Llenó 3 Hectáreas de Nopal Mientras Todos Vendían Ganado — Después Ellos Rogaron una Penca

Un hombre que tenía 96 vacas terminó con el sombrero en la mano frente a una mujer que tenía 28 pidiéndole una penca de nopal. Una penca, la misma planta de la que se había reído 4 años antes. Si alguna vez alguien se rió de tu trabajo sin entender lo que estabas haciendo, quédate porque esta historia es tuya.

El día que todo empezó, el camino de terracería parecía un funeral. Camioneta tras camioneta, cargadas de vacas flacas, todas rumbo a la subasta. El polvo no alcanzaba a sentarse entre una y otra. Olía a tierra quemada y a diésel. El sol de julio caía derecho sin una nube que lo estorbara. Y a un lado de ese camino, hincada en la tierra, una mujer hacía exactamente lo contrario que todos.

No estaba vendiendo, no estaba empacando, estaba enterrando pencas de nopal una por una. Las paraba, les enterraba un tercio, las apisonaba con las dos manos partidas por el sol. A su lado, un muchacho de 14 años empujaba una carretilla llena de pencas. Los que pasaban bajaban la velocidad para verla. Algunos se reían, otros no más movían la cabeza.

Como se mueve la cabeza frente a alguien que ya no tiene remedio, ellos huían de la seca. Ella estaba sembrando justo en medio de ella. ¿Qué había visto esa mujer que 96 vacas de experiencia no alcanzaban a ver? El primero en decírselo en la cara fue Crescencio Benco, su vecino más cercano, un hombre de 61 años que tenía el ato más grande de la ranchería, 96 cabezas, detuvo su camioneta en el camino de terrería a la orilla de la parcela y se quedó viéndola un rato antes de hablar.

Trinidad, le dijo por la ventana, el nopal es monte. El monte no se siembra. El monte se tumba para que crezca el pasto. Ella siguió apisonando tierra y con cerco nuevo y todo, dijo Crescencio, moviendo la cabeza. Le pusiste alambre a las espinas. Arrancó la camioneta y se fue despacio sin prisa, como quien ya vio el final de la película.

El segundo fue Genaro Quiñones, el comprador de ganado. Fue en la subasta el día que Trinidad vendió seis becerros para juntar el dinero. Genaro contó los billetes, se los entregó y cuando supo para qué eran, se rió sin ganas de ofender. “Con esto te alcanza para 4 meses de pacas.” Le dijo, “¿Y lo vas a gastar en pencas? Vas a comprar espinas, Trinidad. Espinas.

El tercero fue el que más le dolió. Filemón Chacón, su cuñado, el hermano de su difunto esposo, se la topó en la agropecuaria cuando ella estaba pagando los rollos de alambre. Filemón vio la nota, vio la cantidad y dijo lo único que podía atravesarla de lado a lado. Ramiro no hubiera hecho esto. Trinidad recogió su cambio, cargó el alambre a la troca ella sola y no contestó.

Trinidad Olivas tenía 39 años. Vivía en la ranchería Ojo de Agua, municipio de El Saucillo, en un rancho de 62 haáreas de agostadero con 28 vacas, una casa de adobe y un Hawei que se secaba casi todos los inviernos. 3 años antes, su esposo Ramiro Chacón había muerto en ese mismo camino de terracería. Venía de fuera, de noche, con la troca cargada de pacas que había ido a comprar a 2 horas de distancia, porque aquel año tampoco llovió.

se volcó en la curva del arroyo seco. La pastura que traía se regó por todo el camino. Trinidad no lloraba de eso en público, pero desde entonces tenía una idea clavada como espina. Su marido había muerto trayendo de lejos la comida que su propia tierra no daba. Se quedó sola con el rancho y con Salvador, su hijo de 14 años, y se quedó con esa espina.

La idea no le cayó del cielo, la fue a buscar. Un año antes de sembrar, Trinidad pasó seis semanas en Coahuila, cuidando a su hermana Amalia después de una operación. Elegido donde vivía Amalia era más seco todavía que Ojo de agua. Y sin embargo, un viejo de ahí, donabundio, tenía las vacas más llenitas del rumbo.

Trinidad lo vio una mañana picando algo verde sobre un tronco de mezquite. Era nopal, pero un nopal distinto, sin espinas, de penca ancha y lisa, de un verde más claro. “Nopal forrajero”, le dijo el viejo. “Nopal para el ganado!”, Ella le preguntó todo y todo lo apuntó en una libreta de 40 hojas que llenó completa. Cuando quiso pagarle por lo enseñado, don Abundio no aceptó ni un peso.

No más le dijo, “Prométame una cosa, muchacha. El día que alguien llegue a pedirle, usted tampoco cobre.” Ella lo prometió. Esto fue lo que aprendió y es la clave de toda esta historia. El nopal es casi pura agua. De cada 10 kg de penca, nueve son agua. Es como sembrar tinacos que se llenan solos con las lluvias de julio y guardan esa agua todo el año.

Cuando la seca aprieta y el pasto se muere, el nopal sigue ahí verde con el agua guardada adentro. Una vaca que come nopal picado come y bebe al mismo tiempo. Toma la mitad del agua del Hawei porque la otra mitad ya venía en la penca. Pero había reglas y donabundio se las repitió tres veces. Primero, el nopal solo no alimenta.

Afloja el estómago del animal. Hay que revolverlo con algo seco, rastrojo o pasto viejo y un puño de sal. Es como el café, solo te lava el estómago, pero con pan te sostiene la mañana. Segundo, se siembra la penca parada con un tercio enterrado, con la cara ancha, mirando al oriente y al poniente para que el sol de mediodía le pegue de filo y no la queme.

Tercero, y esto se lo dijo mirándola a los ojos. En la ladera muchacha, nunca en el vajío. El frío es como el agua. Corre para abajo y se junta en lo plano. De regreso, en Ojo de agua, Trinidad fue a la oficina del municipio y el ingeniero Reyes, el técnico del gobierno, le consiguió dos folletos del campo experimental que decían con números lo mismo que don Abundio decía con años.

Entonces hizo cuentas en la mesa de su cocina. Vendió seis becerros en 7,800 gastó 4,200 en las pencas y el flete desde Coahuila. 12,600 pencas de nopal sin espinas. Gastó 100900 en alambre porque una nopalera tierna sin cerco se la comen sus propias vacas y las liebres en un mes.

Lo demás se fue en gasolina y en clavos. Y en julio, cuando cayeron las primeras aguas, ella y Salvador sembraron las 3 hectáreas. 11 días de que aclaraba a que oscurecía. 12,600 pencas, una por una. El primer golpe llegó a las tres semanas. Salvador fue el que lo vio. Llegó corriendo a la casa una tarde. Amá, se están comiendo las pencas. ¿Quién? Las liebres.

Están mordidas de abajo. Un montón. Trinidad caminó las hileras esa misma tarde contando. 312 pencas mordidas hasta el corazón. Esa noche no durmió. Al día siguiente, ella y Salvador colgaron botes de lámina en el alambre, que sonaban con el viento, y sembraron de vuelta las perdidas con las pencas que habían sobrado.

¿Y si no prenden, amá?, preguntó Salvador una tarde con las manos en la tierra. Trinidad jaló una penca sembrada un mes antes, aguantó, escarvó con los dedos en la base y le enseñó al muchacho una raicita blanca delgada, como hilo de coser. Ya prendieron, hijo. Ya están agarradas. Para septiembre, cuando se acabaron las lluvias, la nopalera entera había echado raíz.

Pero en las noches, cuando el aire empezó a enfriar, a Trinidad le volvía la voz de donabundio, nunca en el vajío. Y ella, por buscar la tierra más suave, había sembrado casi media hectárea en lo plano. Le iba a cobrar el frío esa decisión le cobró. En enero, cayó una helada negra, de esas que queman hasta el mesquite. El termómetro de la agropecuaria marcó 6 gr bajo cer.

Trinidad salió al amanecer con el aliento hecho vapor y caminó derecho al vajío. Las pencas de lo plano estaban negras, aguadas, las tocaba y se sentían como trapo mojado. Contó 486 plantas quemadas. Las de la ladera, 20 pasos más arriba, estaban paradas, firmes, verdes, 20 pasos de diferencia. El frío había corrido cuesta abajo, como agua, exactamente como el viejo le dijo.

Ese domingo a la salida de misa, Crescencio ven cómo se le emparejó en el atrio. Supe que se te heló el nopal, dijo con media sonrisa. El del vajío contestó ella. El de la loma está entero. Crescencio se quedó callado un segundo de más y luego preguntó algo que ya no era burla. Todo el de la loma aguantó todo.

Él se acomodó el sombrero y se fue con su familia, pero Trinidad notó que antes de subirse a la camioneta, volteó hacia el rumbo de la nopalera. En marzo, las plantas quemadas retoñaron desde la base. El nopal no se había muerto, se había agachado. Pero una cosa era que retoñara y otra muy distinta, que 3 hectáreas pudieran mantener vivas a 28 vacas cuando de veras hiciera falta.

Eso todavía nadie lo sabía ni ella. La primera prueba de verdad fue en el cuarto año. Para entonces, las plantas ya le pasaban de la cintura, gruesas, cargadas de pencas nuevas. Una mañana de abril, Trinidad cortó 60 pencas. Las picó con el machete sobre un tronco de mezquite, el mismo sonido húmedo que le había oído a don Abundio, y las revolvió con rastrojo y un puño de sal en la canoa de cinco vacas apartadas.

Las vacas olieron aquello y se retiraron. El primer día no comieron. El segundo día, una vieja pinta le entró. Al tercer día, las cinco peleaban por la canoa. Entonces, Trinidad hizo la medición que traía planeada desde Coahuila. Marcó con la navaja el nivel del agua en la pileta de esas cinco vacas. En una semana normal bajaba cuatro dedos por día.

Con el nopal bajó dos, la mitad del agua. Ahí estaba, medido con navaja en el cemento. Sus vacas se estaban bebiendo la lluvia del año pasado, guardada en las pencas. Unos días después se topó a Crescencio en la gasolinera del pueblo. Él andaba llenando dos tambos de agua en la caja de su troca porque suwei venía abajo desde el invierno.

Vio la camioneta de Trinidad cargada de pencas picadas y ya no se aguantó. ¿De veras se lo comen? Pregúntales a ellas, dijo Trinidad y se subió a su troca. Ese mayo el cielo se quedó limpio, ni una nube. Los viejos de ojo de agua empezaron a decir en la tienda que el año venía bravo. Trinidad caminaba su noalera al atardecer y hacía la única cuenta que no se podía hacer en papel.

Si la lluvia no llegaba de verdad, alcanzarían 3 haáreas para lo que venía. Si tú crees que en el campo la paciencia todavía vale más que la prisa, suscríbete al canal porque lo que pasó ese año en Ojo de Agua nadie lo ha olvidado. Ese año no llovió. En un año normal, en Ojo de Agua caen como 350 mm de agua. Ese año cayeron 143.

Junio pasó seco, julio pasó seco, en agosto cayeron dos aguaceros que no alcanzaron ni a asentar el polvo. Para octubre, los jagüeyes de la ranchería eran platos de lodo cuarteado. El pasto se puso color de cartón, se quebraba bajo las botas. La paca de rastrojo que costaba 18 subió a 39 y para diciembre estaba a 55 cuando había y empezó lo que todos los de campo conocen y ninguno olvida, la venta forzada.

Crescencio Bencoo, vendió 52 de sus 96 cabezas en la subasta a precio de gancho, casi a la mitad de lo que valían. 30 años de criar ese ganado y lo vio salir en tres camiones ajenos. Los que estuvieron ahí cuentan que se quedó parado junto al corral de la subasta hasta que el último camión se perdió en el polvo y que no habló con nadie. Filemón Chacón vendió todo, las 19 vacas, no le quedó ni una.

Un hombre de 54 años con la mitad de la vida metida en ese ato firmando la venta con la mano temblorosa. Genaro Quiñones compraba y compraba, pero hasta él andaba serio. No es negocio comprar así, le dijo a alguien en la subasta. Esto es un velorio. Y mientras tanto, en el rancho de Trinidad Olivas, la rutina era esta, las 4:30 de la mañana.

Ella y Salvador entraban a la nopalera con machete y carretilla. Cortaban 900 kg de penca al día, nunca más. Para no matar las plantas, siempre las pencas de arriba. Nunca las madres picaban sobre el tronco de mezquite. Revolvían 30 kg de nopal picado por vaca, 2 kg de rastrojo, un puño de sal. Las 28 vacas de Trinidad comían dos veces al día y bebían 20 L en vez de 45 porque la otra mitad del agua venía adentro de la penca.

Suwei, el mismo que se secaba casi todos los años, aguantó porque le pedían la mitad. Cuando llegó el destete, la diferencia ya no era opinión, era báscula. Los becerros del municipio salieron pesando 140 kg en promedio los que salieron. Los 22 becerros de Trinidad pesaron 190. En medio del peor año que se recordaba, sus vacas tenían lomo, tenían panza llena.

Al mediodía se echaban a rumear a la sombra, tranquilas, como si la seca fuera cosa de otro rancho. La gente que pasaba por el camino ya no se reía. Detenían la camioneta y miraban. El primero fue Crescencio. No avisó. No llegó en camioneta, llegó a pie, 2 km de camino con el polvo hasta las rodillas, una mañana mientras Trinidad andaba adentro de la nopalera cortando, y ella no lo oyó llegar.

Cuando se enderezó con el machete en la mano, ahí estaba del otro lado del alambre. El sombrero ya lo traía en la mano desde antes de hablar. Trinidad, dijo, “vengo a pedirte una penca.” Ella se limpió el sudor con la manga. Una penca no te sirve de nada, Crescencio. El hombre agachó la cabeza y entonces ella terminó.

Llévate 500, pero me las siembras en la ladera, nunca en el vajío, y les pones cerco antes de enterrar la primera. Crescencio la miró un rato largo. ¿Por qué me las regalas? Porque a mí me las enseñó un viejo que no me cobró nada, no más me hizo prometer que yo tampoco cobraría. El segundo fue Genaro Quiñones. Llegó al corral de Trinidad en época de Destete con su libreta de comprador y estuvo callado un rato viendo los becerros.

Te pago 15% arriba del precio”, dijo. “por todos y el año que entra también”. Ella asintió. Genaro cerró la libreta y antes de subirse a la troca dijo la frase que después repitió medio municipio. “Llevo 20 años comprando ganado, Trinidad. Siempre creí que la seca la aguantaba el que tenía más dinero.

No la aguanta el que sembró agua. El tercero tardó más. Filemón mandó primero un recado con doña Petra, la de la tienda, que si podía pasar a verla. Y llegó de noche, ya cenados, tocando la puerta de la cocina despacito, como quien no está seguro de tener derecho. Se sentó a la mesa, no podía verla a los ojos. Salvador le sirvió café y se salió.

Te dije aquello de Ramiro dijo Filemón por fin en la agropecuaria. No lo debí decir. Trinidad le dio vuelta a su taza un momento antes de contestar. Ramiro se murió trayendo pastura de fuera. Filemón. Yo sembré para nunca más tener que traerla. Tu hermano hubiera entendido esto antes que todos ustedes.

Filemón lloró en esa mesa calladito, como lloran los hombres de campo. Cuando se fue, llevaba en la caja de la troca 300 pencas y una copia de la libreta de Coahuila, pasada a mano por Salvador. Al año siguiente, cuando volvieron las lluvias, había tres nopaleras nuevas en ojo de agua, dos hectáreas de Crescencio, media de Filemón y una del muchacho de los Olguin, que fue el primero en llegar sin haber dudado nunca, porque tenía 15 años y ninguna costumbre vieja que defender.

5 años después de la seca grande había 14 nopaleras en el municipio de El Saauillo. El ingeniero Reyes organizó un taller en la cabecera al que llegaron 60 rancheros de tres municipios y la que pasó al frente a explicar cómo se pica, cómo se revuelve y por qué nunca en el vajío, fue una mujer de ojo de agua con una libreta de 40 hojas.

Y a nadie de los que llegaron después les cobró una sola penca. Se lo había prometido a un viejo de Coahuila y lo cumplió toda la vida. La nopalera de Trinidad hoy tiene 5 hectáreas. Salvador, que ya es un hombre, corta cada amanecer sobre el mismo tronco de Mezquite. Y cuando años después vino otra seca, porque en el norte la seca siempre vuelve, las laderas de ojo de agua se quedaron verdes, donde antes todo era color de cartón.

Todo eso empezó con una mujer hincada junto a un camino, enterrando pencas, mientras el mundo entero pasaba en sentido contrario. Todos vieron espinas. Trinidad vio agua sembrada. Porque en la seca no gana el que tiene más vacas, gana el que guardó la lluvia cuando el cielo todavía la daba.

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