Una mesera de 22 años caminaba entre las mesas de un restaurante en el centro de la Ciudad de México una noche de 1952 cargando una charola de copas recién servidas hacia el fondo del salón. El lugar era el tipo de establecimiento que existía en una frontera incómoda entre dos mundos que rara vez se mezclaban del todo.
Un espacio que alguna vez había sido punto de encuentro de comerciantes y familias del barrio y que había ido siendo tomado mesa por mesa por una clientela distinta, gente de dinero nuevo, empresarios y funcionarios que llegaban con esa arrogancia específica de quien está acostumbrado a que el mundo se acomode a su alrededor sin que ellos tengan que pedirlo.
Carmela trabajaba ahí desde hacía 8 meses y había aprendido, como aprenden todos los que sirven mesas en lugares así, a moverse con una eficiencia invisible, a estar presente sin estar presente, a sostener una dignidad tranquila que no necesitaba anunciarse porque vivía en cada gesto pequeño de su trabajo. Esa noche, un grupo de comensales la detuvo para pedir una recomendación del menú y ella respondió sin pensarlo.

con esa forma de hablar enredada y musical que había aprendido de niña viendo una y otra vez las películas que su padre ponía los domingos, encadenando palabras que parecían no ir a ningún lado y que, sin embargo, llegaban exactamente donde tenían que llegar. Fue un gesto pequeño, casi sin darse cuenta el tipo de cosa que sale de una persona cuando algo forma parte de quién es y no de lo que decide mostrar.
Lo que Carmela no sabía, lo que nadie en esa mesa de comenzales bien vestido sabía tampoco, era que en una mesa apartada, casi fuera del alcance de la luz de las lámparas centrales, un hombre de traje sencillo y sombrero colocado con cuidado sobre la silla contigua había escuchado cada una de esas palabras con una atención que no dejaba ver nada hacia afuera.
Su rostro no era de los que esa clientela reconocía de inmediato, porque su fama vivía en las salas de cine y en las calles del pueblo, en un universo que casi no tenía cruce con el de los hombres que ahora se disponían a reírse de la mujer que tenían enfrente. Y había en eso una ironía que la noche estaba a punto de volver completamente concreta.
El hombre del anillo grueso, sentado al centro de la mesa con la corbata aflojada y la voz de quien ocupa siempre más espacio del necesario, soltó una risa fuerte que se impuso sobre el murmullo del salón y dijo, señalando con la barbilla hacia Carmela que así hablaba la gente de los barrios bajos, que esa manera de enredar las palabras sin terminar de decir nada era la prueba de que a cierta gente le faltaba educación parailar un pensamiento completo.
Otro de los comensales, un hombre más joven con el pelo peinado hacia atrás, completó el comentario diciendo que esa forma de hablar sonaba a payaso de carpa, a cómico de barrio que hacía reír a los pobres, porque los pobres no conocían nada mejor. Y hubo en el tono de esas risas algo que iba mucho más allá de una burla ligera sobre una frase graciosa.
Había un desprecio dirigido no solo a la manera de hablar, sino a todo lo que esa manera de hablar representaba, a la gente que la usaba en su vida diaria, a los barrios de donde salía, a las salas de cine llenas los domingos, a los padres que repetían esas frases en la sobremesa como quien repite un tesoro.
Carmela se quedó parada con la charola vacía entre las manos, sin saber bien dónde poner los ojos. sintiendo ese calor conocido que sube por el cuello cuando algo que uno ama es convertido frente a uno mismo en motivo de risa ajena. dio media vuelta hacia la cocina con el paso más rápido de lo normal y en ese breve trayecto llevó consigo toda una vida de situaciones parecidas condensadas en unos segundos de silencio interno.
En la mesa del fondo, el hombre del sombrero sobre la silla contigua no había movido un músculo del rostro, pero por dentro estaba procesando cada palabra con esa quietud específica de quien decide con calma qué hacer con algo que le pertenece. Porque lo que esos hombres acababan de ridiculizar no era un accidente del habla ni una carencia de educación.
Era el resultado de años de trabajo, de ensayo, de estudio de lenguaje mismo, de una construcción hecha con precisión de reloj para decir mucho sin decir nada, para burlarse del poder sin que el poder pudiera atraparlo en ninguna frase concreta. Era en el fondo una de las formas de inteligencia más finas que ese salón entero jamás llegaría a comprender.
Y los mismos hombres que se reían de ella la habían visto cientos de veces en la pantalla grande sin saber que se estaban riendo de su propio reflejo. El pianista de la esquina seguía tocando sin que nadie le prestara atención y el murmullo del salón continuó su curso normal, ajeno a lo que se estaba gestando en la mesa apartada.
El hombre del sombrero levantó la copa, dio un trago corto y la volvió a dejar sobre el mantel con el mismo cuidado silencioso con el que hacía todo. No había prisa en él. No había necesidad de reaccionar de inmediato, porque las personas que de verdad saben usar las palabras entienden algo que la gente impaciente no entiende, que el momento correcto vale más que la velocidad de la respuesta.
Se quedó observando la mesa de los comensales por un instante más, memorizando gestos, tonos de voz. La manera exacta en que el hombre del anillo grueso apoyaba los codos sobre el mantel como si el mantel también le perteneciera y entonces, sin ningún aviso previo, se puso de pie. El hombre del sombrero cruzó el salón con ese andar tranquilo y uniforme que no se apuraba ni se detenía, ese paso que no parecía dirigirse a ningún lugar en particular, pero que, sin que nadie pudiera explicar bien por qué, empezó a atraer las miradas de las
mesas cercanas antes de que llegara a su destino. No hizo ruido con los pies. No movió los brazos de más, simplemente caminó con la misma naturalidad con la que había entrado a ese restaurante horas antes, como si el peso de lo que estaba a punto de hacer no alterara en nada la manera en que su cuerpo se movía por el mundo.
llegó hasta la mesa donde el hombre del anillo grueso seguía riéndose con sus acompañantes y se detuvo justo al lado con las manos entrelazadas al frente y esa expresión entre inocente y filosa que el país entero conocía en la pantalla grande, pero que en ese salón, a esa distancia, nadie había terminado de reconocer todavía.
carraspeó apenas lo suficiente para que las cabezas se voltearan hacia él y entonces habló no con enojo, no con reproche directo, sino con esa cadencia enredada y precisa que había hecho reír a medio continente, diciendo que él, que no era nadie, que era menos que nadie, que apenas si era un servidor de mesas convertido en servidor de opiniones no solicitadas, quería, no obstante, con el permiso de nadie, porque el permiso ya lo tenía por el simple hecho de estar parado ahí, señalar que le parecía, o mejor dicho,
no le parecía, sino que casi le constaba que la señorita que hacía un momento había hablado de esa manera tan particular, tan digna de estudio, tan merecedora de aplauso y no de burla, no había hecho otra cosa sino demostrar un dominio del idioma que muy pocas personas en ese salón.
Y aquí bajó ligeramente la voz mirando directo al hombre del anillo. Muy pocas personas decía, con la debida distancia y el máximo respeto que no ameritan las palabras que aquí se han dicho, podrían siquiera intentar igualar sin quedar, como quien dice, sin quedar exactamente al revés de lo que pretendían demostrar.
El hombre del anillo grueso frunció el ceño tratando de encontrar el hilo de lo que acababa de escuchar y con esa confusión visible en el rostro dijo que no entendía una sola palabra de lo que ese señor acababa de decir. Y el hombre del sombrero, sin cambiar el tono ni el ritmo, respondió que ese era exactamente el punto, que si él con toda su educación y su anillo y su copa de importación no había logrado entender ni la mitad de lo dicho.
Entonces, tal vez, y solo tal vez, el problema no estaba en quien hablaba enredado, sino en quien no tenía el oído entrenado para seguir el enredo. Porque hablar así, aclaró, no era hablar sin sentido, era hablar con tanto sentido que había que estar muy despierto para no perderse en el camino. Las mesas cercanas que habían empezado a prestar atención soltaron una risa breve, contenida, de esas que se escapan antes de que la persona decida si debe reírse o no.
El hombre del anillo grueso, sintiendo que algo se le estaba escapando de las manos sin saber exactamente qué, insistió diciendo que de cualquier forma esa manera de hablar era propia de gente sin estudios, de cómicos de barrio. Y ahí, justo ahí, el hombre del sombrero levantó apenas una ceja y preguntó con la inocencia más filosa que existía en el cine mexicano.
Si acaso el señor sabía quiénes eran los cómicos de barrio que él mencionaba con tanto desprecio, porque de ser así le convenía saber que estaba a punto de insultar en persona a uno de ellos. Hubo un silencio breve en la mesa, uno de esos silencios que se sienten más pesados que cualquier grito.
Porque las palabras del hombre del sombrero habían dejado una pregunta flotando en el aire que nadie en esa mesa quería contestar todavía. No porque no supieran la respuesta, sino porque empezaban a sospechar que la respuesta los iba a poner en un lugar muy incómodo. El hombre del anillo grueso lo miró de arriba a abajo, notando por primera vez con atención real traje sencillo, el sombrero que ahora sostenía entre las manos.
Los rasgos de un rostro que de pronto le resultaban extrañamente familiares, como esas caras que uno ha visto cientos de veces en un contexto y no logra ubicar en otro. Uno de los acompañantes más jóvenes, el del pelo peinado hacia atrás, entrecerró los ojos estudiando esos mismos rasgos y algo empezó a moverse en su memoria.
una sospecha que todavía no se atrevía a decir en voz alta porque parecía demasiado absurda para ser cierta en un lugar como ese a esa hora frente a ellos. El hombre del sombrero aprovechó ese instante de duda para continuar sin prisa, con esa voz que envolvía las frases en capas y capas de rodeos que terminaban aterrizando siempre en el lugar exacto donde había que aterrizar.
Dijo que él personalmente, y aquí levantó un dedo como quien va a explicar algo de suma importancia, no era quien para juzgar el gusto de nadie. Faltaba más, faltaba menos, faltaba lo que hiciera falta. Pero que le parecía curioso, digo, no curioso, sino más bien revelador, que un grupo de caballeros tan instruidos, tan de mundo, tan acostumbrados a los mejores manteles de la ciudad, no hubiera reconocido en la boca de esa señorita el mismo estilo, la misma música, las mismas vueltas de palabra que llenaban
las salas de cine todos los domingos del año. esas mismas salas donde, dicho sea de paso, con el perdón de la palabra dicho, esos caballeros probablemente también se habían reído y mucho de exactamente esa misma manera de hablar, solo que en ese entonces la risa venía acompañada de un boleto pagado y un aplauso al final.
El silencio que siguió a esa frase fue distinto al anterior. Ya no era duda, era comprensión llegando de golpe, esa sensación incómoda de haber estado parado en el lugar equivocado del chiste sin saberlo. El hombre del anillo grueso abrió la boca para decir algo, la cerró, la volvió a abrir y de esa boca no salió nada porque en la cabeza se le estaban cruzando dos imágenes que hasta ese momento habían vivido en compartimentos completamente separados.
La del cómico que hacía reír a medio país en la pantalla. y la del hombre parado frente a él con las manos entrelazadas y esa expresión imperturbable que ahora vista con atención resultaba imposible de confundir con la de cualquier otra persona. Una de las mujeres sentadas en esa mesa, que hasta ese momento se había mantenido en silencio observando la escena con una mezcla de diversión y curiosidad, se llevó la mano a la boca de golpe, ahogando una exclamación que no llegó a salir completa y susurró un hombre
apenas audible dirigido más a sí misma que a los demás. un hombre que reconocía perfectamente esos ojos, ese bigote fino, esa manera de mover las manos al hablar como dibujando las palabras en el aire antes de soltarlas. El hombre del sombrero no confirmó ni negó nada con gesto alguno.
Mantuvo esa misma expresión entre inocente y filosa y continuó como si la mujer no hubiera dicho nada, retomando el hilo de su explicación con esa cadencia que no permitía a nadie interrumpirlo sin quedar otra vez fuera de ritmo. dijo entonces que le parecía y aquí subrayó cada palabra con una pausa breve, que hablar enredado no era lo mismo que hablar vacío, que había una diferencia enorme, una diferencia de kilómetros entre el que no tiene nada que decir y lo dice mal, y el que tiene
tanto que decir que decide decirlo dando vueltas para que quien de verdad quiera escuchar tenga que esforzarse un poco porque las verdades que se entregan fácil, añadió, se olvidan fácil también y las que cuestan un poco de trabajo. entender. Esas se quedan, esas se repiten en las sobremesas de las casas humildes durante generaciones, mientras que las conversaciones elegantes de mesas como esa dijo señalando con un gesto suave hacia el mantel y las copas de cristal se las lleva el viento apenas
se apaga la última vela. El hombre del anillo grueso, ahora visiblemente incómodo, con el color subido en el rostro, intentó recomponer la situación diciendo que de cualquier forma él no había querido ofender a nadie, que era solo un comentario sin mayor importancia. Y el hombre del sombrero, con esa sonrisa apenas insinuada que tantas veces se había visto en pantalla, respondió que un comentario sin mayor importancia no debería entonces provocar tanta importancia en explicarlo, porque
las cosas que de verdad no importan, uno dice y las deja ir, y las que uno se apura en justificar apenas alguien las cuestiona, esas, señaló levantando un dedo, esas casi siempre importan más de lo que uno quisiera admitir. Las mesas vecinas, que ya para entonces habían dejado de fingir que no escuchaban, soltaron una risa más abierta.
Y esta vez la risa no era para Carmela ni para su manera de hablar, era para el hombre del anillo grueso que se encontraba de pronto del otro lado exacto de la burla que él mismo había lanzado minutos antes, atrapado en su propia lógica, sin escapatoria posible, porque cada intento de defenderse terminaba gracias a las vueltas cuidadosas del hombre del sombrero, hundiéndolo un poco más.
Carmela había regresado de la cocina justo a tiempo para presenciar el final de ese intercambio, deteniéndose a varios pasos de distancia con una nueva charola entre las manos, sin atreverse a acercarse del todo, sintiendo que algo importante estaba ocurriendo, pero sin entender todavía la dimensión completa de lo que tenía enfrente.
Reconoció el traje sencillo, el sombrero, la forma de las manos moviéndose en el aire y algo dentro de ella empezó a encajar antes de que su mente terminara de aceptarlo. que había visto esos mismos gestos cientos de veces sentada en la oscuridad de un cine de barrio junto a su padre, riendo hasta las lágrimas con las mismas vueltas de palabras que acababa de escuchar ahora, a unos metros de distancia, defendiéndola a ella.
El hombre del anillo grueso, buscando una salida digna que ya no existía, intentó un último argumento diciendo que él respetaba mucho el trabajo de los actores, faltaba más, pero que una cosa era el cine y otra cosa era la vida real, y que en la vida real ciertas formas de hablar simplemente no correspondían a ciertos ambientes.
El hombre del sombrero asintió despacio como dándole la razón, y luego, con esa lentitud que precedía siempre a sus mejores frases, preguntó si acaso el señor podría explicarle. con toda la paciencia del mundo, porque él no era hombre de prisas, que era exactamente lo que hacía que un ambiente mereciera cierta forma de hablar y no otra, si era el precio del mantel, el peso del reloj en la muñeca o si más bien era algo que llevaba uno por dentro y que ningún mantel de lino ni ningún
restaurante de mármol podía otorgarle a quien no lo tenía ya de fábrica. El silencio que siguió a esa pregunta se extendió más de lo que cualquiera en esa mesa hubiera querido. El hombre del anillo grueso miró hacia sus acompañantes buscando apoyo y no encontró ninguno, porque incluso los que antes se habían reído con él ahora mantenían los ojos bajos, evitando ser los siguientes en quedar atrapados en la misma trampa de palabras.
La mujer que había reconocido primero al hombre del sombrero seguía observándolo con una mezcla de fascinación y vergüenza ajena y en algún momento de ese silencio se atrevió a decir en voz baja, pero audible para toda la mesa, que ese hombre parado frente a ellos era Cantinflas. El nombre cayó sobre la mesa como cae un plato que se rompe con ese sonido seco que hace que todos se detengan de golpe.
El hombre del anillo grueso palideció visiblemente, sintiendo de pronto el peso completo de cada palabra que había dicho minutos antes, entendiendo que no solo había ridiculizado a una mesera por hablar como hablaba su propia gente, sino que lo había hecho frente al hombre que había convertido esa manera de hablar en arte en símbolo, en orgullo nacional reconocido en pantallas de todo el continente.
Cantinflas no cambió de expresión ante el nombre pronunciado en voz alta. No hizo ningún gesto de confirmación ni de negación. se limitó a sostener esa misma mirada tranquila que había mantenido durante todo el intercambio, como si el reconocimiento de su identidad no alterara en nada lo que tenía que decir, ni la manera en que pensaba decirlo.
Miró al hombre del anillo grueso, ahora con el rostro descompuesto, y le dijo con esa voz que ya no tenía nada de cómica, aunque conservara la misma cadencia, que no había venido a esa mesa a que lo reconocieran. Había venido a esa mesa porque una mujer que trabajaba honestamente, sirviendo a gente que ni siquiera se tomaba la molestia de mirarla a los ojos al pedir la cuenta.
Había sido humillada por algo que no merecía humillación alguna y que esa mujer dijo señalando hacia donde estaba. Carmela, sin necesidad de voltear del todo, tenía en su manera de hablar una herencia que ningún título universitario ni ninguna cuenta bancaria podía comprar, porque esa herencia se llevaba en la sangre y en los recuerdos de la gente que crió a uno.
y burlarse de eso. Añadió, bajando por primera vez el tono a algo más serio, era burlarse de las madres, de los padres, de los barrios enteros que habían hecho de esa forma de hablar una manera de sobrevivir con dignidad y con humor, incluso en los tiempos más difíciles. El hombre del anillo grueso, ya sin ningún argumento que ofrecer, balbuceó una disculpa dirigida más a la mesa en general que a Carmela directamente.
algo sobre no haber tenido mala intención, sobre ser simplemente una broma sin mayor trascendencia. Cantinflas lo escuchó hasta el final sin interrumpir y cuando el hombre terminó le respondió que las disculpas, como las bromas también tenían dirección y que esa disculpa que acababa de dar apuntaba hacia la mesa, hacia los amigos, hacia quedar bien frente a los presentes, pero que la persona a quien debía esa disculpa estaba parada a unos metros de distancia con una charola en las manos y merecía escucharla mirándola directamente a los
ojos, no como quien cumple un trámite incómodo, sino como quien de verdad entiende lo que hizo el salón entero, que para entonces ya tenía la atención puesta completamente en esa mesa, guardó un silencio expectante mientras el hombre del anillo grueso, con el rostro todavía descompuesto, se ponía de pie despacio y caminaba los pocos pasos que lo separaban de Carmela.
Ella lo vio acercarse sin saber bien qué esperar, todavía sosteniendo la charola con ambas manos, sintiendo que el corazón le latía con una fuerza que no había sentido en meses de trabajo silencioso entre esas mesas. El hombre se detuvo frente a Carmela y por un momento pareció buscar las palabras correctas entre las muchas que probablemente hubiera preferido no tener que decir nunca.
Le dijo con una voz mucho más baja que la que había usado minutos antes para burlarse, que lamentaba el comentario que había hecho, que no había pensado en lo que esas palabras podían significar para ella y que le pedía una disculpa sincera. Carmela, todavía sorprendida por el giro completo de la situación, asintió despacio, aceptando esas palabras, no porque las necesitara para sentirse validada, sino porque entendía que ese gesto, aunque tardío, aunque forzado por las circunstancias,
tenía un valor que no debía descartarse solo por haber llegado después de la presión de un tercero. Cantinflas, que había observado toda la escena desde su lugar, se acercó entonces también hacia Carmela y por primera vez en toda la noche, su expresión se suavizó completamente, dejando ver algo parecido a una sonrisa genuina, esa misma sonrisa que había hecho reír a generaciones enteras en la oscuridad de los cines de barrio.
le dijo que la había escuchado hablar desde su mesa y que le había parecido, con toda honestidad, que tenía un talento natural para las palabras que muy pocas personas lograban sin años de práctica frente a un público y que no debía permitir jamás que nadie, por más anillo grueso que llevara en la mano o por más manteles blancos que hubiera pisado en su vida, le hiciera sentir que esa forma de hablar era motivo de vergüenza.
Carmela sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, no de tristeza, sino de una emoción que no encontraba manera de nombrar del todo. Una mezcla de orgullo y de alivio y de incredulidad por estar parada frente al hombre cuyas películas habían llenado tantas tardes de domingo en la casa de su infancia.
le dijo con la voz apenas firme que su padre no le iba a creer cuando le contara lo que había pasado esa noche y Cantinflas, recuperando por un instante ese tono juguetón que nunca terminaba de abandonarlo del todo, le respondió que le dijera a su padre que Cantinflas mandaba saludos y que las palabras enredadas cuando venían del corazón siempre encontraban su camino hasta donde tenían que llegar, sin importar cuántos manteles de lino intentaran detenerlas primero. El resto de las
mesas del restaurante, que habían seguido la escena en un silencio cada vez más denso, estallaron entonces en un aplauso espontáneo que nadie había planeado ni coordinado, pero que llegó al mismo tiempo desde distintos rincones del salón, como si todos hubieran estado esperando ese momento exacto sin saberlo.
El hombre del anillo grueso regresó a su mesa con la cabeza baja, sin volver a levantar la voz durante el resto de la noche, y sus acompañantes, que antes habían reído con tanta facilidad. Ahora se mantenían en un silencio incómodo, conscientes de que su participación en la burla, aunque menor, también había quedado expuesta frente a todo el restaurante.
Tantinflas no se quedó a disfrutar del aplauso, ni buscó protagonismo adicional. Le hizo un gesto amable a Carmela, se ajustó el sombrero y regresó a su mesa apartada con el mismo andar tranquilo con el que había cruzado el salón minutos antes, como si para el ese episodio no fuera más que un pequeño ajuste necesario en el orden natural de las cosas.
No una hazaña digna de ser recordada con solemnidad. Carmela terminó su turno esa noche, todavía sintiendo el peso emocionado de lo ocurrido y cuando finalmente salió del restaurante rumbo a su casa, no pudo evitar detenerse un momento en la calle bajo la luz de un farol para procesar todo lo que acababa de vivir.
En los días siguientes, la historia de esa noche empezó a circular entre los meseros y cocineros del restaurante y de ahí saltó a otros negocios cercanos, a las vecindades del centro. A las filas de los cines de barrio, donde la gente comentaba con orgullo que Cantinflas no solo hacía reír desde la pantalla, sino que también defendía en la vida real a la gente sencilla cuando alguien intentaba pisotear su dignidad.
Y cada vez que alguien contaba la historia, había un detalle que se repetía con especial énfasis. No el nombre del hombre humillado ni los detalles del restaurante, sino la manera en que Cantinflas había usado exactamente el mismo estilo de hablar que le criticaban a Carmela para dejar sin argumentos a quien se creía superior, demostrando con eso que esa forma de hablar no era ignorancia, sino una herramienta capaz de desarmar al poder sin necesidad de un solo golpe.
Con el paso de las semanas, Carmela siguió trabajando en ese mismo restaurante, pero algo en la manera en que los demás meseros la trataban había cambiado. un respeto silencioso que no necesitaba explicarse en voz alta porque todos conocían ya la historia. Nunca volvió a sentir vergüenza por la forma en que hablaba fuera del trabajo y en más de una ocasión cuando algún comensal hacía un comentario despectivo sobre el habla popular o las costumbres de los barrios.
Ella recordaba esa noche y encontraba la fuerza para sostener la cabeza en alto, sabiendo que había algo profundamente valioso en la manera en que su gente decía las cosas. Aunque el mundo de los manteles blancos tardara generaciones en reconocerlo. Cantinflas, por su parte, jamás mencionó el incidente en ninguna entrevista.
jamás lo convirtió en anécdota para lucirse frente a la prensa ni frente a sus colegas del cine. Para él, según contaban quienes lo conocían de cerca, defender a la gente sencilla no era un acto extraordinario que mereciera ser presumido. Era simplemente una extensión natural de todo lo que representaba en la pantalla, la certeza de que el humor y la palabra enredada podían ser armas más poderosas que cualquier insulto directo y que la verdadera clase no se medía por el precio del mantel sobre el que uno comía, sino por la manera en que
uno trataba a quien servía ese mantel. Esta historia nos enseña que la forma de hablar de un pueblo con todas sus vueltas, sus enredos y su música particular no es un defecto que deba corregirse para encajar en los salones del poder. Es una herencia viva que merece respeto exactamente como es, sin traducciones, sin disculpas.
Cantinflas no necesitó un discurso solemne ni una confrontación violenta para defender esa verdad. le bastó con usar las mismas palabras que se burlaban de él y de su gente, dándoles la vuelta con esa inteligencia que solo entienden quienes hablan directamente desde el corazón del pueblo.
La próxima vez que escuches a alguien hablar con ese enredo cariñoso, con esas vueltas que parecen no llevar a ningún lado, recuerda que detrás de esa forma de hablar puede haber más sabiduría e inteligencia que en cualquier discurso perfectamente estructurado de quienes creen que la elegancia se mide en el vocabulario y no en la humanidad.
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