Durante más de dos décadas, el nombre de William Levy ha sido sinónimo de la máxima aspiración del galán latinoamericano. Etiquetado por los medios de comunicación como el “Brad Pitt cubano”, consolidó una marca registrada basada en una mirada de ojos claros, una sonrisa impecable de comercial y un físico esculpido que parecía inmune a los defectos. Para millones de televidentes en México, Estados Unidos y España, Levy representaba el arquetipo del hombre ideal, el príncipe caribeño que derretía las pantallas de Televisa y protagonizaba los melodramas más exitosos de la época. Sin embargo, detrás de esa deslumbrante fachada de alfombras rojas y flashes fotográficos, se extiende un intrincado expediente personal que la industria del entretenimiento intentó matizar, pero que las recurrentes intervenciones policiales, demandas judiciales y rupturas mediáticas terminaron por exponer de forma cruda ante la opinión pública.
Para comprender la compleja psicología y la ambición desmedida que definieron la trayectoria de William Gutiérrez Levy, es indispensable retroceder a los años previos a la fama, lejos del maquillaje y los camerinos de lujo. Nacido en 1980 en el humilde poblado de Cojímar, Cuba, el futuro actor conoció una pobreza de niveles extremos, un entorno donde la supervivencia cotidiana anulaba cualquier espacio para la infancia tradicional. Su madre, Bárbara, quedó embarazada a la temprana edad de 17 años, debiendo asumir la crianza en solitario tras el abandono inmediato de la figura paterna. Las condiciones de vida en la isla caribeña rozaban el hacinamiento absoluto: relatos del propio actor confirman que llegaron a convivir hasta catorce personas bajo un mismo techo, durmiendo de a cuatro en una sola cama. En ese contexto, el hambre no era una metáfora de superación personal, sino una realidad física persistente. La alimentación familiar se reducía, en los momentos más críticos del llamado Periodo Especial, a un solo trozo de pan diario y una porción mínima de pollo al mes por persona, obligando a su abuela a recurrir a vasos de agua con azúcar para engañar el estómago vacío de los niños.

El giro radical en su biografía ocurrió a los 15 años, cuando gracias a la gestión de su padrastro obtuvo el estatus de refugiado político y logró emigrar a Miami. El impacto cultural y material fue tan profundo que el simple acto de observar un refrigerador lleno de alimentos representó para el adolescente una escena de ciencia ficción. No obstante, el sueño americano no se materializó de forma inmediata. Antes de las pasarelas, Levy debió curtirse las manos y la espalda trabajando como albañil bajo el implacable sol de Florida, percibiendo jornadas laborales de entre 20 y 50 dólares diarios. Fue su fisionomía la que eventualmente funcionó como una llave de escape cuando una agencia de modelos lo descubrió fortuitamente en un centro comercial. A partir de ese instante, comprendió que su fisonomía exterior constituía una poderosa divisa comercial en un mercado hambriento de nuevas imágenes estéticas.
El desembarco de William Levy en la televisión mexicana e internacional no estuvo exento de polémicas venenosas que pusieron en tela de juicio los méritos de su ascenso acelerado. Voces sumamente críticas dentro del gremio, encabezadas en su momento por las controvertidas declaraciones de la vedette Niurka Marcos, aseguraron públicamente que el cubano había obtenido sus primeros roles protagónicos en Televisa mediante la concesión de favores íntimos a la influyente productora Carla Estrada. Aunque tanto el actor como la realizadora desmintieron categóricamente cualquier vinculación de índole extraprofesional y nunca se presentaron pruebas judiciales que sustentaran dichas afirmaciones, el rumor se instaló de forma permanente en los pasillos de la farándula, alimentando una narrativa según la cual, en los entramados del espectáculo, el cuerpo completo suele funcionar como moneda de cambio detrás de los despachos cerrados.
Paralelamente a su meteórica escalada profesional, su vida sentimental se transformó en un auténtico torbellino mediático de idas, venidas y humillaciones públicas. En el año 2002, durante su participación en un programa de telerrealidad, conoció a la actriz Elizabeth Gutiérrez, quien se convertiría en la madre de sus dos hijos, Christopher y Kailey, y en la figura central de una relación que se prolongó por más de veinte años. A pesar de la longevidad del vínculo y de que Levy llegó a entregarle hasta tres costosos anillos de compromiso en diferentes periodos, la boda formal nunca llegó a concretarse. Esta eterna promesa sin altar coincidió con una sucesión incesante de presuntas infidelidades con las actrices más cotizadas de la industria.
El primer gran sismo amoroso estalló en 2008, durante las grabaciones de la telenovela “Cuidado con el ángel”, cuando la intensa química en pantalla con Maite Perroni trascendió los libretos de ficción. Reportes de la prensa escrita de la época detallaron que la situación alcanzó tal nivel de descaro que la propia Elizabeth Gutiérrez se vio en la necesidad de presentarse en los sets de grabación de Televisa para encarar la situación cara a cara. Al año siguiente, el patrón volvió a repetirse con Jacqueline Bracamontes durante el rodaje de “Sortilegio”. Años más tarde, la propia Bracamontes confirmó la veracidad del romance en su libro autobiográfico, revelando que la relación sentimental con el cubano concluyó abruptamente cuando este le notificó que Elizabeth se encontraba embarazada de su segunda hija, un hecho que en los círculos mediáticos fue interpretado por mucho tiempo como una táctica de Gutiérrez para retener a su pareja. Vinculaciones posteriores con figuras como Ximena Navarrete, Altair Jarabo y, más recientemente, con la joven actriz Samadhi Zendejas —con quien fue captado en hoteles y tiendas de diseñador bajo el afectuoso apelativo de “Ojitos Bonitos”— consolidaron la imagen de un hombre incapaz de respetar los límites de los compromisos familiares.
No obstante, el lodo de las revistas del corazón palidece ante las zonas genuinamente oscuras del historial del actor, donde los rumores de infidelidad mutaron en graves imputaciones de carácter legal e íntimo. En el año 2010, una joven interpuso una demanda en los tribunales de Los Ángeles, California, acusando formalmente a William Levy de asalto sexual, agresión con contacto ofensivo, daños psicológicos y privación ilegal de la libertad, involucrando además la condición de una menor de edad. El caso, que amenazaba con sepultar de manera definitiva su proyección en el mercado estadounidense, desapareció de la esfera pública de forma repentina. Versiones extraoficiales y filtraciones del entorno legal indicaron que el equipo del histrión pactó un acuerdo económico confidencial que rondó los 2.5 millones de dólares para sepultar el litigio antes de que se dictara una sentencia pública. Asimismo, el entorno íntimo de la pareja se vio sacudido por filtraciones sumamente delicadas que señalaban que el descontrolado estilo de vida del actor habría provocado que contagiara a Elizabeth Gutiérrez con una enfermedad de transmisión sexual, añadiendo una capa de profundo dolor físico y degradación moral a un matrimonio ya severamente fracturado. Incluso en el extranjero, durante la filmación de la serie “Montecristo” en España, circularon fuertes versiones que afirmaban que Levy habría presionado de forma indebida a una trabajadora de la producción para interrumpir un embarazo no planificado.
La degradación de la vida doméstica del clan Levy-Gutiérrez alcanzó su punto de no retorno entre finales de 2023 y los primeros meses de 2024, cuando la fastuosa mansión familiar ubicada en Florida pasó de ser el escenario de postales idílicas de Instagram a convertirse en un auténtico campo de batalla reportado por las autoridades policiacas. A finales de 2023, una llamada de emergencia al 911 movilizó a las patrullas hacia la residencia: una Elizabeth Gutiérrez aterrorizada y en un mar de lágrimas denunció que el actor había ingresado al inmueble en un evidente estado de alteración, presuntamente bajo los efectos del alcohol y sustancias prohibidas. Portando un arma de fuego en la cintura, Levy recorrió frenéticamente el segundo piso del hogar en medio de un brote de paranoia, buscando a un supuesto amante de su esposa que él afirmaba haber visualizado a través de los monitores de las cámaras de seguridad.

La violencia de las dinámicas domésticas escaló trágicamente en marzo de 2024, involucrando de manera directa a su hija adolescente, Kailey. De acuerdo con los informes oficiales emitidos por el departamento de policía de la localidad, la menor acudió a la propiedad en compañía de su madre para retirar pertenencias personales y, al escuchar la voz de otra mujer en la habitación principal del actor, intentó ingresar. Para impedir que la joven descubriera la identidad de la persona escondida, William Levy la empujó violentamente, bloqueándole el acceso. Este episodio marcó la fractura definitiva y pública de la familia, motivando declaraciones contundentes de Elizabeth Gutiérrez respecto a los insostenibles problemas de adicción, conductas erráticas y abusos emocionales que soportó durante años en la intimidad. A este historial de altercados domésticos se suman incidentes de notable prepotencia económica, como la demanda civil interpuesta en 2020 por destrozar un automóvil Rolls-Royce alquilado y negarse sistemáticamente a resarcir los 20,000 dólares de daños hasta que fue obligado por una orden judicial, y un arresto formal en Weston, Florida, donde terminó esposado, fichado y encarcelado temporalmente bajo los cargos de alteración del orden público en estado de embriaguez y allanamiento de morada.
En la actualidad, tras consolidarse el divorcio definitivo en 2024, William Levy despliega una meticulosa estrategia de relaciones públicas orientada a proyectar en los medios masivos una versión de sí mismo profundamente renovada, reflexiva y espiritual. En sus entrevistas más recientes, destinadas a la promoción de su largometraje “Hasta el fin del mundo”, el actor se muestra compungido, diserta sobre el dolor del proceso de separación y manifiesta el temor que experimentó ante la desintegración de su núcleo familiar. Sin embargo, la realidad de las cámaras vuelve a contrastar drásticamente con el discurso oficial: paralelamente a sus declaraciones de introspección, ha sido fotografiado en reiteradas ocasiones recorriendo las calles de Granada, España, tomado de la mano de Jennifer Camacho, una enfermera cubana de cuidados intensivos de 27 años, casi dos décadas menor que él. Los afectuosos mensajes en redes sociales dirigidos a la denominada “Señorita Jay” confirman que, a pesar de los incendios emocionales y legales que aún humean en su pasado inmediato, el galán maduro continúa reproduciendo el mismo patrón conductual. William Levy emerge así como una de las contradicciones vivientes más fascinantes y oscuras del espectáculo contemporáneo: el niño que derrotó al hambre extrema para habitar mansiones, el hombre que convirtió su cuerpo en un imperio comercial, pero cuyo verdadero legado extraoficial se escribe en los expedientes de las comisarías, las demandas judiciales y las profundas cicatrices emocionales que dejó sembradas en su camino hacia el éxito.