RONALDINHO: La Trágica Historia del Genio que Terminó en Prisión n
Dos copas del mundo, dos balones de oro, el jugador más feliz que ha visto el fútbol en 100 años y una celda de 6 m² en Paraguay con un hombre sentado en el suelo sin sonreír por primera vez en toda su vida adulta. Eso pasó. No es una leyenda urbana, no es un montaje de redes sociales. Ronaldinho Gaucho, el mago, el hombre que hacía sonreír a 90,000 personas solo con tocar un balón, terminó esposado con un pasaporte falso en la mano, entrando a una de las cárceles de máxima seguridad de Asunción.
Lo que nadie te ha contado es por qué, no porque lo detuvieron. Eso ya lo sabes o crees que lo sabes. Lo que nadie te ha contado es la cadena de decisiones, confianzas mal puestas y silencios que llevaron a uno de los hombres más queridos del deporte a esa celda. Y lo que pasó dentro de esos muros que cambió para siempre la forma en que él mismo se mira al espejo.
En los próximos 90 minutos vas a conocer cuatro cosas que la mayoría de la gente nunca relacionó entre sí. Primera, cómo un niño que aprendió a sonreír para no llorar terminó construyendo toda su vida adulta sobre esa misma sonrisa hasta el punto de no saber distinguir cuándo confiar y cuándo no. Segunda, la cadena de empresarios, representantes y amigos que durante 20 años fueron firmando en su nombre, cobrando en su nombre y decidiendo en su nombre, mientras él solo quería jugar al fútbol.
Tercera, lo que pasó exactamente dentro de esa cárcel paraguaya. No la versión resumida que salió en los titulares, sino lo que contaron después los guardias, los presos y su propio hermano. Y la cuarta, quizás la más importante, porque después de perderlo casi todo, Ronaldinho volvió a sonreír exactamente igual que antes.
Si eso no te genera ni una pisca de curiosidad, no sigas viendo. Pero si quieres entender de verdad a este hombre, te aviso cuando lleguemos a cada una de esas cuatro revelaciones. Quédate hasta el final, porque la respuesta a la cuarta es la que explica absolutamente todo lo demás. Porto Alegre, sur de Brasil, finales de los años 70.
Una ciudad de contrastes con barrios elegantes junto al río y a pocos minutos comunidades donde las casas se construían con lo que hubiera madera, chapa, lo que sobrara de alguna obra cercana. En una de esas casas, en el barrio de Restinga, nació en 1980 Ronaldo de Asís Moreira, el menor de tres hermanos, el último en llegar a una familia que ya tenía suficientes bocas que alimentar y no demasiado con qué hacerlo.
Su padre Joao, trabajaba en los astilleros del puerto. Un hombre fuerte, callado, que después de turnos agotadores encontraba tiempo para jugar al fútbol en el club del barrio, donde era una especie de leyenda local. Su madre, miguelina, hacía malabares para que la comida alcanzara y para que los tres hijos fueran a la escuela con el uniforme limpio, aunque fuera el mismo durante años.
El hermano mayor, Roberto, ya destacaba como futbolista. Tenía piernas rápidas y una inteligencia táctica que los entrenadores del gremio, el club grande de la ciudad, no tardaron en notar. Cuando Roberto fue fichado por las categorías inferiores del club, toda la familia sintió que por fin algo bueno y grande estaba empezando a pasarles.
El pequeño Ronaldo, que todavía no era apodado de ninguna manera especial, acompañaba a su hermano a los entrenamientos. No porque alguien lo llevara, se colaba, se escapaba por un hueco en la valla perimetral del predio club y se sentaba en las gradas vacías. Observando durante horas. No hablaba con nadie, solo miraba cómo los jugadores mayores se movían, cómo controlaban el balón, cómo fintaban.
Memorizaba cada gesto como quien aprende un idioma nuevo escuchando antes de hablar. Un día, uno de los entrenadores de las inferiores lo vio jugando solo con una pelota desgastada en un terreno valdío cercano al club. Algo en la forma en que ese niño tocaba el balón llamó su atención. Le preguntó quién era.
“El hermano de Roberto”, le contestaron. El entrenador lo invitó a entrenar con los más pequeños. Tenía 8 años y ya hacía cosas que dejaban mudos a chicos de 12. Pero ese mismo año algo terrible ocurrió, algo que sin que nadie lo dijera en su momento, terminaría explicando buena parte de lo que Ronaldinho sería después como persona.
Su padre Joao, estaba en la piscina del club, un día normal, sin ningún indicio de que algo anduviera mal. Sufrió un infarto masivo dentro del agua. murió ahí mismo, rodeado de gente que no llegó a tiempo para ayudarlo. Ronaldo no estaba presente cuando ocurrió. Cuando le dieron la noticia, no llamó la atención, no lloró delante de nadie.
Tomó un balón, salió de la casa y se fue a jugar solo en silencio durante horas. Nunca lo vi derramar una lágrima en aquellos días. Confesaría años después su madre en una entrevista. Por dentro estaba destrozado, por fuera siempre tenía esa sonrisa. Guarda esa frase, esa sonrisa que parece no borrarse nunca, la misma que después el mundo entero confundiría con despreocupación, con falta de seriedad, incluso con cinismo.
Va a explicar buena parte de lo que vas a escuchar en los próximos 90 minutos. Con la muerte de Joao, la familia quedó en una situación económica todavía más difícil. Miguelina trabajaba como enfermera, con turnos largos y mal pagados. Roberto seguía en las categorías inferiores del gremio, sin todavía ganar lo suficiente como para sostener a toda la familia.
Comían arroz, frijoles, lo que apareciera en la mesa cada día. Y el pequeño Ronaldo seguía entrenando, seguía sonriendo, seguía jugando como si nada en el mundo le pesara. A los 13 años ya era una pequeña celebridad en los torneos de la ciudad, no en el fútbol de campo grande todavía, sino en el futsal, esa modalidad de cinco contra cinco en cancha reducida, donde el balón apenas tiene tiempo de tocar el suelo antes de que alguien lo controle de nuevo.
El futsal exige reflejos, control absoluto del balón en espacios diminutos, decisiones tomadas en fracciones de segundo. Ahí, en esas canchas pequeñas de Porto Alegre, se forjó el repertorio de fintas y regates que después harían famoso a Ronaldinho en todo el mundo. Existe un video o difícil de encontrar en buena calidad de un torneo de futsal donde un Ronaldo de 14 años hace jugadas que parecen pertenecer a otro nivel del juego, dejando sentados a rivales mucho mayores.
Algunos entrenadores que lo vieron en esa época cuentan que ya entonces decían que ese chico algún día iba a hacer algo completamente distinto a lo que estaban acostumbrados a ver. Pero entonces ocurrió algo que cambió la jerarquía dentro de la propia familia. Roberto, el hermano mayor, el que parecía destinado a llegar primero al gran fútbol, sufrió una lesión grave de rodilla.
Una de esas lesiones que en aquella época, sin la medicina deportiva actual, prácticamente sentenciaban una carrera. Roberto nunca volvió a ser el mismo jugador. Su proyección se apagó casi de un día para otro y toda la presión de golpe recayó sobre el hermano menor. Ya no era el hermano de Roberto. A partir de ese momento, Roberto pasaría a ser conocido durante el resto de su vida como el hermano de Ronaldinho.
Tenía apenas 15 años cuando ese peso cayó sobre sus hombros. A los 17 debutó en el primer equipo del gremio. Fue en 1998 en un partido contra un equipo del interior del estado. Entró desde el banquillo en el segundo tiempo. En sus primeros minutos hizo un caño a un defensor con casi el doble de su edad. Después un pase atrás que dejó solo a su delantero y para cerrar la noche anotó un gol de chilena que hizo que el estadio entero se levantara de sus asientos.
Los periodistas presentes no sabían cómo describir lo que habían visto. Los sojeadores europeos, que por casualidad estaban siguiendo a otro jugador esa noche, sacaron sus teléfonos para hacer llamadas urgentes. Pero ese chico de 17 años seguía viviendo en condiciones modestas. Todavía dependía completamente de su madre y de las decisiones de los adultos que lo rodeaban.
Y fue justo en ese momento de máxima vulnerabilidad, con apenas un par de años de carrera profesional y ninguna experiencia del mundo fuera del fútbol, cuando apareció la primera figura que marcaría un patrón que se repetiría una y otra vez en su vida. Un empresario brasileño conocido en los círculos del fútbol como representante de varios jugadores jóvenes, se acercó a la familia con una propuesta.
le dijo que él podía llevarlo a Europa, que en se encargaría de los contratos, que el chico solo tenía que preocuparse de jugar. Su madre, sin formación legal ni financiera, confiando como cualquier madre confiaría en alguien que parecía tener todas las respuestas, le dijo a su hijo que firmara, que ese hombre sabía lo que hacía, que él los iba a ayudar.
Ronaldinho firmó sin leer. Tenía 18 años. Guarda ese gesto. Vas a necesitarlo más adelante para entender todo lo que viene después. Porque ese mismo gesto, firmar sin leer, confiar sin preguntar, se repetiría una y otra vez durante los siguientes 20 años de su vida en circunstancias cada vez más graves.
En 2001 llevó la primera gran oportunidad europea, el Paris Saint-Germain. Llevó a Francia con 22 años, con una maleta, una sonrisa y un contrato del que no entendía buena parte de las cláusulas. En París se convirtió rápidamente en una sensación, no tanto por los números, sino por la magia que desplegaba en cada partido. Hacía cosas que sencillamente nadie más en el fútbol europeo de esos años hacía.
Regates con el talón, pases imposibles, controles que parecían trucos de ilusionismo. Los franceses empezaron a llamarlo Lemagisien, el mago. Pero en París también empezó a manifestarse un patrón. que después se volvería central en toda su historia. Ronaldinho no sabía decir que no. Fiestas que se prolongaban hasta el amanecer, conocidos que aparecían de la nada pidiendo favores, gente que le pedía que firmara papeles, que avalara negocios, que apareciera en alguna foto, que dijera que sí a algo.
Y él casi siempre sonriendo, decía que sí. Era imposible que él te negara algo, confesaría años después un excompañero suyo de aquella época. Pero también era imposible que él le dijera no a la gente equivocada. En 2002 llegó su primer mundial con la selección brasileña en Corea y Japón. Tenía 22 años.
El gol de tiro libre frente a Inglaterra en cuartos de final lo convirtió de un solo golpe en una leyenda instantánea del fútbol mundial. Brasil terminó siendo campeón y Ronaldinho fue una de las grandes figuras de ese título. Justo después llegó la llamada que todo futbolista sueña con recibir, el Fútbol Club Barcelona.
Joan La Porta, recién elegido presidente del club, lo quería como el gran fichaje de su mandato. Una cifra cercana a los 30 millones de dólares, un contrato de cinco temporadas, el número 10 en la espalda. Ronaldinho llegó a Barcelona en el verano de 2003. Pero antes de contarte lo que pasó en Barcelona, necesito que sepas algo que ocurrió en paralelo y que mucho tiempo después terminaría siendo relevante para entender el patrón completo de su vida.
En esos mismos años en Brasil hubo investigaciones sobre estructuras financieras vinculadas al mundo del fútbol que habrían sido utilizadas para mover fondos de origen dudoso a través de transferencias de jugadores. El nombre del empresario que en su momento había gestionado el primer contrato europeo de Ronaldinho apareció mencionado en esas investigaciones sin que jamás se derivara de ahí ninguna acusación formal contra el propio futbolista.
Las pesquisas no avanzaron, se archivaron por falta de pruebas suficientes, pero el nombre quedó registrado esperando en algún archivo judicial que nadie volvería a abrir durante años. Ronaldinho nunca fue acusado de nada en relación con ese episodio, ni siquiera investigado de forma directa, pero su nombre quedó conectado por la vía de sus representantes, por la vía de los contratos que firmaba sin leer, a un mundo de negocios que él jamás llegó a comprender del todo.
Esto es importante, guárdalo, porque el patrón que se inicia aquí no termina aquí. Entre 2003 y 2008, en Barcelona, Ronaldinho viviría los años más gloriosos de toda su carrera. Cinco temporadas en las que sin discusión fue considerado el mejor futbolista del planeta. No siempre el más decisivo en estadísticas, pero sí el que generaba algo distinto a todo lo demás.
La sensación cada vez que tocaba el balón de que algo extraordinario estaba a punto de suceder. ¿Por qué un futbolista que lo tenía absolutamente todo? Fama, dinero, el cariño de millones de personas, terminó años después firmando documentos que sabía o debía sospechar que no estaban del todo en orden.
Esa es la pregunta que probablemente te estás haciendo ahora y te prometo que antes de que termine este video vas a tener una respuesta mucho más completa de la que imaginas. En 2004, en pleno Camp Now, con casi 90,000 espectadores presentes, el Barcelona recibió al Real Madrid. Ronaldinho protagonizó una de esas noches que quedan grabadas para siempre en la memoria colectiva del fútbol.
Goles, asistencias, regates que dejaron sentados a varios defensores rivales uno tras otro. Lo más extraordinario fue que al finalizar el partido, una parte del propio público del Real Madrid se levantó a aplaudirlo. Algo que en la historia reciente del fútbol solo le había ocurrido antes a Diego Maradona. Ese mismo año ganó su primer Balón de Oro. 24 años.
La sonrisa más grande de toda la ceremonia. Esto es por mi padre”, dijo sosteniendo el trofeo. Él me enseñó a jugar con alegría. Al año siguiente, repitió el galardón, convirtiéndose en uno de los pocos futbolistas de la historia en conseguirlo dos veces consecutivas. El Barcelona ganó ligas, ganó una Champions League.
Ronaldinho era, sin discusión posible en ese momento, el rey absoluto del fútbol mundial. Y fue exactamente ahí, en el momento de mayor gloria, cuando empezó casi en silencio el proceso de deterioro que terminaría llevándolo a su punto más bajo años después. Para 2006, en plena cima deportiva, las salidas nocturnas, que antes eran ocasionales, se volvieron rutina varias veces por semana.
Discotecas en Barcelona, viajes constantes a Brasil en cada pausa del calendario, amigos que aparecían sin avisar y se quedaban en su casa durante semanas o meses enteros. Su entrenador en ese momento, Frank Ricard, comenzó a manifestar preocupación ante la directiva del club por los retrasos en los entrenamientos y el evidente aumento de peso del jugador.
Pero mientras siguiera rindiendo en el campo, nadie se atrevía a confrontarlo de manera seria. En 2007 llegó al Barcelona un jugador de 20 años, argentino, que vivía de una manera completamente distinta. Entrenaba con una disciplina casi monástica. Dormía las horas necesarias, no salía de fiesta, no tenía ningún tipo de vicio.
Se llamaba Lionel Messi. Ronaldinho me enseñó prácticamente todo sobre el Barcelona. Confesaría Messi años más tarde en una entrevista, pero yo no podía vivir como él vivía. La diferencia entre ambos estilos de vida empezó a hacerse evidente, no solo para los aficionados, sino sobre todo dentro del propio vestuario. En 2008 llegó un nuevo entrenador al banquillo coué, Pep Guardiola, y una de sus primeras decisiones fue citar a Ronaldinho en su despacho para una conversación directa.
Tienes que decidir o vives como un profesional o te vas. Ronaldinho no discutió, no se enfadó, simplemente sonrió y dijo que lo entendía. Dos semanas después, el club lo vendió al Milán italiano por una cifra muy inferior a la que habían pagado 5 años antes. Tenía 28 años. Todavía podía ser el mejor del mundo, pero ya no estaba seguro de querer serlo.
El problema fue que dejé de disfrutarlo”, confesaría él mismo años después en una entrevista. El fútbol se convirtió en trabajo y yo no juego por trabajo, juego porque me gusta. Pero había algo más en esa explicación que no terminaba de decir en voz alta. Estaba rodeado de gente que no le convenía. empresarios que le hacían firmar contratos que nunca leía con calma, conocidos que le pedían préstamos, familiares y allegados que cada vez más dependían económicamente de él y él sencillamente no sabía decir que no.
Ronaldinho es una buena persona, diría Zlatan Ibrahimovic, compañero suyo en aquel Milán. demasiado buena persona y la gente se aprovecha de eso. Te voy a hacer una pausa aquí para que recuerdes algo. Esto que estás escuchando ahora mismo, esta incapacidad de decir que no, esta confianza absoluta en cualquiera que se acercara con una sonrisa es exactamente la misma raíz que más adelante terminará explicando por qué un hombre brillante terminó dentro de una cárcel paraguaya.
En el Milán, entre 2008 y 2011, Ronaldinho intentó recuperar algo de la magia de sus mejores años. Hubo destellos, momentos puntuales que recordaban al jugador que había sido, pero ya no era el mismo. Llegaba con sobrepeso, faltaba entrenamientos, pedía permisos frecuentes para viajar a Brasil y regresaba en peores condiciones físicas.
En 2011, el club decidió rescindir su contrato sin ningún tipo de compensación económica a cambio, simplemente para poder desprenderse de él. regresó a Brasil. Pasó primero por el Flamengo, después por el Atlético Mineiro, con quien logró en 2013, ya con 33 años, ganar una cota Libertadores.
Su último gran título relevante. Era en muchos sentidos, una sombra de lo que había sido, recorriendo canchas de Sudamérica con la misma sonrisa de siempre, pero un nivel físico cada vez más alejado de su mejor versión. En 2015, con 35 años se retiró del fútbol profesional sin ningún partido de despedida especial. Sencillamente dejó de jugar y fue justo entonces cuando comenzó la parte de esta historia que casi nadie esperaba.
Año 2015. Ronaldinho, retirado, sin estructura profesional, sin la disciplina y el entorno controlado que ofrece un club. con cerca de 30 personas dependiendo económicamente de él de una forma u otra. Su hermano Roberto convertido en su representante principal, su madre viviendo en una propiedad que él paraba, empleados, conductores, guardaespaldas, amigos que vivían en sus casas durante meses, conocidos que pedían préstamos que jamás devolvían.
Llegó un momento en que Ronaldinho ni siquiera sabía exactamente cuánta gente trabajaba para él. Confesaría años después un abogado cercano a su entorno. Firmaba cheques sin preguntar para qué eran. Entre 2015 y 2019, su fortuna construida a lo largo de casi dos décadas de carrera profesional, con ingresos que superaron, según distintas estimaciones, los $ millones de dólares.
Se desmoronó casi por completo. A los 39 años acumulaba deudas con el fisco brasileño por más de ,000 en impuestos atrasados. Las autoridades llegaron a embargar decenas de propiedades a su nombre, bloquearon sus cuentas bancarias y en un momento determinado le retuvieron el pasaporte brasileño.
Sin pasaporte no podía salir del país, no podía viajar a trabajar en el extranjero, no podía aceptar ninguno de los compromisos comerciales que todavía le ofrecían fuera de Brasil. Y fue en ese estado de necesidad y desesperación cuando apareció en escena un empresario brasileño con contactos en Paraguay.
Le propuso un proyecto vinculado a una fundación benéfica para niños en Asunción. Le dijo que necesitaban su imagen pública, le ofreció una buena cifra de dinero y además le prometió ayudarlo a resolver el tema del pasaporte. Solo firma esto, le dijo. Yo me encargo de todo.
Y Ronaldinho una vez más firmó sin leer con calma lo que estaba firmando. Lo que en realidad estaba firmando era una solicitud de residencia paraguaya, paso previo necesario para obtener un pasaporte de ese país. el trámite sin que él lo supiera con certeza o sin que decidiera indagar más a fondo. Se realizó utilizando documentación falsificada.
Confié en las personas equivocadas, confesaría meses más tarde. Firmé papeles sin leerlos con atención. Ese fue mi error. Y en efecto fue su error. Pero como vas a descubrir ahora mismo, no fue el único factor que terminó arrastrándolo hasta una celda. El 4 de marzo de 2020 en el aeropuerto internacional Silvio Petirrossi en Asunción, Ronaldinho y su hermano Roberto llegaron en un vuelo privado procedente de Sao Paulo.
Pasaron por el control de migraciones presentando sus pasaportes paraguayos recién obtenidos. El funcionario que revisó los documentos notó algo extraño. Aunque los pasaportes tenían sellos oficiales, fotografías correctas y la información personal correspondía a la realidad, los números de serie no coincidían con los registros de la base de datos oficial.
Alguien en algún punto de la cadena de gestión de esos documentos había utilizado sellos sustraídos de la propia dirección de migraciones para fabricarlos. Ambos hermanos fueron detenidos en el propio aeropuerto. Durante horas fueron interrogados. Hicieron llamadas a sus abogados en Brasil.
repitieron una y otra vez la misma explicación, que no sabían que los documentos eran falsos, que se los habían entregado así, que confiaron en la persona que gestionó el trámite. La Fiscalía Paraguaya no se mostró convencida con esa versión. son personas con recursos, con asesores legales a su disposición, argumentó el fiscal del caso.
No pueden simplemente decir que no sabían. Al día siguiente, ambos fueron trasladados a la agrupación especializada de la Policía Nacional, un centro de máxima seguridad en las afueras de Asunción, reservado normalmente para los delitos más graves del país. La noticia se difundió en cuestión de horas por todo el mundo.
Ronaldinho, leyenda absoluta del fútbol mundial, detenido en Paraguay por uso de documentación falsa. Casi nadie podía creerlo y lo que vino después dentro de esos muros fue todavía más sorprendente que el propio arresto. La agrupación especializada no es un centro penitenciario convencional, es donde se recluye a los delincuentes considerados más peligrosos del sistema judicial paraguayo, entre ellos personas vinculadas a narcotráfico, secuestros y homicidios.
y durante algunas semanas también a Ronaldinho. La primera noche, según relató después, no logró dormir. Permaneció sentado en el catre con la espalda contra la pared, escuchando gritos en guaraní que no entendía sin saber qué esperar. Pensé que me iban a hacer daño, confesaría meses después, en una de las pocas entrevistas serias que concedió sobre el tema.
No tenía ni idea de qué iba a pasar, pero ocurrió algo que ni él ni nadie esperaba. Los demás reclusos lo reconocieron de inmediato y en lugar de hostilidad lo recibieron con respeto. La voz se corrió rápidamente por los pabellones. Es Ronaldinho, es el mago, que nadie lo toque. Un preso brasileño que cumplía condena en ese mismo centro se acercó a él la segunda noche.
Tranquilo, hermano, aquí nadie te va a hacer nada. Eres una leyenda. Y fue, según relataría después ese mismo recluso, en ese momento cuando Ronaldinho, por primera vez frente a otra persona desde que era adulto, se permitió llorar abiertamente. “No quiero estar aquí”, le dijo. “yo no hice nada malo.
” “Lo sé”, le respondió el otro hombre. Pero estás aquí y tienes que sobrevivir. ¿Por qué crees que un hombre acostumbrado a la fama, al lujo y a la adoración de millones de personas, en lugar de hundirse por completo dentro de esa celda, decidió convertir esos días en algo que ni los propios guardias del penal podían explicarse.
La respuesta tiene mucho que ver con la forma en que ese mismo niño de 8 años decidió enfrentar la muerte de su padre. Sigue conmigo porque enseguida lo vas a entender por completo. Las primeras dos semanas fueron, sin duda, las más duras de toda esta etapa. Ronaldinho y su hermano compartían una celda de apenas 6 met²ad con una litera, un baño sin puerta y un fuerte olor a humedad.
La alimentación consistía en arroz, frijoles y trozos de carne difíciles de identificar, además de agua con un fuerte sabor a cloro. Según contaría después un guardia del centro, Roberto vomitaba prácticamente todos los días, incapaz de adaptarse a esas condiciones. “Tienes que comer, hermano,”, le repetía Ronaldinho. “Tienes que aguantar.
” Sus abogados negociaron, mientras tanto, el pago de una fianza cercana al millón y medio de dólares. Las autoridades aceptaron esa fianza, pero en lugar de una liberación completa, ambos hermanos pasaron a un régimen de arresto domiciliario en un hotel de Asunción en mejores condiciones que la cárcel, pero igualmente privados de libertad, sin poder salir del país y sin certeza alguna sobre cuándo terminaría aquel proceso.
Y fue precisamente en esos primeros días dentro del penal cuando Ronaldinho hizo algo que ninguno de los presentes esperaba. Organizó un torneo de fútbol dentro de la propia cárcel. Sí, tal como lo escuchas, hombres condenados por delitos graves jugando un partido improvisado en el patio conterías levantadas con lo que hubiera disponible, contra el mejor futbolista del mundo de la década anterior.
10 contra 10. Los guardias haciendo de árbitros, el resto de los reclusos como espectadores enardecidos. Ronaldinho jugaba con la misma sonrisa de siempre, haciendo caños, fintas, jugadas que parecían sacadas de sus mejores partidos en el camp. No fue lo más surrealista que he visto en toda mi carrera dentro del sistema penitenciario.
Confesaría después uno de los guardias presentes, el mejor jugador del mundo haciendo magia con el balón dentro de una cárcel paraguaya. El equipo de Ronaldinho ganó aquel improvisado torneo. El premio fue un cerdo asado que él insistió en compartir con absolutamente todos los presentes, reclusos, guardias, hasta con algunos de los abogados que llegaron de visita ese mismo día.
Esa es la clase de persona que es, relataría después aquel preso brasileño que se había acercado a consolarlo la primera noche. Podría haber estado amargado, resentido con el mundo entero. Decidió, en cambio, intentar hacernos un poco más felices a todos los que estábamos ahí encerrados con él. Mientras él hacía eso dentro del penal, afuera, en el mundo libre, todo parecía derrumbarse alrededor de su nombre.
Marcas que cancelaron contratos publicitarios sin previo aviso, patrocinadores que se alejaron por completo, eventos que retiraron su invitación de un día para otro. En redes sociales, muchos lo calificaban directamente de criminal. Otros, con menos compasión todavía, decían que se lo tenía bien merecido, que esto le pasaba por no cuidar su propio dinero ni sus propios documentos.
Prácticamente nadie se detenía a preguntar qué había ocurrido realmente, ni a investigar el papel de quienes habían gestionado ese trámite migratorio en su nombre. Su madre, Miguelina concedió una entrevista entre lágrimas en esos días. Mi hijo no es un criminal. Mi hijo confió en las personas equivocadas. Eso no es un delito.
Tenía razón, pero en ese momento a casi nadie le importaba escucharla. El empresario que había gestionado la obtención de aquellos documentos desapareció del radar público en cuanto estalló el escándalo. Las autoridades paraguayas emitieron una orden de captura en su contra, pero nunca llegó a ser localizado. La investigación oficial reveló que se habían pagado sumas de dinero a un funcionario de la Dirección de Migraciones para obtener los sellos utilizados en la falsificación.
Ese funcionario fue identificado, admitió su participación y terminó arrestado. Pero Ronaldinho, aunque no había falsificado nada con sus propias manos, sí había utilizado esos documentos para entrar al país y eso legalmente lo hacía responsable. La ignorancia no es excusa válida ante la ley, declaró en su momento el fiscal a cargo del caso.
Usted es responsable de la documentación que presenta ante las autoridades. El 25 de agosto de 2020, 173 días después del arresto inicial, Ronaldinho y su hermano fueron finalmente liberados. pagaron una multa cercana a $90,000 cada uno y llegaron a un acuerdo con la fiscalía que redujo significativamente los cargos iniciales.
No fueron condenados por falsificación de documentos, sino por una figura legal más leve relacionada con el uso de documentación falsa sin intención dolosa comprobada. Al salir, decenas de periodistas lo esperaban con cámaras y micrófonos editando preguntas en español. portugués e inglés al mismo tiempo.
Ronaldinho se detuvo, miró directamente a las cámaras y dijo, “Quiero pedir disculpas a todos. Cometí un error. Confié en las personas equivocadas. Esto no va a volver a pasar.” Y sonrió. Esa misma sonrisa de siempre. ¿Cómo es posible que después de 173 días encerrado, después de ver su imagen pública destruida en cuestión de semanas, un hombre pueda regresar al mundo con exactamente la misma sonrisa con la que se fue.
Eso es justamente lo que vamos a desentrañar ahora, porque la respuesta tiene mucho menos que ver con superficialidad y mucho más con una decisión consciente que pocas personas logran tomar realmente. Regresó a Brasil, a Porto Alegre, a una propiedad cercana, aunque no idéntica, al barrio donde había crecido.
Durante semanas, los medios intentaron conseguir una entrevista exclusiva, la versión completa, los detalles más íntimos de lo vivido. Él no concedió nada, solo publicaba de tanto en tanto fotografías en redes sociales jugando en la playa con amigos, sonriendo como siempre. Es como si nada hubiera pasado, comentaban los analistas deportivos en televisión.
¿Cómo puede estar tan tranquilo después de todo esto? En 2021 concedió una de las pocas entrevistas serias que dio sobre el tema. Sin cámaras de televisión, sin gabinete de prensa, solo él y un periodista brasileño de confianza absoluta. ¿Te arrepientes de algo? Le preguntaron directamente. De muchas cosas, respondió.
de confiar sin preguntar, de firmar sin leer, de creer que la gente me quería a mí y no a mi dinero, de haber aceptado ir a Paraguay sin investigar antes con quién estaba tratando. “¿Y qué aprendiste de todo esto?”, insistió el periodista, “que la libertad es lo único que realmente importa. El dinero va y viene, la fama va y viene, pero cuando te quitan la libertad, entiendes que sin ella no eres absolutamente nada.
Esa frase, “El dinero va y viene,” la había repetido toda su vida, en los buenos momentos y en los malos, casi como una especie de mantra personal. Pero fue dentro de aquella celda paraguaya cuando comprendió, según sus propias palabras, la otra mitad de esa idea. El dinero va y viene, pero hay ciertas cosas que una vez perdidas no siempre regresan de la misma manera.
¿Qué pasó con aquella deuda de más de 10 millones de dólares con el fisco brasileño? llegó a un acuerdo de pago en cuotas, vendió propiedades, aceptó contratos publicitarios que antes habría rechazado sin pensarlo dos veces. Ya no es el Ronaldinho que se podía permitir rechazar millones de dólares simplemente porque no tenía ganas de trabajar esa temporada.
Es el Ronaldinho que necesita trabajar, que firma contratos con regularidad para sostener su economía y la de las personas que todavía dependen de él. cambió como persona después de todo esto. Depende de a quién le preguntes. Sus colaboradores más cercanos aseguran que sí, que ahora lee los contratos antes de firmarlos, que pregunta, que desconfía más que antes de cualquier propuesta que suene demasiado fácil.
Otros, en cambio, sostienen que en el fondo sigue siendo exactamente el mismo, demasiado confiado, demasiado generoso con su tiempo o su nombre. Probablemente ambas versiones tengan parte de razón. Existe una fotografía suya tomada durante su estancia en aquella cárcel paraguaya que se filtró meses después de su liberación sin que nunca se confirmara oficialmente su origen.
En ella aparece sentado en el patio del penal, solo con un balón entre las manos mirando hacia el cielo. No está sonriendo. Es probablemente la única fotografía pública de toda su vida adulta. donde no aparece con esa sonrisa característica. Esa sola imagen explica mejor que cualquier titular sensacionalista lo que realmente significó para él ese episodio.
No fue una anécdota curiosa para contar después en una entrevista. Fue el momento exacto en que tocó fondo. Hoy Ronaldinho tiene 44 años. Reparte su tiempo entre Brasil, España y Estados Unidos. Trabaja como embajador de distintas marcas vinculadas al deporte. Participa en eventos, juega partidos de exhibición de manera regular.
Su situación económica se ha estabilizado, aunque está lejos de los niveles de fortuna que llegó a manejar en su mejor momento como futbolista activo. Su madre, Miguelina, ya con casi 80 años, sigue viviendo en Porto Alegre. Él la visita con frecuencia. Se sientan juntos a tomar café y hablar de la familia, como cualquier hijo que regresa a casa.
Su hermano Roberto continúa cerca de él, aunque ya no como su representante exclusivo. Contrató finalmente a un equipo de profesionales especializados para gestionar sus asuntos legales y financieros. Pasamos por algo muy duro juntos, confesó Ronaldinho en una entrevista reciente. Eso paradójicamente nos unió todavía más como hermanos.
En 2022 hizo algo que sorprendió incluso a quienes lo conocen bien. Regresó a Paraguay, sí, al mismo país donde había pasado por aquella experiencia que le costó casi 6 meses de privación de libertad. fue invitado a participar en un evento benéfico organizado por una fundación que trabaja con menores en situación de calle en Asunción.
Nadie lo habría juzgado si hubiera declinado la invitación o enviado a un representante en su lugar. decidió ir personalmente. Pasó de nuevo por el mismo aeropuerto donde había sido detenido 2 años antes, esta vez presentando su pasaporte brasileño, todo absolutamente en regla. visitó la fundación, jugó con los niños, firmó autógrafos, les dio algunos consejos sencillos, que estudiaran, que jugaran, que sonrieran siempre que pudieran y después hizo algo que prácticamente nadie esperaba.
Pidió expresamente visitar de nuevo la agrupación especializada, la misma cárcel donde había estado privado de libertad. Los guardias del centro, según relataron después, no podían entender por qué alguien querría volver a ese lugar. Para dar las gracias fue su respuesta.
Entró al mismo patio donde meses antes había organizado aquel torneo improvisado. Algunos de los reclusos que lo rodearon eran los mismos que lo habían acompañado durante su encierro. Otros eran nuevos que conocían la historia solo de oídas. “Ustedes me enseñaron algo importante”, les dijo. Me enseñaron que sin importar el lugar en el que estés, sin importar lo que te haya pasado, siempre puedes elegir cómo enfrentar ese momento.
Puedes quedarte amargado o puedes buscar la manera de seguir siendo feliz. volvió a jugar un breve partido con ellos igual que dos años antes. Antes de irse dejó algunos balones y camisetas y una frase escrita a mano en una de las paredes del patio. La libertad está en la mente, nadie te la puede quitar.
¿Por qué alguien que sufrió tanto en un lugar concreto decide voluntariamente volver a ese mismo lugar después? Porque Ronaldinho entendió dentro de aquella celda algo que muy pocas personas llegan a comprender de verdad en toda su vida. Cuando perdió su padre con apenas 8 años, tuvo la opción de amargarse para siempre.
Eligió, en cambio, seguir sonriendo. Cuando perdió casi toda su fortuna, cuando fue arrestado, cuando su imagen pública se destruyó en cuestión de semanas, volvió a tener exactamente la misma opción. y de nuevo eligió sonreír. La sonrisa no significa que todo esté bien, confesó en aquella entrevista de 2021.
La sonrisa significa que decidí que sin importar lo que pase, todo va a estar bien. Ese es en el fondo, el verdadero secreto detrás del personaje. No sonríe porque sea ingenuo ni porque no entienda la gravedad de lo que le ha tocado vivir, ni porque las cosas no le hayan dolido profundamente. Sonríe porque decidió de manera consciente que esa iba a ser su forma de enfrentar la vida.
Y ni siquiera una cárcel de máxima seguridad en Paraguay logró arrebatarle esa decisión. El dinero va y viene. La frase que repitió durante toda su vida en los años de máxima gloria y en los años de mayor oscuridad. Cuando ganaba decenas de millones decía esa frase. Cuando lo perdió casi todo, volvió a decirla.
Pero fue dentro de aquella celda donde comprendió por fin la segunda mitad de esa misma idea. El dinero va y viene, pero lo que eres como persona, eso permanece. Fue el mejor futbolista del mundo. Ganó absolutamente todo lo que se podía ganar dentro de ese deporte. dos balones de oro, un mundial, una Champions League, el respeto unánime de los mejores jugadores de su generación, pero también lo perdió casi todo.
Su fortuna, buena parte de su reputación pública, su libertad durante casi 6 meses. Y lo que quedó al final de todo ese recorrido fue simplemente el hombre, el niño de la favela, que aprendió a sonreír para no derrumbarse. el hijo que prometió en silencio hacer sentir orgulloso a su padre, el hermano que jamás abandonó a Roberto, ni en la gloria ni en la cárcel.
El preso que decidió organizar un torneo de fútbol en uno de los lugares más duros que existen. Ese es Ronaldinho, no el futbolista, el hombre detrás del futbolista. En 2023, la FIFA lo nombró embajador global del fútbol. Un reconocimiento que muchos interpretaron como una forma simbólica de reconciliación pública.
Una manera de decir lo ocurrido en Paraguay no debía definir su legado deportivo. Él aceptó el cargo y en su discurso dijo algo que pocos entendieron del todo en su momento. Mi legado no son los goles, ni los trofeos, ni los regates que la gente recuerda. Mi legado es la sonrisa. Porque si algún niño en cualquier lugar del mundo me ve jugar y decide que el fútbol es alegría y no obligación, entonces ya gané lo más importante.
90,000 personas aplaudiéndolo de pie en el Camp. Más de 100,000 gritando su nombre en el Estadio Azteca de México. Pero también un grupo de presos paraguayos protegiéndolo dentro de una celda. Niños de la calle en Asunción abrazándolo años después. Ese es probablemente el verdadero legado de Ronaldinho.
No las medallas guardadas en una vitrina, la humanidad que demostró una y otra vez, incluso en las peores circunstancias imaginables. La verdad sobre Ronaldinho es al mismo tiempo sencilla y profundamente compleja. confió en las personas equivocadas más de una vez a lo largo de toda su carrera.
Firmó documentos que no debió firmar sin leerlos con atención. aceptó en un momento de necesidad extrema una solución que jamás debió aceptar sin hacer las preguntas correctas antes, pero no es ni de lejos un criminal en el sentido en que muchos quisieron presentarlo en su momento. Es sencillamente un hombre que cometió errores, como prácticamente todos los seres humanos en algún punto de su vida.
La diferencia es que sus errores se pagaron con una cárcel paraguaya con su imagen pública hecha pedazos durante meses, con casi medio año de su vida completamente perdido. ¿Fue justo lo que le ocurrió? Probablemente no del todo. ¿Fue legal lo que terminó ocurriendo desde el punto de vista judicial? Aparentemente sí. aprendió algo verdaderamente importante de toda esa experiencia, sin ninguna duda.
Si nunca hubiera pasado por aquel episodio en Paraguay, quizás habría seguido firmando documentos sin leerlos durante el resto de su vida, hasta que algo todavía más grave hubiera terminado ocurriéndole. Ronaldinho Gaucho, el niño de la favela de Porto Alegre, el mago del Camp, el preso de la agrupación especializada de Asunción. Tiene hoy 44 años.
Todavía juega al fútbol de manera ocasional. Todavía sonríe exactamente igual que siempre. Todavía es capaz de hacer magia con un balón entre los pies, pero ahora entiende algo que durante buena parte de su vida no había llegado a comprender del todo. La verdadera magia nunca estuvo solo en el balón, estuvo sobre todo en la decisión de seguir jugando, de seguir sonriendo, cuando absolutamente todo a su alrededor parecía estar derrumbándose.
Su padre le enseñó, sin saberlo, a jugar con alegría desde niño. Paraguay le enseñó de la forma más dura posible, porque esa misma alegría es en el fondo lo único que ninguna circunstancia externa puede llegar a quitarte de verdad. El dinero va y viene, la fama va y viene, los trofeos tarde o temprano terminan guardados en una vitrina cubierta de polvo.
Pero la forma en que decides tratar a las personas que tienes alrededor, la sonrisa que decides ponerte cada mañana al levantarte, eso, eso sí permanece para siempre. Si esta historia te ha hecho ver a Ronaldinho de una manera distinta a la que conocías antes de empezar este video, si ahora entiendes con más claridad por qué terminó pasando por aquella cárcel paraguaya, si por fin puedes ver al hombre real que existe detrás de esa sonrisa que todo el mundo conoce, entonces hazme un favor, dale like a este video y suscríbete al canal. No por
mí, hazlo por él para que su historia completa y no solamente los titulares más escandalosos que circularon en su momento pueda llegar a más personas para que la próxima vez que alguien diga Ronaldinho, el criminal que estuvo en la cárcel, alguien más gracias a este video pueda responder con conocimiento real.
Ronaldinho, el ser humano que cometió errores y supo levantarse de ellos. Y si esta historia te ha sorprendido tanto como para quedarte hasta el final, tengo algo más que creo que te va a interesar todavía más. Hay otra leyenda del fútbol mundial, igual de querida que Ronaldinho, igual de admirada por millones de aficionados, cuya caída personal fue si cabe, todavía más dura y mucho menos conocida que esta.
Esa es exactamente la próxima historia que vas a querer ver. Dale al primer video que aparece justo ahora en tu pantalla y descubre la otra cara, la que casi nadie cuenta, de otro de los grandes gemios que ha dado este deporte.