SILVIA PINAL: Los 3 Matrimonios que la Destrozaron… y el Hombre al que Nunca Pudo Olvidar
Ciudad de México. Noviembre de 2024. Una mujer de 93 años respira con ayuda de una máquina en un cuarto de hospital que huele a alcohol y a flores marchitas. Sobre la mesa de noche hay fotografías enmarcadas. Una boda en blanco y negro. Dos niñas pequeñas sonriendo bajo el sol de Acapulco. Una estatuilla dorada de un festival de cine europeo.
Afuera, en el pasillo, sus hijos discuten en voz baja quién debe entrar primero quién tiene más derecho a despedirse. Adentro ella tiene los ojos cerrados y la mente en otro lugar. En otra década, en una ciudad que hace 70 años solía distinto, sonaba distinto, prometía otra cosa. Se había casado tres veces. Había compartido cama, apellido y portada de revista con tres hombres completamente distintos entre sí, cada uno dueño durante un tiempo de un pedazo entero de su vida.
Pero cuando meses atrás alguien le preguntó, ya con la voz quebrada por la vejez, cuál había sido el gran amor de su existencia, ninguno de esos tres nombres salió de su boca, dijo otro nombre. un nombre que no aparecía en ninguna de sus actas de matrimonio, que no la acompañó al altar ni una sola vez, que ni siquiera pudo quedarse con ella cuando los dos lo desearon con la misma fuerza.
Y ese nombre, más que cualquiera de sus tres maridos, fue el que terminó definiendo lo que Silvia Pinal entendió del amor durante casi 80 años de vida pública. Para entender cómo una mujer con cuatro anillos de bodas en su historial terminó llamando el amor de mi vida a un hombre con el que jamás llegó al altar, hay que retroceder mucho.
Hay que volver a un departamento humilde de la Ciudad de México. A mediados de los años 40, cuando esa mujer todavía era una niña que escuchaba la radio pegada a la pared y soñaba con un escenario que en su casa nadie tomaba en serio. Para el público mexicano que la vio crecer en blanco y negro, Silvia Pinal nunca fue solo una actriz, fue la última gran diva de una época dorada que ya no volvería.
La mujer que se atrevió a desnudarse frente a Buñuel cuando otras ni siquiera se atrevían a levantar la voz. la matriarca de una dinastía de apellidos que todavía hoy llenan revistas y programas de espectáculos. Detrás de esa imagen pública, sin embargo, había una mujer que buscó toda su vida algo tan simple como sentirse amada sin condiciones y que descubrió casi siempre demasiado tarde que el matrimonio y el amor rara vez viajaban juntos en su historia, lo que estaba en juego para ella.
En cada una de esas decisiones era mucho más que un apellido nuevo. Era su libertad, era la posibilidad de ser dueña de su propio destino en una época que no perdonaba a las mujeres que decidían por sí mismas. Y era, sobre todo, la esperanza de encontrar en algún hombre la seguridad que su padre nunca le dio.
Quienes crecieron escuchándola cantar en la radio, viéndola conducir programas familiares los domingos por la tarde, recuerdan perfectamente esa voz clara, esa risa fácil, esa manera de mirar a la cámara, como si de verdad estuviera hablando con cada persona sentada frente al televisor. Para esas generaciones, Silvia Pinal era sinónimo de una época completa, la de las telenovelas en blanco y negro, la de los programas musicales en vivo, la de las estrellas que parecían vivir en un mundo distinto al de la gente común. Pero una cosa era
la mujer que aparecía en la pantalla, sonriente y segura, y otra muy distinta a la que quedaba cuando se apagaban las luces del estudio y volvía a casa. Antes de convertirse en leyenda, ella ya había aprendido que una mujer hermosa podía ser admirada y castigada al mismo tiempo. La aplaudían cuando obedecía, la criticaban cuando decidía por sí misma y aún así decidió una y otra vez en una época que no perdonaba a las mujeres libres.
se casó cuatro veces cuando el divorcio todavía era motivo de escándalo en las páginas de sociales. Se desnudó frente a las cámaras cuando eso significaba arriesgar toda una carrera de un solo golpe. Confesó en un libro, ya anciana, que el hombre, al que más había amado en su vida, nunca había sido ninguno de sus esposos.
Cada una de esas decisiones le costó algo. Ninguna la detuvo. Silvia Pinal Hidalgo nació el 16 de septiembre de 1931. Su padre era de esos hombres que entendían el amor como una forma de vigilancia. Horarios fijos, permisos para todo. Un control que se disfrazaba de cuidado. Ella creció escuchando radionovelas, imitando en secreto a las actrices que sonaban por las bocinas de aquellos aparatos enormes de madera.
memorizando diálogos que nadie en su casa consideraba un futuro posible para una hija de familia decente. Aquellos años de la radio mexicana tenían un sonido particular: el crujido de las bocinas, las voces impostadas de los locutores, las orquestas en vivo que acompañaban cada radionovela como si el drama necesitara música para volverse creíble.
En esas cabinas atestadas de cables y micrófonos gigantes, una adolescente de voz clara empezó a hacerse un lugar sin que nadie, ni siquiera ella, imaginara todavía lo que vendría después. Con los años, su nombre terminaría al lado de otras mujeres que la Audiencia mexicana adoptó como parte de su propia memoria familiar, María Félix, Dolores del Río, Lola Beltrán.
Pero a diferencia de varias de ellas, Silvia construiría su leyenda no solo desde la pantalla de cine, también lo haría desde la televisión, que apenas empezaba a instalarse en las salas de las casas mexicanas. A los 15 años ya trabajaba en una estación de radio. Ahí, entre publicistas y locutores, la invitaron a integrarse a una compañía de teatro experimental.
Su primera obra fue Los Caprichos de Goya. Y quien dirigía aquel montaje era un actor cubano de 35 años con una carrera ya consolidada y un divorcio a cuestas. Rafael Bankquels. Entre el director y la joven actriz de 15 años surgió algo que con el tiempo se convertiría en matrimonio. Se casaron en 1947 cuando ella tenía 17.
Cantinflas fue el padrino de bodas. Como regalo, el cómico les entregó un cheque de 5000 pesos. una fortuna en aquellos años que la pareja usó para comprar un comedor, una sala y un colchón matrimonial. Silvia recordaría después, entre risas nerviosas, cómo comprobaba el cheque una y otra vez contra la luz, como si temiera que fuera falso.
Silvia Pinal contaría, “Ya mayor, ya sin nada que perder frente a las cámaras, ¿por qué se casó tan joven con un hombre casi el doble de grande que ella? La necesidad urgente de salir de una casa donde su padre decidía todo, desde la hora exacta en que debía volver hasta las amistades que podía o no frecuentar, pesó mucho más que cualquier enamoramiento real.
Se casó para ser libre y descubrió casi de inmediato que había cambiado una jaula por otra idéntica, solo que esta tenía anillo de bodas. Bankquels resultó tan celoso como su padre, quizás más. No la dejaba salir sola ni a la esquina de la calle. Vigilaba cada llamada telefónica, cada mirada que los hombres le lanzaban cuando caminaban juntos, cada papel que le ofrecían en el cine.
Ella, que había soñado con independencia, se encontró de nuevo pidiendo permiso para todo. Esta vez a un esposo en lugar de a un padre. Me casé para escapar de la opresión de mi padre y me fue peor. Rafael era celosísimo y no me dejaba salir ni a la esquina. Confesaría años más tarde. Junto a Bankquels, Silvia debutó en el teatro con la obra Nuestra Natacha, compartiendo cartel con figuras ya consagradas como Emperatriz Carvajal y Patricia Morán.
Poco después llegó su primer protagónico en un sueño de cristal. En 1949 la invitaron a un papel secundario en la película El pecado de Laura. Su primera aparición en el cine y ese mismo año actuó junto a su esposo en Bamba y en la mujer que yo perdí. El cine mexicano, en plena época de oro, empezaba a fijarse en esa joven de 17 años que combinaba una belleza serena con una disciplina de trabajo poco común para su edad.
En 1949 nació [carraspeo] Silvia Pasquel. la primera hija de la pareja. El parto fue complicado porque el matrimonio no tenía dinero suficiente para pagar el hospital. Bankels, que había sido una estrella con trabajo constante, empezaba a quedarse sin ofertas mientras la carrera de su joven esposa despegaba con fuerza en el radio, el teatro y sus primeras películas.
Él se quedaba en casa cada vez de peor humor, viendo como el nombre de su esposa crecía mientras el suyo se apagaba. Silvia siguió trabajando durante esos años. en cintas como el rey del barrio, un rincón cerca del cielo y yo soy muy macho, construyendo poco a poco el nombre que después la haría irreemplazable en la memoria del público mexicano.
En 1952, con su hija de apenas 2 años, Silvia le anunció a Bankquels que quería el divorcio. Se lo dijo mientras comían, sin preámbulo alguno, entre un bocado y otro. Él se puso pálido primero y furioso después. Ella, ya entrenada en el miedo, pensó por un instante que la iba a matar. No la mató. Firmaron el divorcio y ella salió de esa casa con la certeza amarga de que el matrimonio, tal como lo había vivido hasta entonces, no era ninguna salida hacia la libertad.
Era otra forma de encierro con papeleo de por medio. Poco después de separarse de Banquels, Silvia asistió a una cena en casa de su amiga Gloria a la gorda, Elías Calles. Ahí, entre copas y música de fondo, un joven acostumbrado a que todos le obedecieran de inmediato, le pidió, casi sin mirarla, que pusiera unos discos.
“Ponlos tú”, le contestó ella sin voltear dos veces. Esa respuesta, seca y sin ningún interés por complacerlo, fue exactamente lo que atrapó al heredero de uno de los imperios más grandes de México. Se llamaba Emilio Azcárraga Milmo. Le decían el tigre, tenía veintitantos años, un apellido que abriría en pocos años las puertas de Televisa y una costumbre demandar que nadie hasta ese momento se había atrevido a desafiar frente a él con tanta naturalidad.
Empezaron a verse cenas discretas, viajes cortos, tardes enteras cantando juntos en reuniones íntimas donde solo estaban los amigos de máxima confianza, porque su relación tenía que mantenerse fuera del radar de la prensa y sobre todo fuera del radar del padre de Emilio. Emilio Azcárraga Vidaurreta, fundador de la XEW y del Imperio que después se convertiría en Televisa, no aprobaba de ninguna manera que su único heredero varón se relacionara con una actriz divorciada y madre de una niña pequeña.
A don Emilio no le caía en gracia, me lo encontraba en los pasillos de Televicentro y ni me volteaba a ver. Escribiría a Silvia décadas después en su autobiografía con esa mezcla de dolor y resignación que solo da el paso de los años. se decían pato el uno al otro. Un apodo cariñoso que sobrevivió incluso después de que la relación terminara.
4 años de un romance intenso, discreto y según ambos contarían por separado con el tiempo absolutamente correspondido. Viajaron juntos por México y por el mundo. Se cuidaron mutuamente en los momentos difíciles. Silvia recordaría particularmente un viaje a Cuba que, según sus propias palabras, resultó determinante para entender la profundidad de lo que sentían el uno por el otro.
Y aunque nunca hubo un compromiso formal frente a un altar, todos los que los rodeaban entendían que aquello era mucho más que un romance pasajero entre dos jóvenes famosos de la Ciudad de México. El padre de Emilio tenía otros planes y esos planes no incluían a una actriz divorciada. Había arreglado desde antes el matrimonio de su hijo con una mujer francesa de familia bien posicionada, Pamela de Surmont.
En 1958, sin darle a Silvia ninguna oportunidad real de pelear por esa relación, Emilio le anunció que se casaría con ella. Fue doloroso terminar esa relación. De pronto apareció la novia de Francia y me dijo que se iba a casar. Yo dije, “¿Por qué?” Yo no lo entendía, pero bueno, después que pasó el tiempo, lo entendí.
contaría Silvia décadas más tarde, todavía con el filo de aquella herida intacto en la voz cada vez que alguien le preguntaba por él. La boda se celebró en 1959 en una ceremonia de lujo en la catedral de Notredam de París. Silvia se quedó en México con el corazón roto y sin ningún derecho a reclamar nada, porque en la versión oficial de aquella historia, ella nunca había sido más que una amiga muy cercana del futuro dueño de la televisión mexicana.
Y para entender por qué ese amor, el que nunca llegó al altar, terminaría pesando más en su memoria que tres matrimonios completos con hijos y anillos y firmas ante notario. Hay que ver lo que Silvia hizo después. No se quedó llorando encerrada. Se casó de nuevo con un hombre al que décadas más tarde también llamaría el amor de su vida, aunque esta vez sí lograra llevarlo hasta el altar.
Poco después de la boda de Azcárraga en París, en una fiesta en casa del actor Ernesto Alonso, Silvia conoció a un empresario y productor de cine llamado Gustavo Ala Triste. Él estaba casado en ese momento y ella, ya precavida por experiencia propia, se dijo a sí misma que con hombres casados no quería saber absolutamente nada.
El destino, sin embargo, tenía otros planes. La esposa de Ala viajó a vivir a Italia y ahí él descubrió que ella le era infiel. El matrimonio se rompió y a la triste, ya libre, empezó a buscar a Silvia con la insistencia de alguien acostumbrado a conseguir siempre lo que quería. Se casaron en 1961. Para entonces, Silvia ya era una de las mujeres más codiciadas del espectáculo mexicano.
En 1962, durante la inauguración de un hotel en Acapulco, conoció al empresario estadounidense Conrad Hilton, con quien surgió una conexión que la prensa de la época convirtió en rumor internacional, aunque nunca llegó a nada serio. También se habló durante años de un cariño no correspondido de Arturo de Córdoba, uno de los galanes más importantes del cine mexicano, que en su momento estaba casado, y a quien un consejo paterno terminó por convencer de que no debía arriesgar su matrimonio por aquella actriz que parecía atraer, sin
proponérselo a todos los hombres poderosos de su generación. Este segundo matrimonio cambió para siempre la carrera de Silvia Pinal. A la triste, fascinado por el cine de autor europeo, convenció a un director español exiliado en México, Luis Buñuel, de dirigir una película con su esposa como protagonista absoluta. La cinta se llamó Viridiana.
La escena final, la de una partida de cartas con implicaciones sexuales apenas disimuladas, escandalizó a media Europa. El Vaticano la condenó públicamente. España, gobernada entonces por la dictadura de Francisco Franco, intentó bloquear su exhibición y aún así, Viridiana ganó la palma de oro en el festival de Kans de 1961, colocando a Silvia Pinal en un lugar del que ninguna actriz mexicana de su generación había logrado siquiera acercarse.
el reconocimiento internacional serio. Más allá del glamur fácil de la época de oro. El escándalo alrededor de Viridiana no fue una simple exageración de la prensa. Una de sus escenas, una composición visual que recordaba deliberadamente a La última cena, pero protagonizada por mendigos borrachos, fue interpretada como una burla directa a la iconografía religiosa católica.
España, todavía bajo la dictadura de Francisco Franco, había financiado en parte la película sin saber el resultado final y cuando la vio terminada intentó por todos los medios impedir que se exhibiera dentro del país. El Vaticano la condenó desde Roma, calificándola de blasfema, y sin embargo, la palma de oro ya estaba en manos de Silvia Pinal, convertida de la noche a la mañana en la protagonista de la película más polémica del cine en español de toda esa década.
Vinieron después el ángel exterminador y Simón del Desierto, también con Buñuel, también producidas por Ala Triste. En 1963 nació la segunda hija de Silvia, a quien decidió llamar Viridiana en honor a la película que había cambiado el rumbo de su carrera. Todo parecía desde afuera, un matrimonio perfecto entre el talento artístico y el dinero, entre la musa y el hombre que sabía exactamente cómo exhibirla ante el mundo entero.
Puertas adentro. La historia se repetía con matices distintos, pero con el mismo fondo doloroso. A la triste era infiel una y otra vez. Silvia lo sabía. Lo toleraba durante un tiempo, lo perdonaba y volvía a saberlo poco después. Era el hombre para mí, pero me era infiel. Y un día todo acabó, confesaría ella más tarde, recordando cómo la separación llegó justo cuando su hija viridiana tenía apenas 3 años.
Es difícil aceptar cuando el amor se acaba y a él se le acabó tras nacer la niña. Diría también en una de esas frases que revelan más dolor del que aparentan a simple lectura. Se separaron en 1967, 6 años después de la boda. A la Triste se casó después con la modelo Sonia Infante, hija del actor Ángel Infante y sobrina de Pedro Infante, uno de los grandes ídolos de la época de oro, que también, según se contó durante años en los círculos del espectáculo, había pretendido a Silvia, sin éxito, de todos los hombres con los que compartió su
vida, a la tristecería en algunas de sus entrevistas posteriores, nombrado también como el hombre al que más he amado. Silvia Pinal tenía aparentemente la capacidad de guardar un amor profundo por más de un hombre a la vez y de conservarlo incluso años después de que la relación hubiera terminado entre lágrimas y reproches.
Tanto fue así que, ya casada con Enrique Guzmán, Silvia conservó durante años la decoración de estilo japonés que había elegido para su casa en la época de Ala Triste. un detalle pequeño que ella misma reconocería después como una forma silenciosa de no borrar del todo ese capítulo de su vida. A mediados de los años 60, el rock and roll había llegado a México para quedarse, traducido al español por grupos de jóvenes que hacían enloquecer a un público adolescente completamente distinto al que había crecido con los boleros y las rancheras de la generación
anterior. El divorcio de Ala triste coincidió casi sin pausa entre uno y otro capítulo de su vida, con la aparición de uno de esos jóvenes cantantes que llegó como invitado a uno de los programas de televisión que Silvia conducía en ese momento. Se llamaba Enrique Guzmán. Tenía 25 años, 11 menos que ella y una fama creciente gracias a su grupo Los Te Tops, que llenaba teatros de adolescentes enloquecidos noche tras noche.
Hicieron clic de inmediato, según relataría Silvia después. Ella dudó al principio, incómoda con la diferencia de edad en un país donde una mujer mayor con un hombre más joven todavía generaba comentarios envenenados en los pasillos de la farándula. Pero la insistencia de Enrique, su carisma natural y la química evidente entre ambos terminaron por imponerse sobre cualquier duda.
Se casaron en 1967, el mismo año en que se divorció de a triste. Los primeros años, según relataría Silvia en su autobiografía, Esta Soy yo, fueron casi una eterna luna de miel. Trabajaron juntos en el programa Silvia y Enrique, un show de comedia musical al estilo de los grandes matrimonios televisivos de la época que se mantuvo al aire durante 4 años hasta 1972.
Millones de familias mexicanas encendían el televisor cada semana para ver a esa pareja bromear, cantar y actuar como si su vida en común fuera exactamente lo que aparentaba. Una comedia ligera, sin sombras, protagonizada por dos personas visiblemente enamoradas. En 1968 nació Alejandra Guzmán.
En 1970 llegó Luis Enrique. Detrás de cámaras la realidad tenía otro color. Silvia recordaría después que había días en que Enrique llegaba de mal humor al foro y que resultaba muy difícil disimular la tensión frente a un equipo de producción entero, frente a las luces encendidas y frente a un público que solo veía la parte del espectáculo que le vendían cada semana.
Nadie entre los espectadores que se reían frente al televisor sospechaba lo que ocurría en la casa de esa pareja una vez que las cámaras se apagaban. Y fue justo después de esos nacimientos, casi como si algo se hubiera roto en el momento exacto en que la familia se completaba. Cuando el carácter de Enrique empezó a mostrar su otra cara, los celos, que al principio parecían solo un exceso de amor juvenil, se transformaron poco a poco en control absoluto.
Las discusiones verbales escalaron hasta convertirse en algo mucho más oscuro y peligroso. Los celos seguían aumentando, las discusiones verbales eran cada vez más violentas y sin saber ni cómo llegó el primer golpe. Escribiría Silvia después. Violencia física. Primero un empujón, un jalón, luego un manazo, la primera bofetada, la primera golpiza.
Durante años esa violencia se repitió dentro de una casa que, vista desde afuera, seguía proyectando la imagen perfecta de una familia exitosa y feliz frente a las cámaras de televisión. Silvia contrató terapia. estuvo 4 años en tratamiento con un psiquiatra que, según ella misma relató, le explicó que padecía algo parecido al síndrome de Estocolmo.
Se aferraba a un hombre que le hacía daño porque el miedo a quedarse sola le pesaba noche tras noche, más que el miedo a los golpes que ya conocía de memoria, hubo un episodio que, según su propio relato, marcó el punto de quiebre definitivo. Durante una discusión, Enrique sacó una pistola de un cajón de la recámara, la apuntó hacia ella, le dijo con una frialdad que Silvia jamás olvidaría, que si tanto lo odiaba, que le disparara a ella misma.
El arma se accionó en algún momento de aquel forcejeo y la bala pasó rozándola. Silvia huyó de esa casa esa misma noche con lo que traía puesto, su chequera en la mano y el instinto puro de sobrevivir guiando cada paso. Buscó refugio en casa de su amigo, el actor Teodoro Césarmán, mientras su mente todavía procesaba lo que acababa de pasar.
Se divorciaron en 1976, 9 años después de la boda. Ella se quedó con la custodia de Alejandra y Luis Enrique. Él, con el paso del tiempo, reconocería públicamente en más de una ocasión que la había golpeado, aunque siempre acompañando esa confesión con alguna forma de justificación que sonaba cada vez más incómoda para quien la escuchara.
Una sola vez le falté al respeto a la señora y saben qué, se lo mereció. llegó a declarar en redes sociales décadas después, cuando ya era un hombre mayor, que parecía no medir el peso real de sus propias palabras frente a una audiencia completamente distinta a la de su juventud. Silvia, por su parte, nunca redujo esa historia a un simple relato de víctima indefensa.
Lo que pasó entre nosotros no fue solo culpa de él. Enrique hizo lo que quiso y yo lo permití. Me daba pánico separarme. No supe cómo enfrentar la situación. Al primer golpe debí tomar la decisión e irme”, escribió con la honestidad brutal de alguien que había tenido décadas enteras para procesar lo que le había pasado dentro de esas cuatro paredes.
Curiosamente, el tiempo suavizó parte de esa historia, aunque nunca del todo. Con los años, ambos aprendieron a coexistir por el bien de sus dos hijos, compartiendo cumpleaños, graduaciones, la vida entera de Alejandra y de Luis Enrique, según contaría después la propia Silvia, cuando ella cayó gravemente enferma en sus últimos meses de vida, Enrique acudió al hospital acompañado de sus hijos para despedirse de la mujer con la que había compartido 9 años de matrimonio y a la que medio siglo atrás había apuntado con una
pistola en su propia recámara. El rencor en su caso, nunca fue eterno. La memoria de la violencia, sin embargo, sí lo fue. En aquellos años, una mujer famosa no solo tenía que actuar, cantar o aparecer impecable frente a las cámaras cada semana. También tenía que soportar rumores sin defenderse demasiado, obedecer reglas no escritas sobre cómo debía comportarse una dama del espectáculo, cuidar cada palabra frente a la prensa y sonreír incluso cuando su vida privada se estaba desmoronando por dentro. El divorcio en la década de los
50 todavía cargaba un estigma social enorme para cualquier mujer mexicana y Silvia lo cargó tres veces completas antes de llegar al cuarto matrimonio que finalmente terminó en calma. Tres matrimonios. Tres hombres completamente distintos entre sí. Tres formas diferentes de decepción. El control disfrazado de amor con Bankquels.
La infidelidad constante con Ala Triste. La violencia física y psicológica con Guzmán. Y en medio de los tres, siempre presente, en algún rincón de su memoria, siempre disponible cuando ella más lo necesitaba. El hombre con el que nunca llegó a casarse. Cuando Silvia atravesaba el infierno de su matrimonio con Enrique Guzmán, hubo alguien que se aseguró, en silencio y desde su posición de poder de protegerla.
Emilio Azcárraga Milmo, ya al frente del Imperio Televisivo más importante de México, vetó a Guzmán de sus empresas y prácticamente de todos los centros de espectáculos del país durante años. Según cuenta la leyenda popular que se tejió en aquella época, incluso llegó a organizar que le dieran una paliza al cantante, lo que lo habría llevado a exiliarse en Puerto Rico y Venezuela durante varios años hasta que regresó a México en 1977.
5 años después del peor momento del escándalo, nunca se pudo confirmar del todo esa parte de la historia y conviene contarla con la cautela que merece un rumor tan extendido. Pero lo que sí se sabe, porque la propia Silvia lo contó sin rodeos en sus memorias, es que Azcárraga la ayudó a reconstruirse después de ese matrimonio destructivo.
La convirtió en productora de sus propios proyectos. le abrió puertas en la televisión que ninguna otra persona en México podía abrir en ese momento. Y siguió siendo hasta el último día de su vida, el hombre al que ella acudía cuando el mundo entero parecía venírsele encima. Los caminos de ambos, mientras tanto, seguían avanzando por separado hacia el poder.
Azcárraga se casó con Nadin Yin, tuvo una hija con ella y con el paso de los años terminó al frente absoluto de Televisa, convirtiéndose en uno de los hombres más poderosos e influyentes de todo México. Silvia, por su parte, siguió construyendo una carrera que la llevaría del cine al teatro y de ahí a la televisión, sin dejar nunca de cruzarse.
en algún punto con el destino de aquel hombre que le había pedido en una fiesta de juventud que pusiera unos discos. El 16 de abril de 1997, Emilio Azcárraga Milmo murió. Silvia, ya con 65 años, perdía al que ella misma reconocería sin titubeos como el amor de su vida. Siempre nos vimos con mucho amor”, diría después, recordando como la amistad entre ambos sobrevivió intacta durante casi cuatro décadas después de aquella boda en Notredam, que le había roto el corazón en 1959.
Estuvo ahí según sus propias palabras, hasta el último día de él, cerrando un círculo que había empezado casi 50 años antes, en una escena donde nadie imaginaba que aquella respuesta seca, ponlos tú, terminaría marcando toda una vida. Mientras su vida privada atravesaba divorcios y violencia, su carrera artística seguía escalando en direcciones que ninguna otra actriz de su generación se atrevía a explorar.
En 1972 llevó a México por primera vez la comedia musical Mame. Un montaje ambicioso que fue recibido con enorme éxito y que repetiría en varias ocasiones a lo largo de los años siguientes. En 1977 protagonizó Divinas Palabras, donde realizó un desnudo integral en una época en que ninguna actriz consagrada se atrevía a exponerse así frente a las cámaras, sin arriesgar su carrera entera.
Un año después posó desnuda para la revista española Interview, una decisión que generó escándalo en la prensa conservadora mexicana y que ella defendió sin ninguna disculpa. En una época en la que a las mujeres se les exigía obediencia y recato hasta edad avanzada, Silvia Pinal cometió una y otra vez el pecado de decidir por sí misma sobre su propio cuerpo y su propia imagen.
Cuando su hija Viridiana murió en un accidente automovilístico el 25 de octubre de 1982, a los 19 años, Azcárraga fue de los primeros en llegar a apoyarla. Silvia tenía 51 años y acababa de perder a la niña a la que le había puesto el nombre de la película que había cambiado su carrera para siempre.
Viridiana ya seguía los pasos artísticos de su madre. Había debutado en teatro musical a los 13 años en Ani es un tiro y en 1982 coprotagonizaba junto a Silvia la telenovela Mañana es primavera. El proyecto se canceló de inmediato tras el accidente. También quedó suspendida una obra de teatro Agnes of God, que madre e hija tenían planeado protagonizar juntas.
Ese dolor, según contaría después la propia Silvia, no tuvo cura posible. Solo aprendió con los años a cargar con él sin que la aplastara del todo. Es fácil imaginar el peso de aquella noche, la de recibir la llamada, la de reconocer el cuerpo de una hija de 19 años que apenas empezaba a construir su propio nombre fuera de la sombra de su madre.
Lo más difícil de contar, sin embargo, es que el nombre de Viridiana no terminó de perseguir a esa familia con una sola tragedia. Años más tarde, Silvia Pasquel, la primera hija de Silvia, tuvo una hija con el empresario Fernando Frade, un romance que había empezado como una relación entre Frade y la propia Silvia antes de terminar, entre reproches y un distanciamiento de casi una década en un matrimonio entre Frade y Silvia Pasquel.
A esa niña nacida de esa unión también la llamaron viridiana. También murió joven, ahogada, en una tragedia que la prensa mexicana de espectáculos terminaría bautizando con un dejo casi supersticioso como la maldición de las tres viridianas. La película que le dio la gloria a Silvia Pinalen Cans, la hija que perdió en 1982 y la nieta que la vida le arrebató años después por partida doble a través de su propia hija.
Ese mismo año, todavía atravesando el duelo más profundo de su vida, Silvia se casó por cuarta vez con el político Tulio Hernández Gómez, entonces gobernador del estado de Tlazcala. Fue un matrimonio distinto a los tres anteriores en casi todos los sentidos, sin el fuego artístico de Ala Triste, sin la violencia de Guzmán, sin la prisión emocional de Bankquels.
Hernández se convirtió, según relataría más adelante la propia Silvia, en una figura casi paterna para sus hijos, especialmente en un momento en que la familia entera necesitaba algo parecido a estabilidad. La pareja permaneció junta 13 años hasta divorciarse en 1995. Gracias a él, Silvia entró de lleno al mundo de la política mexicana, donde llegó a ocupar cargos como diputada federal y más tarde senadora de la República.
Pero incluso ese cuarto matrimonio, el más tranquilo y estable todos, nunca ocupó en sus memorias el lugar que ocupaba un romance de apenas 4 años, terminado antes de que ella cumpliera 30 con un hombre que se casó con otra mujer por instrucciones directas de su padre. Con el paso de las décadas, Silvia Pinal se convirtió en una figura que trascendía la pantalla.
Fue presidenta de la Asociación Nacional de Actores y de la Asociación Nacional de Intérpretes, defendiendo desde ahí los derechos de generaciones enteras de artistas mexicanos. Fue diputada federal entre 1991 y 1994 y senadora de la República entre 1998 y el año 2000. Presidió también durante un tiempo el Sistema para el desarrollo integral de la familia.
Ninguno de esos cargos borroja más su identidad de actriz, al contrario, los usó como una extensión más de una vida que nunca se conformó con un solo escenario. En 2022, 2 años antes de morir, el Palacio de Bellas Artes le rindió un homenaje en vida por su trayectoria completa. Ese mismo año recibió también un premio a la trayectoria en el teatro del bosque Julio Castillo.
verla y ya con 90 años cumplidos recibiendo aplausos de pie en el mismo recinto donde había estudiado de joven, era ver cerrarse un círculo que había empezado 70 años atrás con una adolescente que soñaba con un escenario que en su casa nadie tomaba en serio. Cuando Silvia decidió, ya pasados los 80 años, sentarse a escribir su autobiografía, muchos en su entorno intentaron disuadirla.
Había demasiados nombres poderosos involucrados, demasiadas heridas todavía sensibles dentro de su propia familia, demasiados secretos que durante décadas se habían quedado únicamente en el terreno del rumor de espectáculos. Ella insistió. Esta soy yo. Se publicó en 2015 bajo el sello editorial Porrua y se convirtió de inmediato en uno de los libros de memorias más comentados del mundo del entretenimiento mexicano, precisamente porque no escondía nada.
Ni la violencia sufrida, ni las infidelidades toleradas, ni el amor que nunca pudo concretar con el hombre que ella misma señalaba como el más importante de todos. Nos quisimos mucho. Emilio era muy guapo, fuerte, varonil y me quería mucho, cosa que era muy importante para mí. Fue absolutamente recíproco. Escribió Silvia en esas páginas publicadas cuando ya tenía más de 80 años y nada que perder frente a la verdad de su propia historia.
Siempre, siempre se ocupó de mí. Nunca me dejó hacer alguna cosa que no me conviniera. Siempre fue un buen compañero conmigo. Y ahí llegó la frase que resumía casi 80 años de matrimonios, hijos, divorcios, violencia y reconciliaciones. Él fue el amor de mi vida. Esa frase no es sencilla de sostener para una mujer que se casó cuatro veces, que tuvo cuatro hijos con tres hombres distintos, que construyó una dinastía completa de actrices y cantantes con apellidos como Pasquel, Ala triste y Guzmán.
Decir que el amor de tu vida fue el único que se te escapó y no ninguno de los que sí lograste llevar hasta el altar es reconocer algo incómodo, que el amor y el matrimonio para Silvia Pinal casi nunca coincidieron en la misma persona al mismo tiempo. Con Bankquels buscó libertad y encontró otra forma de encierro. Con a la triste encontró pasión, cine, reconocimiento internacional y también la traición repetida cada pocos meses.
Con Guzmán encontró un amor que arrancó como cuento de hadas televisado y terminó con una pistola apuntándole al pecho en su propia recámara. Con Azcárraga, el único con quien nunca compartió una casa ni un apellido legal, encontró algo que ella misma describió como recíproco, incondicional, protector durante décadas enteras.
Un amor que no tuvo que sobrevivir al desgaste cotidiano de vivir bajo el mismo techo, porque nunca llegó a intentarlo del todo. Quizás por eso duró tanto en su memoria, quizás porque nunca tuvo tiempo de romperse por dentro. Ese amor se quedó congelado en los años en que ambos eran jóvenes, guapos y todavía libres de las responsabilidades que después les impuso la vida a cada uno por su lado.
Los años siguientes de Silvia Pinal estuvieron marcados por su transformación en matriarca de una de las familias más mediáticas y comentadas de México. Su hija mayor, Silvia Pasquel, siguió sus pasos en la actuación y el teatro musical, cargando durante décadas con la comparación inevitable de ser la primogénita de una leyenda, Alejandra Guzmán, la hija que había nacido en medio de aquella luna de miel con Enrique Guzmán, que después se convirtió en pesadilla, se transformó con los años en una de las cantantes de
rock más importantes de habla hispana, con discos que marcaron a toda una generación y una carrera que llenó estadios durante décadas. enteras. Luis Enrique se dedicó a la producción musical, siempre un paso detrás de los reflectores que sí perseguían a su hermana, construyendo una vida más discreta, lejos del escándalo constante que acompañó a buena parte de su familia.
Y con el paso de las décadas, nietas y bisnietas fueron sumándose a esa dinastía de mujeres célebres, Stephanie Salas, Michelle Salas y una nieta cuyo nombre terminaría envuelto en uno de los escándalos más dolorosos de la vejez de Silvia. Frida Sofía, hija de Alejandra Guzmán, acusó públicamente a su abuelo Enrique Guzmán de haber abusado sexualmente de ella desde que tenía apenas 5 años.
La acusación reabrió. con una crudeza que nadie esperaba. Todo lo que Silvia había contado décadas atrás en su libro sobre la violencia que ella misma había padecido con ese mismo hombre. Enrique lo negó todo frente a las cámaras, aunque llegó a hacer comentarios ambiguos que muchos interpretaron, con razón o sin ella, como una confirmación indirecta de patrones de conducta que se repetían.
El escándalo dividió a la familia en bandos casi irreconciliables. Alejandra defendió públicamente a su padre, lo que provocó un distanciamiento profundo con su propia hija. Frida Sofía, por su parte, entró en conflicto legal con varios miembros de la dinastía Pinal, incluida su propia madre. La matriarca, ya en sus últimos años de vida, tuvo que presenciar desde la distancia como la historia de dolor que ella misma había vivido con Enrique Guzmán volvía a repetirse en otra generación, esta vez con consecuencias todavía más devastadoras para la unidad
familiar que tanto le había costado sostener. Nunca se supo con certeza que pensaba Silvia realmente de aquel conflicto entre su hija y su nieta. Prefirió, según cuentan quiénes la rodeaban en esos años, mantenerse al margen de las declaraciones públicas, quizás cansada ya de que su apellido siguiera cargando historias de violencia que ella misma había intentado dejar atrás décadas antes.
Lo que sí trascendió fue que en 2018, cuando se estrenó la serie biográfica Silvia Pinal, frente a ti, basada en su autobiografía, el propio Enrique Guzmán reaccionó públicamente a las escenas que mostraban la violencia que había ejercido contra ella. Lo hizo a la defensiva entre el reconocimiento parcial y la justificación, en mensajes que muchos usuarios de redes sociales consideraron una confesión disfrazada de reclamo. Fue justamente ese mismo clima.
el de una sociedad mexicana empezando a hablar sin miedo de la violencia doméstica y del abuso, el que meses después le dio a Frida Sofía el valor de señalar públicamente a su abuelo por hechos ocurridos décadas atrás, cuando ella todavía era una niña de 5 años que nadie protegió a tiempo. La familia entera pasó buena parte de los últimos años de vida de Silvia, dividida por ese conflicto.
Alejandra Guzmán no le cantó a su madre durante uno de los homenajes en vida que se le organizaron. Un gesto que la prensa de espectáculos interpretó de mil formas distintas, casi siempre relacionadas con el desgaste emocional de una familia que llevaba demasiadas heridas abiertas al mismo tiempo. Silvia, ya mayor, prefería no hablar del tema en entrevistas.
Sonreía, cambiaba de asunto y dejaba que fuera su propio libro escrito años atrás, el que respondiera por ella cada vez que alguien insistía en preguntar. El 21 de noviembre de 2024, Silvia Pinal fue hospitalizada por una infección en las vías urinarias. Al principio las noticias eran alentadoras. Su hija Silvia Pasquel salió a hablar con la prensa para decir que su madre estaba progresando favorablemente.
Pero el cuerpo de una mujer de 93 años no siempre responde como uno espera, ni respeta los plazos que la familia necesita para prepararse. Sufrió dos crisis seguidas. le diagnosticaron neumonía adquirida en la comunidad. Uno de sus pulmones terminó colapsando la tarde del jueves 28 de noviembre de 2024, Silvia Pinal murió por una insuficiencia respiratoria aguda derivada de esa neumonía.
La noticia recorrió México en cuestión de minutos. El Senado de la República, donde ella misma había sido legisladora años atrás, guardó un minuto de silencio y luego otro de aplausos en su memoria. La presidenta Claudia Shane le dedicó unas palabras en su conferencia matutina del día siguiente, reconociendo su trayectoria como actriz y como mujer que se había atrevido a incursionar en la política en una época donde eso todavía era poco común.
El velorio se realizó en una funeraria al sur de la ciudad de México, con acceso restringido a familiares y amigos muy cercanos. Mientras afuera, la prensa se agolpaba esperando cualquier declaración, Frida Sofía llegó, distanciada como estaba de buena parte de la familia y estuvo presente en el velorio, aunque no asistió al homenaje público que se realizaría un día después.
Luis Miguel, cuya hija Michel Salas es bisnieta de Silvia, envió un arreglo floral de 100 rosas blancas. valorado en más de 150.000 pesos, que generó comentarios encontrados en redes sociales por su tamaño y por el mensaje que llevaba en el listón. El sábado 30 de noviembre, el Palacio de Bellasartes abrió sus puertas al público de manera gratuita para un homenaje póstumo.
Desde temprano, cientos de personas hicieron fila bajo el sol de la mañana, muchas de ellas mujeres de más de 60 años que habían crecido escuchando su voz en la radio y viéndola actuar en el cine, que sus propios padres las llevaban a ver de niñas. Adentro, el ataúd cubierto de flores blancas descansaba en el centro del vestíbulo principal, rodeado por alcatraces, girasoles y globos, tal como ella misma había pedido que fuera su despedida con alegría, no solo con luto.
Durante casi 3 horas, mariachis interpretaron las canciones favoritas de la actriz, entre ellas Alma mía y la barca de oro. Mientras el público entraba en pequeños grupos para verla por última vez, Alejandra Guzmán, entre lágrimas visibles, agradeció a su madre por haber sido en sus propias palabras eterna y dejó claro que se había ido en paz y tranquila.
Silvia Pasquel, la primera hija, la que nació de aquel matrimonio precipitado con Rafael Banquels cuando Silvia apenas tenía 18 años, fue quien encabezó las palabras de despedida frente al público y la prensa reunida, con la voz quebrada por una emoción que ya no intentaba disimular. La carroza que trasladó sus restos desde la funeraria del sur de la ciudad hasta el palacio de bellas artes recorrió avenidas enteras donde la gente salió a las banquetas solo para verla pasar una última vez, tal como se había hecho décadas atrás con otras grandes figuras
del cine nacional. Después del homenaje, el cuerpo de Silvia Pinal fue trasladado de vuelta a la funeraria para ser cremado, tal como ella misma había dispuesto. Terminaba así en un salón lleno de flores, globos y música de mariachi. La vida de una mujer que había sido la niña que huyó de la autoridad de su padre, la joven esposa atrapada en un matrimonio de control disfrazado de protección, la actriz que enamoró al heredero de un imperio televisivo sin poder quedarse jamás con él.
La musa de Buñuel que escandalizó al Vaticano, la esposa golpeada que sobrevivió a un disparo dentro de su propia recámara, la madre que enterró a una hija de 19 años, la abuela que vio repetirse el dolor en la siguiente generación y finalmente la matriarca que se fue rodeada de aplausos en el recinto cultural más importante de su país.
Cuando uno mira hacia atrás la vida completa de Silvia Pinal, es fácil quedarse solo con la superficie brillante. Cuatro matrimonios, hijos famosos, escándalos de revista, portadas doradas. Pero detrás de esa superficie hay una pregunta que ella misma respondió con total claridad en las páginas de su propia autobiografía.
La pregunta de qué es realmente el amor cuando se le compara con la seguridad económica, con la conveniencia social de la época, con la simple necesidad de escapar de algo peor, buscó libertad con Bankquels y encontró control. Buscó pasión artística con Ala triste y terminó una y otra vez tropezando con la misma traición.
Con Guzmán quiso estabilidad familiar y, en cambio, encontró violencia dentro de su propia casa. Y en medio de todo eso, guardó durante casi 80 años el recuerdo intacto de un hombre al que nunca pudo tener del todo, precisamente porque nunca tuvo la oportunidad de desgastarlo con la rutina diaria de un matrimonio real.
Puede que ahí esté la verdadera lección de su historia, la que buena parte del público que la vio crecer en la pantalla nunca terminó de conocer del todo, que a veces el matrimonio y el amor caminan por caminos completamente separados y que una mujer puede pasar toda su vida buscando en el altar algo que, sin buscarlo conscientemente ya había encontrado mucho antes en una fiesta de juventud con un hombre que apenas le pidió que pusiera unos discos y que ella, sin saberlo todavía, jamás dejaría de amar del todo. Había multitudes que
querían verla, revistas enteras dedicadas a fotografiarla, generaciones completas que la reconocían con solo escuchar dos palabras de su voz. Y aún así, muy pocas personas llegaron a conocer de verdad a la mujer detrás de ese nombre. la que a los 17 años ya cargaba una hija y un divorcio, la que sobrevivió a un disparo dentro de su propia recámara, la que enterró a una hija de 19 años y siguió trabajando frente a las cámaras semanas después, porque no sabía hacer otra cosa con el dolor más que convertirlo en oficio.
Silvia Pinal deja detrás una dinastía completa de actrices y cantantes, un lugar asegurado en la historia del cine mexicano gracias a su trabajo con Luis Buñuel y una confesión que todavía hoy sorprende a quienes crecieron pensando que su gran historia de amor había sido con Enrique Guzmán, el padre de Alejandra, o con Gustavo Ala triste, el hombre que la llevó hasta K y la convirtió en leyenda internacional, la verdad contada por ella misma cuando ya no tenía tenía absolutamente nada que ocultar. fue mucho más sencilla y al
mismo tiempo mucho más triste. El amor de su vida fue el único hombre con el que nunca pudo casarse, quienes crecieron viéndola en la pantalla escuchando su voz en aquellas telenovelas de domingo por la tarde. Todavía la recuerdan como la mujer imposible de vencer, la diva que sobrevivió a todo.
Y quizás por eso su historia sigue importando tantos años después, porque detrás de la leyenda pública siempre hubo una mujer real buscando lo mismo que busca cualquiera y encontrándolo, contra todo pronóstico en el lugar donde menos esperaba que se quedara para siempre. Décadas después de Viidiana, la crítica internacional de cine, seguiría citando esa película como una de las cumbres del cine en español de todo el siglo XX.
y el nombre de Silvia Pinal aparecería siempre junto al de Buñuel en cualquier retrospectiva seria sobre el cine europeo y latinoamericano de aquellos años. Ese legado artístico convivió siempre con la otra mitad de su historia, la que casi nadie mencionaba en los homenajes oficiales, la de una mujer que tuvo que sobrevivir primero para poder después ser reconocida.
Su historia nos recuerda algo que millones de personas descubren tarde cuando ya es demasiado difícil cambiar el rumbo de las decisiones tomadas. La fama puede llenar teatros, vender entradas de cine, construir dinastías enteras con apellidos que se repiten generación tras generación, pero nunca garantiza lo único que la mayoría de las personas buscan durante toda una vida.
quedarse sin condiciones con la persona que de verdad se ama. Con el paso de los años, el público mexicano dejó de exigirle explicaciones por sus divorcios, por sus desnudos, por su lengua afilada en las entrevistas. La convirtió, en cambio, en un símbolo de resistencia. la mujer que había sobrevivido a la violencia doméstica antes de que ese término siquiera existiera en el lenguaje cotidiano.
La actriz que se había atrevido a decidir sobre su propio cuerpo, cuando eso todavía costaba carreras enteras, la política que había defendido a sus colegas del gremio artístico desde una tribuna que pocas actrices de su generación llegaron a ocupar, Silvia Pinal terminó representando, sin proponérselo del todo al principio, la posibilidad de que una mujer pudiera equivocarse.
tres, cuatro, incluso cinco veces en el amor y aún así seguir de pie trabajando, aplaudida hasta el último día de su vida. Y si esta historia te hizo pensar en lo que puede esconder una mujer que parecía tenerlo todo, entonces hay otra historia que también deberías conocer. La de Irma Serrano, la tigresa, el político más poderoso de México, quiso destruirla y ella lo sobrevivió.
Te dejo ese video en pantalla. para que sigas conociendo a las mujeres que marcaron una época y también las heridas que casi nadie vio.