Pedro Infante: Lo Que México No Sabe De Sus Últimos Días

Nunca le abrieron esa caja. El cuerpo estaba calcinado, irreconocible. Y entonces, ¿cómo supieron que era él? Por dos cosas, una placa de metal. en el cráneo. Recuerdo de un accidente anterior y la esclava de oro, la misma que llevaba esa mañana en la foto con los mecánicos, un brazo entre las cenizas, una pulsera con sus iniciales.

Eso fue todo lo que México pudo reconocer del hombre más querido que ha tenido. La caja viajó a la capital al día siguiente, cerrada y así se quedó. En el velorio nadie la abrió. En el entierro tampoco. Ese lunes las estaciones de radio cortaron su programación. Los cines suspendieron funciones. La gente salió a la calle sin saber bien a dónde ir.

En los mercados se dejó de vender, en las cantinas se dejó de tomar. Hubo chóeres que pararon el camión a media ruta y se quedaron con la frente en el volante. Al día siguiente, la caja llegó a la capital. La ciudad se le echó encima. Miles de personas desbordaron el panteón jardín. Mujeres desmayadas, hombres llorando sin esconderse, gente trepada en los árboles y en las bardas para alcanzar a ver el cortejo.

Hubo empujones, hubo heridos. La multitud rompió el orden del sepelio. Había señoras rezando el rosario a gritos. Otras cargaban imágenes de la Virgen de Guadalupe hasta la fosa, todos despidiendo una caja que nadie vio por dentro. Ha enterrado usted a alguien sin poder verlo una última vez. Entonces sabe lo que le quedó a México por dentro. Una despedida sin cara.

Y de esa herida nacieron todas las preguntas que siguen vivas hoy. Entre los hombres que cargaron el féretro iba Mario Moreno. Cantinflas, los dos hombres más queridos de México en la misma escena, uno dentro de la caja, el otro cargándola. Habían compartido años de cine, de giras, de amistad de la de verdad, la que no salen las revistas.

Cantinflas conocía las casas de Pedro, sus líos, sus silencios. Ya en el hook le contamos lo que dijo con la caja al hombro y cómo se retractó después. Nunca volvió a hablar del tema en público, nunca dio detalles de esa mañana. se llevó a la tumba lo que sabía o lo que creyó ver. Ese mismo año, Rafael Ramírez escribió el corrido.

Lo grabaron los alegres de Terán. La segunda estrofa dice así: Un lunes por la mañana, bajo ese cielo de Yucatán, el ave que lo llevaba pronto detuvo su caminar. Pedro Infante se pasó la vida cantando corridos de otros hombres. de pistoleros, de caballos, de amores que acabaron mal. A los pocos meses de morir ya había un corrido con su nombre.

Pero para entender por qué tenía tanta prisa esa mañana, hay que volver se días atrás, al 9 de abril, al día que perdió la única batalla de su vida. Para entender el fallo de la Suprema Corte, hay que conocer a las tres mujeres y para conocerlas hay que volver a Guamuchil. Pedro Infante Cruz nació en Mazatlán en 1917, pero se crió en Guamuchil, un pueblo del valle del río Sinaloa.

Su padre era músico de orquesta de los que tocaban en los bailes del pueblo y cobraban lo que hubiera. En esa casa había más instrumentos que dinero. Pedro aprendió el oficio de carpintero. Con esas manos hizo sillas. puertas, ataúdes también cuando el encargo lo pedía. Y con esas mismas manos se fabricó su primera guitarra.

De muchacho tocaba la batería en una orquesta de Guamuchil y cantaba donde lo dejaran. Una noche en Culiacán, una mujer lo escuchó. Se llamaba María Luisa León, sinalo 10 años mayor que él. de familia acomodada. Ella tenía mundo, él tenía 19 años y una voz. María Luisa fue a conocerlo en persona y le dijo algo que le cambió la vida.

Le dijo que con esa voz no podía quedarse en Sinaloa, que se tenía que ir a la capital. Pedro dudó. En Guuamuchil tenía trabajo, tenía su gente. En la capital no tenía nada. María Luisa no dudó por los dos. Se fueron juntos. Los primeros años en la capital fueron de hambre. Pedro cantaba donde lo aceptar por unos cuantos pesos. Y María Luisa hacía todo lo demás.

le planchaba el único traje bueno. Le escogía la ropa antes de cada presentación, le recortaba el bigote frente al espejo. Ese bigote que después México entero conocería de memoria se lo diseñó ella. María Luisa no se casó con un ídolo. María Luisa fabricó al ídolo. Se casaron en 1939 y ante la ley nunca dejaron de estar casados.

No pudieron tener hijos. Y a Pedro los hijos le iban a llegar por otro lado. La segunda se llamaba Lupita Torrentera, bailarina. Pedro la conoció cuando ella era apenas una muchachita y él ya era un hombre casado. Ella no lo sabía. Se fue a vivir con él sin saber que había otra casa, otra mesa puesta, otra mujer esperando. Con Lupita tuvo tres hijos.

La primera niña murió antes de cumplir 2 años. Y cuando Lupita descubrió que Pedro tenía esposa y que además ya andaba con una tercera, lo dejó. La tercera se llamaba Irma Dorantes, actriz. Se conocieron filmando una película. Pedro le llevaba casi 20 años. En 1953 se casaron en Mérida. Pero había un problema, uno grande.

El divorcio de Pedro con María Luisa tenía una firma falsificada. María Luisa lo denunció y el caso subió hasta la Suprema Corte de Justicia. 4 años duró esa pelea. 4 años de abogados, de periódicos de México entero opinando sobre las mujeres de Pedro Infante. Y el 9 de abril de 1957 la corte falló a favor de María Luisa.

El matrimonio con Irma quedaba anulado. Pedro quedaba señalado por Bigamia. Con Irma tenía una hija de 2 años. Piense en eso un momento. El hombre que México veía como el charro perfecto, el de las películas donde siempre ganaba el bueno, acababa de perder a su familia por decisión de un juez y estaba a 13 km de su casa.

En Mérida, Pedro conocía bien esa ciudad. Ahí se había casado con Irma en 1953. Ahí tenía amigos, negocios. Ahí se refugiaba cuando la capital le pesaba demasiado. Mérida era su escondite y le tocó estar justo ahí, en su lugar seguro, cuando le llegó la peor noticia de su vida. ¿Qué hizo esos seis días? Se sabe poco.

Se sabe que habló por teléfono con la capital, que buscó la manera de regresar y que la Semana Santa le cerró todos los caminos. Los vuelos comerciales iban llenos de turistas y de familias. Un boleto para el ídolo de México no aparecía por ningún lado. Piense en la escena. El hombre más famoso del país, el que llenaba cines y plazas, sin poder conseguir un asiento de avión y con una hija de 2 años a 13 km.

6 días así. Al sexto se acabó la paciencia. Se subió a un carguero lleno de pescado. Ahora ya sabe usted por qué no esperó. Hay algo más que explica esa mañana. Pedro Infante ya se había caído del cielo dos veces y las dos veces salió vivo. La primera fue en los años 40, un percance menor, unos golpes. La segunda fue en 1949 y esa casi lo mata.

Volaba con Lupita Torrentera. El avión se desplomó cerca de la frontera. Pedro quedó mal herido, con la cabeza abierta. Se levantó de entre los fierros y caminó kilómetros pidiendo auxilio. Con la cabeza rota caminando en el hospital le abrieron el cráneo. Le pusieron una placa de metal, la misma placa que 8 años después serviría para identificar su cuerpo.

La cicatriz le quedó tan grande que la tapaba con un postizo de pelo el resto de su vida. Cuando pudo levantarse de esa cama, Pedro hizo una manda. Fue en peregrinación a la Basílica de Guadalupe de rodillas. Ahí prometió que no volvería a volar nunca más. Le regaló a la Virgen una placa de oro con su nombre grabado y encendió veladoras por los que no salieron del accidente.

Pedro Infante era devoto de la Virgen de Guadalupe desde muchacho. En Guamuchil, su madre lo había llevado a rezar cada 12 de diciembre desde que era un chamaco descalso. rezaba antes de cada película, antes de cada concierto. Y esa vez hincado en el Tepeyac le prometió a la Virgen que se bajaba de los aviones.

No cumplió. A los pocos meses volvió a los controles. Compró aeronaves. Fundó con socios una línea de carga, la misma empresa del avión en el que murió. Por eso le decían el inmortal. Dos aviones caídos, una placa en la cabeza, una manda incumplida y ahí seguía cantando, sonriendo, volando. Pedro creía que siempre había una salida.

Se le murió una hija y no dejó de trabajar. Lo acusaron de vigamia y las películas siguieron llegando. Se cayó del cielo dos veces y las dos veces se volvió a subir. Toda su vida fue la prueba de que a él las reglas no lo alcanzaban. Hasta que el 9 de abril un tribunal le demostró lo contrario y el 15 de abril un motor se lo confirmó.

¿Y qué fue de ellas? María Luisa León, la esposa legal, ganó el juicio y perdió al hombre en la misma semana. 4 años peleando por recuperarlo en los papeles. Lo recuperó muerto. Vivió el resto de su vida como la viuda oficial de Pedro Infante. Murió en 1978. Lupita Torrentera no fue al velorio. Años después explicó la razón.

Contó que para entonces ya estaba casada con otro hombre y que le pareció una falta de respeto presentarse. La madre de tres hijos de Pedro despidiéndolo desde su casa en silencio y su hijo Pedro Infante Torrentera, el único varón murió. En 2009, el primer parte habló de heridas que él mismo se causó, 12 puñaladas. Después la versión cambió a una enfermedad.

Nunca quedó del todo claro. E Irma Dorantes, la del matrimonio anulado, crió sola a la hija de ambos. Una niña que creció sin padre, pero con el país entero cantándole al padre. Piense en lo que es eso. Prender la radio y oírlo, ir al cine y verlo. Salir a la calle y encontrarse su cara en los puestos de periódicos.

Un padre ausente en casa y presente en todo México. Irma nunca se escondió, nunca renegó de Pedro. Contó su historia cuando se la preguntaron. Sin adornos. sin rencores públicos y cada 15 de abril, durante décadas apareció en los homenajes. La ley le quitó el apellido de esposa. El tiempo le devolvió el lugar.

Tres mujeres, tres duelos distintos, por el mismo hombre. La versión oficial dice que fue una falla del motor izquierdo. Otro informe habló de un error de maniobra. Nunca hubo una conclusión definitiva y sobre esa duda creció todo lo demás. En los años siguientes hubo gente que juró haberlo visto en Veracruz, en Tijuana, en pueblos de Yucatán.

Decían que había fingido su muerte para escapar del juicio, del escándalo, de una fama que ya no lo dejaba respirar. Son rumores, nadie los probó nunca. Pero en 1983 apareció Antonio Pedro, un hombre mayor que cantaba en las cantinas de la capital. Los que lo escucharon la primera vez cuentan que se les enchinó la piel, porque esa voz no se parecía a la de Pedro Infante, era la de Pedro Infante.

El mismo timbre, los mismos quiebres. la misma manera de rematar las canciones. Y cuando el hombre se acercaba a la mesa, la cosa se ponía peor. El mismo cuerpo, los mismos gestos y las cicatrices. Una en la cabeza donde Pedro llevaba la placa en los mismos lugares con las mismas formas. Un perito calígrafo comparó su escritura con la del ídolo y concluyó que era la misma mano.

Cuando le preguntaban si era Pedro infante, el hombre sonreía y cambiaba de tema. Nunca dijo que sí, nunca dijo que no. Murió en 2013 en Delicias, Chihuahua. Si Pedro Infante hubiera vivido, ese año habría cumplido 95, la misma edad que declararon para Antonio Pedro. Y hace poco un nieto de Pedro, César Augusto Infante, fue más lejos que nadie.

declaró en una entrevista que su abuelo no murió en el avionazo, que lo desaparecieron a la fuerza, que pasó años encerrado y que murió en 2013. No presentó ninguna prueba, ningún documento, ningún testigo. Es la palabra de un nieto contra el expediente oficial. Nosotros no vamos a decirle qué creer. Solo le dejamos los hechos sobre la mesa.

Un cuerpo que nadie pudo ver, una caja soldada, un amigo que dijo que no había muerto y un hombre con su voz y sus cicatrices cantando en las cantinas 26 años después. Cada quien que saque su cuenta. Hay una foto de esa última mañana. Pedro con los mecánicos del aeropuerto sonriendo. Acababa de perder a su familia en un tribunal.

Llevaba seis días atorado lejos de su casa y en la foto sonríe con la esclava de oro asomando del puño. Esa foto es lo último que existe de Pedro Infante Vivo. Media hora después, el motor izquierdo falló. En el cruce de las calles 54 y 87 de Mérida, hay hoy un busto de bronce. Marca el lugar exacto donde cayó el avión.

En el panteón jardín de la capital, cada 15 de abril, la tumba de Pedro se llena de flores, de veladoras, de señoras que ya son abuelas y que de muchachas lloraron ese lunes de 1957. Le cantan sus canciones, le rezan el rosario y algunas todavía hoy se acercan a la lápida y preguntan bajito si de verdad está ahí, si en esa caja soldada iba el hombre o si iba solo la esclava.

El corrido de los alegres de terán termina pidiéndole algo a una paloma. Ay, ay, ay, ay, palomita, dete en tu vuelo por un instante con este ramo de flores sobre la tumba de Pedro Infante. El muchacho de Guamuchil, que cantó corridos toda su vida, terminó convertido en corrido. Si Pedro sonaba en la casa de sus padres, si su madre lloraba con amorcito corazón, si en su familia alguien dijo alguna vez que Pedro no murió en ese avión, cuéntelo abajo.

Queremos leer lo que se contaba en su casa. Y en pantalla le dejo la historia de los dos hermanos, otra historia de sangre y de honor que México lleva décadas cantando sin conocer del todo. Ahí lo espero. que Dios le cuide el camino.

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