Pintó algo que la ciencia moderna aún no puede explicar — La historia de Jan van Eyck.

Imagina que estás mirando un cuadro pintado hace  casi 600 años. Te acercas y de repente algo te   detiene. Los ojos del hombre del retrato te  devuelven la mirada. No es una sensación,   es una certeza. Ese hombre te está mirando  a ti, a ti en este siglo, en este momento,   y sonríe apenas con la comisura izquierda como  si supiera algo que tú no sabes.

Ese hombre   es Jan Banake y lo que sabe es el secreto más  guardado del arte occidental. Durante siglos,   los historiadores se preguntaron cómo  era posible, cómo un hombre del siglo XV   había logrado pintar la piel humana con  sus poros, sus venas, su translucidez.   Cómo había capturado el reflejo de una ventana en  el ojo de un hombre.

Cómo la tela de un vestido   en sus cuadros parece tener peso, textura, la  capacidad de arrugarse si la tocas. Como la luz   en sus pinturas no ilumina las cosas desde fuera,  sino que parece nacer desde dentro de ellas.   No era magia, era ciencia, era obsesión. Era un  hombre que decidió que el arte nunca volvería a   ser lo mismo y cumplió su promesa.

Jan Van  A nació en algún momento entre 1380 y 1390,   probablemente en la pequeña ciudad de Maaseik, en  la región que hoy conocemos como Bélgica. El mundo   en el que llegó era un mundo todavía sacudido por  la peste negra, un mundo donde la iglesia lo era   todo y donde el arte existía principalmente  para glorificar a Dios, no para retratar la   realidad. Las figuras en los cuadros medievales  eran planas, doradas, etéreas.

No tenían sombras   porque los santos no proyectan sombras. No tenían  arrugas porque la perfección divina no envejece.   El arte era símbolo, no representación. Nadie  sabe exactamente dónde aprendió Jan Van A pintar.   Los registros históricos de su infancia y juventud  son prácticamente inexistentes.

Lo que sí sabemos   es que en algún momento de la primera década  del siglo 15 ya era un artista reconocido con un   dominio técnico que dejaba sin palabras a quienes  lo veían trabajar. tenía un hermano mayor, Hubert   Van Ake, que también era pintor, y es probable que  fuera junto a él donde J aprendiera los primeros   secretos del oficio.

Pero el mundo de Jan Banike  no era solo el mundo del pincel y el lienzo,   era el mundo de Flandes, una de las regiones más  ricas y cosmopolitas de Europa en ese momento.   Mientras la mayor parte del continente aún vivía  en la oscuridad feudal, las ciudades flamencas   como brujas, Gante y Amberes eran centros de  comercio internacional. donde llegaban telas   de Italia, especias de oriente, oro de África.

Los mercaderes flamencos eran los más poderosos   de Europa y los más poderosos entre ellos querían  algo que el dinero por primera vez podía comprar,   ser recordados para siempre. Querían retratos y J  Vanake iba a dárselos. En 1422, Jan Banake aparece   por primera vez en los registros históricos al  servicio de Juan de Baviera, Conde de Holanda, en   la Aya.

era su pintor de cámara, lo que en aquella  época significaba mucho más que simplemente   pintar. significaba ser parte del círculo íntimo  del poder, un hombre de confianza al que se   encomendaban misiones diplomáticas, secretos  de estado, viajes al extranjero. Jan Baneake   no era solo un artista, era un hombre del mundo.  Cuando Juan de Baviera murió en 1425, Jan Van pasó   al servicio del hombre más poderoso del norte de  Europa, Felipe el Bueno, duque de Borgoña.

Felipe   era exactamente el tipo de patrón que un genio  necesita. ambicioso, culto, enormemente rico y con   la intuición suficiente para reconocer el talento  cuando lo tenía delante. Pagó a Jan Eg un salario   extraordinario para la época.

Lo defendió cuando  otros funcionarios de la corte intentaron reducir   sus honorarios y le encargó no solo pinturas, sino  misiones diplomáticas de la máxima importancia.   En 1428, Jan Ban E viajó a Portugal como parte  de la delegación borgoñona que iba a negociar   el matrimonio de Felipe el Bueno con la infanta  Isabel de Portugal. Su misión oficial era conocer   a la candidata.

Su misión real era retratarla para  que el duque pudiera ver con sus propios ojos a la   mujer con la que se casaría. En una época sin  fotografía, el pintor era el mensajero de la   imagen. Ese viaje a Portugal, que lo llevó también  por las costas de España y posiblemente más allá,   marcó a Jan Banake de una manera que todavía  podemos ver en sus pinturas. El amor por la   luz mediterránea, por los tejidos orientales, por  los objetos exóticos que aparecen como detalles   minuciosos en el fondo de sus composiciones.

Jan  Banake era un hombre que miraba el mundo con una   intensidad que asustaba y que luego volcaba  esa intensidad en el lienzo con una precisión   sobrehumana. Pero todo eso, la corte, los viajes,  la diplomacia era solo el contexto. El verdadero   universo de Jan Banake era mucho más pequeño. Era  una habitación, una tabla de madera, un pincel   tan fino como un pelo y una mezcla de aceites que  iba a cambiar la historia del arte para siempre.

Durante siglos la leyenda fue simple y poderosa.  Jan Banike inventó la pintura al óleo. La historia   la contó Giorgio Basari, el gran biógrafo del  arte renacentista italiano en el siglo X y durante   generaciones nadie la cuestionó. Era una historia  perfecta.

Un genio flamenco encerrado en su taller   descubre por accidente la mezcla milagrosa que  transformará el arte occidental. La verdad, como   casi siempre, es más compleja y más interesante.  Los aceites secantes, como el aceite de linaza o   el aceite de nuez, ya se usaban en pintura mucho  antes de Banike. Los manuscritos medievales   mencionan técnicas con aceites desde el siglo  VI.

Lo que Jan Banike no inventó fue la pintura   al óleo. Lo que hizo fue algo mucho más difícil.  La perfeccionó hasta un punto que ningún artista   anterior había imaginado posible. El problema con  la pintura al óleo antes de Vanake era que secaba   mal, se cuarteaba, perdía brillo.

Los pintores  preferían el temple, una técnica que mezclaba los   pigmentos con yema de huevo, que secaba rápido y  producía colores vivos, pero tenía una limitación   fundamental. No permitía mezclas suaves ni  transiciones graduales. Las superficies pintadas   al temple tienen siempre un aspecto ligeramente  duro, con bordes definidos, sin la posibilidad   de crear esa gradación imperceptible entre luz  y sombra que llamamos esfumato y que Leonardo da   Vinci popularizaría décadas después en Italia. Jan  Banake encontró la fórmula.

No sabemos exactamente   cuál era porque nunca la escribió o si lo hizo  ese documento no ha llegado hasta nosotros.   Los investigadores modernos han estudiado sus  pinturas con tecnología de rayos infrarrojos,   espectrometría y análisis químicos, y han  identificado capas extraordinariamente finas de   barniz y aceite aplicadas una sobre otra con una  paciencia que desafía la comprensión.

Cada capa   era casi transparente. La luz entraba a través de  ellas, rebotaba en la capa de preparación blanca   de la tabla y volvía a salir con una luminosidad  que ninguna técnica anterior había logrado. Era   como pintar con luz desde dentro.

El resultado lo  podemos ver hoy, casi 600 años después, y seguimos   sin creerlo del todo. La piel de los personajes  de Baneake tiene poros, tiene venillas, tiene la   translucidez ligeramente rosada de la carne humana  viva. Las telas tienen peso y textura táctil. Los   metales brillan con el reflejo específico del  oro, la plata o el cobre. Y los ojos, siempre   los ojos de Vanake, contienen reflejos minúsculos  de ventanas y velas que solo son visibles cuando   acercas una lupa a la superficie del cuadro.

Jan  Banake pintaba lo que ningún ser humano puede   ver a simple vista. Pintaba lo que solo existe  cuando miras con una atención que roza la locura.   Y mientras perfeccionaba esta técnica  revolucionaria, el mundo a su alrededor seguía   girando. Brujas en la década de 1420 era una de  las ciudades más extraordinarias de Europa. Tenía   más de 40,000 habitantes, lo que la convertía en  una metrópolis para los estándares de la época.

Por su puerto llegaban barcos de toda Europa,  ingleses con lana, venecianos con especias y seda,   anseáticos con ámbar y pieles, portugueses con  los primeros productos que llegaban de las costas   africanas. En sus calles convivían mercaderes  de docenas de nacionalidades y en sus casas   se hablaba flamenco, francés, inglés, italiano,  portugués y árabe.

Era un mundo de una modernidad   asombrosa y Jan Banake lo capturó todo. Cuando en  1430 se instaló definitivamente en brujas, donde   viviría hasta su muerte, Bane se convirtió en el  pintor más solicitado de esa ciudad cosmopolita.   Sus clientes no eran solo nobles y eclesiásticos,  eran también mercaderes italianos que vivían   en brujas haciendo negocios, diplomáticos  extranjeros, burgues enriquecidos por el comercio,   que querían lo mismo que siempre ha querido  la gente nueva con dinero, ser retratados,   ser recordados, ser inmortalizados. Entre esos  clientes había un hombre llamado Giovanni de Di

Nicolao Arnoldfini, un rico mercader italiano de  Luca establecido en brujas. En 1434, Jan Vanake   pintó un retrato de Arnold Fini y su esposa que  con el tiempo se convertiría en uno de los cuadros   más estudiados, más debatidos y más fascinantes de  toda la historia del arte occidental.

El retrato   de los Arnoldfini es una habitación, una pareja,  una ventana con luz que entra desde la izquierda,   un perro pequeño a sus pies, una lámpara de araña,  unos zapatos abandonados en el suelo y al fondo,   en la pared, un espejo convexo en el que  se refleja la habitación entera vista desde   atrás y en ese reflejo dos figuras más que han  entrado por la puerta.

Una de esas figuras,   según la inscripción en latín que Baneake escribió  en la pared sobre el espejo, es el propio J.   Vanake Johannes de Fit 1434 Jan Banake estuvo  aquí. No es solo una firma, es una declaración.   Es un artista del siglo XV diciéndonos a través  de un reflejo en un espejo dentro de un cuadro   que él estaba presente, que él fue testigo, que él  existe no solo como artesano anónimo al servicio   de sus clientes, sino como individuo con nombre,  con presencia, con conciencia de sí mismo y de   su lugar en la historia. Es uno de los gestos más  modernos que jamás se hayan hecho en la historia

del arte y tiene 590 años. Los historiadores han  debatido durante décadas qué significa exactamente   ese cuadro. Es un certificado matrimonial  pictórico? ¿Es un retrato de compromiso?   ¿Está la mujer embarazada o simplemente sostiene  su vestido de la manera que era moda en la época?   ¿Por qué hay una vela encendida de día? ¿Qué  simbolizan los zapatos en el suelo, el perro,   las naranjas en el alfizar? Cada detalle en un  cuadro de Vanake es una pregunta y las respuestas   cuando las encontramos generan nuevas preguntas.  Eso es lo que hace que su obra sea inagotable.

Pero antes del retrato de los Arnoldfini, antes  de los retratos de mercaderes y nobles flamencos,   Vanake ya había completado la obra que lo  consagraría para siempre como el más grande pintor   del norte de Europa. La obra que cambiaría todo,  la obra ante la cual cuando la ves en persona en   la catedral de Gante, te quedas sin habla durante  un momento que no sabes medir.

El políptico de   Gante. El 6 de mayo de 1432, en la catedral de  San Babón de Gante se descubrió ante el público   por primera vez una obra que nadie había visto ni  imaginado. Un retablo de 12 paneles pintados que   cuando se abrían completamente medían casi 4 m de  alto y más de cinco de ancho. Miles de figuras,   colores que parecían imposibles, una luz que  no venía de ningún lado y venía de todas partes   al mismo tiempo. La gente que lo vio ese día  no tenía palabras para describirlo.

590 años   después tampoco las tenemos del todo. El  políptico de Gante, también conocido como   la adoración del cordero místico, es considerado  por muchos historiadores del arte como la obra más   importante de toda la pintura occidental anterior  al Renacimiento italiano. Es la obra que inauguró   la era moderna del arte en Europa del Norte.

Es el Big Bang pictórico del que todo lo demás   surgió y tiene una historia tan complicada, tan  llena de giros y tragedias, que parece diseñada   por un novelista. La obra fue encargada  por Hodocus Bit, un rico burgués de Gante,   y su esposa Elizabeth Borlut, como retablo para  la capilla familiar en la catedral de San Babón.   El encargo original fue hecho al hermano mayor  de Jan Hubert Van Ake, que era también pintor   y al que las fuentes de la época describían como  un artista de gran talento.

Pero Hubert murió en   1426, cuando el retlo aún no estaba terminado.  J tomó el relevo y lo completó en 1432. Aquí   comienza uno de los grandes debates de la historia  del arte. ¿Qué pintó Hubert y qué pintó Jan? Una   inscripción en el marco exterior descubierta en el  siglo XIX bajo varias capas de pintura posterior,   dice que Hubert Van el más grande de los pintores,  comenzó la obra y que J, el segundo en arte la   completó.

Pero los investigadores modernos no  se ponen de acuerdo sobre dónde termina la mano   de uno y empieza la del otro. Algunos creen  que Hubert apenas comenzó algunos paneles,   otros piensan que su contribución fue sustancial.  Lo que sí podemos decir es que la obra que vemos   hoy lleva el sello inconfundible de Jamba Nake en  cada detalle que la hace extraordinaria. Cuando el   políptico está cerrado, lo primero que ves son  los paneles exteriores.

En grisalla, es decir,   pintados en tonos de gris para imitar el aspecto  de esculturas de piedra. Aparece en la anunciación   con el ángel Gabriel y la Virgen María y en los  paneles inferiores los donantes Yodocus Bit y   Elizabeth Borlut arrodillados junto a dos santos.  Incluso en grisalla, incluso fingiendo ser piedra.

La técnica de Vanake es tan precisa que las  figuras parecen tener volumen, peso, sombra real,   pero es cuando el retlo se abre cuando el mundo  cambia. El panel central inferior muestra la   adoración del cordero místico, una pradera verde  bajo un cielo azul perfecto con el cordero de Dios   sobre un altar rodeado de ángeles y convergiendo  hacia él desde los cuatro rincones de la   composición, grupos de figuras que representan a  toda la humanidad cristiana.

Profetas, apóstoles,   mártires, vírgenes, ermitaños, caballeros,  cientos de figuras individuales, cada una   con su propio rostro, su propia expresión, su  propio gesto. No hay dos iguales. Jan B A observó   a suficientes seres humanos en su vida para poder  inventar cientos de rostros distintos, ninguno de   ellos genérico. Cada persona que avanza hacia el  cordero tiene una historia escrita en su cara.

Eso no se puede aprender en ningún taller. Eso es  el resultado de una vida entera mirando el mundo   con una intensidad que la mayoría de los mortales  ni podemos imaginar. Encima del panel central,   el panel con Dios Padre entronizado, flanqueado  por la Virgen y por Juan el Bautista, es tal vez   el punto más alto de toda la obra.

La figura de  Dios está vestida con ropajes que brillan como   si fueran de piedras preciosas reales. La tiara  papal que lleva está pintada con tal detalle que   los investigadores han podido identificar el tipo  específico de perlas y rubíes que la componen. Y   la expresión del rostro divino es algo que todavía  los historiadores debaten. No es severidad,   no es bondad simple, es algo más complejo y  más inquietante, es una presencia.

A los lados,   los paneles de Adán y Eva son tal vez los más  revolucionarios de todos. Son los primeros   desnudos en tamaño natural de toda la historia de  la pintura flamenca. Y no son desnudos idealizados   a la manera de los griegos o de los italianos del  Renacimiento. Son desnudos reales. Adán tiene los   pies planos del campesino que ha caminado mucho.

Eva tiene el vientre ligeramente redondeado de una   mujer real. Son seres humanos, no dioses. En una  iglesia cristiana del siglo XV, eso era radical.   Cuando el políptico se exhibió por primera vez,  su impacto fue inmediato y devastador para todo lo   que había venido antes.

Los artistas flamencos que  lo vieron comprendieron que tendrían que olvidar   todo lo que habían aprendido y volver a empezar.  Los artistas italianos que llegaron a Gante a   verlo enviaron cartas a sus patrones describiendo  una técnica que no podían explicar. Albres Durer,   el gran maestro alemán, visitó Gante décadas  después de la muerte de Van A y escribió en   su diario que el políptico era una obra de una  inteligencia sobrehumana.

sobrehumana. Un hombre   del siglo XV, con los materiales del siglo XV  había creado algo que sus contemporáneos y los   de muchas generaciones siguientes describían  con palabras que normalmente reservamos para   lo divino. Y la historia del políptico de Gante  no termina en 1432. En los siglos siguientes,   la obra sufrió una odisea de robos,  desmembraciones, guerras y rescates,   que parece más propia de una película de aventuras  que de la historia del arte.

Durante la Revolución   Francesa, varios paneles fueron llevados a París.  Durante el siglo XIX, los paneles de Adán y Eva   fueron considerados demasiado escandalosos para  una iglesia y sustituidos por copias vestidas.   En la Primera Guerra Mundial, Alemania se apoderó  de algunos paneles como reparación de guerra y en   1934, en el robo de arte más misterioso del siglo  XX, uno de los paneles, el que representaba a   los jueces justos, fue robado de la catedral y  nunca recuperado.

Hoy, casi un siglo después,   sigue desaparecido. La copia que ocupa su lugar  en el retlo es eso, una copia. El original está   en algún lugar o ya no existe. Para entender a Jan  Vanche hay que entender el mundo en el que vivió,   no el mundo del arte, sino el mundo real, el mundo  político, económico y social de Flandes en la   primera mitad del siglo XV. Porque Vanake no era  un artista encerrado en su torre de marfil.

Era un   hombre profundamente integrado en el poder de su  época y esa integración moldeó su obra de maneras   que todavía hoy no siempre reconocemos. Felipe el  Bueno, duque de Borgoña, era en 1425 el gobernante   más poderoso del norte de Europa.

Su ducado no  era solo Borgoña en el sentido moderno, incluía   los Países Bajos, Flandes, el franco condado  y una constelación de territorios que hacían   de él un actor político de primer orden entre  Francia e Inglaterra, que por entonces estaban   enzarzadas en la interminable guerra de los 100  años. Felipe navegaba entre ambas potencias con   la habilidad de quien sabe que su posición  geográfica y su riqueza son su mejor arma.

Jan Van A entró al servicio de este hombre  en 1425 y lo que Felipe encontró en él fue   algo más valioso que un simple pintor. Encontró un  diplomático, un espía, en el sentido más clásico   del término, un hombre inteligente, discreto,  observador, capaz de viajar a cortes extranjeras,   de memorizar rostros y detalles, de informar con  precisión sobre lo que había visto y oído.

Los   viajes diplomáticos de Banake están documentados.  Realizó al menos dos misiones a Portugal,   una a las tierras de lo que hoy es España,  posiblemente viajes a otras cortes europeas.   En cada uno de estos viajes, su misión oficial  era artística o ceremonial. Pero en las cartas   que Felipe el Bueno escribió a sus administradores  defendiendo el salario extraordinario de Vanake,   hay una frase que los historiadores han señalado  repetidamente.

El duque habla de servicios que   le place que permanezcan secretos. Servicios  secretos. No sabemos exactamente qué significaba   eso, pero el hecho de que Felipe el bueno pagara  a Jan Banake un salario que equivalía al de un   alto funcionario de la corte, que lo defendiera  personalmente cuando otros intentaban reducir   sus honorarios y que hablara de servicios que  debían permanecer en secreto, nos dice que la   relación entre el duque y el pintor era mucho más  compleja que la de un simple patrón y su artista.

Jan Banake conocía los secretos del poder y los  llevó consigo a la tumba. Pero más allá de la   diplomacia, lo que más nos dice sobre Banake como  hombre es la galería de retratos que produjo a lo   largo de su vida. Porque los retratos de Jan  Banake son algo que no existía antes de él, al   menos no en la forma en que él los concibió.

Antes  de Vanake, los retratos servían para identificar,   mostraban a una persona de perfil o, en el mejor  de los casos, en tres cuartos con los atributos de   su rango o su profesión. Decían, “Este hombre es  un noble, esta mujer es una santa, este mercader   es rico.” Pero no decían, “Este hombre piensa  de esta manera, esta mujer lleva esta carga,   este ser humano tiene esta historia interior.  Vanake cambió eso para siempre.

El retrato de   un hombre con turbante rojo que se fecha en 1433 y  que muchos expertos creen que es un autorretrato,   es tal vez el ejemplo más puro de esta revolución.  El hombre del cuadro nos mira directamente,   no a un punto fijo en el horizonte, como  era costumbre en los retratos medievales,   sino a nosotros, a quien mira el cuadro, con una  expresión que contiene a la vez inteligencia,   ironía, cansancio y algo que solo se puede llamar  presencia de ánimo.

Es el retrato de alguien que   ha visto mucho y que sabe que lo que ha visto  no puede contarse del todo. Si es realmente un   autorretrato, es uno de los documentos humanos  más extraordinarios que el arte medieval nos   ha dejado. Hay otro retrato que merece detenerse,  el de Jan de Liuf, fechado en 1436, que muestra a   un orfebre de brujas mirando también directamente  al espectador con los ojos ligeramente entornados   de alguien que está evaluando lo que ve.

En el  marco del cuadro, una inscripción en neerlandés   antiguo dice la fecha de nacimiento de Luf y la  fecha en que Bane lo retrató y concluye con una   frase que en español viene a decir, “Y Bane me  pintó. ¿Puedes ver cuándo nació Jan Deu? Es una   advertencia. o una invitación. El cuadro no es  solo un objeto estético, es un documento. Es la   prueba de que un hombre real existió en un momento  real y J Vanik era el notario de esa existencia.

Los clientes italianos de Banakik en brujas  comprendieron inmediatamente lo que estaban   viendo. Los mercaderes florentinos, genoveses  y luqueses que vivían en la ciudad reconocieron   en Baneik en Italia todavía estaban haciendo. El  concepto de que un ser humano individual con su   cara específica, con su historia personal, merecía  ser inmortalizado por el arte.

No por su rango,   no por su santidad, sino por el simple hecho de  existir. Esas ideas cruzaron los Alpes en las dos   direcciones. Los médic en Florencia tenían agentes  en brujas. Los artistas italianos que pasaban por   Flandes llevaban de vuelta a Italia lo que habían  visto.

Jan Banake y el Renacimiento italiano no   se desarrollaron en aislamiento, se influyeron  mutuamente de maneras que todavía la investigación   histórica está tratando de desenredar. Y mientras  todo esto ocurría, mientras Van Ache pintaba   retratos que cambiaban la historia del arte y  realizaba misiones diplomáticas secretas para   el duque más poderoso del norte de Europa, también  estaba construyendo una vida personal en brujas.

Sabemos que se casó con una mujer llamada  Margarita, probablemente alrededor de 1432.   Sabemos que tuvieron varios hijos, aunque el  número exacto varía según las fuentes. Sabemos que   Felipe el Bueno actuó como padrino de al menos uno  de sus hijos, lo que da una medida de la cercanía   personal entre el duque y el pintor.

Y sabemos que  Jan Van A compró una casa en brujas que vivió en   ella con su familia y que en esa ciudad murió  en julio de 1441. Tenía entre 50 y 60 años,   había cambiado el mundo y lo sabía. J Van A murió  en julio de 1441. Los registros de la ciudad de   brujas mencionan su muerte de manera escueta,  como corresponde a los documentos administrativos.   Su hermana Margareta Vanake, que también había  sido pintora y que había dirigido su taller en los   últimos años, sobrevivió brevemente.

Sus hijos, de  los que sabemos poco, desaparecen de los registros   históricos con rapidez. El taller cerró. No había  nadie que pudiera continuarlo. No porque faltaran   artistas. Brujas en el siglo XV estaba llena de  pintores talentosos. Lo que faltaba era alguien   que tuviera la combinación específica de dones  que hacía de Jan Banake algo único, la paciencia   infinita, la capacidad de observación sobrehumana,  el dominio técnico sin igual y algo que es más   difícil de nombrar, pero que está presente en cada  uno de sus cuadros. una especie de amor feroz por

la realidad visible, una negativa absoluta a  simplificar lo que el ojo ve. Los artistas que   vinieron después de él, los llamados primitivos  flamencos como Roger Vaner Widen, Petrus Christus,   Hans Memling o Hugo Vander Goes aprendieron  de él y construyeron sobre sus cimientos.   Son pintores extraordinarios, pero ninguno  de ellos alcanzó la intensidad específica de   Vanike.

Ninguno tenía esa capacidad de hacer que  la pintura contuviera más información visual de la   que el ojo humano puede percibir a distancia  normal. La influencia de Vanik sobre el arte   occidental fue inmensa e inmediata, pero también  curiosamente indirecta. Los artistas flamencos   lo admiraron y lo imitaron. Los italianos lo  estudiaron con reverencia. Antonelo Damesina,   el pintor siciliano, viajó según la leyenda a  los Países Bajos, específicamente para aprender   la técnica de Vanake, aunque los historiadores  modernos debaten si ese viaje realmente ocurrió   o si aprendió la técnica de otras maneras. Lo que  sí es cierto es que fue Antonelo quien llevó el

dominio del óleo a Italia y que a través de él  esa técnica llegó a Venecia y de ahí al resto   del continente. Sin Jan Vanche no hay Tisiano, no  hay Tint Toreto, no hay Bermer. No hay Rembrant,   no hay ninguno de los grandes pintores de los  siglos siguientes que construyeron sus obras sobre   la posibilidad de que la pintura al óleo pudiera  capturar la realidad visible con una fidelidad que   antes era impensable. Pero hay algo más profundo  que la influencia técnica.

Hay una idea que Jan   Vano en el mundo y que ya no salió de él. La  idea de que el mundo visible merece ser mirado   con toda la atención posible. En una época en que  el arte existía principalmente para representar   lo invisible, lo divino, lo trascendente, Jan Van  A insistió en mirar lo que estaba delante de sus   ojos.

Una naranja sobre un alfeizar, el pelo de un  perro, el reflejo de una ventana en un ojo humano,   las arrugas de un anciano, el peso de una tela.  Estas cosas son reales. Estas cosas existen y   porque existen merecen ser pintadas con toda la  fidelidad que el arte puede reunir. Eso es, en el   fondo, lo que separa el mundo medieval del mundo  moderno en el arte. No una fecha, no un estilo,   sino esa decisión de mirar la realidad con amor  y con rigor, sin simplificarla, sin idealizarla,   sin reducirla a símbolo.

Jan Vanche tomó esa  decisión antes que nadie, con más consecuencia   que nadie, y la pagó con toda la energía de su  vida. La historia posterior de sus obras es,   como ya hemos mencionado, una historia de peligros  y milagros. El políptico de Gante sobrevivió a la   reforma protestante, que en el siglo X destruyó  miles de obras de arte religioso en los Países   Bajos, porque las autoridades de Gante tomaron  la decisión de esconderlo a tiempo.

Sobrevivió   a las guerras napoleónicas parcialmente, aunque  algunos paneles viajaron a París durante años.   sobrevivió a dos guerras mundiales, aunque  durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis   lo trasladaron a una mina de sal en Austria,  donde Adolf Hitler pensaba crear un museo con   el arte robado de Europa.

Los Monumens Men, el  grupo de militares aliados dedicados a recuperar   el patrimonio artístico europeo, lo encontraron  en esa mina en 1945 y lo devolvieron a Gante. Hoy   el políptico está en la capilla B de la catedral  de San Babón, donde fue colocado por primera vez   en 1432, pero no está expuesto de la misma manera  que en el siglo XV.

Está en una cámara de cristal   con control de temperatura y humedad, protegido  por sistemas de seguridad de última generación.   Cada año lo visitan cientos de miles de personas y  el panel de los jueces justos sigue sin aparecer.   La historia del robo de ese panel ocurrido en  la noche del 11 al 12 de abril de 1934 es uno   de los grandes misterios sin resolver del siglo  XX.

Alguien cuya identidad nunca fue establecida   con certeza, extrajo dos paneles del retablo.  Uno fue devuelto. El otro, los jueces justos,   que representaba a un grupo de jueces a caballo  avanzando hacia el cordero místico, nunca volvió.   El ladrón o los ladrones enviaron cartas anónimas  a las autoridades y al obispo de Gante durante   semanas, exigiendo un rescate y dando pistas que  resultaron ser falsas o incompletas.

Un hombre   llamado Arsentier confesó en su lecho de muerte  saber dónde estaba el panel, pero murió antes de   revelar la ubicación. Sus papeles personales  contenían referencias crípticas que nunca han   sido descifradas del todo. En los casi 90 años  transcurridos desde entonces, investigadores,   periodistas, aficionados y autoridades han  propuesto decenas de teorías sobre el paradero del   panel. Está enterrado en un jardín de Gante. Está  en una colección privada en algún lugar de Europa.

Fue destruido accidentalmente. Fue comprado por  alguien que descubrió lo que tenía y no se atrevió   a entregarlo. Está en el Vaticano. Nadie lo  sabe. Y mientras ese misterio permanece abierto,   Jan Vanake sigue mirando desde sus cuadros con esa  expresión que no termina de revelar sus secretos.   El hombre que conocía los secretos del duque más  poderoso de Europa.

El hombre cuya técnica nunca   fue del todo descifrada. El hombre que pintó  reflejos en ojos que solo se ven con lupa. El   hombre que escribió en la pared de un cuadro,  “Yo estuve aquí.” Hay una última cosa sobre   Jambaik que merece ser dicha. En un mundo que  tendía a ver a los artistas como artesanos, como   trabajadores manuales superiores pero artesanos  al fin, Jen Banake fue uno de los primeros en   la historia occidental en ser tratado como algo  diferente.

Felipe el bueno no solo le pagó bien,   lo trató como aún igual intelectual, lo llevó a  sus consejos privados, defendió su valor con una   vehemencia que no era habitual entre los nobles  de la época hacia sus empleados. ¿Por qué? Tal   vez porque Felipe entendía que lo que Vanik hacía  no era simplemente pintar, era construir memoria,   era crear la imagen del mundo que quedaría cuando  todos los presentes hubieran muerto.

Era decidir   qué aspecto tendría el pasado para el futuro. Eso  es un poder enorme. Y Jan Vanik lo supo usar. Hoy   en los museos donde cuelgan sus cuadros, la gente  se detiene delante de ellos y experimenta algo   que es difícil de nombrar. No es solo admiración  estética, es algo más parecido al reconocimiento.

Como si esos rostros pintados hace 600 años, esas  manos, esos ojos, esa luz imposible que viene de   dentro de la pintura, nos dijeran algo que ya  sabíamos pero que habíamos olvidado. Que el   mundo visible es extraordinario, que merece toda  nuestra atención, que mirar de verdad, mirar con   toda la concentración y el amor de que somos  capaces es uno de los actos más profundamente   humanos que existen. Jan Vanke lo sabía.

y nos  lo dejó por escrito en óleo y pigmento en tablas   de madera que han sobrevivido 600 años. Johannes  de Fit Jan Van I estuvo aquí y todavía está desde   Biografías de Te agradecemos que hayas visto el  vídeo. Muchas gracias y hasta la semana que viene.

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