Mozart: Murió a los 35 y NADIE Sabe Dónde Está su Cuerpo

Diciembre de 1791. En una habitación fría de Viena, un hombre de 35 años yace en una cama empapada de sudor. Tiene fiebre, el cuerpo se le hincha, apenas puede moverse, pero no le preocupa su cuerpo, le preocupa una partitura. Sobre la mesa, junto a la cama, hay un manuscrito sin terminar. Es una misa de difuntos, un reiem, una obra sobre la muerte que él está escribiendo mientras la muerte viene a buscarlo.

Se llama Wolfgan Amadeus Mozart. Es el compositor más brillante que ha existido jamás. Ha escrito más de 600 obras, sinfonías, óperas, conciertos que cambiaron la música para siempre y está muriendo solo, arruinado, olvidado por la misma ciudad que lo aplaudía de pie apenas unos años antes.

¿Cómo es posible que el mayor genio musical de la historia haya terminado en una fosa común, sin lápida, sin flores, sin que nadie sepa dónde están sus restos? Esa es la historia que vamos a recorrer hoy y te advierto, no es la historia bonita que te contaron en el colegio. Pero antes, si te gustan estas historias de genios que el mundo no supo valorar, suscríbete a Historias con Alex y activa la campanita, porque cada semana desenterramos una nueva historia.

Vamos al principio. 27 de enero de 1756, Salzburgo, una ciudad pequeña encajada entre montañas en lo que hoy es  Austria. En la casa de Leopold Mozart, un músico respetable de la corte, nace un niño. Lo llaman Johannes Crisóstomus,  Wolfgangus, Teófilus, Mozart, pero el mundo lo conocerá simplemente como Wolfgang.

Y desde el primer momento, algo en ese niño no es normal.  A los 3 años, mientras otros niños apenas aprenden a hablar en frases completas, Wolfgang se sienta frente al clavicordio de su hermana Naner y empieza a tocar melodías, no melodías al azar, melodías con armonía, con estructura, como si el lenguaje musical ya estuviera dentro de él antes de que nadie se lo enseñara.

A los 4 años compone sus primeras piezas. A los cinco ya toca frente a público. Su padre Leopold, que era un buen músico, pero nunca un genio, mira a ese niño y entiende inmediatamente lo que tiene entre manos. Un prodigio, un milagro, una mina de oro. Y aquí es donde la historia de Mozart deja de ser un cuento de hadas y empieza a convertirse en algo mucho más oscuro.

Porque Leopold no vio a un hijo que necesitaba protección, vio un producto que necesitaba exhibición. En 1762, cuando Wolfgang tiene solo 6 años, Leopold empaca a sus dos hijos, a Wolfgang y a Naner, y lo sube a un carruaje rumbo a las cortes más importantes de Europa. Imagina eso por un segundo.

Un niño de 6 años arrancado de su infancia, metido en carruajes que viajan durante semanas por caminos de tierra, durmiendo en posadas frías, enfermándose constantemente. ¿Para qué? para tocar el piano frente a reyes y reinas que lo miran como si fuera un mono de circo. Leopold lo llevó a Munich, a Viena, a París, a Londres, a Roma.

Los viajes duraban meses, a veces años. Wolfgang tocaba con los ojos vendados, tocaba con una tela cubriendo las teclas, hacía trucos musicales para entretener a la aristocracia. todo orquestado por su padre, que cobraba entrada y vendía a su hijo como una atracción. Y lo más triste es que funcionaba.

Las cortes europeas se volvían locas con ese niño pequeño vestido con trajes de seda, con peluca empolvada que tocaba mejor que cualquier músico adulto en la sala. La emperatriz María Teresa de Austria lo sentó en sus rodillas. El rey Luis XV de Francia lo recibió en Versalles. El Papa le otorgó una condecoración en Roma.

Wolfgang era una celebridad a los 8 años, pero nadie, absolutamente nadie, se preguntó si ese niño era feliz. y su hermana Naner, que también era una pianista extraordinaria, fue desapareciendo poco a poco de los escenarios porque Leopold entendió que el mundo solo quería ver al niño genio, no a la niña talentosa.

Nanel fue borrada de la historia para que Wolvan brillara más. Esa fue la primera víctima del genio de Mozart y la segunda fue el propio Mozart. Porque mientras el mundo aplaudía al niño prodigio, nadie preparaba al adulto que ese niño iba a convertirse. Wolvang creció sin amigos de su edad, sin juegos, sin infancia. Su mundo era Leopold, los viajes, las cortes y la música.

Siempre la música. A los 17 años ya había compuesto sinfonías, óperas, conciertos. tenía un catálogo que cualquier compositor de 60 años envidiaría, pero seguía siendo un empleado, un sirviente con talento. En Salzburgo trabajaba para el arzobispo Coloredo, un hombre que trataba a los músicos como el personal de servicio.

Mozart comía con los criados, no podía salir de la ciudad sin permiso, no podía aceptar encargos sin autorización. Para Coloredo, Mozart no era un genio, era un empleado que tocaba bonito y Mozart lo odiaba. Lo odiaba con toda su alma porque sabía lo que valía. Sabía que era el mejor compositor vivo y sin embargo tenía que pedir permiso para ir al baño como un niño de escuela.

En 1781, a los 25 años ocurrió el momento que cambió todo. Mozart se enfrentó  al arzobispo, le dijo que se iba, que renunciaba, que no iba a seguir siendo el perro de nadie y el arzobispo, humillado, ordenó que lo echaran literalmente a patadas. El conde Arco, asistente del arzobispo, le dio una patada en el trasero Mozart para sacarlo del palacio.

Una patada al mayor genio musical de la historia. Mozart salió de Salzburgo furioso, humillado, pero libre. Se instaló en Viena solo, sin protección, sin sueldo fijo, sin la red de seguridad de su padre. Leopold estaba horrorizado. Le escribió cartas furiosas diciéndole que estaba arruinando su vida, que Viena lo iba a destruir, que sin un patrón estable moriría en la calle.

Mozart no le hizo caso y al principio pareció que tenía razón. Viena lo recibió con los brazos abiertos. Sus conciertos se llenaban. La nobleza lo adoraba. Las óperas que componía eran un éxito tras otro. Las bodas de Fígaro, don Giovanni, Kosifantute, cada una era una revolución. Mozar no componía óperas como los demás.

Convertía la música en  emoción pura. Sus personajes no eran figuras de cartón, eran personas reales, con deseos reales, con dolores reales. Viena estaba fascinada, pero Viena, como todas las ciudades de moda, era cruel con sus favoritos. Y ahora viene algo que muy pocos saben. Mientras Mozart triunfaba en los escenarios, su vida privada se desmoronaba en silencio.

Se casó con Ber, una mujer a la que amaba profundamente. Tuvieron seis hijos, cuatro murieron siendo bebés. Cuatro. Imagina enterrar a cuatro hijos  antes de cumplir 30 años. Imagina el peso de eso y ahora imagina que al día siguiente de cada funeral tienes que sentarte a componer música alegre porque un noble te la encargó para su fiesta.

Eso era la vida de Mozart y el dinero. El dinero nunca alcanzaba. Mozart ganaba bien cuando tenían encargos, pero gastaba como si fuera millonario. Ropa cara, un departamento grande, fiestas, billar. Algunos historiadores dicen que era irresponsable, otros dicen que simplemente vivía como creía que merecía vivir, como el genio que era, no como el sirviente que el mundo quería que fuera.

Sea como sea, las deudas se acumularon y Mozart empezó a escribir cartas desesperadas a sus amigos pidiendo dinero prestado. Te ruego que me prestes lo que puedas. Estoy en una situación que no le deseo a mi peor enemigo, el mayor compositor del mundo mendigando monedas. Y entonces vi empezó a darle la espalda. Los gustos cambiaron.

Llegaron compositores nuevos, más jóvenes, más de moda. El público que llenaba sus conciertos empezó a vaciarse. Los nobles que lo invitaban a sus palacios dejaron de llamar. Mozart pasó de ser la estrella de Viena a ser un nombre que la gente mencionaba en pasado. Ah, sí, Mozart era bueno. Sigue componiendo. Seguía componiendo.

Componía como un desesperado porque componer era lo único que sabía hacer, lo único que lo mantenía vivo, lo único que silenciaba el ruido de las deudas,  los funerales, el abandono. Y fue exactamente en ese momento de máxima desesperación cuando ocurrió algo que parece sacado de una novela de terror. En el verano de 1791, un desconocido llamó a su puerta.

Un hombre vestido de gris, sin nombre, sin rostro memorable, le entregó un encargo anónimo, componer un requim, una misa de difuntos. Hoy sabemos que el misterioso cliente era el conde  Franz von Balsek, un noble que quería hacer pasar la obra como suya para honrar a su esposa muerta. Pero Mozart no lo sabía.

Y en su mente agotada, en su cuerpo que ya empezaba a fallar, la aparición de ese mensajero gris pidiendo una misa de muertos se convirtió en algo mucho más siniestro. Mozar se convenció de que estaba componiendo su propia misa de difuntos, su propio funeral. Se lo dijo a Constance. le dijo que sentía que lo habían envenenado, que alguien quería verlo muerto, que ese requiem era una señal, paranoia, delirio de un hombre enfermo o algo más, porque aquí entra la figura más controvertida de toda esta historia, Antonio Salieri.

Salieri era el compositor de la corte, el músico oficial del emperador, un hombre respetable, exitoso, poderoso y según la leyenda estaba consumido por la envidia hacia Mozart. La película Amadeus convirtió esta rivalidad en una de las historias más famosas del cine. Salieri como el villano, el mediocre que destruye al genio.

Pero, ¿fue real? La verdad es más compleja y más triste. Salieri no era un mediocre, era un compositor competente y reconocido. Pero si existe evidencia de que intentó bloquear la carrera de Mozart en varias ocasiones, que movió sus influencias para quitarle encargos, que susurró en los oídos correctos para cerrarle puertas.

Y al final de su propia vida, Salieri fue internado en un asilo donde, según los testimonios de la época, gritaba entre delirios, “¡Yo maté a Mozart! Yo maté a Mozart! confesión real, delirio de un anciano enfermo. Nadie lo sabe con certeza. Lo que sí sabemos es lo que ocurrió en las últimas semanas de vida de Mozart. En noviembre de 1791, su cuerpo empezó a fallar definitivamente.

Fiebre alta, hinchazón severa, dolores que lo hacían gritar, pero seguía componiendo el requem desde la cama dictaba las notas a su alumno, Susmer. cantaba las partes, movía las manos como si dirigiera una orquesta invisible. Constanza intentaba quitarle las partituras, le rogaba que descansara. Él se negaba como si supiera que esas eran sus últimas notas.

El 4 de diciembre por la noche, Mozart pidió que le trajeran la partitura del Reem a la cama. Junto con algunos amigos cantaron fragmentos de la obra. En un momento, Mozart se detuvo, miró la partitura y lloró. Sabía que no iba a terminarla. A la 1 de la madrugada del 5 de diciembre de 1791, Wolfgang Amadeus Mozart murió.

Tenía 35 años. Y lo que ocurrió después es quizás lo más doloroso de toda esta historia. No hubo gran funeral, no hubo procesión por las calles de Viena, no hubo multitudes llorando al mayor genio musical  de su tiempo. El cuerpo de Mozart fue llevado a la catedral de San Esteban, donde se celebró una ceremonia breve, sin flores, casi sin asistentes, y después fue trasladado al cementerio de Sa.

Marx, donde fue enterrado en una fosa común. Una fosa común, sin lápida, sin nombre. Sin marca alguna, el hombre que compuso la flauta mágica, don Giovanni, el Requem, más de 600 obras que cambiaron la historia de la humanidad. Fue arrojado a un hoyo en la tierra junto con otros cadáveres desconocidos y nadie, ni siquiera Constance, fue al entierro.

Hoy, más de 200 años después, nadie sabe exactamente dónde están los restos de Mozart. Su tumba no existe. El cráneo que se exhibe en Salzburgo como el cráneo de Mozart, no se ha podido confirmar que sea suyo. El mayor compositor de la historia no tiene tumba. Piensa en eso un momento. Puedes visitar la tumba de Behoven, la de Bach, la de Chopen, pero la de Mozart no existe porque el mundo no creyó que mereciera una.

Y esa es la verdadera tragedia de esta historia. No es que Mozart muriera joven, no es que muriera pobre, no es el misterio del Reem ni la sombra de Salieri. La tragedia es que el mundo tuvo al mayor genio musical de todos los tiempos. Lo aplaudió cuando era un niño que hacía trucos. Lo usó cuando era un joven que llenaba teatros y lo abandonó cuando ya no era novedad.

Mozart no murió de una enfermedad misteriosa, murió de indiferencia. El mismo mundo que hoy pone su cara en chocolates, en tazas, en camisetas de turistas en Salzburgo, es el mundo que lo dejó morir solo y lo tiró a una fosa sin nombre. Su padre lo usó, Salzburgo lo encadenó, Viena lo aplaudió y luego lo olvidó.

Y la muerte no esperó a que terminara su última obra. El reiem quedó incompleto como su vida, pero hay algo que ni la pobreza, ni el abandono, ni la fosa común pudieron destruir. Su música. 230 años después, Mozar sigue siendo el compositor más interpretado del planeta. Sus óperas se representan cada noche en algún teatro del mundo.

Su música suena en salas de concierto, en películas, en cunas de bebés. Su genio fue más fuerte que todo lo que el mundo le hizo y eso de alguna manera es lo más humano de toda esta historia, que a veces el mundo no merece a las personas que tiene, pero las personas dejan algo tan grande que el mundo no tiene más remedio que recordarlas para siempre.

Mozart dejó 600 obras. El mundo no le dejó ni una tumba. Y eso nos deja una pregunta. ¿Hemos cambiado realmente o seguimos aplaudiendo a los genios mientras están de moda y olvidándolos cuando dejan de entretenernos? Te leo en los comentarios y si esta historia te movió, dale like, suscríbete a Historias con Alex y compártela con alguien que necesite escucharla.

Nos vemos en la próxima historia.

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