Te Cuento como la PELEA Courtois – De Bruyne Acabó con la Selección de BÉLGICA

Te Cuento como la PELEA Courtois – De Bruyne Acabó con la Selección de BÉLGICA

Ctu Kevin de Bruin tiene mucha culpa de que la mejor generación de futbolistas que ha tenido Bélgica en toda su historia haya sido un absoluto fracaso. El 10 de julio de 2026, España la eliminó del Mundial y con esa derrota se cerró para siempre la etapa dorada de un país que llegó a ser por el papel el mejor del planeta y se marcha exactamente igual que vino, sin una sola copa.

 Pero lo que de verdad explica este fracaso no está en la derrota con España, está en una foto que se repite cada vez que Bélgica celebra un gol. En esa foto, mientras todos se abrazan, hay dos hombres que se esquivan, dos leyendas. El portero Tib Courtois y el cerebro Kevin de Bruin. Dos de los mejores del mundo en su puesto, dos de los grandes capitanes de la selección que llevan más de 12 años sin dirigirse la palabra.

 No se saludan, no se felicitan y no se miran para nada. Y la razón no tiene nada que ver con el fútbol, tiene que ver con una traición, con una mujer y con una historia que dinamitó su amistad por allá el 2014. Esta es la historia de cómo al equipo más talentoso del mundo, al que lo tenía absolutamente todo para ganar un mundial o como mínimo una Eurocopa, no lo hundieron sus rivales, sino que se hundieron ellos solos.

 Bienvenido a las historias de Venom. Para entender lo grande que llegó a ser esta Bélgica, primero hay que entender de qué pozo salió, porque lo que casi nadie recuerda es que esta generación dorada nació directamente del fracaso más absoluto. Hay que retroceder a mediados de los años 2000. Bélgica no era una potencia, era un equipo perdido irrelevante, una selección pequeña que no pintaba nada en el fútbol mundial y la prueba es demoledora.

 Bélgica no se clasificó para el mundial de Alemania 2006 y tampoco se clasificó para el mundial de Sudáfrica de 2010. Dos copas del mundo seguidas que vieron por la tele. Para un país europeo con tradición futbolística, aquello fue una humillación. Básicamente fue tocar fondo del todo. Pero ojo, en lugar de lamentarse, los belgas hicieron algo inteligente, cogieron aquel desastre y lo convirtieron en un plan.

La federación se sentó a rediseñar desde cero la formación de sus jóvenes. Unificó una manera de jugar en todas las categorías inferiores del país. Apostó por un mismo estilo, por la técnica, por el talento y por sacar futbolistas desde la base. Refundaron sus canteras enteras a partir de aquel golpe y de esa reconstrucción planificada, de aquella respuesta al fracaso, empezó a brotar unos años después una camada de futbolistas como no se había visto nunca en aquel país.

 Chavales que nacieron a principios de los 90 y que de repente empezaban a despuntar todos a la vez en los mejores clubes de Europa. La grandeza de Bélgica no cayó del cielo ni fue una casualidad. Nació literalmente de haberse quedado fuera de los mundiales. Nació del desastre y lo que salió de aquella cantera refundada fue sencillamente uno de los mejores equipos que ha existido jamás.

 Y atento a estos nombres que te voy a dar porque juntos dan miedo. En la portería, Tib Courtois, durante años el mejor guardameta del mundo. En defensa, el liderazco de Vincent Company, capitán del Manchester City, y la veteranía de Jan Bertongen. En el centro del campo, Kevin De Bruin, un cerebro capaz de decidir cualquier partido con un solo pase.

 Y en las bandas, la magia pura de Den Hazar, un futbolista para levantarse del asiento. Arriba Romelu Lukaku, un killer y el máximo goleador de la historia del país. Y eso sin nombrar a jugadores como Naingolan y muchos otros. Con ese arsenal, Bélgica dejó de ser el patito feo para convertirse en el terror de Europa, un rival al quien nadie quería enfrentarse.

 Y hay un dato que lo certifica de forma oficial. Bélgica llegó a ser el número uno del ranking mundial de la FIFA y no de pasada, sino durante buena parte de 4 años, entre el año 2018 y 2022, por encima de Francia, de España, de Brasil y de Argentina, es decir, por encima de todos. Aquello generó una expresión que se puso de moda en todos los análisis previos a cada torneo, ese famoso Cuidado con Bélgica.

Cuidado con Bélgica porque tiene a los mejores. Cuidado con Bélgica que en cualquier momento te pasa por encima. Sobre el papel, con esa alineación y con ese nivel individual, Bélgica no solo podía competir por un mundial, es que era una de las máximas favoritas a ganarlo, año tras año y torneo tras torneo. Lo tenían todo.

 Tenían el talento, la experiencia, los nombres. Les faltaba una sola cosa. La más importante, estar unidos y ser un equipo. Y en el corazón mismo de aquel vestuario, dos de sus líderes ni siquiera se hablaban. Courtois y De Bruin, como te decía al principio, fueron en gran parte responsables de que Bélgica no llegara a ser lo que prometía.

 Y ahora entenderás bien por qué. Estos dos no eran dos compañeros cualquiera, eran amigos de verdad, eran íntimos desde niños. Se conocieron de chavales en la cantera del Geng, uno de los grandes víveros del fútbol belga. Crecieron juntos, hicieron carreras casi calcadas, coincidieron incluso jugando en el Chelsea, eran uña y carne, hasta que uno de los dos traicionó al otro.

Pero antes de contarte lo que pasó entre ellos, vamos a repasar un poco quién es quién, porque al entenderlo todo cobra mucho más sentido. Kevin De Bruin nació en Gante en 1991 y desde crío no quería en su casa ningún otro juguete que no fuera un balón. Se cuenta que le pegaba con tanta fuerza que rompía las macetas de su madre y que para no volver a romperlas se empezó a chutar con la pierna mala y que así, sin buscarlo, se hizo ambidiestro.

 Esa cualidad que años después lo acabaría haciendo un jugador letal. Pero su camino no fue el de un niño mimado. Se formó en la cantera del Geng y como su familia no podía mudarse con él, lo alojaron con una familia de acogida. Y ahí está una de las heridas que lo marcaron para siempre, porque él mismo ha contado que tras unos años viviendo con ellos, aquella familia llamó a su madre para decirle que no lo querían de vuelta, que no aguantaba en su forma de ser ese carácter callado y solitario, y que era un niño raro que se pasaba las horas pegándole a un balón

contra una valla. Un rechazo que resultó brutal para Kevin De Bruin, que en ese momento era solo un niño, pero en lugar de hundirlo, aquello lo encendió. volvió al campo poseído por la rabia y cuentan que en el siguiente partido metió cinco goles decidido a demostrar al mundo que iba a triunfar exactamente siendo como era, un chico un poco introvertido.

 Lo que vino después fue el ascenso de un genio. Del Gang saltó al Chelsea, pero allí se topó con José Mourinho, que apenas le dio minutos y llegó a tacharlo de jugador llorón. Así que Kevin de Bruin, harto del banquillo, se marchó primero a Alemania, donde explotó y de ahí al Manchester City, donde se convirtió, sin discusión en uno de los mejores centrocampistas del planeta.

hasta el punto de que el propio Guardiola lo definió como uno de los mejores que ha entrenado en toda su vida. Ese era Kevin de Bruin, el cerebro. Y el otro protagonista, Tib Courtoisa, hijo de dos jugadores de voleibol, de ahí sus casi 2 metros y esas manos y esos reflejos imposibles. Courtois salió también de la cantera del Geng y su historia de arranque es de locos porque llegó a ser el sexto portero del equipo con cinco guardametas por delante de él hasta que en una cadena increíble de lesiones y sanciones

los fue tumbando a todos uno a uno y le dejó casi de milagro la portería del primer equipo. Una vez la agarró, eso sí, ya no la soltó nunca más. Pronto lo fichó el Chelsea, que lo cedió al Atlético de Madrid y allí, en tres temporadas mágicas se convirtió en uno de los mejores porteros del mundo, ganando una Europa League, varios trofeos Zamora y aquella liga histórica de 2014, además de plantarse en una final de la Champions.

 Volvió al Chelsea, levantó Premier League y en 2018 dio el paso que lo cambiaría todo, ficho por el Real Madrid. Y allí, sobre todo a partir de 2022, firmó una de las mejores versiones que se le han visto a un portero en toda la historia con aquella final de la Champions al Liverpool convertida en un recital de paradas que leio ser elegido el mejor del partido y consagrarse para muchos como el mejor portero del planeta.

 Estos dos deberían haber sido la mejor pareja de amigos de aquel vestuario, la columna sobre la que Bélgica lo ganaría todo. Y sin embargo, sucedió algo que hizo que no volvieran a hablarse nunca más. ¿Qué pudo pasar entre ellos para llegar hasta ahí? Pues pasó algo que no tenía nada que ver con el fútbol.

 Todo saltó por los aires en 2013 cuando De Bruin estaba en el Verder Bremen y Courtois en el Atlético de Madrid. De Bruin mantenía una relación desde hacía años con una chica belga llamada Caroline Lnen, una extrenista. Y esa chica, tras unos desencuentros con Kevin se fue de vacaciones a Madrid con unas amigas, la ciudad donde vivía en ese momento el que era el mejor amigo de su novio, la ciudad donde estaba Tib Courtois.

 Lo que pasó allí lo cuentan ellos mismos. Carolí y Courtois, aprovechando que se conocían a través de Kevin, empezaron a verse y aquella amistad se transformó en muy poco tiempo en una relación paralela, en una infidelidad. La historia explotó en 2014 cuando el propio De Bruin publicó su autobiografía titulada Keep Itó negro sobre blanco lo que había descubierto.

 Escribió que su exnovia lo había engañado con Courtois cuando ella se fue a Madrid y que cuando se enteró su mundo se derrumbó porque hablamos de su amigo de la selección al que veía cara a cara todos los días. Poco después, Carolin dio su versión en una revista belga echándole en cara a Kevin de Bruin infidelidades previas y diciendo que Courtua le había dado todo lo que Kevin no le había dado en 3 años.

Pero por debajo del culebrón había también una bomba deportiva porque los dos protagonistas eran piezas clave de la selección de Bélgica y aquello estalló justo antes del Mundial de Brasil 2014. El vestuario obviamente se partió, los dos jugadores dejaron de hablarse por completo y la tensión era tan grande que la propia federación tuvo que intervenir para que no reventara el grupo de cara al torneo.

 El entonces seleccionador Mark Wilmotch fue directo y le preguntó a De Bruin si quería que apartaran a Courtoa de la selección. Y aquí, hay que reconocerlo, De Bruin estuvo a la altura como profesional porque respondió que no, que no tenía derecho a echar a un jugador de la selección de su país por un asunto personal, que seguía siendo un gran portero y que se tenía que quedar por el bien del equipo.

 Y ahí está en parte la tragedia. Se quedaron los dos. Sí. Pero solo como compañeros de trabajo, nunca más como amigos. El propio De Bruin lo confesó años después que logró mantenerse profesional dentro del campo, pero que desde aquel día jamás volvió a ser amigo de Tibu Courtois. Durante más de 12 años, estos dos hombres han compartido concentraciones, vestuarios, autobuses, mundiales y Eurocopas enteras, dándose la espalda, hablándose lo justo, evitándose las celebraciones y con los cuerpos técnicos aprendiendo a manejarlos con pinzas para que la cosa

no explotara. El símbolo perfecto de una generación que tenía todo el talento del mundo y ninguna gota de unión. Y si crees que esa grieta era solo cosa de dos, espera, porque el problema era mucho más profundo. Era un equipo entero que estaba lleno de problemas, problemas como el ego.

 De hecho, el auténtico pecado de aquella Bélgica lo resumió sin piedad y desde dentro uno de los suyos, Raja Naingolan, un centrocampista que vivió aquel vestuario desde dentro y lo que dijo es simplemente tremendo. Naolan explicó que el problema era tener demasiadas estrellas juntas, gente como Lukaku, Jazar, De Bruin o Courtoisa, y que cuando juntas a todos esos nombres, todos quieren ser protagonista principal y que así una selección no puede funcionar.

 Y remató con una comparación demoledora. Dijo que a Bélgica le pasó lo mismo que al Paris Saint-Germain de Messi, Neymar y Mbappé, que todos querían ser el jugador más importante en vez de jugar como un equipo. Y suelto la palabra que lo define absolutamente todo, que aquello eran todas divas, todos queriendo el foco, todos queriendo ser el que más brilla, 11 cracks, 11 solistas y ninguna orquestra.

 Y lo más irónico es que el hombre que lo dijo, Naingolan, era en el fondo la prueba viviente de otra de las grandes lacras de aquella selección, la falta de profesionalidad, porque Rayan Angolan fue un centrocampista buenísimo, uno de los mejores de la serie italiana y tiró toda esa carrera por la borda por culpa de los vicios, el tabaco que jamás escondió, las discotecas, los casinos y las juergas.

 El día que se lesionó en su estreno en el Inter, lo pillaron de fiesta en la zona VIP de una discoteca y al día siguiente se presentó en el club sin dormir y con la misma ropa de la noche anterior. Acabó apartado por indisciplina, detenido por conducir borracho y puso el broche cuando lo cazaron fumándose un cigarrillo electrónico en el banquillo de los suplentes en pleno partido, lo que le costó ser suspendido de forma indefinida.

 Y aquí viene el detalle que conecta su historia con el fracaso de toda Bélgica. En 2018, el seleccionador Roberto Martínez tomó una decisión bastante valiente. Dejó a Ingolan fuera del mundial precisamente por su estilo de vida, por no dar el nivel de profesionalidad que se le exige a un internacional. Y Naingolan, en lugar de recular, arremetido contra el técnico.

Ese era el nivel de indisciplina que rodeaba la generación dorada. No es extrañar que años antes Mark Wilmot hubiera llegado a decir que a Naingolan no le iba a prohibir fumar sus cinco o seis cigarrillos al día, que le buscaba habitaciones con balcón para que no saltara la alarma de humos y que si por eso se retiraba a los 30 en vez de a los 35, ese era su problema.

 Es decir, divas por arriba y mucha indisciplina por abajo. Un cóctel imposible de gestionar para cualquier entrenador. Pero es que debajo de los egos había una capa todavía más profunda, una que explica por qué a aquel grupo le costaba tanto sentirse un solo equipo. Y para entenderla hay que entender también el país.

 Bélgica es una nación partida en dos. Al norte, Flandés, se habla flamenco, y al sur, Bolonia, que habla francés. dos comunidades que viven de espaldas, con culturas distintas, con idiomas distintos y con una tensión política tan bestial que Bélgica llegó a pasar más de 500 días seguidos, es decir, año y medio, sin ser capaz de formar un gobierno para el país, un país que en el fondo no termina de sentirse un solo país.

 Y esa fractura nacional se colaba inevitablemente en el vestuario, una selección con jugadores flamencos y jugadores balones que en su vida diaria pertenecían a dos mundos que se da la espalda. No es casualidad que se dijera que futbolistas como company eran importantísimos precisamente por eso, porque ejercían de puente, de pegamento entre las dos comunidades del vestuario.

La Grrieta de Bélgica como país estaba también dentro del equipo, un vestuario partido por los egos y partido por el idioma. Demasiadas heridas para poder ganar juntos y aún así, con todo eso en contra hubo un momento, uno solo, en el que estuvieron a un suspiro de tocar la gloria.

 El techo de esta generación, el momento en que más cerca estuvieron de ganar, tiene fecha y lugar, el mundial de Rusia en 2018. Aquella Bélgica llegó lanzada y protagonizó una de las noches más grandes de su historia en los cuartos de final, nada menos que contra Brasil. Bélgica eliminó a Brasil con un 2 a 1 de época, plantándole cara y tumbándola con personalidad.

 Aquella noche medio mundo pensó que por fin le había llegado la hora a la generación dorada, que aquel equipo iba directo a ganar el mundial y en las semifinales les esperaba Francia y fue un partido igualado, tenso, de los que se deciden por algún detalle. Y el detalle cruel llegó en una jugada a balón parado en un cóner que remató Samuel Umtití y ese gol dejó a Bélgica fuera de la final del mundial.

 Aquel equipo terminó tercero ganando el partido por el bronce, lo que a día de hoy sigue siendo el mejor resultado de toda la historia de Bélgica en un mundial. Y suena bien un tercer puesto, la medalla de bronce. Pero para una generación que era la número uno del mundo, que había eliminado a Brasil, que tenía los mejores futbolistas del planeta, quedar terceros no era un éxito, más bien era el inicio del fin, porque a partir de aquel momento empezó la caída y la caída de Bélgica fue dura.

Vamos a repasarla. En la Eurocopa de 2021, Bélgica llegó como una de las favoritas con su generación todavía en plenitud y en los cuartos de final se cruzó con Italia y se fue para casa. Adiós a Trogan Torneo, sin llegar siquiera a las semifinales. Luego llegó el Mundial de Qatar. Puede que el golpe más humillante de todos.

 Bélgica se estrayó en la fase de grupos y se fue para casa antes de empezar lo bueno, sin siquiera superar la primera ronda entre discusiones internas y un fútbol irreconocible, un colapso en toda regla, la imagen de un equipo viejo y roto por dentro. Luego llegó la Eurocopa 2024. Otra oportunidad y otro gran tropiezo.

Esta vez cayeron en octavos de final contra Francia en un partido gris que se decidió por la mínima. Y así llegamos al mundial de 2026 que se fueron para casa después de perder contra España, es decir, Italia, Francia, El colapso de Qatar y España, torneo tras torneo, año tras año, la misma piedra y el mismo final anticipado.

 Una generación entera que se pasó casi una década siendo candidata a ganarlo todo y despidiéndose siempre por la puerta de atrás. Y en ese desfile de fracasos, sus tres grandes estrellas fueron apagándose poco a poco. El primero y el más doloroso de todos fue Jazzar. Para entender su caída, hay que recordar antes lo que fue, porque fue sencillamente el mayor talento que ha dado este país.

 Lo más parecido a Messi que se vio en el fútbol europeo durante muchos años. Se hizo mayor en el francés, donde con un regate imposible ganó una liga siendo un chaval y fue elegido el mejor del campeonato y de ahí dio el salto al Chelsea, donde se convirtió en una leyenda, en el líder de un equipo que ganó dos premios, en un futbolista al que todo el mundo señalaba como uno de los tres o cuatro mejores futbolistas del planeta.

 Por eso, cuando aquel verano de 2019 el Real Madrid pagó por él más de 100 millones de euros para que heredara nada menos que el número siete y el trono que dejaba vacío Cristiano Ronaldo, parecía el fichaje perfecto, el sueño cumplido de un niño cuyo ídolo había sido Cidadán. 50,000 personas llenaron el Bernabéu solo para verlo presentarse y entonces todo se rompió literalmente.

 En noviembre de aquel mismo año, en un partido de Champions, su propio compañero de selección, Thomas Munier, le hizo una entrada durísima que le fracturó el tobillo y de aquella lesión, Jazar ya no volvió jamás. vinieron más lesiones una tras otra, siempre en el mismo tobillo, y los problemas de sobrepeso, las críticas y un banquillo del que ya no se levantó.

 Además, apareció un chaval brasileño llamado Vinicius que le comió el sitio para siempre. En tres temporadas se perdió 64 partidos por lesión, más de una liga entera. Renunció al último año de su contrato y se marchó del Real Madrid casi sin despedirse. Y ante la falta de ofertas se vio obligado a colgar las botas de la manera más triste posible con solo 32 años.

 El segundo, Romero Lukaku, el goleador, el máximo artillero de la historia de Bélgica y que, sin embargo, siempre ha sido eternamente señalado, siempre fue un jugador que no apareció en las grandes citas. El ejemplo más doloroso fue en aquel mundial de Qatar de 2022. En un partido que acabó con la eliminación de Bélgica, Lukaku falló varias ocasiones clarísimas, manos a manos, remates a puerta vacía, situaciones que un delantero de su nivel solía meter con los ojos cerrados.

Aquellos fallos mandaron a Bélgica para casa y quedaron grabados como el símbolo del killer que fallaba siempre cuando el equipo más lo necesitaba. Y el tercero, Tiburua, uno de los dos capitanes enemistados, el mejor portero del mundo durante muchos años y que se lesionó en pleno partido contra España.

 Tuvo que retirarse del campo antes de tiempo y las cámaras lo pillaron sentado, atendido por los médicos, absolutamente devastado, hundido, al borde de las lágrimas, al ver que su mundial y con él su última gran oportunidad se acababa así. Y por si el guion no fuera ya lo bastante cruel, el portero que entró en su lugar, su suplente, fue el que en el minuto 88 no pudo parar bien un disparo de Kubarsí y dejó el balón muerto para que Mikel Merino a placer marcara el gol que eliminaba a Bélgica.

 El capitán sufriendo el banquillo mientras su sustituto le regalaba a España el pase a las semifinales. No se puede escribir un final más amargo para esta selección, la verdad. Y todo empezó con una traición, una traición como la que ha vivido Rafiña en sus propias carnes, ya que su propio padre le ha robado todo su dinero.

 O al menos eso dicen, porque investigue el caso y te cuento absolutamente todo en el vídeo que aparece en pantalla. Yeah.

 

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