La Tragedia por la que Está Pasando Freddie Roach, a sus 66 Años..

Hay hombres en el boxeo que se hacen leyendas dentro del ring y hay hombres que se hacen leyendas formando a otros para que ellos consigan esa gloria. Freddy Roach pertenece sin ninguna duda a esa segunda categoría y es probablemente el ejemplo más extraordinario que ese tipo de leyenda ha producido en las últimas cuatro décadas.

 Es el entrenador del salón de la fama internacional del boxeo.  El hombre que llevó a Man Pacquiao desde un boxeador filipino prometedor hasta convertirse en el campeón mundial en ocho categorías de peso distintas.  El primero y único en toda la historia de este deporte en conseguir semejante hazaña.

 Es el hombre detrás de Óscar de la Olguna, el que trabajó con Mike Tyson en una de las etapas más complicadas de la vida del excampeón del peso  pesado, el que formó a Amir Kh, a James Tony, a Virgil Hill y a docenas de otros campeones mundiales que pasaron por su gimnasio en Hollywood. El legendario Wildcard Boxing Club  es, sin exagerar, considerado por una gran parte del mundo del boxeo como el mejor entrenador que este deporte ha producido en los últimos 50 años.

 Esa es la imagen pública que todo el mundo conoce, la del hombre tranquilo, de gafas, con la mano  izquierda temblando ligeramente, sosteniendo las manoplas mientras forma a la siguiente generación de campeones del mundo. Pero detrás de esa imagen de éxito y de sabiduría boxística,  hay una vida que cuando se analiza con la profundidad que merece, revela una serie de tragedias personales que van mucho más allá de lo que la mayoría de los aficionados al boxeo conocen.

 Una infancia marcada por la violencia desde la cuna.  Una carrera profesional que debió terminar años antes de lo que terminó.  Una enfermedad degenerativa que lleva más de tres décadas combatiendo sin tregua.  y una serie de decisiones, de pérdidas y de batallas internas que merecen ser contadas con todo el respeto y con toda la honestidad que la vida de este hombre se ha ganado.

 Este video está aquí para contarte esa historia completa,  la que pocas veces se cuenta con el detalle que se merece. Para entender completamente quién es Freddy Roach y de dónde viene la dureza que ha definido toda su vida, hay que retroceder hasta sus primeros años en Dedam. Massachusetts, un pueblo obrero a las afueras de Boston, donde nació en una familia que en términos puramente  boxísticos parecía la combinación perfecta para producir a un campeón del mundo, pero que en términos humanos escondía una realidad mucho más

dolorosa y mucho más compleja de lo que cualquier estadística deportiva podría sugerir. Rouach nació en el seno de una familia de boxeadores. Su  padre era un boxeador profesional. Sus hermanos boxeaban y su madre llegó a ejercer como jueza de combates profesionales. Pero la violencia de esa familia no se quedaba contenida dentro de las cuerdas de ningún ring.

  El padre de Roach golpeaba a su esposa, golpeaba a sus hijos y esos mismos hijos criados en ese ambiente  golpeaban a otros fuera de casa. Roach debutó en su primer combate a Mateur a la edad de 6 años, una edad en la que la mayoría de los niños están aprendiendo a leer y a jugar en el patio del colegio, no preparándose para subir a un ring de boxeo bajo la presión de un padre que veía en sus hijos exclusivamente futuros campeones y no niños que merecían una infancia normal.

 El propio Roach reflexionó años después sobre cómo esa crianza marcó cada aspecto de su carácter.  Mi respuesta, a casi todo era pelear. Tengo 150 peleas amateur, 54 profesionales y probablemente 300 peleas callejeras. Pelee toda mi vida. Así es como me criaron. 300 peleas callejeras. Detente un momento a procesar esa cifra.

 

Alex Ariza agrede a Freddie Roach en un altercado entre ambos equipos

 No son las peleas oficiales documentadas y reguladas que aparecen en su récord profesional. Son enfrentamientos sin guantes, sin árbitro,  sin ninguna regla que le protegiera, producto directo de haber crecido en un entorno donde la violencia era la respuesta automática a prácticamente cualquier conflicto que la vida le pusiera por delante.

 Esa es la base sobre la que se construyó todo lo demás que vamos a contarte en este video.  La carrera profesional de Freddy Roach como boxeador es en sí misma una historia que contiene las semillas de la tragedia que definiría el resto de su vida, porque fue precisamente en los últimos años de esa carrera, donde se sembró el daño que décadas después  se manifestaría de la manera más cruel posible.

 Roach debutó como boxeador profesional en 1978 a los 18 años de edad  y se retiró definitivamente a los 26 años, dejando un récord de 39 victorias  y 13 derrotas con 15 knockouts a su favor. Para cualquier observador externo, esas cifras describen una carrera profesional sólida, la de un boxeador competente que peleó al máximo nivel durante casi una década completa.

Pero lo que esas cifras no cuentan es el deterioro físico que se fue acumulando en los últimos años de esa trayectoria. Un deterioro que las personas más cercanas a él, incluyendo a su propio entrenador, empezaron a notar mucho antes de que Roach estuviera dispuesto a reconocerlo. Su entrenador, la leyenda absoluta del boxeo, Eddie Fotch, un hombre que había entrenado a cuatro boxeadores distintos capaces de derrotar a Muhamad Ali, le dijo directamente a Roach que estaba acabado, que ya no debía seguir compitiendo, pero el boxeo

era todo lo que Roach sabía hacer. La única identidad que había construido durante toda su vida y una inercia destructiva, casi suicida, le empujó a subirse al ring durante sus últimos seis combates profesionales, a pesar de esa advertencia, esos seis combates adicionales disputados contra el consejo explícito del hombre que mejor conocía su cuerpo y su capacidad competitiva  son exactamente el tipo de decisión que el boxeo castiga con una crueldad implacable años o décadas después. Y en el caso de Freddy Roach,

ese castigo llegaría exactamente de la manera más temida por cualquier boxeador que haya pasado su vida recibiendo golpes en la cabeza.  En 1990, varios años después de haberse retirado definitivamente del boxeo profesional, Freddy Roach recibió un diagnóstico que cambiaría el resto de su vida de una manera que ningún boxeador, sin importar cuántos golpes haya recibido durante su carrera, está nunca completamente preparado para escuchar.

 diagnosticaron la enfermedad de Parkinson, un trastorno neurológico degenerativo y progresivo para el cual los neurólogos no pueden identificar con absoluta certeza  una causa única y específica en cada paciente individual, pero sobre el que todos los especialistas que examinaron el caso de Roach coincidieron en señalar algo muy concreto.

  sus 54 combates profesionales como boxeador no ayudaron a prevenir esa enfermedad y especialmente no ayudaron sus últimos seis combates, exactamente esos que disputó  después de que Eddie Fuch le advirtiera que debía retirarse. Para entender completamente la dimensión de esa conexión médica, hay que entender qué es realmente el Parkinson y cómo funciona dentro del cuerpo humano.

 Es una enfermedad que afecta progresivamente al sistema nervioso central,  destruyendo gradualmente las neuronas responsables de producir dopamina, una sustancia química esencial para controlar el movimiento del cuerpo. Los síntomas incluyen temblores,  rigidez muscular, lentitud de movimientos y en etapas más avanzadas problemas serios de equilibrio y de coordinación.

 Y aunque la ciencia médica todavía no ha establecido una relación causal completamente definitiva  entre el boxeo y el desarrollo del Parkinson en cada caso individual, la evidencia acumulada durante décadas de investigación sobre los efectos del traumatismo craneal repetido.  El tipo de traumatismo que cualquier boxeador profesional acumula de manera inevitable  a lo largo de su carrera.

 apunta consistentemente hacia una conexión real  entre los golpes repetidos en la cabeza y el desarrollo posterior de enfermedades neurodegenerativas,  como la que Rouach empezó a enfrentar en 1990. Hay un momento en el relato de la vida de Freddy Roach que resulta especialmente revelador  sobre cómo procesó internamente la noticia de su diagnóstico, un momento que muestra una honestidad emocional.

 que pocas figuras públicas del mundo del deporte están dispuestas a compartir abiertamente con  el público. Cuando le preguntaron si recurrió a la religión, a la oración para pedir ayuda o consuelo ante su diagnóstico,  su respuesta fue completamente directa y desprovista de cualquier tipo de filtro. No rezo.

 Una vez me dije a mí mismo, “¿Por qué tengo Parkinson? ¿Por qué me eligieron a mí?” Pero lo dejé pasar. No iba a rezar para no tenerlo. Esa declaración merece ser analizada con todo el cuidado posible porque revela una dimensión de Roach que va mucho más allá del simple estoicismo deportivo que se espera de cualquier boxeador o entrenador.

 Es la confesión de un hombre que se hizo aunque fuera solamente una vez y de manera interna. La pregunta más humana y más natural que cualquier persona se haría ante un diagnóstico de  esta magnitud, ¿por qué a mí? Y es también la confesión de un hombre que decidió  de manera completamente consciente no buscar en la fe ni en la oración  una respuesta o un alivio para esa pregunta, optando en su lugar por simplemente dejarla ir y seguir adelante con su vida  sin esperar ningún tipo de intervención sobrenatural. que cambiara su situación

médica. Esa decisión, la de enfrentar la enfermedad sin el consuelo habitual que la fe suele ofrecer a tantas personas en situaciones similares.  Dice mucho sobre el carácter forjado durante una infancia de violencia y una carrera de combates callejeros. Un hombre que ha aprendido a depender exclusivamente de sí mismo, sin esperar ayuda externa de ningún tipo, ni siquiera de naturaleza espiritual.

 para superar las adversidades que la vida le ha puesto por delante. Más allá de la dimensión emocional y filosófica  de cómo Roach procesó su diagnóstico, hay una realidad física cotidiana brutal  y constante con la que tiene que convivir cada día de su vida desde hace más de tres décadas. Y esa realidad merece ser contada con todo el detalle que la honestidad de su propia historia exige.

 El Parkinson provoca que el brazo izquierdo de Roach tiemble de manera constante. Un síntoma visible que cualquier persona que haya estado cerca de él en su gimnasio o en cualquier evento público ha podido observar directamente. Y en ocasiones la enfermedad afecta también su capacidad de hablar con claridad, provocando que arrastre las palabras de una manera que resulta evidente para quien le escucha.

 Además del Parkinson, Roach también sufre de distonía, una condición neurológica que provoca espasmos musculares dolorosos e involuntarios, un trastorno que trata mediante inyecciones regulares de bóx rigidez que esa condición genera en su cuerpo.  Y como si la combinación de Parkinson y distonía no fuera suficiente carga física para un solo cuerpo humano, Roach también arrastra problemas serios de espalda.

Otro recuerdo directo de su etapa como boxeador profesional. Un dolor crónico que se suma a los demás síntomas y que en conjunto hacen que algunas mañanas le resulte extraordinariamente difícil simplemente levantarse de la cama. Hay días en los que necesita la ayuda de un andador para poder moverse desde su cocina hasta su coche.

 Una distancia que la mayoría de las personas recorren sin pensarlo durante apenas unos segundos. Esa imagen, la de un hombre que ha entrenado a docenas de campeones mundiales, que ha sido testigo y arquitecto de algunas de las noches más gloriosas que el boxeo ha producido en las últimas décadas, necesitando un andador para llegar hasta su propio coche.

 Es exactamente el tipo de contraste que ilustra mejor que cualquier otra cosa,  el precio físico real, que este deporte cobra incluso a quienes consiguen el mayor de los éxitos dentro de él. Y aquí llegamos a uno de los aspectos más extraordinarios, más poéticos y más complejos de toda la historia de Freddy Roach.

 Un dato que convierte su relación con el boxeo en algo mucho más profundo y mucho más contradictorio de lo que cualquier biografía convencional podría capturar completamente. Los médicos de Roach han conseguido a lo largo de los años encontrar una combinación farmacológica específica  que ha logrado detener sus temblores de manera efectiva.

 Pero si le preguntas directamente al propio Roach, él te dirá que el verdadero remedio para su enfermedad no son esos medicamentos, sino el  propio boxeo. Lleva lanzando golpes desde que estaba en preescolar  y los 50 años de memoria muscular que guían sus movimientos dentro del ring están almacenados en un lugar de su cerebro y de su cuerpo al que el Parkinson todavía no ha conseguido llegar.

 Piensa en la paradoja extraordinaria que esa afirmación representa.  El mismo deporte que con una probabilidad muy alta es la causa directa de la enfermedad neurológica que Rouach padece desde hace más de tres décadas. Es ahora la única actividad capaz de controlar y de suprimir al menos temporalmente los síntomas más visibles de esa misma enfermedad.

 Cuando Roach está trabajando las manoplas con uno de sus boxeadores,  cuando está completamente concentrado en la cadencia y en el ritmo de un entrenamiento técnico,  sus temblores se reducen de una manera que ningún medicamento ha conseguido replicar con la misma efectividad. Es como si su cuerpo,  entrenado durante décadas para responder de una manera muy específica al ritmo del boxeo, encontrara en esa actividad concreta una especie de refugio neurológico,  un espacio donde la enfermedad pierde temporalmente parte

de su poder sobre él. Esa relación tan profundamente paradójica entre la causa probable de su enfermedad y el único tratamiento que realmente parece funcionar es uno de los elementos más fascinantes de toda esta  historia. Más allá de la dimensión puramente física de su batalla contra el Parkinson, hay una dimensión emocional en la vida de Freddy Roach que merece ser explorada con todo el respeto que ese tipo de relaciones humanas se merece.

 Y esa dimensión tiene que ver directamente con el vínculo que construyó con el boxeador que más definió su carrera como entrenador, Manny Pacquiao,  quienes han observado de cerca la relación entre ambos hombres, incluyendo periodistas que pasaron tiempo prolongado dentro del gimnasio Wildcard observando sus sesiones de entrenamiento,  describen ese vínculo como algo que se queda justo por debajo de una relación entre padre e hijo, pero que es considerablemente más profunda que la simple dinámica entre un profesor y su alumno.  Durante 15 años de

trabajo conjunto, Rouach y Pacquiao desarrollaron una comunicación que iba mucho más allá de las palabras,  una especie de diálogo silencioso construido a base de gruñidos breves y de miradas que ambos comprendían perfectamente sin necesidad de explicación adicional para entender por qué esa relación llegó a tener esa profundidad tan particular.

  Hay que conectarla directamente con la infancia de violencia y de ausencia de figuras paternas saludables que Roach experimentó en su propia familia. Un hombre que creció con un padre que le golpeaba en lugar de protegerle, que nunca tuvo la oportunidad de experimentar una paternidad sana durante su propia infancia.

 encontró años después en su relación con sus boxeadores y especialmente en su relación con Pacquiao,  una forma de construir el tipo de vínculo cuidador y protector que su propia historia familiar nunca le permitió experimentar de la manera convencional. Es una de las formas más humanas y más conmovedoras en que las personas que han sufrido traumas en su infancia  encuentran años después maneras alternativas de sanar parte de esas heridas a través de las relaciones que construyen en su vida adulta. Uno de los

aspectos más reveladores del carácter de Freddy Roach y al mismo tiempo uno de los menos conocidos fuera de los círculos más cercanos al boxeo profesional, es la manera en que su propia experiencia con el Parkinson ha transformado completamente su relación profesional con los boxeadores que entrena en la actualidad.

  Su batalla personal contra esta enfermedad neurodegenerativa le ha vuelto extraordinariamente sensible al bienestar físico de los hombres bajo su cuidado dentro del gimnasio. Cuando Roach detecta señales de daño inminente en alguno de sus boxeadores, señales que su propia experiencia le permite identificar con una precisión que pocos entrenadores de boxeo poseen, se lo comunica directamente.

 Le recomienda que busque atención médica especializada. y entonces  toma la decisión de dejar de entrenarle. Esa decisión, aparentemente sencilla cuando se describe en una sola frase representa en realidad una de las transformaciones más significativas en la filosofía profesional de un hombre que él mismo en su propia carrera como boxeador ignoró exactamente ese tipo de advertencias cuando se las hizo su propio entrenador, Eddie  Fatch.

 Roach vivió en carne propia las consecuencias devastadoras de seguir compitiendo después de que las señales de alarma ya estuvieran completamente presentes. Y esa experiencia personal, ese arrepentimiento implícito que se puede leer entre líneas en la manera en que ahora protege a sus propios boxeadores, le ha convertido en uno de los entrenadores más responsables y más conscientes de la seguridad de sus pupilos en todo el panorama actual del boxeo profesional.

 Es exactamente el tipo de sabiduría que solo se adquiere a través del sufrimiento personal.  Y es también una de las maneras en que Roach ha conseguido transformar parte del dolor de su propia historia en protección real para las personas que confían en él. La vida de Freddy Roach no se ha desarrollado exclusivamente dentro de los confines de un gimnasio de boxeo tradicional.

 su gimnasio, el legendario Wild Card Boxing Club, situado encima de una lavandería en una zona de Hollywood que dista enormemente de la imagen glamurosa que normalmente asociamos con esa palabra, se convirtió a lo largo de los años en un punto de encuentro inesperado entre el mundo del boxeo profesional  y el mundo del entretenimiento de Hollywood.

 Roach entrenó a figuras de la industria cinematográfica como Mark Walberg, quien le ha descrito públicamente como uno de los mejores entrenadores que ha existido jamás. y trabajó también con Mickey Rork durante un periodo prolongado de su carrera, llegando en una ocasión a amenazarle directamente con noquearle durante alguna de sus sesiones de entrenamiento.

 Roach también participó activamente como consultor en la producción de la película de Fighter  y se convirtió en el protagonista de su propia serie documental de seis capítulos producida por HBO bajo el  título On Freddy Roach, una producción que mostró sin ningún tipo de filtro ni de edición complaciente la realidad cotidiana de vivir con Parkinson mientras se intenta mantener una carrera profesional de máximo nivel.

Esa exposición mediática, esa conexión con el mundo del espectáculo y de la fama  generó para Roach un tipo de reconocimiento público que va mucho más allá del que normalmente reciben los entrenadores de boxeo, por exitosos que sean dentro de su propio deporte.  Pero esa fama y ese contacto constante con figuras de Hollywood contrastan de manera muy marcada con la realidad privada  y mucho más solitaria de un hombre que cada mañana tiene que enfrentarse sin las cámaras encendidas y sin el glamur

de los estudios cinematográficos a las dificultades reales de un cuerpo que progresivamente le va imponiendo más y más limitaciones. A pesar de todo lo que hemos contado hasta este punto del video, la infancia violenta, la carrera que se prolongó más de lo debido, el diagnóstico devastador, los temblores constantes,  la distonía dolorosa, el andador necesario algunas mañanas.

 Hay algo en la actitud de Freddy Roach ante su propia situación que resulta extraordinariamente inspirador y que merece cerrar esta historia con la dignidad que se ha ganado a pulso durante décadas de lucha constante  sobre cómo planea vivir el resto de su vida a pesar de un diagnóstico que sabe que es progresivo  y que con el tiempo limitará todavía más su movilidad.

Freddie Roach recalls the first day Pacquiao came to Wild Card "It was the greatest day of my life"

 Roach ha declarado públicamente con una determinación que resulta casi desafiante.  Espero trabajar hasta que me muera. No es la declaración de alguien que ha aceptado pasivamente  lo que le ha tocado vivir. Es la declaración de un hombre que ha decidido  de manera completamente consciente seguir entrenando a boxeadores, seguir trabajando las manoplas, seguir formando a campeones mundiales mientras su cuerpo se lo siga permitiendo.

  sin importar cuántos temblores, cuántos espasmos musculares o cuántas mañanas difíciles tenga que atravesar en el proceso.  Y quizás la reflexión más reveladora de todas cómo Roach procesa la compasión que muchas personas sienten hacia él al conocer su historia  es esta: “Algunas personas me miran y sienten pena por mí y no lo puedo entender. Amo mi vida.

” Esa frase pronunciada por un hombre que ha sufrido violencia doméstica en su infancia, que disputó  combates de boxeo que no debió disputar, que carga con una enfermedad degenerativa desde hace más de tres décadas y que algunas mañanas necesita un andador para llegar hasta su propio  coche, resulta extraordinariamente reveladora sobre la capacidad humana de encontrar sentido, propósito  y hasta amor genuino por la vida en circunstancia.

que la mayoría de las personas considerarían absolutamente devastadoras. Llegamos al final de este recorrido por la vida completa de Freddy Roach con una reflexión que va mucho más allá de cualquier estadística de campeones entrenados o de cinturones mundiales conseguidos bajo su guía. Hemos visto al niño que debutó en su primer combate a Mateur a los 6 años en una familia donde la violencia doméstica era la norma cotidiana.

 Hemos visto al joven que acumuló 300 peleas callejeras antes incluso de convertirse en boxeador profesional,  producto directo de una crianza que le enseñó que pelear era la única respuesta válida ante cualquier conflicto.  Hemos visto al boxeador que ignoró las advertencias de su propio entrenador y disputó seis combates adicionales que los neurólogos años después  señalarían directamente como una de las causas probables de su enfermedad.

 Hemos visto el diagnóstico de Parkinson en 1990 y la honestidad brutal con la que Roach se hizo, aunque fuera solo una vez. La pregunta de por qué le había tocado a él esa enfermedad antes de decidir dejarla ir sin buscar consuelo en la fe ni en la oración.  Hemos visto los temblores, la distonía, los problemas de espalda y el andador necesario.

 Algunas mañanas hemos visto la paradoja extraordinaria de que el boxeo, probablemente la causa de su enfermedad, sea también el único tratamiento real que logra controlar sus síntomas. Hemos visto la relación casi paternal con Manny Pacquiao  y la manera en que Roach ha transformado su propio sufrimiento en protección real para las nuevas generaciones de boxeadores que entrena.

 Y hemos visto  finalmente a un hombre que a pesar de todo lo que la vida le ha hecho atravesar, sigue declarando con total convicción que ama su vida y que espera trabajar hasta el último día que su cuerpo se lo permita. Esa es la historia completa de Freddy Roach, un hombre que ha pasado toda su vida peleando.

 Primero en las calles de Deam, después en los rings profesionales de todo el país y ahora cada día,  contra un cuerpo que progresivamente le va imponiendo más límites. Y en cada una de esas batallas, absolutamente en todas ellas, este hombre se ha negado por completo a rendirse.

 

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