Me quedé mirando la fachada un momento largo, las esculturas, los arcos, las piedras que llevaban siglos contando una historia que yo nunca me había molestado en leer. Y entonces algo pasó. No sé explicarlo bien todavía. Sentí de repente un mareo muy fuerte, como si el suelo se moviera. Intenté apoyarme en la pared, pero mis piernas no respondieron.
Lo último que recuerdo antes de despertar en el empedrado es la piedra de la catedral muy cerca de mi cara y un pensamiento completamente absurdo para una atea convencida. Ayúdame. ¿A quién le pedí ayuda? No lo sé, pero alguien me escuchó. Cuando abrí los ojos, Eduardo estaba arrodillado junto a mí. Él me contó después que había asistido a la misa de mediodía en la catedral, como hacía todos los miércoles desde hacía años, y que cuando salió con su madre Carmen a la plaza me vio caer.
No lo pensó, simplemente corrió. Su madre, la señora Carmen Iváñez, fue la que llamó a la ambulancia [música] mientras Eduardo se ponía de rodillas a mi lado. Me tomó la mano y no la soltó hasta que llegaron los eluma. tenía unos 70 años, el pelo blanco recogido y ese rosario entre los dedos que yo no podía dejar de mirar.
“¿Cómo te llamas, cariño?”, me preguntó con una voz que era pura calma. “Alejandra”, le dije con la voz que me quedaba. Alejandra, qué nombre tan bonito, la defensora. ¿Sabes que ese es el significado? No lo sabía y no entendía por qué eso me hizo querer llorar. En el hospital me diagnosticaron deshidratación severa y tensión baja.
Nada grave en el fondo, pero necesitaba reposo y suero. Mientras me ponía en el gotero, esperaba que el hombre y su madre ya se hubieran ido. Eran desconocidos. Habían hecho más que suficiente. Tenían sus propias vidas. Pero Eduardo no se fue, se sentó en la silla del pasillo y esperó 3 horas. Cuando la enfermera me dijo que tenía una visita, pensé que había algún error.
Salió él con dos cafés en la mano y una sonrisa tranquila, sin ninguna urgencia. ¿Cómo estás? Avergonzada, le respondí. Se ríó. No era una risa de superioridad, era una risa cálida, de las que no te hacen sentir pequeña. No tienes ningún motivo. A Toledo le pasa eso a la gente. La ciudad es demasiado bonita y hay que hidratarse bien. Me hizo reír.
No esperaba reírme. Eduardo Manuel Cerna Ibáñez tenía 38 años. Era profesor de historia medieval en la Universidad de Castilla la Mancha y había nacido y crecido en Toledo. Era un hombre tranquilo de esos que escuchan antes de hablar. Y yo, que llevaba meses sin querer hablar con nadie, me encontré contándole cosas que no le había contado ni a mi terapeuta.
Le conté que había salido de una relación muy difícil. Le conté que estaba tratando de encontrarme a mí misma. Le conté que Toledo me había parecido la ciudad más hermosa que había visto en mi vida y que no entendía qué me había pasado frente a la catedral. Él me escuchó sin interrumpir. Cuando terminé de hablar me dijo algo que no olvidé más.
A veces los lugares cargados de oración tienen ese efecto, no solo en el sentido espiritual, aunque yo creo que sí en ese sentido también, pero el arte, la arquitectura, la acumulación de siglos de fe en una piedra, eso afecta al cuerpo incluso antes de afectar al alma. “Yo no tengo alma”, le dije. Y lo dije en serio, sin dramatismo.
Era mi convicción de 35 años. Él asintió sin contradecirme, sin ponerse a la defensiva, sin intentar convencerme. Solo dijo, “¿Y qué fue lo último que pensaste antes de desmayarte?” Me quedé callada un momento. Lo miré. Pedí ayuda. ¿A quién? No sé. Eduardo me miró con esa calma que le era tan natural y dijo suavemente, “Bueno.” Alguien contestó.
Esa noche en la habitación del hospital no pude dormir pensando en eso. Me quedé en Toledo una semana más de lo planeado. No sé si fue una decisión consciente o simplemente no fui capaz de irme. Eduardo y su madre me ofrecieron mostrarme la ciudad de verdad, [música] como ellos la conocían, no como turista, sino desde adentro.
Acepté sin pensarlo demasiado. La señora Carmen era una mujer extraordinaria, viuda desde hacía 12 años. Vivía en la misma casa del casco histórico, donde había criado a sus tres hijos, y pasaba las mañanas en la misa de la catedral desde que tenía memoria. No me habló de fe directamente, al menos no al principio.
Me hablaba de las piedras, de las personas que las habían construido, de las historias que guardaban esas paredes. Un día, caminando por el interior de la catedral, me señaló una capilla lateral y me dijo simplemente, “Ahí está el santísimo, ven.” Entré sin saber muy bien qué estaba haciendo. Había unas pocas personas sentadas en silencio frente a lo que después aprendí que se llamaba el sagrario.
[música] una cajita dorada pequeña con una lucecita roja que ardía constante nada más. Me senté, no recé porque no sabía rezar, solo estuve en silencio. Y fue el silencio más extraño que había experimentado en mi vida porque por primera vez en muchos meses ese silencio no me aterraba. Era un silencio que tenía algo adentro, como si alguien estuviera presente, aunque no lo vieras.
No sé cuánto tiempo estuve ahí sentada. Cuando me di cuenta, habían pasado más de 40 minutos. Salí sin decir nada. Carmen me miró y no preguntó nada. Solo tomó mi brazo y seguimos caminando por las callejuelas como si nada. Eso también fue algo que no olvidé, que ella no me forzó a hablar, simplemente me llevó ahí y me dejó. Esa semana pasé mucho tiempo con Eduardo.
Tomábamos café en las mañanas antes de que él fuera a dar clases. Yo caminaba sola por las tardes y le contaba lo que había visto cuando nos encontrábamos para cenar. Su madre aparecía a veces, a veces no. Empecé a hacerle preguntas, preguntas que no había hecho nunca, porque siempre había asumido que ya sabía las respuestas. ¿Cómo podés creer en Dios siendo historiador? ¿No ves todo lo que la iglesia hizo mal a lo largo de los siglos? Sí, lo veo,”, me dijo sin esquivar la pregunta.
“Soy historiador, es lo primero que veo, pero también veo lo que la Iglesia ha construido, ha preservado, ha alimentado, ha sanado durante 2000 años.” La historia no es un argumento contra Dios, a veces es exactamente lo contrario. “¿Y el sufrimiento?”, le pregunté en otra de esas noches, “¿Cómo explicas que Dios permita el sufrimiento? se quedó pensando un momento largo antes de responder.
No lo explico completamente. Creo que nadie puede hacerlo de manera definitiva. Pero lo que sí he visto tanto en la historia como en mi propia vida, es que las personas que atraviesan el sufrimiento con fe salen distintas que las que lo atraviesan completamente solas, no sin dolor, pero distintas. Me quedé callada.
Pensé en los últimos 2 años. Pensé en sola que me había sentido mirando el techo del departamento. “¿Nunca dudaste?”, le pregunté. “Siempre dudo”, me dijo con naturalidad. “La fe no es la ausencia de duda, es seguir avanzando a pesar de ella.” Esa noche llegué al hostal y no pude dormirme de inmediato.

Eduardo me había prestado un libro, Las confesiones de San Agustín. Lo abrí sin muchas expectativas y la primera frase me entró por el pecho como si hubiera estado escrita para mí y solo para mí. Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti. Cerré el libro, lo volví a abrir, lo leí tres veces más, no se lo podía explicar a nadie, pero algo en mí entendió esa frase de una manera que no entendía ninguna ecuación, [música] ningún argumento, ninguna lógica.
La inquietud que yo llamaba crisis existencial tenía un nombre mucho más antiguo y ese nombre me dio por primera vez una pisca de esperanza. Volví a Buenos Aires en octubre de 2024 con una maleta llena de libros y una confusión que no sabía cómo nombrar. Seguía siendo atea, o eso me decía a mí misma. Pero algo había cambiado y lo notaba en cosas pequeñas.
Me descubrí buscando iglesias católicas en mi barrio. Entré a una a una tarde de lluvia. Me senté en el último banco y me quedé ahí sin saber por qué. [música] Salí sin hablar con nadie, pero con algo más liviano en el pecho, como si hubiera dejado algo pesado sobre uno de esos bancos de madera. Eduardo y yo seguíamos hablando todos los días.
Lo que había empezado como gratitud se había convertido en conversación y la conversación se había convertido en algo que yo no me atrevía a nombrar todavía. En noviembre de 2024 le dije a mi terapeuta que estaba pensando en acercarme a la iglesia. Ella, que no era creyente, me miró un momento y luego me dijo con una sencillez que me llegó hondo.
Alejandra, si algo te está haciendo bien, no lo analices en exceso. Acércate. En diciembre de 2024 me acerqué al padre José María Sánchez Vega, párroco de la parroquia de Nuestra Señora del Buen Pastor en el barrio de Palermo. Un hombre de unos 50 años, directo, sin condescendencia, con una manera de hablar que no hacía trampa.
Le dije que no creía en Dios, pero que algo me estaba jalando hacia la iglesia y que no entendía por qué. Él se rió con ganas y me dijo, “Eso es exactamente lo que sienten todos al principio. Bienvenida.” Empecé el catecumenado en enero de 2025. Una vez por semana, un grupo de unas 12 personas en situaciones completamente distintas, todas buscando algo que no sabían nombrar del todo.
El padre José María nos leía el evangelio y luego nos dejaba hablar. No había respuestas incorrectas, no había presión. Era un espacio donde yo podía llegar con mis dudas, con mi escepticismo y con mi historia. Y nadie me miraba raro ni me hacía sentir que tenía que convencerme a mí misma de nada. Semana a semana algo iba acomodándose por dentro, no de golpe, no con un momento dramático.
Era más como cuando empieza a clarear después de una noche muy larga. La luz no llega de una vez, pero en algún momento te das cuenta de que ya puedes ver. Cuando les conté a mis amigas más cercanas que estaba yendo al catecismo, las reacciones fueron muy variadas. Algunas se sorprendieron, pero me apoyaron.
Pero Luciana, mi mejor amiga desde la secundaria, me dijo algo que me dolió mucho más de lo que esperaba. Alejandra, me parece que te están lavando el cerebro. Primero un tipo controlador y ahora la iglesia. No hablamos durante dos meses. Dos meses en los que extrañé su voz todos los días y en los que me pregunté más de una vez si ella tenía razón.
Mi hermana Valeria tampoco lo tomó bien. “Papá se debe estar revolviendo”, me dijo. Y eso me cayó muy hondo porque mi papá había fallecido 3 años antes y yo lo quería mucho, aunque no compartíamos la misma visión sobre casi nada. Fueron meses difíciles, pero también fueron los primeros meses en mucho tiempo en los que yo sentía que estaba avanzando hacia algo en lugar de huir de algo.
Y esa diferencia, aunque pequeña, lo cambiaba todo. Eduardo viajó a Buenos Aires en marzo de 2025. Tenía una conferencia en la UVA sobre arte medieval hispano. La conferencia duró un fin de semana y él se quedó dos semanas. El último día antes de volver a España, me llegó a cenar.” Me dijo mirándome sin rodeos. Alejandra, yo no sé si tú y yo vamos a poder resolver la distancia, pero sí sé que lo que siento cuando estoy con vos no lo había sentido antes y creo que vale la pena intentarlo.
Le dije que sí, sin dudarlo. El 30 de marzo de 2025, [música] sábado santo, en la parroquia de Nuestra Señora del Buen Pastor en Buenos Aires, fui recibida en la Iglesia Católica. Me bautizaron, me confirmaron y recibí por primera vez la Eucaristía. La misa empezó en la oscuridad completa con el fuego nuevo encendido afuera en el atrio.
El padre José María bendijo el fuego y encendió el sirio pascual. Y de ese sirio se fue encendiendo uno a uno todos los que teníamos en las manos, hasta que la iglesia entera fue llenándose de una luz que parecía respirar. No hay palabras suficientes para describir lo que sentí cuando el padre José María vertió el agua sobre mi cabeza y pronunció las palabras del bautismo.
No sentí euforia ni espectacularidad ni el tipo de emoción que uno espera de una película. Sentí algo mucho más quieto que eso. Una paz tan profunda que me asustó un poco porque yo no estaba acostumbrada a la paz. Sentí que algo que había estado roto durante mucho tiempo se estaba cerrando. No de golpe, no con un click dramático.
Era como cuando una herida deja de sangrar sin que te des cuenta exactamente cuándo. Cuando me dieron la vuelta y caminé hacia el altar para recibir la Eucaristía por primera vez, se me llenaron los ojos de lágrimas. No de tristeza, de algo que no tengo nombre todavía, de algo que se parece mucho al amor cuando ya no te da miedo recibirlo.
Eduardo estaba en Buenos Aires para ese día. Se lo había pedido. Yo estaba en el último banco de la iglesia con su madre Carmen, que había viajado desde Toledo, especialmente para estar ahí. Cuando me dieron vuelta después de comulgar y los vi y vi que Eduardo también estaba llorando, supe con una certeza que no necesitaba ningún argumento que lo que había empezado en un empedrado en Toledo el año anterior era algo que Dios había organizado mucho antes de que yo llegara a esa plaza.

Esa noche, después de la misa, la señora Carmen me abrazó muy fuerte y me dijo al oído, “Te dije que eras la defensora.” El 18 de octubre de 2025 me casé con Eduardo Manuel Cerna y [música] Báñez en la catedral primada de Toledo. En la misma catedral frente a cuya fachada me desmayé.
en la misma plaza donde él se arrodilló junto a mí cuando yo era una turista ateción baja y el corazón roto. El padre José María voló desde Buenos Aires para concelebrar la misa junto al padre Rodrigo Méndez, el capellán de la catedral que nos había acompañado durante todo el proceso de preparación matrimonial.
La señora Carmen caminó a mi lado por el pasillo de la catedral porque yo no tenía a nadie más en España todavía y porque en algún momento de ese año se había convertido en algo muy parecido a una madre. Mi hermana Valeria vino desde Buenos Aires. Habíamos vuelto a hablarnos en julio y aunque todavía no compartía mi fe, se paró frente a mí la mañana del casamiento y me dijo con los ojos brillantes, “Alejandra, nunca te había visto así de entera.
” Eso fue lo más bonito que me dijeron ese día. Mi amiga Luciana también vino. Lloramos las dos juntas en la sacristía antes de entrar a la catedral y lo primero que me dijo fue, “Tenía razón en preocuparme antes, pero me alegra mucho haberme equivocado.” Cuando el padre José María nos casó frente al altar de esa catedral enorme y silenciosa, pensé en la plaza de afuera, en las piedras del empedrado, en el cielo azul de septiembre.
en la mano de un desconocido que me sujetó la mía cuando no tenía fuerzas. Y entendí algo que no había sabido entender durante 35 años, que pedir ayuda no es debilidad, que hay un alguien que escucha y que a veces te manda exactamente lo que necesitas en el momento exacto, aunque tú no creyeras en él todavía. Me hice ate convencida de que la fe era para las personas que no podían enfrentar la realidad.
[música] Viví 35 años creyendo que la razón lo explicaba todo y que el amor era algo que se conseguía mereciendo suficiente. Lo que aprendí arrodillada frente a un sagrario en Toledo es que hay preguntas que la razón sola no alcanza a responder. No porque la razón sea un error, sino porque hay dimensiones del ser humano que la lógica no puede tocar.
La soledad que yo sentía en ese departamento vacío de Buenos Aires no era un problema de pensamiento. [música] Era un hambre que pedía algo que el mundo por sí solo no tenía para darme. Y aprendí algo más que me costó más trabajo aceptar que desmayarse en la plaza de una catedral en una ciudad que ni siquiera planeabas visitar no siempre es accidente. A veces es una dirección.
A veces Dios usa lo que tiene a mano para encontrarte. En mi caso, usó el calor de septiembre en Toledo, un hombre bueno que asistía misa los miércoles y no dudó en arrodillarse junto a una extraña y una señora con un rosario entre los dedos que me llamó defensora cuando yo ya no me defendía ni a mí misma. No lo cambiaría por nada.
Mi nombre es Alejandra Sofía Ríos Herrera. Tengo 35 años y estoy profundamente agradecida de haberme convertido al catolicismo. Pedí ayuda sin saber a quién y él me contestó con todo lo que necesitaba. Gracias por llegar hasta aquí y por escuchar con el corazón abierto. Si este vídeo tocó algo en ti, si te sentiste identificado o si simplemente te hizo reflexionar, te invitamos a suscribirte al canal.
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