Imagínate por un segundo que estás parado frente al palacio de la revolución en La Habana. Es el año 2013. Ves a un hombre de 75 años, vestido siempre con guallavera blanca impecable, lentes finos descansando en su nariz, un puro entre los dedos. Camina despacio hacia su oficina. Tiene chófer oficial. Tiene computadora con internet.
Un privilegio casi obsceno en la Cuba de los apagones. Pero hay algo extraño en la escena. Nadie lo consulta, nadie lo busca. El teléfono no suena. Este hombre pasó más de 40 años al lado de Fidel Castro. Fue embajador ante la ONU durante 12 años viviendo en Manhattan. Negoció con cinco presidentes estadounidenses.
Presidió el Parlamento cubano por dos décadas. Estuvo en el Buró Político. Fue considerado el tercer hombre más poderoso de Cuba después de Fidel y Raúl. Y ahora, ahora está enterrado en vida. Su nombre, Ricardo Alarcón de Quesada. Un hombre que sabía demasiado. Y aquí viene lo más extraño. Nunca hablo.
Quédate conmigo porque esta historia es sobre lealtad, traición, espionaje en las sombras del poder y la brutal mecánica de cómo Raúl Castro enterró vivos a todos los hombres de su hermano. Es la historia de un hombre brillante que terminó invisible y nadie sabe exactamente por qué. La pregunta que duele es simple. ¿Fue víctima de un montaje o realmente había algo que ocultar? Imagínate ahora que retrocedes en el tiempo. Es 1954.
Un joven de 17 años entra a la Universidad de La Habana. El país hierve bajo la bota de Fulgencio Batista. Ese muchacho no va a pelear en la Sierra Maestra con fusiles viejos y botas rotas. No. Él será guerrillero urbano, propaganda clandestina, células estudiantiles, riesgo en cada esquina de la Habana vieja.
Ese joven es Ricardo Alarcón y desde el primer día, desde el primerísimo momento del triunfo revolucionario en 1959, Alarcón toma una decisión que marcará toda su vida, ponerse del lado de Fidel Castro sin condiciones. Hay una elección universitaria, dos candidatos. Uno es Pedro Luis Boitel del movimiento 26 de julio.
El otro es el candidato respaldado por Fidel. Alarcón apoya al de Fidel. gana. Boitel terminará años después muerto en una celda cubana. Tras 53 días de huelga de hambre, la lealtad de Alarcón queda sellada con sangre ajena. Fíjate bien en esto. Alarcón nunca disparó un tiro en la sierra. Los generales de Raúl Castro jamás lo perdonarán.
Para ellos, Ricardo es el tipo que peleó dentro del edificio de la ONU en Nueva York. Un intelectual, un diplomático, un hombre de trajes y palabras, no de botas y trincheras. Esa distinción lo perseguirá décadas después, cuando Raúl llegue al poder y comience a limpiar a los hombres de su hermano. Pero en los años 60, Fidel lo adora.
Con apenas 29 años, en 1966, lo manda a Nueva York como embajador ante Naciones Unidas. Piénsalo, 29 años. ¿Tú qué hacías a los 29? Este tipo estaba sentado en el mismo salón donde se decidía el destino del mundo, defendiendo a Cuba del imperio más poderoso de la historia. 12 años vivió en Estados Unidos. Aprendió a hablar inglés con fluidez casi perfecta.
Conoció cada rincón de la política norteamericana. se convirtió en el americanólogo oficial de Fidel, el hombre que entendía al enemigo, el único capaz de sentarse en una mesa con diplomáticos gringos y debatirles en su propio idioma, con ironía filosa, con retórica dura. Y aquí empieza a construirse el mito Ricardo Alarcón, el consejero secreto, el hombre al que Fidel llamaba cuando necesitaba entender qué diablos pensaba Washington, el único que podía traducir no solo las palabras, sino las intenciones. En 1980 entra al
buró político. Está en la cima, es intocable, o eso cree. Ahora viene la parte oscura. Presta atención porque lo que te voy a contar es el tipo de historia que en Cuba solo se susurra. Es septiembre de 1996. Se organiza un debate televisivo que jamás debió ocurrir. Por un lado, Ricardo Alarcón, presidente de la Asamblea Nacional Cubana, cerebro diplomático del régimen.
Por el otro, Jorge Mascanosa, presidente de la Fundación Nacional Cubano enemigo jurado de Fidel, exiliado millonario en Miami. El debate lo transmite CBS Telenoticias por toda América Latina. Fidel loiza personalmente. Confía en las habilidades dialécticas de Alarcón. Que vaya, dice Fidel. Él sabe defenderse.
Las cámaras se encienden, comienza el intercambio y entonces sucede algo inesperado. La periodista María Elvira Salazar le hace una pregunta directa a ambos. Si el otro ganara en elecciones democráticas y libres, ¿lo aceptarían como líder de Cuba? Mascanosa responde sin vacilar. Sí, señor.
Si el señor Alarcón danara en una elección libre, democrática, con partidos políticos y acceso a los medios de comunicación, lo apoyaríamos. Todas las miradas se vuelven a Alarcón. Silencio. Y entonces dice una sola palabra, ¿no? ¿Por qué? Le insisten. Y Alarcón responde con frialdad, porque él no es cubano. La respuesta de Mascanosa es un misil.
Mi ciudadanía cubana no me la otorga la revolución cubana. Ni Fidel Castro, ni Ricardo Alarcón. El debate termina. Los medios del exilio dicen que Alarcón recibió una paliza, revolcón. En Cuba, el gobierno jamás transmite el vídeo completo, solo clips seleccionados. Pero en los clubes de vídeo clandestinos, en las casas donde se pasan VHS de mano en mano, los cubanos ven el debate entero y ven algo más. Alarcón no es invencible.
Cuentan que cuando el debate salió en portada del New York Times, Fidel montó en cólera. Se dice que Fidel casi mata al Arcón cuando vio el artículo en primera plana. Esto es rumor, chismografía política de La Habana. Nunca se confirmó, pero algo sí es cierto. Poco después, en 1993, Fidel mueve al Arcón de Canciller a presidente de la Asamblea.
Oficialmente es un ascenso. Extraoficialmente muchos lo ven como una degradación. Historiadores como Ben Corbet lo llaman directamente una destitución disfrazada. La confianza de Fidel se agrieta, solo un poco, pero se agrieta y eso para un país como Cuba es una señal clarísima de que las mareas están cambiando.
Llegamos al año 1999. Un niño de 5 años llamado Elián González naufraga frente a las costas de Florida. Su madre muere ahogada intentando huir. El niño sobrevive. Lo recogen pescadores, lo entregan a familiares en Miami y comienza un circo mediático que durará 7 meses. Fidel Castro convierte el caso Elián en una cruzada nacional.
Manifestaciones masivas, tribunas abiertas, propaganda día y noche. Y en el centro de la operación política como asesor personal del Padre del Niño, como la voz de Cuba ante las cámaras estadounidenses, está Ricardo Alarcón. Alarcón aparece en CNN, en NBC, en todas las cadenas gringas. Habla en inglés perfecto.
Llama a los cubanos de Miami una república bananera que opera en un salvaje oeste donde no llega ninguna ley. Dice que Elian está siendo sometido al abuso infantil más impuna y publicitado. El 28 de junio del 2000, Elián regresa a Cuba. Es una victoria propagandística total y Alarcón es el arquitecto mediático. Su rostro está en todos los noticieros. Su nombre resuena.
En esos meses, periodistas extranjeros le preguntan si aspira a suceder a Fidel. La pregunta no es casual. Hay rumores en La Habana. Los babalaos afrocubanos en sus predicciones de año nuevo de 1998 dijeron crípticos, “El parlamentario será tema principal. Todos supieron que hablaban de Alarcón”. En 1998, en una reunión con representantes del senador Jessie Helms, Alarcón habla abiertamente sobre la sucesión.
Cuando le preguntan si podría asumir la presidencia, hace una broma que revela más de lo que parece. Soy más joven, pero Fidel está más sano. Y luego dice algo que años después resultará profético. Habla de Raúl Castro. Lo describe como un hermano de menor significancia histórica. Los diplomáticos estadounidenses lo anotan todo.
Esas palabras llegarán a oídos de Raúl. Y Raúl no olvida. Pero en el año 2000, Alarcón no lo sabe. Todavía está en la cima. Todavía cree que Fidel lo protegerá siempre. Todavía no entiende que en Cuba la lealtad no es suficiente cuando cambian las dinastías. Ahora quiero que hagas un zoom hacia afuera. Mira el panorama completo. Es el año 2006.
Fidel Castro se enferma gravemente, cede el poder provisionalmente a Raúl. En 2008, Raúl se convierte oficialmente en presidente y comienza lentamente, metódicamente a desmantelar el círculo íntimo de su hermano. Pero antes de eso ocurre algo en enero de 2008 que muchos cubanos recuerdan como el principio del fin de Ricardo Alarcón.
Es una reunión con estudiantes en la Universidad de Ciencias Informáticas. Alarcón está ahí como siempre con su guavera blanca, su puro, su tono de profesor que lo sabe todo. Y entonces un estudiante de 22 años llamado Elíer Ávila se pone de pie. Las preguntas de Ávila son simples, devastadoramente simples. ¿Por qué los cubanos no pueden viajar al extranjero? ¿Por qué no pueden entrar a hoteles turísticos en su propio país? ¿Por qué no tienen acceso a internet? ¿Dónde está la prosperidad que la revolución prometió? Ávila habla con la voz
quebrada. Yo no quiero morirme sin ir a Bolivia donde cayó el Che. Quiero ir con mi familia a homenajear el lugar donde murió el Che. La respuesta de Alarcón pasa la historia por lo absurda. Si todos los cubanos pudieran viajar, el cielo se llenaría de aviones. El comentario es torpe condescendiente, fuera de contacto con la realidad.
Alguien graba la reunión en secreto. El vídeo nunca sale en la televisión cubana, pero comienza a circular de mano en mano. USB tras USB, celular tras celular. Se vuelve viral en YouTube. Millones lo ven. Para los cubanos de a pie, el vídeo cristaliza algo que siempre sospecharon. Los dirigentes históricos están desconectados.
Viven en otra realidad. No entienden el dolor de la gente. Alarcón mismo lo admitirá años después. Me quedé con eso. Moriré con ese San Benito. Pero aquí está lo curioso, lo inquietante. Brian Latel, experto en Cuba, sugiere que la filtración del vídeo pudo haber sido silenciosamente sancionada por personas en la facción de Raúl para debilitar a los fidelistas de línea dura como Alarcón. Time Magazine va más allá.
Reporta que Raúl Castro mismo pudo haber autorizado la liberación del vídeo. ¿Te das cuenta? No es solo que Alarcón metió la pata, es que alguien decidió que esa metida de pata se volviera pública. Alguien lo necesitaba debilitado, humillado, vulnerable. Alguien estaba preparando su caída. Y esa caída comienza con un arresto en la madrugada del que casi nadie se enteró.
Marzo de 2012. La seguridad del estado cubano arresta a dos personas, Miguel Álvarez Sánchez y su esposa Mercedes Arce. Ambos son exoficiales de inteligencia. Álvarez había sido el asesor más cercano de Ricardo Alarcón durante casi 20 años. Aparecía con él en reuniones con diplomáticos extranjeros. Daba entrevistas en televisión estatal como experto en política estadounidense.
Era literalmente el hombre que sabía todo lo que sabía al Arcón. El arresto es silencioso. Ni una palabra en la prensa cubana, nada. cero, como si Miguel Álvarez nunca hubiera existido. Pero en Miami, en Washington, en los círculos del exilio, comienzan a correr rumores. Primero se habla de corrupción, después de algo peor, mucho peor.
En diciembre de 2013, casi dos años después del arresto, se realiza un juicio militar secreto. Ni un periodista, ni un observador, ni siquiera la familia puede asistir. Las acusaciones son explosivas. Miguel Álvarez pasó información clasificada a su esposa, quien supuestamente vendió reportes analíticos sobre Cuba a empresas privadas en México.
Empresas privadas en México, cuáles nunca se dice. ¿Qué información vendió? Nunca se revela. ¿Qué evidencia existe? Nunca se presenta. El hijo de Álvarez, Noel denuncia públicamente que fue un proceso oscuro y una página muy negra en la historia de los procesos legales dentro de la revolución. dice que no se presentó ninguna evidencia, que su padre y su madre nunca reconocieron ni aceptaron ninguna de las acusaciones. La sentencias son brutales.
Miguel Álvarez, 30 años de prisión. Mercedes Arce, 15 años. Y aquí viene la pregunta que nadie puede responder. ¿Fue real el caso de espionaje o fue un montaje para destruir a Ricardo Alarcón? Porque fíjate en el timing, fíjate bien. Marzo 2012, arrestan a Álvarez. Junio 2012, el nuevo Gerald de Miami publica, citando fuentes en La Habana, que el caso contra Álvarez es orquestado para remover a Ricardo Alarcón.
Un colega de Álvarez le dice al periódico, “Creo que las figuras poderosas del gobierno están usando el escándalo como pretexto para tumbar a Alarcón. Diciembre 2012, el periódico mexicano La Jornada, fitando fuentes habaneras, reporta que Alarcón dejará la presidencia de la Asamblea en febrero de 2013. Nota clave, viene meses después de la detención de su principal asesor por décadas, Miguel Álvarez. Febrero 2013.
Alarcón no es incluido en la lista de candidatos al Parlamento. Sin parlamento no puede ser presidente de la Asamblea. Esteban Lazo lo reemplaza. No hay ceremonia, no hay agradecimiento público, simplemente desaparece. Julio 2013. En un pleno del Comité Central, Raúl Castro anuncia la remoción de Alarcón del Buró político y del Comité Central.
Lo dice con su tono seco, militar, frío. Por esa puerta se entra y por esa puerta se sale, sin que constituya ningún demérito. Pero Alarcón no sale solo. José Millar Barruecos, secretario personal de Fidel por dos décadas, también es removido el mismo día. Es un patrón. Raúl está eliminando sistemáticamente a los hombres civiles de su hermano.
Dos años antes, en 2009, Carlos Laje y Felipe Pérez Roque, ambos considerados posibles sucesores de Fidel, fueron purgados. Fidel mismo escribió crípticamente en Granma sobre ellos, seducidos por la miel del poder. Ahora es el turno de Alarcón. Y Fidel Castro, el hombre que lo protegió durante medio siglo, no dice absolutamente nada.
Su silencio es ensordecedor. Ya no tiene poder o simplemente decidió no intervenir. Cuba encuentro lo resume perfectamente. Ricardo Alarcón siempre fue un hombre de Fidel Castro, pero nunca santo de la devoción de Raúl Castro y sus generales. Para los militares de Raúl, Alarcón es un intelectual, un tipo que peleó dentro del edificio de la ONU, no tiene credenciales de combate, no estuvo en Angola, no derramó sangre en la sierra.
Es un extraño y Raúl no tolera extraños cerca del poder. El caso de Miguel Álvarez es la excusa perfecta. Real o fabricado, no importa. Le da a Raúl la cobertura legal para hacer lo que de todas formas quería hacer. Enterrar a los fidelistas y enterrar a Ricardo Alarcón en vida. Imagínate este escenario. Año 2015.
Barrio del Vedado en La Habana, una casa cerca del hotel nacional. Dentro vive un hombre de 78 años. Tiene una oficina pequeña en el palacio de la revolución. Tiene computadora con internet. Privilegio casi obsceno en Cuba. Tiene un carro con chóer. Tiene un salario estatal, pero nadie lo llama, nadie lo consulta. No aparece en actos oficiales, no lo entrevistan, la prensa estatal lo ignora. Es como si no existiera.
Este es el plan pijama, como lo llaman los cubanos con sarcasmo. Un entierra en vida, un funeral de cuerpo presente. Cibercuba lo describe como un típico entierro en vida made in Raúl Castro Ruth. Experto en asuntos funerarios. El periodista cubano Carlos Cabrera dice que Raúl le dio a Alarcón un funeral en vida, manteniéndolo con unos pocos honores, una oficina ceremonial y carro oficial, pero sin consultarlo para casi nada.
Alarcón sigue escribiendo columnas para Cuba Debate, el sitio oficial del gobierno. Temas seguros: la ley Helms Barton, tributos a revolucionarios muertos. La campaña por los cinco héroes presos en Estados Unidos. En 2014, cuando los cinco son liberados como parte de la apertura histórica de Obama con Cuba, Alarcón, quien trabajó hacia ese momento durante décadas, no está involucrado en las negociaciones.
Su silencio es absoluto. Nunca publica memorias, nunca da entrevistas reveladoras, mantiene la Homertá revolucionaria. El código de silencio, no escrito, respetado por el círculo interno del régimen es lealtad o es miedo. Probablemente ambas. Un comentarista del exilio lo dice sin rodeos.
Ese hombre sabía demasiadas cosas y con los regímenes totalitarios nunca se sabe. No les gusta tener testigos sueltos. El 25 de noviembre de 2016 muere Fidel Castro. No se registra ninguna declaración del Arcón. No se sabe si asistió a eventos conmemorativos. Su estatus marginal sugiere que su presencia fue mínima, si es que existió.
El hombre que defendió la salud de Fidel en 2006, que anunció a Raúl como presidente en 2008, que fue llamado el maestro de los diplomáticos, observa en silencio mientras su patrón es enterrado. Miguel Álvarez, su exasesor, desarrolla cáncer en prisión. Después de 8 años encarcelado, es liberado en octubre de 2020 por razones médicas.
Muere en su casa en La Habana el 2 de noviembre de 2020. se lleva a la tumba cualquier verdad o mentira sobre el caso. Un año y medio después, en la noche del 30 de abril de 2022, Ricardo Alarcón de Quesada muere en el hospital Fimec de La Habana. Tiene 84 años. Su salud se había deteriorado en los últimos meses.
Problemas respiratorios, falla renal, un riñón removido recientemente. Su muerte se anuncia el primero de mayo, eclipsada por la celebración revolucionaria que él sirvió toda su vida adulta. El presidente Miguel Díaz Canel twitea que fue un gran patriota y brillante diplomático que defendió con pasión y sólidos argumentos.
La viceministra de Relaciones Exteriores, Josefina Vidal, lo llama el maestro de los diplomáticos de nuestra generación y envía condolencias a Margarita y Ricardito, su hija y nieto, notablemente ausente de las condolencias oficiales, cualquier declaración de Raúl Castro. El silencio confirma lo que todos entienden. La relación entre ellos permaneció dañada hasta el final.
Eler Ávila, el estudiante cuyas preguntas humillaron a Alarcón en 2008, ofrece un juicio más duro. Lo que lamento grandemente es que no cumplieran una condena en vida, una condena judicial como verdaderamente merecían por haber causado tanto dolor, muerte y sufrimiento a nuestro pueblo. Y ahí está la tragedia.
Para la mitad de Cuba, Alarcón fue un servidor leal de una revolución que construyó algo. Para la otra mitad, fue cómplice de un régimen que destruyó vidas. ¿Cuál es la verdad? Ambas. Ninguna. Depende de dónde estés parado cuando mires hacia atrás. Lo que no se puede negar es esto. Ricardo Alarcón de Quesada fue un hombre brillante que sabía demasiado.
Fue leal hasta el final. Nunca habló, nunca traicionó, mantuvo el silencio y ese silencio al final fue su condena y su última lealtad. La pregunta que queda flotando en el aire de la Habana, la pregunta que nunca tendrá respuesta es esta. ¿Fue el caso de Miguel Álvarez real o fue un montaje para destruir al último gran fidelista del poder? El juicio fue secreto.
La evidencia nunca se presentó. El acusado nunca aceptó los cargos y el hombre que pudo haber sabido la verdad, Ricardo Alarcón, murió sin decir una palabra. Se llevó los secretos a la tumba, como tantos otros, como siempre en Cuba. ¿Tú qué crees? ¿Fue un espía real en el corazón del poder o fue una purga disfrazada de justicia? Déjame tu opinión en los comentarios, porque la verdad, como tantas cosas en la isla, quedó sepultada junto con él.
Y esa es quizás la historia más cubana de todas.