¿Quiénes fueron los papas más pecadores? A lo largo de la Edad Media, en la Iglesia Católica ha habido papás reformistas, papás guerreros y papas diplomáticos. Pero también ha habido papas que, rodeados de mujeres, bebían hasta perder el conocimiento. Papas que trataban su cargo como si fuera una carta Pokémon y papas que cometieron atrocidades propias de una novela de Stephen King.
Hoy vamos a hablar de ellos. Vamos a conocer sus actos más crueles, su corrupción y, en definitiva, sus peores pecados. Adentrás conmigo en este nuevo capítulo de la historia medieval que no te va a dejar indiferente. Un documental histórico que no podría haber sido posible sin la estimable ayuda de estas maravillosas personas que aparecen en pantalla y que me apoyan en Patreon mensualmente.
Si tú también quieres respaldar este proyecto, tienes un link a mi Patreon en la descripción de este vídeo. Así que ahora sí, sentaos, relajaos, porque estos son los cinco papas más pecadores de la Edad Media. Muy buenas a todos, soy escocés y antes de bajar al barro conviene entender de qué estamos hablando exactamente.
Empecemos por la pregunta más básica de todas. ¿Qué es un Papa? En teoría, el Papa es el obispo de Roma, sucesor del apóstol Pedro y máxima autoridad de la Iglesia Católica. Para los creyentes es el vicario de Cristo en la tierra, es decir, el intermediario entre Dios y la humanidad. Para los historiadores, también es el jefe de uno de los estados más influyentes de la historia de Europa.
Y eso, como ya te estás imaginando, es muchísimo poder. Desde que la tradición reconoce a Pedro como el primer Papa, en torno al 33 después de Cristo hasta hoy, la Iglesia enera más de 260 pontífices. Algunos duraron años y otros apenas días. El récord de papado más breve pertenece a Urbano VI que gobernó 13 días en 1590 antes de morir de malaria.
El más largo fue el de Pío 9, que ocupó el cargo durante casi 32 años en el siglo XIX. Pero ahora bien, ¿por qué importaba tanto el papado en la Edad Media? Para entenderlo, tenemos que prestar atención al panorama religioso de la época. Durante los siglos medievales, el cristianismo católico dominaba de manera casi absoluta una Europa occidental.
No había separación entre iglesia y estado tal y como lo entendemos hoy. Los reyes dependían de la legitimidad que les otorgaba la iglesia y excomulgar un monarca era literalmente una sentencia política de muerte. En término de seguidores y no me refiero a los de Instagram, el mundo medieval ya era un escenario de grandes religiones.
El Islam, que emergió en el siglo se extendió con extraordinaria rapidez por Oriente Medio, el norte de África y la península ibérica, reuniendo en torno a los siglos X y X entre 60 y 80 millones de creyentes. El cristianismo en sus diversas formas, entre ellas el catolicismo romano y el cristianismo ortodoxo oriental, era la religión mayoritaria en Europa, con cifras similares o algo superiores.
Y el judaísmo, aunque con una población mucho menor numéricamente, mantenía una presencia significativa y culturalmente influyente en todo el mundo mediterráneo. Hoy en día las cifras son muy distintas. El Islam cuenta con aproximadamente 100 millones de seguidores. El cristianismo en todas sus denominaciones supera los 2,400 millones y el judaísmo ronda los 15 millones de personas en todo el mundo.
Pero en la Edad Media, el Papa de Roma era el eje sobre el que giraba prácticamente toda la política europea y eso lo hacía un cargo enormemente apetecible para las familias nobles que querían controlar el continente. Esto, como vamos a ver a continuación, tenía consecuencias previsibles, aunque casi indescriptibles. Juan 12.
Empecemos con uno de los clásicos. Juan 12, el Papa que demostró que la edad mínima para asumir la responsabilidad más importante del mundo cristiano medieval era un detalle menor cuando se nació hacia el año 937 con el nombre de Octaviano, hijo de Alberico II de Espoleto, uno de los señores más poderosos de Roma y gobernante de facto de la ciudad.
Su familia, los condes de Tusculo, llevaban décadas controlando la política romana con Mano de Hierro. Cuando Alberico Segundo murió en el 954, dejó escrito en su testamento, sin disimula alguno, que su hijo debía convertirse en el próximo papa, su hijo, que tenía en ese momento aproximadamente 17 años. Que así se escriba y así se cumpla.

En el 955, con entre 16 y 18 años, según las fuentes, Octaviano se convirtió en Juan XI, uno de los papas más jóvenes de la historia. Su pontificado estuvo marcado desde el principio por la inestabilidad política que caracterizaba la Italia del siglo X. Roma era en aquella época un campo de batalla constante entre los grandes familias nobles italianas y las ambiciones expansionistas del nacimiento del Sacro Imperio Romano Germánico.
Para proteger sus territorios en el centro de Italia, Juan X tomó una decisión que cambiaría la historia de Europa. En el año 962 coronó como emperador al rey Sajón Otón Iero el Grande, dándole así a la Iglesia un poderoso aliado militar. El problema es que Otón no era precisamente el tipo de aliado que se sienta y espera instrucciones.
Pronto quedaría muy claro que el nuevo emperador quería controlar el papado y Juan XI, que había invitado al lobo a su casa, intentó cambiar el bando y conspirar contra Otón. El resultado fue desastroso. Otón convocó un sínodo en Roma. Juan huyó y en su ausencia fue de puesto. Pero lo que realmente hizo famoso a Juan X no fue su torpe política exterior que le costó el puesto, fue su reputación personal.
Los cronistas de la época, y hay que reconocer que no todos eran imparciales y algunos escribían desde una posición claramente hostil, le describían como un hombre entregado al juego, la bebida y una vida sexual que rozaba lo escandaloso para los estándares de un pontífice. El historiador lutando de Cremona, uno de sus contemporáneos más prolíficos y también uno de sus críticos más encarnizados, relató con evidente deleite las supuestas aventuras del joven papá.
Que se brindaba por el que se invocaba Jupiter y Venus durante los juegos de dados, que si el palacio de Letrán se había convertido en algo más parecido a un lupanario que una sede eclesiástica. Por cierto, si no sabéis, el palacio de Letrán era la residencia pontificia de aquella época. Ahora bien, el historiador alemán Johannes Haller, uno de los grandes estudiosos del papado medieval, advirtió que muchas de las acusaciones contra Juan XI deben leerse con cautela, puesto que fueron escritas por sus enemigos políticos después de su deposición.
La demonización de un gobernante derrotado era en la Edad Media un deporte con mucha práctica y poca ética. Sin embargo, otros historiadores como Ferdinand Gregorovius en su obra Historia de la ciudad de Roma en la Edad Media reconocieron que el patrón de comportamiento descrito por múltiples fuentes independientes, no todas hostiles, apunta a un pontífice que como mínimo no se tomaba demasiado en serio eso de los votos de castidad.
Vamos, que el hombre tenía bastante vicio, pero probablemente lo más destacable es lo que se decía al respecto de su muerte. Algunas fuentes hablan de unictus y otras de causas naturales, pero la versión más famosa afirma que Juan X murió en el 1964 tras ser sorprendido en la cama con la esposa de un noble romano, quien supuestamente le propinó una paliza incompatible con la vida, ya sabes, la verdad exacta permanece incierta, pero si vivió como cuentan las crónicas, hay que reconocer que al menos murió de forma coherente con su
biografía. Y ahora vamos al siguiente papa, que la cosa se empieza a poner muy seria. Esteban vi hay pecados de lujuria, hay pecados de codicia y de orgullo. Y luego está lo que hizo Esteban VI. Porque si Juan X nos sorprendió con sus supuestos escándalos personales, Esteban VI nos ofrece algo completamente diferente, el pecado de la venganza llevado hasta sus últimas consecuencias.
Y cuando digo últimas consecuencias, digo hasta el punto de convertirse en uno de los episodios más grotescos y más perturbadores de toda la historia de la iglesia. Para entender cómo se llegó a la aberración, que os voy a contar a continuación, hay que retroceder unos cuantos años hasta finales del siglo IX, cuando Roma era un polvorín.
Las grandes familias aristocráticas se disputaban el control de la ciudad con una violencia que haría paridecer a los guionistas de Juego de Tronos. Los papas duraban poco, algunos meses y a veces semanas, y su elección dependía en gran medida de qué facción nobiliaria tenía más espadas disponibles en ese momento.
Y en este escenario entró en escena el Papa Formoso. Formoso fue un pontífice activo y políticamente arriesgado que intervino en las luchas por el trono imperial, apoyando a distintos candidatos en diferentes momentos. Uno de sus principales enfrentamientos fue con Lamberto de Espoleto y la poderosa familia de los Espoletos que controlaban gran parte del centro de Italia.
Cuando Formoso murió en abril del 896, la familia Spoleto recuperó su influencia en Roma y entonces llegó al papado Esteban VI, un hombre estrechamente vinculado a esa facción. Pues bien, Esteban tenía una cuenta pendiente con el difunto Formoso o más exactamente la facción Poleto tenía una agenda política que Esteban estaba dispuesto a seguir al dedillo.
Para desacreditar completamente las decisiones del Papa anterior, incluyendo las coronaciones imperiales y las ordenaciones sacerdotales que Formoso había realizado, era necesario declararlo indigno, condenarlo y destruir todo su legado. El único problemilla así sin importancia era que Formoso llevaba muerto aproximadamente 9 meses y ante ese pequeño escollo en el camino, Esteban encontró lo que podemos catalogar como una solución creativa.
En enero del 897, Esteban ordenó exumar el cadáver de Formoso. Lo desenterraron, le pusieron las vestiduras pontificias y lo sentaron en el trono de la sala del sínodo. Aunque hasta aquí ya se le puede considerar a esto una auténtica locura, no pasaba nada porque se nombró a un diácono para que respondiera en nombre del cadáver.
Cuando comenzó el juicio, Esteban VI se paseaba por la sala lanzando acusaciones al cuerpo sin vida de su predecesor. Este episodio pasó a la historia con el nombre de sínodo del cadáver o en latín sínodus horrenda, el sínodo horrible. Y hay que reconocerles que los propios contemporáneos lo llamaron así, lo cual pues ya dice bastante sobre el tema.
El juicio terminó exactamente como cabía esperar con la condena póstuma de Formoso. Y si todavía no te parecía suficiente, bueno, pues después se le anularon todas sus decisiones papales, le arrancaron los tres dedos de la mano derecha que utilizaba para bendecir, lo despojaron de sus vestiduras pontificias, lo envolvieron en ropa de penitente y arrojaron el cuerpo al río TER.
El historiador Walter Ullman en su obra sobre el papado medieval describe el sínodo del cadáver como una de las expresiones más extremas de la instrumentación política del papado, subrayando que lo que Esteban VI perseguía no era justicia canónica, sino la anulación de una política que amenazaba los intereses de su facción. Esto, yo creo que era la corrupción en su máximo exponente.
El resultado, sin embargo, pues no fue el que Esteban esperaba. El espectáculo causó un gran horror generalizado entre todos los romanos. Incluso en una época acostumbrada a la violencia política, profanar el cadáver de un papa fue ya demasiado. La opinión pública se volvió contra Esteban. Pocos meses después fue derrocado por una revuelta popular, encarcelado y finalmente estrangulado en prisión hacia finales del 897.
Y como máxima ironía, poco tiempo después, otros papás anularon el juicio, rehabilitaron la memoria de Formoso y declararon inválidas todas las decisiones tomadas en el sínodo del cadáver. Es que si lo piensas es hasta gracioso. Esteban dedicó su pontificado a destruir el legado de un muerto y terminó con su propio legado completamente destruido y él muerto.
Urbano sexto. Si los dos primeros casos nos hablan de escándalos personales y locura política, el tercero nos habla de algo quizá más inquietante, lo que ocurre cuando alguien con problemas serios de carácter llega al poder máximo. Bartolomeo Prignano nació en Nápoles hacia el 1318 en el seno de una familia de clase media sin especial relevancia noble.
Hizo carrera a la iglesia a través de la vía más habitual, trabajo, estudios, contactos y ascensos graduales. Fue arzobispo de Acerenza y luego de Bari y se ganó una reputación de administrador eficiente y un hombre austero, casi escético. En 1378 fue elegido Papa con el nombre de Urbano VI y aquí es donde empezaron los problemas.
Pero para entender correctamente lo que ocurrió, hay que comprender el contexto en el que Urbano fue elegido. La Iglesia llevaba décadas instaladas en Aviñón, en el sur de Francia, bajo una influencia creciente de la corona francesa. Cuando en 137 el Papa Gregorio X devolvió la sede de Pontificia a Roma, murió poco después y el cónclave que eligió a Urbano fue el primero celebrado en Roma en más de 70 años.
La presión popular romana era enorme. La gente exigía un papa italiano o al menos no francés. Los cardenales, mayoritariamente franceses, cedieron y eligieron a Urbano y luego pues luego se arrepintieron casi de inmediato. Urbano VI empezó su pontificado con ambiciones reformadoras que en otro hombre pues podrían haber sido admirables.
Quería combatir la corrupción, reducir el lujo excesivo del clero y recuperar la autoridad moral de la iglesia. Y hasta aquí pues todo bien, ¿no? Todo correcto. El problema era el método en el que lo iba a hacer. El Papa comenzó a mostrar un carácter extraordinariamente irascible. Insultaba públicamente a los cardenales durante los consistorios, que eran las reuniones oficiales del colegio cardinalicio, les gritaba y los humillaba delante de otros dignatarios.
El cardenal Pedro de Luna, que más tarde se convertiría el mismo en el antipapa, describía Urbano como un hombre que no sabía moderar sus palabras ni su temperamento. Pero la situación escaló drásticamente cuando un grupo de cardenales, mayoritariamente franceses, decidió que la elección de Urbano había sido inválida por haberse realizado bajo presión popular y decidieron abandonar Roma.
En agosto de 1378 eligieron un nuevo papa, Clemente VI, que instaló su sede en Aviñón. Comenzaba así el cisma de Occidente, una de las crisis más profundas de la historia de la iglesia. Venga, va, un pequeño paréntesis y vamos a ver rápidamente qué era esto del cisma. El cisma de Occidente entre el 1378 y el 1417 fue el periodo durante el cual la Iglesia Católica tuvo simultáneamente dos papas, en algunos momentos incluso tres, que se escomulgaban mutuamente y que competían por la obediencia de los reyes europeos.
Francia, Escocia, Aragón y Castilla reconocieron a los papas de Aviñón. Inglaterra, el Sacro Imperio, Portugal y buenas partes de Italia reconocían a los papas de Roma. El teólogo y filósofo Jean Garson, rector de la Universidad de París y uno de los grandes intelectuales de su época, definió el cisma como la enfermedad más grave que jamás había sufrido el cuerpo de la iglesia.
Este hombre dedicaría gran parte de su vida a buscar una solución, pero esta solución no llegaría hasta el concilio de Constanza entre el 1414 y el 1418, que depuso o aceptó la renuncia de los pretendientes existentes y eligió un nuevo Papa universalmente reconocido. Vale, y ahora que sabemos más o menos que era la historia esta, pues volvamos con Urbano VI porque aún no hemos llegado a la parte más oscura.
En 1385, seis cardenales fueron acusados de conspirar contra Urbano. El Papa ordenó su arresto y algunos fueron sometidos a tortura. Y es aquí donde las crónicas se vuelven especialmente inquietantes. Según diversas fuentes de la época, entre ellas el cronista Adam de Usk, Urbano escuchaba los gritos de los torturados desde su ventana mientras rezaba y en algunas ocasiones se quejó de que los gritos no eran lo suficientemente altos.
Al menos cinco de esos seis cardenales arrestados murieron durante el cautiverio o fueron ejecutados. El historiador Francis Oakley en su estudio sobre el papado medieval señaló que incluso descontando las posibles exageraciones de los cronistas hostiles a Urbano, el patrón de comportamiento documentado por múltiples fuentes independientes apunta a un hombre que había perdido todo contacto con los límites del poder legítimo.
Urbano VI murió en 1389, posiblemente envenenado, aunque tampoco está esto del todo claro, y dejó tras de sí una iglesia dividida que tardaría casi 30 años más en reunificarse. Benedicto 9. Llegados hasta aquí, ya hemos visto necrofilia judicial, paranoia violenta y escándalos de Alcoba. Pero ahora toca hablar de alguien que consiguió algo verdaderamente singular en la historia del papado, ser papa tres veces.
Y no por sus méritos ni por sus virtudes, sino porque el poder de la familia era tan descomunal que lograron colocarla en el trono de San Pedro, perderlo, recuperarlo, volverlo a perder y volver a recuperarlo. Benedicto 9 nació hacia el año 2012 con el nombre de Teofilacto de los Condes de Tusculo. Sí, la misma familia de Juan XI, porque en la Roma medieval el nepotismo era prácticamente una institución.
Llegó al papado alrededor del 1032 siendo extraordinariamente joven. Las estimaciones varían. Algunos historiadores le dan 18 años en el momento de su elección, otros quizás 20 o poco más. Incluso algunos cronistas medievales posteriores llegaron afirmar que tenía apenas 12 años, aunque la mayoría de historiadores modernos coinciden en que esta cifra está altamente exagerada.
En cualquier caso, era un hombre muy joven gobernando la institución más poderosa del mundo occidental, que podría salir mal. Pues ya te digo yo que prácticamente todo. El monje reformador eclesiástico San Pedro Damián, que fue testigo directo de parte del pontificado de Benedicto y uno de los grandes impulsores de la reforma gregoriana, lo describió en términos devastadores.
En su obra Liberrianus, Pedro Damián le acusa de entregarse a toda clase de vicios y excesos, incluyendo comportamientos que el autor describía con una mezcla de horror sincero y una retórica polémica. un demonio salido del infierno, disfrazado de sacerdote. Ahora bien, como siempre, hay que contextualizar. Pedro Damián era un reformador radical que veía la corrupción clerical en todas partes y sus escritos sobre Benedicto 9 tienen una clara interpretación política.
Pero incluso los historiadores que desconfían de sus exageraciones reconocen que el pontificado de Benedicto fue excepcionalmente turbulento. Venga, vamos allá. Su primer mandato duró desde el 1032 hasta el 104 cuando una revuelta popular lo expulsó de Roma. Fue sustituido temporalmente por Silvestre Tercero que duró en el cargo apenas unas semanas.
Y entonces llegó el episodio que convirtió a Benedicto I en una figura verdaderamente única. En 1045 Benedicto VI recuperó el control de Roma. Pero algo ocurrió. Las fuentes no se ponen del todo de acuerdo sobre los motivos. Algunas hablan de que quería casarse, otros de que simplemente estaba harto, pero el hecho es que renunció al papado.
Y ojo que no solo renunció, según las fuentes contemporáneas, vendió el cargo a su propio padrino, Giovanni Graacho, por una suma de dinero enorme y Giovanni Graciano se convertiría en el Papa Gregorio VI. La simonía, la compra y venta de cargos eclesiásticos era considerado uno de los pecados más graves que podía cometer un hombre de iglesia.
Sabed que deriva su nombre de Simón el mago, el personaje bíblico que intentó comprar el don del Espíritu Santo. Y aquí estaba el Papa vendiendo el papado como si fuese un coche de segunda mano. Yo que no te veo en otro coche, Mauricio. Como ya te imaginas, el escándalo fue monumental. El historiador Harold Lam al analizar este periodo señaló que la venta del papado por parte de Benedicto I representó el punto más bajo del llamado siglo de hierro del papado y demostró hasta qué punto las instituciones eclesiásticas habían quedado capturadas por los intereses de
la nobleza italiana. Es que la historia no termina ahí. Benedicto 9 no se quedó tranquilamente retirado, intentó recuperar el trono en varias ocasiones y lo consiguió en 1045 con un brevísimo tercer pontificado. Pero eso sí, poco después, el rey Enrique I de Alemania intervino directamente en los asuntos de Roma, convocó un sínodo de sutri 1046, depuso a los tres papas que en ese momento reclamaban el cargo, incluyendo a Benedicto, y nombró un papa alemán de su confianza.
Benedicto 9 desaparecería del escenario político después de eso. Las fuentes difieren sobre su destino final. Algunos monasterios medievales afirman que murió arrepentido y otros sugieren que vivió en el exilio. Pero lo que sí se ponen de acuerdo todos es que su papado se convirtió en el símbolo perfecto de la corrupción que afectaba la Iglesia en el siglo X y también en que fue uno de los principales motivos que impulsaron las grandes reformas eclesiásticas de las décadas siguientes, especialmente la reforma gregoriana del Papa Gregorio VI.
Alejandro VI. Y así de este modo llegamos al número uno, al top uno, al que no puede faltar en ninguna lista de papas pecadores. Al que hubiera programas de salseo en su época habría sido siempre el protagonista. Rodrigo Borgia, que se convirtió en Alejandro VI, nació en 1431, que corresponde a la Edad Media, pero fue papa del 1492 al 1503, o sea, en el Renacimiento.

Así que aunque técnicamente no fuera un papa de la Edad Media, debemos mencionarlo, aunque sea brevemente, porque Alejandro VI es en muchos sentidos el punto de llegada de todo lo que hemos visto. La corrupción, el nepotismo, el escándalo y la politización extrema del papado, un producto de siglos de errores acumulados.
Y además los Borgias se merecen su propio vídeo, así que esto es una introducción, no el análisis completo. Rodrigo Borgia era de origen valenciano, nacido en Shaiba, en la actual Comunidad Valenciana, y llegó a Roma siendo muy joven, aprovechando que su tío era el Papa Calisto el nepotismo, como hemos visto, era una traición bien arraigada y Rodrigo escaló posiciones con una combinación de inteligencia política, encanto personal y una notable falta de escrúpulos.
Fue cardenal durante décadas antes de ser elegido Papa en 1492 y el mismo año en que Colón llegaba a América. Un año que literalmente marcaría el inicio de un nuevo mundo y al frente de la iglesia más poderosa de ese mundo nuevo estaba Rodrigo Borgian. Su pontificado fue una exhibición de poder, de riqueza y de escándalo.
Reconoció públicamente a varios hijos, entre ellos los famosos Cesare Borgia y Lucrecia Borgia, algo que para un papá que debía guardar celebra al menos llamativo. Utilizó el poder de la Santa Sede para favorecer los intereses de su familia de manera descarada. Para entonces el nepotismo alcanzó cotas que habrían sorprendido incluso a los papas medievales más cínicos.
Las acusaciones de asesinato mediante veneno, conspiraciones y maniobras de la más oscura calaña formaron parte de la leyenda negra de los Borgia, que fue amplificada por sus enemigos políticos y posteriormente por siglos de literatura y teatro. El historiador Michael Mallet, en su riguroso estudio The Bor Jazz, the Rise and Fall of the Renaissance Dynasty, advirtió que separar el mito de la realidad en el caso de los Borgia es una tarea extremadamente difícil, dado que sus enemigos tuvieron siglos para escribir la historia.
Sin embargo, incluso la versión más moderada, el pontificado de Alejandro VI simboliza el momento en el que el papado renacentista alcanzó su mayor nivel de riqueza, poder, exhibición y de escándalo, por supuesto. Y eso en muchos sentidos, fue la culminación de un proceso que hemos visto en este vídeo que tardó en gestarse un montón de siglos.
¡Uf! Menudo viaje el de hoy, ¿eh? Vaya recorrido por los rincones más oscuros del trono de San Pedro. Y es que el poder sin contrapesos es peligroso, independientemente de la institución, independientemente de la época, independientemente de las creencias religiosas que rodeen ese poder, cuando una persona concentra en sus manos una autoridad absoluta sobre millones de seres humanos con escasos mecanismos de control y una legitimidad casi mística, las probabilidades de que algo salga mal son enormes.
Pero para mí lo más fascinante de todo esto no es que hubiera papas malos, los hay en todas las instituciones humanas, sino que durante siglos se construyó todo un sistema teológico, político y simbólico alrededor de la idea de que esos hombres eran los representantes de Dios en la tierra.
Por eso creo que este episodio es tan extraño, inquietante y que es imposible de apartarle la mirada. Y para terminar hoy, una cita del historiador Richard Fletcher. La Iglesia no era una institución monolítica de santidad o de corrupción. era un espejo imperfecto de la sociedad que la rodeaba. Sus vicios y sus virtudes eran los de su tiempo, amplificados por el poder que ostentaba.
Y ahora, como siempre, la pregunta es para ti. ¿Cuál de estos papas te ha parecido el más pecador? ¿Crees que habría que añadir alguno más a esta lista? ¿Qué temas te gustaría que tratáramos en los próximos episodios? Déjame saber tu respuesta en los comentarios. No olvides dejar un like si te ha gustado este episodio y sobre todo nunca olvides que eres maravilloso.
Pod głosy, które z gór płyną nam złodzie zbożami gra, bo horyzontera. Sí.