MAROMERO PÁEZ: EL CAMPEÓN QUE LO PERDIÓ TODO Y TERMINÓ BARRIENDO UNA TIENDA DE DOÑAS EN LAS VEGA

MAROMERO PÁEZ: EL CAMPEÓN QUE LO PERDIÓ TODO Y TERMINÓ BARRIENDO UNA TIENDA DE DOÑAS EN LAS VEGA

Había una tienda de donas en Las Vegas en un strip comercial de esos que abundan cerca del aeropuerto con el letrero a medias y el toldo descolorido por el sol del desierto. y barriendo la entrada cada mañana a cambio de poder predicar adentro a los clientes que entraban a comprar café, estaba Jorge Páez, el hombre que llenó el fórum de Inglewood, el que entró al ring vestido de novia ante 40,000 personas, el que derrotó a Calvin Grove en el asalto 15, cuando todos los jueces lo tenían abajo y la arena de Mexicali explotó de una

forma que la gente que estuvo ahí todavía recuerda. cuatro veces campeón del mundo, barriendo a cambio de un rincón donde hablar de Dios. Esta es la historia de cómo el boxeo mexicano fabricó un ídolo, lo exprimió hasta que no quedó nada y después se olvidó de él como si nunca hubiera existido. Y es también la historia de un hombre que tomó decisiones que lo hundieron, porque las dos cosas son verdad al mismo tiempo.

 Jorge Adolfo Febles Páez nació el 27 de octubre de 1965 en Mexicali, Baja California. nació literalmente dentro del circo. Su abuela, Herminia Olvera, propietaria del circo Hermanos Olvera, asistió el parto en una de las carpas de la compañía itinerante que recorría el norte de México levantando tiendas en polvorientos terrenos de feria.

 fue la primera señal de que su vida iba a ser espectáculo desde el principio. Lo que nadie imaginó era hasta dónde llegaría ese espectáculo ni a qué precio. El circo de Los Solvera era humilde. No había leones ni elefantes.  Había acróbatas, payasos, malabaristas y un trapecio viejo que crujía con el viento del desierto.

 La familia vivía de lo que dejaba la taquilla, que algunos días era suficiente para comer y otros días no alcanzaba para nada. Jorge creció aprendiendo a caerse y a levantarse, literal. Su tío Heriberto Febles lo entrenó desde los 8 años para ser acróbata y también le enseñó a pelear porque el circo necesitaba alguien que pusiera orden cuando los borrachos del pueblo intentaban colarse sin pagar.

 Con 14 años, Jorge era el matón oficial del circo Hermano Solvera,  pequeño, rápido, con una sonrisa que desarmaba y unos puños que cuando hacía falta no desarmaban nada. Fue su abuela Herminia quien lo empujó al boxeo profesional. Según contó el propio Jorge en múltiples entrevistas a lo largo de los años, ella le dijo algo que no olvidó nunca.

 Si te gusta pelear, que al menos te paguen por eso. Era 1984. Jorge tenía 19 años y no sabía que por pelear se cobraba. Lo que sí sabía era que en el circo el dinero nunca alcanzaba. Su debut profesional fue en San Luis Río, Colorado, Sonora. ganó y celebró con una maroma la pirueta que había prendido en el trapecio. El público se volvió loco.

 Desde esa noche el apodo fue inevitable. El maromero, lo que siguió fue uno de esos ascensos que parecen escritos para el cine, porque en la vida real casi nunca ocurren así. En 4 años pasó de debutar en estadios de provincia a pelear por el campeonato mundial. 4 años. La mayoría de los boxeadores tarda el doble.

 Algunos no llegan nunca. El 15 de agosto de 1988, Jorge Páez se subió al ring del casino de Mexicali para enfrentarse a Calvin Grove, campeón de la Federación Internacional de Boxeo en Peso Pluma. Grove  era invicto en 33 peleas, tenía una reputación construida sobre resultados sólidos y llegaba como favorito claro ante los analistas estadounidenses que cubrieron la pelea.

Para muchos de ellos, Páez era una curiosidad folkórica, el payaso mexicano del circo que peleaba con maromas. Fue la última pelea pactada a 15 asaltos en la historia del boxeo mundial. La FIB cambiaría el reglamento poco después, reduciendo los combates de campeonato a 12. Esa noche en Mexicali fue, sin saberlo nadie, el final de una era.

 Los primeros 12 asaltos fueron parejos. Grove era técnico, disciplinado, construía la distancia con el jab y castigaba el cuerpo con paciencia. Paes era caótico, impredecible, esquivaba con movimientos que parecían improvisados y en realidad respondían a una lógica que tardabas varios asaltos en identificar. El 1tercero y el de los ganó Grove con claridad.

 Cuando sonó la campana del 15to, los tres jueces tenían a Grova delante en sus tarjetas. Lo que pasó en esos 3 minutos finales no tiene explicación racional en términos puramente técnicos. Páez fue hacia delante como si los 14 asaltos anteriores no hubieran existido. Castigó a Grove con una combinación de gancho izquierdo y derechazo al cuerpo que en el segundo minuto lo dobló.

 Grove se recuperó, pero tardó demasiado. En los últimos 40 segundos, Pes lanzó 43 golpes. 17 conectaron limpio en la cabeza. Las tarjetas de los jueces dieron la victoria a PE por decisión unánime. La Arena de Mexicali  hizo un ruido que los vecinos de tres cuadras a la redonda escucharon desde sus casas.

 tenía 23 años y era campeón del mundo. Y ahí empezó el problema. El mundo del boxeo en Estados Unidos  en los años 80 y 90 era un negocio donde los promotores ganaban fortunas y los boxeadores ganaban lo que el promotor decidía que ganaban. Los contratos eran complejos, llenos de cláusulas que un chico del circo de Mexicali sin formación legal no podía ni leer bien, mucho menos negociar.

 Y los managers, que se suponía debían proteger los intereses del boxeador, tenían en muchos casos más intereses alineados con el promotor que con el peleador. Ignacio Wizard, el promotor que llevó a Páez desde sus primeras peleas hasta 1991. recordó años después, en una entrevista para la revista Milenio, que Jorge era un muchacho extraordinariamente talentoso, pero absolutamente desarmado para manejarse en el mundo del dinero.

Era un chico humilde y con poca preparación. Lo cuidaban mucho en el circo, así que cuando salió se quiso comer el mundo de una mordida. El propio Wizard admitió que no era fácil que Páez entrenara con seriedad cuando había mujeres y diversión disponibles. Lo que Wizard no mencionó en esa entrevista fue lo que Jorge Páez sí dijo públicamente, que en 1991 lo acusó a él de haberle querido robar.

 La relación terminó con esa acusación. Los detalles económicos de esa ruptura nunca se ventilaron en los tribunales porque ninguno de los dos quiso llevar el asunto más lejos. Pero la ruptura dejó a Pez sin la estructura que había sostenido su carrera hasta ese momento y con la convicción que ya nunca lo abandonó de que el negocio del boxeo estaba diseñado para que el dinero terminara en otras manos que las suyas.

Entre 1988 y 1993, Jorge Páez defendió su título de la FIB nueve veces. Nueve. Una cifra que en la historia del boxeo mexicano solo Julio César Chávez superó en esa época. Y hay que hablar de Chávez porque la sombra de Chávez es parte de esta historia, aunque los dos nunca pelearon entre sí. Julio César Chávez era el rey del boxeo mexicano en los años 80 y 90.

Carismático, brutal, con un récord de victorias que se convirtió en leyenda nacional. Jorge Páez era su contemporáneo exacto, también campeón, también adorado, también  mexicano. Pero el espacio mediático no alcanzaba para los dos de la misma manera. Chávez era el guerrero, Paes era el payaso.

 El boxeo en México tiene una jerarquía emocional muy clara  sobre qué tipo de campeón se respeta más. Y en esa jerarquía el guerrero siempre gana al payaso. Aunque el payaso sea igualmente talentoso. La relación entre los dos fue tensa desde siempre. Hubo un episodio que Paes contó varias veces con su característico sentido del humor.

 En algún momento de principios de los 90, Héctor, el macho Camacho, lo convenció de subir a una habitación de hotel donde había, según le dijo, una fiesta privada de gente del boxeo. Pae subió. Cuando Camacho abrió la puerta y lo empujó adentro, la habitación estaba a oscuras. Paes encendió la luz y encontró a Julio César Chávez. Los dos se miraron con la misma sorpresa.

 Páez llevaba dos botellas de alcohol en la mano y Chávez le dijo simplemente, “Tú, ¿qué madres haces aquí?” La broma de Camacho.  Se fue Páez y se quedó Chávez. Era una anécdota graciosa, pero también era un retrato de algo. Los dos eran campeones. Los dos se movían en el mismo mundo y entre ellos había una distancia que nunca desapareció.

 En 1991, Jorge Páez peleó contra Pernel Whitaker por el campeonato mundial en peso ligero del CMB, AMB e IBF. Era la pelea más grande de su carrera hasta ese momento. Wher, apodado Sweet PE, era considerado por muchos analistas  el mejor boxeador libra por libra del mundo en esa época.

 técnicamente  impecable, con una defensa que desesperaba a sus rivales y una velocidad que hacía que sus peleas parecieran más demostraciones de habilidad que combates reales. Páes perdió por decisión unánime, una derrota que los expertos esperaban  y que, sin embargo, dejó algo que el propio Jorge nunca procesó bien, la confirmación de que había un nivel al que con todo su talento no llegaba.

 A partir de ahí, la carrera comenzó a tomar otra dirección. Hubo más peleas, hubo más victorias, pero también hubo más derrotas, más cambios de promotores, más acusaciones que nunca llegaron a los tribunales y más dinero que pasaba por sus manos sin quedarse. Y en medio de todo eso estaban los excesos.

 El propio Páez lo reconoció años después, primero en entrevistas para Univisión y luego en apariciones en canales de boxeo digitales. Los años de gloria fueron también los años  de destrucción sistemática de todo lo que ganaba. alcohol, mujeres, fiestas que duraban días, una generosidad sin freno que lo llevaba a gastar en amigos, conocidos y extraños con la misma facilidad con que ganaba en  el ring.

 En el mundo del boxeo latinoamericano de los 90, los excesos eran parte  del territorio. Había una cultura que celebraba esa imagen del boxeador, que peleaba duro y vivía más duro todavía. Los promotores la toleraban mientras el boxeador ganara. Los medios la romantizaban y el boxeador en cuestión, que venía de no tener nada, que había crecido en un circo donde el dinero era escaso y la fiesta era lo que había cuando no había otra cosa, no tenía los instrumentos para manejarse de otra manera, nadie se los dio. Los managers

cambiaron, los promotores cambiaron. La gente que rodeaba a Páez fue rotando según lo que convenía a cada uno y en esa rotación permanente no hubo nadie que se sentara con él a explicarle qué estaba pasando con su dinero, qué había firmado, qué le correspondía y qué le estaban quitando.

 En una entrevista de 2023 para el canal de YouTube Celis Ringside, PAES habló de algo que en otras entrevistas había mencionado de pasada, pero en esa ocasión desarrolló con más detalle que creció sin padre, que conoció a su padre en el momento más alto de su carrera, ya adulto, y que esa ausencia dejó un hueco que nunca supo cómo llenar, que los excesos eran en parte una forma de tapar algo que venía de mucho antes que el boxeo.

 La pelea contra Óscar de la Ol en febrero de 1994 fue uno de los momentos más incómodos de su carrera y no precisamente por el resultado. De la olla tenía 22 años. Era el Golden Boy, el ídolo angelino con ascendencia mexicana que Estados Unidos había adoptado como su campeón favorito después del oro olímpico de Barcelona, 1992.

La pelea contra Pez era su presentación ante el público masivo como contendiente serio y fue una paliza. De la olla noqueó a Paes en el segundo asalto, lo que siguió fue peor que la derrota en sí. Una parte del público mexicano acusó a Pes de haber vendido la pelea, de haberse caído a propósito. La palabra vendido apareció en los comentarios de la prensa deportiva mexicana de aquella época y en los gritos que le llegaron durante meses cada vez que aparecía en público.

 Jorge Páez habló de esto abiertamente en varias ocasiones, describiendo el dolor de esa acusación con una honestidad que contrastaba con su imagen habitual de payaso indestructible. Me llamaron vendido. Eso duele más que cualquier golpe que me hayan dado en el ring, dijo en una entrevista de 2023. La acusación nunca fue probada y hay razones para dudar de ella.

 De la olla en ese momento era una máquina. Páez llevaba años acumulando derrotas y peleas con rivales de nivel elevado, y un knockout en el segundo asalto contra un pegador joven y hambriento es perfectamente explicable sin necesidad de teorías conspirativas. Pero la duda quedó y en el boxeo mexicano, la duda es suficiente para dañar una reputación para siempre.

siguió peleando. Hay algo en los boxeadores criados en la pobreza que hace que el retiro sea casi imposible de aceptar, porque el ring es el único lugar donde tienen control total sobre lo que pasa. Fuera del ring, el dinero se va, los amigos se van, los promotores se van. Dentro del ring eres tú contra el otro y las reglas son simples.

 PES peleó hasta 2003. 98 peleas en total, 79 victorias. 52 por knockout, 14 derrotas, cinco empates. Un récord que la mayoría de los boxeadores nunca alcanzarán. Y al final de esas 98 peleas no había dinero, no había casa propia en el sentido tradicional, había un camper en Las Vegas y señales de lo que los médicos llaman síndrome de pugilista o lo que el mundo llama demencia boxística, el daño neurológico progresivo que producen miles de golpes recibidos en la cabeza a lo largo de una carrera.

 Las señales empezaron a notarse en sus apariciones públicas a partir de aproximadamente 2015. Pequeñas confusiones, momentos de pérdida de hilo en la conversación, episodios que las personas cercanas a él identificaban, pero que en los medios se mencionaban con cuidado o directamente no se mencionaban.

 El periodista Antonio Lozada, entrenador que formó parte del equipo de Páez durante años, declaró a Milenio que el boxeo no le había devuelto a Jorge lo que él había dado, que lo habían dejado de lado cuando ya no servía para el negocio. Era 2020. Jorge Páez tenía 54 años y predicaba en una tienda de donas cerca del aeropuerto de Las Vegas.

 Hay una imagen de esa época que circuló en redes sociales y que encendió una conversación que duró semanas en los foros del boxeo mexicano. Era una foto tomada en la calle con un teléfono, sin permiso del fotografiado. Mostraba a un hombre delgado, con ropa sencilla, parado en una acera de Las Vegas con una Biblia en la mano.

 La cara era inconfundible, aunque el tiempo la hubiera cambiado. Los comentarios fueron de dos tipos, los que expresaban tristeza y los que expresaban rabia. La tristeza era hacia Jorge, la rabia era hacia el sistema. Porque esa imagen no era solo la historia de un hombre que gastó lo que ganó, era también la historia de qué le pasa a los boxeadores cuando el negocio se acaba.

 ¿Cuántos de ellos terminan sin pensión, sin cobertura médica para tratar el daño que les produjo su propia carrera, sin ninguna estructura de soporte? De parte de las organizaciones que cobraron porcentajes de cada pelea que hicieron, la Federación Internacional de Boxeo recibió comisiones de las nueve defensas de título de Jorge Páez.

 El Consejo Mundial de Boxeo supervisó sus peleas por el cinturón de peso ligero. Ninguna de esas organizaciones tiene un programa serio de atención a excampeones en situación de vulnerabilidad. Existen en el papel, en la práctica no funcionan. Y Jorge Páez, que había llenado arenas en Estados Unidos en la época en que la televisión pagaba sumas enormes por los derechos de transmisión, vivía en  un camper y limpiaba la entrada de una tienda a cambio de un rincón donde hablar.

 Sus hijos siguieron sus pasos en el boxeo. Jorge Páez Junior tuvo una carrera profesional que arrancó con promesas y se fue diluyendo con el tiempo. Asriel Páez también peleó y a Irán Páez igualmente. Los tres cargaban con el apellido y con lo que ese apellido significaba en México. La expectativa de ser el hijo del maromero,  de reproducir algo que ya era historia en un deporte que los vio crecer alrededor de un ring.

 Jorge habló sobre sus hijos con orgullo en sus últimas apariciones públicas. Hablaba de ellos con el mismo carisma con el que siempre habló de todo. La capacidad de hacer reír no la perdió. El sentido del humor sobrevivió, a lo que no sobrevivieron otras cosas. En 2025, a los 59 años, una imagen suya reapareció en redes sociales y volvió a encender la conversación.

[resoplido] Se lo veía visiblemente más delgado que en años anteriores, con el rostro cansado, en una aparición pública en Las Vegas. Los fans que lo habían visto pelear de jóvenes escribieron mensajes que pedían que se le reconociera en vida, que no se esperara a que muriera para recordarlo. Algunos medios digitales mexicanos lanzaron campañas pidiendo un homenaje formal.

 Hasta donde hay registro, ninguna institución oficial del boxeo mexicano respondió. En octubre de 2020,  el mismo mes en que cumplió 55 años, Jorge Páez apareció ante las cámaras de Univisión, Arizona, en esa tienda de donas. Estaba de buen humor, bromeaba. Les explicó cómo había llegado ahí. Un día pasó frente al local, vio que había gente y basura en la entrada y ofreció limpiar a cambio de poder predicar adentro.

 Le dijeron que sí. Había algo en esa imagen que era difícil de mirar sin sentir dos cosas  contradictorias al mismo tiempo. Por un lado, la dignidad con que él mismo lo contaba, sin amargura aparente, con la sonrisa que siempre tuvo. Por el otro,  la pregunta que se quedaba flotando.

 ¿Cómo llega aquí alguien que ganó millones de dólares peleando en los estadios más grandes de Estados Unidos?  La respuesta tiene varias capas. Está la capa de las decisiones personales, los excesos, el dinero que se fue en fiestas y en una generosidad desbordada con gente que no siempre lo mereció. Eso es verdad y él mismo lo reconoce.

 Está la capa de los promotores y managers que se llevaron dinero que era de él, que firmaron contratos favorables para ellos y que cuando el negocio se acabó desaparecieron. Eso también es verdad, aunque sea más difícil de documentar, porque ese tipo de robo raramente deja rastro legal limpio. Está la capa del daño neurológico acumulado por años de recibir golpes profesionales sin el seguimiento médico adecuado.

 Un daño que ninguna organización del boxeo reconoció ni trató. Y está la capa de un sistema que fabrica ídolos, los usa mientras venden y luego los abandona con la misma naturalidad con que se cambia un letrero gastado. Hay una cosa que Jorge Páez nunca perdió y que en cierta manera es la más reveladora de todas.

 El público lo quiere todavía. Cuando reaparece en algún evento, la gente lo reconoce. Los hombres de 50 años que lo vieron pelear en los 90 lo saludan con emoción genuina. En las redes sociales, cada vez que aparece un video suyo, los comentarios son de cariño, de nostalgia,  de esa clase de afecto que los ídolos de barrio generan y que no se compra con marketing.

 Hay algo en él que conecta con la gente de una forma que muchos campeones más reconocidos oficialmente nunca lograron. Quizás es el origen, el chico del circo que llegó donde llegó sin tener ninguna ventaja al empezar. Quizás es la honestidad con que habla de sus fracasos sin disculpas falsas y sin victimismo excesivo. Quizás es simplemente la sonrisa que  después de todo lo que pasó sigue siendo la misma que celebraba las victorias con una maroma.

 Jorge Páez  tiene 60 años, vive en Las Vegas, predica, sigue siendo testigo de Jehová. rechazó entrar al salón internacional de la fama del boxeo porque su religión, según explicó, no permite ese tipo de reconocimiento basado en imágenes e ídolos. El salón de la fama lo invitó, él dijo que no. Hay algo en eso que parece un último gesto del Mar Homero, una última pirueta que el sistema que lo usó y lo abandonó le ofrece ahora el reconocimiento que no le dio cuando importaba.

 Y él con su Biblia bajo el brazo dice que no le interesa. Cuatro veces campeón del mundo barriendo una tienda de donas, rechazando el salón de la fama. El espectáculo no terminó nunca. Yeah.

 

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