CAE Cardenal PODEROSO: el Vaticano Investiga al Arzobispo de Rabat Tras las Denuncias de 5 Mujeres

Hermano, hay dos tipos de noticias que sacuden a la iglesia. Las hay del primer tipo, que no te sorprenden demasiado porque vienen de personajes que ya generaban dudas, de los que ya circulaban rumores, de los que el ambiente eclesial llevaba tiempo mirando con cierta incomodidad. Son noticias dolorosas, sí, pero no del todo inesperadas.

 Y luego hay noticias del segundo tipo, las que te dejan con la pantalla delante leyendo la misma frase dos y tres veces pensando, “¿Esto es posible? Este hombre, este cardenal, esta persona que yo conocía por su trabajo, por su trayectoria, por su perfil. La noticia que te traigo hoy, hermano, es del segundo tipo, de las que no se esperaban, de las que duelen una manera distinta, más ononda, porque la altura de la que cae es mayor.

 Soy el padre Samuel y déjame decirte como siempre qué clase de video es este y qué clase no es, porque el tema lo exige con toda claridad desde el primer minuto. No vengo a condenar a nadie. No vengo a linchar públicamente a un hombre que todavía no ha tenido ningún juicio, que ha negado con toda rotundidad las acusaciones que pesan sobre él y que tiene todo el derecho del mundo a que la investigación determine la verdad antes de que nadie lo declare culpable.

 Eso no lo voy a hacer yo y no deberías hacerlo tú. La presunción de inocencia no es un privilegio de los ricos o de los poderosos. Es un principio básico de justicia que se aplica a todos, incluidos los cardenales. Dicho esto, hermano, hay algo en esta historia que sí merece ser contado, que sí merece ser entendido, que tiene mucho que decirnos sobre el poder, sobre sus peligros, sobre la iglesia que investiga a los suyos sin excepción de rango y sobre ti y sobre mí.

 Y de eso vengo a hablarte hoy. Aquí está la noticia con los hechos verificados y con la sobriedad que merecen. El cardenal Cristóbal López Romero, arzobispo de Rabat, Marruecos, uno de los cardenales más conocidos y respetados de la Iglesia en los últimos años, acaba de anunciar que se aparta temporalmente de todo Ministerio Público y lo ha hecho porque el Vaticano ha abierto una investigación preliminar sobre él tras las acusaciones de al menos cinco mujeres que denunciaron comportamiento inapropiado por su parte.

El propio cardenal lo confirmó en una carta a su comunidad diocesana. con estas palabras textuales. Soy acusado de comportamiento inapropiado hacia mujeres adultas. Esta situación ha llevado a la Iglesia a abrir una investigación preliminar. Y añadió que él niega con firmeza las acusaciones y que cooperará plenamente con la investigación.

 Eso es lo que ha pasado, hermano. Sin adornos, sin morvo, sin titulares de escándalo. Esos son los hechos. Pero ahora déjame que te cuente el detalle que hace esta noticia diferente, el que ha dejado a mucha gente sin palabras cuando lo ha leído. Porque este hombre, hermano, este cardenal que hoy está apartado de sus funciones mientras me investigan, estuvo a un paso muy cerca de convertirse en papa.

———–

 En el cónclave de mayo de 2025, cuando la Iglesia eligió al sucesor del Papa Francisco, el nombre de Cristóbal López Romero sonó con fuerza. medios de todo el mundo lo identificaron como uno de los cardenales más influyentes del cónclave, uno de los que más papeletas tenían. Era papabile. Se dice en el lenguaje de la iglesia, que es como decir que estás en la lista corta de los que pueden llegar al papado.

 Un paso, quizás dos. Y ahora, poco más de un año después de ese cónclave, este mismo hombre se retira a la sombra investigado. Eso, hermano, eso es lo que sacude. No los detalles del caso, no los nombres, sino esa distancia entre la cumbre y la caída, entre el papable y el investigado. Y precisamente por eso, hermano, esta historia nos dice algo importante, no solo un hombre, sino sobre el poder mismo, sobre lo que le hace a quien lo tiene y sobre lo único que de verdad puede protegernos de sus peligros. Pero para entenderlo todo

bien, primero tienes que conocer quién es este hombre, de dónde viene y hasta dónde había llegado. Porque la altura de una caída, hermano, solo se puede medir si sabes desde dónde se cae. Cristóbal López Romero tiene 74 años. Nació en Andalucía, en el sur de España, en una de esas familias de fe sencilla y raíces profundas que han dado a la Iglesia tantos misioneros a lo largo de la historia.

 Desde joven eligió una vocación específica, la de los salesianos de Don Bosco, esa congregación fundada en el siglo XIX por un sacerdote italiano llamado Juan Bosco, que dedicó su vida entera a los jóvenes pobres, a los que nadie quería, a los que el mundo dejaba atrás. Los alesianos, hermanos, son gente de misión.

 de trabajo de campo, de estar en los márgenes, no de vivir en palacios ni de gestionar grandes estructuras de poder. El ADN de su congregación es ese, ir a los que están lejos, cruzar fronteras, llegar donde otros no llegan. Y López Romero vivió ese ADN, al menos en buena parte de su vida. Antes de llegar a Marruecos fue misionero en Paraguay, un salesiano español en América del Sur trabajando entre los pobres.

 Esa fue la escuela donde se formó su carácter pastoral y en 2017, ya con más de 60 años, llegó a Rabat para hacerse cargo de una de las diócesis más peculiares del mundo. Porque Marruecos, hermano, es un país casi completamente musulmán. Los católicos son menos del 1% de la población. La Iglesia allí no es una institución dominante con poder e influencia.

 Es una pequeña comunidad de fieles, muchos de ellos inmigrantes subsaharianos. una minoría discreta en tierra de mayoría islámica. Ser arzobispo en ese contexto no es gestionar poder, es en buena parte hacer de puente, de diálogo, de presencia humilde entre dos mundos muy distintos. Y en ese papel, hermano, López Romero se hizo un nombre dentro de la iglesia.

 El Papa Francisco, que tiene un ojo muy fino para los hombres de frontera, para los que no temen las periferias, lo nombró cardenal en 2019 y le dio responsabilidades que iban mucho más allá de Marruecos. fue presidente de la Conferencia de Obispos de Norte de África entre 2022 y 2025 y desde 2020 dirigió la Oficina Vaticana para el diálogo interreligioso, es decir, el hombre responsable de gestionar la relación de la Iglesia con el Islam, con el judaísmo, con las grandes religiones del mundo. Un cargo de primer nivel, de

visibilidad internacional, de confianza máxima del Papa. Y así llegamos al cónclave de mayo de 2025. hermano. Cuando Francisco murió y el colegio cardenalicio se encerró en la capilla Sixtina para elegir a su sucesor, los periodistas de todo el mundo publicaron sus listas de favoritos, sus predicciones, sus análisis y en casi todas esas listas, hermano, aparecía el nombre de Cristóbal López Romero, un cardenal de fronteras, de diálogo, de misión, con experiencia en el mundo árabe, con el perfil que muchos cardenales buscaban para continuar el

espíritu de Francisco. Papile, uno de los más serios, estuvo allí dentro, hermano, en esa capilla sagrada, mientras se decidía quién iba a ser el sucesor de Pedro. Y al final fue elegido Robert Prebost, que tomó el nombre de León XIV. Pero López Romero también podría haber sido el elegido. La distancia entre él y el papado no era grande.

 Y ahora, menos de 14 meses después de ese cónclave, el mismo hombre está apartado de su ministerio mientras el Vaticano lo investiga. Eso, hermano, es lo que sacude las conciencias, no los detalles del caso que la investigación determinará, sino la distancia entre la cumbre y la caída, entre el papable de hace 14 meses y el investigado de hoy.

 Y esa distancia, esa diferencia brutal entre lo que parecía y lo que quizás fue, entre la altura alcanzada y la fragilidad descubierta, nos habla de algo que quiero que entiendas bien, algo que va mucho más allá de este caso concreto. Nos habla de lo que el poder hace a los hombres cuando no hay algo muy sólido dentro que lo equilibre.

 Y antes de ir ahí, hermano, hay que mirar de frente lo que se sabe sobre el caso con toda la sobriedad que merece y con toda la justicia que le debemos al acusado. Hermano, voy a contarte lo que se sabe de este caso de manera precisa y sobria, porque ni más ni menos es lo que merece. No voy a dar detalles innecesarios.

 No voy a recrearme en nada que no aporte a entender lo esencial. Y no voy a olvidar en ningún momento que estamos hablando de un hombre que niega las acusaciones y que tiene derecho a que la investigación hable antes que cualquier veredicto popular. Lo que se sabe de manera verificada es esto. Al menos cinco mujeres han presentado acusaciones contra el cardenal López Romero por comportamiento inapropiado.

Una investigación de la agencia Franz Press, una de las agencias de noticias más rigurosas del mundo, habló directamente con una mujer y revisó el testimonio escrito de otra. Una denuncia formal fue enviada a la embajada del Vaticano en Rabat. El Vaticano abrió una investigación preliminar que, según fuentes internas de la diócesis de Rabat, citadas por el prestigioso periódico francés La Croa llevaba en marcha desde Pascua, es decir, Roma sabía de esto desde hace meses y ya estaba actuando. Y fue en el marco de

esa investigación cuando el cardenal tomó la decisión de apartarse públicamente de sus funciones. La respuesta del cardenal, hermano, quiero que la escuches bien porque es importante para entender el cuadro completo. En su carta a la comunidad de Rabat, reconoció las acusaciones con estas palabras.

 Soy acusado de comportamiento inapropiado hacia mujeres adultas. No las minimizó, no atacó a sus acusadoras, no montó una campaña de desprestigio. Dijo que la situación ha llevado a la iglesia a abrir una investigación y que él no quiere interferir en ella y que por tanto se aparta. y al mismo tiempo en un comunicado paralelo a la agencia F, negó con toda firmeza, “No he cometido ningún asalto, violencia ni acoso sexual.

” Dos afirmaciones que conviven en este momento, la acusación grave y la negativa rotunda. Y entre esas dos afirmaciones, hermano, está la verdad que todavía falta, la que la investigación tendrá que determinar. Y aquí, hermano, quiero que entiendas algo sobre cómo leer estas situaciones, porque hay una trampa fácil en la que caemos cuando sale un caso así, la trampa de los dos extremos.

 El extremo de los que dicen desde el primer minuto, culpable, hay que destruirle. La acusación es la prueba. Y el extremo de los que dicen desde el primer minuto, inocente, es una conspiración. Las acusadoras mienten. Los dos extremos, hermano, cometen el mismo error. Emiten un veredicto antes de que se haga la investigación.

 Y los dos extremos hacen daño. Uno al acusado, el otro a quienes denunciaron. Lo que corresponde, lo que exige la justicia y la caridad cristiana a la vez es algo más difícil y más sobrio, esperar, dejar que el proceso haga su trabajo, reconocer que hay acusaciones serias que merecen ser investigadas con rigor y reconocer también que hasta que la investigación no concluya y hable con claridad, nadie, ni tú ni yo, estamos en posición de dar un veredicto.

 Eso es lo que hace la iglesia ahora mismo, hermano, investigar. Y ese proceso, aunque a veces sea lento y aunque no siempre haya funcionado bien en el pasado, es lo correcto. Y el hecho de que el Vaticano lo esté haciendo sin proteger al investigado por su rango, sin cerrar los ojos porque el hombre en cuestión sea cardenal y papable.

 Eso, hermano, es algo importante que merece ser nombrado, pero de eso quiero hablarte en detalle ahora, porque es uno de los aspectos más significativos de todo este caso. Hermano, quiero que hagas un ejercicio mental conmigo porque creo que te va a ayudar a ver lo que está pasando con más claridad.

 Piensa en cualquier gran institución humana que conozcas, un gobierno, una empresa multinacional, un partido político, una organización internacional. Y piensa en lo que suele pasar cuando alguien muy poderoso dentro de esa institución, alguien en la cima, alguien que podría haber llegado al cargo más alto, es acusado de algo grave.

 ¿Qué suele pasar, hermano? Suele pasar que la institución cierra filas, que los amigos y aliados del acusado salen a defenderle con uñas y dientes, que se pone en duda la credibilidad de los que acusan, que se habla de conspiraciones, de enemigos, de intentos de desestabilización, que la maquinaria institucional trabaja para proteger al poderoso.

 Eso es lo que suele pasar, no siempre, pero sí con una frecuencia que todos reconocemos. Y la iglesia, hermano, tiene que admitirlo con honestidad. no ha sido siempre diferente en esto. Durante décadas, cuando hubo casos de curas o de obispos acusados de comportamientos graves, la respuesta demasiado frecuente fue precisamente esa.

 Proteger a la institución, gestionar el escándalo en silencio, trasladar al acusado a otro lugar, hacer que el problema desapareciera del foco sin resolverse de verdad. Esa historia existe, está documentada y ha causado un daño enorme a la credibilidad de la iglesia y sobre todo a las personas que fueron heridas y no encontraron justicia ni reparación.

 Eso pasó y negarlo sería otra vez mentir. Pero algo está cambiando, hermano. Lentamente, con más avances en algunos sitios que en otros, con retrocesos que también los hay, algo está cambiando. Y lo que vemos en estas semanas recientes es un indicador de ese cambio. Hace unos días te hablé del caso del obispo Oakley en Inglaterra, acusado de delitos graves y de cómo el Papa León XIV nombró un administrador apostólico para su diócesis en solo 6 días.

 Ahora tenemos el caso del cardenal López Romero, investigado por el Vaticano desde hace meses, que se aparta de sus funciones mientras el proceso sigue. Y lo que une estos dos casos, hermano, lo que los hace significativos juntos, es esto. En ninguno de los dos, Roma miró para otro lado porque el acusado tuviera un rango alto.

 En ninguno de los dos, la institución cerró filas para proteger al poderoso. Un obispo acusado, investigado, un cardenal papable, acusado, investigado. El mismo proceso con independencia del rango. Y esto, hermano, aunque no sea motivo de celebración porque el daño es siempre real, sí es motivo de algo importante, de esperanza, de una esperanza sobria y realista, no ingenua, pero real.

 Porque una iglesia que investiga a sus propios cardenales con el mismo rigor que aplica a los curas de parroquia, una iglesia que no cierra los ojos ante las acusaciones, aunque vengan de gente poderosa, esa iglesia, hermano, es una iglesia que todavía puede sanar, que todavía tiene dentro el mecanismo de la autocorrección que Cristo le dio cuando prometió que el Espíritu Santo la guiaría a la verdad completa.

 No porque los hombres que la forman sean perfectos, que no lo son, sino porque la institución en sus mejores momentos tiene la capacidad de mirarse a sí misma y hacer lo que corresponde, aunque duela. Y León 14 con sus acciones en estas semanas está enviando un mensaje muy claro, hermano, aunque no lo diga con esas palabras.

 El mensaje es el rango no protege. La posición no da inmunidad. Ser papable no te convierte en intocable. Y eso en una institución que ha cargado durante tanto tiempo con el estigma del encubrimiento no es un mensaje pequeño, es un mensaje grande. Pero todavía hay algo más en esta historia, algo más personal y más incómodo que va directamente a tu propia vida.

 Y ahora quiero llevarte ahí porque, hermano, si nos quedáramos solo con el caso en sí, con el cardenal y la investigación y el Vaticano, habríamos hecho un informativo, pero no habríamos hecho un vídeo de padre Samuel. Lo que me interesa a mí, lo que creo que te interesa a ti si llevas tiempo siguiéndome, no es solo la noticia, es lo que la noticia nos enseña.

 Y esta noticia, hermano, esta historia de un hombre en la cima que cae mientras se investigan las acusaciones sobre él tiene una lección muy clara, muy antigua y muy necesaria hoy. El poder es peligroso, no necesariamente malo, pero sí peligroso. y sin una integridad interior muy sólida, sin algo muy hondo dentro que lo equilibre y lo contenga, el poder corrompe.

 No de golpe, no dramáticamente, no como en una película de villanos, sino poco a poco, silenciosamente, casi sin que uno se dé cuenta. Y quiero que entiendas cómo funciona ese proceso, hermano, porque es más cercano de lo que parece. Cuando alguien tiene poder, cuando ocupa un lugar de autoridad que le da acceso, influencia, reconocimiento, rodeado de personas que le respetan, que le piden consejo, que le admiran, algo muy sutil empieza a ocurrir por dentro.

 Si no hay vigilancia, la línea entre el servicio y el privilegio empieza a borrarse. Lo que al principio era, “Estoy aquí para servir”, empieza a convertirse sin que nadie lo proclame en, “Estoy aquí y tengo derecho a ciertas cosas. El trato especial que al principio era una responsabilidad empieza a parecer algo debido.

 La cercanía, que al principio era pastoral, empieza a cruzar umbrales que no debería cruzar. Y lo más peligroso de todo, hermano, es que ese deslizamiento rara vez es consciente al principio. Muy pocas personas despiertan un día y deciden, voy a corromperme. Lo que pasa es más gradual, más oscuro, más humano que eso.

 Se van tomando pequeñas libertades que parecen justificadas. Se van cruzando pequeñas líneas que parecen insignificantes y un día, sin saber muy bien cómo, se está muy lejos del punto de partida. La Biblia está llena de historias de hombres buenos que caen por el poder, hermano, y no es casual. Es porque los que escribieron la Biblia entendían algo que nosotros seguimos tardando en aprender, que el corazón humano es extraordinariamente capaz, tanto de lo mejor como de lo peor, y que la diferencia entre las dos posibilidades muchas veces la hace el

poder que se tiene y la manera en que se lleva. El rey David, hermano, un hombre elegido por Dios, de corazón noble, que escribió los salmos más hermosos de la literatura universal. Y también el hombre que desde la cima de su poder abusó de su posición de maneras que nos escandalizan.

 No era un monstruo, era un hombre bueno que no fue lo suficientemente vigilante de su propio corazón cuando tenía todo el poder del mundo. Y esta historia, hermano, se repite con nombres distintos en cada generación porque el poder no ha cambiado y el corazón humano tampoco. Lo que varía es solo el nombre del protagonista y el escenario.

 Y por eso, hermano, antes de que te sientas demasiado seguro mirando este caso desde fuera, con la comodidad del que no es un cardenal ni tiene responsabilidades de ese nivel, déjame hacerte una pregunta que me parece muy necesaria. ¿Qué poder tienes tú en tu vida, pequeño o grande, y cómo lo estás usando? Porque el poder de un cardenal sobre su diócesis y el poder de un padre sobre sus hijos y el poder de un jefe sobre sus empleados y el poder de un maestro sobre sus alumnos son distintos en escala, pero idénticos en su lógica. Todos tienen la misma

tentación y todos necesitan el mismo antídoto. Y llegamos al final, hermano, a la lección que de verdad quiero que te lleves de todo esto, porque no quiero que te vayas de este video solo con una noticia más en la cabeza y una sacudida de disgusto en el pecho. Eso no te sirve para nada.

 Quiero que te vayas con algo que te cambie algo por dentro, aunque sea pequeño. Y la lección, hermano, es esta, tan sencilla y tan difícil a la vez. El único antídoto real contra la corrupción del poder es la humildad. No la humildad fingida, no la que se pone de cara a la galería para parecer modesto mientras por dentro uno se cree especial.

 La humildad verdadera, la interior, la que no necesita audiencia, la que funciona igual cuando nadie mira que cuando todos miran. Y aquí está el modelo, hermano, el que no falla, el que no ha fallado en 2,000 años porque viene de quien viene. Jesús de Nazaret tenía todo el poder del universo, literalmente todo.

 Y la manera en que eligió ejercerlo fue lavando los pies de sus discípulos. En la última cena, la noche antes de morir, en el momento en que cualquier líder humano se habría rodeado de honor y de reconocimiento, Jesús cogió una toalla, se arrodilló y lavó los pies sucios de 12 hombres que en pocas horas lo iban a abandonar. Ese gesto, hermano, es el modelo de todo ejercicio de poder que no corrompe.

 No tengo poder sobre vosotros, sino tengo poder y lo uso para serviros. No os debo respeto porque soy vuestro superior, sino os debo servicio precisamente porque soy vuestro pastor. Y hay una frase de Jesús que me parece el antídoto perfecto, la vacuna contra la corrupción del poder.

 El que quiera ser el primero entre vosotros, que sea el servidor de todos. No el que parece un servidor, el que es un servidor de verdad, por dentro, en lo que nadie ve, cuando nadie aplaudirá si lo hace bien. Esa frase, hermano, es la que debería estar grabada en el corazón de todo el que tiene algún tipo de poder sobre otros.

 El padre, el maestro, el político, el empresario, el sacerdote, el obispo, el cardenal, todos, sin excepción. Ahora bien, hermano, antes de cerrar quiero hacer algo que creo que es de justicia con la persona del cardenal López Romero, independientemente de lo que la investigación determine, y es señalar algo en su respuesta que me parece importante.

 Cuando el cardenal escribió su carta a los fieles de Rabat, su tono no fue el del poderoso que se defiende atacando. No fue el del que llama a sus acusadoras mentirosas. No fue el del que usa sus contactos para blindarse. Fue el tono de alguien que reconoce el peso de la situación, que pide a sus fieles que recen por los que sufren, por la iglesia en Marruecos y por él mismo, que dice, “Me aparto para no interferir en la investigación, que llama a la unidad y a seguir viviendo el evangelio con confianza.

 Eso no es el comportamiento del que tiene algo que esconder a toda costa. Sea cual sea la conclusión de la investigación, hermano, ese tono merece ser reconocido porque hay algo en ese gesto de apartarse voluntariamente, de no pelear por mantener el poder a toda costa, que sí habla de una conciencia que no está completamente apagada.

 Y ahí, hermano, en ese pequeño detalle de cómo respondió, hay también una lección para nosotros. Porque todos, tarde o temprano somos confrontados con nuestra propia fragilidad. Todos en algún momento de la vida somos llamados a dar un paso atrás, a reconocer que nos hemos equivocado o que hay dudas sobre nosotros que necesitan ser aclaradas o que el bien de los que nos rodean exige que nos quitemos del medio por un tiempo.

 Y la pregunta que eso nos hace es esta: cuando llega ese momento, ¿cómo respondemos? ¿Con la dignidad del que lo asume con honestidad y prioriza el bien de los demás sobre el mantenimiento de su propio poder? o con la rigidez del que no puede soltar el control, aunque el daño que cause sea evidente. Y te digo la verdad, hermano, esa es una pregunta que no solo se les hace a los cardenales, es la pregunta que la vida le hace a todo el que tiene alguna responsabilidad sobre otros.

 Al padre que se equivoca y tiene que reconocerlo ante sus hijos. A la madre que se da cuenta de que ha estado equivocada y tiene que decirlo. Al jefe que toma una decisión injusta y tiene que rectificarla aunque le cueste la autoridad. al amigo que descubre que ha fallado y tiene que admitirlo aunque le duela el orgullo.

 Todos, hermano, todos pasamos por ese momento alguna vez y en cómo lo atravesamos se ve de qué estamos hechos por dentro. Así que quédate con esto, que es lo más importante que quiero dejarte hoy. El poder no protege, el rango no blindan. La posición más alta de la Iglesia no te hace inmune a la fragilidad humana ni al error.

 Lo único que te protege de verdad, lo único que no falla es la integridad interior, la humildad genuina que crece a la misma velocidad que el poder y que lo equilibra desde dentro. Y esa integridad, hermano, no se construye en los momentos grandes, se construye en lo pequeño, en lo de cada día, en la desencia cotidiana que nadie ve, pero que Dios sí ve.

 En cómo tratas a los que no tienen poder sobre ti, en cómo usas tu autoridad cuando nadie te mira, en cómo respondes cuando te equivocas y nadie lo sabe todavía. En esas pequeñas decisiones invisibles, hermano, se construye el carácter que resiste cuando llega la prueba grande. Y la iglesia, hermano, a pesar de todos sus fallos, a pesar de todas las heridas que ha causado y que sigue cargando, tiene algo que ninguna institución puramente humana puede tener.

 tiene a Cristo, no como decoración, no como argumento de marketing institucional, sino como fundamento verdadero, como promesa cumplida, como presencia real que la sostiene cuando todo lo demás tambalea. Y una iglesia que investiga a sus propios cardenales, que no cierra los ojos ante las acusaciones graves, aunque vengan de los más poderosos, que actúa con rigor y con sobriedad en vez de con encubrimiento, esa iglesia, con todas sus heridas sigue siendo la iglesia de Cristo, no la de los hombres perfectos, la de los hombres salvados. Y esa

diferencia, hermano, lo es todo. Que el Señor, que lavó los pies de sus discípulos para enseñarnos cómo se ejerce el poder de verdad, de a todos los que tienen responsabilidad sobre otros, grandes o pequeñas, la humildad de servir y no de usar. que guíe la investigación que ha abierto sobre el cardenal López Romero hacia la verdad, sea cual sea esa verdad, y que dé a todos los implicados la justicia que merecen, que sane las heridas de los que han sufrido en estas circunstancias y que te dé a ti, hermano, la lucidez de

mirar tus propios pequeños poderes con honestidad, de usarlos para el bien de los que tienes cerca y de construir cada día en lo que nadie ve, la integridad que no te fallará cuando llegue la hora de la prueba. Cuídate mucho, hermano. El poder no protege. La humildad sí. Nos vemos en el próximo encuentro.

 

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *