De los cinco hermanos, Anastasio Jesús era el que cargaba con el peso más visible. Nacido el 18 de diciembre de 1951 en Miami. Era el favorito de su padre y el que estaba destinado por diseño familiar a continuar la dinastía en el siglo XXI. Su educación fue construida como arquitectura del poder, escuelas de elite en Massachusetts y Coneticutat, licenciatura en la escuela de negocios de Harvard en 1973, entrenamiento militar en la Real Academia Militar de Sannhurst en Inglaterra y en bases del ejército estadounidense.
Era, en palabras de quienes lo conocían, la síntesis perfecta del empresario y el militar que su familia había sido durante tres generaciones. A finales de los años 70, cuando la presión revolucionaria se intensificó, Anastasio fue puesto a cargo de una unidad de entrenamiento de la Guardia Nacional. tenía 28 años y comandaba una estructura militar en un país que se estaba desintegrando.
En los meses finales del régimen, padre e hijo tomaron decisiones militares conjuntas que dejaron consecuencias irreversibles en miles de familias nicaragüenses. Cuando el avión despegó el 17 de julio de 1979, Anastasio era el heredero sin herencia. Todo lo que había sido preparado para recibir había desaparecido de un día para otro.
Se instaló inicialmente en Nueva York intentando reconstruir una base de operaciones con los activos que la familia había mantenido fuera de Nicaragua. Pero el asesinato de su padre en Paraguay en septiembre de 1980 cambió sus prioridades de golpe. De intentar reconstruir un imperio, pasó a enfocarse en algo más básico, la supervivencia y la protección de lo que quedaba.
En 1983 se casó con Marisa Celasco de hija padre italiano y madre salvadoreña, con quien tuvo tres hijos. Fue una forma de anclar su vida en algo concreto, de construir una identidad nueva que no dependiera del apellido que llevaba. Con el tiempo, Anastasio demostró que la educación en Harvard no había sido en vano.
Se estableció en Guatemala, donde desarrolló negocios propios que incluyen participación en una revista en México y una mina de carbón en Colombia. Es el hermano que más ha hablado públicamente, aunque sus declaraciones han generado más controversia que simpatía. En entrevistas concedidas al diario nicaragüense La Prensa, en 2008 intentó presentar una versión de la historia que las víctimas del régimen rechazaron con firmeza.
Nunca ha expresado arrepentimiento por los crímenes cometidos bajo el régimen familiar. Su estrategia ha sido siempre la justificación, la defensa del legado de su padre como víctima de circunstancias políticas internacionales. Es una posición que lo ha mantenido permanentemente fuera de cualquier posibilidad de reconciliación con Nicaragua.
En el año 2000 anunció públicamente su intención de regresar al país. La reacción fue inmediata y contundente. Organizaciones de víctimas se movilizaron. El gobierno nicaragüense dejó claro que no podía garantizar su seguridad. Encuestas mostraron que más del 80% de los nicaragüenses se oponía a su regreso.
Anastasio abandonó los planes sin insistir más. Tiene 72 años, vive en Guatemala y Nicaragua sigue siendo para él un país al que no puede volver. Si hay una historia dentro de esta historia que incomoda a todos es la de Julio Néstor. Nacido en 1952, Julio era el segundo hijo varón y el que más se parecía físicamente a su padre. Desde temprana edad mostró una inteligencia real y un carisma que en otros momentos y otras circunstancias podría haber construido algo propio.

Pero también mostró con una claridad que su familia tardó demasiado en reconocer los primeros signos de una fragilidad psicológica que el ambiente en que creció no hacía nada por atender. Fue enviado a West Point, la academia militar más prestigiosa de los Estados Unidos, siguiendo la tradición familiar. Durante su segundo año fue expulsado por problemas relacionados con el consumo de sustancias.
La expulsión fue un golpe para Anastasio, no solo por el fracaso público que representaba, sino porque confirmaba algo que el dictador no estaba dispuesto a enfrentar, que su hijo necesitaba ayuda que el poder familiar no podía proporcionar. Las personas cercanas a la familia describieron el comportamiento de Julio durante los años 70 en Nicaragua como el de alguien que llevaba una presión interna que no tenía salida.
Una fuente cercana recordó años después cómo Julio tomaba su motocicleta y recorría las avenidas de Managua en episodios que la familia atribuía a excentricidad, pero que tenían una textura más oscura. El consumo de alcohol y drogas era constante. Los episodios de comportamiento errático se repetían. Y Anastasio, con la negación que suelen ejercer los hombres que han construido su identidad sobre el control absoluto, se negaba a reconocer la gravedad de lo que estaba ocurriendo.
Lo que vino después del exilio fue lo que terminó de quebrar a julio. Perder un país es una abstracción hasta que se vide. perder la identidad, el contexto, el sistema de referencias completo que hace que una persona sepa quién es. No es una abstracción, es un derrumbe concreto. Y Julio, que ya llegaba al exilio con una estabilidad precaria, no tuvo los recursos internos para sostenerse cuando ese derrumbe ocurrió.
Hoy, más de cuatro décadas después del vuelo que sacó a la familia de Nicaragua, Julio Néstor Somosa Portocarrero permanece internado en una institución psiquiátrica en los Estados Unidos. Su familia no revela la ubicación exacta ni los detalles de su condición. Fuentes cercanas confirman que su estado nunca se recuperó del trauma de 1979.
es el hermano del que menos se habla y quizá el que más claramente muestra lo que ese apellido en ese contexto, en ese momento de la historia le hizo a las personas que lo llevaban. Hope Carolina, nacida en 1953, era la hija que más se parecía a su madre en temperamento e inteligencia. Desde pequeña mostró una inclinación hacia los estudios que la distinguía del resto de sus hermanos.
Completó su educación en la escuela Kent, luego en Wellsley y finalmente en Harvard, donde obtuvo su licenciatura. Hablaba varios idiomas, se movía con comodidad en círculos intelectuales internacionales y tenía la sofisticación global que su madre había cultivado deliberadamente en ella. En 1976, cuando tenía 26 años, se casó por primera vez con Víctor Urcoyo.
El matrimonio no prosperó. Era una época de presión creciente para toda la familia. La revolución se acercaba. Las tensiones del inminente divorcio de sus padres pesaban sobre todos los hijos. Y Carolina estaba en el proceso de redefinir su propia vida justo cuando la vida de toda su familia estaba siendo redefinida por fuerzas externas.
Después de la caída del régimen y de la muerte de su padre en Paraguay en 1980, Carolina tomó la decisión que definiría el resto de su historia. reconstruirse completamente desde adentro hacia afuera. Se casó por segunda vez con el Dr. James Menkov Sterling, un psicólogo clínico prominente de Nueva York. La ceremonia se realizó en el hotel Sherry Netherland y reseñado por el New York Times como un evento social.
Para quienes la conocieron en esa nueva vida neyororquina, Carolina Sterling era simplemente la esposa culta y discreta de un psicólogo exitoso, no la hija de un dictador asesinado. Esa separación no fue accidental, fue una estrategia consciente y sostenida durante décadas. Carolina nunca ha dado entrevistas sobre su pasado familiar, nunca ha hecho declaraciones públicas sobre el régimen de su padre, nunca ha intentado justificarlo ni condenarlo.
Ha elegido el silencio total como forma de supervivencia y lo ha mantenido con una consistencia que habla de una voluntad de hierro. Se dedica a actividades culturales y filantrópicas en Nueva York. mantiene acceso a parte de los activos familiares que sobrevivieron las confiscaciones y vive, por todo lo que se puede observar desde afuera, una vida de discreción absoluta que contrasta dramáticamente con la ostentación de la managua de su infancia.
Tiene 71 años y sigue siendo la hermana de la que menos sabe el mundo. Carla An, la menor de las hijas, nacida en 1955, era conocida en la Managua de los años 70 por su presencia en los círculos sociales de la élite nicaragüense. Era la consentida de la familia, la que creció con más privilegios y menos responsabilidades públicas.
Nadie que la conociera en esa época habría predicho lo que haría con su herencia. Cuando la familia huyó en 1979, Carla tenía 24 años. La transición de lujo absoluto al exilio fue, para alguien que no había conocido otra cosa, un impacto de proporciones difíciles de dimensionar desde afuera. Pero lo que ocurrió en los años siguientes sugiere que Carla procesó esa transición de una manera que ninguno de sus hermanos eligió.
Según fuentes familiares cercanas, Carla recibió aproximadamente 8 millones de dólares de la fortuna familiar después de la muerte de su padre. Era una cantidad que manejada con cuidado, habría garantizado una vida cómoda durante décadas. Carla tomó una decisión diferente. Donó la totalidad de esa herencia a una orden religiosa.
Un amigo cercano a la familia reveló que los fondos fueron destinados a la orden vinculada a la madre Teresa de Calcuta. No fue un gesto simbólico, fue una entrega completa y definitiva de lo que le correspondía del legado de su familia. La interpretación de ese gesto depende de quién lo observe. Algunos lo leen como un acto de expiación genuina, un intento de redimir a través de obras concretas el peso de un apellido que representaba exactamente lo opuesto de la caridad.
Otros lo leen como una forma de ruptura radical con una identidad familiar que Carla decidió no seguir cargando. Probablemente sea las dos cosas al mismo tiempo. Carla mantiene contacto regular con otros exiliados nicaragüenses en Miami, donde visita con frecuencia, pero vive una existencia de perfil bajo que no tiene ningún punto de contacto visible con la vida que llevó en Nicaragua antes de 1979.
Es el contraste más dramático de los cinco hermanos, no porque su historia sea la más trágica, sino porque fue la más voluntaria. Eligió ser diferente de lo que su familia había sido y lo hizo con todo lo que tenía. Roberto Eduardo, el menor de los cinco, nació en 1960. Tenía 19 años cuando el mundo de su familia se desmoronó.
En muchos sentidos es el hermano que representa de manera más nítida la tragedia de una generación que perdió su identidad antes de poder construirla. En 1978, Anastaio Somosa de baile viajó a los Estados Unidos para asistir a la graduación de Roberto de su internado en Conericut. Lo acompañaron Hope y las dos hijas, todos bajo custodia del servicio secreto estadounidense.
Era la última vez que la familia haría una apariencia pública conjunta como símbolo de poder y normalidad. Un año después, Roberto era un refugiado. La diferencia entre Roberto y sus hermanos mayores es significativa. Anastasio había tenido tiempo de construir una carrera militar y empresarial.
Carolina y Carla habían completado educaciones universitarias e iniciado sus vidas adultas. Julio, a pesar de sus dificultades, había tenido años de exposición al mundo que su familia habitaba. Roberto tuvo que reconstruir todo desde una adolescencia interrumpida sin haber participado en el gobierno familiar, sin responsabilidades en los negocios y sin cargar con la culpa directa de las decisiones que otros habían tomado antes de que él tuviera edad para tomarlas.
Esa condición lo coloca en una posición única entre los cinco. Es el único hermano que visita Nicaragua ocasionalmente, aunque siempre de manera discreta y con un perfil extremadamente bajo. Sus visitas tienen un carácter personal antes que político. Se cree que incluyen la tumba de sus abuelos y lugares de su infancia en Managua.
Una fuente cercana a la familia lo describió como alguien que lleva una vida tranquila administrando una hacienda ganadera. que su padre compró en Argentina y viviendo de una renta modesta sobre activos que sobrevivieron las confiscaciones. No trabaja en política, no da declaraciones públicas, no ha intentado recuperar nada de lo que fue confiscado, ni ha buscado visibilidad de ningún tipo.
Es de los cinco el que parece haber hecho una paz más funcional con la distancia entre lo que su familia fue y lo que él decidió ser. Tiene 64 años y sigue siendo el único hermano que puede pararse en suelo nicaragüense sin que eso se convierta en un incidente. El 17 de julio de 1979 no fue solo el día en que cayó una dictadura, fue el día en que cinco personas perdieron simultáneamente su país, su fortuna, su identidad y cualquier versión del futuro que habían imaginado para sí mismas.
Los meses previos habían sido una pesadilla en cámara lenta. Desde septiembre de 1978, cuando comenzó la ofensiva final sandinista, la familia vio como ciudad tras ciudad caía fuera de su control. Masaya, León, Estelí. Cada pérdida territorial era también la destrucción de propiedades, la muerte de aliados de décadas, el colapso de una estructura que parecía inmovible.
Lo que sostenía ese sistema no era solo el dinero, era el respaldo de Washington, que comenzó a erosionarse cuando el presidente Jimmy Carter, presionado por denuncias masivas de violaciones de derechos humanos, suspendió la ayuda militar a Nicaragua en 1978. Sin ese respaldo, el régimen quedó expuesto, como lo que siempre había sido debajo de la arquitectura de poder, un gobierno que dependía del apoyo externo para mantenerse en pie.
Cuando Anastasio Somosa de baile anunció su renuncia el 17 de julio, la evacuación fue lo que siempre son las evacuaciones cuando alguien ha tenido todo. Caótica, incompleta y comad de decisiones irreversibles tomadas en minutos. Joyas, documentos, fotografías, arte. Todo lo que representaba 40 años de acumulación tuvo que caber en las maletas que era posible cargar.
El resto quedó atrás. El avión que despegó de Managua esa tarde llevaba a una familia entera hacia lo desconocido. Los cinco hermanos miraron por las ventanillas, no se equivocaron en pensar que podría ser la última vez. La riqueza de lososa era real y era enorme. 500 millones de dólares en el extremo conservador de las estimaciones, 1000 millones en el extremo alto.
En cualquier caso, una cifra equivalente a un tercio del producto interno bruto completo de Nicaragua en 1979. Pero había un problema estructural en esa riqueza que solo se hizo evidente cuando el poder político que la sostenía desapareció. La mayor parte de esa fortuna no estaba en cuentas bancarias suizas ni en activos internacionales fácilmente transferibles.
Estaba invertida en activos físicos dentro de Nicaragua, tierras, fábricas, bancos, líneas aéreas, hoteles, haciendas, propiedades urbanas en el centro de todas las ciudades principales, activos que no podían empacarse en una maleta. Una de las primeras acciones del gobierno sandinista fue la confiscación completa de los bienes de la familia Somosa mediante legislación específica.
No fue únicamente una medida punitiva, era también una necesidad económica para un nuevo gobierno que heredó un país devastado y necesitaba recursos para la reconstrucción. La confiscación fue total y definitiva. Lo que sobrevivió fue lo que los Somosa habían tenido la previsión de mantener fuera de Nicaragua.
propiedades en Miami, cuentas bancarias en instituciones estadounidenses, inversiones en República Dominicana y otros países de la región, acciones en empresas internacionales. Incluso esos activos externos enfrentaron presiones. Varios bancos congelaron cuentas asociadas con la familia. Algunos gobiernos cooperaron con Niquelagua para rastrear y limitar el acceso a fondos en sus territorios.
Lo que quedó fue suficiente para vivir, pero era una fracción de lo que había existido. Los herederos del empire más grande de América Central pasaron en el transcurso de meses a ser miembros de una clase media alta en los países donde se establecieron. Sin el poder político que había construido y protegido esa riqueza durante tres generaciones, lo que quedaba era solo dinero y el dinero sin poder se gasta.
[resoplido] El 17 de septiembre de 1980, 13 meses después de la caída del régimen, Anastasia Somosa de baile fue asesinado en Asunción, Paraguay. Después de salir de Nicaragua, Somosa había intentado establecerse en Miami, pero el gobierno estadounidense, consciente de las implicaciones políticas de hospedar permanentemente a un dictador derrocado, le otorgó una visa temporal.
Somosa recurrió entonces a Alfredo Strosner, el dictador paraguayo, con quien mantenía vínculos de décadas, quien le ofreció asilo permanente. En Paraguay, Somosa mantenía la esperanza de reorganizarse, de construir desde el exilio alguna posibilidad de recuperar lo que había perdido. Sus enemigos no le dieron tiempo.
Un comando del Ejército Revolucionario del Pueblo. Una organización guerrillera argentina liderada por Enrique Gorriarán Merlo, había estado preparando durante meses una operación específicamente diseñada para alcanzarlo. El 17 de septiembre, cuando Somosa salía de su residencia en su vehículo blindado, el comando lo interceptó con armamento suficiente para atravesar el blindaje.
murió en el acto a los 54 años en el exilio. Hope Portocarrero, como ciudadana estadounidense solicitó al Departamento de Estado que permitiera que los restos de su exesposo fueran repatriados a los Estados Unidos. El gobierno accedió. Anastasio Somosa de baile está enterrado en el cementerio Caballero Rivero Woodland North de Miami.
Su tumba lleva ambos apellidos Somosa y Portocarrero, como un recordatorio de una familia que una vez fue sinónimo de un país entero. Para los cinco hermanos, la muerte de su padre fue un punto de inflexión que los obligó a entender que la posibilidad del regreso, del rescate, de alguna forma de restauración había cerrado definitivamente.
Lo que quedaba era construir vidas reales en un mundo que no los esperaba y no los quería. Cargar con el apellido Somosa durante más de 40 años en el exilio no es lo mismo que cargar con el apellido de cualquier otra familia poderosa que haya caído. La dictadura somosista no solo fue autoritaria, fue un sistema construido sobre la represión sistemática durante 40 años, ejecuciones de opositores, desapariciones forzadas, torturas en instalaciones que el régimen mantenía fuera del registro, represión de movimientos estudiantiles, sindicales

y religiosos. Solo en los últimos dos años del régimen murieron decenas de miles de nicaragüenses en el conflicto que precedió la revolución. Para las víctimas sobrevivientes de ese sistema y para sus familias, los cinco hermanos no son figuras trágicas del exilio. Son los herederos directos de un régimen que destruyó generaciones de familias nicaragüenses.
Esa perspectiva es parte inseparable de esta historia y no mencionarla sería contar solo la mitad de lo que ocurrió. Cada hermano ha desarrollado una estrategia diferente para existir con ese apellido. Anastasio ha optado por la defensa activa del legado familiar, presentando a su padre como víctima de una conspiración internacional.
Es la posición que más visibilidad le ha dado y la que más daño le ha causado en términos de cualquier posibilidad de reconciliación. Carolina eligió el silencio absoluto, nunca una declaración, nunca una entrevista. Una nueva identidad construida tan completamente que el apellido de su infancia es prácticamente invisible en su vida actual.
Carla eligió la expiación a través de la acción concreta. Donar la herencia no borra nada de lo que ocurrió, pero establece una distancia real entre ella y la lógica de acumulación que definió a su familia. Roberto eligió el perfil más bajo posible, evitando cualquier actividad que pueda conectarlo públicamente con su origen familiar y así manteniendo la única posibilidad real de tener alguna relación con el país donde nació.
Y Julio, en su enfermedad se convirtió involuntariamente en el único que quedó fuera del alcance de ese peso, a un costo que ninguno de sus hermanos eligiría. Los hijos de los hijos de Anastasio Somosa de baile crecieron en un mundo completamente diferente al de sus padres. Nacieron en el exilio, crecieron con otras nacionalidades, otros idiomas como primer idioma, otras referencias culturales.
Para ellos, Nicaragua no es una patria perdida. Es un país que existe en las historias que escucharon en casa, muchas veces contradictorias entre sí. Pero el apellido no desapareció con la distancia. Los tres hijos de Anastasio Somosa Portocarrero enfrentan dilemas que ninguna distancia geográfica resuelve completamente.
Algunos miembros de la tercera generación han optado por usar únicamente los apellidos maternos en su vida cotidiana. Otros han construido identidades nacionales completamente nuevas en los países donde nacieron. Pero la historia de sus abuelos tiene una manera de aparecer en búsquedas de internet, en conversaciones que empiezan de manera inocente, en preguntas que alguien hace en algún momento.
En 2022, Álvaro Somosa Urcullo, sobrino de Anastasio Sosa de baile e hijo de Luis Somosa, ofreció públicamente un consejo a los hijos de Daniel Ortega, el actual presidente de Nicaragua. les dijo que buscaran la manera de cambiarle la mentalidad a sus padres, porque ellos se iban a morir y sus hijos quedarían cargando con el peso de las decisiones que no tomaron.
Que un Somosa le diera ese consejo a los hijos de quien derrocó a los Somosa es una de esas ironías que la historia produce con una frecuencia que debería inquietarnos más de lo que nos inquieta. Nicaragua bajo Daniel Ortega ha reproducido muchos de los patrones que caracterizaron al régimen que Ortega mismo derrocó. en 1979, concentración del poder en una pareja presidencial, familiares en posiciones clave del gobierno, represión de la oposición, control de los medios de comunicación.
Las diferencias ideológicas entre los dos regímenes son reales, pero los patrones estructurales tienen una similitud que no pasa desapercibida para quienes estudiaron el somosismo desde adentro. Para los hermanosa, observar ese desarrollo desde el exilio genera algo difícil de nombrar. No es exactamente vindicación, es más parecido a la confirmación amarga de que los problemas que Nicaragua tenía no eran únicamente Lososa y que derrocarlos no fue suficiente para resolverlos.
Anastasio tiene 72 años y vive en Guatemala, manejando negocios propios, sin arrepentimiento público y sin ninguna posibilidad real de volver a Nicaragua. Carolina tiene 71 años y vive en Nueva York con una identidad tan completamente reconstruida que el apellido de su infancia es casi invisible para quienes la conocen hoy.
Carla tiene 69 años y lleva décadas viviendo una existencia de servicio y silencio que no tiene ningún punto de contacto visible con la Nicaragua de su infancia. Roberto tiene 64 años, administra una hacienda en Argentina, visita Nicaragua ocasionalmente en silencio y es el único de los cinco que puede caminar por las calles del país donde nació sin que eso genere una crisis.
Y Julio sigue en una institución psiquiátrica en algún lugar de los Estados Unidos, sin que su familia revele dónde, sin que el mundo sepa mucho más de él que lo que se sabía en 1979. Cinco personas, cinco décadas, cinco respuestas completamente distintas a la misma pregunta. ¿Qué haces cuando el mundo que conociste desaparece de un día para otro y lo que lo reemplaza no tiene lugar para ti? La fortuna original ya no existe en ninguna forma reconocible.
El país que fue suyo sin pedirlo los considera enemigos permanentes. Sus hijos y nietos son ciudadanos de otros países con otras lealtades y otros apellidos. La conexión con Nicaragua se diluye con cada generación, convirtiendo el exilio de los en comenzó como una crisis política y terminó siendo una pérdida cultural, histórica y emocional que ningún dinero podría haber comprado de vuelta.
El poder absoluto tiene consecuencias que se extienden más allá de quienes lo ejercieron. Los cinco hermanos no son las víctimas principales de esta historia. Eso tiene que quedar claro. Las víctimas principales son las decenas de miles de familias nicaragüenses que perdieron personas, libertades y décadas de sus vidas bajo el régimen que los Somosa construyeron y protegieron.
Pero la historia de estos cinco hermanos dice algo sobre cómo termina el poder cuando termina mal. No con grandeza, no con una despedida digna, con maletas demasiado pequeñas, un avión que despega en la tarde de un julio caliente y 40 años de tratar de responder una pregunta que nadie debería tener que responder. ¿Quién eres cuando te quitan todo lo que creías que eras? Cada uno de ellos respondió esa pregunta de una manera diferente y ninguna de esas respuestas fue fácil.
Yeah.