a confiar ciegamente como antes, sino aprender a confiar de nuevo, pero de a poco, con límites, observando antes de entregar y
aceptando que sí existe el riesgo de que me vuelvan a lastimar, pero que ese riesgo es el precio de tener algún día algo real. Hoy con 54 años tengo una sola amiga verdadera, se llama Norma. La conocí hace 8 años en un curso de cerámica y tardé casi 2 años en dejarla entrar de verdad. Con ella no hablo del clima, no hablo mal de nadie que no esté presente, no finjo interés en cosas que no me importan.
Con ella puedo estar en silencio y sentirme acompañada o hablar 4 horas seguidas y sentir que el tiempo no alcanzó. Y durante mucho tiempo pensé que tener solo una amiga sí era un fracaso, una prueba de que algo en mí no funcionaba bien socialmente. Pero ahora mirando hacia atrás entiendo que que no es un fracaso, es una elección, aunque durante años haya sido una elección hecha desde el miedo más que desde la libertad.
Y si me estás escuchando y te reconociste en algo de lo que conté, quiero decirte algo importante antes de cerrar esta historia. Revisa con honestidad si tu soledad es una elección en paz o una protección desde el miedo, porque hay una diferencia enorme entre elegir la profundidad por sobre la cantidad y aislarte porque una herida vieja todavía sangra.
Yo tardé demasiados años en distinguir esas dos cosas y ojalá vos no tardes lo mismo. Si tuviera que resumir estos 54 años en una sola frase, sería esta. No hay nada mal en necesitar profundidad, en negarte al chisme, en ser selectiva, en disfrutar tu propio silencio, en ser cautelosa después de de una traición.
Lo que sí hay que revisar con honestidad y sin autoengaño es si esas características se convirtieron en una prisión o si genuinamente son el reflejo de quién sos. Yo elegí finalmente sanar lo que tenía que sanar y aceptar en paz lo que forma parte de mi naturaleza. Yo hoy aunque tenga una sola amiga, la tengo de verdad y eso vale más que todas las que dejé ir en el camino.
Así que te dejo con esta pregunta para que la pienses después de escuchar todo esto. Tu soledad es una elección que te hace bien o es una protección que ya no necesitas y que te está costando la vida que en el fondo querés tener? Déjame tu respuesta en los comentarios, contame tu historia, contame si vos también sos de las que tienen pocas o ninguna amiga y por qué.
Y si esto que conté hoy te tocó de alguna forma, suscribite a este canal porque acá vamos a seguir hablando de estas historias, de las mujeres que no encajan en el molde, de las que eligieron con miedo o con paz, un camino distinto. Nos escuchamos en el próximo