Niccolò Paganini — El violinista que vendió su alma al diablo

Nadie podía afirmar entonces si aquel destino sería una bendición o una condena, ni cuánto tendría que pagar el hombre por la perfección del artista. Los maestros fueron llegando uno tras otro. El primero, Giovanni Cerbeto, hombre de escaso mérito, con quien el muchacho apenas se detuvo. Después, Jao Costa, director musical y primer violín de algunas de las iglesias principales de Génova, de quien recibió 30 lecciones en 6 meses.

Fue poco tiempo, pero suficiente, porque el alumno avanzaba a una velocidad que ningún maestro lograba seguir. A los 8 años compuso una sonata para violín. A los 8 y medio interpretó en una iglesia un concierto de Preyel. La noticia de aquel niño que tocaba como un adulto empezó a correr de boca en boca por los barrios de la ciudad.

Desde entonces y hasta los 11 años tuvo compromisos regulares para actuar en ceremonias religiosas. El propio Paganini concedía aquellos años una importancia particular, pues los oficios sagrados lo obligaban a una práctica constante sobre el instrumento. Mencionaba también con gratitud a un compatriota, Francesco Jnneco, que influyó poderosamente en su formación musical.

Cada misa, cada función era una nueva ocasión de pulir aquel arte que ya empezaba a separarlo del resto de los niños de su edad. Pero detrás de aquel progreso deslumbrante había una disciplina que rozaba la crueldad. El padre lo encerraba días enteros y lo vigilaba de cerca, sin permitirle apenas distracción. Hubo dificultades técnicas que el muchacho llegó a practicar hasta 10 horas diarias, una tras otra, sin descanso.

El cuerpo se resentía, la salud comenzaba a flaquear y en el ánimo del niño germinaba algo que tardaría años en florecer. El deseo de escapar de aquella vigilancia, de respirar lejos del ojo paterno. El violín era a la vez su refugio y su cárcel, lo único verdaderamente suyo y lo único que lo encadenaba. Por aquellos años, Gén vivió uno de los episodios más duros de su historia, el célebre asedio que sometió a la ciudad al hambre y al cerco de las potencias en guerra.

Mientras las calles se estremecían y la escasez apretaba, el niño pasaba las jornadas tal como las había pasado siempre, encerrado con su instrumento, ajeno en apariencia al estruendo del mundo exterior. Aquella severidad, lejos de quebrarlo, encendía en él una determinación cada vez más firme. Comprendía, de un modo oscuro y todavía sin palabras, que el mismo encierro que lo asfixiaba era también lo que lo estaba convirtiendo en alguien irrepetible.

La prueba decisiva llegó cuando contaba alrededor de 11 años y medio, quizá algo menos. En el teatro de San Agostino, ante sus propios paisanos, ofreció su primer concierto de importancia. Lo acompañaban la cantante Teresa Bertinotti y el soprano Marchesi, pero todas las miradas se volvieron hacia el muchacho. Entre otras piezas, interpretó unas variaciones sobre la Carmañola, una melodía muy en boga por entonces en la ciudad.

El efecto fue arrollador y la sala entera pareció rendirse ante aquel niño de aspecto frágil y manos prodigiosas. El éxito resultó enorme, de los que se recuerdan durante años. Entre el público se hallaba el marqués de Di Negro, uno de los nombres ilustres de Genova, que quedó prendado del joven virtuoso y empezó a interesarse por su porvenir en su casa.

Poco después lo escucharían figuras llegadas de fuera y la fama del prodigio comenzó a desbordar los límites de su ciudad natal. La plegaria de la madre, soñada años atrás en una habitación humilde, parecía cumplirse al fin sobre las tablas de un teatro. El niño encerrado se había convertido en el prodigio de Génova.

Y, sin embargo, en aquel mismo triunfo se adivinaba ya la sombra que lo acompañaría siempre. El don era real. La gloria empezaba a somar, pero el precio quedaba escrito en cada hora de encierro, en cada jornada de 10 horas de práctica, en la salud minada de un cuerpo todavía infantil y en aquel deseo creciente de huir. La promesa hecha en un sueño se había cumplido.

Faltaba por ver cuánto le costaría sostenerla. En una sala de la ciudad de Parma, un desconocido tendió un violín al joven Nicolo y le propuso una apuesta que parecía hecha para humillarlo. Sobre el atril descansaba un concierto recién compuesto, lleno de pasajes endiablados, una partitura que ningún músico de paso habría podido leer sin haberla estudiado antes.

El dueño del instrumento, propietario de un valioso Warnerius, lanzó su desafío con una sonrisa apenas disimulada. Si el muchacho era capaz de tocar aquella obra a primera vista, el violín sería suyo. Los presentes contuvieron el aliento, convencidos de asistir a una derrota segura. El adolescente tomó el arco, miró las notas un instante y empezó a tocar.

Para comprender cómo había llegado hasta allí, conviene retroceder unos años. En 1796, el éxito del concierto de San Agostino había convencido a Antonio Paganini de que su hijo necesitaba maestros de Mayorta ya que los de Génova. El padre emprendió entonces un viaje hacia Parma provisto de cartas de recomendación dirigidas a personajes de la corte y a músicos de renombre.

La empresa no era pequeña para una familia de recursos modestos, pero el padre estaba dispuesto a todo con tal de pulir el diamante que creía poseer. En el camino hicieron escala en Florencia, donde el muchacho fue presentado a Salvator Tinti, quien quedó asombrado al oírle tocar sus variaciones sobre la Carmañola.

Parma era por entonces un foco musical de cierta importancia, una ciudad donde residían maestros de prestigio capaces de formar a un joven con ambiciones. El primer nombre al que se dirigieron fue el de Alesandro Rola, violinista y compositor admirado en toda la región. Y aquí se produjo la escena que daría la medida exacta del talento del muchacho.

Al llegar encontraron a Rolia enfermo retirado en su habitación. Mientras esperaban, Nico lo reparó en una partitura que descansaba sobre una mesa, un concierto nuevo escrito por el propio maestro. Sin pedir permiso, tomó el violín y comenzó a interpretarlo a primera vista con una soltura que parecía imposible.

El sonido llegó hasta el cuarto contiguo, donde el maestro reposaba. Broya, atónito, preguntó quién era el virtuoso que tocaba su obra recién compuesta con semejante dominio. Cuando le respondieron que se trataba de un niño, su asombro se transformó en una decisión inesperada. En lugar de ofrecerse a darle lecciones de violín, le aconsejó que dejara de buscar maestros de instrumento y se dedicara a estudiar contrapunto bajo la dirección del maestro Guiretti, un músico napolitano de gran reputación.

El mensaje era claro y desconcertante. En el violín, el muchacho ya no tenía nada que aprender de él. Aquí se abre el interrogante que recorrería toda esta etapa de su vida. Pues si un maestro consagrado reconocía que el alumno lo había superado antes siquiera de empezar, quedaba por saber a dónde podía conducir un don tan desmesurado.

Un niño que dejaba sin palabras a sus propios maestros era un prodigio, sin duda, pero también una rareza inquietante. Alguien que avanzaba por un terreno sin guías ni precedentes. Nadie podía decir entonces si aquella precocidad sin freno desembocaría en la gloria o en el extravío, ni qué sería de un talento que crecía más deprisa que cualquier enseñanza.

Las versiones sobre lo ocurrido en Parma no coinciden del todo. Algunos relatos sostienen que pese al consejo de Rola, el joven Nicolos sí tomó lecciones del propio violinista durante varios meses. La memoria del propio Paganini y los testimonios de sus biógrafos difieren en este punto.

Y conviene aceptar que en torno a aquellos años se entremezclan el recuerdo y la leyenda. Lo que sí parece cierto es que el muchacho frecuentó a las figuras musicales más destacadas de la ciudad y que su formación dio en ese tiempo un salto decisivo. El otro gran nombre de aquella estancia fue Ferdinando Paer, célebre compositor que pasaba parte de cada año en Parma.

Según el propio Paganini, le dio tres lecciones a la semana durante 6 meses. Bajo su dirección, el joven compuso 24 figuras para cuatro manos y el maestro quedó muy complacido con un dúo que le había encargado poner en música. Pero fue Iretti, el napolitano experto en composición, quien más profundamente marcó esta etapa.

Le tomó tanto cariño que lo colmó de favores y de elecciones, y bajo su vía el muchacho compuso una gran cantidad de música instrumental. El violinista prodigioso empezaba a transformarse también en compositor. En su interior, sin embargo, algo más profundo estaba cambiando. El niño que en Génova había aceptado el encierro con silencio resignado se iba convirtiendo en un joven consciente de su propia singularidad.

Cada maestro superado, cada asombro que provocaba a su paso, alimentaba en él una mezcla de orgullo y soledad. Comprendía que su talento lo elevaba por encima de cuántos lo rodeaban, pero esa misma elevación lo apartaba de ellos. No había nadie a su altura, nadie capaz de enseñarle ya gran cosa. Y esa certeza halagadora y amarga al mismo tiempo empezaba a forjar el carácter independiente y a veces áspero que lo definiría más adelante.

Por entonces interpretó dos conciertos para violín en el principal teatro de la ciudad después de haber tocado en la residencia campestre de los soberanos en Colorno y en Sala, ocasiones por las que fue generosamente recompensado. Tu nombre circulaba ya con respeto entre los músicos de la región y los encargos y las invitaciones se multiplicaban.

El muchacho que había llegado a Parma buscando maestros se marchaba de ella convertido en algo muy distinto, un artista cuya fama empezaba a precederlo y entonces se cerró el episodio de la apuesta. El desconocido del Barnerius había lanzado su desafío convencido de presenciar un fracaso. Nicolo leyó la partitura herizada de dificultades, como si la conociera de toda la vida, sin un titubeo, sin una nota perdida.

Cuando el arco se detuvo, el dueño del instrumento comprendió que había perdido y lo hizo de buen grado. Cumplió su palabra y entregó el violín al muchacho que había ganado con su sola lectura a primera vista, uno de los instrumentos más valiosos que habían pasado por sus manos hasta entonces. El interrogante quedaba así respondido del único modo posible.

El alumno no solo igualaba a sus maestros, sino que los dejaba atrás sin esfuerzo aparente. Tras aquella primera gira, durante la cual ofreció 12 conciertos en Parma, Milán, Bolonia, Florencia, Pisa y Liorna, regresó a Genova, probablemente durante el invierno de 1797. Allí compuso sus primeros estudios, cuyas dificultades técnicas llegó a practicar, según se cuenta, hasta 10 horas diarias.

Cuando logró dominarlos, escribió otros conciertos y algunas variaciones. El padre, fiel a su severidad de siempre, presumiblemente volvió a someterlo a una aplicación rigurosa, encerrándolo días enteros y vigilándolo de cerca. El muchacho había triunfado, había ganado violines y aplausos, pero seguía bajo el mismo ojo implacable que lo había acompañado desde la primera lección.

Esa contradicción definía al final de su adolescencia. Por fuera ya un virtuoso reconocido, un joven que asombraba a los maestros más respetados de Italia. Por dentro seguía siendo un hijo vigilado, empujado sin tregua hacia la perfección. Conocía a fondo las obras de los grandes maestros de Coreli y Vivaldi, Atartini, Pugnani y Biotti, y con semejante dominio no le faltaban recursos para ganarse la vida por sí mismo.

La libertad parecía estar al alcance de su mano. Solo faltaba que el deseo de respirar lejos de la tutela paterna, encendido años atrás en una habitación cerrada de Génova, se hiciera al fin lo bastante fuerte como para empujarlo a partir. Pocas horas antes de un concierto sentado ante una mesa de juego, el joven Paganini lo perdió todo.

La fortuna que tantas veces lo había acompañado sobre el escenario le volvió la espalda entre las cartas. Una jugada tras otra fue dejando sobre el tapete cuanto poseía hasta que solo le quedó una cosa por arriesgar, su propio violín, el instrumento sin el cual no podría presentarse aquella misma noche ante el público.

Lo apostó y lo perdió también. De pronto, el virtuoso que debía deslumbrar a una sala entera, se encontró sin nada con que tocar, prisionero de su propia imprudencia. El camino que lo había llevado hasta aquel borde había empezado años atrás, cuando al fin logró liberarse de la vigilancia paterna. Hacia el cambio de siglo, siendo todavía muy joven, emprendió una gira por el norte de Italia y llegó a la ciudad de Luca.

Allí, según su propio relato, cosechó un gran éxito en una festividad celebrada en torno al día de San Martín. Después conquistó el favor de varias localidades Toscanas, sobre todo de Pisa, y se detuvo algún tiempo en Lorna, donde escribió composiciones para fagot a petición de un aficionado escandinavo, que se quejaba de no encontrar nada lo bastante difícil.

El extranjero quedó más que encantado con el trabajo del joven maestro. Luca era entonces una ciudad de fuerte tradición musical, animada por festividades religiosas y populares que reclamaban la presencia de virtuosos venidos de fuera. Para un músico joven y ambicioso, libre por primera vez del ojo paterno, aquel ambiente festivo y mundano resultaba tan estimulante como peligroso.

Lejos de Génova, sin nadie que le impusiera horarios ni encierros, Nicolo descubrió un mundo de placeres que hasta entonces le habían estado vedados y se entregó a él con la misma intensidad con que se había entregado al violín. Embriagado por los triunfos que cosechaba allá por donde pasaba, el joven artista llevó una vida que distaba muchos de ser ejemplar.

Ya sin la mirada paterna que lo refrenara, dedicó sus horas de ocio al juego y a las mujeres. El muchacho que había practicado 10 horas diarias encerrado en una habitación se transformó en un hombre arrastrado por la pasión del azar, capaz de jugarse en una noche lo que había ganado con años de disciplina. La libertad tan deseada se había convertido en una pendiente resbaladiza y Paganini se deslizaba por ella sin apenas resistencia.

Aquí se abre el interrogante que daría sentido a toda esta etapa. Por un hombre que se juega su propio instrumento, su único medio de vida y la prueba misma de su genio, se encuentra al borde de la ruina más absoluta. Quedaba por saber con qué tocaría aquella noche y más allá de eso, si el azar que acababa de despojarlo de todo, sería capaz también de devolverle algo.

En aquel momento de desnudez, sin violín y sin recursos, el destino del virtuoso pendía de un hilo y nadie habría podido predecir si aquella caída sería pasajera o definitiva. La salvación llegó de donde menos cabía esperarla. Entre los presentes se hallaba un aficionado generoso, un tal señor Librón, cuyo nombre el propio Paganini se encargó de dejar registrado para la posteridad.

Conmovido por la situación del joven o quizá movido por la curiosidad de oírlo tocar pese a todo, le prestó un magnífico violín construido por Warnerius para que pudiera presentarse en público. Paganini tomó el instrumento ajeno y subió al escenario. Lo que ocurrió después borró de un golpe el recuerdo de la derrota en la mesa de juego.

Aquella noche tocó como solo él sabía hacerlo. El sonido que arrancó del violín prestado dejó al aficionado tan profundamente impresionado que al terminar el concierto tomó una decisión extraordinaria. En lugar de reclamar su instrumento, se lo regaló. Le dijo que jamás volvería a profanar con sus propios dedos unas cuerdas que habían sido tocadas de semejante manera y que el violín pertenecía ya por derecho, a quien sabía hacerlo cantar así.

De este modo, un guarnus del Jesús, nacido de un revés en el juego, se convirtió en el compañero inseparable de toda su vida. El propio Paganini conservó siempre el recuerdo preciso de aquel episodio. En sus relatos solía repetir que en sus anuncios de concierto se ofrecía siempre ejecutar cualquier pieza que el público quisiera presentarle.

Un día en Lorna, deseando pasar el rato y careciendo de instrumento, un señor librón le prestó un violín para que interpretara uno de los conciertos de Bioti y después se lo regaló. Los detalles varían según las versiones, pero el corazón de la historia permanece intacto. Un golpe de azar, una mano generosa y un instrumento legendario que el destino puso en sus manos.

Aquel violín llegaría a ser uno de los más célebres de la historia de la música. Construido por la familia Warner, de sonido poderoso y rotundo, acompañó a Paganini en sus mayores triunfos y se convirtió casi en una prolongación de su propio cuerpo. Tan estrecho fue el vínculo entre el hombre y el instrumento que al final de su vida decidió legarlo a su ciudad natal.

Aún hoy, aquel War Guarnerius se conserva en el palacio municipal de Genova, custodiado como una reliquia. testigo mudo de la noche en que Lazar estuvo a punto de arruinar a un genio y terminó por colmarlo. En su foro interno. Sin embargo, el joven Paganini debió de extraer de aquel episodio una lección ambigua. Por un lado, había rozado el abismo por culpa de su propia debilidad y solo la generosidad de un extraño lo había salvado de un ridículo irreparable.

Por otro, el descend parecía confirmarle que su talento era tan deslumbrante que podía rescatarlo incluso de sus peores imprudencias. Aquella idea peligrosa y embriagadora lo acompañaría durante años. El genio que llevaba dentro lo perdonaba todo, o eso pudo creer entonces, mientras los aplausos volvían a sonar y el violín prestado se transformaba en regalo.

Pero la pasión del juego no se extinguió de inmediato. Hubo otras pérdidas, otros sobresaltos, otras noches en que el azar volvió a tentarlo. La disciplina férrea de la infancia y el desenfreno de la juventud convivían dentro de un mismo hombre, tirando de él en direcciones opuestas. Con el tiempo, Paganini aprendería a dominar aquella inclinación del mismo modo que había aprendido a dominar las cuerdas más difíciles.

Pero la huella de aquellos años quedó grabada en su carácter, en su relación con el dinero y en la leyenda que empezaba a tejerse en torno a su nombre. Así se cerró el interrogante que había abierto la noche fatídica de la mesa de juego. El azar que lo había despojado de todo le devolvió en forma de regalo inesperado, mucho más de lo que le había quitado.

Sin violín, al principio de la velada, terminó dueño de uno de los instrumentos más valiosos de su tiempo. La pendiente del desenfreno lo había llevado al borde del precipicio, pero de aquel precipicio surgió el compañero de toda una vida. El joven que había perdido su violín entre las cartas salió de Luca con un guarnerius bajo el brazo y con la certeza cada vez más firme de que su destino era distinto al de los demás hombres.

Ante la corte reunida, Paganini hizo algo que parecía un sin sentido. Retiró dos cuerdas de su violín. Frente a un público acostumbrado a la perfección de los instrumentos, despojó al suyo de la mitad de sus voces y se quedó tan solo con dos. Los presentes intercambiaron miradas de extrañeza. Aquel gesto deliberado, casi provocador, equivalía a entrar en combate desarmado a medias, a renunciar voluntariamente a buena parte de las posibilidades del violín.

Y sin embargo, el músico no parecía inquieto. Apoyó el arco sobre las dos cuerdas restantes y comenzó a tocar una composición que él mismo había titulado Cena amorosa. Para entender cómo había llegado aquel escenario, conviene situar el momento. En 1805, el principado de Luca había pasado a manos de la familia Bonaparte.

Lo gobernaban Elisa Bonaparte, hermana de Napoleón, y su esposo Feliche Bachiochi. La pequeña corte aspiraba a brillar con luz propia y para ello necesitaba artistas de renombre que dieran lustre a sus veladas. Paganini, cuya fama recorría ya Italia, fue nombrado primer violinista de la corte, un cargo que le aseguraba estabilidad y prestigio, pero que también no sometía obligaciones precisas.

Permaneció en aquel puesto durante 3 años y entre sus deberes figuraba el de dar clases al propio Bachiochi. Sus funciones la obligaban a tocar en dos conciertos cada semana y en ellos improvisaba siempre acompañado al piano. Solía escribir de antemano los acompañamientos y desarrollaba luego el tema en el curso de la improvisación.

Aquella corte refinada y exigente se convirtió sin proponérselo en un laboratorio donde el virtuoso ensayaba recursos nuevos. La necesidad de sorprender semana tras semana a un mismo público lo empujaba a explorar territorios que ningún violinista había pisado antes. Y fue precisamente esa búsqueda incesante de variedad la que dio origen a una de sus mayores audacias.

La cena amorosa nació de esa exigencia. Buscando algo distinto que ofrecer a la corte, Paganini retiró la segunda y la tercera cuerda de su violín y dejó tan solo dos. La cuerda grave, que representaba al hombre, a Adonis, y la cuerda aguda que daba voz a la mujer, a Venus. Sobre aquellas dos voces tejió un diálogo amoroso, un juego de réplicas y suspiros que el público escuchó embelezado.

La pieza fue tan admirada que pronto le preguntaron si sería capaz de tocar sobre una sola cuerda. Él respondió que por supuesto podía hacerlo. Aquí se abre el interrogante que da sentido a esta etapa de su vida, pues no se comprende a primera vista por qué un virtuoso consumado, dueño de una técnica sin rival, se empeñaría en mutilar voluntariamente su propio instrumento, en privarse de recursos que cualquier otro músico habría considerado imprescindibles.

Despojar al violín de sus cuerdas parecía un capricho, una excentricidad destinada a llamar la atención más que a servir al arte. Quedaba por descubrir si aquel gesto era pura ostentación o si escondía una intuición artística más profunda, capaz de abrir un camino que nadie había recorrido. La respuesta no tardó en empezar a perfilarse.

Tras el éxito de la cena amorosa, Paganini escribió sin demora una sonata con variaciones para ser interpretada sobre una sola cuerda y la ejecutó en un gran concierto. El recurso, lejos de parecer una limitación, se reveló como una fuente inagotable de efectos nuevos. Concentrar toda la melodía en una única cuerda exigía una destreza extraordinaria y producía un sonido de una intensidad inucitada, casi sobrenatural.

Lo que parecía una renuncia se transformó en una conquista y la ejecución sobre una sola cuerda se convirtió en una de las señas de identidad más célebres del artista. La corte de Luca asistió fascinada a aquellas proesas. Se cuenta que la princesa Elisa Bonaparte, cuando lo escuchaba tocar, experimentaba a veces tales arrebatos que se veía obligada a abandonar la sala para no privar a los demás del placer de oírlo.

La sensibilidad de la princesa ante aquel sonido era tan intensa que llegaba a sobrepasarla. El violín de Paganini ejercía sobre quienes lo escuchaban un efecto que iba más allá de la admiración musical y rozaba el dominio de los nervios y las emociones, un poder que él mismo empezaba a medir y a cultivar. En su interior, Paganini debía de saborear aquella ascendencia sobre su público.

Cada desmayo, cada arrebato, cada silencio absorto, confirmaba que su arte no se limitaba a complacer el oído, sino que era capaz de subyugar el ánimo entero de quien lo escuchaba. Aquella conciencia de su propio poder alimentaba en él una mezcla de orgullo y de osadía. No le bastaba con tocar bien. Necesitaba asombrar, desconcertar, llevar a su auditorio a un terreno donde nadie más podía conducirlo.

La supresión de las cuerdas no era un capricho gratuito, sino la expresión de esa voluntad de ir siempre más allá de lo que se creía posible. Su talento y su audacia no se limitaron a la sala de conciertos. En una ocasión llegó a dirigir una ópera entera en Luca tocando un violín montado con solo dos cuerdas.

Asaña, con la que ganó una apuesta que tenía como premio un almuerzo para 25 personas. Aunque seguía ligado a la corte, viajaba también por la Toscana ofreciendo conciertos. En uno de ellos ocurrió un episodio que retrata su sangre fría. Un clavo le irió el talón al subir al escenario y entró cojeando entre las risas del público.

Las luces de su atril cayeron al suelo y las risas aumentaron. Al comenzar el concierto, la cuerda aguda se rompió y entre las carcajadas de la sala, Paganini siguió tocando su concierto sobre tres cuerdas. El éxito fue enorme. Aquello que para otro habría sido un cúmulo de desastres para él se convirtió en un triunfo.

Cuando la princesa Elisa se convirtió en gran duquesa de Toscana en 1809, Paganini la siguió hasta Florencia, donde fue objeto de una admiración fanática. Su talento, según los testimonios de la época, mostraba un desarrollo nuevo cada día, aunque él mismo no había aprendido todavía a dominarlo por completo. Fue en aquellos años cuando interpretó por primera vez en un concierto de la corte sus variaciones para la cuarta cuerda, extendiendo su registro a 3 octavas por medio de armónicos.

La novedad alcanzó un éxito enorme, sobre todo cuando la ejecutó públicamente en un concierto en Parma. El recurso nacido del capricho se había transformado en una técnica admirada en toda Italia, pero el mismo carácter audaz que lo elevaba sobre el escenario terminó por costarle su lugar en la corte.

La princesa Elisa Bonaparte le había concedido en Luca el rango de capitán de gendarmes, un título que le daba derecho a vestir uniforme. Una noche, Paganini se presentó en un concierto de la corte con todo su esplendor militar. La princesa le ordenó de inmediato que volviera a vestir su traje negro de etiqueta. Paganini se negó alegando que el título de capitán que se le había conferido la autorizaba a llevar uniforme sin restricción alguna.

Tras aquel intercambio, el audaz capitán de Gendarme se atrevió incluso a pasearse por el salón de baile donde la corte se había reunido después del concierto. El desenlace fue tan terminante como el gesto que lo provocó. Paganini juzgó prudente abandonar Florencia y partió aquella misma noche. Pese a todos los esfuerzos de la princesa por hacerlo regresar, nunca más consintió en presentarse ante la corte de Lisa Bonaparte.

Así se cerró el interrogante que había abierto la noche en que retiró las cuerdas de su violín. Aquella misma audacia, la que lo había llevado a inventar la ejecución sobre una sola cuerda y a convertir cada limitación en una conquista, era también la que lo empujaba a desafiar a una princesa por un uniforme.

El genio que se atrevía a mutilar su instrumento para arrancarle sonidos nuevos era el mismo que no toleraba que nadie le impusiera límites, ni siquiera la hermana de Napoleón. En las salas y en los cafés de media Italia circulaba una historia que lava la sangre y al mismo tiempo fascinaba a quien la escuchaba.

Se decía que Paganini había aprendido su arte prodigioso entre los muros de una prisión. Encerrado durante años por un crimen atroz, el asesinato de una amante a la que habría quitado la vida con sus propias manos. Habría pasado el cautiverio con un único violín al que el carcelero, temiendo que se ahorcara, le habría ido arrancando las cuerdas una a una hasta dejarle solamente una.

Sobre esa única cuerda, en la soledad de la celda, habría forjado aquella destreza sobrehumana que nadie acertaba explicar. La leyenda era espeluznante y precisamente por eso resultaba irresistible. Para comprender de dónde brotaban semejantes relatos, conviene mirar el vacío que los hizo posibles. En la biografía de Paganini hay un periodo de varios años situado por los primeros años del siglo XIX que resulta casi imposible de reconstruir con precisión.

Los biógrafos coinciden en señalar lagunas de 4 o 5 años en las que las huellas del artista se vuelven borrosas. Entre una y otra aparición documentada se abren intervalos en los que no se sabe a ciencia cierta dónde estuvo ni qué hizo. Y donde la historia calla, la imaginación habla. Aquellas zonas de sombra fueron el terreno fértil en el que germinaron las acusaciones más extravagantes.

La ausencia de noticias fiables alimentó toda clase de rumores. Se le acusó de haber estado asociado a los carbonarios, las sociedades secretas que conspiraban por aquellos años en suelo italiano. se le atribuyó el asesinato de una de sus amantes y sobre todo se difundió con insistencia la idea de que su dominio del violín sobre una sola cuerda había sido fruto no del estudio ni del genio, sino de un largo cautiverio.

La opinión pública, ábida de explicaciones para algo que parecía inexplicable, prefería el escalofrío de la leyenda negra a la realidad más prosaica del trabajo y el talento. Aquí se abre el interrogante que recorre toda esta etapa de su vida. Pues si el artista había desaparecido durante años de la vista de todos, quedaba en piel la duda sobre lo que había hecho en aquel tiempo y sobre las sombrías historias que circulaban tenían algún fundamento.

La sospecha de la cárcel, del crimen, de la conspiración, se cernía sobre su nombre y amenazaba con definirlo para siempre. Resultaba necesario discernir qué había de verdad en aquel cúmulo de acusaciones y qué era pura invención, nacida del miedo y de la envidia que su figura despertaba. El origen de la leyenda del prisionero puede rastrearse hasta un equívoco concreto.

Paganini fue confundido con un violinista polaco llamado Duranovski o Durand, que como ayudante de campo de un general francés había sido en efecto encarcelado durante algún tiempo en Milán hacia 1814. Aquella historia ajena, la de un músico que sí había conocido la prisión, se adhirió poco a poco al nombre de Paganini, mucho más célebre y mucho más misterioso.

El genobés, además, había oído y admirado al violinista polaco, lo que pudo facilitar la confusión. Una vida que no era la suya terminó así incorporada a su leyenda. La verdad sobre aquellos años perdidos resulta menos nobelesca, pero más humana. Lo más razonable es atribuir el desconocimiento de sus movimientos a su mala salud. minada por los excesos de la juventud.

Los desórdenes de aquellos años de juego y placeres le provocaron un trastorno nervioso que le obligó a un reposo forzoso de varios meses. El cuerpo que tanto había exigido en la práctica y en el desenfreno empezaba a pasar factura. No fue una celda la que lo apartó de los escenarios, sino la enfermedad.

Ese otro encierro mucho más real que ninguna prisión imaginada. En su interior, Paganini debía de vivir con una mezcla de fastidio y de impotencia. el modo en que las habladurías deformaban su figura. Más adelante tendría que esforzarse mucho por refutar las mil absurdidades que se contaban sobre él. Pero hay algo singular en su relación con aquellas leyendas.

Si bien lo perjudicaban, también contribuían a engrandecer su aura, a rodearlo de un halo inquietante que atraía a las multitudes. El hombre que sufría las calumnias era también el artista que se beneficiaba del misterio. Aquella ambigüedad lo acompañaría toda la vida y nunca terminó de resolverse del todo a favor de la verdad desnuda.

Conviene detenerse en la prudencia con que deben tratarse estos episodios. Las distintas versiones que circularon sobre los años oscuros de Paganini no siempre pueden confirmarse ni desmentirse por completo. Algunos relatos proceden de testigos interesados, otros de enemigos y rivales envidiosos y otros de simples aficionados a lo extraordinario.

La asociación con los carbonarios, el supuesto crimen, el cautiverio prolongado, pertenecen al territorio incierto de la conjetura. Lo que la documentación permite afirmar con cierta seguridad es la fragilidad de su salud y la confusión con el violinista polaco. El resto se mueve en el terreno resbaladizo de la leyenda.

No obstante el retiro forzoso por enfermedad, aquellos años no fueron del todo estériles. Seguía vinculado a la corte de Florencia y su talento continuaba madurando. Fue por entonces cuando un tema de un ballet que se representaba en Milán le inspiró sus célebres variaciones tituladas Le estregue, las brujas, una de sus composiciones más famosas con la que recorrería toda Italia antes de que el resto de Europa pudiera aplaudirla.

Incluso en la sombra, el artista seguía creando, transformando en música las impresiones que recogía a su paso. La penumbra biográfica no significaba inactividad, sino tan solo falta de testigos. Aquellos años trajeron también las primeras grandes rivalidades que ayudaron a templar su carácter competitivo.

En marzo de 1816 tuvo lugar su célebre encuentro con el famoso violinista La Font, de quien había oído hablar en Génova. Hábido de medirse con él, Paganini acudió a Milán y ambos virtuosos se enfrentaron en un auténtico torneo público. Interpretaron un concierto de Rode, un dúo al unísono de Kitzer y algunos solos.

Y Paganini reservó la estregue para su número final. Al término del duelo se reconoció que la font igualaba al genobés en la calidad cantábide del sonido, pero que Paganini era incomparablemente superior en la técnica, en la brillantez del tono y en el estilo. El forastero misterioso de los años oscuros emergía de nuevo a la luz como el primer violinista de su tiempo.

Así se fue cerrando el interrogante que las sombras habían abierto. Los años perdidos no escondían ni una celda ni un crimen, sino enfermedad, reposo y una continua, silenciosa labor creadora. La leyenda del prisionero que aprendió a tocar sobre una sola cuerda en oscuridad de una mazmorra se reveló como un equívoco, el eco de la vida de otro hombre adherido a un hombre demasiado célebre.

Y sin embargo, la verdad nunca logró imponerse del todo sobre la fábula. Por más que los hechos la desmintieran, la leyenda negra siguió viva, transmitida de boca en boca, porque correspondía mejor que la realidad a la imagen que el público quería tener de aquel ser extraordinario. La sombra, una vez proyectada, se negaba a desvanecerse.

Dos violinistas se enfrentaron en público y toda una ciudad tomó partido. A un lado, un virtuoso extranjero dispuesto a disputar la supremacía del arte. Al otro, el genobés delgado y enigmático, cuya fama crecía sin freno. No era un simple concierto, sino un duelo, un torneo en el que cada uno defendía su honor ante un auditorio dividido en bandos.

Los partidarios de uno y otro llenaban la sala con expectación febril, conscientes de asistir a una de aquellas confrontaciones que definían quién merecía llamarse el primer violinista de su tiempo. El arco se alzó y la batalla comenzó. Para entonces, Paganini se había convertido en una figura central de la vida musical italiana.

Tras su debut en el teatro de la escala de Milán, una ciudad que llegó a serle tan querida como su propia Génova, su reputación quedó firmemente establecida. Allí ofreció una decena de conciertos en seis semanas y desde aquel momento fue considerado el primer violinista de Europa, una reputación confirmada por más de un centenar de conciertos por toda Italia.

Milan se transformó en uno de sus escenarios predilectos y el público acudía en masa a escucharlo, dispuesto a pagar lo que hiciera falta por presenciar sus proezas. Su relación con Joaquino Rosini ilumina aquellos años de plenitud. Los dos genios coincidieron en varias ocasiones y entre ellos se tejió una complicidad llena de música y de buen humor.

En Bolonia, Padanini improvisó con Rosini al piano en casa de una familia de la ciudad. En Roma compartieron los días alegres del carnaval y en una ocasión memorable, al morir repentinamente el director de orquesta durante los últimos ensayos, fue Paganini quien dirigió el estreno de una ópera de Rosini.

El violinista no era solo un virtuoso solitario, sino un músico inmerso en la vida artística de su tiempo, capaz de code los más grandes compositores y de ganarse su respeto. Aquí se abre el interrogante que atravesaba toda su carrera, pues junto a la admiración crecía también la sospecha. Algunas voces, sobre todo entre los críticos formados en la tradición clásica, se preguntaban si aquel hombre era de verdad un gran artista o tan solo un prestidigitador deslumbrante, un hábil ejecutante de trucos que asombraban a las masas sin

alcanzar la categoría del arte verdadero. Lo acusaban de buscar el efecto fácil, de rebajar el violín al nivel del jubilar. Quedaba por dilucidar si la posteridad lo recordaría como un genio o como un charlatán de talento, una duda que lo perseguiría incluso en la cima de su fama. El testimonio del violinista y compositor Luis Sport, que viajaba por Italia en aquellos años, refleja con claridad esa ambivalencia.

Sport lo escuchó tocar y dejó por escrito su impresión, una mezcla de asombro y de reserva. reconocía que ningún músico había entusiasmado jamás a los italianos hasta semejante extremo y admiraba la maravillosa destreza de su mano izquierda. pero al mismo tiempo señalaban sus composiciones y en su modo de tocar una curiosa mezcla de genialidad y de cierta falta de gusto casi infantil, de manera que la impresión total, tras oírlo repetidas veces, no acababa de satisfacerlo por completo.

El juicio era cauto, matizado, lejos del entusiasmo ciego de las multitudes. Las rivalidades volvieron a poner a prueba su superioridad. Tras el duelo con la Font, Padanini se midió también con el polaco Lipinski. Primero en un ambiente cortés y más tarde en Varsovia en un enfrentamiento mucho más áspero que dividió a la ciudad en partidarios de uno y otro y terminó en abierta disputa.

Aquellos torneos, lejos de menoscavar su prestigio, lo consolidaban. Una anécdota resume su conciencia de sí mismo. Alguien le preguntó quién era el primer violinista de su tiempo y Padanini, tras un instante de reflexión respondió que el primero no sabría decirlo, pero que el segundo era, sin duda, Lipinski.

La ironía revelaba a un hombre plenamente seguro de su lugar en la cumbre. En su vida íntima, aquellos años trajeron un cambio profundo. Hacia 1824, en Venecia, conoció a Antonia Bianchi, una cantante natural de Como que durante varios años lo acompañó por todas partes. De aquella unión nació en Palermo en julio de 1825 un hijo al que llamaron Ail.

El nacimiento de aquel niño transformó al artista. El hombre que había llevado una vida desordenada, entregado al juego y a los placeres, descubrió en la paternidad un sentimiento que lo absorbería por completo. El ídolo de las multitudes era también, en la intimidad un padre arrebatadamente enamorado de su hijo.

La devoción de Paganini por el pequeño achilocía límites. Más adelante confesaría que lo amaba tan entrañablemente que llegaba a sentirse celoso de él, que día y noche el niño era su único pensamiento y que perderlo equivaldría a perderse a sí mismo. Aquel rasgo contrastaba vivamente con la imagen pública de un ser frío y misterioso, casi inhumano.

Detrás del virtuoso enigmático latía un corazón capaz de una ternura desbordante volcada por entero en aquella criatura. La paternidad reveló una faceta del hombre que la leyenda empeñada en pintarlo como un personaje siniestro se negaba a reconocer. El cuidado de su salud, siempre frágil, marcó también este periodo.

Una estancia en Sicilia se hizo imperativa para fortalecer su constitución delicada y allí permaneció durante un tiempo, aunque siguió ofreciendo conciertos en distintas ciudades. El cuerpo enfermizo y la voluntad férrea convivían en él en permanente tensión. Cada gira era una conquista arrancada a la enfermedad.

Cada triunfo una victoria sobre su propia fragilidad. La gloria que cosechaba tenía siempre como telón de fondo el deterioro físico que lo acompañaba desde la juventud. Así fue cerrándose el interrogante sobre su verdadera estatura artística. El juicio cauteloso de Spor, que reconocía su destreza prodigiosa al tiempo que señalaba sus excesos.

Ofrecía una respuesta equilibrada a la pregunta que dividía a la crítica. Paganini no era ni un simple charlatán ni un genio sin sombras, sino un artista extraordinario cuyo dominio técnico habría caminos nuevos, aunque su afán de sorprender lo llevara a veces más allá de los límites del buen gusto clásico.

El público, en cualquier caso, había dictado ya su veredicto sin reservas. Allá donde iba, las multitudes lo aclamaban como el primer violinista de Europa y su superioridad sobre cuántos rivales se atrevían a desafiarlo quedaba confirmada una y otra vez. El genobés, delgado y misterioso, se había convertido sin discusión posible en el ídolo de Italia y al mismo tiempo en la intimidad en un padre que vivía pendiente de un niño.

Al verlo aparecer sobre el escenario, más de un espectador creyó estar contemplando algo que no era del todo humano, delgado hasta el extremo, con las ropas colgando de unos miembros que parecían a punto de desencajarse, el cuerpo encorbado en ángulos imposibles. Paganini sugería la imagen de un esqueleto animado por una fuerza desconocida.

Cuando se inclinaba para saludar, su figura se contorsionaba de tal modo que el público temía verlo desmoronarse de pronto en un montón de huesos. Y al empezar a tocar de aquella criatura de aspecto cadavérico, brotaban sonidos de una belleza tan extraña que muchos no encontraban más explicación que la intervención de algún poder sobrenatural.

La descripción de su físico ha llegado hasta nosotros a través de numerosos testimonios coincidentes. Medía alrededor de 1,65 m, de complexión en juta y líneas largas y sinas. Tenía el rostro pálido y alargado, de rasgos marcados, la nariz prominente y aquilina, los ojos de mirada penetrante, casi de águila, y una cabellera rizada que le caía sobre los hombros, ocultando un cuello extremadamente delgado.

Dos surcos profundos le recorrían las mejillas hasta el punto de que algunos los comparaban con las aberturas de un violín. La palidez del semblante, la inmovilidad casi pétria de sus facciones, rotas apenas por la sombra de una sonrisa cuando estallaban los aplausos, completaban una estampa que se grabó para siempre en la memoria de cuantos lo vieron.

Sus contemporáneos quedaron tan impresionados por su aspecto como por su música. Algunos lo llamaron el mago del sur, otros el hechicero y por toda Europa se le conoció como el rey del violín. la prensa de la época, los dibujos y las caricaturas se encargaron de fijar aquella imagen inquietante, la de un ser fantástico y casi diabólico que la posteridad se empeñaría en seguir viendo en él.

Cuanto más extraordinario resultaba su arte, más fácilmente se le atribuía un origen que escapaba a lo natural. La fealdad singular de su figura, lejos de perjudicarlo, alimentaba la fascinación y reforzaba la leyenda de un pacto con fuerzas oscuras. Aquí se abre el interrogante que da sentido a toda esta parte de su historia.

Pues si su música parecía imposible para un ser humano corriente, quedaba por resolver de dónde procedía aquella destreza sobrenatural. Las multitudes susurraban que solo el  podía guiar un arco de aquella manera, que ningún hombre alcanzaba por sí solo semejante perfección. Era preciso averiguar si detrás de su genio se escondía en verdad algo misterioso e inexplicable o si existía una explicación más terrena capaz de devolver a aquel prodigio su condición de hombre.

La cuestión no era menor, pues de ella dependía que se le recordara como un artista o como una aparición fantasmal. La ciencia de su tiempo intentó descifrar el enigma y lo hizo de la mano de quienes lo conocieron de cerca. El Dr. Francesco Benati, que mantuvo durante más de 10 años una relación íntima con el músico y le prestó sus servicios profesionales durante meses, redactó un detallado estudio sobre su organismo.

Su conclusión fue tan rotunda como reveladora. Sostenía que la superioridad del célebre violinista no era tanto el fruto de una práctica continuada, como se había afirmado, sino sobre todo el resultado de una aptitud física singular. Paganini, según el médico, era un organismo hecho expresamente, podría decirse, para alcanzar la más alta perfección como ejecutante.

Las observaciones de Benati desmontaban una a una las explicaciones sobrenaturales. Examinó la extraordinaria flexibilidad de las articulaciones del artista, la laxitud de los ligamentos de los hombros y de las manos, la elasticidad de sus dedos. La mano de Paganini no era más grande de lo normal, pero gracias a la flexibilidad de todas sus articulaciones podía duplicar su alcance.

Era capaz de dar a las primeras falanges de los dedos de la mano izquierda una flexión lateral notable con facilidad, precisión y rapidez, lo que le permitía ejecutar pasajes que para cualquier otro resultaban imposibles. Su arte, concluía al médico, era simplemente el resultado de la práctica unida a una disposición física excepcional.

El oído del artista resultaba igualmente prodigioso y también eso encontró explicación en la observación científica. Benati describía la finura sobrehumana de su sentido auditivo. Paganini oía lo que se decía en un susurro a gran distancia y la sensibilidad de su tímpano era tal que le causaba dolor que alguien hablara en voz alta a su lado.

Mientras la orquesta entera tocaba con toda la fuerza de sus instrumentos de viento, le bastaba un ligero toque con un dedo para afinar su violín. Detectaba al instante cualquier instrumento desafinado, por leve que fuera el desajuste, a una distancia increíble. Desde la infancia, el repique de las campanas y el sonido del órgano lo habían conmovido hasta las lágrimas.

Aquel oído portentoso no era magia, sino naturaleza llevada a su grado más extremo. Hubo también quien intentó penetrar en los secretos de su técnica, observándolo con paciencia. El director de orquesta y violinista Cal Gur, que pudo escucharlo y tratarlo durante meses, se propuso descubrir los recursos que el propio Paganini guardaba celosamente.

Cuando se le preguntaba por sus métodos, el Genovés respondía siempre que cada cual tenía sus secretos. Gur, a fuerza de atención, fue desentraneando varios de ellos. identificó su modo particular de afinar el instrumento, a veces elevando las cuerdas medio tono, su manera peculiar de manejar el arco, la combinación de los sonidos del arco con el pichicato de la mano izquierda, el uso magistral de los armónicos y la ejecución sobre la cuarta cuerda.

Lo que parecía inexplicable se revelaba al análisis como un conjunto de procedimientos dominados con una perfección sin igual. El propio Benati ofreció un retrato humano que contrastaba con imagen siniestra difundida por sus enemigos. negó que el rostro de Paganini expresara un dolor físico permanente o una melancolía salvaje fruto del cansancio de vivir.

Por el contrario, afirmaba haberlo visto siempre alegre, brillante, incluso lleno de buen humor entre amigos y juguetón como un niño cuando estaba con su pequeño Aquil. El hombre que la leyenda pintaba como un ser atormentado y diabólico era, para quienes lo conocían de verdad, una persona capaz de risa, de ternura y de afecto.

La distancia entre el mito y la realidad no podía ser mayor. Así quedó respondido el interrogante que la apariencia del artista había suscitado. El enigma de su cuerpo no se resolvía con pactos diabólicos ni con poderes sobrenaturales, sino con una explicación tan asombrosa como humana, una conformación física excepcional, una flexibilidad única de las articulaciones, un oído de una finura extrema y una práctica incansable.

La naturaleza y no el infierno había forjado aquel mecanismo prodigioso. Y sin embargo, conviene reconocer que la versión sobrenatural nunca llegó a extinguirse del todo. Por más que la ciencia ofreciera sus razones, el público seguía prefiriendo el escalofrío de lo misterioso. La leyenda del hechicero del sur, alimentada por su figura espectral y por su música imposible, sobrevivió a todas las explicaciones, porque respondía a una necesidad más honda que la verdad, la de creer que entre los hombres había caminado por un tiempo un ser que no era

enteramente de este mundo. El 23 de marzo de 1828, en la sala de la redud de Viena, Paganini deslizó el arco sobre las cuerdas de su guarnerius y la ciudad entera perdió la cabeza. Desde la primera nota, los aplausos frenéticos de la multitud no cesaron un instante. 3,000 personas se apretujaban en aquella sala dispuestas a pagar lo que fuera por escucharlo.

Lo que oyeron superaba cuanto habían imaginado. Octavas que volaban como flechas, pasajes en décimas, cascadas de notas ejecutadas con una precisión absoluta, cuerdas que sonaban y enmudecían sin interrupción en los pasajes más difíciles y brillantes. La prensa bienesa reconoció con franqueza que lo que habían escuchado superaba toda credibilidad y que las palabras no bastaban para describirlo.

Aquel triunfo marcaba un antes y un después en la carrera del artista. Hasta entonces, la gloria de Paganini había sido cosa enteramente italiana. Durante años había recorrido la península de un extremo a otro, cosechando aplausos en Milán, Roma, Nápoles, Venecia y tantas otras ciudades.

Pero su fama apenas había traspasado los Alpes. Su primera aparición en el extranjero, precisamente en Viena, fue la chispa que prendió el fuego del entusiasmo en toda Europa. El genobés tenía ya alrededor de 44 años cuando dejó Italia para conquistar el continente. Llegaba precedido de su leyenda y la realidad de su arte desbordó todas las expectativas.

La capital austriaca sucumbió a una auténtica fiebre. El fenómeno desbordó los límites de las salas de concierto y se adueñó de la vida cotidiana. Las modas bienesas se volvieron todas a la manera de Palanini. En los restaurantes, los camareros preguntaban a los clientes si deseaban cenar al estilo del violinista y había chuletas a la Paganini y panecillos a la Paganini con forma de violín.

Las mujeres lucían cintas, fajas y botones a la Paganini. Los hombres fumaban pipas y cigarros con su nombre. Se jugaba al billar y se tomaba rapea a la Paganini. Los poetas le dedicaban sonetos y composiciones enteras, y el emperador lo nombró virtuoso de cámara mientras la ciudad acuñaba en su honor una medalla. Un cronista llegó a escribir con humor que el violinista había destronado por un tiempo a la jirafa recién enviada por el bajá de Egipto, hasta entonces objeto de toda la atención de la corte.

Aquí se abre el interrogante que late bajo todo este periodo de conquistas, pues mientras Europa entera se rendía a sus pies y las multitudes lo aclamaban como a un semidios, quedaba en pie una pregunta inquietante sobre el hombre que sostenía aquella leyenda. Su salud, frágil desde la juventud, debía soportar ahora el esfuerzo agotador de un triunfo continuo, de giras interminables a través de climas extraños y caminos difíciles.

Resultaba dudoso que un cuerpo tan castigado pudiera resistir mucho tiempo el precio físico de semejante apotiosis. La gloria parecía no tener límites. El organismo que la sostenía, en cambio, los tenía y muy estrechos. Los signos de aquel desgaste no tardaron en aparecer. Tras los triunfos de Viena, Paganini se dirigió a Bohemia y en Praga lo esperaba una prueba dolorosa.

Su delicada Constitución lo obligó a ponerse en manos de un célebre cirujano militar que le aplicó un tratamiento homeopático y le aconsejó tomar las aguas en un balneario. En Praga sufrió, además, las consecuencias de una operación desafortunada que le dañó la mandíbula inferior. Hubo que recurrir a la extracción de los dientes inferiores, intervención a la que siguió una inflamación de la laringe.

El hombre que asombraba a Europa con la perfección de su arte yacía mientras tanto doliente, sometido a los rigores de la medicina de su época. Praga reservó también un contraste revelador en el terreno de la crítica. A diferencia de Viena, rendida sin condiciones, la ciudad Bohemia, justamente orgullosa de su buen gusto musical, recibió a Paganini con reservas.

Algunos críticos compararon su modo de tocar con el de los maestros clásicos y le reprocharon el uso de sonidos sorprendentes, a veces estridentes, y decadencias que juzgaban anticuadas. Hubo quien tachó su ejecución sobre la cuarta cuerda de charlatanería y su ampleo frecuente de armónicos de mal gusto. Uno de sus adversarios llegó a escribir que aquella agilidad de la mano izquierda podía adquirirse con la práctica, sin talento ni genio y que no era más que una destreza mecánica.

Pero ni siquiera las críticas más severas hicieron mella en el fervor del público, que seguía llenando las alas pese a los precios multiplicados. En su interior, Paganini sostenía aquella tensión entre la apoteosis exterior y el deterioro íntimo con una mezcla de orgullo y resignación. El primer rose del arco sobre las cuerdas, escribieron quienes lo conocían, obraba en él como una chispa eléctrica que le devolvía la vida, por más débil y enfermo que estuviese.

Sobre el escenario, todos sus nervios vibraban como las cuerdas de su violín y su cuerpo parecía obedecer a un poder irresistible. Pero apenas terminaba el concierto, el hombre volvía a su fragilidad, a sus dolencias, a la conciencia de un organismo que se consumía. La música era a la vez el alimento que lo sostenía y el esfuerzo que lo agotaba.

restablecido a duras penas, emprendió una vasta gira por Alemania que confirmó su condición de fenómeno europeo. Recorrió más de 20 ciudades de Dresde a Berlín, de Leipzig a Munich, sembrando a su paso el mismo delirio que había conocido Viena. En Berlín, un crítico escribió que Paganini lograba lo increíble, que no superaba las dificultades, sino que estas no existían para él y que había creado un instrumento enteramente nuevo que solo él dominaba.

En un concierto, al romperse una cuerda nada más empezar, siguió tocando sobre las tres restantes sin la menor señal de turbación. Su capacidad para transformar cualquier contratiempo en una proeza seguía intacta y reforzaba la creencia popular en su naturaleza extraordinaria. La gira lo llevó también hasta Varsovia, donde lo esperaba un encuentro cargado de significado para la historia de la música.

acudí a la capital polaca con motivo de las solemnidades de una coronación y allí, entre público de uno de sus conciertos, se hallaba un joven destinado a la inmortalidad. Frederick Chopen todavía en los comienzos de su carrera escuchó tocar al genobés. La impresión que aquel arte prodigioso dejó en el joven compositor fue profunda y más adelante daría frutos en su propia obra.

El ídolo, maduro y enfermo encendía sin saberlo la imaginación de las generaciones que vendrían después. Así se fue resolviendo el interrogante que la conquista de Europa había planteado. El cuerpo frágil que sostenía la leyenda pagó en efecto un precio altísimo por aquellos triunfos. El delirio de las multitudes corría parejo con el deterioro del hombre y la operación de Praga con la pérdida de sus dientes y la inflamación que la siguió fue solo el primero de los golpes que su salud habría de encajar en aquella campaña triunfal. Paganini

conquistó Europa, sí, pero la conquistó a costa de sí mismo, arrancando cada apoteosis a un organismo que se debilitaba sin remedio. La chispa eléctrica del arco lo devolvía a la vida noche tras noche, pero cada resurrección lo acercaba un poco más al agotamiento final. El triunfo y la ruina física avanzaban de la mano, inseparables hacia un mismo destino.

El 9 de marzo de 1831, la sala de la ópera de París se llenó hasta los topes con lo más granado de la sociedad. La corte, la aristocracia, la política, la literatura y las bellas artes tenían allí su representación. Era una velada destinada a quedar grabada en los anales de la Academia Real de Música y la magnitud del acontecimiento podía medirse por la recaudación que alcanzó una cifra extraordinaria.

París, la capital del mundo artístico, aguardaba con impaciencia febril la primera aparición del genobés. Cuando Paganini salió al escenario y el violín comenzó a sonar en sus manos, el público comprendió que aquel instrumento dejaba de ser el de Tartini o el de Bioti para convertirse en algo radicalmente distinto, una cosa aparte, sin precedentes.

El momento histórico no podía ser más propicio para semejante aparición. Paganini llegaba a París apenas 6 meses después de la revolución que había puesto a Luis Felipe en el trono. La política estaba muy agitada y el mundo literario y artístico empezaba a hervir con la fiebre romántica. Eran los días en que se preparaba la publicación de la gran novela de Víctor Hugo sobre la catedral de Nuestra Señora y el ambiente vibraba con una energía nueva, ávida de pasiones intensas y de figuras extraordinarias.

En ese clima exaltado, la irrupción de un artista que parecía encarnar el genio romántico en su forma más pura cayó como una chispa sobre un polvorín. París estaba preparado para idolatrarlo y lo idolatró. Los críticos más respetados intentaron capturar con palabras lo que escuchaban. Uno de ellos describió como en su concierto en Re Menor, el violín respondía en el registro más agudo a los trombones que rugían en tonos profundos.

retomaba el motivo donde lo habían dejado las trompetas y lo reproducía en armónicos, de tal modo que parecía seguir sonando el mismo instrumento. La habilidad y la magia de su ejecución asombraban un poco más cada día. Otro escribió que Paganini era sin duda, un hombre sabio y que sus composiciones y sus descubrimientos, fruto de un pensamiento que parecía ir más allá del alcance de la mente humana, lo demostraban.

hasta había compuesto un concierto especialmente para Francia que se negaba a interpretar en ningún otro lugar. Aquí se abre el interrogante que recorre esta etapa de su vida, pues a medida que su fortuna crecía hasta cifras fabulosas, crecía también una imagen sombría que se adhería a su nombre. Por toda Europa se le acusaba de una avaricia proverbial, de una tacañiería sin límites, de cobrar sumas exorbitantes y de negarse a la generosidad.

multiplicaba el precio de las entradas allá donde iba, amasaba caudales que depositaba en los bancos y los rumores sobre su codicia corrían tan deprisa como los de su genio. Quedaba por descubrir quién era el hombre verdadero detrás de aquella máscara de millonario ávaro y si la imagen que el público se había forjado de él correspondía a su naturaleza íntima o la traicionaba por completo.

La realidad de su carácter era más compleja y más matizada de lo que la leyenda admitía. Es cierto que exigía precios muy altos y que administraba con cuidado la fortuna que había llegado a reunir después de haber dilapidado tanto en su juventud. Pero junto a esa prudencia convivía una generosidad discreta que pocos conocían.

Daba con facilidad entradas gratuitas a jóvenes músicos y aficionados pobres que deseaban escucharlo y prestó a numerosos artistas sumas considerables que jamás reclamó. Vivía en los mejores hoteles, ofrecía propinas generosas y gastaba mucho en obras de caridad. Su enfermedad, que le impedía comer en abundancia, le hacía llevar además una vida sobria.

Sostenía que comer poco y beber poco nunca habían hecho daño a nadie. Tras la muerte de su padre, mantuvo a su madre y a una de sus hermanas y socorrió a otra con dinero que nunca le fue devuelto. El contraste más conmovedor entre la leyenda y la verdad lo ofrecía su relación con su hijo. Paganini viajaba por Europa acompañado siempre del pequeño a Chil, del que rara vez consentía separarse, ni siquiera por poco tiempo.

Lo vestía él mismo sin permitir que nadie más se ocupara de ello. Lo colmaba de juguetes y le perdonaba todos los caprichos. Cuando alguien le reprochaba la mala crianza del niño, el padre respondía con ternura que el pobre pequeño se sentía solo, que había agotado ya toda clase de juegos para distraerlo. El hombre acusado de avaricia y de frialdad era, en la intimidad un padre desbordado de cariño, capaz de fingirse herido y caer al suelo para complacer a su hijo, que lo amenazaba en broma con un sable de juguete. París y Londres se rindieron

por igual a su arte, aunque cada ciudad lo recibió a su manera. En Londres, donde el público lo aguardaba con la misma impaciencia que el parisino, las entradas se agotaron días antes del primer concierto, pese a precios elevadísimos. Allí, sin embargo, su fama atrajo también incidentes desagradables. Un tal señor Watson, en cuya casa se había alojado, lo persiguió hasta el continente acusándolo de haberse llevado a su hija.

Paganini se defendió en la prensa, explicando que la joven había buscado refugio en él tras ser maltratada por su padre y que lo había seguido contra su voluntad. El asunto se resolvió a su favor, pero alimentó una vez más las habladurías que rodeaban su nombre donde quiera que fuese. Sus negocios, en cambio, no siempre fueron tan brillantes como sus conciertos.

En París concibió una empresa ambiciosa que terminaría amargándole los últimos años. Dos especuladores habían proyectado abrir un casino en la José Dantín, un establecimiento que aspiraba a reunir la música, la danza, la conversación, la lectura y los paseos en un único centro de placer. Paganini no solo prestó su nombre a aquella casa que se llamó Casino Paganini y abrió sus puertas en noviembre de 1837, sino que invirtió en ella una parte considerable de su fortuna, comprando la mayoría de las acciones.

Confiaba en que su prestigio bastaría para asegurar el éxito de la empresa. El proyecto fue un desastre. El casino apenas le trajo pleitos y deudas. Su delicada salud, que le había arrebatado casi por completo la voz a causa de una afección de la laringe, le impedía actuar, de modo que ni siquiera pudo cumplir con la cláusula que lo obligaba a tocar en sus salones.

Se vio demandado por no presentarse, condenado a pagar fuertes indemnizaciones, arrastrado de tribunal en tribunal. Los obreros reclamaban sus salarios, los acreedores se multiplicaban y el nombre del gran artista, antes sinónimo de gloria, aparecía ahora en las columnas de los juzgados. Cada nuevo proceso, cada nueva condena, no hacía sino confirmar a los ojos del público la imagen del paganini avaro y desdichado en los negocios.

Así quedaba respondido, al menos en parte, el interrogante sobre el hombre verdadero. Detrás de la máscara del millonario avaro latía una persona mucho más contradictoria y más humana, un padre de ternura desbordante, un benefactor discreto de jóvenes músicos, un hombre sobrio por necesidad y generoso por inclinación, pero también un inversor imprudente cuya mayor empresa terminó en ruina y escándalo.

El fracaso del casino, con su cortejo de demandas y de habladurías, parecía dar la razón a quienes lo tachaban de codicioso, castigado por su propia avaricia. La verdad, sin embargo, era otra. Y solo un gesto inesperado de los que no se olvidan. lograría algún día silenciar las maledicencias y mostrar a Europa entera de qué grandeza era capaz aquel corazón tan calumniado.

Al término de un concierto en el Conservatorio de París, ante los músicos que aún no habían abandonado el escenario, Paganini hizo algo que dejó atónita a Europa entera. Acababa de escucharse Harold en Italia, la obra que Héctor Berlió había compuesto a instancias suyas. Y el genobés, profundamente conmovido, se acercó al joven compositor y se arrodilló a sus pies.

Con la escasa voz que le quedaba, casi extinguida por la enfermedad, declaró que aquel hombre era una maravilla y que había ido más lejos que Betoven. No contento con aquel homenaje público, envió poco después a su pequeño a Chile a casa de Berlios, con una carta y un regalo que nadie esperaba, la suma de 20,000 francos.

El gesto resonó como un trueno en el mundo musical. Berlios, que acababa de ver fracasar estrepitosamente su ópera, atravesaba una situación difícil y aquel donativo principesco le aseguró, según sus propias palabras, varios años de descanso, de trabajo sereno y de libertad. En la carta que acompañaba el dinero, Paganini escribió que muerto Bethoven, solo Berlió podía hacerlo revivir y que consideraba un deber rendirle aquel homenaje.

La prensa, que tantas veces lo había acusado de avaricia, quedó desconcertada. El mismo Jul Yanin, que poco antes lo había atacado con dureza, hubo de retractarse y reconocer la grandeza de aquel acto. En torno a aquel donativo surgieron, como siempre ocurría con Paganini, distintas versiones. Algunos sostuvieron que el gesto había sido inspirado por terceros o que respondía a oscuros cálculos para congraciarse con el público.

Otros, entre ellos Franz List, cuya palabra resulta difícil de refutar, defendieron la sinceridad absoluta del homenaje. El propio Paganini explicó su acto con sencillez. Dijo que lo había hecho por Berlios y por sí mismo. Por Berlió, porque veía en él a un joven lleno de genio, cuyas fuerzas podrían haber flaqueado en la lucha contra la mediocridad envidiosa y la ignorancia indiferente.

Y por sí mismo, porque sabía que cuando se contaran en el futuro sus títulos a la gloria musical, no sería el menor de ellos el haber sido el primero en reconocer a un genio y ofrecerlo a la admiración de todos. Aquí se abre el último interrogante de esta historia. Pues el hombre que acababa de mostrar semejante generosidad era el mismo a quien tantos habían calumniado como avaro y diabólico.

Quedaba por ver cómo juzgaría la historia a una figura tan amada por las multitudes y tan vilipendiada por la maledicencia, y por qué razón, incluso después de su muerte, parecía negársele el descanso que todo hombre merece. El destino de Paganini, extraordinario en vida, reservaba aún capítulos asombrosos más allá de la tumba, como si una fatalidad inexplicable se empeñara en perseguirlo hasta mucho después de su último aliento.

Tras aquel episodio que conmovió a la prensa durante semanas, Paganini abandonó París, al que ya no volvería, y marchó hacia el sur en busca de un clima más benigno para su salud arruinada. La afección de la laringe la había arrebatado casi por completo la voz y sin la ayuda de su hijo, que le servía de intérprete, resultaba muy difícil entenderlo.

Recorrió Marsella, Nisa y los balnearios de los Pirineos, buscando en vano un alivio que no llegaba. Un cronista lo describió por entonces como una sombra, tan demacrado que solo sus ojos ardientes y sus gestos angulosos parecían hablar por él. El ídolo que había enloquecido a Europa se había convertido en un espectro errante que arrastraba consigo de baño en baño su violín y su agonía.

El primero de octubre de 1839 llegó a Génova, su ciudad natal, donde sufrió poco después un ataque nervioso. Con la llegada del invierno regresó a Nisa. Allí un corresponsal escribió que lo veía casi a diario, todavía vigoroso pese a todo, y que a menudo lo oía tocar a solas con la sordina puesta. Hablaba siempre de un nuevo método para el violín que pensaba publicar, capaz de simplificar el estudio y de asegurar una entonación más perfecta.

Aquel hombre consumido por la enfermedad seguía soñando con proyectos, con legar a la posteridad los secretos de su arte, hasta el final aferrado a la música que había sido toda su vida. Paganini murió en Nisa el 27 de mayo de 1840, dejando un gran nombre y una inmensa fortuna a su único hijo, un muchacho de 14 años.

Su patrimonio ascendía a 1,700,000 francos, repartidos entre bienes inmuebles y títulos de deuda de Francia, Inglaterra y las dos Sicilias. Fue List quien se encargó de escribir su oración fúnebre para los lectores de una gaceta musical. En ella exhortaba al artista del porvenir a renunciar a la vanidad y al culto de sí mismo, y a no ver jamás su meta en él mismo, sino mucho más allá.

El genio concluía, obliga, pero la muerte no trajo el reposo. Comenzó entonces el capítulo más extraño de toda su historia. El obispo de Nisa, alegando que Paganini había muerto sin recibir los últimos sacramentos y arrastrando una fama de irreligiosidad, le negó la sepultura en tierra consagrada. Conviene recordar que las versiones sobre sus últimos momentos difieren.

Según una de ellas, requerido bruscamente para una última confesión, el artista habría respondido que no se creía tan cercano la muerte como para necesitar auxilio espiritual, pero que llegado el momento no faltaría ese deber supremo. La muerte lo sorprendió antes de que pudiera cumplir esa intención y la negativa eclesiástica abrió un conflicto que se prolongaría durante años.

Privado de sepultura cristiana, el cuerpo embalsamado de Paganini emprendió un peregrinaje macabro que duró más de medio siglo. Permaneció largo tiempo expuesto y luego fue trasladado de un lugar a otro, de un lazareto a una villa, de una región a otra, mientras su hijo a Chile luchaba sin descanso por obtener para su padre el descanso en tierra sagrada.

El Papa anuló finalmente la decisión episcopal y ordenó una investigación sobre los sentimientos religiosos del difunto. Hubo entierros provisionales, exumaciones sucesivas, traslados a Génova, a la Villa Gallón en el ducado de Parma, al cementerio de Parma. El ataúd fue abierto una y otra vez en 1853, en 1876, en 1893.

La últimación necesaria tuvo lugar en agosto de 1896, más de medio siglo después de su muerte, con motivo del trazado de un nuevo cementerio. Parecía como si una fatalidad implacable negara el reposo terrenal tan merecido a quien había sido Paganini. Así se cerró el último interrogante de esta historia.

La posteridad, lejos de recordarlo como el charlatán que algunos críticos quisieron ver, lo consagró como el más grande violinista de todos los tiempos hasta convertir su nombre en sinónimo mismo de la maestría. Tocar como Paganini se transformó en el más alto elogio que podía dedicarse a un músico y su figura alcanzó una dimensión casi mítica que el tiempo no ha hecho sino agrandar.

La profecía que él mismo había formulado, la de que sus títulos a la gloria serían reconocidos por las generaciones venideras, se cumplió con creces. El hombre tan amado y tan calumniado, aquel cuyo cuerpo no halló descanso durante décadas, encontró al fin en la memoria de la música la inmortalidad que tanto había buscado. La plegaria soñada por su madre en una habitación humilde de Génova se había cumplido más allá de cuanto ella pudo imaginar.

Su hijo no solo había llegado a ser un gran violinista, sino el más grande de todos. Una leyenda que aún hoy sigue viva. Hasta aquí la vida de Nicolo Paganini, el hombre que convirtió un violín en leyenda y su nombre en historia. Si este viaje os ha emocionado tanto como a mí, os agradezco de corazón que dejéis vuestro me gusta y os suscribáis al canal, porque así me ayudáis a seguir rescatando del olvido a estas figuras irrepetibles.

Soy Adrián Montero y nos reencontraremos muy pronto en una nueva historia.

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