Carmen Salinas: La DESGARRADORA Verdad que la Persiguió Hasta su Muerte
Carmen Salinas bautizó a su bebé mientras se le moría en las manos. Y esa, con lo brutal que suena, fue apenas la primera de las tumbas que esta mujer cargó en secreto durante medio siglo, porque detrás de la sonrisa más querida de México se esconde una cuenta de muertes que casi nadie conoce completa. Y cuando la sumes entera, ninguna de sus carcajadas te va a volver a sonar igual.
Hubo una pérdida entre todas. que la rompió de una forma distinta, algo que ella misma confesó que le arrancó para siempre, lo único que la hacía irrepetible frente al público. Siguió trabajando después de aquello, siguió riéndose para nosotros, pero la mujer que volvió a los escenarios ya no era la misma y casi nadie supo por qué.
Y todavía falta lo más escalofriante, porque la manera exacta en que Carmen iba a morir estaba escrita frente a sus ojos semanas antes de que ocurriera, en el guion de la telenovela que grababa. Un final que ella actuó sin saber que se estaba mirando en un espejo. Si te quedas hasta el final, vas a saber cuántos hijos enterró en realidad mientras nos hacía reír.
¿Cuáles fueron las últimas palabras que le dijo su único hijo varón antes de apagarse en sus brazos? Y qué escena cuadro por cuadro predijo su propia muerte delante de las cámaras. Todo con sus propias palabras dichas a pedazos durante años juntas por primera vez. Y todo empieza con una niña pobre de Torreón que aprendió a trabajar antes que a leer.
Una niña que una noche bailando con un desconocido sintió que le deslizaban en la mano un papel doblado. El papel que la haría rica de un día para otro. Lo que ella todavía no sabía es que la suerte en su vida jamás iba a llegar sola. Torreón, Coahuila. 5 de octubre de 1939. En una casa sin dinero nace Carmen Salinas Lozano.
El norte de México en esos años era polvo y trabajo. En su familia el apellido no abría ninguna puerta y la comida del día siguiente se resolvía con el sudor del día anterior. Su madre se llamaba Carmen Lozano Viramontes. Su padre Jorge Salinas Pérez Tejada. Y aquí, antes de cualquier otra cosa, hay que hablar de ese hombre, porque todo lo que le pasó después a Carmen Salinas empieza en una mentira que su padre construyó con papeles falsos.
Lo que esa mujer descubrió el día que fue a divorciarse es una de las humillaciones más frías que se le pueden hacer a una persona. Y su hija creció viéndolo. Jorge Salinas engañó a su esposa. Tuvo otra mujer y con esa mujer tuvo un hijo. Cuando Carmen Lozano se enteró, hizo lo que hace una mujer con dignidad.
fue al juzgado a divorciarse y en ese juzgado, con los papeles en la mano le dijeron que no podía divorciarse porque nunca había estado casada. Los papeles de su matrimonio eran falsos. La boda civil jamás existió. Ese hombre había montado una ceremonia de mentira con documentos que no valían nada y la había hecho vivir como esposa durante años, sabiendo perfectamente que no lo era.
Pero lo peor no es eso. Lo peor es que no fue la única. Jorge Salinas repitió la misma operación con otras mujeres. Bodas falsas, papeles inventados, vidas construidas sobre un fraude. De todas ellas, con una sola se casó de verdad. Imagina lo que significa criarse en una casa así. Una madre que descubre que su vida entera fue una escenografía.
Un padre que reparte matrimonios de utilería como quien reparte volantes y unos hijos que aprenden desde muy temprano que las cosas más importantes de la vida pueden ser mentira y aún así hay que levantarse a trabajar al día siguiente. Carmen Salinas nació de una boda que nunca ocurrió y ahora escucha la cifra que hace que todo lo que vas a oír después sea todavía más difícil de soportar.
Guárdala bien, porque va a repetirse. Los padres de Carmen perdieron alrededor de cinco hijos. Cinco. Muertos por distintas enfermedades. En un México donde la medicina no llegaba a las casas pobres, donde una fiebre podía llevarse a un niño en dos noches. Su madre enterró a cinco hijos y Carmen, 30 años después iba a enterrar exactamente la misma cantidad.
Esa es la sombra que persigue esta historia de principio a fin y hasta hoy nadie la había puesto una junto a la otra. Carmen aprendió a trabajar casi antes que a leer y esto no es una figura literaria. La escuela le duró lo que le duró la infancia, o sea, casi nada. Terminó la primaria. Hasta ahí llegó. Toda su educación formal cabe en 6 años de aula.
Y con eso, con nada más que eso, esta mujer iba a construir después una carrera de más de 100 películas, 70 obras de teatro y más de 20 telenovelas. Pero eso viene mucho más adelante. Por ahora, la imagen que necesitas tener en la cabeza es la de una niña que mira a su hermana mayor Finita. Así se llamaba la hermana que ya andaba en el mundo del espectáculo y Carmen la seguía como se sigue, a quien encontró la salida de un cuarto sin ventanas.
Si Finita podía, ella también. En 1953 con 13 años, Carmen se paró por primera vez en un escenario profesional. Fue en el teatro Folis de la Ciudad de México y no salió a actuar, salió a imitar. Una niña de 13 años, hija de una boda falsa, hermana de cinco muertos que nunca conoció, haciendo reír a una sala llena de adultos, poniéndose las voces de otras personas.
Guarda esa palabra, imitar, porque en esa palabra está encerrada la tragedia más grande de su vida y todavía faltan 40 años para que estalle. Carmen tenía 16 años cuando se casó. El 5 de enero de 1956. Él se llamaba Pedro Placencia Ramírez. Era pianista, era músico, era del mundo que a ella la deslumbraba. Y ella, una muchacha de Torreón con la primaria terminada, se casó convencida de que aquello era el principio de una vida buena.
Lo que vino fue otra cosa, porque Carmen Salinas quería ser madre. Lo quería con una intensidad que le partía el cuerpo y el cuerpo una vez tras otra le decía que no. Ella misma lo contó años después, sentada frente a las cámaras con esa manera tan suya de hablar del horror como quien cuenta el clima. Dijo que tuvo la desgracia de sufrir cinco abortos. Cinco.
Que lloraba mucho, que su vida era una tragedia porque no lograba retenerlos. Piensa en lo que significa esa frase. No lograba retenerlos como si los hijos se le escurrieran entre los dedos. Cinco. La misma cifra de su madre, la misma cuenta exacta una generación después, como si alguien hubiera copiado la sentencia de un expediente al otro.
Pero uno de esos cinco no se le fue en el vientre. Uno llegó a nacer y lo que pasó en esa habitación es lo más difícil de escuchar de todo este video. Uno de esos embarazos llegó a los 7 meses. Siete. Ya no era una pérdida temprana, ya era un niño. Y ese niño nació y respiraba. Y Carmen lo tuvo entre las manos.
Ella lo describió así con las palabras exactas de una mujer que 60 años después seguía viendo la escena cada vez que cerraba los ojos. Contó que quería revivirlo, que pedía a gritos que le trajeran botellas de agua caliente porque era lo único que se le ocurría. Nadie le había enseñado a una muchacha de Torreón con la primaria terminada que a un bebé prematuro hay que quitarle las flemas, que hace falta una incubadora.
que el agua caliente no sirve de nada. Y ahí en sus manos el bebé luchaba por jalar aire. Se le murió ahí entre sus dedos y ella en esos segundos finales hizo lo único que podía hacer. Lo bautizó, le puso un nombre para que no se fuera sin él. lo llamó Jesús. Y ahora imagina lo siguiente. Imagina que eres tú, que tienes a tu hijo muerto en los brazos, todavía tibio, y no lo quieres soltar, porque eso fue lo que pasó.
Carmen contó que cuando llegó su marido y la vio ahí cargando a su bebito muerto, tuvo que quitárselo de las manos. Ella no lo soltaba. Él se lo quitó. Lo velaron esa noche y al día siguiente lo sepultaron en el Panteón de Dolores en la ciudad de México. Una madre de poco más de 20 años saliendo de un cementerio con las manos vacías.
Ese día algo se instaló dentro de Carmen Salinas para siempre. una certeza silenciosa de que a ella la felicidad le iba a llegar siempre incompleta, siempre con un cobro pendiente. Y lo más perturbador, lo que hace de esta historia algo distinto a cualquier otra tragedia de la farándula, es que ella no se hundió, se levantó, se secó la cara y salió a trabajar.
¿De dónde sale una mujer así? ¿Qué clase de fuerza tiene alguien que entierra a un hijo y a los pocos días está haciendo reír a desconocidos? De ese matrimonio sí sobrevivieron dos. Pedro, el hijo varón, que heredaría del padre el talento y las manos para el piano. Y María Eugenia, la hija, la que décadas más tarde estaría al pie de una cama de hospital despidiéndose de su madre.
Dos hijos vivos de siete embarazos. Esa es la aritmética con la que Carmen Salinas empezó su vida adulta. Duna matrimonio terminó en 1971. Se divorciaron. Ella siguió sola con los dos niños en un México donde una mujer divorciada cargaba una etiqueta pesada y con el pianista, décadas después la vida iba a tener otra crueldad guardada.
Pero todavía no llegamos ahí. Antes de eso hay un papel doblado, un pedazo de papel que le cambió la vida de la noche a la mañana y en cómo llegó a sus manos está la clave de todo lo que le pasó después. Año 1966. Carmen apenas empezaba en el medio artístico, no era nadie todavía. Y en un baile, en una de esas fiestas donde una artista joven va a que la vean, sacó a bailar a un señor o el señor la sacó a ella. Bailaron.
Cuando la pieza terminó, aquel hombre le puso un billete en la mano. Ella pensó lo que cualquiera hubiera pensado, que le estaba pagando, que la trataba como se trata a una mujer que baila por dinero y con una mezcla de vergüenza y deprisa, se agachó a darle las gracias y se metió el papel entre el seno sin mirarlo siquiera.
horas después lo desdobló y lo que tenía entre los dedos era un billete de lotería. Ese billete premiado le compró una casa, una casa que 55 años después iba a heredar su hija. Y en esa misma casa, en el baño de una de sus habitaciones, iba a ocurrir el principio del final de Carmen Salinas. Recuerda eso. Vamos a volver a esa casa. Carmen ganó la lotería.
Así por un boleto regalado por un desconocido con el que bailó una pieza y con ese dinero compró la propiedad que sería suya el resto de su vida. La casa donde levantó a sus hijos, donde recibió a sus nietos, donde dormía cada noche después de las grabaciones. Ahí está la primera pieza de un patrón que va a repetirse hasta el último día de su vida.
La fortuna llegó cuando ella creía que la estaban humillando y con esa fortuna vino todo lo demás. Y aquí es donde todo cambia, porque la mujer que México aplaudió durante 60 años no llegó a la fama por la puerta grande, llegó por la puerta que nadie quería usar. En 1964 debutó en la televisión en la telenovela La Vecindad bajo la dirección de Ernesto Alonso, uno de los grandes de la época.
Pero lo que de verdad la hizo famosa, lo que la puso en el mapa de todo un país, fue un cine que la gente decente decía despreciar mientras llenaba las salas para verlo. El cine de ficheras, aquellas películas mexicanas de los 70 y 80 llenas de cabarets, de albures, de mujeres que trabajaban en la noche.
Un cine que la crítica trituró y que el pueblo amó. Carmen se metió ahí de cabeza. En 1970 estuvo en la vida inútil de [ __ ] Pérez. En 1975 hizo un personaje que se le quedó pegado a la piel para siempre, La corcholata, en Bellas de noche. Luego vinieron Tíboli, Noches de Cabaret, Muñecas de Medianoche, La Pulquería, Noche de Carnaval, El Rey de las ficheras.
Y esto nadie lo conectó hasta ahora. Fíjate en la clase de personajes que le tocó interpretar toda la vida. Mujeres de cabaret, ficheras, vecinas de barrio, sirvientas, madrotas, llorona, Petra, doña Cleo, Tomasa, Jesus la madrastra. Los papeles que a las actrices bonitas jamás les daban, los que nadie quería, los del fondo del reparto.
Carmen Salinas construyó una carrera de 60 años con los personajes que el sistema desechaba, con la misma habilidad con que había construido una vida entera con lo que la fortuna le dejaba tirado. A ella nunca le regalaron un protagónico romántico. Le tocaron las mujeres duras, las que trabajan, las que aguantan, y las hizo suyas hasta el punto de que el país entero acabó queriéndolas.
Y aquí viene una de las ironías más grandes de la vida de esta mujer. Porque a la señora de la primaria, la del cine que la crítica llamaba basura, el mundo entero terminó abriéndole la puerta. En 1999 hizo a doña Cleo en Todo el poder la película de Fernando Sariñana sobre la corrupción y la violencia en la ciudad de México.
Un cine serio, un cine que hablaba de cosas graves. Y en 2004, con 64 años, Carmen Salinas apareció en una producción de Hollywood. Se llamaba Hombre en llamas. El reparto lo encabezaba Dencel Washington y lo completaban Mark Anthony y una niña llamada Dakota Fanning. Fíjate de qué trataba esa película. De un secuestro.
Del secuestro de una menor en México. La fichera de Bellas de noche, la corcholata, la mujer a la que en su propio país le dieron durante 30 años los papeles que nadie quería. Terminó actuando frente a uno de los actores más grandes del planeta en una historia sobre una niña arrancada de los brazos de su familia. Ese mismo año hizo otra cinta a Silent Love junto a Vanessa Baouche.
Pero lo suyo, lo que la hizo entrar a las casas de millones de personas fue algo mucho más humilde y fue lo que la mantuvo viva. Carmen Salinas hizo telenovelas hasta el final. Estuvo en María la del Barrio, en Velo de novia, en Mi corazón es tuyo. Hizo programas unitarios que México veía religiosamente como Mujer, Casos de la vida real, Mujeres Asesinas y La Rosa de Guadalupe.
Y para una generación entera de jóvenes que jamás vieron una película de ficheras, ella fue simplemente Doña Cuca, la de Nosotros los guapos. Cuatro generaciones distintas de mexicanos crecieron con la misma señora en la pantalla. Los abuelos la vieron en el cabaret, los padres la vieron en la telenovela de la tarde. Los hijos la vieron en la comedia de la noche y los nietos la vieron en internet.
Porque a los 80 años Carmen Salinas abrió un canal de YouTube y no lo abrió para leer memorias ni para contar los viejos tiempos. subía videos con títulos que escandalizaban a media prensa mexicana. Uno se llamaba Cómo ser un buen gay. Otro daba consejos para no aflojar en la primera cita. Una señora de 80 años, hija de un hombre que falsificaba actrimonio dándole consejos amorosos a los adolescentes de internet.
Y ahora, quédate con el dato más absurdo de toda su vida, el que demuestra mejor que ningún otro quién era Carmen Salinas. En 2014, un año antes de llegar al Congreso, el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación la nombró embajadora de la educación en México. La mujer que solo terminó la primaria, la misma a la que un año después en San Lázaro iban a humillar públicamente por su falta de estudios. piénsalo.
La nombraron embajadora de la educación y después se burlaron de ella por no tenerla y ella aguantó las dos cosas con la misma sonrisa. Pero su verdadero don, aquello por lo que la gente la buscaba, era otra cosa. Y ese don tenía un secreto que casi nadie sabía. Carmen Salinas era una imitadora extraordinaria, la mejor de su generación.
subía a un escenario y se convertía en Lola Beltrán, en Celia Cruz, en María Félix, en Amalia Mendoza, en Lupita Dalesio, en Alejandra Guzmán, en Lucero, en Julisa, en Irma Dorantes. Se metía en la voz de otra mujer, en su manera de pararse, en sus gestos y una sala entera se doblaba de risa. Eso y no las telenovelas.
Era lo que la volvía irrepetible. Esa era la niña de 13 años del teatro Folis, convertida en artista de verdad. Pero un acto de imitación necesita música, necesita arreglos, necesita que alguien tome cada canción, cada tono, cada entrada y los acomode para que la voz imitada encaje exactamente donde tiene que encajar. ¿Y quién crees que le hacía a Carmen Salinas los arreglos musicales de todos sus actos? Pedro Placencia Salinas, su hijo, el muchacho que heredó las manos del padre, que se hizo pianista y compositor, que llegó a ser un músico
respetado con carrera propia. Ese hijo era el arreglista de su madre. Cada imitación que Carmen hacía sobre un escenario pasaba primero por el piano de Pedrito. Madre e hijo eran literalmente un solo número artístico. Ahora ya sabes lo suficiente para que lo que viene te destroce y todavía no hemos llegado a lo peor.
Alrededor de los 30 años, Pedro empezó a sentirse mal. Nada dramático al principio, problemas del estómago, agruras que no se le quitaban. Su madre lo veía sufrir con eso y le recomendó ir con un amigo suyo que era médico. Ese médico lo revisó y dictaminó que lo que tenía era una simple parasitosis. le regaló unas cajas de medicamento para desparasitarse, un diagnóstico equivocado.
Y guarda esas cajas de pastillas en tu memoria, porque lo que Pedro hizo con ellas es difícil de escuchar. Pedro se tomó las pastillas y siguió tomándolas. Su madre contó que llegó a tomarse hasta 30 pastillas desparasitantes. 30. Un hombre joven tragando pastillas para un parásito que nunca tuvo, mientras adentro le crecía otra cosa.
Carmen le insistía, se lo dijo una y otra vez con esa mezcla de súplica y de orden que solo tienen las madres. Que fuera a ver a un buen gastroenterólogo, que fuera con un buen doctor, que eso no era normal. Él no le hizo caso. Se limitó a tomar leche para el ardor, a seguir con los medicamentos que creía que se lo iban a quitar y a seguir con su vida.
Y ella, que ya sabía lo que era ver morir a un hijo entre sus dedos, tuvo que quedarse ahí mirando sin poder obligarlo. Martes 1993. el teléfono. Carmen recordaba ese día con una precisión que asusta. Recordaba que era martes. Recordaba las palabras horribles del doctor, que le anunció que traía malas noticias y que Pedrito tenía cáncer en los pulmones. En los pulmones.
Meses de agruras, de leche, de 30 pastillas para un parásito que jamás existió. Mientras el verdadero mal crecía tres palmos más arriba, donde nadie había querido mirar. Y aquí está la parte que casi nadie cuenta, porque casi nadie se atreve. Lo que Pedro le pidió a su madre mientras se moría.
El tratamiento arrancó tarde. La quimioterapia le deshizo el cuerpo. Carmen contó que su hijo estaba todo hinchado por las quimios, que los dolores eran insoportables, que ya no aguantaba. Y un día ese muchacho que ella había levantado, ese pianista de manos finas, le dijo a su madre que se quería suicidar, que no soportaba más el dolor.
Imagina eso por un momento. Imagina a tu hijo pidiéndote permiso para dejar de existir y tú ahí con la mano en la suya, sin nada que ofrecerle, salvo seguir mirándolo sufrir. Y no hay palabra en ningún idioma para lo que una madre siente al oír eso, porque lo que vino después la persiguió hasta el último día de su vida.
19 de abril de 1994. La habitación estaba llena de gente que lo quería. Un amigo músico de Pedro lo tenía agarrado de la mano. Su nuera puso un tocadiscos con música relajante para que se fuera con algo hermoso sonando. Carmen estaba ahí agachada junto a la cama. Había también un sacerdote en el cuarto.
Y en algún momento, mientras sonaba esa música, el sacerdote se acercó a ella y le dijo la frase que le partió la vida en dos. le dijo llamándola por su nombre de cariño, que Pedrito ya se había ido. Tenía 37 años. Carmen Salinas cayó al suelo desmayada. Y aquí viene el detalle más brutal de toda esta historia, el que casi nadie conoce, contado por ella misma con sus palabras.
Para reanimarla ahí mismo en esa habitación le pusieron una máscara de oxígeno y el oxígeno que le pusieron fue el de Pedrito, el de su hijo, el tanque que acababa de quedarse sin dueño. Carmen Salinas volvió en sí respirando el aire que ya no le servía a su hijo muerto. Y ahora, si te quedaste hasta aquí, mereces la respuesta a la primera pregunta de este video.
¿Cuántos hijos enterró Carmen Salinas en realidad? Haz la cuenta conmigo despacio. Cinco se le fueron antes de conocer el mundo. Uno de ellos alcanzó a respirar 7 meses adentro y unos segundos afuera entre sus manos. Y se llamó Jesús durante el tiempo que dura un bautizo de emergencia. El sexto tenía 37 años.
Tocaba el piano y le escribía los arreglos a su madre. Seis hijos. Seis. De siete embarazos, esta mujer se quedó con una hija y con esa aritmética encima con seis niños repartidos entre dos panteones de la Ciudad de México, Carmen Salinas se levantó cada mañana durante casi 70 años y salió a hacer reír a un país que jamás supo nada de esto.
Un tanque de oxígeno, una madre respirando por él. Guarda esa imagen en tu mente porque 27 años después en un hospital de la Ciudad de México, esa escena va a repetirse al revés. Y ahí está la parte más escalofriante de todo este video y algo se apagó en ella ese día para siempre, porque Carmen Salinas nunca volvió a hacer una imitación, nunca.
La mujer que se había ganado la vida convirtiéndose en Lola Beltrán y en María Félix, guardó ese don en un cajón y no lo sacó jamás. Ella lo explicó sin adornos, sin dramatismo, con una lógica devastadora. Su hijo era su arreglista. Sin él no había arreglos. Sin arreglos no había número. Entiéndelo bien. El cáncer no solo le quitó a Pedro, le quitó en el mismo movimiento lo único que ella sabía hacer mejor que nadie en el mundo.
La mujer que México vio reír durante los siguientes 27 años ya no podía hacer aquello que más amaba, porque hacerlo significaba sentarse frente a un piano vacío. Carmelita que todos aplaudimos después de abril de 1994. Era una artista trabajando con la mitad de su talento enterrado. Y en ese hueco, en ese silencio donde antes estaba la música de su hijo, Carmen Salinas metió lo único que le quedaba, trabajo.
Y de ese hueco nació la obra más grande de su vida. Después de la muerte de Pedro, Carmen estuvo cerca del retiro. 30 años de carrera y un hijo enterrado. Muchos habrían parado ahí. Y entonces llegó a sus manos un libreto. El escritor Carlos Olmos había adaptado para teatro una película mexicana de 1950, un clásico del cine de Rumberas, protagonizado en su día por la cubana Ninón Sevilla.
La historia se llamaba Aventurera. Carmen decidió producirla ella misma. A los 57 años, sin estudios, sin experiencia como empresaria teatral, se convirtió en productora junto a Guillermo Lauder con dirección de Enrique Pineda. Pero le faltaba la protagonista y cómo la encontró es una de las anécdotas más increíbles del teatro mexicano.
La primera opción era Itatí Cantoral. La esperaron más de un mes porque andaba en Europa. Cuando volvió, fue a casa de Carmen y le dijo que no iba a poder, que Emilio La Rosa la había llamado para hacer una telenovela, que en Televisa se lo habían ordenado. Carmen se lo contó años después a la periodista Maxine Woodside, todavía con el sabor en la boca.
le respondió que no le podía hacer eso, que tenía a todos los actores esperando, a Alejandro Tomasi, a Ernesto Gómez Cruz, a todos esperando para ser aventurera. La muchacha le preguntó qué hacía y Carmen se quedó con un ni modo atravesado en la garganta. Su obra se caía antes de nacer. Entonces ocurrió lo que solo le ocurre a la gente como ella.
Edit González, la actriz rubia a la que todos llamaban la agüera, era fanática de las Chivas. Le habló a Carmen para pedirle un favor, que no fuera mala, que le consiguiera dos boletos para ir con su hermano al partido del Guadalajara contra el Nesa. Carmen habló a relaciones públicas del Guadalajara y le consiguió los boletos.
En la comida de después pusieron música tropical de ambiente y Edit González se paró y empezó a bailar. Carmen volteó a ver a su hermano, al que todos llamaban el chato, y le dijo cuatro palabras. Esta es aventurera. Recuerda a ese hombre, el chato, el hermano que estaba sentado en esa mesa, porque de él vamos a hablar otra vez y no va a ser para bien.
Le plantearon el proyecto ahí mismo. Edith pidió que le mandaran el guion a su casa. El chato se lo llevó. Al día siguiente, Carmen tenía que viajar a Acapulco por una actuación. Esa noche, en el hotel sonó el teléfono de la habitación de Edit. Carmen contestó. Del otro lado, la hera le dijo tres palabras. Yo soy aventurera.
28 de octubre de 1997, salón Los Ángeles, colonia Guerrero, Ciudad de México. Esa noche cambió el teatro mexicano y nadie en el público sabía lo que la mujer del escenario acababa de enterrar. La obra contaba la historia de Elena Tejero, una joven engañada y vendida a un burdel llamado Kumbala, donde la obligan a prostituirse.
Y el personaje que Carmen Salinas eligió para sí misma fue Rosaura, la madrota, la dueña del burdel, la mujer que compra a Elena y la destruye. Detente un segundo en eso. Carmen Salinas, hija de una mujer a la que un hombre engañó con papeles de matrimonio falsificados. Se pasó 20 años de su vida interpretando cada noche a la persona que compra y vende a otra mujer.
Se puso, función tras función, la piel del verdugo. La crítica se rindió. Un cronista escribió en octubre de 1997 que la figura principal era Carmen Salinas. En el papel de la madre provinciana que oculta su doble personalidad como regidora de Burdeles. La obra explotó. Se mudó al teatro Blanquita, recorrió el país, llenó teatros en Estados Unidos, agotó entradas en Chicago.
Por el papel de Elena Tejero pasaron Edit González, Itatí Cantoral, Niurca Marcos, Lorena Rojas, Maribel Guardia, Adriana Fonseca, Pati Navidad, Sabín Musier, Ninel Conde, Susana González. fue el proyecto más exitoso de su vida y lo levantó sobre la tumba de su hijo. Pero lo que Carmen Salinas confesó en el vigésimo aniversario de esa obra es la frase más escalofriante que ha dicho una actriz mexicana.
Escúchala completa. En la función especial por los 20 años de aventurera, frente al público, Carmen contó que desde aquel 28 de octubre de 1997 no había faltado ni un solo día a trabajar, ni uno. Y para demostrarlo puso un ejemplo. dijo que sepultó a su hermana Estercita a las 5 de la tarde y que a las 7 de la noche ya estaba trabajando en aventurera.
Dos horas, dos horas entre echarle tierra encima a su hermana y salir a cantar en un burdel de mentira para que un teatro lleno se divirtiera. Y ella lo contó riéndose con orgullo, como quien presume una medalla. Ahí tienes en una sola frase a Carmen Salinas entera, porque para esa mujer el trabajo no era un oficio, era el dique, lo único que le impedía sentarse a llorar hasta desaparecer.
Mientras hubiera función, había una razón para pararse de la cama. Y ella había aprendido desde la casa de Torreón, donde su padre repartía bodas falsas, que uno se levanta de todas formas. Y la muerte no había terminado con ella. Fíjate ahora en las personas que aparecieron en esta historia y en lo que les pasó a cada una.
Edit González, la primera aventurera, la hera que bailó en aquella comida y que le salvó la obra. Murió el 13 de junio de 2019. Tenía 54 años. Murió de cáncer de ovario. Se lo detectaron en 2016, en etapa cuatro. Le dijeron que le quedaban 5 años. vivió tres. Trabajó hasta casi el final sonriendo, publicando mensajes de aliento a otras mujeres enfermas.
Y cuando el médico entró a su cuarto y le dijo que ya no había nada que hacer, ella se despidió del doctor con la mano y le dio las gracias a su propio cuerpo por haberla tenido. Cáncer otra vez. Y antes que ella, el 2 de noviembre de 2016 había muerto Pedro Placencia Ramírez. El pianista con el que Carmen se casó a los 16 años.
El padre de sus hijos, el hombre que le quitó de las manos a su bebé muerto para poder enterrarlo. Murió de cáncer. El mismo mal que se había llevado a su hijo 22 años antes, padre e hijo. La misma enfermedad, las mismas manos de pianista. Y ahora suma, cinco hermanos que su madre enterró, cinco hijos que ella perdió.
Un bebé muerto en sus manos, un hijo de 37 años, un exmarido, una hermana, el chato, sus padres y la actriz a la que ella misma convirtió en estrella. ¿Cuánto puede cargar una persona antes de romperse? Su hija lo enumeró después con la voz rota hablando de todo lo que su madre ya no tenía cuando murió. Ya no le quedaba a su hermano Pedrito, tampoco su tío Chato ni sus padres.
Uno por uno, la vida se los fue llevando a todos y ella se quedó. Vivía según su hija, por ella, por sus nietos, por sus yernos y por el público. Por el público. Esa mujer se sostenía en pie entrando a los 80 años gracias a la gente que la veía por televisión. Y ahora déjame contarte la historia más absurda de su vida, la que demuestra la clase de personaje que era esta mujer.
Porque Carmen Salinas una vez almorzó con uno de los narcotraficantes más buscados de México por accidente. Ella misma la contó en julio de 2020 en un video de su canal de YouTube. Carmen iba con frecuencia al reclusorio norte de la ciudad de México a visitar a un amigo, el comediante Pepe Magaña, que estaba sentenciado a 8 años de cárcel.
Gracias a las gestiones de ella, esa condena se redujo a tres. Uno de esos días, alguien le informó que el jefe quería hablar con ella. Carmen pensó que se trataba del director del penal. Aceptó de inmediato. Encantada. La llevaron con Rafael Caro Quintero, uno de los capos más temidos de la historia de México, quería hablar con ella.
¿Por qué? Por una confusión de apellidos que casi le cuesta un disgusto enorme. El capo creía que Carmen era tía de Carlos Salinas de Gortari, el presidente de México en aquel entonces. La razón era simple y absurda. El padre del presidente se llamaba Raúl Salinas Lozano. Ella se llamaba Carmen Salinas Lozano.
Alguien había atado los cabos equivocados y dado por hecho que eran hermanos. Carmen almorzó con él, aclaró el malentendido. Aunque también reconocía que llevaba buena relación con la familia del presidente, salió de ahí sin un rasguño y con una anécdota que contaría 25 años después, muerta de risa en internet. Esa era ella.
Y esa mezcla de inocencia, valentía y bocota es exactamente lo que la metió a los 75 años en el lugar más inesperado de todos. En 2015, Carmen Salinas llegó a la Cámara de Diputados de México. Le habían ofrecido una diputación varias veces. Ella la había rechazado varias veces. Cuando por fin se registró como legisladora del PRI, lo dijo delante de los medios sin ningún filtro.
Dijo que la habían metido en eso, que en serio ella no quería. Aceptó por cariño a un amigo, César Camacho, entonces dirigente nacional del partido, y el país entero se le echó encima. Por una sola razón la atacaron por su escolaridad. Carmen Salinas fue señalada como la legisladora con el nivel escolar más bajo de toda la 63erª legislatura.
La actriz de las ficheras, la corcholata, la mujer con la primaria terminada, sentada en San Lázaro haciendo leyes, se burlaron de ella durante 3 años. Rindió protesta el 29 de agosto de 2015. Formó parte de las comisiones de igualdad de género, de radio y televisión y de salud. presentó 36 iniciativas, cuatro fueron aprobadas y a quien se burlaba, ella respondía sin agachar la cabeza.
Dijo a un periódico que ganaba mucho más como actriz, muchísimo más, y que estar ahí era para servir a su pueblo, a la gente que más lo necesitaba, a la más vulnerable. Al terminar su encargo en 2018, dijo que era muy respetable lo que la gente pensara de ella y que a los que no les gustara lo sentía mucho.
Pero nadie, ni uno solo de los que se burlaron, se molestó en leer qué leyes estaba proponiendo esa señora. Y cuando las leas, se te va a caer la risa de la boca. El 24 de noviembre de 2015, Carmen Salinas propuso adicionar disposiciones a la Ley General de Salud para crear el Registro Nacional de Cáncer, un padrón nacional, una base de datos del cáncer en México para saber cuántos enfermos había, dónde estaban, de qué se estaban muriendo.
La iniciativa fue aprobada el 3 de noviembre de 2016. Se destinaron 13 millones de pesos para construirla. Ahora piensa, ¿por qué? Piensa en un martes de 1993 y en un teléfono. Su hijo murió de cáncer porque a nadie se le ocurrió buscarlo donde estaba, porque un médico le dijo que tenía parásitos, porque en México nadie llevaba la cuenta.
21 años después de enterrarlo, esa mujer de la que todos se reían por tener la primaria se paró en el Congreso y convirtió la muerte de su hijo en una ley. Y no fue la única. Escucha la otra. El 14 de diciembre de 2017 se aprobó una reforma a la Ley General de Acceso de las Mujeres a una vida libre de violencia. Carmen Salinas participó en esa iniciativa, una ley para proteger a las mujeres de los hombres que las destruyen.
Y ahora vuelve al principio de este video, a un juzgado de hace 80 años, a una mujer llamada Carmen Lozano Viramontes, parada frente a un funcionario que le está diciendo que su matrimonio nunca existió. Esa mujer era su madre. La niña que creció viendo esa humillación llegó al Congreso de México 60 años después y ayudó a levantar una ley para que a otras mujeres no les hicieran lo mismo.
Impulsó también en tres ocasiones reformas a la ley del seguro social para dar pensión de vejez a los trabajadores mayores de 65 años. para dar seguridad social a los actores y a los trabajadores de los medios, sus compañeros, esa gente que se muere sin nada después de haber hecho reír a un país.
Para garantizar el pago de horas extras, Carmen Salinas convirtió a sus muertos en leyes, uno por uno. Y sin embargo, ni siquiera esa mujer era perfecta, porque su bocota, la misma que la hacía adorable, también le costó caro. En plena pandemia, Carmen soltó un comentario sobre el origen del coronavirus que le estalló en la cara. Culpó a los chinos y dijo que tenían su merecido por comer gatitos y perritos.
El comentario fue leído como racista. La criticaron duramente y ella tuvo que disculparse públicamente. No fue la única vez que su lengua se le adelantó al pensamiento. Llegó a despreciar el cargo de diputada en una entrevista diciendo que ahí se ganaba muy poco. Opinaba de todo, de política, de artistas, del presidente, sin medir consecuencias.
Esa mujer no era una santa. Era una señora del norte de México con 6 años de escuela, un corazón enorme y ninguna clase de filtro, que había enterrado a media familia y que decía exactamente lo que pensaba. Y hay un lugar en la Ciudad de México que casi nadie conoce y que explica esta historia mejor que cualquier telenovela.
Un local pequeño en la colonia Verónica Ansures. Escucha lo que hay debajo de él. Se llama La Casita de las sopas. Es un restaurante. Carmen se lo regaló a su hija María Eugenia hace más de 20 años para que tuviera algo suyo, algo que nadie le pudiera quitar. Pero ese terreno tenía dueño antes.
En ese mismo lugar, en ese pedazo exacto de tierra, estaban las oficinas de Pedro Placencia, de Pedrito, del hijo muerto. Carmen Salinas tomó el sitio donde su hijo trabajaba, donde componía, donde hacía los arreglos musicales que ella cantaba y lo convirtió en el negocio con el que su hija se ganaría la vida. levantó el futuro de una hija encima del despacho vacío del otro.
Esa mujer no dejaba nada muerto. Todo lo que perdía lo transformaba en algo que sirviera a los que seguían vivos. Lo mismo hizo con la casa del billete de lotería. Carmen había dejado previsto desde mucho antes de enfermarse cómo se repartirían sus bienes. Aquella propiedad que compró en los años 60, la que llegó a sus manos por bailar una pieza con un desconocido, sería para María Eugenia.
La suerte de una noche de baile terminó siendo 60 años después, el techo de su hija. Y ahora la pregunta que todos se hicieron cuando la vieron entrar al hospital. ¿Por qué [ __ ] seguía trabajando esta mujer a los 82 años? Tenía dinero, tenía una casa pagada, tenía nietos, yernos, un restaurante familiar, una carrera cumplida y todos los premios que un país le podía dar.
podía haberse quedado en su recámara con su rosario y su sillita, viendo pasar las tardes. Y en lugar de eso, a los 82 años se levantaba de madrugada para irse a un foro de Televisa a grabar una telenovela, porque el día que Carmen Salinas dejara de trabajar, iba a quedarse sola en esa casa.
Y en el silencio de esa casa la estaban esperando un bebé llamado Jesús, un pianista llamado Pedro, una hermana llamada Estercita, un hermano llamado El Chato, un exmarido, unos padres y una boda que nunca existió. El escenario era el único lugar del mundo donde no cabían sus muertos y por eso no se bajó de él jamás.
Y hay una faceta de Carmen Salinas que su público jamás vio en la televisión porque solo ocurría en el teatro. Ahí esa mujer se volvía peligrosa. Desde el escenario de aventurera, función tras función, Carmen hacía crítica política, se metía con los poderosos, improvisaba, señalaba, se burlaba y no le importaba quién estuviera en el poder ni de qué partido fuera.
Ya en plena pandemia, con 80 años cumplidos, montó una obra cuyo título lo dice todo y que nos congele la pandemia como anillo al dedo. Desde esas tablas llegó a lanzar críticas contra el propio presidente Andrés Manuel López Obrador. Piensa en la escena completa. una mujer de 80 años con la primaria terminada que había sido diputada del Pore, parada frente a un público sin guion, diciéndole al presidente de la República lo que pensaba de él.
¿De dónde saca alguien ese descaro? De haber perdido ya todo lo que se puede perder. Porque a una mujer que enterró a un hijo de 7 meses en el panteón de Dolores, que enterró a otro de 37 en el panteón español que despidió a su hermana a las 5 de la tarde y se subió a un escenario a las 7, ¿qué le puede hacer un político? Carmen Salinas ya no le tenía miedo a nada y esa era exactamente la clase de libertad que solo se compra pagando el precio que ella pagó y por eso siguió trabajando hasta el último día.
literalmente hasta el último. Y en ese último trabajo estaba escondido, a la vista de todos el guion de su propia muerte. En 2021, con 82 años, Carmen Salinas estaba grabando una telenovela de Televisa llamada Mi fortuna es amarte. Su personaje se llamaba Doña Magos y ahora escucha con atención qué papel le tocó interpretar en el último trabajo de su vida.
Doña Magos era una abuela que terminaba criando a sus nietos después de que se le murieran su hija y su yerno. Una anciana rodeada de muerte familiar, una mujer que entierra a sus propios hijos y sigue adelante por los nietos. Le dieron a Carmen Salinas para el final de su carrera exactamente el papel que había sido su vida. Pero eso todavía no es lo escalofriante.
Lo escalofriante es que en ese guion, en esas páginas que ella se aprendía de memoria en su recámara, estaba escrita también la forma en que doña Magos iba a morir con escenas muy fuertes. Según contó después su propia hija. Carmen grabó esas escenas. Se aprendió esas líneas. actuó su propio final semanas antes de vivirlo y la noche en que todo se derrumbó hizo algo que hoy resulta imposible de escuchar sin un escalofrío.
10 de noviembre de 2021. La casa que le compró aquel billete de lotería que un desconocido le puso en la mano después de bailar. Ese día ella había trabajado. Había grabado sus escenas de doña Magos, como siempre, con esa energía que desconcertaba a gente 40 años más joven. Volvió a casa por la noche, dejó su bolsa en la recámara, cenó y se sentó a ver la televisión.
Estaba andando Mi fortuna es amarte. Su propia telenovela, la historia de la abuela que entierra a los suyos. Carmen la vio, sonríó probablemente viéndose a sí misma en la pantalla. Poco antes había subido un mensaje a sus redes. Escribió que no sabían la felicidad que sentía al tener a esos nietos tan hermosos en la telenovela e invitó a todos a verla esa noche a las 8:30 por las estrellas.
Ese fue su último mensaje al mundo. Una invitación a ver la historia de una abuela que se queda sola. Faltaban minutos. entró al baño de su recámara y ahí, entre esas cuatro paredes, a sus 82 años se le reventó una arteria en el cerebro. Su hija aclararía después, ante la prensa que hablaba de un derrame, que lo que su madre sufrió fue una hemorragia cerebral provocada por la hipertensión que se le presentó de golpe.
Su nieta, Carmen Placencia, contó que todo fue sorpresivo, que había cenado, que había visto su telenovela y que de pronto empezó a sentirse mal. Ahí quedó en la casa que ganó bailando con un desconocido a unos metros del rosario donde rezaba por todos y todavía le faltaba casi un mes de agonía. Años después, María Eugenia abrió las puertas de esa recámara a las cámaras.
Todo seguía en su lugar, tal cual lo había dejado su madre. Las bolsas, las joyas, la última bolsa que Carmen llevaba cuando llegó de trabajar y ya no pudo estar con ellos. El rosario en el buró junto a la sillita donde se sentaba cada noche a rezar por todos. Frente al baño, la hija dijo cinco palabras que resumen esta historia entera.
Dijo que ahí quedó su mamá. La internaron esa noche en un hospital de la Ciudad de México. El diagnóstico fue demoledor, hemorragia cerebral y un coma que los médicos llamaron natural. Su sobrino, Gustavo Briones, confirmó a la prensa que estaba en estado de gravedad y entonces, para mantenerla con vida, hicieron lo único que se podía hacer.
La conectaron a un respirador. Detente aquí porque acabas de cerrar el círculo más cruel de esta historia y quizá no lo notaste. En abril de 1994, Carmen Salinas despertó de un desmayo respirando el oxígeno de su hijo muerto. En noviembre de 2021, 27 años después, era ella la que yacía inconsciente con un tubo en la garganta, respirando por una máquina, mientras del otro lado de la puerta su hija esperaba noticias.
La misma escena, los mismos aparatos, cambiadas las manos. Y ahora suma lo otro. Mientras Carmen agonizaba conectada a ese respirador, en la televisión de todo México seguía transmitiéndose: “Mi fortuna es amarte”. Noche tras noche, el país entero veía a doña Magos, sana, alegre, hablando y riéndose en la pantalla, mientras la mujer que la interpretaba llevaba semanas sin poder abrir los ojos.
Un fantasma dando funciones. El productor de la telenovela, Nicandro Díaz, admitió que las grabaciones que ella había dejado alcanzaban hasta poco después de mediados de diciembre. Es decir, Carmen Salinas iba a seguir apareciendo en televisión incluso después de muerta. Y la producción tuvo que tomar una decisión que suena a crueldad, aunque no lo fuera. Escúchala.
Nicandro Díaz declaró a la prensa mexicana que por respeto a ella todavía no había querido pensar en otra opción. Pero una telenovela no se detiene. La maquinaria no se detiene por nadie. Mientras Carmen seguía inconsciente con un tubo en la garganta, el personaje de Doña Magos fue entregado a otra actriz, a María Rojo.
A Carmen Salinas le quitaron su último papel mientras se moría y ella nunca lo supo. ¿Y quiere saber cuál es la parte más cruel de un mes entero en un hospital? Nadie lo adivina nunca. Es la esperanza. Los días pasaron y a finales de noviembre ocurrió algo de esa crueldad que tienen los hospitales. Carmen mejoró levemente, pero mejoró.
Empezó a pasar cortos periodos sin el respirador. Sus signos vitales se estabilizaron. La familia respiró, el país respiró. En redes sociales la gente rezaba por Carmelita, encendía veladoras, mandaba mensajes. Durante unos días pareció que la mujer que había sobrevivido a todo iba a sobrevivir también a esto. Y entonces llegó el jueves 9 de diciembre de 2021.
Por la noche, la presión sanguínea de Carmen empezó a bajar. Le costaba respirar. Los médicos avisaron a la familia lo que estaba pasando y lo que iba a pasar. La caída de la presión le provocó un paro cardíaco. María Eugenia entró a despedirse de su madre alrededor de las 8 de la noche. Lo que esa hija le dijo al oído a su madre moribunda.
Es lo más hermoso y lo más desgarrador de todo este video. Escúchalo bien, porque conecta con todo lo que has oído hasta ahora. le habló, le dijo con la voz quebrada que sabía que ya tenía que partir, que no se preocupara por ninguno de ellos. Después pronunció la frase que le dio permiso de irse.
Le dijo que se iba a ir en paz con su hermanito, con su tío Chato, con sus papás, con su hermanito, con Pedrito. Después de 27 años, esa hija le estaba diciendo a su madre que ya podía ir a buscar al hijo que se le había muerto, que ya era hora, que la estaban esperando del otro lado y le dijo que se fuera bien.
Carmen Salinas murió esa noche del 9 de diciembre de 2021 a los 82 años. Pero la historia no termina ahí porque 24 horas antes, María Eugenia se había sentado a ver la telenovela de su madre y lo que vio en la pantalla dejó helada. La noche anterior a que su madre muriera se transmitió un capítulo de Mi fortuna es amarte.
La hija lo contó después ante los medios con la voz entrecortada afuera de la funeraria de la calle Félix Cuevas. Dijo que había visto la escena, que era un papel donde su mamá se iba a morir con unas escenas muy fuertes y que lo que son las cosas después fue real. El personaje de doña Magos en la pantalla decía que viviría hasta que Dios lo permitiera.
Carmen Salinas grabó esas palabras semanas antes, sana, riéndose entre toma y toma, sin la menor idea de lo que estaba diciendo. Millones de mexicanos escucharon a una mujer anunciar su propia muerte en horario estelar. Menos de 24 horas después, Dios dejó de permitirlo y su hija remató entre lágrimas con la frase que explica una vida entera.
Es la clave de todo lo que has escuchado hoy. Dijo que su mamá nunca hablaba de la muerte, ni una sola vez, que su mamá siempre tenía ganas de vivir, aunque ya no le quedaran su hermano, su tío chato ni sus papás. Ahí está. Esa es la respuesta a la pregunta que abrió este video. ¿Cómo lo hizo? ¿Cómo una mujer nacida de un matrimonio falso, hija de una madre que enterró cinco hijos, pierde a otros cinco, sostiene a uno en las manos mientras se le muere.
Ve a su único hijo varón consumirse por un cáncer que un mal diagnóstico dejó crecer. Pierde con él el don que la hacía irrepetible. entierra a su exmarido, a su hermana, a su hermano, a sus padres y a la actriz que ella misma convirtió en estrella y sigue riéndose. La respuesta es que se negó a nombrarla. La muerte la visitó una y otra vez, se sentó a su mesa, le fue quitando a los suyos uno por uno y ella jamás le concedió el honor de mencionarla en voz alta.
Se levantaba, se ponía el vestido de trabajo y salía a hacer reír a la gente. Enterraba a una hermana a las 5 y a las 7 estaba en el escenario. Rezaba su rosario en la sillita del cuarto, pedía por todos y no se quejaba nunca. Por eso pudo con todo. Y por eso la muerte tuvo que venir a buscarla por la espalda en el baño de su propia casa, sin avisar.
Un miércoles por la noche, cuando ella acababa de cenar y de ver su telenovela y ya no le quedaba ninguna forma de esquivarla. Al día siguiente, en la funeraria, la gente del espectáculo llegó a despedirla. El canal Las Estrellas anunció que el mundo del espectáculo se vestía de luto por el fallecimiento de la legendaria actriz de cine, teatro y televisión.
Eugenio Dervz escribió que le tocaba despedirse de una mujer que hizo historia en la televisión y el cine de México, que con su alegría y su amor llenaba cualquier lugar donde estuviera, que contagiaba a todos los que tuvieron la fortuna de conocerla y de trabajar con ella, y que así la iban a recordar. Pero la despedida más grande no vino de los famosos.
El pueblo de México la lloró y no solo por su talento. La lloró porque esa mujer era conocida por su generosidad y por su empatía con los problemas de la gente común. Su propia hija lo dijo, buscando que se quedaba de su madre. el respeto, el cariño y el amor que profesaba hacia las personas, que ayudaba a quien pudiera sin condiciones y sin recibir nada a cambio.
Una mujer a la que la vida le quitó todo, dedicada a darlo todo. En las calles, gente que nunca la conoció en persona lloraba como si se les hubiera muerto una tía. Como era su voluntad, Carmen Salinas fue sepultada en el panteón español de la Ciudad de México al lado de su hijo Pedro, al lado de Pedrito, 27 años después de haber respirado su oxígeno, de haberse desmayado junto a su cama, de haber guardado en un cajón para siempre las imitaciones que él le arreglaba al piano.
La madre por fin volvió a estar junto a su hijo y en su casa quedó una recámara intacta con las bolsas donde las dejó, con las joyas, con el rosario en el buró, junto a la sillita donde se sentaba cada noche a rezar por todos. Todos conocemos a alguien así, una madre, una abuela, una tía, alguien que entra a un cuarto y lo llena de risa y que jamás en la vida te ha contado lo que carga por dentro.
Alguien que llega a las reuniones familiares con la sonrisa lista, que hace bromas, que sirve la comida, que pregunta por todos y que después se va a su casa sola a sentarse frente a un buro. Nos acostumbramos a que estén bien, tanto que dejamos de preguntarles. Damos por hecho que quien nos hace reír no necesita que nadie la haga reír a ella, que quien siempre está de pie no se cansa.
que quien nunca habla de sus muertos es porque ya lo superó. Carmen Salinas pasó casi 70 años haciendo reír a un continente entero. Y en todo ese tiempo, mientras cientos de millones de personas se carcajeaban con ella, ninguno de nosotros, ni una sola vez le preguntó cómo estaba. Si esta historia te hizo pensar en esa persona de tu familia que siempre está fuerte y siempre está riendo, llámala hoy y pregúntale, ¿de verdad cómo está?