Cómo un Torpedo que Casi No Hizo Daño Condenó al Mejor Barco de Japón

Cómo un Torpedo que Casi No Hizo Daño Condenó al Mejor Barco de Japón

El 19 de junio de 1944, antes del amanecer, el portaaviones cortaba el agua del mar de Filipinas a más de 25 nudos. Era el barco más nuevo de la flota japonesa, el más caro, el más protegido. Los hombres a bordo lo llamaban en voz baja el insumergible. Esa mañana lo creían de verdad. El taijo no se parecía a ningún otro portaaviones que Japón hubiera botado antes.

Tenía la cubierta de vuelo blindada con acero, algo que ni siquiera los grandes barcos estadounidenses de esa época llevaban. Una bomba que habría destrozado la cubierta de madera de otro portaaviones. En el taijo solo dejaría una abolladura. Los ingenieros lo habían diseñado para aguantar castigo y seguir lanzando aviones.

En el papel era casi imposible de hundir desde el aire. El vicealmirante Yisaburo Osawa había elegido este barco como su buque insignia y tenía sus razones. Ozahwa estaba a punto de jugarse el futuro de la Marina Imperial en una sola batalla. Los japoneses la llamaban operación A. Go.

Los estadounidenses la recordarían después con otro nombre, mucho menos heroico. Pero esa mañana, de pie en el puente del Taijo, Ozagwa todavía pensaba en términos de victoria. El plan tenía una lógica fría. Los aviones japoneses tenían más alcance que los estadounidenses. [música] Podían despegar de los portaaviones, atacar a la flota [música] enemiga y, en lugar de volver, seguir hasta las islas que Japón controlaba, repostar allí y atacar de nuevo en el regreso.

Era un golpe a dos tiempos. Sobre el papel otra vez era brillante. El problema era todo lo que el papel no decía. Los pilotos japoneses [música] de junio de 1944 ya no eran los veteranos de Pearl Harbor. Muchos de aquellos hombres llevaban dos años muertos, hundidos con sus barcos [música] en Midway, perdidos sobre las Salomón.

Los que ahora ocupaban las cabinas tenían pocas horas de vuelo. Algunos apenas sabían aterrizar en una cubierta en movimiento. Owa lo sabía. Aún así, dio la orden de lanzar. A las 8:15 de la mañana, el Taijo empezó a soltar aviones. Uno tras otro rodaban por la cubierta blindada y se levantaban hacia el sol. Entre ellos iba un piloto joven llamado Sakio Komatsu.

Su avión despegó sin problema, ganó altura y empezó a alejarse del barco que lo había lanzado. Lo que Komatsu vio segundos después [música] decidiría cómo iba a morir, porque mientras el taijo lanzaba sus aviones, algo se movía bajo la superficie del mar. Un submarino estadounidense llamado Albacore había logrado meterse dentro de la formación japonesa.

Su comandante, Jim Blanchard, miraba por el periscopio y casi no podía creer lo que tenía delante. Un portaaviones enorme, nuevo, cruzando justo en su línea de tiro. La clase de blanco que un submarinista espera toda la guerra y casi nunca encuentra. Blanchard se preparó para disparar, pero el sistema de cálculo de tiro del Albacore, el aparato que decidía el ángulo exacto de los torpedos, empezó a fallar en el peor momento posible. Los segundos corrían.

El taijó se movía rápido. Blanchar tenía que elegir entre esperar a una solución perfecta que quizá no llegaría o disparar a ojo y rezar. Disparó. Seis torpedos salieron hacia el portaaviones. Arriba, en su avión, Sakio Komatsu vio las estelas, líneas blancas en el agua, derechas hacia el barco del que acababa de despegar.

Komatsu no dudó, empujó la palanca hacia adelante y lanzó su propio avión en picado contra uno de los torpedos. El piloto y la máquina se estrellaron contra el mar y explotaron sobre uno de los proyectiles, haciéndolo estallar antes de que tocara el casco. Komatsu murió en ese instante. Salvó al taijo de uno de los seis torpedos. De los otros cinco, cuatro se perdieron o pasaron de largo, pero uno encontró su camino.

Golpeó el costado de Estribor del Taijo, cerca de la proa, justo donde estaban los tanques de combustible de aviación. Y aquí empieza la verdadera historia, porque ese impacto no pareció gran cosa. El [música] taijo era tan grande y tan sólido que el torpedo apenas lo sacudió. La cubierta de vuelo siguió entera, las máquinas siguieron girando. El barco mantuvo la velocidad.

Un par de aviones que estaban en el elevador delantero quedaron atascados y un tanque de combustible se agrietó. Pero a primera vista el portaaviones había aguantado el golpe igual que sus diseñadores habían prometido. Los oficiales en el puente [música] respiraron. El insumergible había hecho honor a su nombre.

Owa ni siquiera consideró abandonar la operación. ¿Por qué lo haría? Su buque insignia [música] había recibido un torpedo y seguía navegando a toda máquina, lanzando y recuperando aviones. La batalla aérea, mientras tanto, se desarrollaba a kilómetros de distancia [música] y las primeras noticias que llegaban eran buenas, demasiado buenas.

Lo que nadie en el puente entendía todavía era lo que pasaba allá [música] abajo, en las entrañas del barco, cerca de la proa. El tanque agrietado [música] había empezado a soltar combustible, no mucho al principio, un goteo, después un charco. El combustible de aviación se mezclaba con el agua de mar que había entrado por el boquete del [música] torpedo y los vapores, livianos e invisibles, empezaban a subir por [música] los pasillos y los huecos del barco.

El taijo se estaba llenando de gas por dentro y casi nadie lo sabía. Un oficial sin experiencia [música] intentando ayudar, iba a tomar en las horas siguientes una decisión que parecía razonable y que en realidad firmaría la sentencia del barco, pero todavía no. Por ahora, a media mañana del 19 de junio, el portaaviones más blindado de Japón navegaba orgulloso.

Su almirante confiaba en la victoria y [música] un piloto acababa de morir estrellándose contra un torpedo para salvarlo. El barco que no podía hundirse tenía menos de 24 horas de vida. Mientras el taijo seguía navegando como si nada, la batalla que Osawa había planeado con tanto cuidado se estaba convirtiendo en una matanza.

Solo que las víctimas eran japonesas. Las oleadas de aviones que habían despegado esa mañana volaban hacia la flota estadounidense con pilotos que apenas sabían lo que hacían. Del otro lado los esperaban casas Helcat, pilotados por hombres con cientos de horas de vuelo, guiados por radar, organizados en patrones de defensa que los japoneses ni siquiera entendían.

Lo que pasó después, los marineros estadounidenses lo bautizaron con una frase que lo dice todo, el gran tiro al pavo de las marianas. No fue un combate, fue una cacería. Los aviones japoneses caían al mar en grupos. Un piloto estadounidense comentó después que aquello se parecía más a un entrenamiento de tiro que a una guerra. Oleada tras oleada salía del horizonte japonés y oleada tras oleada se deshacía antes de llegar [música] a los barcos.

En cuestión de horas, Japón perdió cientos de aviones y con ellos a los pocos pilotos que le quedaban. Pero Sagua no sabía nada de esto y esa es una de las partes más amargas de la historia. Sus comunicaciones eran un desastre. Los informes que llegaban al taijo venían incompletos, retrasados, deformados.

Los pocos aviones japoneses que sobrevivían y volaban hasta las islas para repostar no podían contar lo que había pasado. Desde el puente de su buque insignia, Ossawa miraba un mapa que no se parecía en nada a la realidad. creía que sus aviones estaban golpeando duro a los estadounidenses. Creía que la batalla iba bien. Mientras su marina se desangraba en el cielo, el almirante seguía pensando en la ofensiva y abajo, en la proa del taijo, el aire se volvía cada vez más [música] peligroso.

El combustible de aviación que se escapaba del tanque agrietado no dejaba de evaporarse. Los vapores se acumulaban en los espacios cerrados cerca del boquete. Hay que entender una cosa sobre la gasolina de aviones japonesa de esa época. Era especialmente volátil. Soltaba gases con mucha facilidad y esos gases eran pesados al principio, pero se expandían rápido.

El barco se estaba transformando lentamente en una bomba que esperaba una chispa. Aquí entra el hombre, cuyo nombre la historia recuerda casi como una advertencia. Un oficial de control de daños, joven y con poca experiencia, recibió el problema sobre sus hombros. Había vapores de combustible llenando los compartimentos delanteros.

El olor era fuerte. La tripulación empezaba a marearse. Algo había que hacer y rápido. El oficial pensó en la solución más lógica que se le ocurrió. ventilar el barco, abrir todo, poner los sistemas de ventilación a máxima potencia para empujar los gases hacia afuera y meter aire limpio. Sobre el papel otra vez tenía sentido.

En la práctica fue lo peor que pudo hacer. Al abrir la ventilación de par en par, el oficial no sacó los vapores del barco, los repartió. En lugar de quedarse concentrados en la proa, los gases de combustible [música] empezaron a viajar por los conductos de ventilación hacia el resto del taijo. Pasillos, talleres, hangares, salas de máquinas.

El aire de todo el barco se fue cargando de una mezcla invisible y explosiva. Cada metro del portaaviones se volvía un poco más mortal con cada minuto que pasaba. La tripulación [música] lo notaba. Algunos hombres se quejaban del olor tan fuerte que costaba [música] respirar. Otros sentían dolor de cabeza, náuseas, pero pocos entendían de verdad el peligro.

Estaban dentro de un barco lleno de gas y la mayoría seguía con sus tareas, sin imaginar que cualquier chispa los mataría a todos. Pasaron las horas, el taijo seguía navegando, la cubierta blindada seguía intacta. Visto desde fuera, [música] el barco parecía sano, fuerte, victorioso. Un observador en otro navío de la flota no habría notado nada extraño.

El portaaviones más moderno de Japón cortaba el agua con elegancia mientras el sol bajaba hacia el horizonte del Pacífico. Por dentro era otra historia. Por dentro, el barco llevaba horas muriéndose sin que nadie pudiera detenerlo. Y conviene detenerse un momento en lo cruel de la situación. El taijo había sido diseñado contra una amenaza concreta, las bombas y los torpedos enemigos.

Por eso le pusieron esa cubierta de acero. Por eso reforzaron el casco. Los ingenieros habían imaginado al enemigo viniendo desde afuera, cayendo desde el cielo o disparando desde el mar. habían blindado al barco contra el mundo. Lo que nunca imaginaron fue que el enemigo pudiera nacer adentro en forma de un goteo de combustible y una decisión apurada de un oficial asustado.

Toda esa protección, todo ese acero, no servía de nada contra lo que estaba pasando. Un torpedo que apenas había hecho daño visible había puesto en marcha una reacción que la blindada cubierta no podía parar. El barco más protegido de la flota estaba indefenso ante su propia herida. Mientras tanto, la flota estadounidense seguía sin saber dónde estaban exactamente los portaaviones japoneses.

El submarino Albacore, que había disparado los torpedos esa mañana, ya se había alejado para escapar de los destructores que lo buscaban. Su comandante creía que sus torpedos habían fallado o causado poco daño. No tenía forma de saber que uno de ellos había firmado, con un solo impacto leve, la condena de uno de los barcos más importantes de Japón.

Cerca del taió navegaba otro portaaviones japonés, el Shokaku, un veterano de Pearl Harbor. También él tenía un submarino estadounidense acechándolo bajo las olas. El día 19 de junio no iba a terminar con un solo desastre para Japón, iba a terminar con dos. Pero esa es otra parte de la historia. En el Taio, las horas seguían pasando.

El olor a combustible ya no se podía ignorar. Los vapores habían llegado a todas partes. En algún lugar del barco, una chispa [música] esperaba. podía venir de un motor eléctrico, de un interruptor, de un generador, de cualquier cosa. Bastaba una sola. Y en un navío de guerra lleno de máquinas funcionando, una sola chispa era solo cuestión de tiempo.

El almirante seguía planeando su victoria. La tripulación seguía respirando aire envenenado y el insumergible taijo contaba ya sus últimas horas, sin que casi nadie a bordo entendiera lo cerca que estaban todos del final. Eran cerca de las 3:30 de la tarde cuando el taijo dejó de fingir que estaba bien. Nadie sabe con seguridad cuál fue la chispa.

Pudo ser un motor eléctrico, un generador, un roce de metal en algún rincón olvidado del barco. Da igual. Después de horas acumulando vapores de combustible en cada pasillo y cada compartimento, el portaaviones había llegado al punto en que solo faltaba el detonante y el detonante llegó. La primera explosión recorrió el barco de adentro hacia afuera.

No fue un golpe seco en un solo lugar, fue una onda que viajó por los conductos de ventilación que el oficial había abierto horas antes. El fuego siguió el mismo camino que los gases. Buscó el aire por donde el aire había corrido y lo encontró por todas partes a la vez. La cubierta de vuelo blindada, ese orgullo de los ingenieros japoneses, hizo entonces algo que nadie había previsto.

En lugar de proteger al barco, lo traicionó. El acero que debía resistir las bombas enemigas atrapó la fuerza [música] de la explosión adentro. La presión no tenía por dónde escapar hacia arriba, así que reventó hacia los lados y hacia abajo. Hay testigos que contaron que la cubierta blindada [música] se levantó hacia arriba con la explosión y que el fondo del [música] casco se abrió por la presión.

El barco se rompió [música] desde su propio corazón. Piénsalo un momento. La misma protección que [música] hacía del Taijo, un barco casi imposible de hundir desde el cielo, [música] fue lo que lo convirtió en una trampa cuando la explosión vino desde dentro. Si hubiera tenido una cubierta de madera como los portaaviones más viejos, la fuerza [música] habría salido hacia arriba y quizá el daño habría sido menor.

El blindaje, su mayor virtud, fue parte de su sentencia. Pocas historias en la guerra muestran también que una fortaleza puede volverse una tumba. Adentro fue el infierno. Los hombres que estaban en los hangares, en las salas de máquinas, en los pasillos llenos de gas, no tuvieron ninguna posibilidad. El fuego se movió más rápido de lo que cualquiera podía correr.

Los incendios se [música] extendieron por todo el barco casi al mismo tiempo. Los sistemas de control de daños, lo poco que quedaba de ellos, no podían hacer nada contra un [música] fuego que estaba en todas partes a la vez. En el puente, la realidad por fin alcanzó a Osagua. su buque insignia, el barco que él había creído invencible esa misma mañana, se quemaba bajo sus pies.

El almirante que horas antes planeaba la derrota de la flota estadounidense ahora tenía que pensar en algo mucho más urgente, cómo sobrevivir. Y aquí cometió a su manera un acto de orgullo difícil de entender. No quiso abandonar el barco, quería quedarse. Para un comandante japonés de [música] esa época, dejar el buque insignia era casi una vergüenza, una forma de admitir la derrota.

Sus oficiales tuvieron que insistirle. El tai [música] se estaba muriendo. Las explosiones se repetían, el humo cubría todo y el almirante seguía resistiéndose a irse. Al final lo convencieron. Osagwa se llevó consigo el retrato del emperador, un objeto que para ellos valía más que muchas vidas, y se trasladó a un crucero cercano.

Después pasaría sumando a otro portaviones. [música] Mientras el almirante se salvaba, la tripulación del [música] taijo vivía sus últimos minutos. El barco se sacudía con explosión tras explosión. Cada nueva detonación arrancaba más acero, abría más boquetes, soltaba más fuego. Los hombres que habían sobrevivido a la primera explosión corrían por una cubierta que se inclinaba cada vez más.

Algunos saltaban al mar, otros quedaban atrapados abajo en compartimentos que ya no tenían salida. El portaaviones más moderno de Japón se estaba convirtiendo en una pira flotante. A esa misma hora, no muy lejos, el otro drama del día llegaba a su final. El portaaviones Shokaku, veterano de Pearl Harbor, había sido alcanzado por torpedos de otro submarino estadounidense, el Cavala.

El Shokaku también ardía, también se llenaba de vapores de combustible, también explotaba desde dentro. Japón estaba perdiendo dos de sus mejores portaaviones el mismo día, casi de la misma forma, por causas que se parecían demasiado. El Shokaku se hundió esa tarde llevándose a más de 1000 hombres. El taijo aguantó un poco más, pero solo un poco.

Las explosiones internas seguían rompiéndolo. El agua entraba por las heridas que el fuego abría en el casco. El barco empezó a hundirse por la proa, justo por donde aquel único torpedo lo había golpeado horas antes. Esa herida pequeña, [música] esa que esa mañana parecía no tener importancia, era la misma por donde ahora el mar entraba para tragárselo.

Hay algo casi insoportable en la cronología de este barco. Por la mañana lanzaba aviones con confianza. Un piloto moría estrellándose para salvarlo de un torpedo. El barco recibía otro torpedo y apenas lo notaba. Sus hombres lo creían invencible. Y unas horas después, ese mismo barco se partía en pedazos por un error de ventilación y un goteo de combustible.

Ninguna bomba enemiga lo tocó, ningún avión estadounidense lo hundió. El taijo se mató a sí mismo, ayudado por una decisión humana tomada con buena intención y poca experiencia. Cuando el final llegó, llegó rápido. Una última gran explosión sacudió al portaaviones. El barco se inclinó, la proa se hundió y el casco empezó a deslizarse bajo la superficie del mar de Filipinas.

El Taijo, el barco [música] más blindado que Japón había construido, el insumergible, el orgullo de sus ingenieros, [música] desaparecía bajo las olas en su primer día de combate. No había cumplido siquiera tres meses desde que entró en servicio. Más de 15 hombres se hundieron con él. [música] Pilotos sin experiencia que nunca llegaron a volar de verdad.

marineros que habían respirado aire envenenado durante horas sin entender el peligro. Oficiales que confiaron en el acero de la cubierta. [música] El oficial de control de daños, cuya decisión repartió la muerte por todo el barco. Todos quedaron abajo, en el fondo del Pacífico, [música] junto al barco que se suponía no podía hundirse.

Osa sobrevivió [música] desde la cubierta del crucero que lo había recogido. El almirante vio como su buque insignia se iba para siempre y todavía increíblemente [música] no entendía del todo el desastre completo que estaba viviendo su flota ese día. Cuando cayó la noche del 19 de junio, Osagua todavía creía que podía ganar.

Es difícil de creer, pero es cierto. Había perdido su buque insignia. Había perdido el Shokaku, había perdido cientos de aviones y a casi todos sus pilotos. Y aún así, desde la cubierta del crucero que lo había recogido, el almirante seguía pensando que la batalla iba a su favor. Los informes deformados que recibía le hacían creer que sus aviones habían hundido portaaviones estadounidenses.

En su cabeza, las pérdidas valían la pena porque el enemigo estaba sufriendo más. En la realidad, el enemigo apenas había sido tocado. Esa diferencia entre lo que Osawa creía y lo que pasaba de verdad es una de las cosas más tristes de toda la operación. El almirante tomaba decisiones basándose en un mundo que no existía.

Mientras él calculaba una victoria, sus marineros se ahogaban en el Pacífico y su marina dejaba de existir como fuerza capaz de pelear. Al día siguiente, el 20 de junio, los estadounidenses por fin encontraron lo que quedaba de la flota japonesa y le dieron el golpe final. Aviones estadounidenses despegaron al atardecer, volaron al límite de su alcance y atacaron a los barcos de Osagwa en el poco tiempo de luz que les quedaba.

Hundieron otro portaaviones, el gillo, y dañaron varios barcos más. Muchos pilotos estadounidenses no tenían combustible para volver y tuvieron que amerizar en el mar de noche. Su almirante, Mark Mitcher, tomó entonces una decisión famosa. Ordenó encender todas las luces de la flota para guiar a sus pilotos de regreso, aunque eso revelara su posición al enemigo.

Salvó a muchos hombres esa noche. Cuando todo terminó, el balance era demoledor para Japón. En dos días había perdido tres portaaviones y cientos de aviones. Pero la pérdida más grave no se medía en barcos ni en máquinas, era la pérdida de los pilotos. Japón ya había gastado a sus veteranos en las batallas anteriores y ahora gastaba también a los novatos que apenas había alcanzado a entrenar.

Después de las Marianas, la aviación naval japonesa nunca volvió a ser una amenaza real. Los portaaviones que sobrevivieron quedaron prácticamente vacíos de pilotos capaces de usarlos. Por eso aquella batalla cambió la guerra en el Pacífico. Antes de junio de 1944, Japón todavía podía soñar con golpear duro a la flota estadounidense.

Después, ya no. El cielo del Pacífico pasó a manos de Estados Unidos y no volvió atrás. Lo que vino después, las batallas por Filipinas, los ataques suicidas de los camicases, fue en parte consecuencia de este desastre. Cuando ya no tienes pilotos entrenados ni aviones que puedan competir, empiezas a pensar en estrellar los aviones contra los barcos enemigos.

La desesperación nació en buena medida de días como este. Pero volvamos al Taijó porque su historia guarda una lección que va más allá de esta batalla. El Taijó no murió por falta de protección, murió por exceso de confianza en esa protección. Los ingenieros habían pensado en todo lo que venía de afuera y casi nada en lo que podía pasar adentro.

Habían blindado la cubierta, reforzado el casco, calculado cómo resistir bombas y torpedos y al final el barco se hundió por un tanque de combustible agrietado, unos vapores invisibles y una decisión apurada de ventilar el barco entero. Esa decisión merece una última mirada. Porque es [música] el corazón humano de toda la historia.

El oficial de control de daños que abrió la ventilación no era un traidor ni un tonto. Era un hombre con poca experiencia frente a un problema que no entendía del todo, tratando de hacer lo correcto bajo presión. Quería sacar los gases del barco. En su lugar los repartió por todas partes. Su error no vino de la maldad ni de la pereza, vino de no saber y costó más de 100 vidas.

Hay algo en eso que vale la pena pensar despacio. [música] Muchas veces imaginamos los grandes desastres como el resultado de grandes villanos o grandes [música] fallos, pero a menudo nacen de pequeñas decisiones tomadas por gente normal con buenas intenciones en [música] el peor momento posible. una grieta en un tanque, una válvula abierta, un cálculo apurado, [música] cosas pequeñas que se juntan y se convierten en una catástrofe que nadie quiso.

El tai también nos recuerda otra cosa. Lo nuevo y lo caro no es lo mismo que lo seguro. Era el portaaviones más moderno de Japón, el más avanzado, el más protegido. sobre el papel parecía [música] perfecto y duró menos que barcos mucho más viejos y humildes. La tecnología más avanzada no sirve de nada si esconde un punto débil que nadie vio venir.

A veces el orgullo por lo que construimos nos impide ver dónde se va a romper. Hoy [música] el taijo descansa en el fondo del mar de Filipinas, donde se hundió aquel 19 [música] de junio de 1944. Con él siguen abajo los hombres que no alcanzaron a salir, pilotos que apenas habían volado, marineros que respiraron aire envenenado sin entenderlo, el oficial que abrió la ventilación, todos juntos en la oscuridad dentro de un barco que se suponía no podía hundirse.

El submarino Albacore, el que disparó el torpedo, no sobrevivió mucho a la guerra. se perdió un año después, probablemente al chocar con una mina cerca de Japón. Su comandante Jim Blanchard ya no estaba a bordo entonces y vivió para contar la historia. Nunca supo del todo en el momento, la magnitud de lo [música] que su único torpedo había logrado.

Un disparo hecho con un sistema de tiro averiado, casi a ojo, había iniciado la cadena que hundió al barco más blindado [música] de Japón. A veces la historia se decide así, no con el golpe más fuerte, sino con la herida que parece pequeña y se infecta por dentro. El taijo aguantó la bomba que nadie le tiró y cayó por la grieta que nadie vio.

Sobrevivió a la fuerza del enemigo y murió por sus propios gases. Era el barco más blindado de Japón. Lo llamaban el insumergible y no sobrevivió a su primer día de combate, hundido no por el poder de sus enemigos, sino por una herida pequeña, un descuido humano y la confianza ciega en un acero que al final lo encerró con su propio fuego.

Oh.

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