De esa doble estirpe surgió una mirada particular sobre el mundo. Se ha dicho de Aldus Haxley que contemplaba la realidad, por un lado, con la fría objetividad del científico y, por otro, con la simpatía imaginativa del artista. El lado Arnold lo hacía profundamente sensible al pasado, a su belleza y a su sabiduría.
El lado Hxley lo empujaba a responder al mundo nuevo con un interés y una comprensión intensos. Ciencia y arte, razón y sensibilidad convivían en él desde el principio, y esa tensión interior habría de marcar cada página que escribiría más adelante. Aldus fue el tercero de los hijos varones. Por delante de él estaban Julián, 7 años mayor, que llegaría a ser un científico célebre como su abuelo, y Trevenen, al que llamaban cariñosamente Tref, 5 años mayor.
Cuando Aldus tenía 5 años, nació una hermana, Margaret. La casa de los HXley era un hogar donde la conversación, los libros y las ideas formaban parte del aire que se respiraba. Desde muy pequeño, Aldus fue visto como alguien diferente. Sus propios hermanos le pusieron un apodo insólito. Lo llamaban Ogro. El nombre no tenía nada de cruel.
Nacía de un rasgo físico llamativo. El niño poseía una cabeza tan enorme, tan desproporcionada respecto al resto de su cuerpo, que no logró caminar hasta los dos años. sencillamente porque el peso de aquella cabeza lo hacía tambalearse y caer. Aquel detalle casi cómico se convirtió en leyenda familiar y sin embargo, tras la broma se escondía algo que los mayores percibían con una mezcla de asombre y desconcierto.
Aquí surge el enigma que rodeó su infancia. ¿Por qué la familia entera estaba convencida de que aquel niño pertenecía a un orden distinto de los demás? Su hermano Julián dejó un testimonio revelador. Estaba convencido, escribió, de que su hermano pequeño poseía una suerte de superioridad innata, de que se movía en un plano del ser diferente al del resto de los niños.
Y añadió algo aún más preciso. Aquella percepción despertó cuando Aldus tenía 5 años y él mismo, Julián, era ya un muchacho de 12 en la escuela preparatoria. Y esa impresión, dijo, permaneció durante el resto de su vida. La escena de la ventana, la palabra piel pronunciada en voz baja, no era un episodio aislado. De niño, Aldus pasaba largo rato simplemente sentado, quieto, contemplando lo que él mismo llamaba la extrañeza de las cosas.
Mientras otros niños corrían y jugaban, él permanecía absorto, como si el mundo cotidiano encerrara para él un misterio inagotable que merecía ser observado sin prisa. No era retraimiento enfermizo ni tristeza, era otra cosa, una capacidad temprana y desconcertante para mirar lo ordinario como si fuera un prodigio.
El contexto de la época ayuda a entender aquella infancia privilegiada. La Inglaterra en la que creció Aldus vivía un largo periodo de paz y de aparente prosperidad. Nuevas invenciones hacían la vida más agradable. Pocos años antes de su nacimiento se habían inventado el teléfono, el motor de combustión, la bombilla eléctrica.
Siendo él un niño pequeño, aparecieron el telégrafo sin hilos y las primeras cámaras fotográficas con película recambiable. El mundo parecía acelerarse y todo invitaba a creer en el progreso indefinido. Aldus, hijo de aquel tiempo optimista, absorbió esas ideas con la naturalidad de quien no conoce otra cosa. Cuando el niño tenía 7 años, la familia se trasladó a apenas dos millas de su lugar de nacimiento, a un lugar llamado Priors Field, donde su madre fundó la escuela para niñas.
Allí comenzó Aldu su educación. Pero en el otoño de 1903, cuando contaba 9 años, fue enviado a un colegio preparatorio llamado Hillside. Su primo Hervas, compañero constante de aquellos años, dejó un retrato precioso del niño. Aunque los alumnos eran tratados con dureza por el maestro, Aldos, según su primo, poseía la llave de una fortaleza interior inviolable, un refugio propio en el que podía encerrarse, apartado de las penalidades y miserias de la vida escolar.
A diferencia de la mayoría de los muchachos, Aldos nunca perdía el dominio de sí mismo, ni se dejaba arrastrar por emociones violentas. Su primo escribió una frase que lo define con exactitud: “Era imposible reir con él.” Aquella serenidad, aquel dominio de sí a una edad tan temprana formaba parte del mismo enigma.

El niño que respondía piel mirando por la ventana era también el niño que sabía retirarse a un mundo interior donde nada externo podía alcanzarlo. Fue en aquella escuela donde Aldous empezó a conocer la obra de William Shakespeare, el autor que lo acompañaría durante toda su vida y que ocuparía un lugar central en su novela más célebre.
A los 12 años interpretó el papel del mercader en una representación escolar. Lo hizo con talento, según recordaba su primo, que el público se conmovió hasta las lágrimas. Ya entonces tenía una voz singularmente atractiva que prestaba dignidad y autoridad a sus palabras y que revelaba una comprensión y una sensibilidad impropias de su edad.
Así se resuelve en parte el enigma de aquella infancia. La familia no se equivocaba al intuir que Aldous era distinto. No se trataba de un don sobrenatural ni de un misterio inexplicable, sino de algo más concreto y más humano. La confluencia excepcional de dos herencias, la científica y la artística, en un mismo niño, dotado de una curiosidad insaciable y de una capacidad rara para contemplar el mundo.
El pequeño de la cabeza enorme, el que llamaban ogro, el que miraba por la ventana pensando en la piel de las cosas. llevaba dentro ya en germen, al hombre que sería un observador crítico de las costumbres, las ideas y los ideales de su tiempo. Un espíritu que uniría, como pocos, la lucidez del pensador y la imaginación del poeta.
Pero aquella infancia serena, protegida por la fortaleza interior, que tan pronto había aprendido a construir, estaba a punto de quebrarse. La vida se disponía a golpear a Aldos Huxley con una dureza que pondría a prueba, hasta el límite, toda su entereza. Una mañana de invierno, un muchacho permanece acostado en su cama, en una habitación helada, con las manos escondidas bajo las mantas.
Su primo Gervas entra a verlo y lo encuentra encogido, inmóvil, con los ojos cubiertos por una venda negra. Preocupado por aquella postura, el primo se acerca, pero el muchacho, lejos de quejarse, sonríe y le dice algo que Gerbas no olvidaría jamás. Existe una gran ventaja en el braile, le comenta con humor.
Se puede leer en la cama sin que se te enfríen las manos. Aquel joven ciego que acababa de perder casi por completo la vista bromeaba sobre su desgracia mientras leía novelas con las yemas de los dedos bajo las sábanas. Para comprender el alcance de aquella escena, hay que retroceder unos años y situarse en el corazón de una adolescencia marcada por la pérdida.
Entre 1908 y 1914, en apenas 6 años, la vida golpeó a Aldus Haxley con una dureza que habría bastado para destruir a cualquiera. Tres desgracias sucesivas, cada una más grave que la anterior, cayeron sobre el muchacho en el umbral mismo de su juventud cuando apenas empezaba a construir su lugar en el mundo. El primer golpe llegó en 1908.
Aldus tenía 14 años y acababa de ingresar en el colegio de Eton, una exclusiva institución para varones con la intención de estudiar biología y llegar a ser médico. Pocas semanas después de comenzar el curso, su madre, Julia, a quien amaba profundamente, murió de cáncer. La pérdida fue devastadora.
En su lecho de muerte, Julia escribió una carta a su hijo que él conservaría durante el resto de su vida. En ella le dejaba un consejo que se convertiría en una brújula moral. juzga menos y ama más. Aquella muerte no solo arrebató al muchacho a su madre, significó además la disolución del hogar. Décadas más tarde, la hermana de Aldus describió la magnitud del desastre con palabras estremecedoras.
Perdí a mi madre, mi casa, mi colegio, la vida en el campo y a mi institutriz. Todo de un solo golpe, dijo. Pocos meses después de la muerte de su esposa, Leonard Haxley se trasladó a Londres. a una vivienda de soltero donde sus hijos rara vez pasaban tiempo. El niño que había construido tan pronto una fortaleza interior veía ahora cómo se derrumbaba el mundo exterior que la rodeaba.
El segundo golpe, aún más cruel para sus aspiraciones, llegó poco más de 2 años después. En el invierno de 1911, una infección atacó los ojos del joven aldus. Una bacteria destruyó la córnea de uno de sus ojos y comenzó a nublar el otro. La ceguera descendió sobre él y al principio se creyó completa y definitiva. Durante casi año y medio vivió sumido en la oscuridad detrás de una venda negra, aprendiendo, como él mismo diría, a ser ciego.
La enfermedad, diagnosticada como una grave inflamación de la córnea, lo obligó a abandonar Iton y a renunciar para siempre a su sueño de convertirse en médico. Aquí se abre el enigma que recorre toda esta etapa de su vida. Un adolescente que en 6 años pierde a su madre. La vista y su vocación tendría motivos de sobra para hundirse en la amargura.
Y sin embargo, su hermano Julian dejó constancia de un hecho asombroso. Aldus nunca se quejó. La pregunta que desconcierta a quienes se asoman a esta historia es sencilla y profunda. ¿Cómo logró aquel muchacho no solo resistir, sino transformar la desgracia en algo distinto, en una fuerza interior que lo acompañaría siempre? La respuesta empieza a dibujarse al observar lo que hizo durante aquellos meses de tinieblas.
En lugar de rendirse, Aldus se puso aprender. Se enseñó a sí mismo a leer en braile y a escribir en una pequeña máquina portátil. Aprendió a tocar el piano de una manera ingeniosa y conmovedora. Primero colocaba una mano sobre la página en braile y la otra sobre las teclas. Luego invertía la operación leyendo con la derecha y aprendiendo a tocar con la izquierda hasta que se sabía ambas partes de memoria.
La música se convirtió en uno de los refugios de aquel joven privado de la vista. No se conformó con eso. Viajó a Alemania para estudiar música y aprender el idioma alemán. Vivió también en Francia, donde adquirió un excelente acento francés. En plena oscuridad, cuando muchos habrían renunciado a todo proyecto, Aldos Kaxley ensanchaba su mundo interior, acumulaba lenguas, conocimientos y experiencias.
La ceguera, que podría haberlo encerrado, lo empujó paradójicamente a explorar territorios nuevos del espíritu. El contexto de la época conviene tenerlo presente. Aquella Inglaterra anterior a la Gran Guerra vivía todavía sus últimos años de aparente serenidad. Los jóvenes de la clase de Aldos se preparaban para carreras brillantes, ajenos a la tormenta que se avecinaba.
Mientras sus compañeros disfrutaban de una vida despreocupada, el joven Haxley libraba una batalla silenciosa contra su propio cuerpo, contra la penumbra que amenazaba contragárselo. Lentamente, con el paso de los meses, recuperó algo de visión en el ojo izquierdo. Nunca sería una visión plena. Su vista permanecería gravemente dañada durante décadas, pero fue suficiente para seguir adelante.
Aquella recuperación parcial le permitió en octubre de 1913 ingresar en el Vallege de la Universidad de Oxford. Roto ya su sueño de la medicina, se decantó por el estudio de la literatura inglesa y en ese cambio de rumbo impuesto por la desgracia se encuentra una de las claves de su destino. De no haber perdido la vista, quizás el mundo habría ganado un médico competente y perdido a uno de los grandes escritores del siglo XX.
La enfermedad que tanto le arrebató lo condujo sin quererlo hacia las letras. El primer año en Oxford fue, pese a todo, un tiempo feliz. Su hermano Trev permaneció allí realizando estudios de posgrado en parte para acompañar y proteger a su hermano menor. Entre ambos existía un vínculo especialmente estrecho.
Trev había tutelado y cuidado a Aldus durante los años difíciles, una relación de afecto y amparo que siguió intacta incluso después de que su padre volviera a casarse. La habitación de Aldus en Oxford se convirtió en centro de reunión de jóvenes brillantes, atraídos, según se decía, por el imán de su mente, la curiosidad de sus gustos y su amabilidad sencilla y sin afectación.
Pero el destino guardaba todavía un tercer golpe, quizás el más doloroso de todos. Ocurrió justo antes de que Aldus comenzara su segundo curso en Oxford. Su hermano Trev, aquel muchacho encantador, cariñoso y talentoso que tanto lo había protegido, se quitó la vida. Trev había caído en una grave crisis nerviosa provocada por una acumulación de reveses, el exceso de trabajo, una calificación inferior a la excelencia en sus exámenes finales, el fracaso en unas oposiciones y un amor por una joven que, según los rígidos
códigos de su clase social no se consideraba adecuada. El 23 de agosto de 1914, Trev se ahorcó de un árbol. La manera en que Aldus interpretó aquella tragedia revela mucho de su carácter. No vio en la muerte de su hermano un acto de debilidad, sino extrañamente un gesto de nobleza. Escribió a su primo Gerbas unas palabras que dejan entrever la profundidad de su dolor y también su modo peculiar de comprenderlo.
Es precisamente lo más alto y lo mejor de Trev, sus ideales, lo que lo ha empujado a la muerte, afirmó. Trev no era fuerte, añadió, pero tuvo el valor de afrontar la vida con ideales y sus ideales fueron demasiado para él. En aquella frase se adivina a un joven que trataba de encontrar sentido incluso en lo más terrible.
Así se resuelve, al menos en parte, el enigma de esta etapa. La entereza de Aldus Haxley no nació de la insensibilidad ni de la frialdad. El muchacho que bromeaba con el braile bajo las mantas no ignoraba el dolor. Simplemente había aprendido desde muy niño a construir en su interior aquella fortaleza inviolable de la que hablaba su primo.
La pérdida temprana de la madre, la ceguera y el suicidio del hermano querido convirtieron el tema de la desilusión y el desengaño, tan propio de la literatura posterior a la gran guerra en una experiencia personal e íntima para él. No era una idea aprendida en los libros, era una herida real. vivida en carne propia. Quienes lo conocieron en Oxford y en los años siguientes quedaban deslumbrados por su brillantez intelectual, su encanto en la conversación, su vasta erudición, pese al impedimento físico y su ingenio burlón.
Pero detrás de aquellos fuegos artificiales del intelecto latía algo más hondo. No la mera idea de la futilidad y la pérdida, sino la experiencia auténtica de ambas. Aldus Hxley había mirado de frente el abismo antes de cumplir 21 años. Y de aquel encuentro salió, contra todo pronóstico, no destruido, sino intensamente vivo, con una vida interior que ninguna oscuridad externa podría ya arrebatarle.
Un joven de 22 años trabaja en el campo vestido con unos pantalones de montar de color medias claras y una chaqueta de pana marrón oscuro. Se mueve entre las tareas de la granja con un aire ausente, casi soñador, que a las mujeres de la casa les resulta absurdamente romántico y hermoso. Su vista es tan deficiente que apenas distingue lo que tiene delante y sin embargo, su presencia llama la atención de todos.
Aquel muchacho alto y desgarbado, que parece siempre mirar más allá de las cosas, no ha sido admitido en el ejército por culpa de sus ojos. Mientras Europa se desangra en la Gran Guerra, él recoge la cosecha en una finca inglesa, convencido de estar aportando su modesta contribución al esfuerzo del país.
Para entender cómo llegó Aldus Haxley a aquel campo, conviene detenerse en los años de Oxford. Tras superar las dificultades de su vista, se graduó en 1916 con los máximos honores en literatura inglesa y ganó un prestigioso premio de ensayo histórico. Fue durante su último año en la universidad cuando hizo una amistad que, según los estudiosos de su vida, resultó tan decisiva como provechosa para un joven que deseaba entrar en el mundo literario.
Conoció a Lady Otoline Morrell, una dama singular que presidía un círculo informal de personas brillantes y prometedoras. en su casa solariega de Garton, cerca de Oxford. En aquella mansión, Aldus entró en contacto con las mentes más libres y avanzadas de su tiempo. Allí trabó amistad con figuras como el escritor David Herbert Lawrence, el filósofo Bertrand Russell, la escritora Virginia Wolf y el poeta Thomas Sterns Elliot, entre otros.
Para un joven de curiosidad insaciable, aquel ambiente supuso una educación complementaria de valor incalculable. Se codeaba con novelistas, poetas, filósofos y críticos que discutían con pasión sobre arte, política y el sentido del mundo. Garcington fue para él una segunda universidad más viva y desprejuiciada que las aulas.
El contexto de aquellos años era el de una Inglaterra en guerra. En agosto de 1914, el mismo mes en que su hermano Trev se quitó la vida, Gran Bretaña había declarado la guerra a Alemania. Muchos de los amigos de Aldus se alistaron en el ejército. Él también deseaba servir a su país, pero su vista deficiente lo impedía.
Cuando se presentó, fue rechazado por no ser apto ni siquiera para tareas que no implicaran combate. Aquel rechazo, doloroso para un joven que quería sentirse útil, lo dejó al margen de la gran tragedia de su generación, observándola desde la retaguardia con la mezcla de culpa y lucidez que marcaría su pensamiento pacifista de los años venideros.
En Garington ocurrió además el encuentro que cambiaría su vida íntima para siempre. Allí conoció a una joven refugiada belga llamada María Anis, huida de la guerra que asolaba el continente. Los testimonios de quienes la conocieron la describen como una muchacha pequeña, algo rellena, pero de una belleza que superaba las palabras.
Tenía grandes ojos de un tono azul verdoso, un perfil delicado y ligeramente aguilenio, y el cabello oscuro cortado corto que caía como un casco alrededor de su rostro. Había en ella el aspecto vulnerable e indefenso de una niña en un cuerpo ya maduro. Aldus se enamoró de ella. Aquí surge la incógnita que atraviesa esta etapa de su vida.
Los dos jóvenes se amaban, pero pertenecían a un mundo que se derrumbaba. No tenían dinero para casarse y la guerra amenazaba con separarlos. En efecto, María pronto abandonó Inglaterra para reunirse con su madre y sus hermanas en Europa. La distancia y la incertidumbre se interpusieron entre ellos. La pregunta que quedaba en el aire era si aquel amor incipiente nacido en tiempos tan convulsos, lograría sobrevivir a la separación y a la penuria económica que atenazaba al joven escritor.
Mientras esperaba, la vida de Aldou siguió su curso trabajoso. En 1917 encontró un empleo temporal como maestro en su antiguo colegio de Eton. Era un trabajo que le resultaba aburrido, agotador y solitario. Algunos alumnos, sabedores de su ceguera parcial, se aprovechaban de ella para portarse mal, leer revistas, pasarse notas y charlar durante las clases.
Pero aquellas travesuras no lo perturbaban. Uno de sus antiguos estudiantes dejó un testimonio revelador. Afirmó que Haxley no era un buen profesor en el sentido estricto de la palabra, pero que sí era un educador en un sentido más amplio, porque les mostraba el fascinante hallazgo de un enfoque intelectual libre y sin trabas hacia las cosas.
Entre aquellos alumnos había uno llamado Eric Blair, un muchacho que años después adoptaría un pseudónimo y se convertiría en uno de los grandes escritores del siglo. El mundo lo conocería como George Orwell, autor de una célebre novela sobre el totalitarismo. El interior de Aldus durante aquellos años era el de un hombre profundamente solo, semiciego, apartado de la guerra que definía a su generación, separado de la mujer que amaba, se refugiaba en la lectura, en la música y en la escritura.
Ya había publicado un libro de poemas titulado La rueda ardiente y encajaba con naturalidad entre los escritores, artistas y críticos de espíritu libre. Su condición física, lejos de disminuirlo a ojos de los demás, parecía intensificar su singular aura. Una amiga lo describió con admiración, diciendo que su vista defectuosa acentuaba su majestad, pues parecía contemplar cosas situadas por encima y más allá de lo que veían los demás.
Cuando la guerra terminó en 1918 y los antiguos maestros regresaron a Eton, Aldo se encontró trabajo en Londres escribiendo para una revista. Sintiéndose por fin con cierta seguridad económica, pudo pensar en el futuro que tanto había anhelado. Y así, el 10 de julio de 1919, Aldos Haxley se casó con María Anis. La incógnita quedaba resuelta.
El amor había sobrevivido a la guerra, a la distancia y a la pobreza. Él la llamaba con un cariñoso apodo italiano que significaba más o menos, “Querida mía”. Al año siguiente, el 19 de abril de 1920, nació el único hijo de la pareja, Matthew. La resolución de esta etapa no fue solo el matrimonio, sino el comienzo de una de las relaciones más singulares y duraderas de la vida de Hxley.
María no sería únicamente su esposa. Con el tiempo se convirtió en su ama de casa, su secretaria, su mecanógrafa. y cuando más tarde vivieron en América, la conductora de su coche, pues él nunca pudo conducir por su vista, lo protegía de los pesados, los aduladores y los discípulos ridículos que suelen adherirse a un hombre célebre.
Un amigo de la pareja dejó escrito que María era, a su manera, tan inusual como Aldous y que poseía unas virtudes prácticas que la convertían en la compañera más leal que jamás había conocido. El joven solitario y semiciego de Garington había encontrado al fin no solo una esposa, sino el ancla firme sobre la que construiría toda su obra futura.
Una noche en Londres, María Haxley toma una decisión drástica. Su marido se ha enamorado perdidamente de otra mujer, una figura fascinante y perturbadora del ambiente literario llamada Nancy Kunard. Aldou se comporta de un modo que no reconoce en él y es profundamente desdichado. María observa el naufragio con una serenidad asombrosa.
Aquella noche, cuando su esposo regresa a casa, le comunica su decisión sin dramatismos. se marchará de Inglaterra la mañana siguiente con él o sin él y le corresponde a él decidir. Luego pasa la noche entera haciendo el equipaje sin dormir. Al amanecer, sin haber descansado ni desayunado, con la ropa que llevaban puesta, Aldus y María salen de la casa, se dirigen a la estación y toman el primer tren que sale de Inglaterra.
Van directamente a Italia. Para comprender aquel episodio, hay que situarse en la década de 1920, los años que consagraron a Haxley como escritor. Fue una época de vértigo creativo. Tras el éxito de su primera novela publicada en 1921, Aldus pudo dedicarse por entero a la literatura. Su producción de aquellos años resulta asombrosa.
Publicó varias novelas, numerosos volúmenes de ensayos, libros de viajes y colecciones de relatos, además de artículos en revistas. escribía con una fecundidad y una brillantez que pocos podían igualar y su nombre se difundió con rapidez extraordinaria. Un crítico de la época observó que ningún otro escritor de su tiempo había construido una reputación tan veloz y tan sólida.
Comparada con su ascenso, dijo, “La aceptación de otros grandes autores había sido gradual, casi penosa. Haxley se convirtió en cierto sentido en el escritor de su generación, una generación marcada por el desengaño, el escepticismo y la desorientación que había dejado la gran guerra. Aquellos jóvenes habían perdido la fe en los valores tradicionales y Haxley supo dar voz a su cinismo y a su búsqueda desesperada de nuevos sentidos.
Sus novelas de aquellos años eran las llamadas novelas de ideas. En ellas reunía un grupo de personajes muy elocuentes, artistas, escritores, científicos e intelectuales, y los dejaba conversar. Había poca acción en el sentido estricto. Los personajes se definían por sus actitudes, sus filosofías y sus ideas.
Y Hley los enfrentaba unos a otros con una habilidad demoledora, dejando que se criticaran y se destruyeran mutuamente. El mensaje era inequívoco. Todos, a su manera, resultaban absurdos y el autor se recostaba y sonreía con ironía. Se le veía como un emancipador de las mentes, un héroe que desafiaba los valores heredados y señalaba la hipocresía moral de su tiempo.
En el fondo de aquella brillantez cínica, latía, sin embargo, una paradoja dolorosa. Haxley no defendía el nihilismo, lo padecía. En su universo literario, quienes todavía creían en algo aparecían como ridículos o anticuados, mientras que quienes no creían en nada quedaban sumidos en la desesperación. Él mismo se hallaba atrapado entre el mundo perdido de sus antepasados victorianos, con su sentido y su propósito, y la realidad descarnada de la posguerra, que no había hecho a nadie más feliz. Un crítico lo describió con
acierto, diciendo que Haxley tendía a tirar con más fuerza precisamente del diente que más le dolía. La vida personal de los Haxley durante aquellos años transcurrió en gran parte fuera de Inglaterra. Amaban viajar y a partir de 1923 vivieron por temporadas en Italia y en Francia. Aquel modo de vida errante y libre reflejaba también la libertad de costumbres del círculo intelectual al que pertenecían.
un círculo que consideraba la libertad sexual como un requisito de la vida civilizada. Y es en este punto donde surge la incógnita más íntima de esta etapa. El matrimonio de Aldus y María estuvo marcado por numerosas relaciones extramatrimoniales por parte de ambos. La pregunta que desconcierta a quienes se asoman a su historia es cómo aquella unión sometida a semejantes tensiones no solo sobrevivió, sino que se fortaleció con los años.
La huida a Italia por el asunto de Nancy Kunard ofrece la primera clave. Según una amiga íntima de la pareja, aquella fuga tuvo un propósito muy concreto. Alejar a Aldus de una pasión que amenazaba con destruirlo. María, lejos de reaccionar solo con los celos convencionales, actuó con una tolerancia sabia y una determinación práctica.
En Italia, en apenas dos meses, Aldus escribió una de sus novelas. Según relató la propia María, su marido lo escribió todo, lo sacó todo de dentro y así el asunto quedó zanjado. La escritura se convirtió en el exorcismo de aquella pasión que había estado a punto de arruinar su matrimonio. Las demás relaciones que ambos mantuvieron a lo largo de su vida no amenazaron su unión.
Aldus y María tenían una relación extraordinariamente abierta para su tiempo. Existen testimonios que indican que María, cuando percibía el interés de su marido por otra mujer, llegaba incluso a facilitar el encuentro, convencida de que aquellas distracciones lo beneficiaban, le hacían cambiar de aires y apartaban su mente del trabajo.
Las mujeres se sentían atraídas con facilidad por Haxley, no por una belleza convencional, sino por su magnetismo intelectual. Una amiga lo describió como un hombre de intensa curiosidad, el mayor de todos los conversadores y al mismo tiempo el mayor de todos los oyentes. Existe un episodio que ilustra hasta qué punto era singular aquella pareja.
En una de sus relaciones más insólitas, tanto Aldus como María estuvieron enamorados de una misma mujer y mantuvieron relaciones con ella al mismo tiempo durante años, llegando incluso a organizar que cada uno pasara momentos a solas con ella. Estos aspectos de su vida privada han sido objeto de distintas interpretaciones por parte de sus biógrafos y conviene abordarlos sin juicios apresurados como parte de un modo de entender el matrimonio que rompía con las convenciones de su época.
La resolución de la incógnita se encuentra en la profundidad del vínculo que los unía. A pesar de todas aquellas relaciones, Aldus y María estaban entregados el uno al otro de un modo total. Lo que los mantenía juntos no era la fidelidad entendida al modo tradicional. sino una lealtad más ononda, hecha de complicidad, cuidado mutuo y comprensión absoluta.
María era la compañera más amada de Aldus, pero también la mujer práctica que sostenía su vida cotidiana y protegía su obra. El escritor cínico y brillante que retrataba la vacuidad de su generación había encontrado en su propia casa el único vínculo que resistía a la corrosión del desengaño y aquella base firme le permitiría muy pronto dar el paso que lo convertiría en un nombre inmortal de la literatura universal.
En una casa de la costa mediterránea francesa, en la primavera de 1931, un hombre escribe a una velocidad febril. Página tras página, sin apenas detenerse, da forma a un mundo imaginario situado en un futuro remoto. En 4 meses completará la obra que lo convertirá en un nombre inmortal de la literatura. Lo notable es el momento en que lo hace.
Adolf Hitler no ha llegado todavía al poder en Alemania. Las grandes purgas de Stalin aún no han comenzado y sin embargo, aquel escritor semiciego, encerrado en su estudio de Provenza, está describiendo con espeluznante precisión los mecanismos de las tiranías que definirán el siglo XX. Para entender aquel prodigio de creación, conviene situarse en la vida de Hxley durante los años anteriores.
En 1930, él y María habían comprado una casa en Saní Surmer, en la costa mediterránea del sur de Francia. Allí vivían de manera relativamente sencilla, disfrutando de meriendas al aire libre, visitas de amigos y baños en el mar. Aldos cumplía sus contratos con los editores, que se renovaban constantemente y publicaba ensayos, relatos, poemas y novelas con su fecundidad habitual.
Fue en aquel entorno luminoso, paradójicamente donde concibió su visión más sombría. La obra se llamaría Un mundo feliz, título tomado de una comedia de William Shakespeare. La tempestad. Haxley explicó a un amigo la naturaleza de su proyecto con palabras muy claras. Estoy escribiendo una novela sobre el futuro, dijo, sobre el horror de la utopía y una rebelión contra ella.
El blanco de su crítica era una idea muy extendida en su tiempo, defendida por escritores como Herbert George Wells, amigo tanto de Aldus como de su hermano Julian. Wells había popularizado la creencia de que el progreso técnico conduciría a un futuro glorioso, a una sociedad perfecta gobernada por la ciencia.
Aquí surge la incógnita que rodea la génesis de la novela. ¿Cómo pudo un hombre anticipar antes de que ocurrieran los rasgos del totalitarismo del siglo XX? La respuesta desconcierta a muchos porque no reside en un don profético sobrenatural. Haxley mismo insistió en que su libro no era, en el fondo, una predicción sobre dictadores concretos, sino un análisis despiadado de tendencias que ya estaban presentes en su propia época.
Como observó el escritor George Orwell, antiguo alumno suyo, la novela era una brillante caricatura del presente. Haxley no inventaba el futuro. Usaba la lente del tiempo venidero para descubrir mejor las enfermedades latentes del aquí y ahora. El contexto de aquellos años ilumina su preocupación. Haxley había asistido con creciente alarma al triunfo de la producción y el consumo en masa.
veía como la mecanización del trabajo y del ocio reducía a los seres humanos a la condición de piezas intercambiables. Estaba convencido de que uno de los mayores problemas del mundo moderno era que las personas renunciaban de buen grado a su libertad y a su humanidad esencial a cambio de comodidad y placer.
Aquella entrega voluntaria y no la imposición violenta era lo que verdaderamente le aterraba. La distinción entre su visión y la de Orwell resulta esclarecedora. En la célebre novela de Orwell, las masas son forzadas a la obediencia mediante un estado policial gobernado por un dictador brutal.
En la de Haxley, en cambio, los ciudadanos entregan su libertad de manera voluntaria porque han sido condicionados para amar su servidumbre. Haxley consideraba profundamente importante la obra de su antiguo alumno, pero pensaba que su propia visión era una profecía más artera. Escribió que en su opinión la oligarquía gobernante encontraría maneras menos arduas y menos derrochadoras de gobernar y que esas maneras se parecerían a las que él había descrito en un mundo feliz.
El propio Haxley describió su libro a su padre en términos reveladores. Lo definió como una novela cómica o al menos satírica. sobre el futuro, que mostraba el horror de la utopía y esbozaba los efectos de invenciones deológicas entonces imaginables, entre ellas mencionaba la producción de niños en frascos con la consiguiente abolición de la familia, la prolongación de la juventud y la invención de un sustituto inofensivo del alcohol y las drogas.
Todo ello en el marco de una paz, una seguridad y una estabilidad universales impuestas mediante el condicionamiento de todos los individuos desde antes de nacer. En su foro interno, Haxley trabajaba movido por un temor profundo. No era enemigo de la ciencia en sí misma. Lo que le horrorizaba era el uso que gobernantes poderosos podían hacer de los avances de la biología, la fisiología y la psicología.
En el prólogo que escribiría años después para su novela, precisó que el tema no era el progreso de la ciencia como tal, sino el progreso de la ciencia en la medida en que afecta a los individuos humanos. Le interesaban las ciencias de la vida porque podían provocar una revolución auténtica, una transformación operada en las almas y en la carne de los seres humanos.
La premisa central de la obra la formuló con claridad estremecedora. Un estado totalitario verdaderamente eficaz, afirmó, sería aquel en el que los todopoderosos dirigentes políticos y su ejército de gestores controlaran a una población de esclavos que no necesitaran ser coaccionados porque amaran su servidumbre. Esa era la pesadilla que Haxley veía asomar en el horizonte de la civilización moderna, un mundo donde la opresión no necesitara cadenas ni látigos, porque los propios oprimidos habrían sido moldeados para desear precisamente aquello que los
esclavizaba. La resolución de la incógnita se encuentra, pues, en la naturaleza misma del método de Hxley. No adivinó el futuro por inspiración misteriosa. Lo dedujo con la fría objetividad heredada de su estirpe científica a partir de la lógica implacable del mundo que lo rodeaba. Vio hacia dónde conducían la producción en masa, el consumo desenfrenado, el culto a la eficiencia y la fe ciega en la técnica y llevó esas tendencias hasta sus últimas consecuencias.
Por eso su visión escrita antes de las grandes tiranías del siglo resultó tan certera. No describía un mundo lejano e imposible, sino la sombra que ya proyectaba al presente. Aquellas páginas escritas en 4 meses junto al Mar de Provenza encerraban una advertencia que las décadas posteriores no harían sino confirmar.
Un grupo de estudiantes recorre las instalaciones de un enorme edificio, guiados por un director que les explica con orgullo los prodigios del mundo moderno. Se detienen ante una larga cadena de montaje. Allí, en frascos de cristal, crecen los embriones humanos producidos de manera eficiente como en una fábrica.
Nadie nace ya del vientre de una madre. Los niños se fabrican, se condicionan químicamente y se destinan desde antes de existir a ocupar un lugar preciso en la sociedad. La palabra decantar ha sustituido a la palabra nacer. Los futuros ciudadanos son raciones de materia orgánica que la ciencia moldea según las necesidades del Estado.
La sociedad que Hax le imaginó se sitúa en un futuro lejano en el año 632 después de Ford. La era comienza con la introducción del primer automóvil de Henry Ford, el industrial norteamericano que revolucionó la producción mediante la cadena de montaje moderna. En este mundo, Ford ha ocupado el lugar de Dios. La religión ha sido reemplazada por el culto a la técnica y al consumo.
Los habitantes dicen señor Ford, donde antes se decía señor, y trazan sobre sí mismos el signo de la letra T en recuerdo del célebre modelo de coche allí donde antes se trazaba la señal de la cruz. El sistema social se sostiene sobre un rígido sistema de castas fijado desde antes del nacimiento. Los embriones se separan en cinco grupos.
En la cúspide están los alfa y los beta, los seres superiores, inteligentes y capaces. Por debajo se hallan los gamma, los delta y los épsilon, condenados a la inferioridad. Para crear a los grupos elevados se selecciona el mejor material biológico y se le proporciona un cuidado esmerado. A los inferiores, en cambio, se les administra alcohol y otras sustancias durante su desarrollo para garantizar su torpeza.
Se fabrican en serie mediante un procedimiento que produce numerosos gemelos idénticos, seres iguales destinados a realizar trabajos iguales. Aquí se plantea la incógnita que atraviesa toda la novela. Si aquellos seres han sido diseñados para ser inferiores y para realizar tareas serviles, ¿cómo consigue el sistema que acepten su destino sin revelarse? La respuesta constituye el hallazgo más inquietante del libro.
No se les obliga por la fuerza. Se les enseña a amar aquello que les ha tocado. El secreto de la felicidad y de la virtud, se afirma en la obra, consiste en que aún no le guste lo que está obligado a hacer. Ese es el verdadero prodigio del mundo feliz y también su verdadero horror. El condicionamiento comienza en la primera infancia y se prolonga durante el sueño mediante una técnica de enseñanza que graba lecciones en la mente dormida de los niños.
Así se les inculca la conciencia de clase. A los niños beta, por ejemplo, se les repite que los niños alfa visten de gris y trabajan mucho más que ellos porque son terriblemente inteligentes, pero que ellos, los beta, se alegran de no trabajar tanto y que, además, son mucho mejores que los gama, los delta y los épsilon, a quienes se describe como estúpidos.
De este modo, cada casta aprende a estar satisfecha de su condición y a despreciar a las inferiores. Los lemas del estado se repiten hasta grabarse en el alma de los ciudadanos. Comunidad, identidad, estabilidad, proclama la divisa oficial. Todos pertenecen a todos, se enseña, aboliendo así los vínculos exclusivos del amor y de la familia.

Todos trabajan para todos y como todos son necesarios, todos son felices. Ahora se condiciona a las personas para que gasten sin cesar en objetos nuevos en lugar de reparar los viejos. Colemas que afirman que tirar es mejor que remendar. La economía exige un consumo perpetuo y el consumo perpetuo se garantiza moldeando los deseos desde la cuna.
La estabilidad emocional se logra suprimiendo las pasiones. Para ello existe una droga llamada soma, repartida de manera gratuita y abundante. Un lema afirma que un gramo es mejor que una maldición, animando a los ciudadanos a tomar la sustancia para disolver cualquier sentimiento hostil o triste. El soma, descrito como el instrumento más poderoso en manos de los gobernantes, permite huir de cualquier realidad desagradable hacia un mundo de placidez artificial.
A ello se suman las diversiones incesantes, los espectáculos, los juegos y una libertad sexual promovida por el Estado, pues el placer sin apego mantiene contentas a las masas sin poner en peligro el orden. En medio de este mundo aparece la figura que encarna la rebeldía. Es un joven llamado John, criado fuera de la civilización en una reserva donde aún sobreviven las viejas costumbres.
John ha aprendido a leer y conoce la obra de William Shakespeare, que se convierte en el símbolo del espíritu humano frente a la técnica desumanizada. Enfrentado a la vacuidad del mundo feliz, John sostiene un debate memorable con uno de los 10 controladores mundiales, Mustafá Mond. En aquella conversación se condensa el sentido último de la novela.
El controlador defiende el sistema con argumentos lúcidos. Reconoce que se ha sacrificado el arte, la ciencia auténtica, la religión y la libertad, pero sostiene que ese es el precio de la estabilidad y de la felicidad universal. La verdad y la belleza, afirma, no pueden mantener las ruedas girando. La producción en masa exigió el cambio de valores.
John, en cambio, rechaza aquella felicidad hecha de renuncias. Reclama el derecho a la incomodidad, al dolor, al peligro. Quiero a Dios, proclama, quiero poesía. Quiero peligro real, quiero libertad, quiero bondad, quiero pecado. Cuando el controlador le advierte que está reclamando el derecho a ser desdichado, John responde sin vacilar que reclama todo eso.
En ese diálogo se resuelve la incógnita central del libro. El mundo feliz no es una utopía, sino su reverso exacto. Ha alcanzado la estabilidad y una forma de dicha, pero al precio de todo lo que hace humana la vida. Ha eliminado la guerra, el hambre y la enfermedad, pero también el arte verdadero, el pensamiento libre, el amor profundo y la posibilidad misma de elegir.
Los ciudadanos son felices porque han sido despojados de la capacidad de imaginar una vida distinta. Saxley planteaba así, con inquietante lucidez, la pregunta que recorrería el resto del siglo. Si la felicidad exige renunciar a la libertad y a la conciencia, esa felicidad merece verdaderamente el nombre de felicidad. Su respuesta encarnada en la trágica figura de John señalaba que una humanidad sin libertad deja de ser humanidad, por muy contenta que se sienta.
Cuatro hombres uniformados irrumpen en la casa de los Kxley, en la Italia de mediados de la década de 1920. Se abren paso por la fuerza y exigen registrar la vivienda. No hay orden ni motivo claro, solo la arrogancia de un poder que se siente por encima de la ley. Para Aldos y María, el episodio supone una revelación brutal. Comprenden de golpe que viven bajo un régimen fascista.
Aquel allanamiento cambia la percepción que el escritor tenía de la situación política de Europa y siembra en él una alarma que ya no lo abandonaría. El contexto de aquellos años era de creciente inestabilidad en todo el continente. Tras la gran guerra, las viejas artezas se habían derrumbado y los regímenes autoritarios ganaban terreno.
En Italia, un gobierno fascista dirigido por Benito Mussolini se había instalado en el poder. Al principio, los Huxley, como muchos, habían contemplado a los fascistas más como bufones de opereta que como la avanzadilla de una ideología siniestra. El registro de su casa disipó aquella ilusión. Haxley pasó a considerar el régimen fascista como algo perverso, estúpido y fantásticamente incompetente, un gobierno peor, mucho peor que una democracia por muchas desigualdades e hipocresías que esta arrastrara.
A comienzos de la década de 1930, el panorama se ensombreció aún más. En Alemania, Adolf Hitler alcanzó el poder en 1933, decidido a borrar la humillación de la derrota y a reclamar los territorios perdidos. Convirtió a los judíos en chivos expiatorios, les arrebató sus libertades civiles y promulgó leyes racistas que prohibían los matrimonios entre judíos y no judíos.
Haxley, que en un primer momento había observado Alemania con cierta distancia, no permaneció indiferente. Le indignaba que en la Alemania de Hitler se tratara a los judíos como si pertenecieran a una especie de animales inferiores. Aquí surge la incógnita que define esta etapa de su vida. Haxley se había convertido en una figura destacada del movimiento pacifista, convencido de que la guerra era siempre, en cualquier causa y circunstancia, un mal que solo engendraba nuevos males.
Pero a medida que Hitler crecía y la contienda se aproximaba, muchos se preguntaban si aquel pacifismo no era una forma de ingenuidad peligrosa. ¿Cómo podía un hombre tan lúcido creer que la meditación espiritual bastaría para detener a los ejércitos que se armaban en Europa? Y sobre todo, ¿qué haría cuando la tormenta estallara al fin? La convicción pacifista de Haxley se fundaba en una idea que había desarrollado a fondo en sus ensayos.
Sostenía que los medios determinan los fines y que, por tanto, no se podía alcanzar la paz mediante la guerra. Combatir el fascismo con sus mismas armas, pensaba, convertiría inevitablemente a las sociedades occidentales en algo más parecido al propio fascismo. En 1935 se unió a una organización pacifista, dio conferencia sobre la filosofía y la práctica de la no violencia y publicó un panfleto en defensa de la paz.
Creía que si los individuos aprendían a conectar con una realidad espiritual mediante la meditación, las guerras acabarían por desaparecer. Su compromiso no se limitó a las palabras. Junto a su hermano Julián, Haxley emprendió una campaña para ayudar a los judíos perseguidos por el régimen nazi.
Cuando el gobierno británico intentó impedir ciertos matrimonios que permitían a mujeres judías alemanas permanecer en Inglaterra como ciudadanas, los dos hermanos movilizaron todas las fuerzas a su alcance para impedir aquel abuso de autoridad. Estaban decididos a evitar que las víctimas fueran arrojadas de nuevo a las manos de los nazis.
En aquella lucha, el pensador abstracto se convirtió en un hombre de acción concreta, movido por la indignación moral. En su fuera interno, sin embargo, Haxley libraba una batalla más honda. Observaba con desaliento como la sociedad, lejos de progresar, degeneraba en una serie de mentalidades de masa. El fascismo en Italia y Alemania, el comunismo y la Unión Soviética, ofrecían al individuo un consuelo a cambio de un precio demasiado alto.
Le concedían la libertad de no tener que elegir en lugar de la libertad de elegir. Aquellos regímenes, pensaba Hxley, empoderaban a tiranos y ahogaban lo más valioso del ser humano, su capacidad de decidir por sí mismo y de buscar la verdad. Muchos de sus antiguos compañeros pacifistas fueron cambiando de opinión a medida que la amenaza se hacía evidente.
Comprendieron que los regímenes fascistas debían ser detenidos y que la paz, tal como ellos la habían soñado, ya no parecía posible. Cuando Haxley publicó su panfleto en defensa de la paz, recibió críticas severas. Algunos argumentaron contra lo que consideraban un idealismo ciego y le reprocharon que propusiera ejercicios espirituales cuando el mundo se encaminaba hacia la catástrofe.
Pero Hxley no se dejó disuadir. Comenzó a escribir una novela y organizó una gira de conferencias en los Estados Unidos para defender la causa de la paz. En 1937, mientras la situación en el continente europeo empeoraba, los Haxley tomaron una decisión trascendental. Cruzaron el Atlántico para que Aldus pudiera dar sus conferencias pacifistas junto a su amigo Gerald Herd y una vez en América resolvieron establecerse de forma permanente en California.
Aquella marcha en vísperas de la guerra fue interpretada de maneras muy distintas. Para algunos, el profeta del pacifismo abandonaba cobardemente el barco que se hundía. Para otros, se trataba de un hombre coherente con sus principios, que se negaba a participar en una contienda que consideraba, por naturaleza un mal absoluto.
La resolución de la incógnita reside precisamente en esa coherencia. Haxley no abandonó sus convicciones ante la tormenta, las llevó hasta sus últimas consecuencias. permaneció fiel a la idea de que no se puede combatir la guerra con la guerra, aún a costa de ser malinterpretado y despreciado, y al mismo tiempo dirigió su mirada hacia dentro, hacia esa realidad espiritual que consideraba el único fundamento sólido de la paz.
El traslado a los Estados Unidos no fue una rendición, sino un giro. Marcaba el comienzo de una nueva etapa en la que el satírico brillante y el pacifista militante se transformarían poco a poco en un buscador de lo trascendente. La tormenta que se avecinaba sobre Europa encontró a Haxley resuelto a no traicionar su conciencia, fiel hasta el final a la convicción de que el verdadero cambio debía comenzar en el interior de cada ser humano.
Al otro lado de la línea telefónica, una voz cargada de angustia rechaza una fortuna. La escritora Anita Los ha conseguido ofrecer a Haxley un trabajo espléndido en la industria del cine con un sueldo de $500 a la semana. Una suma extraordinaria para la época. Pero Aldu se resiste. “Sencillamente no puedo aceptar todo ese dinero por trabajar en un estudio agradable”, dice profundamente afligido.
“Mientras mi familia y mis amigos se mueren de hambre y son bombardeados en Inglaterra, hay un largo silencio en el aparato.” Entonces interviene María, que ha escuchado la conversación, y con una sencillez desarmante pregunta a la amiga qué harían ellos sin ella. La solución llegará de su mano. Para comprender aquel dilema, conviene situarse en la nueva vida de los HXley en América.
En 1938, la familia se instaló en Los Ángeles, en California. La decisión resultó acertada por muchos motivos. El aire limpio de aquella ciudad, entonces libre de la contaminación que la ahogaría décadas después y su sol brillante mejoraron la vista de Aldus, que contaba ya 43 años. El clima seco benefició además sus delicados pulmones.
El hombre que había vivido casi ciego, recuperaba en la Luz de California una parte de su mundo perdido. El entorno social que encontraron fue deslumbrante. María y Aldus se integraron en un círculo selecto compartiendo meriendas al aire libre con actores célebres como Greta Garbo y Charlie Chaplin. Conocieron a otras figuras del cine.
Trabaron amistad duradera con el escritor Christopher Ierwood y con el famoso astrónomo Edwin Hubble. El hombre que demostró que el universo se expande. Renovaron también su vínculo con la avionista Anita Luz y con el gran novelista Thomas Man. Aquel mundo de estrellas y científicos era un terreno fértil para la curiosidad insaciable de Haxley.
Aquí surge la incógnita que define esta etapa de su vida. Un hombre que durante dos décadas había despreciado el cine con feroz sarcasmo, que había ridiculizado al industrial Henry Ford hasta convertirlo en el falso dios de su mundo imaginario, terminaba trabajando como vionista en la meca del cine. La contradicción parecía flagrante.
¿Cómo pudo el satírico implacable de la producción en masa convertirse en un engranaje de aquella misma maquinaria? ¿Y qué transformación se estaba operando al mismo tiempo en su interior? La respuesta al dilema económico la dio María con su habitual sentido práctico. La amiga sugirió que Aldus aceptara aquellos $2500 y enviara la mayor parte a Inglaterra.
Tras un largo silencio, la solución quedó adoptada. Haxley aceptó el trabajo y otros similares. Escribió guiones para películas basadas en obras célebres, entre ellas una adaptación de la novela Orgullo y prejuicio de Jane Austin y otra de Janeir de Charlotte Bronte. Buena parte de su salario viajó a Europa para sostener a sus familiares y a los de María atrapados en la guerra.
enviaron alimentos, organizaron la llegada de parientes a California y dedicaron dinero a rescatar a niños judíos alemanes. El contexto de aquellos años era el de la Segunda Guerra Mundial que estalló poco después de su llegada. Para Haxley, aquel conflicto resultó profundamente perturbador. Durante los primeros años tan sombríos, apenas era capaz de hablar de la guerra que se libraba a miles de kilómetros.
Sufría en silencio, consciente de un inmenso sufrimiento presente que habría de ir seguido de más sufrimiento aún. Nunca abandonó la convicción a la que había llegado, que la guerra, en cualquier causa y circunstancia era por su propia naturaleza un mal que conducía a más males. Aquella certeza dolorosa marcó su ánimo durante toda la contienda.
En medio de aquel trabajo alimenticio y de la angustia por Europa, algo más profundo se movía en el espíritu de Haxley. Sus intereses literarios estaban cambiando. Como observó un amigo cercano, el mundo social sobre el que Haxley había escrito quedó prácticamente destruido por la guerra y el centro de sus intereses pareció desplazarse del mundo exterior a la vida interior de los hombres. Tenía una causa y la sirvió.
Esa causa era despertar a sus lectores a las conexiones, hasta entonces poco exploradas entre regiones artificialmente separadas, lo físico y lo mental, lo sensual y lo espiritual, lo interior y lo exterior. Aquel giro interior tomó la forma de una intensa búsqueda espiritual. Haxley, que no era un cristiano ortodoxo, buscó inspiración en el misticismo oriental.
Estudió el hinduismo, primero con un maestro llamado Suami Prababan y más tarde con el pensador Jidu Krishnamurti, con quien trabó una profunda amistad. Se convirtió en un gran admirador de sus enseñanzas y lo animó a poner por escrito sus ideas. Tras escuchar uno de sus discursos, Haxley afirmó que había sido lo más impresionante que jamás había oído, como escuchar la palabra de un sabio de intrínseca autoridad.
La lectura de textos sagrados orientales lo llevó a reflexionar sobre la existencia de una realidad más allá del tiempo. Aquella etapa cristalizó en obras que ya no eran novelas satíricas, sino ensayos y reflexiones de largo aliento. En 1945 publicó La filosofía perenne, una antología del pensamiento místico de todas las épocas, desde el budismo hasta los grandes contemplativos cristianos.
En ella sostenía que la humanidad avanzaba hacia la oscuridad por falta de conexión directa con la fuente de la luz y la dulzura. Haxley se había marcado un objetivo personal para el resto de su vida, despertar a la realidad espiritual. Aquel afán se resumían seis palabras que pronunciaría casi al final de sus días.
Nuestra tarea, diría, es despertar. La resolución de la incógnita se encuentra, pues, en esa doble vida que Haxley llevó en California. Por un lado, el hombre práctico que escribía guiones y enviaba su salario a la Europa en guerra, sin renunciar a su lucidez crítica ni dejar de cuestionar los frutos del progreso técnico.
Por otro, el buscador que se sumergía cada vez más en el misticismo, convencido de que la verdadera revolución debía operarse en el alma, la aparente contradicción del satírico convertido en guionista se disolvía en una unidad más honda. Haxley no se había vendido a Hollywood. Había atravesado aquel mundo como un observador que, sin dejar de mirar críticamente la civilización moderna, dirigía su energía más profunda hacia la conquista de una realidad interior.
El sarcasmo brillante de su juventud daba paso poco a poco a la serenidad del hombre que había decidido ante todo despertar. En una casa de los ángeles en 1953, un hombre de cerca de 60 años ingiere una sustancia bajo la atenta mirada de un médico. Es mescalina, una droga psicodélica extraída de un cactus.
Poco después, Aldus Haxley contempla los pliegues de sus propios pantalones y los objetos ordinarios que lo rodean, como si los viera por primera vez, cargados de una intensidad y un significado infinitos. está convencido de haber accedido a un estado espiritual superior, a una percepción más honda de la realidad.
De aquella experiencia nacerá un libro que marcará a toda una generación, aunque él no pueda sospecharlo todavía. Para comprender aquel experimento, conviene situarse en el Haxley de los años 50. Su búsqueda de lo trascendente lo había llevado a explorar toda clase de prácticas poco convencionales. Junto a María y a un grupo de amigos que se reunían los martes por la tarde, había indagado en el hipnotismo, la percepción extrasensorial y otros fenómenos que despertaban su curiosidad.
Algunos de sus conocidos se asombraban del contraste entre su inteligencia lúcida y racional y aquella disposición a interesarse por ideas tan insólitas. Pero Hxley nunca aceptaba nada sin examinarlo y afrontaba cada nueva experiencia con el espíritu del investigador. El experimento con mezcalina tuvo su origen concreto en un encuentro.
En 1953, Haxley supo que un joven médico llamado Hanfrey Osmon, que investigaba aquella sustancia, iba a viajar a Los Ángeles. Haxley lo invitó a alojarse en su casa y a experimentar con él. Osmon accedió, no sin cierta aprensión, y supervisó la experiencia. El resultado fue el libro Las puertas de la percepción, cuyo título Haxley tomó de un verso del poeta y visionario William Blake, según el cual si las puertas de la percepción se purificaran, todo se mostraría al hombre tal como es, infinito.
Aquí surge la incógnita que rodea este capítulo de su vida. ¿Qué vio exactamente Haxley detrás de aquellas puertas? ¿Y si aquella experiencia merecía el enorme revuelo que provocó? Porque el libro, aunque tuvo éxito económico, fue recibido con una fuerte polémica. La cuestión que quedaba abierta era si aquel hombre sabio y prudente había hallado una vía legítima hacia lo espiritual, o si se había dejado arrastrar por una ilusión peligrosa que otros imitarían sin su rigor ni su preparación.
Las críticas no se hicieron esperar y algunas procedieron de sus propios amigos. El novelista Thomas Man reaccionó con gran hostilidad. Consideró que el libro representaba el desarrollo más imprudente de la fan de evasión de Haxley, un rasgo que nunca le había gustado en él. Advirtió que, animados por el respaldo de un escritor tan famoso, muchos jóvenes, sobre todo en América, se lanzarían a experimentar.
Calificó la obra de irresponsable, capaz solo de contribuir al aturdimiento del mundo y a su incapacidad para afrontar con inteligencia los graves problemas de la época. Aquella advertencia formulada por un viejo amigo resultó en muchos aspectos profética. En su foro interno, sin embargo, Haxley estaba persuadido de la seriedad de su empeño.
No buscaba la evasión ni el placer, sino el conocimiento. Para él, aquellas sustancias eran instrumentos que podían abrir la mente a la realidad espiritual que perseguía desde hacía años. A lo largo de su vida experimentó con drogas psicodélicas en contadas ocasiones, siempre con un propósito que consideraba elevado.
En 1956 publicó un segundo libro sobre estas experiencias titulado Cielo e infierno, en el que continuaba explorando aquellas percepciones alteradas y su posible relación con la mística y el arte. El contexto de las décadas siguientes confirmó los temores de Thomas Man. Numeros jóvenes, animados por uno de sus autores favoritos y por otras figuras que promovían el consumo de psicodélicos se lanzaron a experimentar con estas sustancias.
Los libros de Haxley se convirtieron en textos casi sagrados para el movimiento contracultural que floreció después. Sin proponérselo, el escritor había contribuido a poner en marcha un fenómeno de dimensiones enormes. Aquel resultado, ajeno por completo a sus intenciones originales, es uno de los aspectos más debatidos de su legado y conviene contemplarlo reconociendo que existen interpretaciones muy distintas sobre su alcance y su valor.
Mientras exploraba aquellos territorios del espíritu, la vida de Hxley se vio golpeada por una pérdida devastadora. María, su compañera de toda la vida, enfermó gravemente de cáncer. No queriendo que su marido supiera que se moría, viajó con él a Europa en la primavera de 1954. Cuando la pareja regresó a California, ella estaba muy enferma, pero solo unos días antes de su muerte comprendió Aldus la gravedad de su estado.
María murió el 12 de febrero de 1955 con su esposo a su lado, recordándole que era amada y que podía adentrarse en la próxima vida de amor. Fiel a su costumbre, Hxley habló muy poco del dolor que sentía ante la muerte de la mujer, que durante casi cuatro décadas había sido su esposa, su secretaria, su protectora y su ancla, se limitó a decir unas palabras estremecedoras por su contención.
“Es como una amputación”, afirmó. Tras un año de soledad, en marzo de 1956, Hxley se casó con Laura Archera, una mujer que había sido amiga tanto de él como de María y que lo acompañaría en la última etapa de su vida. La resolución de la incógnita se encuentra en esa doble dimensión de aquellos años.
Por un lado, la búsqueda espiritual que llevó a Haxley a franquear las puertas de la percepción con todas las consecuencias imprevistas que aquello acarrearía. Lo que vio detrás de ellas fue, según él, un atisbo de lo infinito, aunque otros vieran solo el germen de un peligro. Por otro lado, la tragedia íntima de la pérdida de María, que puso a prueba la serenidad que tanto le había costado construir.
El buscador de lo trascendente y el hombre herido por el duelo eran la misma persona, y de ambas experiencias, la del éxtasis y la del dolor, extraería Haxley la materia de su reflexión final sobre la vida, la muerte y el sentido último de la existencia. En mayo de 1961, un incendio devora la casa de los Huxley.
Las llamas consumen todo lo que encuentran a su paso. Arden las cartas de Aldus y de María, los diarios de ella, los manuscritos de él, su biblioteca, sus notas, el trabajo acumulado de toda una vida. Cuando su amiga Anita Los llama para expresarle su pesar, percibe que Haxley sonríe al otro lado del teléfono. Con su habitual ironía, el escritor le comenta que fue toda una experiencia, pero que le hizo sentirse extraordinariamente limpio.
A un amigo le escribió que evidentemente estaba destinado a aprender un poco antes del despojamiento final, que uno no puede llevarse nada consigo. Aquella serenidad ante la pérdida absoluta define el espíritu de los últimos años de Haxley. El contexto de aquella etapa era difícil.
La salud del escritor se había deteriorado. En 1960 le diagnosticaron un cáncer de lengua. Los médicos recomendaron la cirugía, pero él y su esposa Laura optaron por un tratamiento con radio y por un tiempo la lengua sanó. A pesar de la enfermedad, Haxley siguió activo viajando por el país para dar conferencias en las universidades sobre temas como la situación humana y la naturaleza del hombre.
La escritura y el pensamiento seguían siendo el centro de su existencia. Aquí se plantea la incógnita que atraviesa esta última etapa. Un hombre que había perdido toda su obra escrita en un incendio, que padecía un cáncer y que había enterrado a su primera esposa, tendría motivos de sobra para sumirse en el desaliento.
Y sin embargo, en aquellos años dio forma a su última gran visión del mundo. La cuestión que quedaba abierta era cómo un ser humano al borde del final, despojado de casi todo, lograba componer no una despedida amarga, sino una obra luminosa y esperanzada. La respuesta se encuentra en su última novela titulada La isla, publicada en 1962.
Hxley había trabajado en ella durante años y la consideraba la suma de toda una vida de pensamiento. Si en su obra más célebre había pintado una pesadilla, una sociedad que sacrificaba la humanidad en aras de la estabilidad, en la isla imaginó lo contrario. Una utopía auténtica situada en una isla remota, donde las personas vivían en armonía con la naturaleza y entre sí, y medían el progreso por el crecimiento espiritual de cada individuo.
Era su respuesta serena a la inquitante pregunta que había planteado tres décadas atrás. En aquella isla imaginaria, Haxley volcó las conclusiones de su larga búsqueda. Sus habitantes adaptaban la economía y la técnica a los seres humanos y no a los seres humanos a la economía y la técnica.
Pensaban primero en las personas y en su satisfacción y no en obtener la máxima producción en el menor tiempo posible. empleaban el conocimiento, la educación y ciertas prácticas espirituales para liberar al individuo en lugar de esclavizarlo. La no pretendía ser un plan realista de aplicación inmediata, sino un experimento de pensamiento, la muestra de que otra forma de vivir era concebible.
Haxley sabía que aquella sociedad ideal difícilmente podría sobrevivir en un mundo como el nuestro y así lo reflejó en el desenlace de la novela. El contexto de sus últimos meses estuvo marcado por la enfermedad y por un valor sereno. En junio de 1962, el cáncer reapareció. Los tratamientos se sucedieron, pero el mal no cedía.
Negándose a rendirse, en agosto de 1963, Haxley viajó a Estocolmo para asistir a una reunión de una academia internacional de artes y ciencias y luego hizo un viaje a Italia con Laura. En sus últimas semanas de vida se empeñó en completar un ensayo que había prometido escribir titulado Shakespeare y la religión que terminó el día antes de morir.
Fue en aquel texto final donde escribió las seis palabras que resumían toda su filosofía. Nuestra tarea, dijo, “es despertar. El interior de Haxley en aquellos días revela una profunda coherencia. A lo largo de su vida había insistido en que las personas necesitaban despertar, ensanchar su conciencia, buscar la realidad última sin dejar de vivir en el mundo y sin renunciar a transformarlo.
Ni la enfermedad ni las pérdidas quebraron aquella convicción. Poco antes de morir, escribió a un corresponsal que había conocido ese sentido de solidaridad afectuosa con las personas que lo rodeaban y con el universo entero, y también la sensación de la fundamental rectitud del mundo, a pesar del dolor, la muerte y la aflicción.
El final llegó el 22 de noviembre de 1963. Aquel díaxley estaba demasiado enfermo para ser consciente de que el presidente John Fitcher al Kennedy había sido asesinado. Poco antes del mediodía, incapaz ya de hablar, escribió una nota a Laura pidiéndole una dosis de una sustancia psicodélica que ella le administró, convencida de que era una señal de su conciencia y de su aceptación ante la muerte que se acercaba.
se sentó junto a él y lo ayudó a partir, diciéndole que se dejara ir hacia una luz y una libertad mayores, hacia un amor más grande del que jamás había conocido. El escritor de 69 años murió a última hora de la tarde. La noticia de su muerte quedó ahogada por la conmoción mundial que provocó el asesinato del presidente ocurrido el mismo día.
Su cuerpo fue incinerado y no hubo servicio fúnebre. Años después, sus cenizas fueron trasladadas a Inglaterra y enterradas en la tumba de sus padres en Sarrey. La resolución de la incógnita se encuentra, pues, en la fidelidad de Hxley a su propia enseñanza. El hombre que lo había perdido casi todo, compuso al final una visión esperanzada, porque nunca dejó de creer en la posibilidad de despertar.
Su vida entera fue un testimonio de aquella convicción, la búsqueda incesante de la realidad última, la curiosidad ante todo lo que sucedía en el mundo, la entrega amorosa a quienes lo rodeaban y el empeño en transformar el mundo en un lugar mejor. En una de sus últimas conferencias públicas, resumió toda una vida de estudio en un consejo de desarmante sencillez.
afirmó que después de 45 años de investigación, el mejor consejo que podía dar a la gente era que fueran un poco más amables los unos con los otros. Hasta aquí la historia de Aldos Huxley, un hombre que miró de frente los peligros de su siglo sin perder jamás la fe en la dignidad del ser humano. Espero de corazón que este recorrido por su vida os haya resultado tan fascinante como merece su figura.
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