Abaten a Texas en Sinaloa | Armas y municiones incautadas en megaoperación
una ametralladora, siete fusiles de asalto, dos granadas de fragmentación capaces de destrozar un vehículo blindado a 10 m de distancia, 42 cargadores, 3,170 cartuchos de diversos calibres, entre ellos munición, 50 antiblindaje. Esto no lo encontraron en una selva colombiana ni en un campamento de entrenamiento en Medio Oriente.
Lo encontraron en una torre de condominios del sector Jumaya en Culiacán, a 15 minutos del malecón, donde miles de familias sinaloenses pasean cada domingo. Ahí, atrincherado entre cargadores y equipo de radiocomunicación militar, murió el hombre que durante 14 meses decidió quién vivía y quién no en la capital de Sinaloa.
Se llamaba Cristian Guadalupe, le decían el Texas. y hasta la madrugada del 8 de julio de 2026 era el jefe de plaza de los Chapitos en Culiacán. Para quien no lo sepa, ese cargo no es un título honorífico. Es una posición que se hereda por la fuerza, se sostiene con sangre y casi nunca se abandona con vida.
El hombre al que sucedió también murió a manos del ejército. El que operaba antes de ese vacío también [música] terminó abatido en un enfrentamiento con militares. Piénsenlo un momento. En menos de 5 años, la plaza más disputada de Sinaloa ha cambiado de dueño por lo menos tres veces y las tres veces el cambio se decidió a balazos. ¿Por qué un solo departamento se convirtió en el punto final de la cadena de mando de una de las facciones más violentas del cártel de Sinaloa? ¿Por qué el ejército tardó 14 meses en llegar hasta él si las autoridades sabían su
nombre desde el primer día? ¿Y qué significa en términos reales que la plaza de Culiacán vuelva a quedar sin dueño en medio de la guerra más sangrienta que ha vivido esa ciudad en la última década? Llevamos días reconstruyendo el expediente detrás de este operativo. ¿Quién era el Texas? ¿Cómo llegó al poder? ¿Qué encontraron los militares en ese departamento? ¿Y qué implica su muerte para una ciudad que lleva casi 2 años bajo fuego cruzado? Quédense hasta el final porque la parte que menos se ha contado es la que explica por qué nadie
debería celebrar todavía. Este video no busca convertir al Texas en protagonista, busca lo contrario, entender el sistema que produce hombres como él, uno tras otro, en el mismo puesto, con el mismo destino, sin que la violencia baje un solo peldaño. Para entender lo que pasó en ese departamento de Culiacán, hay que entender primero por qué Culiacán es desde hace 20 meses [música] el epicentro de la guerra interna más violenta que ha tenido el cártel de Sinaloa en su historia reciente. Culiacán no es solo la capital
del estado, es el corazón administrativo, financiero y logístico del cártel de Sinaloa desde los años 70, cuando las primeras generaciones de traficantes sinaloenses convirtieron el valle de Culiacán una de las zonas agrícolas más productivas del país, en la base de operaciones de lo que hoy es la organización criminal más antigua de México.
La ciudad exporta hortalizas, tomate y maíz por miles de millones de pesos cada temporada. Y esa infraestructura logística legal, carreteras, aduanas internas, flotillas de transporte refrigerado, ha servido durante décadas como cobertura para el movimiento de droga hacia la frontera norte. Es una ciudad de casi 1 millón de habitantes con zonas residenciales de alto nivel a pocas cuadras de colonias populares y con generaciones enteras que crecieron dentro de la economía informal del narcotráfico, sin necesariamente participar de forma directa en ella.
Esa convivencia histórica entre economía legal e ilegal es lo que distingue a Culiacán de otras ciudades mexicanas golpeadas por el crimen organizado. No es un territorio recién disputado, como ocurre en zonas de reciente expansión del narcotráfico. es la sede fundacional de una organización que durante medio siglo desarrolló códigos propios de convivencia con la población civil, zonas consideradas intocables, negocios que operaban bajo entendimientos tácitos de no agresión, un equilibrio precario sostenido. La guerra interna que estalló
en septiembre de 2024 rompió ese equilibrio porque ya no se trata de un cártel imponiendo reglas sobre un territorio ajeno, sino de dos facciones de la misma organización disputándose las reglas de su propia casa. El 9 de septiembre de 2024, esa arquitectura de poder se rompió. Ese día estalló abiertamente el conflicto entre dos facciones que hasta entonces convivían bajo la misma sombrilla, los chapitos encabezados por los hijos de Joaquín el Chapo Guzmán y la Miza.
La facción leal a Ismael Zambada García y hoy operada por su hijo Ismael Zambada Siiros, conocido como el mallito flaco. Desde entonces, Culiacán y los municipios del centro del estado Nabolato, Elota, Coszalá han vivido bloqueos carreteros, quema de vehículos, toques de queda no oficiales y un incremento sostenido de homicidios que las autoridades estatales han descrito sin exagerar como el periodo más violento en la historia reciente de Sinaloa.
Según cifras de seguridad pública estatal, los homicidios dolosos en Culiacán se multiplicaron varias veces respecto al promedio anual. previo a septiembre de 2024 y el municipio concentra hoy la mayor parte de los eventos violentos vinculados a crimen organizado en todo el estado. Eso merece repetirse. No hablamos de un conflicto esporádico entre células menores.
Hablamos de la fractura de la organización criminal más antigua y sofisticada del país en su propio territorio de origen, frente a los ojos de la ciudadanía que durante décadas convivió con una violencia más discreta, más negociada, casi invisible para quien no estuviera directamente involucrado. Hay una dimensión de esta historia que los medios nacionales pocas veces abordan con la profundidad que merece.
Cada vez que cae un jefe de plaza en Culiacán, no desaparece una estructura, se abre una vacante y esa vacante se disputa casi siempre con más violencia que la que produjo la caída del anterior. Hay que sumar otro factor a esta ecuación. La extradición de Ovidio Guzmán a Estados Unidos en septiembre de 2023 dejó a los chapitos sin una cabeza única de mando en territorio mexicano, lo que en otras organizaciones criminales habría significado una transición ordenada de poder.
En este caso se tradujo en una fragmentación de autoridad entre varios hermanos y primos, cada uno con su propia red de operadores territoriales. Texas no respondía a un solo jefe, respondía a una estructura de mando colegiada con lealtades que podían cambiar según qué facción interna de los chapitos ofreciera más protección o más recursos en un momento dado.
Esa fragmentación interna es, según [música] analistas de seguridad consultados por medios especializados, una de las razones por las que la violencia en Culiacán no ha tenido techo desde 2024. No hay un solo mando que pueda ordenar un alto el fuego, porque no hay un solo mando. El gobierno federal respondió a esta espiral con un despliegue de seguridad sostenido.
Refuerzos del Ejército Mexicano, la Guardia Nacional, la Secretaría de Marina y la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, con el objetivo declarado de contener la violencia entre facciones y debilitar las estructuras operativas de ambos bandos. En las semanas recientes a este operativo, las fuerzas federales reportaron la detención o neutralización de múltiples operadores de alto nivel del cártel de Sinaloa, además del aseguramiento de armas de alto poder, explosivos, vehículos y narcóticos en distintos puntos del estado. El Texas
era hasta el 8 de julio uno de los nombres más buscados en esa lista. Para poner esto en perspectiva, hace apenas un año hablar de un principal generador de violencia en Culiacán significaba referirse a una persona. Hoy significa referirse a un cargo que se rellena una y otra vez, casi sin pausa, porque el territorio sigue ahí, la ruta sigue ahí y el dinero sigue ahí.
Antes de entrar al operativo que terminó con la vida de el Texas, hay que entender contra quién y para quién operaba. La guerra en Culiacán no es un enfrentamiento de dos bloques monolíticos. Es una red de facciones, subfacciones y alianzas cambiantes que vale la pena desglosar con precisión, porque de eso depende entender la magnitud real de lo que las autoridades desarticularon.
Los chapitos son la facción del cártel de Sinaloa, encabezada por los hijos de Joaquín el Chapo, Guzmán Loa. Desde la captura y extradición de Ovidio Guzmán en 2023, la conducción operativa quedó fragmentada entre varios de sus hermanos y una red de mandos intermedios que administran territorio, rutas y células armadas en su nombre.
Su fuente principal de ingresos históricamente ha sido el tráfico de metanfetamina y fentanilo hacia Estados Unidos con laboratorios clandestinos dispersos en la zona serrana de Sinaloa y Sonora, un negocio que analistas de seguridad estadounidenses han valuado en cientos de millones de dólares anuales solo para el corredor del noroeste mexicano.
Su nivel de sofisticación operativa incluye estructuras de seguridad privada, redes de halcones tecnificadas con radios de largo alcance y cámaras urbanas y capacidad de despliegue armado casi inmediato en caso de operativos federales. Dentro de los chapitos opera una subfacción conocida como los Menores, el brazo armado y territorial responsable directo de la plaza de Culiacán.
Es precisamente esta célula que el Texas comandaba. Su función no era producir ni exportar droga, era controlar el territorio urbano, cobrar derecho de piso a comercios y operadores menores, ejecutar represalias contra rivales y proteger físicamente a los mandos superiores de la facción. Es, en términos prácticos, el músculo que sostiene la estructura financiera de los chapitos dentro de la ciudad.
Al otro lado está la miza, la facción leal al histórico El Mayo Zambada, hoy bajo custodia estadounidense tras su detención en 2024 y conducida en el terreno por su hijo Ismael Zambadas y Cairos. Conocido en los círculos de inteligencia como [música] el mallito flaco. La miza mantiene una estructura más tradicional con relaciones más antiguas con productores agrícolas, autoridades locales y rutas de trasciego establecidas desde hace décadas.
Su ventaja no es la violencia espectacular, sino la permanencia. Llevan más tiempo operando esas rutas que los chapitos y esa experiencia se traduce en resiliencia frente a los golpes del estado. Analistas de seguridad calculan que la miza conserva mayor control sobre corredores de exportación hacia Baja California, mientras los chapitos concentran su fuerza en la producción y en la defensa armada del territorio urbano de Culiacán.
Dentro de la estructura de la malliza opera además una red de mandos regionales heredados directamente del antiguo aparato de Elmayo Zambada, conocidos por su capacidad para mantener bajo perfil operativo [música] durante años sin atraer la atención de las autoridades. Es una diferencia estratégica importante frente a los chapitos.
Mientras la facción de los hijos del Chapo ha optado por una exhibición constante de fuerza armada como forma de disuasión territorial, la Miza históricamente ha preferido la discreción y la relación de largo plazo con actores económicos y políticos locales. Esa diferencia de estilo explica en parte por qué son los operadores de los chapitos como el Texas los que terminan con mayor frecuencia en los comunicados oficiales de bajas y detenciones.
Su modelo de operación los expone más. Hay una tercera pieza en el tablero que rara vez se menciona, el cártel Jalisco Nueva Generación, que sin tener presencia territorial [música] directa en Culiacán capitaliza cada fractura interna del cártel de Sinaloa para intentar avanzar en corredores secundarios del noroeste. La debilidad de un rival histórico siempre es una oportunidad para el otro y las autoridades de inteligencia federal han documentado movimientos de operadores de esa organización en municipios colindantes con Sinaloa durante los
últimos meses. Esta clase de fragmentación es precisamente lo que distingue una guerra de sucesión de un simple enfrentamiento entre bandas, porque no se trata de eliminar a un enemigo externo, se trata de decidir entre hermanos de organización quién controla lo que antes se repartía en silencio. Vale la pena detenerse un momento en la magnitud económica de lo que está en disputa.
Culiacán no solo administra rutas de droga hacia el norte, es también centro de lavado de dinero a través de negocios formales, desde inmobiliarias hasta agroindustria de exportación y punto de distribución interna para buena parte del noroeste mexicano. Perder el control de la ciudad no significa perder una plaza más, significa perder el nodo administrativo que sostiene financieramente a toda la facción. Eso explica por qué.
A diferencia de otras plazas del país donde el crimen organizado puede replegarse sin mayor resistencia, en Culiacán cada metro cuadrado se defiende con armamento de guerra. Volvamos a el Texas porque su trayectoria personal es en miniatura la historia de esta guerra. Cristian Guadalupe asumió el control de la plaza de Culiacán el 23 de mayo de 2025 tras la muerte de Jorge Humberto, alias la Perris o el 27, abatido ese mismo día por el ejército mexicano en el municipio de Nabolato.
Según información compartida por la Secretaría de la Defensa Nacional, la influencia de el Texas dentro de la estructura criminal había crecido de forma sostenida desde 2021 tras la muerte de otro operador identificado como [música] el Davy. Es decir, el Texas no llegó al poder nombramiento. llegó porque uno por uno los hombres que estaban por encima de él en la cadena de mando fueron cayendo y él fue el que quedó de pie cada vez.
Desde que asumió el cargo, las autoridades lo identificaron como el principal generador de violencia en la entidad, responsable de ordenar homicidios contra grupos rivales, secuestros, extorsiones y robo de vehículos en Culiacán y municipios cercanos. Sobre el origen de su alias existen varias versiones periodísticas, ninguna confirmada oficialmente.
La más repetida sostiene que viajaba con frecuencia al estado de Texas en Estados Unidos. Las autoridades nunca corroboraron ese dato y es un ejemplo de algo que se repite constantemente en el narcotráfico mexicano. Los apodos se vuelven leyenda urbana antes que hecho verificado. Esta clase de sucesión constante es precisamente lo que distingue un operativo de alto impacto de un simple cateo aislado, porque no se trata solo de retirar a una persona del tablero, se trata de interrumpir, aunque sea temporalmente, una cadena de mando que
se ha reconstruido a sí misma tres veces en menos de un lustro. Para poner esto en perspectiva con otra cifra, en 2021, cuando cayó el Davy y el Texas comenzó su ascenso, las autoridades de Sinaloa registraron un número de homicidios vinculados a crimen organizado, notablemente menor al que se ha documentado en cada uno de los últimos 2 años.
La violencia no solo cambió de nombre, se multiplicó. Y ese es quizás el dato más incómodo de esta historia. Los relevos en la jefatura de plaza no han coincidido con periodos de calma, sino con escaladas sucesivas de violencia, cada una más intensa que la anterior. El operativo que terminó con la vida del Texas comenzó el martes 7 de julio y se extendió hasta la mañana del miércoles 8 como parte de un despliegue de seguridad más amplio encabezado por la Secretaría de la Defensa Nacional en coordinación con el grupo de operaciones especiales de la Secretaría de Seguridad
Pública de Sinaloa. No fue una acción improvisada. formaba parte de una serie de operaciones de precisión contra la estructura de los menores, la célula de los chapitos que el Texas comandaba, ejecutadas en distintos puntos de Culiacán durante esas 48 horas, con trabajo previo de inteligencia que las autoridades no han detallado en semanas exactas, pero que fuentes de seguridad consultadas para este video ubican en un periodo de vigilancia cercano a los 2 meses.
A secuencia, según reconstruyeron las autoridades y confirmaron múltiples fuentes periodísticas, comenzó en el área de estacionamiento de la Torre de condominios paralela a Parque Residencial en el sector Jumaya de Culiacán. Ahí, elementos militares y estatales detuvieron a cuatro presuntos integrantes de la célula delictiva. Fue después, durante la inspección del inmueble derivada de esas primeras detenciones, cuando el personal militar ingresó al edificio y fue recibido a balazos, el Texas permanecía trincherado en uno de los departamentos.
Hay que detenerse en ese dato. No fue una emboscada planeada contra el ejército. Fue la reacción de un hombre que sabía que si esa puerta se abría, no habría negociación posible. Los militares repelieron la agresión y en el enfrentamiento resultante murió Cristian Guadalupe. El personal militar implementó de inmediato un cerco de seguridad perimetral para contener cualquier represalia de células aliadas.
Una medida que se ha vuelto estándar en Culiacán desde que comenzó la guerra interna en 2024. Esta clase de coordinación es precisamente lo que distingue un operativo de alto impacto de un cateo aislado, porque la secuencia completa de tensión en el estacionamiento, inspección del inmueble, respuesta armada, cerco perimetral exige sincronía entre corporaciones que normalmente operan con protocolos distintos.
Un solo error de comunicación entre el ejército y la policía estatal en un edificio habitacional con civiles alrededor pudo haber terminado en una tragedia de proporciones muy distintas. Fuentes de seguridad consultadas para este video señalan que en el despliegue participaron, además de infantería regular, elementos con entrenamiento de operaciones especiales del ejército apoyados por unidades de la Guardia Nacional en los perímetros exteriores del operativo.
La Secretaría de Marina, aunque no tuvo participación directa confirmada en este evento puntual, ha mantenido presencia rotativa en Culiacán desde 2024 como parte del Refuerzo Federal a la seguridad del Estado. Esta arquitectura de coordinación entre distintas fuerzas ejército, Guardia Nacional, Policía Estatal, es según especialistas en seguridad pública la que ha permitido sostener operativos de precisión en una ciudad donde cualquier movimiento de tropas es detectado casi de inmediato por la red de halcones del crimen organizado.
El titular de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, confirmó los hechos públicamente el mismo miércoles, señalando que la acción permitió desarticular una célula delictiva vinculada a la facción de los chapitos, generadora de violencia en la entidad. Es la misma dependencia [música] que semanas atrás había anunciado la identificación de Juan Carlos Valencia González, alias el 03 como sucesor probable en la cúpula del cártel Jalisco Nueva Generación tras la muerte de el Mencho. Un recordatorio de que en el
México de 2026 los relevos violentos en el crimen organizado ocurren de manera casi simultánea en distintos frentes del país, del Pacífico al noroeste. Ahora lo que se encontró dentro de ese departamento, las fuerzas federales y estatales aseguraron una ametralladora, siete fusiles de asalto, entre ellos variantes AK40 y siete en calibre 7.
62 6 2 30 y 9 y15 en calibre 5.56×45, dos granadas de fragmentación, 42 cargadores y 3170 cartuchos de diversos calibres, 91 de ellos munición, 50 antiblindaje, la misma que se utiliza contra vehículos reforzados. También se decomizaron 100 dosis de cocaína, equipo táctico completo, equipo de radiocomunicación de uso restringido y dos vehículos.
Para quien no lo sepa, una sola granada de fragmentación tiene un radio de letalidad de entre 5 y 15 m dependiendo del entorno. Tener dos almacenadas en un departamento habitacional, en una zona donde viven familias no es un detalle menor. Es una decisión operativa que prioriza el poder de fuego por encima de cualquier consideración sobre quién más pudiera resultar herido si esas armas se llegaban a usar dentro del edificio.
El calibre y volumen de las municiones aseguradas más de 3,000 cartuchos es equivalente al que cargaría un pelotón militar regular en una operación de varios días, no lo que normalmente se asocia con una célula de seguridad urbana. Eso da una idea del nivel de sofisticación logística que los menores habían alcanzado bajo el mando del Texas.
No operaban como pandilla territorial, operaban con estándares cercanos a los de una fuerza paramilitar de baja intensidad. con arsenal suficiente para sostener un enfrentamiento prolongado contra corporaciones federales si la situación lo hubiera requerido. Los cuatro detenidos en la operación, junto con el material asegurado, fueron puestos a disposición de la Fiscalía General de la República en Culiacán para continuar con las investigaciones y determinar su situación jurídica.
Las autoridades no han detallado públicamente los roles específicos de cada uno de los cuatro dentro de la célula, aunque fuentes de seguridad consultadas para este video coinciden en que la estructura de los menores solía dividir funciones entre halcones, encargados de vigilancia y aviso temprano, sicarios operativos y enlaces logísticos responsables del resguardo de armamento y casas de seguridad como la que sirvió de última trinchera para el Texas.
El rol del halcón, aunque suele minimizarse en las coberturas periodísticas, [música] es probablemente el más determinante en la dinámica cotidiana de una plaza como Culiacán. Son jóvenes, muchas veces menores de 25 años, distribuidos en puntos fijos de la ciudad con radios de comunicación o simplemente con un teléfono celular, encargados de avisar con minutos de anticipación cualquier movimiento de fuerzas federales o de células rivales.
Sin esa red de vigilancia, ningún jefe de plaza sobrevive más de unas semanas. Con ella pueden sostenerse durante años, como demostró el Texas durante 14 meses consecutivos. Para quien no lo sepa, el calibre de los fusiles de asalto asegurados en operativos de este tipo suele coincidir con el estándar de las fuerzas armadas regulares de varios países de la región.
El mismo que usan ejércitos convencionales para operaciones de infantería, no el armamento que cabría esperar de una célula de seguridad urbana dedicada a cobrar derecho de piso. Esa es la comparación de escala que las autoridades rara vez explican en sus comunicados. La distancia entre lo que los menores necesitaban para operar como grupo de choque local y lo que en realidad tenían almacenado revela una capacidad de combate pensada para resistir, no solo para intimidar.
Para poner esto en perspectiva, en las semanas previas a este operativo, las autoridades federales ya habían reportado múltiples detenciones y aseguramientos contra operadores del cártel del Pacífico en Sinaloa. La caída de el Texas no es un hecho aislado. Es la pieza más visible hasta ahora de una ofensiva sostenida que busca desgastar la capacidad operativa de ambas facciones en Pugna.
Y aquí está lo que casi ningún medio se pregunta con la seriedad que merece. ¿Qué pasa ahora con la plaza de Culiacán? La respuesta, si la historia reciente sirve de referencia, no es tranquilizadora. La muerte de el Texas es cronológicamente la tercera vez en menos de 5 años que un jefe de plaza cae en esa ciudad y las tres veces la estructura no colapsó, se reacomodó.
Alguien más, probablemente ya identificado por los chapitos, aunque no por las autoridades, ocupará ese lugar en cuestión de días o semanas. La pregunta que nadie en los medios formula de manera explícita es si estas operaciones de descabezamiento realmente debilitan a las organizaciones criminales a largo plazo o si simplemente administran la violencia sin resolver las condiciones estructurales que permiten que la plaza siga siendo año tras año un puesto disputado a muerte.
Hay algo más que merece detenerse a pensarlo. Cada relevo violento reinicia el reloj de la impunidad. Mientras las autoridades investigan y arman el expediente contra el sucesor de el Texas, ese sucesor tiene semanas, a veces [música] meses, para consolidar el control del territorio antes de que el Estado vuelva a identificarlo con precisión.
Es un patrón que se ha repetido tres veces seguidas en la misma plaza y nada en el operativo de esta semana indica que la cuarta vez vaya a ser distinta. Detrás de cada cifra de este operativo hay un componente que casi nunca se cuenta. El costo para la vida cotidiana de Culiacán. Detrás de cada vehículo incautado, de cada bloqueo carretero de los últimos 23 meses, hay comerciantes que cerraron sus negocios antes de las 6 de la tarde por miedo a un enfrentamiento.
Hay padres de familia que dejaron de mandar a sus hijos a caminar solos a la escuela. Hay taxistas que memorizaron qué colonias evitar según el día de la semana. La guerra entre Chapitos y Miza no se libra en abstracto. Se libra en las mismas calles donde la gente hace su vida diaria, en los mismos fraccionamientos donde antes del 9 de septiembre de 2024 los vecinos ni siquiera sabían el nombre de quien controlaba su colonia.
El departamento donde murió el Texas está en la torre de Paralela Parque Residencial, un edificio con otras familias viviendo puerta con puerta. vecinos que esa madrugada escucharon disparos de fusil automático a través de las paredes y tuvieron que decidir en segundos si tirarse al piso, meterse a la regadera o intentar salir corriendo hacia la calle.
Nadie en los comunicados oficiales menciona cuántas personas dormían en ese edificio esa noche, ni qué protocolo siguieron las fuerzas armadas para resguardarlas mientras se desarrollaba el enfrentamiento. Es un vacío informativo que se repite en casi todos los operativos urbanos de este tipo y que rara vez alguien exige que se llene.
Hay una dimensión adicional que merece mencionarse, aunque los medios nacionales casi nunca la desarrollan. El impacto económico acumulado de casi 2 años de guerra interna sobre los negocios formales de Culiacán. Cámaras empresariales locales han reportado de manera reiterada desde finales de 2024 cierres de comercios, cancelación de inversiones y fuga de capital hacia otras ciudades del país.
Una economía que durante décadas convivió con el narcotráfico de forma casi silenciosa. Hoy enfrenta una violencia demasiado visible para ignorarse. Y eso tiene un costo que no aparece en ningún comunicado de la Secretaría de Seguridad, pero que sí aparece mes tras mes en los cierres de locales comerciales por toda la ciudad.
Hay otro nombre que conviene tener presente al cerrar esta historia, aunque pertenezca a un frente distinto del país, Juan Carlos Valencia González, alias el 03, identificado semanas atrás por el gobierno de Estados Unidos como probable sucesor al mando del cártel Jalisco Nueva Generación tras la muerte de El Mencho con una recompensa de hasta $,000 ofrecida por información que lleve a su captura.
No hay evidencia de que exista coordinación operativa entre esa organización y la disputa interna del cártel de Sinaloa en Culiacán, pero el patrón es el mismo en ambos frentes. La muerte o captura de un líder no cierra el expediente de violencia de una organización. abre uno nuevo con un nombre distinto al frente. García Harfuch aseguró que el armamento de comisado representa un debilitamiento logístico directo para la estructura operativa de los chapitos en Sinaloa y que las autoridades mantendrán los patrullajes e inspecciones en los accesos de la ciudad para evitar
represalias de células aliadas. Es una promesa que se repite después de cada operativo de este tipo. La pregunta que queda abierta, la que ningún funcionario ha respondido todavía, es ¿cuántas veces más tendrá que repetirse esa misma promesa antes de que Culiacán deje de tener cada 14 o 18 meses un nuevo nombre al que aprenderse.
El siguiente jefe de plaza, el siguiente operativo, el siguiente enfrentamiento con fuego real en una zona residencial. Hay una última pregunta que las autoridades no han contestado y que probablemente no contestarán en ningún comunicado oficial. ¿Cuántos de los cuatro detenidos en ese estacionamiento eran en realidad piezas menores de la estructura halcones, jóvenes chóeres, encargados de resguardo y no los verdaderos operadores que sostienen financieramente a los menores? La experiencia de operativos similares en Culiacán sugiere que los
golpes más visibles rara vez tocan a quienes manejan el dinero, tocan a quienes están más cerca de la línea de fuego. Por ahora lo único seguro es que la plaza de Culiacán vuelve a estar vacante. Y en esa ciudad, desde hace 23 meses, un lugar vacante nunca permanece así por mucho tiempo. Oh.