Pachuca y el Porfiriato: Las Casas de Mineros que Crecieron Bajo la Sombra de los Tiros

Imagine usted una ciudad construida literalmente sobre un hueco. No es una metáfora. Debajo de Pachuca, Hidalgo, hay más de 8000 km de túneles, 8000 km de galerías, socabones y pozos que corren bajo las casas, bajo las calles empedradas, bajo la plaza principal, bajo los pies de la gente que camina hoy mismo por ese centro histórico, sin saber que camina sobre un imperio subterráneo de plata que tardó casi 400 años en construirse.

Y encima de ese hueco, literalmente encima, se levantaron casas. casas de piedra, de adobe, de teja roja, traída de otro continente, casas que crecieron pegadas a torres de acero llamadas tiros, las estructuras que subían y bajaban a los hombres hacia el infierno y los devolvían si tenían suerte con vida.

Esta es la historia de cómo una montaña de plata convirtió a un pueblo olvidado en una de las ciudades más raras de México. una ciudad donde un conde español, un ejército de mineros ingleses de Cornualles y la mano de hierro de Porfirio Díaz se cruzaron para levantar barrios enteros a la sombra de las máquinas de vapor y donde, si usted sabe mirar, todavía puede encontrar los fantasmas de esa época caminando entre las calles empinadas de un barrio llamado el arbolito.

Quédese hasta el final porque hay un dato sobre el origen del fútbol mexicano, del plato más querido de Hidalgo y de un reloj construido por los mismos que hicieron el Big Ben, que la mayoría de la gente ni siquiera de Pachuca conoce completo. Antes de entrar de lleno, si usted es de los que disfruta este tipo de historias, historias de nuestro México con detalles que no le van a contar en la escuela, suscríbase al canal.

nos ayuda muchísimo a seguir investigando en archivos, museos y viejos documentos para traerle contenido como este. Ahora sí, comencemos por el principio. Por un pueblo fantasma. ¿Sabía usted que antes de que llegara Porfirio Díaz al poder, Pachuca y Real del Monte ya habían muerto una vez? Y no fue la única.

La historia de la plata en esta región no comienza con los ingleses ni con el porfiriato. Comienza mucho antes, en 1552, cuando un metalúrgico español llamado Bartolomé de Medina descubrió en la hacienda de Purísima Grande un método revolucionario para separar la plata del mineral, el beneficio de patio. mezclaba el mineral molido con agua, sal y mercurio y dejaba que el tiempo y el pisoteo de mulas hicieran el resto.

Ese invento, nacido en Pachuca cambió la minería de todo el mundo durante 300 años. Con ese descubrimiento llegó la fiebre. En apenas 8 años la población de la zona creció casi 300%. De ser un caserío disperso, Pachuca se convirtió en un imán de aventureros, comerciantes y buscadores de fortuna. Y en el siglo XVII, un hombre marcó el destino de la región para siempre.

Pedro Romero de Terreros, el conde de regla, quien encontró nuevas betas en Real del Monte y desató un auge minero descomunal. Su fortuna llegó a ser tan grande que, según cuenta la tradición popular, financió de su bolsillo obras de caridad, iglesias y hasta parte de la ciudad de México. Pero el conde también impuso reglas duras, una de ellas quitarles a los mineros el partido, una vieja costumbre según la cual el último costal de mineral que un trabajador subía en su jornada se repartía entre él y el dueño de la mina. Para el minero,

ese último costal podía significar la diferencia entre comer o no comer esa semana. Cuando Romero de Terreros intentó eliminarlo, la respuesta fue una revuelta que terminó con la muerte del alcalde mayor de Pachuca a manos de la turba. Los historiadores consideran ese estallido como el primer antecedente documentado de una huelga minera en México, mucho antes de que existiera esa palabra. Ese fue el primer gran quiebre.

El segundo llegó con la guerra de independencia. Las minas abandonadas por sus dueños leales a la corona española, se inundaron. Literalmente el agua subterránea, sin bombas que la sacaran, fue tragándose túneles enteros y real del monte se convirtió en lo que los cronistas de la época describieron como un pueblo fantasma.

Casas vacías, maquinaria oxidada y apenas un puñado de gambucinos, buscadores solitarios, escarvando entre las ruinas de lo que alguna vez fue una de las minas más ricas del mundo. Un pueblo ahogado en su propia agua, con sus riquezas selladas bajo tierra y sin nadie con el dinero ni la tecnología para rescatarlas. Así estaba Real del Monte en 1824.

Y fue justo ese año cuando del otro lado del océano, un grupo de hombres con acento extraño y máquinas jamás vistas en México desembarcó con un plan que sonaba a locura, vaciar el agua de las minas más profundas del continente. Se ha preguntado alguna vez por qué en el corazón de Hidalgo existe un panteón con más de 600 tumbas orientadas hacia Inglaterra.

La respuesta empieza en una región llamada Cornues, en el extremo suroeste de Gran Bretaña, tierra de mineros desde hacía siglos. En 1824, el tercer conde de regla, heredero de aquella fortuna que su abuelo había construido, ya no tenía capital para rehabilitar las minas inundadas, así que hizo algo audaz para la época. viajó su propuesta hasta Londres.

Se reunió con inversionistas ingleses, entre ellos un empresario minero llamado John Taylor. Y el 16 de enero de ese año se fundó en Londres una sociedad con un nombre casi poético, la compañía de aventureros de las minas de Pachuca y Real del Monte. Los aventureros no eran caballeros de escritorio, eran sobre todo mineros de cornoes, hombres que habían nacido debajo de la tierra en familias donde el oficio se heredaba de padre a hijo desde generaciones.

Llegaron a México trayendo consigo 100 toneladas de equipo, entre ellas máquinas de vapor, algunas de las primeras que pisaron suelo mexicano, capaces de desaguar minas a profundidades que ningún sistema colonial había logrado alcanzar. Cuando esos ingleses llegaron a Real del Monte, se toparon con la escena que describimos antes, un pueblo fantasma.

Y en ese pueblo fantasma comenzaron a construir algo nuevo, no solo instalaciones mineras, sino un mundo entero en miniatura, trasplantado desde Cornualles hasta las montañas de Hidalgo. Sus casas de máquinas con el estilo arquitectónico típico de su tierra, sus costumbres, su comida, su religión protestante en un país profundamente católico y hasta sus deportes.

Durante 25 años, la compañía inglesa dominó la región, reactivó minas muertas, introdujo tecnología de punta y convirtió otra vez a Pachuca y Real del Monte en un polo de riqueza. Pero la aventura inglesa tuvo un final abrupto. La guerra entre México y Estados Unidos en 1848 obligó a los ingleses a vender sus propiedades a un grupo de empresarios mexicanos encabezados por hombres como Nicanor Beegui y Manuel Escandón.

La compañía cambió de dueños, pero algo que los ingleses habían sembrado ya no se pudo arrancar de la tierra hidalguense. Cientos de familias cornoesas se habían quedado a vivir ahí, mezclándose poco a poco con la población local. Los ingleses ya no eran dueños de las minas, pero seguían siendo dueños de algo más difícil de comprar, el oficio, la técnica y la memoria de generaciones bajo tierra.

Y esa memoria estaba a punto de encontrarse de frente con el proyecto más ambicioso de la historia moderna de México, el régimen de un general oaxaqueño que soñaba con modernizar el país a cualquier costo. Su nombre Porfirio Díaz y su llegada iba a transformar Pachuca de raíz, empezando por las casas donde dormían los mineros. Aquí viene la parte que casi nadie cuenta bien.

¿Cómo se construye una ciudad cuando el suelo bajo tus pies puede colapsar en cualquier momento? Durante el porfiriato, entre 1876 y 1911, la minería de plata en Pachuca y Real del Monte vivió una segunda edad dorada, todavía más intensa que la del siglo anterior. Nuevas compañías aparecieron junto a la vieja compañía de Real del Monte y Pachuca, San Rafael.

Santa Gertrudis, Dos Carlos, maravillas, cada una con sus propios tiros, sus propias haciendas de beneficio y sus propios trabajadores que necesitaban sencillamente un lugar donde vivir. Y aquí está lo fascinante. En Pachuca no se construyó primero la ciudad y después las minas, fue al revés.

Las minas ya estaban ahí marcando el terreno con sus torres de acero, sus tiros, sus respiraderos y la ciudad tuvo que acomodarse alrededor trepando por las laderas empinadas de los cerros, porque el terreno plano ya estaba ocupado por la industria. Así nació, por ejemplo, T el barrio, conocido hoy como el arbolito en la parte alta del centro histórico.

casas apretadas entre callejones estrechos, escalinatas de piedra y todavía visibles en algunos rincones, antiguos tiros y respiraderos que servían para ventilar las minas que corrían justo debajo de esas mismas casas. Vivir ahí significaba algo que hoy nos resulta difícil de imaginar. escuchar literalmente el trabajo de la mina bajo el piso de su propia casa, el golpe de las barretas, el chirrido de los malacates subiendo y bajando canastas de mineral, el silvato que marcaba el cambio de turno a las 4 de la madrugada. Las familias mineras no

elegían vivir cerca del trabajo por comodidad. Era muchas veces la única tierra disponible, la que sobraba después de que la compañía se quedaba con los mejores terrenos. para sus instalaciones. Al mismo tiempo, en otra parte de la ciudad, cerca del río llamado de las avenidas, se fue formando un barrio completamente distinto, la colonia inglesa.

Ahí los administradores, ingenieros y técnicos británicos construyeron residencias de estilo europeo con jardines, chimeneas altas y fachadas que contrastaban brutalmente con las viviendas modestas de los barrios mineros de las laderas. La distancia física entre esas dos zonas de la ciudad era de apenas unos minutos caminando.

La distancia social, en cambio, era abismal, casi tan profunda como los propios tiros de las minas. Uno de los edificios más representativos de esa época todavía existe. Las cajas de San Rafael, construidas a principios del siglo XX para albergar las oficinas de la compañía minera de San Rafael. En su planta baja se guardaban las monedas y los lingotes de plata.

También había cuartos especiales para archivo y hasta para la cebada de los caballos. Ese edificio hoy sigue de pie como testigo mudo de cuánto dinero circulaba en una ciudad donde a pocas cuadras familias enteras vivían pegadas a la boca de un tiro. Basta con imaginar una jornada cualquiera de esos años. El silvato sonaba antes del amanecer.

Los hombres salían de sus casas de piedra en la ladera, muchos todavía masticando el último bocado de un café con piloncillo, y caminaban unos minutos hasta la boca del tiro más cercano. Ahí los esperaba una jaula de metal, un ascensor rudimentario que los bajaba, apretados entre desconocidos, cientos de metros hacia la oscuridad.

Abajo la temperatura cambiaba, el aire se volvía pesado y el único sonido durante horas era el golpe metálico de las herramientas contra la roca, mezclado con el goteo constante del agua que las bombas de vapor trabajaban sin descanso para sacar. Muchos de esos hombres no volvían a ver la luz del sol, sino hasta ya entrada la tarde, y algunos sencillamente no volvían.

Pero no todo en esas casas de mineros era sacrificio y distancia social. Ahí, entre esas mismas paredes de piedra, se estaba cocinando de manera casi literal una de las mezclas culturales más curiosas de todo México. Y para entenderla hay que hablar de comida, de fútbol y de un plato que hoy define la identidad entera de una ciudad.

¿Sabía usted que el primer equipo de fútbol organizado de México nació entre las casas de los mineros de Pachuca y Real del Monte y que su origen tiene que ver con un pastor protestante que se negaba a jugar los domingos? Cuando los mineros de Cornues llegaron en 1824, no trajeron solo picos, palas y máquinas de vapor.

Trajeron dentro de ese equipaje invisible que es la cultura, sus canciones, sus creencias religiosas, sus juegos de mesa y sus deportes, cricket, rugby, tenis, golf y sobre todo fútbol. Lo jugaban en los patios de las minas, en los terrenos valdíos cerca de la mina Dolores, en cualquier espacio plano que encontraran entre tanto cerro.

Hacia finales del siglo XIX, esos partidos improvisados entre trabajadores británicos se transformaron en algo más formal, el Pachuca Athletic Club, integrado completamente por ingleses. Ahí el portero del equipo era también pastor protestante y una de sus condiciones constantes era que jamás se jugara en domingo por el servicio religioso que debía oficiar.

Ese detalle casi anecdótico es hoy una de las razones por las que a Pachuca se le conoce como la cuna del fútbol mexicano y por las que la selección de México e Inglaterra cargan sin que casi nadie lo sepa, con una rivalidad que empezó no en un estadio, sino en un terreno polvoriento junto a una mina de plata. Y junto al balón llegó la comida.

El paste, ese platillo que hoy usted puede comprar en cualquier esquina de Pachuca. No es mexicano en su origen, es la adaptación de la empanada de cornualles, el famoso cornish pasty. Los mineros ingleses lo llevaban como almuerzo dentro de la mina porque su masa gruesa permitía sostenerlo con las manos sucias de tierra y mineral, sin ensuciar el relleno de papa, carne y cebolla que llevaba dentro.

Con el paso de las décadas, las familias mexicanas que convivían con esos mineros fueron adoptando la receta y adaptándola a su propio gusto, agregando mole, chile o frijol hasta convertirlo en el símbolo gastronómico que es hoy. No es exagerado decir que cada vez que alguien muerde un paste en Pachuca, está mordiendo sin saberlo, un pedazo de la vida cotidiana dentro de aquellas casas de mineros del porfiriato.

Esa mezcla no fue sencilla ni automática. Los ingleses, en su mayoría protestantes metodistas o anglicanos, convivían con una población mexicana profundamente católica. Hubo distancia, hubo desconfianza y también hubo poco a poco mestizaje. Matrimonios entre familias mexicanas y descendientes de cornoleceses.

apellidos ingleses que hoy siguen apareciendo en las guías telefónicas de Pachuca e Hidalgo y construcciones como la Iglesia Metodista del Divino Salvador de estilo neorománico, poco común en México, construida a principios del siglo XX y que todavía funciona como templo protestante. Pero mientras el fútbol se jugaba en los patios y el paste se horneaba en las cocinas, en el subsuelo, la historia estaba a punto de dar un salto tecnológico que cambiaría para siempre la forma de trabajar, de vivir y de morir en las minas de Pachuca. Ese salto

tiene nombre y con él llegó también el verdadero rostro dorado y brutal del porfiriato. En 1909, Pachuca tenía escondida bajo sus calles la planta de cianuración más grande del mundo. Deje que esa frase se asiente un momento. La más grande del planeta entero en un pueblo minero de Hidalgo.

Todo comenzó en 1891 cuando dos inventores llamados MarcArthury y Forest solicitaron al gobierno mexicano autorización para aplicar un nuevo procedimiento químico en el beneficio del oro, la cianuración. 3 años después, en 1894, otro técnico llamado Bertram Hunt logró adaptar ese mismo proceso para extraer plata de manera más eficiente que nunca antes en la historia de la región.

La vieja compañía de Real del Monte y Pachuca instaló primero una planta piloto en la hacienda de Loreto, capaz de procesar apenas 10 toneladas diarias. Al año siguiente, la capacidad se disparó a 300 toneladas por día. Para 1909, como decíamos, esa hacienda de beneficio se había convertido en la instalación de cianuración más grande del mundo entero.

El porfiriato trajo consigo otra revolución silenciosa, la electricidad. Antes el trabajo dentro de las minas dependía de velas, de lámparas de aceite, de la fuerza bruta de hombres y animales para mover el mineral. Con la llegada de la energía eléctrica a finales del siglo XIX se construyó una red de transporte, tanto aérea como subterránea, para mover el mineral entre Pachuca y Real del Monte, conectando ambos distritos mineros con más de 8,000 km de túneles interconectados.

8,000 km, más de lo que mide la distancia entre la Ciudad de México y buena parte de Europa. Todo excavado bajo un solo distrito minero. Ese esplendor tecnológico tuvo también su monumento de piedra y bronce. En 1910, para conmemorar el centenario de la independencia, un rico minero de origen cornoés llamado Francis Rul donó a la ciudad de Pachuca el que sería su símbolo para siempre, el reloj monumental.

La leyenda cuenta, y los registros lo confirman, que su maquinaria interior fue construida por la misma compañía inglesa, responsable del Big Ben de Londres, mientras que la estructura exterior de cantera blanca y 39 m de altura fue diseñada y supervisada por ingenieros mexicanos. Cuatro figuras femeninas de mármol de carrara decoran su fachada representando la reforma, la libertad, la independencia y la Constitución.

Ese mismo Francis Rul, el último de los grandes gerentes cornoeses de mineral del Monte, donó también al retirarse su propia residencia al gobierno del estado. Ese edificio desde 1985 es nada menos que el palacio municipal de Pachuca y sin embargo, toda esa modernidad convivía calle por medio con la dureza cotidiana del trabajo minero.

Los archivos de la compañía, que hoy se conservan casi intactos desde 1727 hasta el siglo XX. Guardan listas de raya, registros de indemnizaciones y servicios médicos que documentan más de 80 años de accidentes, enfermedades pulmonares por el polvo de la mina, derrumbes y jornadas interminables. En Real del Monte se conserva incluso un antiguo hospital minero, testigo de esas historias de dolor que casi nunca aparecen en las postales turísticas de hoy.

Todo ese pasado no se perdió por completo y eso es quizás uno de los datos más sorprendentes de esta historia. El archivo histórico de la compañía de Real del Monte y Pachuca, que hoy resguarda documentos, desde 1727 hasta prácticamente el siglo XX, fue reconocido por la UNESCO como patrimonio documental, precisamente por lo excepcional que resulta conservar casi 300 años de registros continuos sobre una sola actividad económica en un mismo territorio.

Ahí están archivados en papel amarillento, los planos de las máquinas de vapor, la correspondencia con Londres, las listas de raya de los mineros y hasta los expedientes médicos de quienes se accidentaban en el fondo de los tiros. Hoy buena parte de ese acervo puede consultarse en el archivo histórico y museo de la minería, instalado en una casa colonial del centro de Pachuca y en el museo de sitio de la mina de Acosta, en Real del Monte, donde todavía puede recorrerse un socabón real de 400 m y admirar de cerca la que fuera la casa de máquinas de una

de las primeras locomotoras de vapor que llegaron a México en el siglo XIX. Reloj monumental, plantas de cianuración, récord mundial, electricidad, túneles interminables. Pachuca parecía, en los últimos años del porfiriato, una ciudad imparable, destinada a brillar para siempre gracias a la plata.

Pero en 1906, apenas 4 años antes de que se inaugurara ese reloj tan simbólico, ocurrió algo que muy pocos vieron venir. La compañía cambió de dueños otra vez y esta vez el capital ya no era inglés ni mexicano, era estadounidense y ese cambio silencioso llevaba dentro la primera grieta de un final que nadie en ese momento de fiesta y modernidad quería imaginar.

Todo imperio de plata, tarde o temprano, se etopa con su propio ocaso y el de Pachuca no fue la excepción. En 1906, la vieja compañía mexicana vendió sus propiedades a inversionistas norteamericanos, dando origen a una nueva etapa bajo la bandera de una gran corporación estadounidense con intereses mineros en todo el continente.

Apenas unos años después, en 1910, estalló la Revolución Mexicana y la ciudad que había vivido su época dorada bajo Porfirio Díaz se convirtió en escenario de disputa. Las tropas de distintos bandos tomaron Pachuca en más de una ocasión durante esos años convulsos y la actividad minera, aunque nunca se detuvo del todo, entró en un terreno de incertidumbre.

Después de la revolución, entre 1920 y 1940, la minería de Pachuca y Real del Monte osciló entre el estancamiento y la franca decadencia. Muchas de las viejas familias mineras, las que habían llenado durante décadas esas casas construidas a un paso de los tiros, comenzaron a emigrar. Algunas se fueron a otras haciendas de beneficio.

Otras directamente abandonaron la actividad minera para dedicarse al comercio o a la agricultura. Poblados enteros que habían crecido casi de la nada, alimentados exclusivamente por la mina, empezaron a vaciarse de la misma manera silenciosa en que siglos antes se había vaciado real del monte tras la independencia.

La historia, de alguna forma se repetía. En 1927, una nueva compañía llamada dos Carlos adquirió las propiedades de otras minas históricas como Santa Gertrudis y San Guillermo. 10 años después, en 1937, esa misma compañía pasó a manos de los propios trabajadores, quienes la organizaron como cooperativa. Un experimento que sobrevivió hasta 1953.

fue en cierto modo el último gran capítulo de la minería tradicional en la región, los descendientes de aquellos mineros ingleses y mexicanos que habían convivido durante un siglo intentando ahora sostener con sus propias manos lo que generaciones de compañías extranjeras habían explotado. Con el tiempo, la compañía de Real del Monte y Pachuca pasó también a manos del Estado mexicano, convirtiéndose en empresa paraestatal, hasta que finalmente, en 1990, se privatizó de nuevo en el umbral de una crisis minera que ya era imposible

de ocultar. A mediados del siglo XX, la ciudad tuvo que reinventarse, dejó de depender exclusivamente de la plata y comenzó a apostar por la industria y por su universidad. Hoy convertida en una de las más importantes del centro del país. Muchas de aquellas casas de mineros, las que habían crecido pegadas a los tiros, quedaron ahí testigos silenciosos de un siglo de auge y caída.

Algunas se convirtieron en ruinas cubiertas de maleza, otras, con el paso de las décadas, fueron restauradas y hoy forman parte de recorridos turísticos y culturales. El barrio del Arbolito, aquel donde las familias escuchaban el trabajo de la mina bajo sus pies, fue declarado recientemente barrio mágico de Hidalgo, un reconocimiento que llega casi dos siglos después de que esas mismas calles empinadas se llenaran por primera vez de familias mineras buscando dónde vivir.

Hoy, si usted camina por el centro histórico de Pachuca, todavía puede ver algunos de esos antiguos tiros y respiraderos asomando entre las casas como cicatrices de una época que se negó a desaparecer del todo. Y quizás eso sea lo más extraordinario de esta historia, que a pesar de guerras, de quiebras, de cambios de dueño y de casi dos siglos de altibajos, la memoria de aquellas casas de mineros sigue viva en el paste que se vende en el mercado, en el equipo de fútbol que lleva el nombre de la ciudad y en el reloj que sigue marcando la hora

exacta desde 1910. Pachuca es quizás uno de los mejores ejemplos de cómo el porfiriato no fue solamente un régimen de generales, ferrocarriles y discursos en la ciudad de México. Fue también y sobre todo un régimen de casas construidas al filo de un abismo de familias mexicanas e inglesas aprendiendo a convivir entre el polvo de la plata, de barrios enteros que crecieron a la sombra literal de una torre de acero que subía y bajaba.

hombres hacia la oscuridad. Cada vez que alguien hoy prueba un paste en el mercado Benito Juárez, cada vez que un aficionado grita un gol en el estadio de Pachuca, está tocando, sin saberlo, un pedacito de esa historia que empezó con un conde arruinado. siguió con un grupo de mineros ingleses que cruzaron un océano y se consolidó bajo la mano firme y contradictoria del porfiriato, una época que modernizó a México con electricidad y cianuración, mientras miles de familias seguían viviendo generación tras generación bajo

la sombra de los tiros, como decían los viejos mineros de la región en un dicho que todavía se escucha entre los descendientes de aquellas familias de Real del Monte. La plata se acaba, pero el socabón se queda. Las minas de Pachuca se agotaron. Sus dueños cambiaron una y otra vez. Pero las casas, los barrios, las costumbres y la memoria de esos hombres que bajaban cada día a la oscuridad para que la ciudad de arriba pudiera brillar, esas siguen ahí firmes, como el mismo reloj que Francis Rul regaló a Pachuca hace ya más de un

siglo. Si esta historia le hizo ver a Pachuca o a cualquier pueblo minero de México, con otros ojos, cuéntenos en los comentarios cuál fue el dato que más le sorprendió. Y si quiere que sigamos desenterrando más historias como esta, historias reales de nuestro México que casi nadie cuenta con este nivel de detalle, ya sabe.

Suscríbase, active la campanita y nos vemos en la próxima historia. M.

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